NO a la Constitución Europea [Primera Parte]

Publicado: Jueves, 10 de Febrero de 2005 02:30 por en INTERNACIONAL
no.jpgRedacción.- Iniciamos la serie de artículos sobre el referendum constitucional, animando a nuestros lectores a Votar NO y a hacer campaña por el NO en el próximo referéndum sobre la Constitución Europea. Esta serie tendrá un total de cuatro entregas y aparecerá en los próximos días. Ante el desinterés y el absentismo general, creemos que es una obligación ética y política, acudir a los colegios electorales el próximo día 20-F, con el NO marcado en la papeleta.

Referéndum del 20 de Febrero 2005
NO AL TRATADO POR EL QUE SE ESTABLECE UNA CONSTITUCION PARA EUROPA
[Primera Parte]

Cuando faltan solamente unos días para ir a votar en el próximo referéndum y cuando, tanto las autoridades como la población en general, manifiestan su más absoluto desinterés por la consulta, hemos decidido realizar unas

Introducción:
Un referéndum inútil, un referéndum-trampa

El gobierno no ha sido honesto en la convocatoria de éste referéndum, no ha informado a la población sobre las resultantes de su voto: nadie sabe exactamente qué ocurrirá si vence el NO, o si no hay “quórum”, nadie sabe exactamente en dónde radica la importancia de su voto y la inmensa mayoría de electores no han leído la totalidad del texto constitucional.

Este referéndum ha sido convocado por el gobierno como medida cosmética en dos direcciones:

1.- Para dar la sensación de que está abierto a la “participación popular” como forma de plasmar el tan cacareado “talante”.
2.- Como elemento “cosmético” que ayudara a popularizar entre la población la Unión Europea e hiciera a llegar a los ciudadanos la idea de que formamos parte de una entidad supranacional.

El problema radica en que la campaña de marketing y publicidad que el gobierno ha abordado ha tenido un perfil muy bajo, se ha realizado con un presupuesto mínimo, en un tiempo muy reducido, en el que, por lo demás, están ocurriendo otras muchas incidencias en la política española que contribuyen a alejar el interés de la opinión pública en torno al referéndum.

Intentar “popularizar” el contenido del texto constitucional a partir de la afición al fútbol y mediante la lectura del articulado de la constitución por parte de personajes conocidos en el mundo del deporte, es una idea pobre y sin resultados prácticos.

Pero lo peor no es eso, sino que no está clara la importancia del voto: no se sabe por ejemplo lo que implicaría si el NO saliera como opción mayoritaria. La lógica indicaría que el gobierno español se comprometía ante la ciudadanía a no firmar el Tratado… pero éste ya se ha firmado en Roma el 24 de enero de 2004. En esa circunstancia, el gobierno debería comprometerse a obtener de las instituciones europeas una mejora, una revisión y una reforma del texto.

Pero el gobierno ZP tiene un gobierno de importancia muy aminorada en Europa. Su aislamiento es cada vez más evidente: no sólo ha roto la línea del gobierno anterior, enfrentándose a sus antiguos aliados, sino que no ha logrado reconstruir una línea que inspire confianza entre los que se enemistaron con el español a causa de la presencia de Aznar en la Cumbre de las Azores.

El gobierno no ha planteado claramente lo que hará si la soberanía popular rechaza el texto del Tratado. En realidad, carece de respuestas. No es ahora cuando había que someter este tratado a referéndum sino en el momento en que fue presentado y, desde luego, antes de la firma.

De ahí que este referéndum sea apenas una muestra de la demagogia gubernamental que, accede a una “consulta popular” en un tema que está ya resuelto y que, por tanto, votemos lo que votemos, no va a cambiar el curso de los acontecimientos, para evitar realizar consultas y reformas sobre temas mucho más importantes y candentes. ¿Podía esperarse otra cosa de un gobierno débil y cobarde, sentado en el poder gracias a unas elecciones fraudulentas y bajo la presión de 192 muertos utilizados mediáticamente por las “brigadas mediáticas” del PriSOE?

Si a Europa, no a esta Constitución

Vamos a ser claros: de todos los países de la Unión Europea, España es, probablemente, el que más se ha beneficiado con el integración a Europa. En quince años, el flujo de euros a nuestro país ha posibilitado el que se superaran los peores momentos de la crisis económica que estalló a partir de 1992, cuando la política del felipismo elevó los intereses hasta el 19%, hizo imposible la inversión, sumió al país en una profunda crisis moral y política (GAL, corrupción, paro, desencanto) y dejó vacías las arcas del Estado.

Pues bien, fue gracias a los Fondos Estructurales que nuestro país logró acometer un ambicioso programa de obras públicas que han transformado la fisonomía de España en pocos años. Gracias a estos fondos se han podido realizar trazados del AVE, subvenciones a la agricultura, restauración de catedrales y cursos de reciclado para trabajadores, ambiciosos programas de investigación científica y de formación universitaria, etc. Resulta muy difícil afirmar que la bonanza que la economía española registró a partir de 1995, fue posible sin el flujo de estos fondos.

Con razón Schröder expresó su malestar por la actitud de Aznar, opuesta a la guerra de Irak, recordando que con los millones de euros llegados a España, bien podía mantenerse el equilibrio presupuestario y el déficit cero. Y tenía razón. De ahí que, en tanto que españoles, conscientes de que la economía española se ha beneficiado extraordinariamente, tanto de la creación del Euro, como de las ayudas comunitarias, nos sea extremadamente difícil, pedir el voto negativo al Tratado.

Mucho más si tenemos en cuenta el papel al que está llamada la Unión Europea en el futuro. En 15 años, hemos pasado de un mundo bipolar, tenso pero estable, a un mundo unipolar, distendido, pero inestable. El día en que las tropas americanas derribaron la estatua de Saddam Hussein en Bagdad, el imperio americano vivió su cenit. A partir de ese momento, cuando se ha comprobado la incapacidad del dispositivo del Pentágono para pacificar la región y el que 25.000 guerrilleros mantengan en jaque a 250.000 marines y personal civil armado y a una cantidad similar de colaboracionistas iraquíes, demuestra hasta qué punto, ha llegado la debilidad militar norteamericana y su incapacidad para intervenir en un conflicto más allá de los bombardeos estratégicos masivos. A esto se une la situación de la economía norteamericana con un déficit en su balanza de pagos de 400.000 millones de dólares, déficit histórico jamás vivido por nación alguna. La economía norteamericana pende de un hilo y junto al crack que puede desencadenarse, la crisis de 1929 parece que será un juego de niños.

Pero hay algo más: la crisis del americanismo es la crisis de un modelo de relaciones internacionales. La única posibilidad que se abre a partir de ahora es una estabilidad mundial basada en cuatro polos: tres eurasiáticos y uno marítimo. Rusia, China y la Unión Europea, de un lado y la thalasocracia americana de otro.

El modelo de Estado-Nación que desde la Paz de Westfalia ha dominado en Europa y que se impuso definitivamente a partir de 1789 y de las siguientes revoluciones burguesas, ya no responde a las necesidades del actual momento histórico. Las necesidades investigación científica y técnica, superan, frecuentemente, los presupuestos y las posibilidades de un solo Estado. El “Airbus” ha absorbido un presupuesto superior al del Estado Español. Por esto es necesaria la cooperación internacional y la formación de bloques geopolíticos: el bloque árabe, el bloque sudamericano, el bloque europeo, el bloque norteamericano, el bloque ruso y el bloque chino… Ningún Estado Nacional está hoy en condiciones, ni tiene los recursos suficientes como para emerger en este panorama en el que no queda más remedio, ante las necesidades del desarrollo futuro, que volver la vista atrás, revisar la historia, examinar las constantes geopolíticas, para establecer cada país en qué bloque puede adherirse.

Y en este terreno, no hay absolutamente ninguna duda de que España forma parte de la Unión Europea, no sólo por la firma de un Tratado, sino por las raíces históricas y geopolíticas que unen nuestro país a otros del continente. Somos hijos del mundo clásico y de la catolicidad. Somos, por tanto, Europa.

De ahí que el NO que proponemos al Tratado sea un NO a un texto deforme, de contenidos limitados, ambiguo, que no responde a las necesidades de Europa. Decimos No a este Tratado, porque decimos SI a Europa.

1. La Unión Europea como extensión del proceso globalizador.

Para evaluar el Tratado hemos manejado la edición distribuida en catalán por el diario La Vanguardia, con 168 páginas. En un referéndum, lo lógico hubiera sido que el Estado convocante se asegurase se que los ciudadanos sabían lo que iban a votar, mediante la entrega de un ejemplar del Tratado a cada familia y a cada domicilio. Y desde luego un período mayor de debate. Pero el referéndum-trampa, no se podía permitir ni destinar unos fondos muy superiores para pagar gastos de imprenta y distribución y ha preferido gastárselos en una publicidad-trampa en la que no queda claro lo que se va a votar.

Pues bien, en las 168 páginas del texto hay una ausencia que merece ser reseñada por que ya, a partir de este momento, es suficiente como para decantar nuestra intención de voto.

En ningún punto del texto del Tratado se alude a los efectos perniciosos de la globalización, en ningún artículo se dice que una de las misiones de la Unión Europea será velar por la independencia económica de sus Estados miembros, no se reconoce en ningún lugar que millones de europeos rechazan el proceso globalizador y que el mundialismo es una lacra que, a la postre, sellará la debilidad de la Unión.

Por que una cosa es aceptar la existencia de un “mercado” mundial y otra muy diferente, aceptar que esté formado por países con muy distintas legislaciones, regulaciones laborales, derechos humanos y niveles salariales, que falsean completamente el mercado y hacen que unos países (aquellos en los que el movimiento obrero logró un alto nivel de bienestar y de derechos sociales y sindicales, por tanto, también salariales) compitan en situaciones de desventaja con otros (aquellos en los que no existe huella alguna de movimiento obrero, donde no hay derechos sindicales, donde los salarios y las condiciones laborales se encuentran en una situación equivalente a la Inglaterra de mediados del siglo XIX, con trabajo infantil, sobreexplotación, salarios de miseria, jornadas interminables, etc.).

Solamente en una mente criminal y perversa, ajena por completo a la realidad social que se vive en otras partes del mundo, puede suponer que dos formas económicas tan absolutamente diferenciadas, puedan competir en situación de igualdad en un “mercado mundial”.

Hasta ahora, los antiglobalizadores de izquierda, no habían entendido que lo único que suponía un baluarte y una muralla contra la globalización, no eran los “foros sociales”, sino las instituciones estatales: parlamento, magistratura, fuerzas armadas, diplomacia, etc. Por que hasta ahora los Estados Nacionales han tenido en su manos las armas suficientes para legislar (parlamento), emitir dictámenes y sentencia (magistratura), asegurar la defensa nacional (fuerzas armadas), negociar tratados (diplomacia), etc., capaces de cerrar el paso, eficazmente, al proceso antiglobalizador.

Los antiglobalizadores de izquierda solamente han sido capaces de movilizar una vez cada X meses a unos cuantos miles de jóvenes despistados y de anarquistas canosos y barrigones, en su “heróico combate contra la globalización”. El resultado ha sido que la globalización ha avanzado sin resistencias notables. El espíritu sesentaiochesco que destilan los movimientos antiglobalizadores, le insertan una veta ácrata que los inhabilita para reconocer que, hasta ahora, sólo el aparato del Estado puede romper la globalización y que era allí –y no en manifestaciones infantiles- en donde había que plantear la batalla.

Pues bien, el Tratado de la Unión, lo que hace es restar competencias a los Estados Nacionales y trasladarlas, en buena medida, a las instituciones comunitarias. Lo cual, en principio, no es algo rechazable. Pero si es rechazable, a partir del momento en que un Tratado ambiguo, en el que está carente absolutamente en todo su articulado, el más leve rastro antiglobalizador, un Tratado que consagra la omnipotencia del mercado y del liberalismo más salvaje y las tendencias mundialistas más acusadas.

A este respecto, toda la Parte III (De las políticas y el funcionamiento de la Unión) y particularmente el Título III (Políticas y acciones internas), Capítulo I (Mercado Interior) especialmente, las Secciones 1, 2, 3, 4, 5, están consagrados a las políticas económicas. Pues bien, en ninguna de ellas, absolutamente en ninguna, existe la más mínima voluntad de contener el proceso globalizador.

En el momento en que el Tratado entre en práctica, esto hará que las decisiones económicas sean tomadas por una casta funcionarial, no elegida democráticamente, una burocracia fría y guiada únicamente por los conceptos de “mercado” y “liberalismo salvaje”, adoptará las políticas económicas de la Unión. Pues bien, esto mismo es lo que se ha hecho en EEUU durante el gobierno de Clinton y de Bush y, esto mismo, es lo que está en el origen del extraordinario déficit sin precedentes de la balanza de pagos que hace que hoy, el país más poderoso del mundo, se tambalee como un gigante herido. ¿Es esta la situación que queremos para la Unión Europea?

Un texto constitucional que responda a las necesidades de Europa en el siglo XXI debe de asegurar a los trabajadores y a los mercados europeos, defensa y protección ante las ofensivas llegadas del Tercer Mundo. Antes o después será preciso restablecer una política proteccionista de aranceles, o de lo contrario, sectores enteros de la economía europea desaparecerán. ¿Esta desaparición sería en beneficio de las mejores ofertas tal como prevén los liberales más radicales? No, será en beneficio de la alta finanza internacional, de los consorcios que deslocalizan las empresas, no en beneficio de las clases trabajadoras europeas.

La globalización es inviable; lejos de implicar la “especialización” de algunas zonas geográficas en la producción de determinados bienes, lo que lleva es a la concentración de la mayoría de actividades industriales y manufactureras en unas pocas zonas, en un proceso, inevitablemente basado en la explotación de las poblaciones locales. Por otra parte, la aparición de una epidemia en alguna de las zonas exportadoras de manufacturas o alimentos (sudeste asiático) o alguna catástrofe natural, puede colapsas los flujos comerciales Oeste-Este y, por tanto, llevar la carestía y el hambre en pocos días a los mercados europeos.

La globalización está asentada sobre supuestos movedizos y espejismos optimistas sobre las bondades del mercado. Pero estas apreciaciones subjetivas, examinadas de cerca, se convierten en monstruosas muestra de ignorancia de nuestros gobernantes. Mañana, en 2007, cuando el Tratado se ponga en práctica, al no tener ninguna defensa contra el proceso globalizador, hará que cualquier medida restrictiva de los flujos económicos y comerciales, sea inmediatamente considerado “inconstitucional”. Los parlamentos locales, las estructuras de cada Estado Nacional, en esa circunstancia ya no podrán hacer nada. Todo dependerá automáticamente de las decisiones de los burócratas de Bruselas.

Por eso, por todos nosotros, por nuestro país, por la misma Europa, vale la pena votar NO.

2. Un ladrillo indigesto, complicado y mal elaborado.

Aunque el libro que utilizamos tiene 168 páginas de letras de “cuerpo 7”, cuando para poder leer cómodamente un texto éste tiene que estar impreso en tipos de “cuerpo 10” para arriba, y de forma recordable de “cuerpo 12”, no es la totalidad del texto del Tratado. Faltan los anexos y las disposiciones. En total, estamos hablando de 500 páginas de letra apretada. ¿Cómo ha sido posible llevar este engendro a votación?

En realidad, no estamos ante un texto constitucional. Una Constitución digna de tal nombre, surge de un “proceso constituyente” en el curso del cual, los representantes de la población, elegidos democráticamente, elaboran un documento en el que se resumen derechos, deberes, estructuras y mecanismos para definir los tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial. Nada de esto es lo que se ha producido en la elaboración del Tratado a votación.

De hecho, la trayectoria de la Unión Europea ha sido larga y complicada a partir de 1957 (fecha de la firma del Tratado de Roma). A partir de entonces se han firmado otros tratados: el Acta Única Europa (1986), el Tratado de Maastrich (1991), Acuerdo de Schengen (1995), Tratado de Ámsterdam (1997), Tratado de Niza (2000)… Cuando se comisiona a Giscard d’Estaing para elaborar el texto de lo que entonces se llamó “constitución europea”, éste se limita a unir los textos de todos estos tratados en un solo documento, depurar las contradicciones e incoherencias que aparecían y presentarlos como “constitución”, cuando en realidad, se trataba de una “fusión” de tratados.

A causa de esto el texto del Tratado es, simplemente, ilegible, aburre a los juristas, es imposible retener en la memoria los derechos, obligaciones y estructuras que contiene y se muestra como uno de los “ladrillos” más notable que ha sido capaz de crear mente alguna.

No es, desde luego, un documento histórico como la Declaración de Independencia de los EEUU, ni como la Declaración de Derechos del Ciudadano de la Revolución Francesa, es simplemente un texto que responde perfectamente a las características de la burocracia comunitaria.

Se da la paradoja que éste texto, en cuya elaboración, no han participado los representantes de la soberanía popular europea, propietarios de su correspondiente acta de diputados en el parlamento de Strasburgo, a los cuales, en buena lógica, hubiera correspondido elaborar este texto, a partir de una “comisión constitucional”. Todo lo contrario, el texto ha partido de unos funcionarios, nombrados a dedo, sin ideas propias, y que se han limitado a fotocopiar y grapar los acuerdos precedentes.

Pues bien, un texto de este tipo es inaceptable por la forma en que ha sido elaborado y por sus propias características de texto indigesto, plúmbeo y, frecuentemente, confuso, tal como lo han comprobado los electores que se han aventurado a leerlo.

Una constitución es, fundamentalmente, una descripción orgánica y un texto ideológico en el que se definen las pautas por las que va a circular la construcción institucional que se pretende articular. Pero el texto a votación es una cosa muy diferente: en ocasiones es extremadamente detallista (por ejemplo, la Sección 5, del Título III, Capítulo I, Parte III, llega hasta el absurdo a la hora de definir las “Normas sobre la competencia”), pero en otras se pasa de soslayo temas que pudieran suponer una definición ante problemas concretos (en la la Sección 10, del Título III, Capítulo III, Parte III, sobre “Energía”, no se alude, ni a las energías que se pretenden desarrollar y priorizar, ni a aquellas otras que se desaconsejan o se prohiben).

A decir verdad, hay que reconocer a los EEUU un gran pragmatismo capaz de sintetizar en un documento escrito en pergamino de tamaño DIN A-2, las ideas que han sido las bases de todo sistema democrático. Esta capacidad de síntesis y, al mismo tiempo, de concreción y falta de ambigüedad, es propia de quien ha dado a luz nuevas ideas. Vanamente encontraríamos ideas nuevas en el texto a votación. De hecho, no se encuentran ideas, tan sólo medidas organizativas.

Un texto de estas características no es una “constitución”, es cualquier otra cosa, con un punto indefinible. Y es triste, por que Europa, esta teniendo la ocasión de “hacer historia”: alumbrar nuevas ideas, nuevos modelos organizativos, ejercer la audacia de definir los principios de un nuevo ciclo histórico. En lugar de eso, se ha resignado al absurdo de pretender gobernar y articular el mundo del siglo XXI, con ideas propias de las burocracias kafkianas de principios del siglo XIX.

Por eso decimos NO al texto constitucional: no aporta ideas nuevas, se limita a sintetizar –sin ninguna mesura- media docena de tratados previos. No responde a las características del actual momento histórico. Supone una gran ocasión perdida para definir nuevos valores, nuevas estructuras organizativas, nuevas ideas e, incluso, los límites de un modelo económico liberal que hoy no puede regirse por los mismos principios que cuando se teorizó en la segunda mitad del siglo XVIII.

Por eso votamos NO.

[fin de la Primera Parte]

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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