Sobre el 3% y la “democracia de mala calidad”

Publicado: Sábado, 05 de Marzo de 2005 03:25 por en ORIENTACIONES
justice.jpgRedacción.- Anteyer se llamó Filesa, Malesa o TimeXport, ayer “caso Tamayo-Sáez”, hoy es el “Caso 3%”, “Caso Carmelo” o el “suflé catalán a base de vaselina”. Detrás de todo eso, el fondo es siempre el mismo: la corrupción. Hace ya diez años se tenía la sensación de que la corrupción era generalizada y que Catalunya era la principal cloaca de las peores inmundicias políticas. De eso, hoy, ya no quedan dudas. Ahora bien, no hay que olvidar que la corrupción es inseparable de todo sistema político. Estas notas pretenden recordar que para alterar la realidad, es preciso percibir, la realidad tal cual es: sólo así pueden aislarse las causas que producen ese efecto incompatible con la cosa pública que es la corrupción.

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Recordando a Leo Strauss y a los “neocons”

Hace unos meses, en nuestro trabajo sobre las fuentes ideológicas del neo-conservadurismo norteamericano, topamos con un curioso filósofo, Leo Strauss, que, en el fondo, no era sino la fuente única inspiradora de los “neocons”. El hecho de que Strauss no sea conocido en absoluto en España y muy poco conocido en Europa (a pesar de ser de origen judeo-alemán), no es óbice para alabar sus méritos y su preclara visión de la cuestión política, tributaria de tres pensadores que forman parte del mejor pensamiento europeo de finales del siglo XIX y la primera mitad del XX: Nietzsche, Heidegger y Carl Schmidt. De hecho, a pesar de haber residido más de 40 años en EEUU, Leo Strauss jamás terminó de asimilar la cultura americana. Paradójicamente, las fuentes del pensamiento de los neocons tienen mucho más que ver con Europa que con América.

Strauss parte de un análisis radicalmente diferente del que hasta ahora se ha hecho sobre la filosofía platónica. En su juventud había estudiado los textos de Maimónides y otros pensadores judíos medievales (trabajaba para el Instituto Alemán de Estudios Judíos) y así pudo conocer lo que era la khábala hebrea: una lectura del Pentateuco mosaico con distintos “ojos”, a la búsqueda de distintos niveles interpretativos. En el nivel más simple, se trataba de un mera relato de aventuras o de historia de Israel; pero si se leía el texto extrayendo algunas conclusiones de carácter ético, moral y religioso, se pasaba de comprender el mero significado de la letra a entender también su “espíritu”. Pero existía un tercer nivel de significado que se percibe a través del estudio “khabalístico”: las letras hebreas están asociadas a un número, con lo cual, para la khábala, dos palabras que tengan el mismo número indicarán el mismo significado; palabras que contienen las mismas letras, alterando su orden, darán significados equivalentes (Bel=corazón, es lo mismo que Leb=sol, y los números de ambas es 5, de ahí que el corazón y el sol tengan un significado equivalente en el khabalismo judío). Por lo demás, la escritura judía carece de vocales, y en una frase, agrupando las letras contiguas de una frase, de manera diferente a la escrita, dará lugar a significados distintos. La complejidad de este último nivel de significado, hace que solamente pueda percibirse en estados de meditación profunda y no por un ejercicio racional, sino a través de una despierta intuición intelectual.

Strauss estaba familiarizado con estos sistemas y los aplicó a los “Diálogos” platónicos. Fue así como en frases de aparente banalidad (que abundan en los textos platónicos, intercalados entre dos enseñanzas éticas o morales) descubrió un “sentido oculto” que hasta él había pasado desapercibido a los comentaristas de Platón. De ahí que los discípulos de Strauss suelan tener una buena formación en filosofía clásica: Allan Bloom, Alexandre Kojéve o el mismo Saúl Bellow (biógrafo del primero y Premio Nobel de Literatura), respondían a estas características. Una vez más es la “Vieja Europa”, reinterpretada por Strauss, la que presta sus fuentes a los neocons.

En el tratado platónico sobre la Política, Strauss, aprovechando algunas frases de uno de los personajes, introduce un elemento extremadamente interesante: la importancia del realismo en política. En la Política, uno de los personajes que toma la palabra es Trasímaco (al que Strauss atribuye la redacción del texto y no a Platón). De él se conocen algunos datos históricos. Había nacido en Calcedonia de Bitinia (Megara), en el Bósforo, el año 450 a. C; excelente retórico y orador, estaba interesado por la enseñanza de la ética y la política. Se conserva un fragmento de una intervención suya en la Asamblea Ateniense, en el que Trasímaco aconseja armonía entre los partidos, y evitar que sea el ansia de poder lo que legitime sus luchas partidistas. Su realismo le llevaba a afirmar que la justicia era el interés del más fuerte y que las leyes son dictadas por los que ejercen el poder para beneficiarse de ellas. Así pues, la justicia beneficia siempre al gobierno establecido, esto es, al más fuerte y los Estados justifican sus abusos mediante las leyes.

El realismo político de Trasímaco le lleva a considerar como es la justicia, no como debería ser, por que para él el núcleo de la cuestión en la vida social es el dominio del fuerte sobre el débil. Platón pone en sus labios en «La República» estas frases: «La injusticia beneficia a su autor y la justicia perjudica». (Platón, República, I, 343c ss.). Trasímaco era un sofista, pero también practicaba el realismo político que luego recuperará Strauss.

Pues bien, Strauss se presenta así mismo como el reintroductor de los principios en la ciencia política, alejado del pragmatismo sin bases profundas, en el que cayó tras la Segunda Guerra Mundial. Sólo quien es capaz de percibir lo que es la política puede aspirar a gobernar. Ahora bien, el realismo en política, implica situarse ante una gran mascarada y un inmenso latrocinio. Un “filósofo” (en el sentido platónico de élite de la sociedad llamada a dirigirla, que Strauss asumía) no puede por menos que sentir náuseas de la política y pretender atenuar sus efectos y reformar sus contenidos. Strauss es, en el fondo, un reformista, mucho más que el movimiento de los neocons al que ha inspirado.

Lo que implica el realismo en política

Es muy importante fijar las conclusiones a las que llega Strauss en su exégesis del texto platónico:

- ningún político va a gobernar contra sus propios intereses personales,
- ningún político va a aprobar leyes que limiten o reduzcan sus poderes y
- ningún político va a permitir que las leyes aprobadas se dirijan contra él.

Cuando la Revolución Americana estableció el principio de la división de poderes para evitar que un solo poder, el del Rey de Inglaterra, actuara de manera arbitraria, y asumió el principio del equilibrio de poderes, apareció la democracia moderna. Pero, inicialmente, esta democracia estaba reservada a quienes sabían leer. Como producto de ese “saber”, disponían de un “patrimonio”. Así pues, durante los 100 años siguientes, no todos tuvieron derecho al voto, sino solamente una parte de la sociedad: una élite socio-económico-cultural. A medida que el derecho al voto se fue extendiendo, entraron en el cuerpo electoral, franjas de la población cada vez más amplias, hasta que finalmente, abarcó a todos, salvo a los adolescentes. Contra más se amplió el “derecho al voto”, más aumentó –y el más mínimo sentido del realismo así lo indica- la demagogia, la mentira en política, el doble lenguaje, la adulación de las masas.

Paralelamente, se produjo otro fenómeno: la presencia cada vez más masiva y decisiva de los medios de comunicación en la formación de la opinión pública, hizo que cada vez fuera más frecuente la manipulación de las masas. Finalmente, el sistema emanado de la doctrina de la “división de poderes” terminó corrompiéndose y transformándose en un sistema basado en la seducción, engaño y manipulación del electorado a efectos de obtener la mayoría. Y esta es la primera conclusión: si bien, la democracia ateniense (en la que todos se conocían y en donde existía un buen nivel cultural y de integración social en los votantes) o la democracia surgida de la Revolución Americana (en la que se intentaba reducir el Estado a la mínima expresión y mantener un equilibrio de poderes) parecían justas y razonables, las democracias modernas, nada tienen que ver con estos dos arquetipos, y, por tanto, si hay que apellidarlas de alguna manera es con el calificativo de “formales”.

En efectos, nuestras democracias son “formales”, esto es, tienen la “forma” de un sistema justo, pero, a poco que se penetra en su alma, se percibe con claridad que es cualquier cosa menos una democracia. El “pueblo” (demos), no manda: manda una plutocracia (un poder económico) que impone sus leyes a una oligarquía política (los estados mayores de los partidos mayoritarios), la cual, mediante un sistema de comunicaciones, tan sofisticado como tendencioso, trabaja para sus patrones (los plutócratas) y se beneficia de un régimen de complicidades con el poder político, el cuál depende de los mensajes difundidos, mientras que la existencia de los “mensajeros” (los medios) son viables a partir de la percepción de publicidad oficial, exclusivas y scoops emanados de unas pocas fuentes ligadas al poder o a grupos político-económicos de oposición, cuando reciben concesiones y licencias del poder (caso actual de la Televisión Digital Terrestre, de los canales privados de TV o de las concesiones de frecuencias a emisoras de radio).

Así pues es preciso establecer que estos tres elementos: plutocracia, partidos políticos y medios de comunicación, están íntimamente ligados unos a otros. ¿Y el “demos”. El “demos”, como decía Nietzsche, “que se lo lleven el diablo y las estadísticas”. Tal es la opinión de las élites plutocrático-político-mediáticas actuales.

El realismo lleva a definir un proceso perverso de degeneración de la democracia en la que, como decía Alfonso Guerra, “Montesquieu es muy antiguo”, esto es, la doctrina de la separación de poderes está superada. Superada ¿en función de qué? En función de los hechos que definen el nuevo sistema como una plutocracia avanzada. Esta plutocracia tiene un peso absoluto en la gobernabilidad de los Estados: interactúa a través de los partidos políticos y de los consorcios mediáticos. Esto crea dos niveles de relaciones:

- la de los partidos mayoritarios entre sí: complicidad
- la de los partidos y el poder económico: servilismo
- la de los partidos en relación a la población: explotación.

Los partidos políticos mayoritarios encarnan núcleos de intereses, mucho más que ideas políticas. El caso de corrupción inmobiliaria en la Asamblea de Madrid, demostró la realidad de la situación: tras el PP y el PSOE existían distintos grupos de intereses inmobiliarios; si ganaba un partido u otro, se imponían unos u otros intereses. No había nadie inocente: como muy saben los simpatizantes y afiliados del PSOE… y los del PP. Todos eran culpables. Y detrás de esta iniquidad lo que estaba era el encarecimiento de la vivienda, la especulación galopante y los beneficios increíbles acumulados por constructoras y promotoras gracias a la firmita del político de turno que recalificaba tal o cual terreno que pertenecía… a tal o cual consorcio, lo que implicaba, primar a estos o aquellos intereses.

Ahora sabemos –siempre lo hemos sabido- que la clase política cobra un 3% del monto total de las operaciones inmobiliario-especulativas. ¿Y el “demos”? El “demos” se queda con el encarecimiento de la vivienda, la dificultad para llegar a fin de mes, el endeudamiento progresivo de las familias, la imposibilidad para la mayoría de constituir familias con más de un hijo, la quiebra demográfica… y la desintegración de un país.

Algún sirviente de los intereses plutocráticos, o simplemente algún teórico de la especulación de ideas, dirá que estamos simplificando y que practicamos la demagogia populista. Bien, ahora solo le queda demostrar que es falso:

- que hay navajazos por ocupar las concejalías de urbanismo desde las grandes ciudades hasta los pueblos más pequeños y alejados
- que es falso que desde tiempo inmemorial, constructores y promotores, han abonado jugosas facturas a la clase política de todos los partidos
- que es falso que la especulación tenga como principales actores a las corporaciones municipales, los mayores propietarios urbanos de España.

Demostrados estos tres elementos –indemostrables por lo demás- el especialista en defender la pureza del sistema político actual, debe en su acusación de demagogia, demostrar que mentimos cuando afirmamos tajantemente que la corrupción está generalizada entre la clase política de los partidos mayoritarios… y de los minoritarios, allí donde tocan poder.

La falacia actual consiste en decir: “la corrupción es sólo la excepción, la inmensa mayoría de la clase política es honesta”. Pues no: es justamente lo contrario lo que hay que demostrar. Por el momento, la larga retahíla de casos de corrupción de nuestra corta democracia formal (y mejor no remontarnos a la II República en donde se produjeron los más jugosos casos de corrupción, estafa y… estraperlismo) es más que suficiente como para acusar a la totalidad de la clase política de corrupción galopante. La “ley mafiosa del 3%”… no sólo ha afectado a CiU y a Catalunya como muy bien sabe todo aquel que haya tenido algo que ver con alguna recalificación de suelo: sin distinción de comunidad autónoma, ni de municipio, en este tema, todos los partidos, grandes y pequeños, que han “tocado poder”, están, literalmente, pringados hasta el tuétano. Aceptar eso, es realizar un acto de realismo político.

La financiación de los partidos

Lo más sorprende es que en esta democracia de baja calidad, los partidos ocupan un papel muy especial: son entidades de derecho privado… pero se benefician de las subvenciones públicas. Ten un partido, alcanza un par de diputados y tendrás un buen negocio… tal es la ley de las democracias formales. En realidad, deberían de financiarse con cargo a las cuotas de sus miembros. Y otro tanto vale para los sindicatos, ¿qué defensa de las clases trabajadoras van a realizar unos sindicatos con una estructura faraónica, financiados por el Estado, esto es por la plutocracia propietaria de las empresas en las que trabajan esos mismos trabajadores? Una vez más, la acusación de demagogia planea sobre nosotros… pero el realismo, la racionalidad y la lógica, nos reafirman en lo que acabamos de escribir.

En España no hay una ley clara de financiación de partidos y ningún partido tiene la más mínima intención de aprobarla. Cínicos y demagógicos, las direcciones de los partidos afirman que “hay que madurar una ley de financiación de partidos”. En realidad, lo que están diciendo es que las comisiones del 3% (que en ocasiones llegan al 20%) sirven para “financiar a los partidos políticos”… algo que es cierto, pero sólo hasta cierto punto. Por que, en primer lugar, a quien benefician es a los que se reciben la maleta (antes se hablaba de “maletín” pero un 3% sobre los presupuestos de la obras pública, no cabe, desde luego, en un diminutivo). Entre lo que tiene la maleta inicialmente y lo que ingresa el partido, hay una gran diferencia. En cada escalón por el que pasa la maleta, se va vaciando, hasta ser ingresada en la caja del partido un reflejo debilitado de lo que, originariamente, contuvo.

Ahora bien, si las maletas y maletines fluyen a las arcas de los partidos y a sus jerarquías corruptas… ¿por qué, además, subvencionar a los partidos con ayudas públicas? ¿No sería razonable que una “ley de financiación” de partidos limitara estas prácticas y, o bien, estableciera penas extremadamente duras para los perceptores del 3% (y, a cambio, ofrecieran inmunidad a los “dadores” de las mordidas), o bien cesara la financiación pública a los partidos?

Es en este punto en el que hay que recordar lo dicho por Strauss: “ningún político aprobará jamás, leyes y medidas que vayan contra sus propios intereses”… Ahora está todo más claro: hay corrupción, por que hay corruptos y los corruptos jamás aprobarán leyes anticorrupción. Es imposible deshacer este razonamiento o ponerlo en el índice bajo acusación de demagogia.

En este sentido, el sistema americano es mucho más racional: las contribuciones a los partidos, limitadas en cantidad, desgravan impuestos, están oficializadas y aceptadas, como la acción de los lobbys; nadie se llama a engaño. El Estado no financia a los partidos, ni a los sindicatos, que lo financies sus afiliados. Las listas de contribuyentes a los partidos políticos son públicas: se sabe quien está con quien, quien apoya a quien.

La “muerte de las ideologías”, finalmente, ha traído lo que preveía el judío alemán y contra lo que reaccionó: si no hay ideología, lo que queda es el oportunismo. Y el oportunismo nunca tiene principios. No somos nosotros los que realizamos demagogia, sino la clase política –esa clase política que financiamos con nuestros impuestos o, mejor dicho, que esquilma nuestros bolsillos hasta la rapacidad, hasta la persecución obsesiva- que practica el doble lenguaje y en un “te lo digo para que no me lo digas”, se arroga a sí misma, el certificado de pureza virginal, cuando en realidad es una vieja prostituta con todos sus agujeros dilatados por el uso y cuya proximidad contagia todas las sífilis y corrupciones.

No en mi nombre, no con mi dinero

La “Crisis del 3%”, antes “Caso Carmelo”, es la enésima muestra de a dónde lleva la corrupción generalizada de la clase política y sienta las bases para una revuelta popular. Por que este casi tiene una novedad respecto a los anteriores: la corrupción esquilma al contribuyente… pero en este caso, además de eso, más de un millar de vecinos se han quedado sin vivienda, han perdido todo lo que tenían, como efecto de una corrupción en la que la empresa ha querido recuperar el 3% mediante el abaratamiento de los costos de tunelación.

Habitualmente un propietario de suelo rústico percibe por él una cantidad incomparablemente menor a la del valor de ese terreno, una vez recalificado. Y aún así, lo construido sobre ese terreno, triplica el valor del terreno y de la obra. Esto por lo que se refiere a la “obra privada”. En cuanto a la “obra pública”, las cifras son todavía más brutales y ofensivas para el sentido común, especialmente, por que una empresa, “tocada con el carisma del poder”, recibe una contrata… que no realiza directamente, sino que encarga el trabajo a una subcontrata, la cual, muy frecuentemente, la entrega para su realización a otra o a otras empresas menores: en todo este tránsito y en todos estos niveles existen unos beneficios empresariales que disminuyen a medida que desciende el nivel, hasta llegar a los trabajadores y técnicos que ejecutan la obra sobre el terreno y que, paradójicamente, son quienes reciben unos salarios menores… ¿Tiene sentido esta práctica habitual? Si, es la lógica del absurdo: las obras públicas podrían abaratarse extraordinariamente, llegando incluso a la mitad de lo presupuestado (en lugar, frecuentemente, de superar ampliamente, el presupuesto inicial) si se prohibiera el régimen de subcontrataciones.

Lo más irónico es que todo esto se financia con dinero público. Esto es, con dinero de todos. Así pues, llevados por el realismos político, alcanzamos las últimas consecuencias de un sistema absurdo, irracional, corrupto y corruptor, en definitiva:

- Con nuestros votos son elegidos quienes nos van a gobernar…
- Esos gobernantes han creado un sistema impositivo y fiscal de impuestos directos e indirectos, omnipresente e insoportable… especialmente para las clases medias y la pequeña empresa. Los que hemos elegido, finalmente, son los que esquilman nuestros bolsillos.
- Para justificar el expolio nos dicen que es para asegurar la viabilidad del Estado… lo cual es cierto, a medias… porque la clase política vive del Estado y ese es su primer objetivo: seguir viviendo del Estado… es decir, de nuestro dinero.
- Dado que el político aislado tiene tan poco valor como el esclavo aislado en el Egipto faraónico, la clase política se agrupa en “partidos” y crea un sistema político que es más partitocrático que democrático: así se crean grupos de intereses. De ahí el énfasis de la lucha por el poder: no es un “servir al pueblo”, sino un “servirse del pueblo”.
- El político “sólo o en compañía de otros” (partido), aún detentando el poder político, es una ovejita fiel que sigue los designios del “pastor”, esto es de la plutocracia (el poder del dinero) que detenta, así mismo, el poder mediático, capaz de alzar a unos políticos o de hundir a otros.
- Cuando el poder plutocrático dice “perro ladra”, entonces el político habla en defensa, en este orden, de 1) los intereses plutocráticos (es decir de sus patronos a quienes tanto debe), 2) los suyos propios (sólo la plutocracia por encima de su hacienda, pero su hacienda por encima de todo lo demás, tal es la ley de la partitocracia) y 3) los intereses de aquellos sectores de la población que pueden constituir bolsas de electores cautivas (ZPlus, por ejemplo, quiere hacer de los gays, las feministas y los ateos, sus principales reservas electorales).
- El papel del “ciudadano” y del “elector” en este sistema es el de “pagano”: es él quien paga la factura, es él sobre quien recae la repercusión del 3% en forma de endeudamiento y encarecimiento de la vida, es él quien vota a la misma opción que luego le esquilmará…

No es raro que los partidos políticos se cierren a tres reformas básicas:

- Una ley que reafirme la separación de poderes: en la actualidad, la cúspide del poder judicial es altamente tributaria del poder política, de la misma forma que el Fiscal General es nombrado por el poder político, así pues, ¿de qué división de poderes estamos hablando?
- Una ley que aumente los niveles de representación y participación ciudadana: ni tenemos listas abiertas, ni las vamos a tener en esta legislatura, ni seguramente en las siguientes; las posibilidades de convocar un referéndum por iniciativa popular son nulas; ni sabemos cuál es “nuestro” diputado, ni “nuestro” concejal, ni siquiera conocemos en qué emplea su tiempo… Pero eso sí, la reforma constitucional convertirá al Senado inútil en una inútil Cámara de las Autonomías…
- Una ley de financiación de partidos políticos que prevea límites a la contribución privada a los partidos, elimine la práctica del 3%, disminuya las ayudas estatales a los partidos políticos y refuerce los mecanismos de control sobre los partidos políticos, prohíba la condonación de deudas de los bancos a los partidos, etc.

Nada de lo que hemos dicho hasta aquí puede ser aceptado ni por los periodistas de cámara de los partidos mayoritarios, ni por los políticos corruptos y corruptores que nos gobiernan. Así pues, no vale la pena ni presentar iniciativas en las instituciones, en esa dirección, ni presentar denuncias judiciales por prácticas de corrupción, ni nada por el estilo. Sin embargo, lo que hemos dicho hasta aquí es fácilmente comprensible por las buenas gentes que son, a fin de cuentas, sobre las que recaen los aspectos más perniciosos de este sistema putrefacto. Y es nuestra obligación intentar que el realismo y el sentido común entre en el parlamente, como un ariete, como un rodillo capaz de derribar los altos y degradados muros dentro de los cuales fragua sus negocios la clase política a sueldo de la plutocracia y para mayor gloria de los beneficios de esta última, y establecer una Gran Política basada en siete principios básicos:

- Se sirve al Estado, no se sirve del Estado.
- Se defiende la división de poderes no la irrupción de nuevos poderes no democráticos.
- Es preciso aumentar los canales representativos, hacer que la democracia formal pase a ser una democracia real.
- El Estado somos todos, el interés de la Comunidad es el interés de todos. Nada por encima del interés de la Comunidad.
- Recuperar el “sentido de Estado” y redefinir la misión del Estado como forma organizada de la Nación.
- Limitar el poder de los partidos: yugular la partitocracia; limitar el poder del dinero: yugular el poder del dinero.

Vivimos el peor momento en la historia de España, desde los desastres de principios y finales del siglo XIX y de la guerra civil: nuestra sociedad puede entrar en colapso en cualquier momento; la unidad del Estado –ya desmenuzado- corre el riesgo de resquebrajarse de un momento a otro; la sociedad española está triturada por el encarecimiento de la vida, el endeudamiento creciente, la inestabilidad laboral, la especulación, la quiebra demográfica y la pérdida de valores.

La única revolución posible es la revolución democrática que nos lleve, como el concepto “revolución” indica, al origen de la democracia: al modelo ateniense, una sociedad culta, educada en valores, capaz de percibir el fondo de los problemas y hablar claro en el foro, con unos votantes cualificados, capaces de entender la naturaleza de los problemas y de las soluciones propuestas… Hoy, nada de todo esto existe: una población víctima de un proceso de bastardización cultural, empobrecimiento misérrimo de los niveles de educación, sometido a bombardeos de los peores subproductos infraculturales, sin criterio, aborregada, adocenada, en amplias capas de la población, incapaz de zafarse de la presión mediática y de juzgar por sí misma, dispuesta a trenzar la soga con la que los partidos políticos a los que votan, los ahorcarán a impuestos y exacciones fiscales, olvidando o no queriendo ver que los partidos sirven con fidelidad perruna al poder del dinero, a las plutocracias.

Muy frecuentemente, reconozco que no sé que es más desagradable: si la náusea que experimento ante el sistema político del 3% y de la corrupción generalizada, o la náusea que siento por la fidelidad perruna del electorado a quienes tienen a gala sodomizarlo y hacerle pagar el preservativo, la cama y el subsiguiente zurcido anal.

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© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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