La Iglesia que recibió y la que entrega Juan Pablo II

Publicado: Viernes, 01 de Abril de 2005 10:23 por en VARIOS
0papa2.jpgRedacción.- Iniciamos aquí la publicación de una serie de artículos que tienen presente la enfermedad de Juan Pablo I y que tienen como objeto valorar su papel dentro de la Iglesia en estos últimos 25 años. Se trata de reflexiones que procuran ser lo más objetivas posibles. En este primer artículo valoramos como va a quedar la Iglesia tras el fallecimiento de Juan Pablo II.

Una Iglesia en crisis, tal fue la herencia de Paulo VI. ¿Qué va a dejar Juan Pablo II a su sucesor? Esa misma Iglesia sumida en una crisis todavía más profunda. ¿Es Juan Pablo II responsable de esa crisis? En realidad no, cuando se sentó en la silla de San Pedro, la institución estaba ya extremadamente resquebrajada. De lo único que puede ser considerado culpable es de no haber podido atajar la crisis.

La Iglesia es una institución que se justifica por su magisterio. No hay magisterio posible sin “maestros”, es decir, sin sacerdotes. En 1966, tras la conclusión del Concilio Vaticano II existían en la cristiandad casi medio millón de sacerdotes y religiosos. Treinta años después la cifra se había reducido a 300.000. Las altas en los seminarios no cesaban de disminuir, mientras que la edad media del clero diocesano no deja de aumentar. En la actualidad ya existe déficit de ministros para atender a los feligreses en muchos países. En España en los últimos 15 años han colgado los hábitos 10.000 sacerdotes.

Entre los años 1940-1964, el número de seminaristas mayores en España pasó de 2.000 a 8.000, cifra muy superior a la media de Europa y en el mundo. Los seminaristas menores pasaron de menos de 5.000 a cerca de 14.000. El número total de seminaristas en 1964 había crecido respecto a 1934 un 300%. Los sacerdotes diocesanos eran, en 1964, 26.000; los sacerdotes religiosos, 10.000, con un aumento del 60%. Existía un total de 38.000 religiosos en 150 institutos, lo que representaba un aumento del 170%) y 109.000 religiosas en 260 institutos (unos 60 creados en España estos años), con un aumento del 60%. En 1964 -al concluir el Concilio- había en España más de 200.000 sacerdotes, de los cuales 30.000 ejercían en misiones fuera de España. Treinta y cinco años después, estas cifras han dado un vuelco espectacular. A pesar de que la población española ha aumentado un 20%, las cifras de sacerdotes en activo han disminuido a la tercera parte. Existen órdenes religiosas prácticamente extinguidas que tienen más inmuebles que miembros activos menores de 50 años. Incluso la enseñanza religiosa que vive una buena época gracias al régimen de conciertos y subvenciones, se encuentra con la paradoja de que en la mayoría de centros “religiosos” solamente existe un religioso, el rector, siendo el resto profesores laicos. Si la enseñanza religiosa goza de buena salud en nuestro país no es tanto por la cantidad de sacerdotes dedicados a la enseñanza en sí misma, como por la quiebra en que entró el sistema de enseñanza público desde los años socialistas y de la que aún no se ha recuperado. En 20 años habrá dificultades para encontrar incluso rectores que dirijan buena parte de los centros de enseñanza religiosos. Y hará falta saber cuántos de esa cifra cumplen con los preceptos estrictamente canónicos. El teólogo alemán Eugen Drewemann, afirmaba en 1999 que “dos terceras partes de los curas de este país viven con su mujer”. Dato no tan alarmante como este otro publicado en 1996: “Seis mil de los 54.000 sacerdotes católicos de Estados Unidos, han sido denunciados por abusos sexuales en 1995”. ¡Casi un 10%!

En todo el mundo han abandonado su ministerio 100.000 sacerdotes en los últimos 15 años. En los últimos 40 años, la Iglesia ha perdido un 30% de sus pastores y ya no existe la posibilidad de reponerlos: los seminarios que, ya en los años 60 estaban funcionando a medio gas (salvo excepciones, como España), están absolutamente desfondados en la actualidad. No se trata solo de que hayan pocas vocaciones, sino de que buena parte de las altas actuales no terminarán sus estudios en los seminarios. Y, por lo demás... ¿qué van a aprender allí? Por que lo peor es que, de la misma forma que faltan profesores religiosos para los centros de enseñanza católicos, tampoco los seminarios están en mejor situación. En 1964 los profesores de los seminarios sabían qué enseñar... hoy ya no está tan claro. El efecto deletéreo del Concilio Vaticano II sobre la cristiandad ha sido tal que resulta imposible pensar que la tendencia pueda invertirse en la próxima generación, la clave, por que en la siguiente, resulta evidente que habrá que habrá que aceptar el sacerdocio femenino, estimular los diaconatos, y demás medidas para superar la crisis de vocaciones.

En los seminarios españoles estaban adscritos 2.025 alumnos en el curso 1998-99. En un país en el que las cifras de la Conferencia Episcopal declaran que el 90% de la población es católica, solamente hubo ese año 361 altas en los seminarios que tuvieron su contrapartida en 133 seminaristas que abandonaron la carrera. El número total de ordenaciones ese año fue de 240, de los cuales, el 50% -si se confirma la curva de los últimos 10 años- colgará los hábitos en los próximos 10 años. No son cifras como para sentirse optimista.

Sin embargo la Iglesia parece no alterarse. O al menos da esa impresión. Cuando la Conferencia Episcopal Española alude a un 90% de católicos en nuestro país, resulta evidente que la cifra constituye de por sí, una enormidad. Especialmente para un país con un catolicismo poco combativo, propenso a aceptar acríticamente cualquier cambio y, en general, poco militante. Las cifras reales de ese año son distintas: no es tan importante considerar quien se considera católico como quién milita como tal. Hacerlo así supone reconocer que el 64% de los católicos no van nunca a Misa ni participan en ningún ritual, salvo los festivos (conocidos como BBC, Bodas, Bautizos, Comuniones). Y si bien el 30% reconocía en 1988 que practicaba la religión católica hay que matizar: se trata de cifras que no tienen en cuenta ni la edad (habitualmente se trata de personas mayores de 50 años, o menores de 15), ni el sexo (fundamentalmente femenino), ni la zona de origen (mayoritariamente rural). Pero la Iglesia en sus informaciones oficiales insiste en presentar las cifras como “logros”. Se repite una y otra vez que el cristianismo es la religión más seguida con 1.802.154.000 fieles en todo el mundo, de los que sólo la mitad son católicos, ciertamente, pero incluso esa cifra supera a la de hindúes (731 millones), budistas (332 millones), confucionistas (343 millones), musulmanes (937 millones), o judíos (19 millones)... Pero se olvida todo lo demás. El catolicismo ha pasado de ser una forma religiosa propiamente europea, a ser una religión presente, sobre todo, en el Tercer Mundo. Presente e inestable. El caso del obispo Milingo es el fatum de las iglesias africanas. En América, donde existen 461 millones de católicos, la competencia con las sectas protestantes y evangélicas indica en estos momentos una pérdida de vitalidad de las iglesias locales (aumentada además por el grado de confucionismo que desde hace 30 años hacen gala, oscilando entre el socialismo guerrillero y el integrismo virulento). En Oceanía, a pesar de existir 7 millones de fieles, se olvida que están concentrados mayoritariamente en Australia donde tienen que competir con otros grupos protestantes mucho más activos. Los 86 millones de católicos asiáticos están anegados en medio de cientos de millones de budistas, hinduistas, shjis, confucianistas, shintoistas, etc. Solo en Filipinas, donde el 84% de la población se declara católica –250 años de dominio español y, más en concreto, de dominio por parte del clero español-, tiene algo de iniciativa; pero, incluso allí, son contestados y frecuentemente rebasados por los fieles islamistas. A pesar de vivir allí dos terceras partes de la humanidad, la Iglesia no ha logrado calar en profundidad. ¿El motivo? El arraigo de las religiones tradicionales en las estructuras sociales, el hecho de que se trate de formas religiosas excepcionalmente vivas con unos sistemas de meditación y aprendizaje mucho más complejos que el cristianismo, convierten a las religiones tradicionales de oriente en mucho más adaptadas a la realidad del entorno que el catolicismo. Y otro tanto puede decirse de las misiones africanas. Corea del sur se ha convertido en el cuarto país en número de conversiones anuales, con casi 150.000, tras filipinas, India y Vietnam.

Sin embargo, en los grandes países asiáticos la cifra de católicos es mínima: en China 0,1%, India 1,75%, Indonesia 2,5,8%, Japón 0,35%, Paquistán 0,66%, Bangladesh 0,18%. Timor Oriental es un enclave católico en las afueras del país musulmán más grande del planeta, Indonesia.

En su viaje a la India, Juan Pablo II afirmó su convencimiento de que en Asia será la región de la Tierra donde más se difundirá el mensaje evangélico en el tercer milenio. Parece difícil compartir su optimismo pastoral, cuando los datos objetivos inducen a pensar en todo lo contrario.

La tarea pastoral de Juan Pablo II ha logrado detener, al menos momentáneamente, la hemorragia de católicos latinoamericanos. El resultado del Vaticano II estuvo a punto de desmantelar las iglesias locales. Ordenes enteras, como los jesuitas, se adhirieron a formulaciones teológicas progresistas que estuvieron a punto de aislarlas de buena parte de la población.

América se ha convertido en el momento actual en la principal reserva católica. Ocho de cada diez habitantes se encuentra bautizado. Brasil y México con 885 y 94% católicos son, en la actualidad, los países con una comunidad religiosa católica aparentemente más amplia.

El catolicismo mexicano, como el uruguayo, han debido de soportar en el presente siglo persecuciones anticlericales, frecuentemente orquestadas por la masonería. Luego fue la división provocada por las doctrinas marxistas que calaron muy hondo en estos países. En la actualidad, estas tendencias se encuentran muy debilitadas o simplemente desaparecidas, pero el riesgo de las sectas evangélicas es grande. Desde que a finales de los años 60 se evidenció que la Iglesia Católica latinoamericana ya no era un factor de estabilidad político-social, sino que había travestido su tradicional conservadurismo por una coloración izquierdista extremadamente radical, la CIA inundó el continente con sectas de todo tipo, desde ufológicas hasta carismáticas, pasando por todo tipo de corrientes protestantes o evangélicas. En algunos países centroamericanos, incluso lograron colocar a gobernantes adictos a estos grupos en el poder. En otros países, como Brasil, la Iglesia ha debido de soportar la concurrencia de cultos sincréticos africanos (candomblé, santería, macumba, etc.) y de sectas evangélicas. En general, a pesar de que en la actualidad la Iglesia Latinoamericana goce de mejor salud que al inicio del pontificado de Juan Pablo II, también existen sombras y, en cualquier caso, el crecimiento de los practicantes católicos se ha estancado desde hace 15 años.

Por su parte, en Estados Unidos, el 25% de la población se considera católica, si bien el número de practicantes no llega al 10%. Pero esto no es lo peor. Si bien las diócesis norteamericanas se cuentan entre las que cuentan con una mayor liquidez financiera, sus ministros son, por el contrario, los que con más frecuencia ocupan las páginas de sucesos de los diarios pues, no en vano, se ven insistentemente protagonizando escándalos de abusos sexuales sobre menores. Esto, unido a la corrupción de algunas jerarquías católicas, ha empañado extraordinariamente la imagen de la iglesia norteamericana y la ha hecho entrar en recesión.

En África la situación de la Iglesia dista mucho de ser estable. El 15% de la población está bautizada, pero resulta imposible saber el número de practicantes. El país con una mayor tasa de católicos es Guinea Ecuatorial (con el 76% de bautizados), sin embargo –tal como veremos más detenidamente cuando analicemos al caso del Obispo Milingo- las Iglesias africanas son atípicas, frecuentemente sincréticas, y la prédica católica no ha conseguido erradicar las costumbres tribales ancestrales que han alcanzado incluso a la cúpula jerárquica y a sus ministros. Por otra parte, los países con más tasa de católicos (Angola, con un 54%, Congo con un 42%, Uganda, con un 40%, Burundi con el 59% y Ruanda con el 44%) son teatro de guerras civiles brutales en las que ninguna de las partes ahorra crímenes y sadismo. En Nigeria, los Estados católicos del Norte sufren la hostilidad de los islámicos del Sur; frecuentemente las tensiones llegan hasta el derramamiento de sangre, los linchamientos y los choques irregulares.

A escala mundial, el número de sacerdotes en el momento en el que Juan Pablo II se hizo cargo de la Iglesia, era de 420.971. En 1997 se había reducido la cifra hasta 404.208 según las cifras oficiales. Es decir, se habrían perdido 16.763 sacerdotes. Ahora bien, estas cifras son discutibles y están sujetas a dudas. Otras fuentes no oficiales estiman que en la actualidad no hay más de 300.000 religiosos. Lo más grave es que donde la crisis de vocaciones es más evidente es en Europa, la cuna tradicional del cristianismo. En América, el número de sacerdotes ha descendido levemente durante los años de pontificado de Juan Pablo II: apenas se han perdido 1.000, de 121 a 120.000, aproximadamente. En África y Asia, el número de vocaciones crece y otro tanto ocurrió en los primeros años tras la caída del muro de Berlín, si bien en la actualidad, las cifras se han estabilizado. En África las ordenaciones han pasado de 17.000 en el momento en que el cónclave eligió a Juan Pablo II, a 25.000 en la actualidad. En Asia las cifras han sido mayores (de 27.000 a 44.000). Pero es en Europa en donde la sangría ha sido más evidente: casi 40.000 sacerdotes han colgado los hábitos desde 1978 pasándose de 250.498 a 213.398. Esta crisis resulta evidente en los países tradicionalmente católicos: Italia (que ha perdido un 13’84% del clero, España (con un 16% menos), Portugal (menos 17’32%) y los casos extremos de Bélgica y Francia (que han visto reducido en un tercio el número de sacerdotes durante el pontificado de Juan Pablo II). El hecho de que en el Este europeo las vocaciones hayan aumentado espectacularmente en algunos casos, no es demasiado relevante: las comunidades católicas (salvo en Croacia y Polonia) tienen pequeña entidad y las Iglesias Ortodoxas son allí dominantes.

Pero hay otro factor esencial que se ha producido durante el pontificado de Juan Pablo II. El eje de la Iglesia ya no es Europa. Los nombramientos de obispos y el aumento de las diócesis se han producido sobre todo en el Tercer Mundo. Entre 1979 y 1997 han sido nombrados 2.061 nuevos prelados. En el ámbito mundial, en 1978, eran 3.714, mientras que en 1997 ese número alcanzaba los 4.420. África ha pasado de tener 432 obispos en 1978 a 562 en 1997. En Asia, se pasó en ese mismo período de 519 prelados a 617; en América, de 1416 a 1659; en Oceanía de 94 a 118; en Europa de 1253 a 1464.

Estas cifras pueden no parecer particularmente dramáticas. Pero lo son. Aportaremos solo un dato para poder hacerse una idea significativa del estado de la cuestión. Las corrientes migratorias de Sur a Norte han generado un vuelco étnico en las poblaciones de algunos países, especialmente Alemania, Francia e Inglaterra. Habitualmente los recién llegados del tercer mundo traen en sus maletas la religión tradicional de sus comunidades, como único signo de identificación. El hecho de que reciban permiso de residencia y luego nacionalidad, no les priva de seguir con sus confesiones religiosas particulares, especialmente con el Islam. Pues bien, en el 2010 el Islam será la religión más seguida en Gran Bretaña. Entre el 2020 y el 2040 esto mismo ocurrirá en Francia y en Alemania. A nadie se le escapa que, dada la facilidad con que las comunidades musulmanes giran hacia el integrismo, esto generará conflictos y tensiones, en nuestra opinión insuperables, en Europa Occidental.

Pero este hecho nos permite ver algo que parece pasar desapercibido para los estrategas de la curia Vaticana: Europa es hoy tierra de misiones. A fuerza de buscar nuevos adeptos en zonas que vivían arraigadas a sus religiones tradicionales, el extraordinario esfuerzo misionero que llevó la Iglesia a partir de 1945 y hasta mediados de los años 70, hizo que los elementos más activos y predispuestos para la evangelización, se desplazaran al Tercer Mundo. Las cifras cantan: el aumento de las vocaciones en esas zonas y el crecimiento de obispos y diócesis es significativo, pero, en la práctica, esto se ha hecho a costa desguarnecer las diócesis europeas: éstas se encuentran hoy exangües y en el límite de la extinción, guiadas por pastores de más de 50 años que carecen de energía suficiente, imaginación y voluntad para acometer la tarea misional necesaria hoy en el viejo continente. De hecho, entre 1978 y 1997 fallecieron 144.437 sacerdotes. El envejecimiento se ha convertido en el gran problema de la iglesia en las puertas del siglo XXI. La edad media en 1995 era de 54,6 años, y la de los obispos de 66,49, en 1997... a esa edad ya no acompaña ni la vitalidad ni la firmeza de carácter necesaria para acometer el arduo trabajo de evangelización del Viejo Continente. Y, además, ya hemos visto que faltan vocaciones. La Iglesia parece confiar más en los diáconos, categoría eclesial olvidada hasta hace unas décadas. El crecimiento del número de diáconos es realmente impresionante. En 1978, había 5.562 diáconos, pero en 1997 habían pasado a ser 24.407, la mayoría europeos. Resulta evidente que se trata de cubrir de laguna forma las bajas que van dejando los sacerdotes que fallecen. Pero, muy frecuentemente, el entusiasmo y la voluntad no suplen la larga preparación que facilita un seminario.

La conclusión global es desalentadora, especialmente dada la situación del catolicismo en Europa Occidental que hasta ahora ha sido el centro de la cristiandad y desde hace casi 2000 años, la religión del Viejo Continente. El desplome que ya se advertía tras el Vaticano II, que se fue confirmando durante el apostolado de Paulo VI, se convirtió en desbandada con Juan Pablo II. Veinte años más y los sacerdotes que hoy tienen 50 años, estarán jubilados. Y no hay reemplazo. No hay posibilidades de acometer con una élite sacerdotal le re-evangelización de Europa. Necesaria, si bien no suficiente, para superar la crisis de la Iglesia abierta tras el Vaticano II.

Resulta fácil explicar el por qué se ha hundido la Iglesia en Europa Occidental: ya hemos apuntado alguna causa. Sería injusto (y lo que es peor, falso) atribuir a las directrices de Juan Pablo II, la responsabilidad de la crisis de vocaciones. En efecto, si bien el Papa ha insistido en la necesidad del celibato entre el clero, esa necesidad estaba presente también en pontificados anteriores, no se proclamaba con la firmeza que lo ha hecho Juan Pablo II, por que nadie lo discutía. Esta no es la causa. Por lo demás tampoco creemos que la presencia de sacerdotes casados supusiera algún peligro. La Iglesia Ortodoxa, mantiene una actitud que consideramos está más próxima al cristianismo de los primeros tiempos y, en el fondo, no se ha mostrado negativa. Los sacerdotes ortodoxos pueden casarse y ejercer su ministerio, lo que no pueden hacer es ascender en la jerarquía; jamás, por ejemplo, podrán ser obispos. No parece absurdo que así sea. La Iglesia, en un período tardío, varió sus directrices en este punto y el celibato se fue convirtiendo en algo cada vez más arraigado en el seno de la Iglesia, hasta convertirse en parte de su tradición. Pero, en nuestra opinión, el hecho de que el celibato fuera abolido no implica que aumentaría el número de los sacerdotes, ni siquiera su calidad como ministros de la Iglesia.

Hay otros factores que son extremadamente negativos para el desarrollo de las vocaciones. Estas, desde siempre, han sido mayoritarias en las zonas rurales... zonas que, poco a poco, van despoblándose o reconvirtiéndose. Aparecían especialmente entre hijos segundos de familias numerosas: hoy, raras son las familias de más de tres hijos... Finalmente, estaban ligadas en parte al subdesarrollo: en efecto, había dos profesiones que no conocían el paro: el ejército y la Iglesia. Y de la misma forma que los funcionarios públicos procedían fundamentalmente de zonas rurales, también los eclesiásticos, mayoritariamente surgían del mismo esquema sociológico. Esquema que hoy ha cambiado radicalmente.

La Iglesia, que podía haber percibido con antelación este cambio y tomado medidas para que su impacto sobre la catolicidad fuera menor, no atendió las voces que ya a finales de los años 60, alertaban contra la caída en picado de las vocaciones, las defecciones sacerdotales y la pérdida de vigor de las órdenes religiosas. Paulo VI no atendió las voces de alerta. Juan Pablo II no pudo hacer nada. Su gestión, desde el punto de vista de la situación interior de la Iglesia, ha sido contradictoria: mientras que por una parte realizaba un número inusitadamente alto de viajes pastorales, por otra parte, estos viajes no se traducían en aumentos de vocaciones ni fortalecimiento de las iglesias locales. Muchos opinan que el ritmo frenético de viajes era una imposición de la curia romana que evitaba que el Papa, de visita en el extranjero, se preocupara de los problemas domésticos y de la situación global de la Iglesia. En otras palabras: los viajes pastorales estimulados por la Curia eran la forma de distraer la atención del Papa e impedirle percibir el caos que se enseñorea desde hace 30 años de los corredores vaticanos. Y es posible que así sea...

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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