NO a la Constitución Europea [Segunda Parte]

Publicado: Jueves, 10 de Febrero de 2005 23:02 por en INTERNACIONAL
no.jpgRedacción.- Publicamos la segunda parte de nuestra justificación para votar NO y movilizar a todos nuestros amigos y compañeros para hacer otro tanto en el próximo referendum sobre la Constitución Europea. Abordamos en esta segunda entrega el problema de los límites de Europa, y la ausencia de definición sobre las "raíces culturales de Europa", dos temas ambiguos que nos confirman en la necesidad de votar NO. Todo lo alto y claro que podamos.


3. Un ámbito de aplicación sin definir: ¿Europa hasta donde?

Resulta absolutamente sorprendente que en la Parte I, Título I (“De la definición y los objetivos de la Unión”), no exista ni un solo artículo en donde se definan los límites territoriales de la Unión, esto es el ámbito de aplicación del texto sometido a Referéndum. Se alude vagamente a que “La Unión está abierta a todos los Estados europeos que respeten sus valores y se comprometan a promoverlos en común”. Ahora bien ¿cuáles son esos “estados europeos”? ¿dónde se relacionan? ¿acaso habrá que tomar el listado de los países de Eurovisión como candidatos a integrarse en la UE? En tal caso países tan europeos como Israel, Marruecos o Turquía, serían buenos candidatos y futuros europeos de pleno derecho. ¿Y qué decir de Rusia que, hasta los Urales, es inequívocamente europea y que a partir de los zares Pedro y Catalina, está europeizada de pleno derecho?

Giscard ha querido ser en esto voluntariamente ambiguo, a pesar de que él, en lo personal, se opone al ingreso de Turquía en la UE. En cuanto a otros Estados, geográficamente europeos, cabría preguntarse ¿la futura Gran Albania comparte los “valores de la Unión”, o dicho de una manera más genérica: el mundo islámico, a partir de un análisis mesurado de su libro sagrado, ¿puede admitir los “valores de la Unión” sin traicionarse a sí mismo?

A todo esto, llama la atención que en 500 páginas de texto constitucional, los cacareados “valores de la Unión” supongan apenas 10 líneas (Artículo I-2): “respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho y respecto a los derechos humanos, incluyendo los derechos a las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no-discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre hombres y mujeres”. Pues bien, ni una sola de estas características, ni una, está presente en los países con mayoría islámica, ni conocemos a islamista alguno, que haya luchado por estos valores, ni en su país de origen, ni mucho menos en el territorio de la Unión: más aún, en su inmensa mayoría, estos contingentes islamistas transplantados a Europa, no siguen practicando sus más odiosas tradiciones seculares, desde la poligamia a la ablación del clítoris, siguen considerando a la mujer como una figura de segunda fila completamente subordinada a la autoridad del varón, una verdadera propiedad de éste, y se muestran intolerantes hacia cualquier otra comunidad, tendiéndose, en Barcelona y en Berlín, en Gottenburgo y en Milán, a la formación de guetos étnico-religiosos, de los que son virtualmente expulsados y marginados los pertenecientes a cualquier otra confesión religiosa, o simplemente laicos. En cada gran ciudad de Europa Occidental existe una “Bosnia musulmana” en desarrollo.

Así pues, ¿para qué engañarnos? ¿para qué negar la realidad? ¿para qué una política de paños calientes con una religión que permanece inalterable como en lo más profundo de la edad media y que destila grandes dosis de fanatismo y odio hacia todo lo que representa, precisamente, los valores occidentales? ¿Por qué en el texto constitucional no existe ni un solo punto que prevea que los extranjeros residentes en la Unión deben firmar una declaración jurada en la que aceptan los valores de democracia, igualdad, tolerancia y libertad, las costumbres, lenguas y tradiciones de la Unión? ¿por qué no se exige reciprocidad en la tolerancia de las prácticas religiosas? El día en que pueda celebrarse en una iglesia de Arabia Saudí una misa o un oficio religioso no islámico, ese día debería autorizarse la práctica del culto islámico en Europa. En tanto esto no ocurriera es absolutamente intolerable que, precisamente ese país, siga financiando las redes de mezquitas fundamentalistas, como es intolerable que el 50% de los marroquíes residentes en Europa se declaren “admiradores” de Bin Laden.

Europa debe tener una identidad propia. Esa identidad se inicia con el reconocimiento de sus raíces comunes, de su historia común, de una exaltación de los lugares comunes a todos los pueblos de Europa. Pues bien, sobre estas materias no existe ni una sola línea entre los 500 folios del texto a votación.

Usted ¿sería capaz de firmar un contrato en el que no estuviera claro cuál es el objeto del mismo? ¿sería capaz de adquirir un apartamento sin conocer sus metros cuadrados y su orientación? Pues eso precisamente es lo que el “talantudo” ZP nos está proponiendo: que votemos un texto ambiguo e indefinido.

De hecho, en el verbalismo humanitarista del Título I, encontramos todos los mitos propios de la izquierda más rancia y obtusa: “La Unión combatirá la exclusión social y la discriminación y cimentará la justicia y protecciones sociales” (Artículo I-3, párrafo 3). Sabemos lo que esto significa: subvencionar indefinidamente la “integración” de aquellos que no quieren ser integrados y definir como “racistas y xenófobos” a aquellos que alertan sobre el poco resultado de todas las cantidades invertidas en tan noble fin. La historia de absolutamente todos los países de Europa Occidental que desde hace 25 años vienen sufriendo sucesivas oleadas migratorias particularmente de los países islamistas, es elocuente: contra más gasto social se realiza en pro de la integración, menos resultados se obtienen. ¿Hay que recordar que nuestros inmigrantes, gallegos y andaluces, extremeños y castellanos, no recibieron ni un solo franco o marco para su integración y que, sin embargo, se integraron socialmente en los países en los que los acogieron?

Sabemos lo que este verbalismo supone: una pelea en una discoteca en la que se enfrentan jóvenes europeos y norteafricanos es considerado un acto xenófobo e intolerante de los primeros… pero el hecho de que la casi totalidad del mercado de la heroína sea controlado en Francia por argelinos –como todo el mundo sabe- no tiene la misma catalogación, aun cuando sean, mayoritariamente jóvenes de origen francés, quienes consumen esta droga dura.

4. Las “raíces de Europa”. Europa desarraigada.

Pero hay algo más en todo esto. El absurdo de la propuesta constitucional se hace surrealista si tenemos en cuenta que se trata de crear, en la práctica, una “federación” de Estados-Nación que se llama “Unión Europea”… pero se exaltan los valores de “diversidad cultural y lingüística”. Unidad y diversidad, son valores opuestos.

Somos profundamente europeístas: estamos firmemente convencidos de que las raíces de los diferentes pueblos de Europa son comunes: hemos tenido el común el mundo clásico se extendió primero por el Mediterráneo, pero luego, con la catolicidad, alcanzó a toda Europa. Lo más lógico hubiera sido proponer en el texto constitucional una fórmula que conjugara “unidad” y “diversidad” y esa fórmula implicaba, necesariamente, aludir al mundo clásico y a las raíces cristianas de Europa. Algo que la izquierda europea no estaba dispuesta a asumir por que, precisamente, sus raíces, proceden del momento preciso en que se rompe el ekumene medieval y la conciencia de unos orígenes comunes (Roma – el Imperio Carolingio – el Sacro Imperio) que contradicen los valores de la izquierda europea: tradición, idea de Imperio, una política basada en principios éticos y morales y no en la omnipotencia y omnipresencia del “mercado” (dice el Artículo I-3/2: “La Unión ofrecerá a sus ciudadanos (…) un mercado interior en el que la competencia sea libre y no esté falseada”…).

Tanto la romanidad, como la catolicidad medieval, supusieron momentos en los que en toda Europa se tenía conciencia de pertenecer a un mismo “bloque” (el Imperio), del cual, cada parte, o reino, era una “nacionalidad” (no una Nación, por que, a pesar de que ZP lo ignore, existe diferencia entre “nación” y “nacionalidad”). Era muy fácil, para los redactores del “tratado constitucional”, apelar a estas raíces para generar las “bases ideológicas” necesarias para insertar en el documento, valores reales. En lugar de eso, la izquierda europea (que tras perder el marxismo, perder el apoyo de la clase obrera, no le queda más que los intelectuales, los residuos de otro tiempo y las “minorías” sexuales) y los micronacionalismos (es decir, la no-Europa), impusieron la alusión a la “pluralidad” que llega incluso a la divisa de la Unión: “Unidad en la diversidad”.

Ni una sola alusión a la cuestión de las lenguas regionales, a su tratamiento, a su consideración; ni una sola alusión a promover una lengua vehicular común que se enseñe en las escuelas y facilite la comunicación entre las distintas partes de Europa; ni una sola alusión a iniciativas que fomenten que la “Unión” sea, verdaderamente, eso: una unión y no un agregado de fragmentos, cada vez más pequeños que, con la irrupción de los micronacionalismos, corre el riesgo de balcanizar toda Europa con 70 lenguas diferentes cada una de las cuales reclama derechos de “igualdad” en relación a las demás.

Llama la atención que el texto que estamos utilizando para valorar la Constitución Europea haya sido distribuido en Barcelona por un diario realizado en castellano, distribuido, fundamentalmente, en Cataluña y que el texto… esté escrito en valenciano, a causa de un error de la Generalitat de Catalunya al presentar la traducción a la UE. La doctrina oficial de la Generalitat es que el valenciano y el catalán son la misma lengua… lo curioso es que un texto valenciano tiene un razonable número de palabras completamente diferentes, que lo hacen “raro” para un catalán. Y si fuera al revés, ocurriría justamente lo mismo. Esta surrealista situación deriva de no haber sabido, querido o podido cerrar las puertas a las discusiones: a cada Estado Nacional corresponde una lengua vehicular (salvo Bélgica que, constitucionalmente, tiene dos).

La ambigüedad es el paradigma con el que se ha desarrollado este texto. Solamente en aquellos aspectos, absolutamente secundarios (bandera, himno, moneda, “día de Europa”), existe la concreción necesaria para que no haya lugar a la ambigüedad: sabemos, por ejemplo, que el 9 de mayo (no el 8, ni el 10) es el “Día de Europa”. Ignoramos, por el contrario, los límites geográficos y las raíces culturales de Europa.

Pero, además, es que da la sensación de que quienes han redactado este documento pretendan robarnos nuestras raíces: la definición de los valores de la Unión es tan absolutamente breve (10 líneas), en relación a la totalidad del tratado (500 folios), que es evidente que de lo que se trata es de articular una Unión sin principios o con unos principios tan absolutamente ambiguos que cada cual pueda interpretarlos como quiera.

En tanto que europeístas convencidos, estamos firmemente persuadidos de que la Unión Europea solamente será viable, si las medidas que tienden a resaltar los valores de “unidad” entre los Estados-Nación, es superior a los esfuerzos puestos en resaltar los valores de “diversidad”. Si se tiende a crear una “unión”, todo lo que no entra en esa dirección, es lo que se ha dado en llamar “no-Europa”. Y, ningún político con sentido de Estado o con visión “europea” puede apoyar los esfuerzos para la construcción de la “no-Europa”.

Nos ofrecen una Europa sin raíces, una Europa en la que cabe todo. Por eso, es preciso votar NO al referéndum constitucional y exigir que el texto se mejore incluyendo la referencia a las “raíces cristianas de Europa”.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

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