En la muerte de Juan Pablo II

Publicado: Sábado, 02 de Abril de 2005 11:13 por en VARIOS
0papa6.jpgRedacción.- Quien esto escribe no se considera católico desde los 18 años, si bien no tiene el más mínimo inconveniente en reconocer la importancia del hecho religioso en la historia de la humanidad y en reconocer el papel preponderante del catolicismo en Europa. Por lo demás, en tanto que fiel a la herencia recibida, no puedo sino reconocer el papel positivo de la fe que tuvieron mis antepasados y que les dio fuerza para vivir y morir. Pero la fe es como la virginidad, cuando se pierde no hay forma de recuperarla.

Con este preámbulo, es evidente que no podemos hacer una valoración sobre el papel de Juan Pablo II en la historia reciente, desde el punto de vista de la Iglesia, sino, del ciudadano que ve con particular simpatía a esta institución, aún sin pertenecer formalmente a ella. La única valoración que estamos en condiciones de realizar es la personal.

En este sentido Juan Pablo II ha sido un papa diferente a todos los que mi generación ha conocido (Pío XII, Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I). Se ha tratado de un papado extremadamente largo que ha ocupado la mitad de mi vida. Antes del fugaz tránsito de Juan Pablo I, la idea que tenía de la Iglesia era de una institución en crisis, incapaz de realizar un “aggiornamento”. En efecto, el pontificado de Paulo VI constituyó el inicio de una tarea de desmoronamiento de la Iglesia en la que me había educado. Inmediatamente, concluyó el Concilio Vaticano II, se inició la crisis interior de la Iglesia con la apertura de algunos sectores de la Iglesia a la izquierda. Yo viví ese tránsito en primera fila, cuando era alumno de los escolapios: el que tenía como profesor de Religión terminó siendo presidente de Izquierda Unida y Alternativa hace algunos años y miembros del Partido Comunista de Cataluña tras un largo tránsito por el PSUC. Ninguno de los sacerdotes jóvenes que tuve como profesores en el período 1960-69 seguían siendo escolapios en 1975. Yo aprendí a Marx y a Freuerbach en la clase de religión… A nadie le puede extrañar que optara por una lectura juvenil de Nietzsche como respuesta.

Paulo VI tuvo razón –como mínimo en sentido alegórico- cuando dijo que el humo de Satanás había penetrado en la Iglesia. El problema era quién había abierto las puertas para que ese humo penetrara. En aquella época yo tenía la sensación de que la Iglesia estaba interiormente desgastada y resquebrajada. Hoy lo sigo pensando, solo que, por primera vez, tengo la sensación de que la cabeza ha estado a la altura de la misión.

Porque, en efecto, Juan Pablo II ha sido un personaje con otro fuste. Por emplear una frase tan querida a los medios evolianos, Juan Pablo II ha muerto en pie entre las ruinas. Hubo algo en este anciano, especialmente, después del atentado que sufrió, que era imposible que no inspirara algo de ternura y simpatía en quienes lo veíamos. Cuando su salud fue erosionándose hasta lo indecible, la angustia que provocaba en algunos de nosotros ver su deterioro físico, no podía ocultar la admiración que sentíamos ante alguien que, efectivamente, creía en su misión pastoral y estaba dispuesta a llevarla hasta las últimas consecuencias. Hasta su última aparición en la ventana de su estancia sobre la Plaza de San Pedro, esa firmeza siguió presente. En pie, entre las ruinas. Esta actitud solamente puede calificarse como ejemplar y pedagógica: porque se trata, efectivamente, de permanecer en pie, y entregarse tenazmente a la tarea encomendada como el soldado que defiende la posición hasta el último momento, con o sin esperanza.

Las ruinas están ahí. La energía y personalidad de Juan Pablo II han hecho que pasara a segundo plano un hecho fundamental, organizativo, terrenal, pero no por ello menos objetivo: la crisis de la Iglesia. Política y éticamente conservador, la personalidad del Papa ha contenido a las voces que sugerían rectificaciones en la línea de la Iglesia. Pero ahora ya no está. No sabemos quien lo sucederá, pero, sea quien sea, va a tener que afrontar una tarea titánica.

No se trata solamente de que el mundo esté hoy materializado y especialmente en el “primer mundo”, este fenómeno sea particularmente acusado, se trata, especialmente, de que la Iglesia sufre interiormente una crisis que se ha podido olvidar durante los 25 años de papado de Juan Pablo II gracias a sus viajes pastorales y a las masas que siempre reunió. Pero esas masas, a pesar de representar a sectores sociales reales… ya no son mayoritarios en Europa. Y es en Europa en donde arraigó más y mejor el cristianismo. Si el cristianismo no nació en Europa, sí que arraigó profundamente en la sagrada tierra de Europa. Y es hoy, precisamente en Europa, en donde la Iglesia se encuentra más debilitada.

Hay fieles, pero faltan pastores. Los seminarios están vacíos. En algunos de ellos, los profesores de teología, son precisamente los últimos exponentes del progresismo de los años 60, causantes en buena medida de la crisis posterior. Las vocaciones que cubren las bajas del clero europeo, vienen del tercer mundo. Son inmigrantes. Pero junto a estas decenas de nuevos curas, llegan otros millones de inmigrantes vinculados a otros sistemas religiosos: se tiene tendencia a pensar que todos los ecuatorianos, peruanos y colombianos que llegan a Europa son católicos… error, desde el punto de vista religioso, los sectores más activos de estos contingentes, no son los católicos, sino los vinculados a cultos evangelistas protestantes y a sectas, a menudo siniestras.

Para colmo, se da otra paradoja. Nunca como hoy la estructura diocesana de la Iglesia ha sido tan débil, en contraposición, a las prelaturas personales y a algunas comunidades religiosas. No se sabe este desequilibrio lo que podría acarrear en los próximos años, pero es previsible que cambien las correlaciones de fuerzas interiores en el seno de la Iglesia.

¿Se modificará la moral sexual de la Iglesia? ¿se aceptará el uso de anticonceptivos? ¿y el sacerdocio femenino? ¿se planteará en este momento como remedio a la crisis de vocaciones? ¿se considerará de nuevo a Europa “tierra de misiones” en lugar de desplazar el eje del catolicismo al Tercer Mundo? ¿se corregirán algunas orientaciones litúrgicas heredadas de la crisis post-Vaticana? ¿se insistirá en el ecumenismo? ¿hacia dónde? ¿hasta dónde? Demasiadas preguntas con respuestas muy complejas y, hasta cierto punto, imprevisibles.

Finalmente, es evidente que el próximo Papa, como cualquier gobernante, tendrá que ofrecer un “programa”. Hay que estar atentos a las próximas semanas, porque, una de dos: o se insiste en la línea conservadora o la Iglesia asume una línea “progresista”. O se sigue la línea de Juan Pablo II (y, aún en ese caso, va a ser necesario aplicar algunas correcciones en los próximos años), o bien se rompe con el conservadurismo y se adopta una línea que suponga una rectificación de los últimos 25 años de trayectoria de la Iglesia. La solución está en el cónclave que tendrá lugar en las próximas semanas y, sin duda, antes de 50 días, tendremos la solución al enigma. Pronosticar en un sentido u otro carece de sentido y puede ser confundir los deseos con las realidades.

Por otra parte, eso sería adelantarse a los acontecimientos. Y estos nos sitúan, implacablemente, ante la realidad del día de hoy: el ejemplo de Juan Pablo II, en pie entre las ruinas.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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