Respues a C. Mutti: Turquía no es Europa

Publicado: Martes, 02 de Noviembre de 2004 11:27 por en GEOPOLITICA
Turquia.gifRedacción.- Hemos tenido conocimiento del artículo de Claudio Mutti aparecido en el número 1 de la revista de Geopolítica EurAsia. Dado el debate que en estos momentos se está desarrollando sobre la incorporación de Turquía a la UE, creemos oportuno publicar esta respuesta que, prácticamente, reproduce en su totalidad el artículo de Mutti aparecido en la web de la citada publicación.


I. “TURQUIA ES EUROPA DESDE LA ANTIGÜEDAD”



Dice Mutti: “Turquía fue considerada como parte de Europa en la antigüedad. Eródoto (IV, 45) fijaba el confín oriental de Europa en el río Fasi, en las inmediaciones de los puertos georgianos de Poti y Batumi; en el Medievo, como aprendemos de Dante (Par. VI, 5), “el extremo de Europa” es situado en Anatolia. Hoy los geógrafos tienden a ver en la península anatólica, tras la península ibérica, itálica y griega, la cuarta península de la Europa Mediterránea”.



“Fundando sus propios argumentos sobre la geografía y sobre criterios de tipo geopolítico (importancia de los Estrechos y función de Anatolia en relación al Próximo Oriente), Jean


Thiriart ha sostenido que “Turquía es Europa” (Jeune Europe, 6 de marzo de 1964) y que “una Europa sin Turquía sería infantil y suicida” (…) “El Bósforo constituye el centro de gravedad de un Imperio que en un sentido da de Vladivostok a las Azores, y en el otro de Islandia a Pakistán” (1206 respuestas a Gil Mugraza, p.37)”.

Todos estos argumentos parecen no tener en cuenta ni la historia ni la realidad política sobre la que fueron escritos.

Cuando Anatolia era una prolongación de Grecia (especialmente su costa Oeste bañada por el Egeo), estábamos hablando de lengua, etnia y cultura europea. Pero a partir de la invasión otomana y de la destrucción de Bizancio, estamos hablando de un espacio geopolítico europeo ganado por un pueblo indiscutiblemente no-europeo. Y lo que es más: un pueblo que practicó la limpieza étnica y religiosa, destruyó la cultura bizantina y creó una situación nueva.

En cuanto a una definición de Europa que llegue “desde Islandia hasta Pakistán” parece aventurado recordar lo que ocurrió con el imperio de Alejandro Magno: extendió excesivamente sus líneas más allá de su espacio geopolítico propio (el Mediterráneo Oriental) y no pudo consolidarse, a diferencia de Roma que no se extendió más allá del estanque Mediterráneo y consiguió prolongar su existencia durante un amplio ciclo histórico.



El futuro sistema de seguridad euroasiático debe basarse en tres puntos:



1) En el multipolarismo basado en cuatro “patas” que estabilizan el sistema mundial: tres pertenecientes a Eurasia (la Unión Europea, Rusia y China) y uno (EEUU) exterior a él.
2) La necesidad de buenas relaciones y ausencia de fricciones en el espacio euroasiático.
3) La necesidad de contener al mundo islámico en tres frentes:
- las antiguas repúblicas de la URSS
- el Oeste de China
- y Europa (en los Balcanes y en Europa Occidental)



La dinámica geopolítica no puede ignorar, sino antes bien, integrar, los cambios históricos que a partir de la caída de Constantinopla han creado una situación completamente nueva y antagónica con la existente hasta ese momento.



Esto vale también para el análisis de Thiriart: hablar de un Pakistán “extremo de Europa”, apenas es una de las provocaciones a las que el fundador de “Jeune Europe” era tan aficionado… especialmente tras el hundimiento de “Jeune Europe”. Alejandro Magno ya intentó la marcha hacia el Este y su imperio no pudo mantenerse ni siquiera quince años. Salir fuera del propio espacio geopolítico, no autolimitar la definición de éste y prolongarlo hasta allí donde, razonablemente, puede prolongar, no solo su “influencia”, sino los límites de su Estado. En este sentido vamos a establecer de lo que estamos hablando: o bien de “Estado Europeo” o bien de “área de influencia europea”… Si estamos hablando de Estado Federal Europeo éste no puede ir razonablemente mucho más allá de donde se extiende hoy; debe necesariamente incorporar a los “eslavos del Sur” y establecer unas “áreas de influencia”, basadas en la contigüidad geográfica (Magreb, la Gran Albania, Turquía), procurando por todos los medios evitar el choque con el área de influencia rusa (que abarca el área de la antigua URSS). La existencia de zonas de “frontera” (Países Bálticos y Ucracia) es otra buena razón para cuidar excepcionalmente las relaciones con Rusia.



En este sentido, las iniciativas pan-turcas acometidas desde Ankara en los últimos quince años y que prevén la creación de un área turcófona, supone un obstáculo y una amenaza para Rusia. La disyuntiva determinante para la Unión Europea es:



- amistad con Rusia y estabilidad del área euroasiática
- o integración de Turquía en la Unión, arrastrando al área turcófona con el consiguiente enfrentamiento de la UE con Rusia.



El sentido común excluye la segunda posibilidad que, si bien alarga fantasmagóricamente “Europa” por las zonas más conflictivas de Asia Central, crea más conflictos de los que resuelve.



II. “TURQUIA ES MUSULMANA COMO LO HA SIDO ESPAÑA, SICILIA O FRANCIA”



Escribe Mutti algunas líneas interesantes sobre la realidad étnica turca: “desde el punto de vista étnico, el pueblo turco establecido en la Península Anatolia constituye el resultado de la síntesis entre pueblos de diverso origen. Desde la antigüedad, Anatolia ha sido habitada por pueblos arios: hititas, frigios, lidios, licios, armenios, celtas, etc. Con la llegada de los turcos seléucidas y luego de los turcos otomanos, tuvo lugar una fusión del elemento autóctono con el turánico, por lo que hoy se tiene en Turquía a un tipo medio que es considerado más de factura eurpea que asiática (Renato Biasutti, Le razze e i popoli della terra, Utet, Torino 1967, vol. II, p. 526). Un notonorio experto en cuestiones étnicas y lingüísticas afirma que los turcos de anatolia son en su mayoría európidos purísimos, pasados por el tiempo al uso de una lengua turca por obra de los conquistadores centro-asiáticos (Sergio Salvi, La mezzaluna con la stella rossa, Marietti, Genova 1993, p. 60).



La lengua oficial de Turquía, el turco otomano (osmanli), como todas las lenguas turco-tártaras pertenece al grupo altaico. Se trata de una lengua no indoeuropea, al igual que no son indoeuropeas tantas otras lenguas habladas en Europa: las lenguas turco-tártaras de Rusia, las lenguas caucásicas, las lenguas ugrofinesas (húngaro, finés, estoniano, careliano, lapón, mordvino, ceremiso, sirieno, votaico, etc.) y el vasco.



La religión profesada por la casi totalidad del pueblo turco es el Islam, una religión presente en Europa desde el siglo VIII. La Turquía es musulmana como lo fueron España, Francia Meridional y Sicilia; tal como lo fueron también Sicilia; así como lo son aún hoy algunas regiones de Rusia, Cáucaso y los Balcanes. Por lo que respecta a la Unión Europea, viven catorce millones de musulmanes en su interior. Bajo este perfil, pues, Turquía no representa nada excepcional”.



Pero, a pesar de lo documentado de la exposición, hay que realizar algunas matizaciones.



A efectos de lograr una exposición convincente, Mutti elude describir la historia de la conquista otomana de Bizancio. Allí asistimos a la destrucción de la civilización y de la cultura occidental. Sin matices y sin paliativos: destrucción. Al igual que en España, la ocupación islámica no fue un baño de rosas, sino que tuvo como primera consecuencia la destrucción del reino visigodo, la persecución religiosa a oleadas que siguió a la relativa tolerancia originaria (tolerancia basada en que los no-musulmanes debían pagar un pesado impuesto y, por tanto, interesaba que pudieran hacerlo mucho más que se convirtieran al Islam). La “noche de las fosas” en Toledo en la que fue degollada a traición y por la espalda, de uno a uno, toda la nobleza visigoda de la ciudad (Toletum había sido la capital del reino), y la represión contra el culto mozárabe, así como, finalmente, la alianza entre los moriscos de las Alpujarras y los otomanos… todo ello hacen que en España, la memoria histórico establezca la realidad de un Islam intolerante, conquistador y agresivo, tanto en Toledo como en Bizancio.



Esto sin hablar sobre la limpieza étnica en los Balcanes con posterioridad a la irrupción turca. En 1389, un ejército otomano venció al ejército serbio en la Batalla de Kosovo que llevó a la conquista de Serbia por el Imperio otomano en 1459 y de Albania y Bosnia poco después. La mayoría de albaneses y bosnios dejaron el catolicismo y adoptaron el Islam durante la ocupación otomana que duró hasta 1912, pero la mayoría de serbios sostuvieron su religión ortodoxa hasta que se retiraron los turcos en 1878. Durante estos cuatro siglos, los serbios fueron hostigados constantemente por los turcos



Habría valido la pena decir que en España fue posible restablecer la situación de normalidad previa a la invasión islámica, al igual que en Francia o el Sur de Italia, mientras que la Península Anatolia se convirtió en el centro del imperio turco y jamás ha sido posible restablecer la situación anterior al 1453 (fecha de la caída de Bizancio), mientras que en 1492, la conquista de Granada, concluyó lo que había empezado el 711 en España. El 29 de mayo de 1953 se celebró la última Eucaristía en Santa Sofía. Tanto el Emperador Constantino XI como el patriarca de la ciudad murieron combatiendo en las calles. Buena parte de la población fue asesinada y la ciudad incendiada. Uno de los mitos del cristianismo ortodoxo es que en Hagia Sophia se restaurará algún día el culto ristiano y que el servicio divino interrumpido por los turcos se cantará de nuevo en esta catedral. Tras la dispersión de la población, los turcos no se sintieron a gusto en la ciudad y Mohamed II permitió que los habitantes de Constantinopla volvieran a la ciudad. A partir de entonces la administración islámica puso, depuso y asesinó a su antojo a los patriarcas de Constantinopla, impidió que se edificaran nuevas iglesias, no se pudieron utilizar las campanas, ni verse en público la cruz, se impidió la educación superior a los clérigos, y se limitó la enseñanza del cristianismo a los niños. A intervalos de cinco años, los jóvenes cristianos de entre 8 y 15 años eran inspeccionados por los turcos que seleccionaban a los más fuertes, los convertían al islamismo y les hacían esclavos de los sultanes. A los más fuertes se les arrastraba a un cuerpo especial, los “jenízaros” que constituyeron el instrumento principal de opresión, a menudo con el fanatismo del “converso”. Este tributo duró dos siglos y terminó en 1685, en ese período se produjeron migraciones de cristianos anatolios hacia Occidente.



Cuando Mutti dice que no es nada excepcional la existencia de núcleos musulmanes en Europa, pero se equivoca: si es excepcional y lo que es peor, tanto entre la inmigración norteafricana como en los Balcanes, se ha evidenciado una total imposibilidad de mantener una relación de normalidad. El Islam que conocen Mutti y los intelectuales europeos que tras la lectura de Guénon han llegado a la fe islámica, es radicalmente diferente del Islam real que ha llegado del Magreb y del Islam mayoritario de las zonas de Kosovo, Bosnia y Albania en las que, la realidad de los hechos, demuestra, una coexistencia difícil, sino imposible: las guerras balcánicas de los años 90, han sido fundamentalmente, guerras de religión. Si bien no existen diferencias notables entre las distintas comunidades cristianas europeas y solamente en Irlanda, por motivos muy concretos, se ha mantenido una guerra de religión latente que ha durado hasta hace poco, las guerras de religión terminaron en Europa hace más de trescientos años. El territorio actual de la UE tiene una uniformidad religiosa evidente que la incorporación de nuevos socios contribuirá a romper. Por lo demás, no resulta tranquilizador que en estos momentos, cuando el terrorismo clásico ha sido derrotado en todo el territorio europeo, aparezca un nuevo terrorismo de matriz islámica, que, aun exagerado por Washington y reconducido para su política de expansión que cabalga con la excusa de la “lucha antiterrorista”, es una realidad, no en EEUU sino en el territorio de la Unión.



Desde el punto de vista de Muti, un pueblo exterior a Europa cuando se asienta en suelo geográficamente europeo pasa, automáticamente, a ser así mismo, europeo. Nosotros negamos este automatismo: el hecho accidental de haber ocupado territorio europeo no implica la adecuación del calificativo “europeo”. En estos momentos, este calificativo viene atribuido a naciones que derivan, o bien de los pueblos nórdico-germánicos, o bien del mundo clásico greco-latino, y que han tenido una matriz común en el cristianismo. Estas naciones son hoy democracias estables con un sistema económico liberal, en los que nadie sensato duda de la separación entre la religión y el Estado. Turquía es hoy un país inestable, sometido a tensiones constantes, en las que el fundamentalismo religioso avanza, donde la separación entre religión y política no es nítida para el partido en el poder y donde existen lastres antropológicos y culturales propios del Islam.



Mientras que Mutti cita a Thiriart para avalar su posición, lo cierto es que el propio Thiriart en “Europa, un Imperio de 400 millones de hombres” recuerda en su primer capítulo:
“(…) Hemos tenido a los musulmanes ante Burdeos y a los turcos frente a Viene. Muchos de ellos han dejado sus cadáveres en nuestros campos, y los supervivientes huyeron. Y que nos agradezcan que Europa no los haya perseguido tras sus propias líneas, destruyendo Cartago, arrasando el Imperio persoa, conquistando el mundo musulmán y arruinando el Imperio otomano. Europa se ha alcazo siempre y siempre ha salido triunfante, a lo largo de veinticinco siglos de dificultades y combates. (…) Sólo una mirada retrospectiva sobre la Historia nos permite apreciar la gigantesca perspectiva de veinticinco siglos:



- Maratón (490 a. de JC).- Victoria de Milcíades sobre los generales de Darío.
- Salamina e Himera (480 a. de JC).- Temístocles derrota a la flota de Jerjes cerca de Atenas. A partir de este momento desaparece el peligro asiático. Coincidencia simbólica: ese mismo año los griegos de Sicilia baten a los cartagineses en Himera.
- Platea (479 a. de JC).- Los generales griegos Pausanias y Arístides aniquilan al general persa Mardonio.
- Gránico (334 a. de JC).- Victoria de Alejandro de Macedonia sobre Darío III, cuyo ejército era muy superior en número.
- Arbeles (331 a. de JC).- Arbeles (hoy Erbis en Irak) presencia una gran victoria griega de Alejandro que, partiendo de Egipto y atravesando el desierto de Siria, pasa el Eufrater y el Tigres y vence a los persas.
- Cartago (146 a. de JC).- Roma ha relevado a Grecia en Europa. Después de las penosas y largas guerras púnicas, Asdrúbal se rinde y Escisión Emiliano ordena destruir Cartago.
- Campos Cataláunicos (451).- Tras cuatro siglo de paz romana –una de las cimas de nuestra Historia-, se atravieran difíciles momentos. No importa. Surge la reacción, y en las llanuras de Chambord, en la región de los catalaunis, en la Bélgica Secunda de los romanos, a 30 km de la actual Troyes, Atila y los hunos fueron batidos y rechazados. Habían llegado a 160 km de París. Aecio, caudillo de la milicia romana y aliado de los burgundios, dirige una coalición de visigodos españoles, francos salios, mandados por Teodorico y Merovigio.
- Poitiers (732).- Adberramán, jefe de los sarracenos de España, cruza los Pirineos y ocupa Burdeos. Continúa luego hacia el norte, en direcicón a Prís, y se detiene a 300 km, en Potiers, ante la presencia de Carlos Martel, duque de los francos e hijo de Pepino de Herstal.
- Jerusalén (1099).- Godofredo de Bouillon, duque de Lorena, nacido en el Brabante valón, destacado ya en la primera cruzada, bate al ejército egipcio de Escalón, a la cabeza de los caballeros del Mosa y Mosela; en 1099 entra victorioso en Jerusalén.
- Granada (1492).- Los Reyes Católicos hacen su solemne entrada en Granada el 2 de enero. Era el coronamiento de la larga reconquista iniciada siglos antes en un foco visigodo (…) Los musulmanes, aunque sólidamente establecidos en la península ibérica, fueron rechazados.
- Viena (1529).- Viena, en el corazón de Europa, tuvo a los turcos ante sus muros en 1529, tras haber ocupado Belgrado en 1521, Rodas en 1522 y gran parte de Hungría en 1526, al mando de Solimán II. Fernando de Austria, hermano del emperador Carlos V, vence a los turcos y los rechaza.
- Lepanto (1571).- Otra vez, ésta en el mar, son batidos los turcos. En Lepanto, en el golfo de Corinto, por don Juan de Austria al mando de la flota de la Santa Liga, inspirada por España e integrada por Venecia y el Papa. Allí combatieron heroicamente los célebres marinos venecianos Sebastián Venir y Agustín Barbárigo, y fue gravemente herido Miguel de Cervantes.
- San Gotardo (1664).- En esta pequeña ciudad de Hundría, del condado de Vas, fue derrotado un numeroso ejército turco de más de cien mil hombres, por un ejército europeo de veinticinco mil mandado por Montecuccoli. Un símbolo notable: Luís XIV envió a los austríacos un cuerpo de 6000 voluntarios franceses, mandado por Jean de Coligny.
- Viena (1683).- En una pequeña iglesia, en lo alto de uan colina vienesa, podemos descifrar aún una lápida de mármol que dice textualmente: “Mit dem auf dieser Bergeshöhe am 12 IX 1683 durch Pater Marco d’Aviaho dargebrächten HL. Messopfer begann der entsats Wiens und hiermit die rettung Abendländischer Christlicher Kultur”. Los turcos están ante Viena por segunda vez. En ese momento, mientras Versalles baila, es defendida Viena por el duque Carlos de Lorena, ayudado poderosamente por Juan Sobieski y el ejército polaco. El gran visir Kara Mustafá perdió allí la vida y la batalla”.



Estos son los hitos históricos que Thiriart señala y que corresponden, a grandes rasgos, a las etapas de formación de la identidad europea. Basta examinar someramente esta relación para advertir que básicamente las amenazas contra Europa proceden del actual mundo islámico (Cartago de ayer es el Zagreb de hoy, el mundo persa en el mundo islámico de hoy, el enemigo otomano es… la Turquía de nuestro tiempo. Digámoslo ya: la identidad europea se ha forjado en lucha contra el mundo islámico. Por otra parte, las guerras balcánicas de los años 90 han sido, en buena medida, la resaca de la presencia islámica en los Balcanes.



III. PEQUEÑOS Y GRANDES HECHOS HISTÓRICOS



Sigue Mutti: “Los hechos históricos han hecho de Turquía, tras su asentamiento en Anatolia y Tracia, un pueblo europeo. El Imperio Otomano fue regido durante siglos por una dinastía en la que la tasa de sangre turca disminuía en cada generación, ya que la validé (o sea la madre del Sultán) era o griega o eslava o circasia o también italiana. En cierto sentido, se podría decir que los sultanes otomanos eran “más europeos” que los reyes húngaros descendientes de Arpad, todos ellos turanios por parte de padre y de madre. En cuanto a la clase dirigente otomana, fueron innumerables los visires, los funcionarios políticos y los oficiales del ejército pertenecientes a los pueblos balcánicos. Los mismos jenízaros, es decir, la élite militar del Imperio, no eran de origen turco. Otros datos significativos en lo que concierne a la transmisión de la herencia política y cultural de Bizancio a Turquía otomana se pueden encontrar en nuestro artículo Roma Otomana (“Eurasia”, 1, 2004)”.



Ya hemos hablado sobre el proceso de formación de los jenízaros para volver a insistir… De todas formas, la casuística histórica es peligrosa a la hora de valorar los movimientos políticos del presente. En España esta tendencia “idealista” tiende a aludir al “espacio hispanoamericano” (“iberoamericano” si se incluye a Portugal y “latinoamericano” si se hace con la inmigración italiana a Sudamérica…) como el “lugar natural” de influencia española. Así lo fue en los siglos XVI-XVIII, pero no ahora: ahora existen 15.000 km de distancia entre España y sus excolonias… mientras que con Europa existe contigüidad territorial, lo que implica mayor volumen de intercambios humanos y comerciales.



Ahora bien, si vale la pena examinar los datos históricos para intentar establecer las correlaciones del futuro, es en la macrohistoria y en los grandes movimientos históricos en donde nos debemos fijar, no en la casuística histórica: esta nos dice “originalidades” tales como que los templarios mantuvieron contactos con los musulmanes, que el Cid fue un mercenario al servicio de alguna de las taifas peninsulares, o que unos cuantos poetas sufíes vivieron en la Andalucía medieval… pequeños detalles que son apenas nada frente a los grandes hechos históricos de la Reconquista o las Cruzadas.



Aún suponiendo que los jenízaros fueran jóvenes bizantinos voluntarios en el ejército turco y convertidos al Islam de motu propio, este detalle sería poco ante las batallas de Lepanto y Viena o ante la batalla de Kosovo, de la misma forma que esclavos cartagineses que gozaron en Roma de reputación extraordinaria no desdicen el formidable impulso romano contra la Cartago adoradora de la diosa y potencia marítima y comercial enemiga.



Turquía jamás ha sido una potencia europea, como los EEUU tampoco lo han sido a pesar de que en el siglo XIX, enviaran por primera vez a su flota al Mediterráneo para combatir la piratería –fundamentalmente magrebí, por cierto- que obstaculizaba el comercio y las exportaciones de algodón a los puertos europeos del Sur. El hecho de que los marines y la Air Force tengan bases en Europa, no implica que los EEUU hayan sido, ni por asomo, una potencia europea. Otro tanto ocurre con Turquía: el hecho de que la Tracia, indiscutiblemente europea, apenas un 5% del territorio turco, sea, geográficamente, Europa, no implica que “todo lo que va detrás”, lo sea. Turquía ha sido, históricamente, una potencia adversaria de Europa. Cuando Mutti dice que “desde la época de Soleimán el Magnífico, cuando la monarquía francesa instauró una alianza con el “Gran Turco”, hasta el tratado de París de 1856, cuando se estableció expresamente que Turquía era “miembro efectivo de la familia de las naciones europeas”. En la última fase de su historia, Turquía era el “enfermo de Europa””... También Francia ha mantenido intereses preferenciales en el Zagreb y también la UE ha firmado acuerdos con esta zona, lo cual no implica que el Zagreb sea Europa, como tampoco lo es EEUU con el cual las democracias europeas se aliaron desde 1939 para combatir primero el hitlerismo y luego al comunismo soviético.



IV. ANKARA Y EEUU. TRES OPCIONES Y LA CUARTA



El último tramo del artículo de Claudio Mutti aborda las relaciones entre Ankra y Washington: “Más fundadas aparecen las razones por las que se rechaza la idea del ingreso de Turquía por el temor que Ankara provoca, en el seno de la UE, en tanto que caballo de Troya o mejor caballo de Washington”. Esta reserva es rigurosamente cierta. En octubre de 2002, los dos principales valedores de Turquía en la UE eran José María Aznar, entonces en plena borrachera proamericana, y el presidente Bush. Ciertamente, la política internacional, avanza a velocidad endiablada y, los gobernantes de Ankara y Madrid en la época, no son los mismos que hoy. En Ankara gobierna un equipo más religioso y menos laico que el anterior y en Madrid, al menos, en política internacional, se ha recuperado cierta sensatez, acompañada, eso sí, de una falta lacerante de habilidad.



Por esto mismo, Mutti tiene menos razón cuando expresa lo siguiente: “A decir verdad, si las condiciones de adhesión a la UE debieran ser la orientación europeísta de los gobiernos europeos, no sabemos qué países merecerían permanecer en Europa. Algunos, a partir de Italia, deberían ser inmediatamente expulsados. Coherencia pues, implicaría, como mínimo, que se invocase la no admisión en la UE de países que son filoamericanos como mínimo tanto como Turquía: Bulgaria, Rumanía y Albania”.



Aquí Mutti tiene razón, pero con dos salvedades. En primer lugar, la influencia turca en Bulgaria es notable, no solo políticamente, sino también desde el punto de vista étnico y antropológico. En cuanto a Albania, comparte con Turquía la común fe islámica y es una excepción en Europa. La política de hostigamiento constante y desmembración de Yugoslavia que abordaron los EEUU (con el apoyo del Vaticano y de Berlín, en un primer momento), llevó a una inevitable alianza entre Albania y Washington que, efectivamente, excluye a este país necesariamente de la Unión Europea. Sin olvidar que Albania, espoleada desde Washington ha intentado (e intenta) constituir una “Gran Albania” que incluiría el territorio del actual país balcánico, Kosovo, amplias zonas de Macedonia (la patria de Alejandro Magno islamizada…) y Bosnia, un Estado que, indudablemente, no tendría lugar en la Unión Europea, como Canadá no lo tiene en los EEUU aun a pesar de que limite al norte con Alaska, Estado de la Unión, y al Sur con el territorio USA. Y es que la contigüidad geográfica es necesaria, pero no suficiente, para poder cristalizar federaciones.



Por otra parte, no olvidemos que otras naciones europeas han ostentado posturas proamericanas por distintos motivos y que, llegado a un punto, han variado su orientación. A nadie se le escapa que la construcción de Europa es una reconstrucción de los vínculos atlánticos que nos unían (al menos a Europa Occidental) con los EEUU. EEUU tiene mucho más que perder que nosotros con esta reconstrucción y con la instauración de una vocación eurasiática de la UE.



Sigue Mutti: “En un amplio y documentado estudio sobre la cuestión (Dall’Impero all’Eurasia, “Eurasia”, 1, 2004), Tiberio Graziani estudia tres escenarios diversos, que intentamos recapitular a continuación:



El primer escenario (“euroccidental”) es el de la UE ampliada a Rumanía y Bulgaria, pero no a Turquía. Desde el punto de vista geopolítico, esta Europa de los veintisiete no sería una unidad completa, por que estaría privada del contrafuerte sudoriental (Turquía, precisamente) y tendría un escaso peso militar en el Mediterráneo. La Europa de los veintisiete continuaría siendo la cabeza de puente para la conquista americana de Eurasia. Turquía, mantenida fuera de la UE y utilizada por los EEUU, representaría un serio factor de desestabilización para Europa, por que mantendría alta la tensión en los Balcanes y obstaculizaría la integración de Croacia, Serbia, Macedonia, Bosnia, Herzegovina y Albania. Y este escenario que se realizaría siempre que permaneciera la toma de posición de los diversos “Francia-Israel”, Ratzinger, islamófobos y neolepantistas de todo tipo.



El segundo escenario (“euroamericano”) considera que Turquía entre en la UE para reforzar al partido atlántico, ampliamente representado por Gran Bretaña, Italia, Polonia, y Hungría y para sabotear los conatos franco-alemanes de emancipación. Esta estrategia (que tiene su base en las teorías de Huntingon) prevé que las posiciones turcófobas de algunos pensadores europeos se refuercen ulteriormente, de forma tal que la turcofobia, sumada a la más amplia campaña de difamación del Islam, excave una fosa geopolítica entre Europa y los países musulmanes del Mediterráneo. Este segundo escenario nos presenta una Europa que, comprendiendo Turquía, sería geopolíticamente completa; aunque tal unidad estuviera vanificada por el papel occidentalista confiado a Turquía. También en este caso, Europa resultaría desestabilizada. Es el escenario auspiciado por Berlusconi, Fini, Panella, Bonino.
A este segundo escenario se remite la hipótesis del ingreso de Turquía pueda anticipar y justificar el ingreso de la entidad sionista en la UE, también si es preciso tener en cuenta hechos relevantes, como los recientes desavenencias diplomáticas ocurridas entre Ankara y Jerusalén, a causa del rechazo de Turquía a participar en la agresión de Irak.



El tercer escenario (“eurocentrico”) prevé el desplazamiento del baricentro político europeo en el eje París Berlín y el simultáneo deslizamiento de Turquía de posiciones filoatlántica a las continentales. Así los EEUU perderían un precioso aliado y Europa adquiriría un elemento indispensable. Del frágil trilateralismo actual (Londres, París, Berlín), subordinado al condicionamiento angloamericano, se pasaría al eje París-Berlín-Ankara. Con la inserción de Turquía, la Unión Europea adquiriría, fuera de la NATO, el control de los Estrechos y la oportunidad de hacer valer las propias exigencias ante los países productores de petróleo. En el contexto de la UE, las cuestiones de Chipre y Kurdistán encontrarían una solución. Es este el escenario temido por Brzezinski y deseado por los euroasiáticoS (cfr. Entrevista de Aleksandr Dugin al diario turco “Zaman”).



Desde el punto de vista europeo, este tercer escenario, es indudablemente el más favorable. Para que se realice son necesarias al menos dos condiciones: la primera consiste en un ulterior refuerzo de la opción política que ha triunfado en las últimas elecciones turcas y en el paralelo debilitamiento de los centros de poder kemalistas. La segunda condición consiste en la atenuación, si no en la desaparición, de los sentimientos turcófobos e islamófobos difundidos en Europa y cultivados por los autores del “choque de civilizaciones”.



En estos razonamientos existe algo de razonable y exacto y, al mismo tiempo, otra parte en la que se toman solamente aspectos parciales del problema y se evitan otros.



La primera posición “eurooccidental” (Rumanía y Bulgaria en la UE y Turquía fuera) debería ser matizada. ¿Tendría Europa necesidad de un contrafuerte en el flanco sudeste? ¿estaría debilitada en el Mediterráneo? ¿se obstaculizaría la integración balcánica, especialmente de Serbia y Croacia? No es evidente. Es mucho más que discutible e incluso improbable. Planteemos las cosas de otra manera: ¿sería favorable que la UE tuviera fronteras directas con el polvorín de Oriente Medio? Respuesta: no; sería peligroso. ¿Estaría la UE debilitada en el Mediterráneo? Respuesta: no. El control de los Dardanelos y el Bósforo por parte de Turquía sería muy poco, menos que nada, en el supuesto de unas relaciones de amistad y cooperación entre una Rusia salida de su crisis postcomunista y reconstruida, y una Unión Europea que controla la orilla Norte del Mediterráneo, especialmente con los “serbios del Sur” integrados. En esa hipótesis, Turquía quedaría completamente aislada. De hecho, hoy, ya está aislada. Tras el derrumbe de la URSS y del Pacto de Varsovia, la OTAN murió de éxito. La incorporación de los países del Este a la OTAN, no sirvió para reforzar el “atlantismo” europeo, sino para acelerar la integración de esos países en la UE. Fue la consecuencia imprevista por Washington. Así mismo, Francia y Alemania, tras un lustro de relaciones frías (1990-2001), tras el 11-S recuperaron la buena armonía y reaccionaron conjuntamente ante la guerra de Irak sin dejarse arrastrar como ocurrió en Afganistán. En ese tiempo, los EEUU lograron situar bases militares minúsculas en Georgia y Uzbekistán, en caso de conflicto, en lugar de ser plataformas ofensivas… pueden convertirse en rehenes de algunos de los actores.



Ciertamente, el alineamiento de Turquía con la UE la separaría a éste país de EEUU, pero, antes que buenas relaciones con Turquía, Europa debe estar en condiciones de asegurar sus relaciones con las principales potencias eurasiáticas (Rusia y China). Precisamente, en este terreno, la propulsión de un espacio turcófono en las exrepúblicas soviéticas de la exURSS y en el Oeste de China, puede generar conflictos. Por el contrario, el eje Europa-Rusia-China, además de asegurar la estabilidad en Eurasia y el cierre de este vasto espacio geográfico a cualquier intento desestabilizador interior o exterior, bloquearía también las aspiraciones de cualquier otro actor secundario que pudiera concretarse: el Islam chiíta, el Gran Zagreb, el espacio pan-turco, etc. Entre las dos opciones: Turquía en la UE (con el riesgo de conflicto con Rusia y China) o Turquía fuera de la UE y alineada con los EEUU (en donde supondría apenas nada), la opción razonable parece la segunda, a menos que, utilizando argumentos religiosos y los intereses de cierto “tradicionalismo” de raíz guénoniana, se eludan los aspectos conflictivos que el Islam real (no el intelectual) que ha llegado a Europa en el último decenio está causando al Viejo Continente.



Por otra parte Mutti se equivoca cuando habla de un “trilateralismo” en el que participarían Londres-París-Berlín. En absoluto: este eje, por el momento es inexistentes. Los estrategas anglosajones, siguen temiendo el eje París-Berlín-Moscú con la misma intensidad que lo temieron a lo largo de todo el siglo XIX. Londres sigue sin definirse como “potencia europea”, prefiere seguir siendo un “país anglosajón” a pesar de los desprecios e insultos que Brzezinsky y otros geopolíticos norteamericanos, le han prodigado en los últimos años y a pesar de ser la infantería colonial de EEUU en Irak, como en campañas anterior los gurkas han sido la fuerza de élite colonial inglesa.



Creemos que la tendencia en Europa es irreprimible: no solamente en Francia y en Alemania existe un progresivo alejamiento de EEUU, sino también del resto de Europa. La caída del PP ha demostrado la fragilidad de las políticas proamericanas en Europa, desarrolladas a espalda de las preferencias de los electores. El 11-S de 2001 fue el último momento en que Europa hizo causa común con EEUU. Desde entonces la distancia entre las dos orillas del Atlántico no ha dejado de ensancharse. Poco importa que algunos como Aznar no lo hayan advertido todavía. En Italia y en Polonia parece que no caben muchas dudas. En los países del Este, durante unos años el reflejo pro-norteamericano es el resultado de los años de gobierno comunista en la que lo más alejado de la situación era, precisamente, los EEUU. Es hasta cierto punto lógico que estos países, jóvenes democracias, contemplen a EEUU, no como un enemigo a aislar, sino como un aliado que les ha salvado de la carestía, la opresión y la falta de libertades… Tiempo tendrán de rectificar, como, por lo demás, ha rectificado buena parte de Europa.



Lo que algunos antiguos miembros de organizaciones “terceristas”, como el propio Mutti, no están en condiciones de ver es que con el final de la guerra fría, los partidarios del “atlantismo” quedaban sin argumentos sólidos que justificaran el puente oceánico de la OTAN. Pero con el fin de la guerra fría se han remodelado las alianzas mundiales: nada impide el acercamiento entre una UE reforzada y la nueva Rusia en vías de reconstrucción. Nada impide el acercamiento entre la UE y China, a diferencia del recelo justificado que mantienen los chinos con EEUU. El pro-americanismo está fuera de la historia en Europa. Quizás los Fini, los Blair, los Aznar, todavía no se han enterado. De momento, las urnas ya se lo han recordado a Aznar y Blair será el siguiente en soportar el castigo. Como aquel cuento de Jorge Luis Borges, la UE y EEUU han llegado “a los senderos que se bifurcan”.



El peligro para cada uno de los tres actores principales en Eurasia (UE, Rusia y China) es que Turquía opte por orientar su política hacia el Oeste (40 millones de inmigrantes turcos nos esperan), hacia el Norte (el espacio turcófono amenaza con unir en un frente antiruso a pueblos hasta hace poco vinculados a la exURSS) o hacia el Este (las minorías islamistas turcófonas del Oeste de China pueden interesar a Washington para desestabilizar a este país ¡sea cual sea el alineamiento de Turquía!). La única opción viable es la que ya se produjo a principios del siglo XX, cuando el Kaiser Guillermo II logró que Turquía reorientase su dirección estratégica hacia el Sur: esto es, hacia el mundo árabe. Y es lógico que así sea.



Turquía es menos “europea” que Grecia, pero más que Arabia Saudí. Lo esencial en estos momentos no es tanto integrar a Turquía en la UE (lo cual crearía desequilibrios interiores en la UE y sería susceptible de crear fricciones con otros países euroasiáticos), sino conseguir que lleve la llama de la racionalidad al mundo árabe. Europa ahí no tiene nada que hacer ni nada que decir: otra civilización, otra cultura, otros interlocutores. Turquía, por ejemplo. Es preciso hacer ver a Turquía que su destino histórico no está en Europa de donde fue rechazada en el siglo XVII y en donde ni su cultura ni su tradición antropológica tienen nada que ver como no sea en los guetos de inmigrantes de Hamburgo, Hessen y Munich. Las legiones de turcos occidentalizados tienen una misión y un destino: rescatar para el mundo del siglo XXI a las poblaciones árabes, la mayoría de las cuales siguen viviendo como en la Edad Media. El Islam redimensionado a una religión que renuncia a intervenir en asuntos políticos, una sociedad laica (ejemplos no faltan: el kemalismo, el baasismo, el panarabismo naserista) en marcha progresiva hacia estándares representativos y de derechos políticos similares a los occidentales… tal es la tarea más realista que debe asumir Turquía en el siglo XXI.



El momento actual tiene una falsa percepción: que es preciso contestar con un SI o un NO a la integración de Turquía en la UE… cuando en realidad, el problema es otro, Turquía es, desde todos los puntos de vista, exterior y ajena a Europa: no se trata de decir NO a Turquía, sino de orientar a este país hacia el Sur, por que la hipótesis más razonable no es ninguna de las tres enunciadas por Graziani sino esta otra: la integración de Turquía en EU puede desequilibrar la Unión, crear más problemas de los que resuelve; el atlantismo pro-americano turco quedará asfixiado por sí mismo como ha demostrado la oposición turca a dejar estacionar tropas americanas para atacar Irak en 2003; queda solo la hipótesis no contemplada por Graziani: la reorientación de Turquía hacia el Sur, hacia el mundo árabe. Mejor un mundo árabe dirigido por islamistas moderados, que un mundo árabe sometido a las locuras del irracionalismo mágico wahabbita.



V. NOTAS FINALES



Una notación final: la alusión a los sentimientos “islamófobos o turcófobos” que han aparecido en Europa, no es, como quiere Mutti o Graziani, producto de la obra de Huntington sobre el choque de cultural… sino, antes bien, del roce entre la cultura islámica y la europea allí donde ha habido bolsas de inmigrantes. Es precisamente la realidad de estos contactos los que confirman en la inviabilidad de la presencia turca en Europa. Eso, o de lo contrario, 40 millones de turcos iniciarán en los próximos veinte años el camino hacia Finisterre, generando en Europa la alteración demográfica más brutal de toda la historia de la humanidad. Los sentimientos “islamófobos o turcófobos” no han aparecido por casualidad… sino que evidencian el profundo malestar generado por la ósmosis entre las culturas. Y este malestar deriva, no de un hecho teórico (le lectura de Huntington), sino de la apreciación práctica de las poblaciones europeas que han debido convivir con las minorías islámicas.



A fin de cuentas, la geopolítica no puede perder el contacto con la realidad. En EEUU lo saben: para que los designios geopolíticos de tal o cual grupo de presión (“la cábala” de Leo Strauss y sus discípulos, la geopolítica trilateralista de Brzezinsky hoy o la de Kissinger ayer…) es preciso contar con el apoyo de las poblaciones. En EEUU, más que en ningún otro lugar del mundo, saben que la política interior tiene un peso decisivo a la hora de imponer una política exterior. Y la realidad es extremadamente elocuente: no camina a favor de la integración de Turquía en la UE, sino todo lo contrario. “Turcofobia” e “islamofobia” no han aparecido por casualidad, sino a caballo con las legiones de inmigrantes que han irrumpido en el Viejo Continente. Esos impulsos, lejos de atenuarse, irán aumentando a medida que aumenten los contingentes islámicos en Europa. Si, eso no es geopolítico; pero es la realidad que tenemos ante la vista. Cualquier aspecto de la ciencia política para ser útil debe, necesariamente, sustentar sus especulaciones sobre realidades, no eternamente sobre las famosas “ficciones geopolíticas”.



© Ernesto Milà - Alicante, 2 de Noviembre de 2004 – infoKrisis –infokrisis@yahoo.es

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