Infokrisis.- Estamos llegando a las últimas páginas de este amplio estudio que hemos dedicado a la doctrina Zapatero. Ahora estamos intentando incribirla en un contexto internacional amplio que nos ha llevado a definir los dos campos en los que está escindido el mundialismo en estos momentos. Es en uno de ellos, el campo de lo que hemos dado en llamar "humanismo universalista" de NNUU y de sus agencias, en el que hay que instalar la doctrina Zapatero, ante el otro campo -la globalización promovida por las multinacionales y los EEUU-. La distinción no es completamente nítida a causa de los compromisos temporales de cualquier gobierno con empresas y organismo financieros e internacionales. Pero, como en la última parte, los últimos congresos del PSOE y las decisiones del gobierno Zapatero son suficientemente elocuentes como para establecer cuáles son las "fuentes" del zapaterismo, intención que nos ha impulsado a escribir este trabajo.

 

2. Las esperanzas puestas en la Caída de Muro y en el fin de la historia

La segunda hipótesis de trabajo de la que hemos partido en este estudio sobre la doctrina Zapatero es que durante algunas décadas, existió un alto nivel de identificación entre la izquierda moderada y los ideales que habían dado vida a NNUU y a sus agencias. El acuerdo se estableció se intuía desde el origen. A fin de cuentas NNUU había surgido del apuntillamiento de los regímenes del Eje, bestia negra de la izquierda mundial. Así pues, durante algunas décadas existió una coincidencia tácita entre los ideales de la izquierda y los ideales que habían dado vida a NNUU.

Puede decirse que la izquierda asumía completamente tales ideales y añadía algo de su propia cosecha que derivaba de los textos canónicos desde Marx hasta la socialdemocracia. La Guerra Fría contribuyó a establecer campos precisos. Los comunistas, a pesar de su voluntad de pertenecer al mismo campo de la izquierda se vieron rechazados. Era demasiado evidente –para el que tuviera ojos y viera, entendimiento y entendiera- que los partidos comunistas de Occidente habían sido, al menos desde el período de Stalin, las quintas columnas de la política exterior soviética, buenas o malas intenciones aparte. Y cobraban por ello. De hecho el PCE siguió cobrando de Rumanía hasta que alguien juzgó que castigar a Ceacescu con cuatro paredes suponía un dispendio. Bastaba con un paredón.

La izquierda europea, durante la guerra fría, se vio escindida en dos campos, el de Moscú y el de la socialdemocracia con más o menos matices, pero que aceptaba el juego democrático, aceptaba groso modo el capitalismo y apenas aspiraba a corregir algunas de sus inclinaciones y aceptaba la división de Europa en dos bloques y la pertenencia de Europa Occidental al bloque atlántico. Como la presencia de los tanques rusos más allá de las fronteras del Este de la República Federal Alemana, era masiva, el horno no estaba para bollos. En ese momento, la izquierda comunista aceptaba y enarbolaba la Declaración Universal de Derechos Humanos siempre y cuando no se aplicara en Moscú ni en los países comunistas. Y los socialistas y socialdemócratas la aceptaban igualmente, pero con valor universal. Ese, además del programa, era el gran matiz de las dos izquierdas durante la guerra fría.

Pero en los años 60 irrumpieron fenómenos nuevos. De un lado a Juan XXIII se le ocurrió convocar un Concilio sin tener muy claro hacia donde orientar la barca de San Pedro. Quería que la Iglesia real opinara. Y opinó. El resultado fue un estallido del mundo católico. La destrucción de la liturgia tradicional hasta ese momento, las nuevas líneas pastorales, percepciones teológicas de nuevo cuño que empezaron a proliferar desde entonces, ancladas algunas en Teilhard de Chardin y otras en el marxismo, generaron una gran confusión en las filas de la Iglesia en la segunda mitad de los años 60.

Empezaron a aparecer piezas intermedias en el seno de la izquierda, formadas por “católicos comprometidos”, “comunidades cristianas de base”, “castro-cristianos” dados a la guerrilla, que hicieron que el péndulo pasara al extremo opuesto. En efecto, si antes del Vaticano II podía decirse que el grueso de la cristiandad practicaba sólo un mero culto exterior, a partir de ahora, amplios sectores de la Iglesia reducían su fe a la demagogia social. Este sector, naturalmente, encontró en la Declaración Universal de Derechos Humanos, un patrón a seguir.

Recuerdo bien esa época –languidecía en un aburrido colegio de escolapios- porque en apenas un curso pasamos, sin solución de continuidad, de la misa en latín, cantada en gregoriano y según el rito tridentino, a la misa cara al público, acompañada de guitarra y pandereta al son del Kumbayá. La mayoría de religiosos escolapios que eran mis profesores se fueron integrando en los grupos de la izquierda cristiana y, progresivamente, laicizándose. Uno de ellos, el “pare Botey”, antes cura de la barriada chabolista del Gran Pekín, profesor de religión en mi cole, pasó luego al PSUC, luego al PSUC, prosoviético y ahí sigue en formaciones de izquierda-humanista-radical-cristiana-comprometida-pacifista-antiglobalizadora-de-los-grandes-expresos-europeos. Por mi parte, no volví a pisar una Iglesia a la vista de que en un solo curso eran capaces de afirmar A y no-A al mismo tiempo.

Fue a través de ese sector “católico comprometido” como se filtraron en el seno de la izquierda comunista, los valores universalistas implícitos en las declaraciones y documentos de NNUU y allegados. Luego fue fácil: cuando el marxismo quedó más seco que la mojama, el internacionalismo fue sustituido por el humanismo, la lucha de clases por la solidaridad con los desheredados y la defensa de la clase obrera por la defensa del tercer mundo y de la inmigración. ¿Y Dios? Porque a fin de cuentas, todos estos creían en un Dios personal con cara y ojo. Fue simple: para estos que se obstinaban en la mística, estaban algunas formas de ecologismo de las que hemos hablado y que sustituían a Dios por la Naturaleza. “Herejía panteísta” que diría la Inquisición. Tampoco hay que dramatizar, pero era así.

¿Y el pacifismo? Estaba implícito en los documentos de NNUU, pero no fue de ellos de donde extrajeron su impulso, sino de Moscú. Desde siempre los partidos comunistas occidentales habían hecho gala de un pacifismo más que dudoso: para ellos, el Muro de la Vergüenza era presentado como el Muro de la Prudencia que impedía que las influencias degeneradas y capitalistas llegaran al paraíso socialista. Si en 1956, la juventud húngara fue masacrada en las calles de Budapest, fue porque había sido infiltrada por los imperialistas occidentales y amenazaba los logros del pueblo húngaro. La misma cantinela volvió a oírse en Praga tal que hoy hace cuarenta años (por azares de la vida, estás líneas son escritas en el 40º aniversario de la entrada de los tanques del Pacto de Varsovia en Praga). E incluso, finalmente, ya en plena agonía, volvió a oírse de nuevo cuando los astilleros de Danzig se declararon en huelga en 1970 y luego en la definitiva de 1980. El fin del bloque comunista se aproximaba vencido en lo ideológico desde que Henry de Man en los años 30 realizó desde la izquierda una crítica al marxismo y vencido por el productivismo norteamericano con el que no pudo competir. El empantamiento de Afganistán, la fragilidad de la red de alianzas evidenciada con las huelgas de Solidarnosc en Polonia, la guerra de las galaxias de Reagan que puso demasiado alto el listón armamentístico, fueron algunas de las causas que precipitaron el fin.

Pero hasta el último momento (mediados de los años 80), la URSS fue estimulando el pacifismo en Occidente. En 1986, la URSS sufrió un duro golpe que le vino desde España. El “OTAN, de entrada no” de unos años antes, se convirtió en justo lo contrario: “A Europa, de cabeza en la OTAN”. No era una incorporación inofensiva. Con ella la alianza atlántica ganaba una “profundidad” que no tenía. Hasta ese momento, apenas 1.600 kilómetros separaban la línea divisoria entre las dos alemanias (esto es, el “frente”), de las costas atlánticas de Francia. Un paseo para los T-62. Con la incorporación de España, esas líneas se duplicaban. Así pues, la URSS puso toda la carne en el asador en ese momento y estimuló económicamente un fuerte movimiento pacifista en nuestro país que nació en esos ambientes periféricos al PCE compartidos con los grupos “cristianos comprometidos” organizados en asociaciones y ONGs.

Casi sin solución de continuidad, esto se encadenó a otro fenómeno. Los EEUU manifestaron su voluntad en 1986 de desplegar mísiles Pershing II y Tomahawk en las fronteras con la Europa del Este. Esto implicaba inutilizar los sistemas ofensivos soviéticos basados en anticuados mísiles SS-20. Con Reagan no se jugaba, dios le había encomendado destruir al bloque soviético y lo estaba haciendo a base de bien. Ahí fue el canto del cisne de Gorvachov. Su última esperanza consistía en provocar una gigantesca movilización pacifista en Europa Occidental capaz de atemorizar a los partidos en el gobierno e impedir que accedieran al despliegue de los mísiles americanos. El pacifismo europeo (y, por supuesto, el español) recibieron su ración de “oro de Moscú” y multiplicaron sus esfuerzos en pro del “pacifismo”.

En 1988, era evidente que la URSS había perdido la batalla y que ya no era su capacidad ofensiva lo que le preocupaba sino su misma subsistencia. Las fuentes procedentes del Este se fueron secando progresivamente, pero había núcleos de cuadros que se habían acostumbrado a vivir de subsidios y subvenciones y ayudas varias. Y entonces muñeron otras ubres. Las del Estado. Para entonces, las coordinadoras pacifistas se habían transformado en ONGs y lo esencial de sus cuadros se embarcaba en las más abracadabrantes misiones humanitarias. Dicho con otras palabras: vivían de las subvenciones, gracias a las cuales cumplían los designios humanitarios contenidos en la Declaración de Derechos Humanos y en documentos análogos.

En 1989, Iraq invade Kuwait, una provincia que históricamente le pertenecía, gobernada por una dinastía de sátrapas con olor a petróleo. EEUU acudió en ayuda de Kuwait desdiciendo su anterior alianza con Saddam Hussein. Fue la Segunda Guerra del Golfo (la primera se había estrenado en 1980 cuando Iraq e Irán se enzarzaron en una guerra de desgaste estimulada por EEUU para debilitar a la estrella ascendente del islamismo chiita). Esa guerra cambió nuestro mundo tanto como la caída del muro de Berlín. Ambos momentos son, en efecto, cruciales.

La caída del Muro de la Vergüenza hizo nacer esperanzas: no sólo Alemania, Europa volvía a ser “una”. Ya no se podía hablar en términos políticos de “Europa Occidental” o de “Europa Oriental”, todos éramos –muchos así nos habíamos sentido desde que leímos a Jean Thiriart en nuestra adolescencia- europeos, hijos de la misma cultura, con los mismos orígenes y, a partir de ahora, nuevamente, con el mismo destino.

Al acabar la Segunda Guerra del Golfo, Bush padre proclamó la vigencia del Nuevo Orden Mundial. Poco tardó un intelectual orgánico de este nuevo orden en elaborar la tesis que lo acompañaría: Fukuyama y su fin de la historia. Básicamente venía a decir (había mucha divagación en la obra) que, vencido el bloque soviético, la democracia y el mercado se imponían como único sistema mundial. Así pues entraríamos, necesariamente, en un período idílico y bucólico en el que la historia ya no sería posible porque habrían dejado de ocurrir traumatismos entre naciones. La guerra de Kuwait y la caída del Muro certificaban que ese período final de  la historia había comenzado y que a partir de ahora la democracia sería universal. Y si la democracia lo era, lo sería también todo el bagaje emotivo y sentimental elaborado en los últimos cuarenta años por NNUU y sus agencias y que, a causa de la existencia del bloque comunista y de sus satélites, todavía no había podido ser universalizado. Una tierra, un mundo, un gobierno, una ética… tal era la consigna.

Las ONGs nacidas del pacifismo, los grupos católicos comprometidos, los grupos de amigos de la UNESCO y de NNUU, los grupos humanistas y universalistas atrincherados en estos organismos internacionales, amplios sectores del ecologismo, millones de newagers de todo el mundo, percibieron que habíamos entrado en un período nuevo de la historia de la humanidad y que ese período era el suyo.

Por supuesto se equivocaban. Su error era dramático y fatal. Solamente algunos escasos individuos supervivientes del trotskysmo alertaron del error. Estaban confundiendo deseos con realidades. Los valores que estaban haciendo el “nuevo orden mundial” no eran los del humanismo universalista predicado por los popes de NNUU… sino los valores de lucro, usura y beneficio que tanto y tan bien denunciado Ezra Pound[1], los que estaban llevando al “nuevo orden mundial”. Existía, eso sí, una coincidencia en el fondo: el deseo de un mundo sin fronteras, espacio abierto y libre, sin divisiones nacionales y “democrático”. Pero, a partir de ahí, todo difería. Hacia 1992 estaba claro que había dos tendencias en el impulso hacia ese mundo feliz: el “universalismo” y la “globalización”. Y este punto es fundamental para entender lo que ha ocurrido en cierta izquierda.

La socialdemocracia siempre había aceptado el capitalismo. Como máximo dejaba implícito que solamente quería cortarle las uñas al sistema de la rapacidad y el máximo beneficio. De hecho, la socialdemocracia alemana era el producto del entendimiento entre la gran industria y la izquierda. Bad Godesberg supuso el sellado y rubricado del pacto y allí donde el SPD alemán impulsó una solución socialdemócrata –por ejemplo en España a través de la Fundación Ebert entre 1973 y 1979- allí impuso una rebaja en los ataques al capitalismo. De ahí que los Guerra y los Felipe González de 1973 que escribían incendiarios artículos antiamericanos y anteguerra del Vietnam en El Socialista, pasaran a ser los grandes valedores de España en la OTAN.

El problema era que el capitalismo evolucionaba y el estadio de las fuerzas productivas en 1957 cuando la socialdemocracia alemana celebró histórico congreso se parecía tanto al de 1990, cuando cae el Muro de Berlín y los EEUU recuperan Kuwait, como un huevo a un boniato. Y este era el verdadero problema: la globalización suponía una optimización de los beneficios del capitalismo… pero condenaba al paro, al subempleo y a la miseria a amplias capas de la población, incluso en el islote del desarrollo y la justicia social, Europa. En 1990 todavía había esperanzas… pero no en 1992 cuando se había abatido sobre la España que cerraba los fastos de ese año (Olimpiadas, Expo Sevilla, Año del Descubrimiento) una crisis económica que solamente sería superada en nuestros días. Desde 1992, las condiciones de vida para los trabajadores europeos se van endureciendo progresivamente. La globalización entraña optimización de beneficios para las multinacionales y eso genera dos movimientos opuestos: de norte a sur se organiza la deslocalización empresarial (las factorías se reinstalan en los lugares donde la mano de obra es más barata y están más próximas a las fuentes de materias primas) y de sur a norte se gesta el fenómeno de la inmigración (que hace bajar el precio de la mano de obra en los países desarrollados, con lo cual, el capital aumenta beneficios).

A medida que este proceso va avanzando, empeora progresivamente las condiciones de vida de las clases trabajadoras europeas. La socialdemocracia, cada vez más, encuentra dificultades para mantener su idea de coexistencia entre el capitalismo y el estado del bienestar. De hecho, es imposible hacerlo.

Luego está la otra línea. Desde la clase funcionarial de NNUU y de sus agencias se percibe el engendro y el error: nada que ver entre globalización y universalismo. La globalización se realiza bajo el signo de las multinacionales y con sede social en Wall Street. Los marines son su vanguardia. La era de la globalización se está dando bajo el signo de la hegemonía norteamericana… no bajo la hegemonía de los derechos humanos. De hecho, algunos empiezan a percibir que políticos tan diferentes como Clinton o los dos Bush, junior y senior, tienen como denominador común el desprecio y la burla hacia cualquier derecho humano.

Entre 1992 y 1993, el divorcio está certificado: las multinacionales y los EEUU están imponiendo su concepción de “nuevo orden mundial”… que no es el mismo que el que defendían los funcionarios de NNUU y las legiones de ONGs. Y empieza el distanciamiento progresivo e irreversible.

El llamado “Movimiento Antiglobalización” nace de los círculos amamantados por la ideología de NNUU y de los Derechos Humanos, que ha cristalizado, en una constelación de ONGs de distinto origen (pacifistas, cristianas-comprometidas, humanistas, universalistas, religiosas, ocultistas, partidos de izquierda huérfanos de ideología, etc.). Se estrena a nivel mundial en Madrid con motivo del 50º Aniversario del Fondo Monetario Internacional (octubre de 1995). Las protestas y los incidentes se sucedieron y, a partir de ese momento, arranca históricamente el “movimiento antiglobalización”.

Desde la otra parte, se percibía también la escisión. A lo largo de los años 90, a la vista de la situación, los EEUU habían ido cortando vínculos con las organizaciones mundialistas que Roosevelt había contribuido a impulsar. A raíz de la publicación del llamado Informe Mac Bride, en 1980, los EEUU abandonaron la UNESCO. Y en 1995 la deuda de ésta país con NNUU se elevaba a la friolera de 1.500 millones de dólares, el 50% de las deudas total contraídos por los distintos países con éste organismo internacional por impago de cuotas. Era una forma de boicot y de las más efectivas, pero denotaba sobre todo que EEUU no asumía en absoluto las posiciones humanitarias y universalistas que bullían entre su clase funcionarial.

En ese momento NNUU se mantenía sobre todo con las cuotas aportadas por Alemania y Japón (paradójicamente las naciones vencidas en 1945 por la coalición que dio origen a la institución) y estaba en su momento más bajo. Hacía poco se había producido el genocidio de Ruanda sin que las NNUU hubieran podido hacer nada y so que según el artículo 1 de los 70 que contiene la Carta fundacional, con cuatro objetivos: mantener la paz y la seguridad; promover las relaciones de amistad y cooperación entre las naciones respetando el principio de igualdad y el derecho de autodeterminación de los pueblos; ayudar a resolver los problemas internacionales por vía pacífica, defendiendo los derechos humanos y las libertades fundamentales, y, por último, facilitar el diálogo entre los Estados miembros. Las NNUU no habían tenido éxito en ni uno sólo de estos objetivos. En cuestiones de seguridad, la ONU no está capacitada, mientras no se reforme la Carta, para intervenir en la solución de conflictos internos. A pesar de que el prólogo de la Carta empieza así: «Nosotros los Pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras de los flagelos de la guerra...», esa misma Carta sólo autoriza a la ONU a intervenir en conflictos interestatales cuando desde los años 80 nueve de cada diez conflictos militares son de carácter civil, no interestatal. Por otra parte, no fueron los Pueblos los que redactaron esa carta sino los dirigentes de 50 Estados, en su mayoría dictadores y algunos, como Stalin, especialmente sanguinarios. NNUU vivía en ese momento sus horas más bajas. Así que reaccionó.

De esa reacción toma fuerza el movimiento “altermundialista” que se va gestando entre la conferencia de Madrid del F.M.I. y la contracumbre de Seattle que consiguió abortar la reunión de la Organización Mundial del Comercio. A decir verdad, fue la primera manifestación de la nueva era de las telecomunicaciones. Los manifestantes se habían coordinado a través de Internet y lograron reunir 50.000 personas. La masa era heteróclita y había en ella de todo, pero la componente mayoritaria estaba compuesta por individuos criados al calor de ideales altruistas, humanitaristas y universalistas. Había extrema-izquierda e izquierda clásica, pero ni eran representativos, ni presentes en número significativo, apenas iban en busca incautos. La mayoría aceptaban solo las declaraciones universales proclamas por NNUU y sus agencias. Y, es evidente, querían un mundo más justo gobernado por instancias internacionales que sustituyeran los gobiernos de los Estados-Nación que visiblemente comían de la mano de las multinacionales. Eso era todo. Ahí dentro se entremezclaba todo un amasijo informe de feministas, ecologistas, pacifistas, amigos de los animales, solidarios con el tercer mundo, newagers, sectas iluminadas, etc., un batiburrillo cuyo denominador común eran las referencias universalistas y los subsidios que eran capaces de arrancar, en tanto que ONGs, a sus respectivos gobiernos. Algunos se decían de izquierdas, pero la mayoría preferían aceptar el calificativo de “progresistas”, “solidarios”, y, especialmente, “altermundialistas”.

Como en todo este tipo de saraos, para los competidores se trataba simplemente de desprestigiarlos. En la manifestación de Génova de 2001 y en las que siguieron habitualmente se produjeron incidentes violentos. Es difícil impedirlos cuando ha irrumpido en la calle una masa de entre 30 y 50.000 personas y apenas un pequeño grupo, realiza tareas provocadoras. Como siempre en estos casos, nunca nadie logra encontrar la prueba definitiva, pero todo induce a pensar que esos incidentes violentos, han estado siempre en gran medida provocados por agentes interesados en desprestigiar al movimiento altermundialista. Siempre ha ocurrido así. Basta lanzar un cóctel molotov contra la policía que vigila el desarrollo de la manifestación para provocar una estampida. Una vez se ha produce el revuelo, ya resulta muy difícil para los manifestantes recuperar la calma e interpretar exactamente lo que ha pasado. Análogos sucesos ocurrieron en Barcelona en 2001 durante la cumbre suspendida del Banco Mundial. En aquella ocasión llamó la atención la envergadura de las fuerzas especiales de la policía, su armamento y protecciones, comparados con los chicos que tenían delante, la mayoría sin musculación, en absoluto preparados para un enfrentamiento con la policía, ni física ni mentalmente. A la vista del despliegue, los ocho autobuses llegados del País Vasco con miembros de Herri Batasuna, se limitaron a formar un cuerpo de manifestación propio, completamente separado del resto que, al dislocarse la manifestación, subieron en los autobuses de regreso a casa. Sabían lo que se jugaban. La mayoría de manifestantes, en cambio, no. Un grupo de policías infiltrados en la manifestación, en las inmediaciones de Plaza Catalunya – Paseo de Gracia, rompieron el normal desarrollo de la manifestación y aprovechando la tensión existente, estuvieron en el origen de los incidentes que se prolongaron durante varias horas. Pero, en fin, esto es lo habitual… la violencia genera rechazo hacia quien la practica y para algunos servicios especiales se trataba de caracterizar al movimiento altermundialista como “violento” ¿alguien puede creerlo? Difícilmente. Pero los campos estaban establecidos y cada cuál actuaba según su lógica.

¿Y el PSOE? Yermo de ideas, en plena crisis de su segunda derrota. Desorientado. Sin ideas. Sin proyecto. Sin margen de maniobra. A cero. Para colmo, el socialismo europeo empieza a sufrir derrota tras derrota. Solamente los socialistas parecen ignorar que en la nueva fase histórica, la socialdemocracia ya no es compatible con el capitalismo multinacional y globalizador y que, nada, absolutamente nada, logrará superar la contradicción existente entre ambos. Cuando en la Cumbre de Río, realmente llamada “Conferencia de NNUU sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (junio del 92), ante 172 gobiernos presentes y 2400 ONGs de todos los pelajes, frente a la constatación del deterioro climático, se aprueba la idea del “desarrollo sostenible”, la socialdemocracia cree que asumirlo será la solución a sus problemas e, inmediatamente, incorpora la temática ecologista a su programa. Intento inútil que aplaza solamente unos años el reconocimiento de su orfandad ideológica: no hay “desarrollo sostenible para los 6.000 millones de habitantes que tendrá el planeta en 2025. El decrecimiento se impone, pero el decrecimiento es incompatible con la estructura del capitalismo mundial globalizado. Así pues, no hay nada en el mundo que pueda compatibilizar de nuevo los ideales tradicionales de la socialdemocracia (justicia social, distribución de la riqueza, Estado del bienestar, etc.) con la realidad de un sistema capitalista que funciona sólo, completamente desbocado hacia sus últimas consecuencias. Por eso ya no hay izquierda en el gobierno en Europa.

Zapatero, dios sabe si por pura chiripa –es un hombre baraka más que de ideas- escapó a este destrozo. Tuvo la inmensa habilidad de presentarse como socialdemócrata talantudo. El no levantarse ante la bandera americana, le situó en el lado opuesto al eje forjado a dólar sobre dólar entre las multinacionales y los EEUU. Jugar la carta del pacifismo, del pro-inmigracionismo con todo lo que implicaba (mestizaje, multiculturalidad), tender la mano hacia el mundo árabe aislado gracias a la invención de Bin Laden y de Al-Qaeda (Alianza de Civilizaciones), realizar un programa de ingeniería social basado en la reforma profunda de la sociedad (matrimonios gays, leyes de igualdad y discriminación positiva, divorcio exprés, próximas reformas de la ley del aborto y de la ley de eutanasia, etc.), bien envuelto, mediante un grupo mediático que le cubriera en sus deficiencias, en sus desgarradoras limitaciones y en su ausencia absoluta de sentido del Estado (y a cambio recibiera del presidente jugosas prebendas mediáticas) y mediante tertulianos de pocos escrúpulos comprados al peso, bastaron por sí mismos para que el PSOE variara su norte ideológico: tras haber pasado con el Suresnes, del socialismo tradicional al socialismo “gitano”, con gracejo andaluz, retranca y guasa (porque la corrupción desde RUMASA hasta el GAL y la entrada en la OTAN operada por socialistas de pro, guasa y retranca), el PSOE debió de pasar una siguiente transformación cuando el socialismo agitanado (el concepto no es mío sido de ALbert Boadella que en muchas ocasiones calificada al felipismo de “síntesis de las Españas”, con el gracejo gitano de cara al público y los catalanes guardando la caja) y socialdemócrata se encontró en la oposición y ocho años alejado del poder. Si sobrevivió fue porque los ayuntamientos y algunas comunidades autónomas siguieron siendo pesebres para sus huestes. Y es entonces cuando emerge el fenómeno Zapater en un terreno yermo de ideas, baldío de proyectos y desahuciado ideológicamente. Y aporta el suyo… que es ese proyecto, ya no socialista, ya no socialdemócrata, ya no coincidente con la izquierda tradicional, ni mucho con la tradición del socialismo español, sino calcado, inspirado, reproducido, extraído y fotocopiado de las Declaraciones de NNUU y de sus allegados.

Evidentemente las líneas de demarcación no son netas. Un individuo desaprensivo y siniestro como Luis Solana es a la vez militante del PSOE y lacayo de las multinacionales y del gobierno americano y a fe que lo demostró durante los bombardeos de Yugoslavia. Por otra parte, lo que menos interesan en el PSOE son las ideas. Lo que cuenta es la cuenta corriente y lógicamente para muchos cuadros y dirigentes, ésta se ve ligada, no a inmortales principios enunciados por organismo internacionales distante miles de kilómetros, sino a compromisos con empresas multinacionales, acuerdos preferenciales, e intereses económicos. Pero el último congreso del PSOE ha demostrado, una vez más, que los socialistas tienen, como siempre, la cartera a la izquierda y el humanismo universalista en la sesera. Para muchos esa nueva ideología de adopción llegada con el zapaterismo no es más que el contenido emotivo y sentimental con el que justifican su cuenta corriente.

Terminaremos analizando las últimas orientaciones del PSOE deducidas de los textos de su último congreso.

© Ernesto Mila – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – htttp://Infokrisis.blogia.com



[1] Toda la obra de Pound, especialmente su parte en prosa es un ataque al dinero y a la usura. Véase Introducción a Ezra Pound, Antología General de textos. Versiones de Carmen R de Velasco y Jaime Ferrán, Ediciones de Bolsillo, Barcelona, 1973.

 

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