Algunas reflexiones sobre la huelga general

Publicado: Miércoles, 29 de Septiembre de 2010 11:33 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES

Infokrisis.- A las 9:30 de hoy 29 de septiembre nos atrevemos a considerar que la jornada de “huelga general” convocada por los sindicatos está distando mucho de ser un “éxito”. De todas formas, vale la pena situar lo que pueda ocurrir hoy dentro de un contexto más amplio que nos permita explicar el por qué de este aparente fracaso de la movilización sindical. Estas son algunas reflexiones realizadas sobre la marcha.

La gran contradicción del 29 de septiembre: Razones no faltan...

Estamos en situación de crisis económica real desde el verano de 2007 y de crisis reconocida desde junio del año siguiente, aunque para tomar medidas hubo que esperar a finales del otoño de 2008. Y esas medidas fueron, por este orden, ayudas a la banca, plan E, plan VIVE y Plan E2010. Todo esto, unido a la existencia de una bolsa de inmigración masiva de la que solamente cotiza a la seguridad social un 25% en el mejor momento (1.500.000 inmigrantes han cotizado en los mejores momentos de nuestra economía, cuando en este momento se residen en España 6.000.000) y, unido finalmente a la consuetudinaria mala salud de nuestras tasas de paro, acarreó un aumento desmesurado del déficit público, el consiguiente aumento de la presión fiscal, la parálisis del crédito y el retraimiento de las inversiones productivas. Además, está crisis se inserta dentro de un momento concreto de la evolución del capitalismo: la exasperación del reordenamiento global de la producción (deslocalización, desindustrialización y terciarización del Primer Mundo) y la financiarización de la economía (el capital busca un rendimiento financiero y no productivo).

Pues bien, ante este panorama desolador, el gobierno, precisamente ahora, ha realizado una reforma de la contratación laboral, como si esto tuviera una mínima relación con la crisis económica y con el giro del capitalismo hacia la mundialización y la financiarización. Esto equivaldría a tratar a un paciente de cáncer, con aspirina y gelocatil: el tratamiento no tendría absolutamente nada que ver con la etiología de la enfermedad… de una enfermedad, por otra parte,  ante la que sindicatos, gobierno y partidos, carecen también de diagnóstico, pues la actitud de todas estas instituciones en el ejemplo médico que hemos propuesto, equivaldría a evitar emitir un diagnóstico sobre la enfermedad por ignorancia, por no causar alarma en el paciente o, simplemente, porque el facultativo se beneficia de alguna manera de la enfermedad.

Y esto es lo que primeramente resulta incomprensible: cuando hay 5.000.000 de parados reales, la principal preocupación y el énfasis del gobierno, no consiste en cómo fomentar la creación de puestos de trabajo, sino en facilitar el despido. La reforma de la contratación laboral es una de esas medidas que ya hoy están haciendo que aumenten “un poco más” los despidos al crear mejores condiciones para las empresas en este terreno, pero no ha supuesto ni un paso, por pequeño que sea, para crear un solo puesto de trabajo. Y, lo que es peor, parte de los gastos de despido han pasado a ser cosa de las empresas a ser pagado por el Estado.

El hecho de que la nueva ley de contratación permita recurrir a EREs simplemente justifican “pérdidas económicas” (es decir que basta con un simple maquillaje contable o bien con un descenso estacional en las ventas para “despedir” a toda o a una parte de la plantilla) supone una banalización del despido y un aumento de la inseguridad laboral. En este como en otros supuestos, el despido deja de ser recurrible ante la magistratura. Es ciertamente una legislación establecida con criterios ultraliberales: la “economía libre” exige un absentismo del Estado en todo lo que tiene que ver con la materia económica… pero ¿dónde queda algo tan anticuado como la “justicia social” que es completamente incompatible con la “economía libre”? Y los ejemplos de este ultraliberalismo de la reforma podrían multiplicarse.

En el fondo esta reforma de la contratación no hace nada más que eliminar los rastros de paternalismo y de justicia social que podían quedar en nuestra legislación laboral y sellar el control de los criterios ultraliberales en materia de contratación.

No es ni la reforma que hacía falta, ni la que exigía la situación, ni la que va a resolver la agónica situación de nuestro mercado laboral, ni mucho menos la que va a estimular el empleo. Así pues, razones no faltaban para convocar una huelga general, incluso aunque esta malhadada ley de contratación jamás hubiera visto la luz.

No faltan razones, lo que falta es legitimidad

Esta huelga general debería de haberse organizado muchísimo antes, justo cuando el gobierno evidenció primero negligencia, luego baterías de medidas inútiles y, finalmente, incompetencia absoluta, a la hora de afrontar la crisis. Desde la huelga del transporte por carretera de julio de 2008, el camino quedaba libre para un paro general. Ahora bien…

En 2004 se inició un idilio entre el poder y los sindicatos que hizo todavía más palpables los rasgos del sindicalismo español que ya se habían evidenciado durante el gobierno de Felipe González y que volverían a manifestarse durante el gobierno de Aznar para convertirse en característica principal del sindicalismo español: su dependencia económica del gobierno de turno mediante subvenciones directas e indirectas. El sindicalismo a lo largo de los 20 primeros años de democracia, recibió un patrimonio inmobiliario extraordinario muy superior a los niveles de afiliación que tenían en ese momento que fue el primer paso para una burocratización de los sindicatos. Desde las profundidades de la democracia el sindicalismo español fue demasiado pesado como para sobrevivir sin ayuda continuada por parte del Estado. Era una herencia del pasado: durante 40 años el trabajador, por el hecho de trabajar, pertenecía a los sindicatos verticales y esta afiliación automática, en su inmensa mayoría los trabajadores españoles dejaran de ver a los sindicatos como una estructura a lo que uno podía afiliarse libremente.

A partir de principios de 2005 parecía evidente que Zapatero era un presidente de gobierno que había llegado al poder por pura casualidad de los atentados criminales del 11-M, pero que, desde el primer momento, se comprobó que carecía de la capacidad y de la claridad de ideas como para gobernar un país europeo. En tanto que “hombre de izquierdas” (aunque su concepto de izquierdas fuera mucho más tributario del progresismo difundido por la UNESCO que del concepto tradicional de izquierda que se tuvo en Europa desde 1789), Zapatero puso siempre particular interés en no enfrentarse a los sindicatos: los mimó, les aumento y diversificó sus fuentes de ingresos y, en la práctica, los convirtió en una estructura dependiente del poder e incapaz de rebelarse contra el mismo por hiriente que fuera la situación para los trabajadores.

Todo fue bien mientras la crisis económica no despuntó en el horizonte (aunque a los sindicatos les hubiera correspondido también alertar sobre lo insensato de nuestro crecimiento económico basado en el ladrillazo y, desde luego, ser los primeros que alzaran su voz para detener las oleadas de inmigrantes que iban llegando a pesar de la incapacidad de nuestro mercado laboral para acomodarlos), pero en el momento en que las tasas de paro se dispararon y cuando la crisis se precipitó, se evidenció el silencio cómplice de los sindicatos ante las políticas suicidas del zapaterismo para salir de la crisis.

Y, bruscamente, en julio de 2010, tres años después del inicio de la crisis, los sindicatos llaman a la “huelga general”. Para colmo, en la campaña previa a la huelga, se ha insistido, sí, en las malas condiciones creadas para las trabajadores con la reciente ley de contratación laboral, pero se ha olvidado el que fue el parlamento quien votó esa ley  y que, a fin de cuentas, esta ley se había elaborado en los laboratorios socialistas.

En realidad, desde que se convocó la huelga los sindicatos han dado la sensación de que su planteamiento real es el siguiente: “Convocamos una huelga contra el gobierno porque estamos obligados a ello –a fin de cuentas somos sindicatos y nos toca cubrir el expediente- pero, tranquilos, que en el momento en que pasen las 24 horas, al día siguiente volveremos a decir que la culpa es del PP y que el gobierno rectificará”… Y eso es lo que llama la atención: esa insistencia sindical en cargar contra el PP cuando de lo que se trataba era de denunciar una ley presentada, tramitada y aprobada con los votos socialistas.

Los años de silencio y la dependencia del sindicalismo español del gobierno, no son precisamente las mejores cartas para justificar la legitimidad de los sindicatos para convocar a todos los trabajadores a una huelga general.

Cambiar el modelo sindical

El sindicalismo español actual surgió en los años 60 a partir de minorías democráticas agitadas por el Partido Comunista de España que crearon un sindicato propio, Comisiones Obreras. Desde entonces ha llovido mucho. En la transición, los dineros de la socialdemocracia alemana permitieron a UGT reconstruirse y, desde entonces, a asumir las subvenciones como forma de supervivencia de su aparato.

En ese momento todavía estaba demasiado vivo el “sindicalismo de lucha” que se vivió en España entre 1962 y 1975 y, dados los desajustes de la transición –que fueron también económico- se prolongó hasta principios de los 80 en lo que se llamo el “sindicalismo reivindicativo”. Fue, a partir de la llegada al poder del felipismo cuando especialmente UGT empezó a buscar un nuevo modelo sindical: no se trataba de “luchar” contra el gobierno del PSOE, ni siquiera de “reivindicar” excesivamente. Los sindicatos, a partir de ese momento, deberían servir a la clase trabajadora y a su felicidad integral. De ahí surgió el concepto de “sindicalismo de gestión”. Esa fue la excusa a través de la cual los sindicatos empezaron a gestionar cursos de formación y… a construir bloques de apartamentos.

Cuando estalló el escándalo de la PSV, la cooperativa de viviendas promovida por UGT que quebró por mala gestión quedándose con los ahorros de miles de familias trabajadoras, el sindicalismo de “gestión” murió en los corredores de los juzgados y, desde entonces (finales de los 80 y principios de los 90), nadie se ha vuelto a plantear el aspecto y el papel de los sindicatos en el futuro. Esta inercia ha facilitado aún más el proceso de burocratización y de desmovilización que se ha apoderado del sindicalismo español en el siglo XXI.

Ahora se trata de plantear de nuevo el problema: ¿qué fisonomía deben tener los sindicatos en el futuro y para qué pueden servir? Cabe decir, en primer lugar que el sindicalismo actual apenas alcanza al 15% de la masa trabajadora y, por tanto, decir que ante unos niveles de afiliación tan bajos –y de cotización aún menores- parece dudoso que pueda hablarse de ellos como de “interlocutores sociales”. Esos bajos niveles de afiliación han sido especialmente la consecuencia del proceso de burocratización que han sufrido: los únicos beneficiarios de un sistema burocrático… son los propios burócratas y esto ha generado una barrera entre funcionarios sindicales y masa obrera, junto en un momento en que las tasas de paro alcanzan el 20% y un puesto de trabajo en un sindicato es codiciado por quien está en paro y visto con cierta desconfianza.

Así pues se trata de revertir el fenómeno: si la burocratización es una consecuencia del régimen de subsidios y subvenciones que reciben los sindicatos, debería bastar con eliminar estas dádivas para que el sindicalismo sufriera tal shock que lo recompusiera de nuevo y le obligara a plantearse problemas de futuro.

Luego está la espinosa cuestión de las “horas sindicales” y de los “liberados”. En Alemania el sindicalismo funciona razonablemente bien, bastante mejor que en España, y sin embargo, los sindicatos ni reciben subsidios ni existen las “horas sindicales”, salvo cuando se están negociando los convenios. Probablemente sea cuestión, simplemente, de trasladar el funcionamiento de modelos sindicales en Europa y aplicarlos aquí. Modelos extraídos de países que “funcionan”.

No está claro cómo será el futuro del sindicalismo –ni siquiera si el sindicalismo tiene futuro a la vista de que la industria deserta de Europa en aras de la globalización- pero de lo que no cabe la menor duda es que las concepciones del ayer ya no sirven. El fracaso del “sindicalismo de gestión”, lo limitado del “sindicalismo reivindicativo” y lo arcaico del “sindicalismo de lucha”, no dejan mucho lugar para los sindicatos cuyo papel es cada vez más restringido y desdibujado.

El arcaísmo de la “huelga general”

Históricamente, el concepto de huelga general no sería otra cosa que un “mito” movilizador. La clase trabajadora mediante el recurso a la huelga general, tomaría conciencia de su fuerza y de su capacidad para derribar gobiernos burgueses. La toma el poder por parte de la clase trabajadora tenía en la huelga general su pistoletazo de salida. Hasta los años 70, el PCE y las organizaciones de izquierda, mantuvieron este “mito” activo. Durante los años del franquismo proliferaron los llamamientos a la huelga general para derribar el régimen y, lamentablemente para quienes las convocaban, Franco murió en la cama.

A medida que fue trascurriendo el siglo XX, la huelga general siguió manteniéndose como mito, pero con una realidad cada vez más limitada. Hoy, en pleno siglo XXI, una huelga general, sirve para exteriorizar simplemente un estado de hastío, no sólo de los trabajadores, sino de la sociedad en general, hacia las políticas emprendidas por los gobiernos. Y en momentos de saturación de los mercados, un paro de 24 horas afecta poco a las estructuras de producción. Los gobiernos pueden o no hacer caso de una “huelga general”: Aznar retiró sus medidas de reforma del subsidio de desempleo en 2002, pero Zapatero difícilmente retirará unas medidas aprobadas en el parlamento (¿y por qué diablos los sindicatos no convocaron la huelga cuando se procedió a la votación en el parlamento?) e impuestas por la UE y por la presión de la alta finanza.

Si de lo que se trataba era de mostrar “oposición”, los sindicatos hubieran debido mostrarla mucho antes, pero para ello no era preciso convocar una huelga general: hubiera bastado, por ejemplo, con recoger firmas de trabajadores. Y seguramente los firmantes habrían superado con mucho los que hoy han decidido voluntariamente parar.

Mientras los sindicatos sigan recurriendo a instrumentos creados para combatir al  capitalismo de finales del siglo XIX y principios del XX, ignorando que el capitalismo tiene hoy unos rasgos completamente diferentes, nos estará proponiendo el ejercicio de un arcaísmo que, más que mito, es hoy una inutilidad.

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Pocas huelgas generales han estado tan justificadas como esta. Realmente no se trataba tanto de luchar contra la reforma del mercado laboral aprobada en el parlamento como por la desertización industrial de España. Se dirá que denunciar la globalización no es cuestión de los sindicatos. Sí lo es, o es que se olvida ya que en 2003, UGT y un sector de CCOO, convocaron una “huelga general de dos horas”… contra la participación de España en la Guerra de Iraq.

Pocas huelgas serán tan justificadas como esta, pero ninguna de en las últimas décadas, tendrán tan poca incidencia. Y es que el problema es tanto de la convocatoria (tardía y limitada) como del convocante (sin legitimidad ni autoridad moral).

¿Parar para justificar la existencia de CCOO y UGT? ¿Para olvidando el arcaísmo de una “huelga general” y la inadecuación de los sindicatos ante la actual fase de desarrollo del capitalismo? ¿Parar 24 horas para olvidar el silencio cómplice de CCOO y de UGT en el camino que nos ha llevado a la crisis? No, gracias.

¿Reconocer, en cambio, que esta crisis deriva del modelo económico aznarista que Zapatero ni criticó ni reformó sino que se limitó a seguir hasta el estallido final de la burbuja inmobiliaria? ¿Reconocer que esta crisis es hija del modelo capitalista globalizador y que nuestro mercado laboral no recuperará la normalidad hasta que no se rompa con la globalización? ¿Callar como han hecho los sindicatos que el principal factor humano de distorsión de nuestro mercado laboral es la llegada masiva de inmigrantes? ¿Reconocer que la reforma de la contratación es extremamente perjudicial para los trabajadores y que, lejos de estimular la contratación, favorecerá el aumento del paro y que hoy el problema no es el despido libre sino estimular el empleo? ¿Reconocer que a pesar de que la reforma de la contratación fuera votada en el parlamento la composición de ese parlamento ya no responde a la realidad político-social española y, por tanto, se trataba de convocar elecciones anticipadas antes de abordar reformas? Sí, todo esto es necesario.

Hoy es un día como otro cualquiera. Solamente para los sindicatos supone trabajar un poco. Sus objetivos no son los nuestros. ¿Parar hoy, precisamente? No, por favor, ni Tocho, ni Cándido pueden dirigir mi vida con ideas y objetivos tan pobres.

 

 

 

 

 

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