El pontificado de Juan Pablo II: el Papa anticomunista

Publicado: Viernes, 01 de Abril de 2005 10:12 por en VARIOS
0papa1.jpgRedacción.- En esta segunda entrega sobre lo que nos sugiere la crisis de salud de Juan Pablo I abordamos uno de los aspectos políticos más importantes de su papado: el anticomunismo que siempre profesó y que fue uno de los arietes que terminaron con la URSS y con el bloque comunista.

De un Papa nacido en Polonia no podía esperarse otra cosa que anticomunismo en lo político. En realidad, de un Papa –y, por extensión, de un sacerdote, no podía esperarse más que anticomunismo político. Resulta difícil pensar como en algún momento una ideología materialista y atea, logró captar a sacerdotes católicos.

Este tránsito desarrollado en los años 60 y 70, del que personalmente fui testigo, puso de manifiesto, no tanto la capacidad de integración del marxismo, como la mala formación con la que salían los sacerdotes de los seminarios en aquella época. Sin argumentos para contraponer al marxismo, más que una teología imposible de transmitir a la población, aquellos curas enviados a barrios obreros –y no tan obreros- para ejercer su ministerio, creyeron que la única forma de sobrevivir en un medio hostil, era la política del camaleón: enmascararse en el medio. Y el medio en aquella época era marxista. Nosotros, que vimos, desde un colegio escolapio aquella transformación brutal de la Iglesia –en el mismo curso se pasó de la misa en latín de rito tridentino y el canto gregoriano, a los espirituales negros, el nuevo rito y la enseñanza de Hegel, Feuerbach y Marx en la clase de religión... Desde aquella lejana época ya tuvimos la convicción de que el deslizamiento del clero hacia la izquierda no era producto de una convicción ideológica, sino de un complejo de inferioridad. La mayor parte de sacerdotes que escoraron a la izquierda se veían a sí mismos como marginados de la modernidad. Y no lo aceptaban. Algunas frases dispersas por los evangelios relativas a los pobres y a la justicia social, les facilitaban unos pocos justificantes para asumir la modernidad en forma de marxismo. Es decir, la opción más sencilla. Y más cobarde. Por lo demás, el concilio Vaticano II, con su inextricable embrollo doctrinal, había facilitado las cosas: se derruyó una superestructura ritual que, al menos por inercia, conservaba la tradición cristiana, sin haber construido un ritual digno de tal nombre, capaz de sustituirlo. Frecuentemente la “izquierda cristiana” fue mucho más radical y virulenta que la izquierda comunista clásica.

Una vez se ha emprendido una vía sin retorno, no puede hacerse otra cosa más que llegar a las últimas consecuencias. A fin de cuentas, muchos partidos comunistas occidentales, eran extremadamente conformistas en los años 60 y 70. Ahí estaban los grupos maoístas y marxistas-revolucionarios para ofrecer una vía mucho más radical. No es raro que los grandes grupos ultraizquierdistas de finales de los 60 y de los 70, tuvieran su origen en Acción Católica. En Portugal, el movimiento más agitado y turbulento nacido al socaire de la revolución de los claveles, era de extracción católica, el Movimiento para la Reconstrucción del Partido del Proletariado; en Francia, la Unión de Juventudes Comunistas Marxistas-Leninistas y, mucho más, el Partido Socialista Unificado de la época (situado a la izquierda del PCF), tenían en sus filas un anómalo porcentaje de católicos. Y otro tanto ocurría con el sindicato, en otro tiempo católico, la CFDT, pasado a la izquierda de la CGT gala. En el Chile allendista, el Movimiento de Acción Popular Unitaria, con su ultraizquierdismo virulento, radical y más allá de todo límite, fue uno de los principales problemas que encontró Allende y que dieron alas a la intervención militar. En España, la Organización Revolucionaria de los Trabajadores había surgido directamente de las Hermandades Obreras de Acción Católica y mientras el izquierdismo estuvo de moda, fueron, junto al Partido del Trabajo, uno de sus puntales. Finalmente, tras converger con éste último partido, fueron a buscar la sopa boba en el Partido Socialista, cuando su victoria electoral era ya inevitable. Y muchos de ellos, no solo tuvieron su parcelita de poder, sino que protagonizaron sonados casos de corrupción. En los años 90 apenas quedaba nada de todo esto: el clero marxista se había evaporado y pertenecía a los miles de sacerdotes que colgaron los hábitos. Apenas unos pequeños grupos de “cristianos por el socialismo” y otros arcaísmos que, inevitablemente fueron a parar a Izquierda Unida. Y allí se los puede encontrar todavía, en el País Vasco situados en plena confusión mental, en las acampadas por el 0’7% o en los movimientos pro-inmigración libre... Y en eso están, en un imperturbable sostenella y no enmendalla. Últimos estertores de lo que jamás tuvo más sentido ni lógica que un mal adoctrinamiento en los seminarios y un choque posterior con la realidad generador del más freudiano complejo de inferioridad.

Esta digresión no hubiera sido precisa si la racionalidad y la lógica hubieran establecido tajantemente que una cosa era la Iglesia Católica y su doctrina y otra muy diferente la Iglesia Marxista y su ideología. La irreconciliabilidad era tal que el “diálogo cristiano-marxista” que duró 15 años, sin provocar otra cosa que una marejada de pérdida de vocaciones y de literatura indigesta, reiterativa y pretendidamente intelectual. El caso del catolicismo es único en la historia moderna de las religiones: es la única doctrina que ha considerado necesario dialogar con los negadores de esa misma doctrina; los únicos que se han hecho ilusiones de que existía una identidad de fines y que se podía andar juntos buena parte del recorrido. Mientras que budistas, ortodoxos, musulmanes ¡y católicos en las naciones comunistas! Eran perseguidos, represaliados, fusilados, masacrados y torturados, algunos merluzos hicieron abstracción de esto que era suficientemente conocido y emprendieron el camino sin retorno del diálogo quien estrangulaba la religión –cualquier religión- en todo el mundo.

A eso contribuyó la debilidad del pontificado de Paulo VI y el nivel de confucionismo y caos interior que provocó el cierre en falso del Concilio Vaticano II. Paulo VI, tras el concilio inicio lo que en aquella época se llamó “ostpolitk vaticana” que, en realidad se limitó a contactos entre la diplomacia vaticana y los gobiernos del Este europeo para intentar mejorar las condiciones de vida de los católicos. Agostino Casaroli, secretario de Estado Vaticano con Paulo VI, reconoció la realidad de estos contactos afirmando que contribuyeron al deshielo político, lo cual es más que discutible. Eran tiempos de acomodamiento y diálogo. Pero las cosas iban a cambiar con Juan Pablo II. Desde el mismo momento en que fue consagrado estaba claro que iba a tratarse de un Papa anticomunista. El conocía la realidad del comunismo y lo que podía esperarse del diálogo con los verdugos.

En este terreno radica quizás el único éxito real del pontificado de Juan Pablo II. Su figura puede ser considerada como una de las que contribuyeron a derribar el comunismo. Si un día de diciembre de 1989 cayó el muro de Berlín fue, entre otras cosas, por la tarea de Juan Pablo II.

Los 40 años que duró la “guerra fría” supusieron para la humanidad un enfrentamiento constante con la posibilidad del holocausto nuclear. Las dos superpotencias aceptaron la doctrina de la “disuasión nuclear” según la cual la acumulación de armamentos era la garantía de la paz mundial. Ninguna de las dos partes entreveía la posibilidad de dar el primer ataque sin que destruir completamente la capacidad armamentística de la otra parte que se reservaría la posibilidad de dar el segundo golpe, tan demoledor como el primero. Lo que se llamó “equilibrio del terror” garantizó durante casi 40 años una relativa paz mundial. Ciertamente los enfrentamientos prosiguieron pero en teatros secundarios (Cuba, Vietnam, África, Medio Oriente, etc.) y mediante actores interpuestos. Así se evitó el enfrentamiento directo y aniquilador.

Pero todo esto tenía un coste e implicaba la inversión de fondos presupuestarios cada vez mayores. A mediados de los 80, cuando Reagan anunció que iba a desplegar las mísiles de alcance medio por Europa, empezó a estar claro que la superioridad armamentística se estaba decantando hacia el Oeste. La URSS reaccionó financiando campañas pacifistas y anti-OTAN y antimilitaristas en Europa Occidental, que sirvieron para cubrir unos pocos titulares de prensa. En esa época, los partidos comunistas, aun aliados fieles de la URSS –fuente importante de financiación para ellos- habían perdido peso político y se encaminaban hacia la indigencia política total.

A esto se añadió cuatro factores que coaligados terminaron por evidenciar que la superpotencia soviética hacia aguas por todas partes: cuando Reagan impulsó el programa armamentístico titulado “Guerra de las Galaxias” estaba claro que el paraguas nuclear del que se dotaban los americanos podía garantizar que en pocos años ni un solo misil soviético alcanzaría su objetivo y la URSS quedaría desamparada ante la respuesta que llegaría del Mando Aéreo Estratégico, de los mísiles intercontinentales, los mísiles tácticos estacionados en Europa y los lanzados por los submarinos nucleares. Y la URSS no estaba, ni económica, ni tecnológicamente en condiciones de responder.

Por otra parte, la URSS se había empantanado en una guerra de conquista en Afganistán. Obsesionados por encontrar una salida a los mares cálidos del Sur, los estrategas soviéticos planificaron la invasión de Afganistán como un paseo militar que les situaba a las puertas del Indico, un sueño de expansión geopolítica que databa de la época zarista. En factor que no pudieron controlar y que minusvaloraron fue el integrismo islámico. Despertado con la revolución de Jhomeini en Irán, el Islam, no solo empezaba a ser agresivo fuera de la URSS, sino que incluso en las repúblicas del Sur, mayoritariamente islámicas, empezó a existir peligro de contagio. Afganistán, fue tal como se ha dicho, el Vietnam soviético, pero fue mucho más que eso: contribuyó, casi tanto como la victoria de Jhomeini, a estimular la “guerra santa”. A los cuatro años de comenzar, era evidente que aquella guerra no se podía vencer, que las tropas no estaban motivadas para el combate, que el armamento no era el adecuado, las tácticas eran erróneas y el gasto insoportable.

Luego estaba el embrollo polaco... un tosco electricista de Danzig, capitaneaba un sindicato –Solidarnosc- con capacidad suficiente para paralizar Polonia. La católica Polonia. A nadie se le escapaba que esta situación no era casual. Desde hacia año y medio un Papa polaco ostentaba el Anillo del Pescador y la riada de fondos recibida por los católicos polacos para establecer redes de resistencia había aumentado considerablemente. No sólo eran las redes que siempre habían existido tuteladas por la CIA, sino todos los católicos polacos, orgullosos de que el Papa de la cristiandad fuera uno de los suyos, quienes aprovecharon esta feliz situación para repetir los hechos de 1970 y antes, en 1952... solo que ahora con el apoyo activo y la solidaridad de un pequeño Estado, pero con tentáculos largos y hábiles, el Vaticano.

En una situación que empezaba a ser de debilidad estratégica de la URSS (principios de los años 80), el caso polaco era importante por dos motivos: de un lado, Polonia es el Estado interpuesto entre Europa Occidental y Rusia, por donde deberían circular las fuerzas armadas del Este en caso de conflicto e invasión de Europa Occidental. Dejar de tener un aliado fiel en Polonia o ver el país sometido a una inestabilidad política absoluta, implicaba que las carreteras que conducirían a las tropas soviéticas de la Madre Rusia al frente alemán, se convertirían en inseguras. Pero por otra lado, el riesgo de que la rebelión polaca llevara al traste el sistema de alianzas tejido por la URSS en Europa Oriental entre 1946 y 1949, era todavía mucho más importante por que de hecho fue lo que se produjo: la posibilidad de que un sistema comunista fuera desmantelado se contempló como algo real, por primera vez, no solo en Polonia, sino en toda Europa Oriental. Tras Polonia, Alemania del Este, tras ella Hungría, luego Checoslovaquia, mas tarde Bulgaria y, finalmente, Rumania, todos los países aliados de la URSS en el marco del Pacto de Varsovia y el COMECON, fueron cayendo uno tras otro.

Posiblemente si el Papa polaco hubiera sido el único factor conflictivo que debía afrontar la URSS y no hubieran existido ni Afganistán, ni la guerra de las Galaxias, ni el despliegue de mísiles en Europa Occidental, y el listón armamentístico hubiera estado más bajo, la rebelión polaca, estimulada por el Papa Wojtyla, no hubiera tenido más trascendencia que el episodio de la “Primavera de Praga” o de la revuelta húngara... y habría sido aplastada. Pero los tiempos habían llegado... la URSS se vivía horas bajas (estancamiento del crecimiento económico, burocratización del régimen, crecimiento de la periferia mucho más que de la etnia rusa, carestía, etc.) y el caso polaco fue la puntilla. Ni la bala de Ali-Agca logró detener el movimiento de protesta contra 40 años de opresión comunista.

Cuando se restableció la normalidad democrática en Polonia, resultó evidente que los obispos tenían tanto poder como los ministros y los gobernadores y que, la Iglesia tenía a su disposición un Estado absolutamente fiel a su política. Fue entonces cuando aprovechó las primeras muestras del desplome yugoslavo para generar un segundo Estado provaticano en Europa del Este. Si en el caso polaco, los intereses de la CIA y los del Vaticano fueron coincidentes, en Yugoslavia hubo que cambiar de aliados. Los servicios secretos alemanes siempre habían dispuesto de buenos enlaces en Croacia, heredando contactos de la “Ustacha” de Ante Pavelic y redes anticomunistas que databan de la Segunda Guerra Mundial. Si Afganistán era la salida de Rusia a los mares cálidos del Sur, los puertos croatas y el territorio esloveno eran la salida alemana al Mediterráneo. Por lo demás, los croatas eran mayoritariamente católicos. Era evidente que una nueva alianza estaba en ciernes. La primera guerra serbio-croata y la guerra de Bosnia-Herzegovina hicieron que, efectivamente, en Zagreb se asentaran aliados e interlocutores válidos con el Vaticano que... a qué precio.

De otro lado, la victoria vaticana en Polonia tampoco fue muy duradera. Si bien es cierto que aun hoy, el catolicismo polaco es extremadamente pujante, el Vaticano no supo (o no pudo) aprovechar el desmantelamiento del comunismo durante largo tiempo. Solidarnosc perdió peso y fuerza social, no supo sacar al país de la crisis económica y la democracia trajo algo que no se había vivido bajo el comunismo, un alejamiento creciente de la población del seno de la Iglesia. En Enero de 2001 pude entrevistarme con el jesuita polaco Padre Nowinsky, actualmente misionero en Ecuador y perfecto conocedor de la lengua de Cervantes. Nowinsky en aquella época reunía fondos para los damnificados por el “Niño” de aquel país. Las historias que contaba sobre la crueldad del régimen comunista con el catolicismo polaco eran absolutamente aterradoras. Si el catolicismo logró sobrevivir fue en la medida en que sirvió de salvaguarda a la identidad nacional y a la labor de un clero y una Iglesia militante dinámica y activa en la vertebración de la sociedad polaca, que no perdió el tiempo en el “diálogo cristiano-marxista”. Pero el balance actual realizado por el jesuita era altamente negativo: el consumismo distrae a la juventud de sus obligaciones y el catolicismo polaco encuentra dificultades para combatir el hedonismo que invade su país.

En el resto de países del Este, las cosas no iban mejor: no hubo forma de prohibir el aborto y si bien, durante los primeros años 90 se estimularon las vocaciones, en la actualidad se ha producido, no solo un descenso, sino una pérdida de vigor en relación a otras confesiones, especialmente a las Iglesias Ortodoxas y a las distintas sectas que llegadas de Estados Unidos.

Sin embargo, el mérito de Juan Pablo II como “Papa anticomunista” no puede olvidarse. La URSS, desde los años 30 intentaba operaciones para liquidar el poder de la Iglesia. En 1935 los servicios secretos ingleses descubrieron que un millar de jóvenes militantes comunistas se estaban infiltrando en los seminarios de Europa Occidental. Se conoce la frase de Stalin relativa a España según la cual nuestro país se conquistaría cuando se conquistaran a sus clérigos.

Sin embargo, también hay que decir que Juan Pablo II, ha dado la espalda a la memoria de muchos que, como el Cardenal Mindszenty, primado de Hungría, resistieron el asedio comunista sin emprender el camino del exilio. Pues bien, el papado de Juan Pablo II, tan pródigo a la hora de elevar a los altares a personalidades más que dudosa, no ha abierto el proceso de beatificación del cardenal Mindszenty...

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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