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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

Renovación Española y Acción Española, la derecha fascista (V de VI). d) La derecha antiliberal bajo la II República

Infokrisis.- En la derecha, ya desde principios de siglo se había producido una fractura importante en función de la actitud a adoptar frente al liberalismo: a se aceptaba o se rechaza, pero si se aceptaba había que aceptar también todo lo que caminaba con él: democracia inorgánica, renuncia a la defensa de la monarquía tradicional y todo, a la postre, quedaba como un intento de mejorar el país, garantizando la propiedad privada y poco más. Se trataba, a decir verdad, de una forma de pragmatismo que aludía a la “accidentalidad de la forma del Estado”, discusión que en aquellos momentos estaba en su cénit (no se trataba de que la Iglesia reconociera solamente una forma de Estado que se adaptara a la defensa de sus contenidos, sino que cualquier forma de Estado, especialmente el liberal, podía realizar esas políticas con tan sólo proponérselo). Gil Robles, inicialmente carlista, reconocía la imposibilidad práctica de proceder a una restauración y, por tanto, creía que la defensa de la institución monárquica durante la II República solamente conduciría a la marginación de quienes lo propusieran. Él por su parte, no estaba dispuesto a hacer de la cuestión monárquica una cuestión de principios –a pesar de ser monárquico- sino que proponía una aceptación del republicanismo para salvar lo salvable: la propiedad próvida y la seguridad de la Iglesia. En torno a Gil Robles y a Herrera Oria se concentró ese conglomerado de derecha liberal que primero fue Acción Popular y luego fue la CEDA. Pero el campo monárquico antiliberal también se organizó.

En enero de 1933, tres líderes de la derecha monárquica que ya habían colaborado en el marco de Acción Española, fundaron un nuevo partido político, Renovación Española, que tendría a gala confesar su predisposición monárquica y alardear de su fidelidad al rey exiliado. Uno de ellos era Ramiro de Maeztu. Curtido inicialmente en el periodismo de izquierdas, formó con Azorín y Baroja el llamado Grupo de los 3, uno de los puntales de la Generación del 98. Hasta principios de los años 20 no rectificó sus posiciones políticas que progresivamente se fueron caracterizando por una desconfianza hacia el liberalismo y una adhesión al catolicismo. Enviado por la dictadura como embajador en Argentina allí conoció a Zacarías de Vizcarra, clérigo vasco residente en Argentina y que realmente es el inventor del término “hispanidad” en contraposición al término “raza” (el 12 de octubre era hasta entonces “el día de la raza”, a partir de la influencia de Vizcarra va ganando el término hispanidad que encuentra en Maeztu a su principal propagandista.

Maeztu se había interesado especialmente por el estudio de la decadencia española y por su remedio que para él no es otro que el retorno a los orígenes de la tradición católica y de la idea de hispanidad como fuerza civilizadora. Colaborador de Acción Española de la que fue su director, mantuvo contactos con los integralistas portugueses de Antonio Sardinha y finalmente publicó Defensa de la Hispanidad en 1934 cuando ya era diputado de Renovación Española por Guipúzcoa. La idea central de Maeztu es los países de habla española contiene valores propios en función de los cuales puede desarrollarse una comunidad cultural alternativa a las culturas anglosajona o francesa. De ahí saldría la idea de reconstrucción imperial, “en sentido espiritual”, cuando resurgiera el antiguo “ímpetu hispánico”. El libro debía de haber sido la primera entrega de un trilogía de la que las otras dos serían la Defensa del Espíritu (que finalmente escribió a pesar de que se perdieron algunos fragmentos durante su detención por milicianos del Frente Popular) y la Defensa de la Monarquía (que no llegó a escribir). Estos tres, precisamente, serían los pilares del pensamiento de Maeztu. A poco de iniciar la guerra fue fusilado en Aravaca. A nuestro entender, la obra de Maeztu es el último gran intento de revisar la idea de España y encontrar un sentido a nuestra historia.

Ramiro de Maeztu era el gigante intelectual de Renovación Española, mientras que Antonio Goicoechea fue su jefe político y Calvo Sotelo su líder carismático. Diputado maurista en varias legislaturas, fue miembro de la Unión Patriótica y luego de Acción Nacional para separarse y fundar Renovación Española. En febrero de 1936 perdería el acta de diputado y en los primeros días de la guerra civil marchó con Sainz Rodríguez a Roma para solicitar ayuda del régimen italiano. Tras firmar un llamamiento para la restauración de la monarquía en España en 1943 abandonó la actividad política siendo presidente de varios bancos públicos.

El tercer promotor de Renovación Española, Pedro Sainz Rodríguez era un intelectual brillante y excepcionalmente bien relacionado: fue amigo de Franco, pero también del conde de Romanones lo que le permitió jugar un papel importante en los primeros días del nuevo régimen. Junto con Calvo Sotelo impulsó la creación del Bloque Nacional (intento de aglutinar a los albiñanistas, a tradicionalistas y a Renovación Española) y contribuyó activamente al movimiento golpista asegurando el contacto con el general Sanjurjo. Ministro de Educación Nacional en el primer gobierno de Franco, fue el impulsor del Bachillerato implícito en el plan de educación por él creado que mantuvo su vigencia durante décadas. Sin embargo, en 1941 fue cesado, no regresando hasta 1969 tiempo en el cual residió en Estoril como consejero de Don Juan de Borbón.

Renovación Española fue un partido parlamentario durante el tiempo que duró la República, minoritario en relación a la derecha sociológica representada por la CEDA, carecieron de base popular amplia pero estuvieron suficientemente representados en colegios profesionales y entre la patronal. Calvo Sotelo, percibiendo la realidad del panorama monárquico en ese tiempo, fue el principal impulsor de un acercamiento a los carlistas: éstos disponían de muchísimos menos medios económicos, pero de un mayor arraigo popular en determinados zonas y se encontraban en ese momento, gracias a la infatigable tarea de Fal Conde, en franca (e inesperada) expansión en Andalucía, siendo como siempre habían sido una fuerza de gran arraigo en Navarra, País Vasco y Valencia y con fuerte presencia en la montaña catalana y en Castilla. De todas formas, a pesar del establecimiento en 1933 de una oficina electoral común, TYRE, Tradición y Renovación Española, lo cierto es que Calvo Sotelo, a pesar de su extraordinario prestigio en las filas monárquicas, nunca pudo superar completamente las reservas históricas que los carlistas mostraban en relación a los alfonsinos. En realidad, esta maniobra tuvo como resultado el desgaste de los carlistas divididos en dos tendencias: la de Fal Conde contraria a cualquier colaboración y la del conde de Rodezno favorable a un entendimiento rápido con los alfonsinos.

Mejor le iba a los “accidentalistas” de Acción Popular que ante las elecciones de 1933 se había coaligado con la Derecha Regionalista Valenciana y la Agrupación Regionalista de Santander, amén de otros pequeños partidos localistas, formando la Confederación Española de Derecha Autónomas. Si victoria electoral no consiguió que Alcalá Zamora nombrara a Gil Robles para formar gobierno y la CEDA tuvo que conformarse con apoyar a los radicales de Lerroux. Esta colaboración generó problemas en el interior de la CEDA y resucitó el proyecto de Calvo Sotelo de unir a todas las fuerzas que no aceptaban la II República. Esta operación que llevaría a la constitución del Bloque Nacional no puede decirse que triunfara completamente. Los falangistas, después de rechazar la entrada de Calvo Sotelo en su partido, hicieron oídos sordos al llamamiento y en varias ocasiones, tanto en Arriba (semanario de Falange) como en distintos discursos y ante el mismo Tribunal Popular de Alicante, José Antonio, explicó sus razones para negarse a esta colaboración.

Las referencias a la figura de Calvo Sotelo que pueden encontrarse en las Obras Completas de José Antonio dejan traslucir cierto resentimiento y una indisimulada antipatía profesada por el hijo del dictador al que fuera exministro de su padre. Dice por ejemplo ante el Tribunal Popular: Calvo Sotelo (…) era fogoso, tenía una oratoria confusa, se le disparaban torrentes de palabras que algunas veces hasta llegaban a perder el sentido. Calvo Sotelo iba diciendo por ahí: "No hay más que dos fuerzas nacionales, Falange Española y los hombres del Bloque Nacional." Entonces yo le contesté con una coz, con una cosa durísima que se encuentra en uno de esos pasquines en letras grandes que veréis a la cabeza de todos los números de nuestro periódico ¿Por qué no deja en paz a la Falange? Su elogio nos hace la misma gracia que ese refrán de: "El hombre y el oso cuanto más feos más hermosos." Que nos llamen feos no nos importa, pero que nos empareje con el oso...". Y en el semanario Arriba había publicado antes: “Sentimos comunicar a nuestros lectores que la fornida masa de cemento presentada al mundo, hace meses, con el sonoro nombre de Bloque Nacional, empieza a presentar impresionantes resquebrajaduras (…) En el fondo, el Bloque quedó reducido a una incómoda invasión, por parte del señor Calvo Sotelo, de las jefaturas desempeñadas por dos personas tan irreprochablemente prudentes y correctas como el señor Goicoechea y el conde de Rodezno. Singularmente por la proximidad, el primero era quien con más elegante discreción soportaba los empellones de impaciente ex desterrado de París. Pero si el señor Goicoechea no era capaz de provocar desagradablemente una cuestión de límites, en las filas de Renovación Española, especialmente en su juventud, la tirantez ha llegado a términos de rompimiento”. Los argumentos de José Antonio y de la Falange contra el Bloque Nacional y contra Renovación Española eran bastante simples: la Falange no era monárquica y, en cambio, si era revolucionaria. Sin embargo, lo cierto es que cuando se fundó la falange en 1933, una parte sustancial de su impulso procedía de los medios monárquicos que estaban presentes en el nuevo partido a través del Marqués de Eliseda, su financiador inicial y al mismo tiempo, junto con José Antonio Primo de Rivera, ambos diputados por la Unión Monárquica, luego por Rada y Arredondo, también monárquicos y corporativistas y posteriormente con Juan Antonio Ansaldo, notorio alfonsino y jefe de las milicias falangistas. Salvo Rada, el resto pasaron a Renovación Española, lo que evidencia que entre la Falange y Renovación Española existió cierto trasiego de militancia. Así mismo, tras las elecciones de febrero de 1934 se inició una corriente de tránsito de las Juventudes de Acción Popular a la Falange, cuando aquellas, como le ocurría a Renovación Española ya estaban muy “fascistizadas”. El hecho de que los líderes de la Falange colaboraran con artículos en la revista Acción Española, cuya vinculación con Renovación Española era demasiado evidente como para poderse negar, evidencia que la divisoria entre falangismo y derecha monárquica no estaba todo lo claro que los falangistas deseaban demostrar en sus proclamas revolucionarias. Así mismo, el hecho de que Sainz Rodríguez, ante la falta de una base militante agresiva y combativa, pensara en Falange Española como sustitutivo, ofreciendo su apoyo económico, es también significativo. O que el precursor de Falange, Ramiro Ledesma, luego coaligado con el partido, fuera también auxiliado económicamente por gente de Renovación Española después de romper con José Antonio Primo de Rivera.

Fuera del “perjuicio monárquico”, al que cabe vez los propios alfonsinos atribuían menor importancia, el aspecto exterior de los rituales de Renovación Española, el contenido de los discursos de Calvo Soteno, el énfasis creciente puesto en el corporativismo y cada vez más vencido, no tanto por Maurras como por el Estado Corporativo italiano, indica que entre 1934 y 1936 existió un “corrimiento” de las influencias políticas. De iniciarse la república con un pequeño grupo de fascistas en 1931 –La Conquista del Estado-, crecer luego entre 1933 y 34 en el entorno de Falange Española, a partir de ese momento, primero Renovación Española y luego las Juventudes de Acción Popular asumen cada vez más valores del fascismo español hasta el punto de que son precisamente los hombres de este partido –y no los falangistas o los de la CEDA- quienes una vez estallada la sublevación militar, corren a entrevistarse con las máximas jerarquías del fascismo italiano para recabar su apoyo.

Es cierto que el Bloque Nacional no satisfizo todas las esperanzas puestas en el proyecto. A pesar de ser Calvo Sotelo la cabeza visible, lo cierto es que el proyecto había sido pergueñado por Pedro Sainz Rodríguez con el visto bueno de Goicoechea. Contrariamente a lo que decía José Antonio Primo de Rivera, no era para menoscabar ningún liderazgo sino para lograr una máxima eficacia de los monárquicos en su oposición a la República. La idea no solamente era reunir en una sola fuerza política a todos los monárquicos, sino romper la CEDA y atraerse a los diputados monárquicos que pudieran quedar en esa formación así como a una parte sustancial del electorado. Es significativo que uno de los grupos que aceptaron formar parte del Bloque fuera el Partido Nacionalista y su servicio de orden, los Legionarios de España que, en rigor puede considerarse como el primer partido de la derecha fascista española.

Era fácil intuir los motivos de esa estrategia de aproximación entre los monárquicos. A poco de instaurarse la República, cuando ya empieza la quema de conventos en mayo de 1931, los monárquicos no sueñan más que con conspirar y crear un orden nuevo por la vía golpista. Pero en 1931 siempre existía la posibilidad de que, finalmente, por vía electoral, la derecha alcanzara el poder y procediera a una “reordenación” de la República sin el recurso al pronunciamiento militar. De 1933 a febrero de 1936 esta línea república fracasa en medio de un clima de agitación siempre creciente. De ahí que, cuando se convocan las elecciones de 1936 y el Bloque Nacional se presenta cuando la conspiración está en marcha. La idea del Bloque Nacional, a fin de cuentas, no suponía nada más que la creación de una estructura político-civil de apoyo a la insurrección que ya estaba perfilando.

Los resultados en las elecciones de 1933 eran muy elocuentes sobre cómo se distribuían las fuerzas: CEDA 115 escaños, Comunión Tradicionalista 20, Renovación Española 14, Falange Española 1. Sin embargo en febrero de 1933 la situación se había modificado: CEDA 101 escaños, Bloque Nacional 10, Comunión Tradicionalista 15, Falange Española 0. Sin embargo, la opinión unánime entre los historiadores es que en estas elecciones el fraude fue masivo en ambas direcciones, con lo que poco importa el número de diputados exacto de cada una de ellas, sino más bien habría que atender a la importancia activista de estos grupos. Las milicias tradicionalistas, mayoritarias entre las fuerzas de derechas, se habían ido formando clandestinamente en Italia, los falangistas iniciaron a partir de febrero un crecimiento a pesar de entrar en la clandestinidad poco después, pero beneficiados por su aspecto típicamente fascista que había atraído hasta ese momento a mucha gente a las JAP. Al quedar derrotado Gil Robles, parte de su militancia joven se fue disolviendo incorporada en parte de Falange, en parte a Renovación Española y en parte al tradicionalismo.

Claro está que había discrepancias. La jefatura suprema del carlismo recaía en Alfonso Carlos que era contrario a la unificación de las corrientes monárquicas. Alfonso Carlos había reorganizado el carlismo y creado la Comunión Tradicionalista en ese momento dirigida por el conde de Rodezno partidario de la aproximación a los alfonsinos, pero éste fracasó en el intento y Afonso Carlos disolvió la Junta Suprema de la Comunión. A partir de ese momento el carlismo se orienta hacia la conspiración y entonces cuando discretamente cientos de carlistas son enviados a Italia para recibir adiestramiento paramilitar y reforzar el Requeté (milicia carlista). Para colmo de males un sector minoritario del carlismo denunció la legitimidad de ambas corrientes –la Alfonsina y la tradicionalista- proponiendo a través de la revista El Cruzado Español y actuando como con el nombre de Núcleo de la Lealtad, una sucesión por vía femenina (ya que Alfonso Carlos tenía 82 años y no tenía descendencia masculina) en la persona de la hija mayor de Alfonso Carlos. Éste desautorizó la operación y designó como regente a su sobrino Javier de Borbón-Parma.

En todo este ambiente la revista Acción Española parecía ser la opción más consecuente y por ahí fue por donde se redoblaron los esfuerzos para una reaproximación entre los distintos sectores dinásticos. Tanto Acción Española como Calvo Sotelo fueron partidarios de presentar a Don Juan de Borbón, tercer hijo de Alfonso XIII, como la encarnación de esta alternativa, ya que sus dos hermanos mayores Alfonso y Jaime habían renunciado a la corona por distintos motivos (el primero por su matrimonio morganático y el segundo al ser sordomudo). Sin embargo, Alfonso XIII desde el exilio se negó a abdicar en su hijo y bastante le costó a Goicoechea mantener la fidelidad alfonsina de Renovación Española. Sin embargo, el proyecto de unificación de las dos ramas monárquicas en la persona de Don Juan de Borbón siguió viva a través de las columnas de Acción Española, de los diarios La Época y La Nación y, especialmente a través de Calvo Sotelo y el Bloque Nacional. El propio Don Juan a través de Eugenio Vegas Latapie fue convencido para lanzar una carta, inspirada especialmente por Maeztu en la que reconocía su tributo doctrinal al carlismo y, lo que era más importante, asumir la ideología de Acción Española… esto es, la doctrina maurrasiana aplicada a España, decididamente antiliberal.

Tras el pacto entre la derecha “accidentalista” de Gil Robles y los radicales de Lerroux, algunos diputados de la CEDA se pasaron a Renovación Española (Francisco Roa y Víctor Lis), mientras que José María Valiente,  jefe nacional de las JAP se pasaba al requeté carlista. Cuando se llega a las elecciones de febrero de 1936, el Bloque Nacional no tiene más remedio que unirse a la CEDA para presentar candidaturas únicas. Los propios falangistas fueron consultados para integrarse en estas listas, pero las exigencias de José Antonio Primo de Rivera fueron tales que excedían con mucho el margen de maniobra que había recibido Gil Robles de su partido. Reconocida la derrota de la derecha –con aroma de pucherazo y con miles de irregularidades- ya no quedaba más vía que el golpismo. Los carlistas se retiraron del Bloque Nacional el 16 de abril y concentraron sus esfuerzos en la sublevación, cuando el diario del bloque, La Nación ya había sido asaltado en marzo por las milicias frentepopulistas y nunca más volvería a aparecer. Dado que Goicoechea se había quedado sin escaño parlamentario, Calvo Sotelo habló en nombre de carlistas y alfonsinos hasta su asesinato y cuando ya estaba visiblemente escorado hacia el fascismo. En este clima la organización de Renovación Española estaba en crisis y apenas podía hacer gran cosa fuera de la dinámica parlamentaria. En 22 de abril se reunión su dirección por última vez antes del estallido de la guerra civil. No fue una reunión agradable: había deudas pendientes de pago y la militancia se estaba radicalizando de día en día, unos hacia el carlismo y otros hacia la Falange que crecerían como la espuma en las semanas previas al golpe militar y en los primeros meses de guerra civil.  

Los pactos de ayuda suscritos con la Italia fascista en 1934 por ambas ramas monárquicas dieron su resultado especialmente con el carlismo que en 1936 había permitido a Manuel Fal Conde el disponer de un “ejército popular” con capacidad para movilizar miles de combatientes en Navarra, Castilla y Andalucía, encuadrados por militares retirados y cuyo delegado nacional era Zamanillo y su inspector nacional, el general Varela. Sin embargo, Renovación Española no desapareció en el marasmo de la guerra civil. Sus dirigentes, políticos relevantes, personalidades del mundo de la industria y de la alta política, constituyeron lo esencial de la clase política del primer gobierno franquista. No estuvieron en condiciones de movilizar grandes masas militantes, sin embargo, en los primeros días de la guerra aparecieron los “boinas verdes” en Somosierra dirigidos por los hermanos Miralles, mientras que en Bugos 200 albiñanistas contribuyeron a la victoria del pronunciamiento militar. Carlos Miralles recibió directamente la orden del General Mola de garantizar el dominio del paso estratégico de Somosierra y el día 17 de julio, 14 de sus hombres ya forman guardia en la entrada del túnel. El 19 se produjeron los primeros enfrentamientos armados con milicianos republicanos y las primeras bajas. Miralles consiguió reunir a 100 efectivos madrileños, con 30 falangistas burgaleses y 12 guardias civiles que se ve forzado a dispersar a aldeas vecinas para defender la posición de tal manera que cuando los milicianos atacan masivamente el túnel este solamente está defendido por 47 hombres. En el curso de la lucha morirá Carlos Miralles y fusilados sus hombres.

Si bien Renovación Española jugará un papel extremadamente relevante en el gobierno franquista, sus milicias prácticamente desaparecieron. Apenas fue posible organizar dos tercios, el Cid y el Calvo Sotelo, formados por albiñanistas y algonsinos, que no contaron con más de 280 efectivos de los cuales 60 murieron en combate y otros 100 resultaron heridos en Villarreal de Alada, en el Monte San Pedro en Vizcaya y en Espinosa de los Monteros. Los supervivientes fueron agregados al Tercio de la Virgen Blanca. En cambio, los carlistas que sí habían participado masivamente en apoyo de la sublevación militar con sus 15.000 requetés y una reserva de 5.000 más, apenas tuvieron peso político en los gobiernos franquistas, exceptuando en el Ministerio de Justicia que siempre recayó en alguna personalidad del carlismo, empezando por el conde de Rodezno. Renovación Española se autodisolvió en los primeros meses de la guerra civil, no participando por tanto en el Decreto de Unificación que, en la práctica, afectó solamente a carlistas y falangistas.

Desde los orígenes de la II República el diario La Nación había labrado una red de amistades y complicidades con el “fascismo español”  puede considerarse que este diario supuso uno de los vehículos de la fascistización de la derecha monárquica. El diario había sido fundado en 1925 para apoyar a la Unión Patriótica de Primo de Rivera. Al caer la dictadura se convirtió en portavoz de la Unión Monárquica y siempre rechazó al régimen republicano. Uno de sus directores, Manuel Delgado Barreto, no se olvide, tras ser director de La Nación, pasó a encabezar la dirección de El Fascio que debía haber sido un semanario de orientación fascista cuando ya se interesaba por la experiencia italiana. También vale la pena recordar que ese primer número de El Fascio se imprimió en los talleres de La Nación. Delgado Barreto, luego miembro de Renovación Española fue otro de los canales a través de los cuales se operó la transformación de los “fascistizados” de ese partido en “fascistas de derecha”. Fue desde las columnas de La Nación desde donde se elogió la fundación de Falange Española, reproduciendo íntegramente el discurso de Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia de Madrid. Así, a la largo de la II República, La Nación siguió siendo un diario monárquico, paro que concedía una extraordinaria importancia al fascismo hasta el punto de identificarse con sus postulados. Por el contrario, en las columnas del diario se atacaba constantemente a la figura de Gil Robles de la que se decía que sería el artífice de la derrota de las fuerzas nacionales mediante la división que imponía y los impedimentos para la presentación de una candidatura contrarrevolucionaria en las elecciones de 1936. Se trató de un diario extremadamente bien hecho, que utilizó frecuentemente el color y las tipografías llamativas –hoy se las llamaría “sensacionalistas”- que desapareció el 13 de marzo de 1936 cuando sus talleres fueron incendiados como represalia por el atentado fallido contra el socialista Giménez de Asúa.

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Reflexiones sobre España y los españoles (I). Consumismo y ética del catolicismo

Reflexiones sobre España y los españoles (I). Consumismo y ética del catolicismo

Infokrisis.- Se conocen suficientemente las tesis de Max Weber sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo (1) que apenas tienen importancia para nuestro país como no sea por la vía de la negación. Dado que a este lado de los Pirineos el calvinismo apenas suscitó interés salvo en círculos muy restringidos a los que la Inquisición disuadió de cualquier tentación de organizarse, no apareció esa ética que en Centroeuropa y en EEUU encontró su meca.

Dos éticas, protestante y católica, frente al capitalismo

Weber parte de la observación de que la estructura religiosa de una sociedad afecta profundamente a sus comportamientos sociales  y, a partir de ahí explica que el capitalismo ha arraigado mejor en unos países que en otros, constata que es allí en donde el protestantismo cuajó en donde mejor arrancaron las economías capitalistas más frenéticas. Ética del trabajo y del esfuerzo como forma de pagar nuestros pecados, ética de la austeridad y del rigorismo moral, convicción a fin de cuentas de que Dios toca a sus elegidos con la fortuna material y la riqueza cuando siguen esa vía. Tales son las ideas de Weber en este terreno.

Esta tesis se adapta como un guante a las fases iniciales del nacimiento del capitalismo, pero diría mucho menos sobre las fases posteriores de su desarrollo y, a decir verdad, estaría en franca contradicción con el consumismo que apareció en los años veinte y treinta y que se exasperó a partir de los años 50 y en nuestro país una década después. Y si intentamos adaptar la tesis de Weber a nuestro país tan sólo servirá para explicar porqué llegamos tarde al arranque el capitalismo pero en absoluto para explicar la fisonomía capitalista de nuestra sociedad que, a todas luces, tiene en el catolicismo a su única componente religiosa. Dicho de otra manera: la cuestión a plantear es ésta: ¿cómo influyó el catolicismo en el desarrollo del capitalismo español? Porque, este es el hecho inicial constatado por Weber, toda estructura religiosa de una sociedad determina la fisonomía de la estructura económica de esa misma sociedad.

El único punto que posibilita arrancar una discusión sobre este tema es la diferencia entre las dos éticas, la protestante y la católica. Se conviene que la ética protestante supone una relación individual y personalizada con Dios (a partir del “libre examen” de los textos bíblicos y de la interpretación que cada uno le dé), mientras que la católica implica una aceptación colectiva de los principios enunciados por la Iglesia a la que se reconoce “autoridad”. Es lo que va de un sistema individualista y liberal a un sistema autoritario y jerarquizado de creencias. En el protestantismo no existe jerarquía, la función del “pastor” es, como máximo orientar a los fieles y presidir su asamblea, mucho más que guiar y establecer normativas. En el catolicismo, en cambio, todo está jerarquizado, regulado y sometido a normas emanadas por la cúspide vaticana. La jerarquía católica dice lo que es justo y necesario, establece el patrón de normalidad y el modelo a rechazar. No fomenta la iniciativa individual que podría ser peligrosa para su sistema de creencias y, por tanto, en su interior solamente han destacado como grandes capitalistas aquellos que experimentaban una sensación extrema de pecado y culpa, convencidos de que solamente el sufrimiento y el trabajo a este lado de la existencia conseguirán redimir la falta originaria. Pero siempre, en el catolicismo, se ha tratado de excepciones; la regla ha sido muy diferente.

De la sociedad trifuncional al consumismo

En efecto, en los estatutos de los gremios y de las corporaciones de los oficios medievales que subsistieron en todo su esplendor hasta la Revolución Francesa y en España hasta el trienio liberal, prolongando su presencia incluso hasta los años 60 del siglo XX, estuvo siempre presente una componente de austeridad pero también de moderación en el comportamiento. El artesano afiliado a los gremios trabajaba para vivir honesta y dignamente, no para amasar riquezas. Le bastaba obtener unos medios que garantizasen su dignidad, la de sus aprendices y de su familia, y ello le bastaba para seguir el mandamiento bíblico de “trabajarás con el sudor de tu frente”. No existió jamás en el gremialismo europeo la obsesión por el trabajo como apareció en el siglo XVI con la reforma protestante en Europa Central. Es significativo, por ejemplo, que en el Reino Unido, tras la escisión anglicana, los gremios siguieron siendo católicos y que, incluso en el área del Sacro Imperio tuvieron una alta componente católica hasta su desaparición de sus últimos restos en el marasmo de la II Guerra Mundial.

Es importante recordar que el papel de los gremios en las culturas indo-europeas fue el de encuadrar a la “función productiva”, tercera pata de una estructura social completada por la “función guerrera” y la “función sacerdotal”: hombres para defender a la comunidad que agrupaba a las personalidades dadas a la acción, hombres para orar por la comunidad para personalidades dadas a la contemplación y hombres para producir bienes para la comunidad dados al trabajo sobre la materia.

En realidad, debemos entender el capitalismo como una anomalía que apareció a finales de la edad media en este universo orgánico, jerárquico y trifuncional. En esa época, cuando se inició el comercio con Oriente, aparecieron un tipo de persona que estaba fuera de la disciplina de cualquiera de estos tres estamentos: el comerciante. Este se había especializado en traer mercancías de la Oriente para venderlos en Europa Occidental y fue capaz de generar un excedente de capital sin medida ni límite, y, por supuesto, sin la imposición moral del gremialismo.

En el momento en que la figura del comerciante se interrelacionó con la del banquero (habitualmente judíos, genéticamente especializados en la especulación y el préstamo con usura dado que el católico lo tenía prohibido), se sentaron las bases para la futura eclosión del capitalismo. Y ese proceso se dio también en las sociedades no calvinistas de la Europa del Sur y del Oeste y explica parte de las acumulaciones de capital anteriores al siglo XVIII en nuestro país.

El “rentista” producto de nuestra historia patria

Cuando se empieza a producir la decadencia del Imperio Español, aparecen fenómenos extraños y casi diríamos enfermizos en nuestro arte: de un lado irrumpe la arquitectura barroca que en España adopta unas formas excepcionalmente retorcidas y complejas; por otro la poesía cultera de Góngora que traslada a la literatura esta misma complicación. El barroco termina siendo yeso cubierto de purpurina –esto es, pobreza de materiales encubierta por formas complejas-, una especie de quiero y no puedo, un estar a la altura del lujo y de la riqueza muy por encima de las propias posibilidades.

Por entonces España ha tenido también una alteración sociológica. Aparece la figura del rentista, habitualmente un noble que percibe rentas de sus amplias posesiones agrícolas. No trabaja, ni siquiera organiza el trabajo, ni planifica la producción, ni se responsabiliza de ella, simplemente se limita una vez al año a percibir las rentas productos del trabajo de otros realizado sobre los territorios de su propiedad. En realidad, éste mismo sistema estaba en vigor en la misma época en toda Europa, pero con una pequeña diferencia: la nobleza española era extraordinariamente más numerosa que la de cualquier otro país europeo. Esto se debió a dos fenómenos complementarios: de un lado los ocho siglos de Reconquista, prolijos en hechos heroicos que tuvieron como contrapartida la concesión de títulos de nobleza y la superposición posterior de la nobleza del blasón a esta nobleza de la sangre, es decir, de los títulos nobiliarios concedidos alegremente en los años de la decadencia imperial y posteriormente con la llegada de los borbones, para mostrar agradecimiento a los cortesanos sin que mediara acción heroica alguna.

En tanto que rentistas, esta ingente masa de títulos nobiliarios, llevaron una vida completamente ociosa sin preocuparse ni por la producción, ni por la ordenación de los cultivos, ni por la administración de los tierras, sino solamente ocupados a llevar un ritmo de vida improductivo sostenido por... las rentas. Cuando en el siglo XIX y XX, los volúmenes de estas rentas fueron descendiendo, esa nobleza siguió subsistiendo vendiendo lotes de tierra según las necesidades de su economía, proceso que todavía sigue hoy en algunas zonas de la España rural.

La figura del rentista es importante porque su figura iba acompañada de una serie de seudo-valores: es una persona que goza de “prestigio” (no trabaja, no se esfuerza, tiene veinticuatro horas del día para disponer de su tiempo a su libre antojo, dispone de una vida social extremadamente rica y diversificada), tiene “posesiones” (una casa o un palacio que destilan riqueza, ostentación, dispone de criados y sirvientes uniformados que, incluso, en algunos casos, caminan por las calles ostentando en sus vestidos las iniciales de su señor como forma extrema de ostentación), dedica buena parte de su tiempo a los “juegos” causando admiración general por sus vestidos extremadamente cuidados y sus habilidades y, finalmente, tiene, en conjunto, una “imagen” extraordinariamente atractiva y atrayente. Se le puede ver en las fiestas comunitarias, presidiéndolas, se prodiga en general mucho más en los ambientes populares que cualquier otra nobleza europea, mucho más reducida y extremadamente elitista.

La figura del aristócrata rentista se complementa con la de la estructura religiosa que destila jerarquía. El Papa ordena a los cardenales, estos tienen prelación sobre los obispos y los monseñores y estos, a su vez, sobre los sacerdotes diocesanos y, paralelamente, las órdenes religiosas están igualmente estructuradas jerárquicamente. La jerarquía es el rasgo de las sociedades españolas incluso durante los siglos de la decadencia.

Sociedades católicas y consumismo

Y en lo que se refiere a las artes, nada que ver el desarrollo casi hipertrófico de las artes en la Europa Católica como la austeridad propia de la Europa Protestante. En realidad el protestantismo realiza una primera laicización de la sociedad europea concentrando su esfuerzo en la palabra el pastor en la asamblea de los fieles, mientras que el catolicismo desarrolla una liturgia extremadamente florida que sugiere una tendencia a lo suprasensible, precisa de ornamentos para expresar sus dogmas, adorna sus centros de culto con metales preciosos y demás formas de arte sagrado que intentan expresar la grandeza de lo divino y dar a la “casa de Dios” el aspecto que debe corresponder por la grandeza del Altísimo.

Finalmente, todo esto determina un ethos comunitario en el catolicismo, mientras que el protestantismo favorece la exasperación de formas individualistas.

Y es así, sobre estas características como se explica el hecho de que las sociedades protestantes y calvinistas hayan sido extremadamente diestras en arrancar el sistema capitalista y obtener de él el máximo de beneficios… mientras que las sociedades católicas –y la española más que ninguna otra- quedaban atrás y solamente alcanzaron en rigor un nivel de vida similar, cuando irrumpió la “sociedad de consumo” ya en el siglo XX.

Efectivamente, dadas las características del catolicismo, difícilmente podía alumbrar una sistema de tipo capitalista (lo que, como hemos dicho no excluía el que algunas personalidades torturadas por la idea del pecado original y la redención mediante la expiación de la culpa, vieran en el trabajo un camino) pero sí en cambio eran el campo mejor abonado para el crecimiento rápido –casi diríamos instantáneo- de la sociedad de consumo.

En la sociedad de consumo percibimos, laicizadas, todas las “virtudes” presentes en la sociedad católica de la decadencia española: poseer es símbolo de “prestigio” social, ya no se trata de “ser” sino de “parecer”, y para ello se recurren a la “posesión” de signos externos de riqueza que, en su conjunto, ofrecen una imagen de la persona, teniendo en cuenta que la imagen es un reflejo de la persona y no la persona en sí misma. ¿Qué es el consumidor moderno sino un receptáculo de todos estos seudo-valores? La idea del “qué dirán” presente ya en la literatura –por tanto en la sociedad- española del siglo XVII y XVIII pasa a ser la doctrina del consumidor español del siglo XX.

Para colmo, la estructura jerárquica de la Iglesia Católica había calado profundamente en la sociedad española a diferencia de las sociedades protestantes. Esta noción explica el porqué en los EEUU se invierten muchos más recursos en publicidad que en España. En efecto, mientras que en EEUU costaba arrancar al consumidor target de la ideología de la austeridad que acompaña al calvinismo, en España ha bastado siempre con que los llamados “líderes de opinión” (individuos considerados como imágenes para la sociedad) usaran determinados bienes de consumo para que estos fueran inmediatamente anhelados por el resto de la sociedad. Era el resultado de una sociedad jerarquizada habituada a seguir e imitar a quien se sitúa en la cúspide.

Mientras que las sociedades protestantes y calvinistas son “esencialistas”, las sociedades católicas son “esteticistas”, tal como hemos visto al aludir al desarrollo desigual de las artes en ambas doctrinas. Las sociedades esteticistas, al evolucionar, se pierden en los escaparates de consumo; mientras que las esencialistas atienden solamente a sus necesidades y a satisfacerlas, las esencialistas para satisfacerlas miran a la cúspide de la pirámide social e intentan imitarlas.

Por eso, en las sociedades católicas como la española es donde el consumismo se ha extendido como un reguero de pólvora en el momento en que se han dado las condiciones adecuadas para ello (en los años 60). A la inversa, las sociedades protestantes les ha costado menos llegar al capitalismo que al consumismo: lo han logrado a fuerza de habituar al ciudadano a consumir mediante sobredosis de publicidad.

El origen de la sociedad de consumo

Vale la pena recordar el origen de la sociedad de consumo para situar un poco mejor la cuestión. Con el siglo XX nacieron dos fenómenos que deberían cambiar la faz de la Tierra: el fordismo y el taylorismo. El fordismo consistía simplemente en el abaratamiento de los costes de producción y en la transformación del proletariado de trabajadores alienados en consumidores integrados mediante el aumento del salario. A su vez, el taylorismo suponía una optimización al máximo de los movimientos y de los gestos de los trabajadores, calculando la duración media de cada uno de ellos, simplificándolos y racionalizándolos para que en el mismo tiempo lograron una máxima productividad. Estos dos fenómenos, favorecieron el que al estallar la I Guerra Mundial pudieran producirse grandes cantidades de armamento y equipo para los combatientes. Al acabar el conflicto, las plantas de producción seguían en pie, pero debían dedicarse a la producción para usos civiles. Pronto estuvo claro que el consumo interior constituía un mercado insuficiente para absorber los bienes producidos, y esto forzó a recurrir a la exportación, pero pronto se hizo evidente que ni siquiera así se podían absorber las enormes cantidades de bienes producidos y eso fue lo que forzó a modificar el modo de vida de las poblaciones y llevó a la sociedad de consumo. Los dos instrumentos básicos para esta transformación fueron el marketing y la publicidad y el enemigo era la sociedad tradicional que no soportó más de 20 años en ataque (los que mediaron entre 1919 y 1939).

Antes de iniciar la II Guerra Mundial, el consumismo ya había irrumpido en EEUU y en los países más avanzados de Europa. En España apenas había despuntado. La Guerra Civil interrumpió el tímido proceso hacia el consumismo; luego, la miseria de la postguerra y el aislamiento internacional que se prolongó hasta 1956 no fueron los terrenos más abonados para establecer una verdadera sociedad de consumo: todavía existían las restricciones de energía y las cartillas de racionamiento.

Fue a partir de principios de los años 60 cuando aparecieron masivamente los productos de consumo, vehículos, electrodomésticos, vestido, etc, en número suficiente como para estimular su compra sin que aparecieran problemas de desabastecimiento. Pero en España el afán de “propiedad” de nuevos objetos alcanzó a sectores que habían estado ausentes en la fiebre del consumo generada en otros países europeos. En efecto, mientras que en el Reino Unido en 1980 solamente el 21,2% de las viviendas era de propiedad privada y el 78,8% de titularidad pública, en España el 93,3% era privado y el 6,7% público. En lo relativo a las viviendas de alquiler en ese mismo período, mientras que en Alemania el parque era del 58% en España apenas llegaba al 12%.

Es fácil interpretar esta tendencia en el contexto que hemos definido anteriormente: si la sociedad española tenía una conciencia jerárquica traspasada por el catolicismo y tendía a imitar los comportamientos de quien se encontraba en la cúspide de la jerarquía, estaba claro que los bienes inmuebles eran la forma de propiedad que caracterizaba a esa cúspide. De hecho pueden encontrarse también rastros en la exagerada eclosión de la burbuja inmobiliaria en el período 1995-2007.

Así mismo, el desprecio por el trabajo manual que fue una de las características de la aristocracia española desde los grandes Austrias. Ese mismo desprecio se daba en Europa, pero, como ya hemos dicho, la aristocracia española tenía un carácter hipertrófico. Y esto ha llegado también hasta nuestros días en el ideal del “pelotazo” y en la búsqueda de un rápido enriquecimiento mediante el recurso a la economía especulativa. El “rentista” de ayer es el especulador de hoy: casi un ideal colectivo en España. ¿Y la economía productiva? En ningún país como en el nuestro se ha producido un descrédito y una desprotección por parte de las autoridades a la economía productiva. Es todo un país hoy el que parece decir: “¿Trabajar? ¿Para qué?”.

El pueblo español procedió al “consumo por imitación” y lo hizo de manera colectiva, como se hacen las cosas en toda sociedad de origen católico. El resultado ha sido deletéreo: no quedan rastros de la sociedad tradicional; el catolicismo, después de proporcionar el esquema de fondo para la orgía consumista en los años 60, fue decayendo a partir de entonces y hoy apenas tiene influencia social salvo en zonas rurales. La trampa consistía en que el consumo de bienes materiales arrastra hacia la materia y la materia aleja del espíritu, por tanto una sociedad consumista es, casi necesariamente, una sociedad volcada hacia lo contingente. El catolicismo hizo el trabajo sucio, adecuó mentalmente a nuestro pueblo para asumir el consumismo y cuando éste irrumpió, ese mismo pueblo dio la espalda a la religión tradicional.

(1)    Max Weber, Ética protestante y espíritu del capitalismo, Fondo de Cultura Económica, México 2003.

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Un concepto machadiano: el “macizo de la raza” (II de II). El fracaso de nuestra historia patria

Infokrisis.- Ahora lo que importa es el fútbol y si no es el fútbol, los días que no hay fútbol, es el tenis. Y en la mañana de los domingos, cuando no hay partido, es la fórmula 1, y luego nos reímos de países como Brasil en donde cada día es una final, sino de fútbol de vóley-playa y si no es de la liga estatal, lo será de la liga nacional y si no será una final de fútbol femenino y si no de juveniles, qué más da: entre samba y samba cualquier cosa es buena para engañar el hambre. Por eso hoy la idea de España ha vivido cierta revalorización en estos últimos años: no porque los españoles valgamos algo más que ayer, sino porque nuestra selección de fútbol ha ganado un mundial como lo ganó la de baloncesto, y porque Nadal rivaliza con Alonso en traer “nuevas glorias a España”. Es así que estamos más orgullosos de nosotros mismos justo en el momento en que nuestras tasas de paro duplican a las de cualquier otro país europeo. Damos más vivas a España en los estadios que nunca antes en nuestra historia, justo cuando nuestra economía está descarrilada para los próximos diez años que se avecinan y cuando aquí nadie espera, ni que el partido del poder, ni el de la oposición nos vayan a sacar antes del estado de ruina y de derribo que anuncia el cartelito a la entrada en España. Aquí no se mueve ni Dios sino es para coger al mando a distancia o para aplaudir al campeón de turno. Al menos ellos nos recuerdan que somos los mejores y nos confirman en esa soberbia nacional de la que hablara Ortega.

¿Y la política? La política no le ha interesado a nadie desde los tiempos de Antonio Pérez. Incluso cuando en la universidad bramaba contra el franquismo, la inmensa mayoría de estudiantes eran pasivos: les daba igual declararse en huelga o asistir a clase, si iban a la huelga poco importaba los motivos que les llevaran a ella y si todo era, a fin de cuentas, una tarea de meneurs y de apparatchiks del PCE. Cuando la militancia de los partidos declinó a principios de los 80, aparecieron las tribus urbanas y entonces entendimos que nosotros, cuando éramos jóvenes, si militábamos era porque los partidos encarnaban y cristalizaban los impulsos juveniles de clan: los había maoístas, trotskistas, anarquista, comunistas, falangistas y de defensas universitarias, como hoy hay skinetes, punkarras, mods, heavys, góticos y rockeros. Había entonces tantas variedades de trotskistas como hoy las hay de góticos…

El inmovilismo de nuestro pueblo se completa con el apoliticismo consuetudinario de “esto no va conmigo”, “la política no me interesa”, “todos son iguales”, “yo a lo mío” y así sucesivamente. Uno por otro, la casa sin barrer. Los principales promotores del apoliticismo, paradójicamente, han sido las clases que históricamente han gobernado este país: “contra más alejado esté el grueso de la población de las tareas de gobierno, mejor, no sea acaso que se aproximen demasiado y quieran, esos jodidos, opinar”. Ese razonamiento que es hoy el del zapaterismo, tanto como fue ayer el del aznarismo, y que ha sellado una brecha insalvable entre los partidos políticos y el grueso de la población, no es nuevo ni de hoy, es de siempre: cuando la iglesia y el clericalismo detentó el poder, el apoliticismo ya era un signo de los tiempos: “los pastores deben dirigir al rebaño”, decían. Y solamente un rebaño suficientemente inconsciente de sí mismo y de su condición de rebaño se deja llevar al matadero. Bajo el franquismo, por paradójico que pueda parecer, quienes más fomentaban el apoliticismo eran los profesores de Formación del Espíritu Nacional que nunca, absolutamente, recomendaban ni afiliarse a la OJE, ni mucho menos leer las Obras Completas de José Antonio, no fuera a ser que se percibiera el desfase. El mismo Franco recomendaba a Salgado Araujo aquello de “haga como yo, no se dedique a la política”. Y la oposición democrática nos quería convencer de que el partido de fútbol emitido cada 1º de mayo después de la “demostración sindical” no era sino un intenta de “despolitizar a las masas” y hacer la puñeta a los trabajadores. Cuando tuvieron el poder, no solo un partido al año, sino uno al día, ha sido la ración con la que nos alimentan. No puede extrañar que nadie se alarme porque los niveles de abstención en algunas elecciones estén ya en torno al 50%. A los que mandan, la abstención nunca les viene mal, peor sería que los jodidos estos fueran y votaran a un partidos que no es del stablishment

El apoliticismo de nuestro país, no es una derivada de la incapacidad de la clase política por interesar a la población en la gestión de la cosa pública, sino un subproducto amoral del “macizo de la raza”, de su pasividad y de su indiferencia hacia todo lo que no sea estrictamente individual y del día a día. En tanto que inmovilistas, las masas españolas –pero también el capitalismo español- ha tendido a buscar solamente la seguridad por encima de cualquier otro valor. Y ya se sabe que fuera del corral de seguridades está la innovación, por eso España ha ido atrasada en relación a Europa y por eso contra más conservador ha sido un sector político, más alejado ha estado de lo que se cuece en Europa. El primitivismo del que siempre ha hecho gala la extrema-derecha española solamente es un reflejo radical de lo que decimos, pero no por ello es menos significativo. Cuando Zapatero inició su política de “ingeniería social” para convertir nuestro país en la ilustración de los paraísos perdidos descritos en El Correo de la UNESCO, la propia izquierda se asustó: una cosa es el aborto libre y otra muy diferente el aborto sin avisar a papá; así mismo, cuando la CNT en los años 90 empezó a tomar partido por los “movimientos sociales” (gays, feministas, okupas, etc.) los primeros en abandonar la organización fueron los obreros, “una cosa es la anarquía y otra el mariconeo”, me decía un antiguo secretario general de actividades diversas de la CNT.

Incluso los progres en España, lo son por pereza mental y pusilanimidad y basta ver los pobres argumentos de los gays del PSOE y de sus ínclitas feminitudas para ver que ni siquiera saben de lo que están hablando, pero la pereza mentales les induce a que lo progre es lo bueno, sin más consideraciones. Incluso saber de qué va lo progre implica cierto esfuerzo intelectual que la pusilanimidad del ala izquierda del “macizo de la raza” ya no alcanza. De hecho, personalmente creo que la izquierda española solamente leía en el tardofranquismo cuando existía la creencia de que la mejor forma de ligar en determinados partidos era dando muestra de que se dominaban determinados temas. De la Organización Comunista de España Bandera Roja, se decía que se “reproducía por vía vaginal” y los había entonces que solamente han ligado con alguna militante gracias a haber leído el último libro de Nikos Poulantzas o de Louis Althuser. Pero cuando la mujer de izquierdas simplificó su exigencia cultural y fue a confluir con la de derechas en que nada cómo un revolcón, las editoriales marxistas fueron cerrando una tras otra. En las próximas elecciones Zapatero se presentará no como el hombre de la “ingeniería social” que quiso crear una nueva sociedad, sino como el hombre que nos devolverá a las etapas de progreso anteriores a la crisis. Su único mensaje no será de “novedad” sino de “seguridad” como haría cualquier conservador.

El apoliticismo reforzó como pocos el “macizo de la raza”, incluso hizo que el Estado quedara reducido a una cúpula administrativa y burocrática, sin orientación ni sentido. Víctor Alba dice: “El Estado quedó reducido a una administración, una burocracia, es decir, un sistema de trámites y reglas por el cual se trata de mantener la inmovilidad y de administrar la pasividad”. Lo que no dice es que la ambición de las oligarquías regionales era reproducir ese esquema burocrático en su jardín. Si la administración del Estado es una burocracia pesada, la administración autonómica es un paquidermo arteriosclerótico y de trompa hipertrófica: absorbe un plus de energías que podrían dedicarse a cambiar la región. Pero dado que en España, hasta los independentistas han asumido tanto o más los peores valores del ser español, no es raro que las burocracias regionales sean una pesada e insoportable losa.

En Catalunya esto es más claro que nunca. La santa alianza entre las 300 familias de la alta burguesía catalana y los medios de comunicación regionales, ha garantizado en los últimos 100 años el que todos los problemas que afectaban a Catalunya serían responsabilidad de Madrid y que las autoridades catalanas, nunca tendrían parte de culpa en nada. Y así se llegó a partir de los años 90 a que los catalanes ignoraran que su autonomía era una de las más corruptas –qué diablos: la más corrupta- sólo porque los medios de comunicación catalanes no les informaban de algo que en cualquier otra zona de España sería material de primera página. Hoy, en Catalunya, cuando se aproxima una competición electoral, a nadie parece importarle que la abstención pueda rondar el 50%. De hecho, lo que aspiran los partidos catalanes es a que “les dejen hacer”, esto es, que la población no se inmiscuya en la tarea de gobierno, ni en la administración: eso implicaría reducirla y asumir un compromiso de eficacia incompatible con el clientelismo y con el enchufismo instaurado por los partidos. A decir verdad, según la doctrina del “macizo de la raza”, es en Catalunya, a juzgar por la increíble inhibición de la población en la cosa pública, en donde aquella región se perfila como más española incluso que los campos de Ciudad Real, los altos valles del norte, los páramos aragoneses o la áspera meseta de pertinaz sequía…

El funcionariado y su pasividad y sumisión han sido frecuentemente uno de los más notorios refugios del “macizo de la raza”. Tradicionalmente, los hijos de las zonas más pobres del país tenían como ambición opositar para prosperar económicamente. Los jueces, notarios, agentes de cambio y bolsa, abogados del Estado de más de 60 años proceden en gran medida de la “España pobre”. Hay entre ellos pocos vascos y catalanes. Para los hijos segundos de las familias, la vía de la milicia o la vía del clero, eran una salida para quien no había sido bendecido por el mayorazgo. Hoy, todo eso ha cambiado extraordinariamente: España se ha empobrecido, España se ha desertizado industrialmente y cualquier hijo recibe la recomendación de su padre de no ser autónomo, de no intentar aventuras económicas propias y de confiar su futuro a la modestia de un sueldo público. Los catalanes y los vascos han entrado en las oposiciones en igualdad con cualquier otra región de España. Razón de más para considerar que catalanes y vascos forman hoy parte del “macizo de la raza” como cualquier otra región.

Llama la atención como algunos de los valores que siempre han acompañado a la definición de “españoles” sea el sentido del honor. El honor calderoniano parece inherente a los mejores momentos de nuestra historia. Acaso solamente en la Prusia de los caballeros teutónicos y en el Japón del crisantemo y la katana, ha existido un sentido del honor tan estricto. Lamentablemente para nosotros, a lo largo del Siglo de Oro, ya empezó a experimentarse la decadencia de este valor, cuando el honor quedó relacionado especialmente con asuntos de cama: no es raro que uno de los mitos de nuestra literatura sea el de Don Juan Tenorio, capaz de matar a quien le disputaba un casquete o difería en número de conquistas. España inventó el doble lenguaje antes que cualquier otro país: cuando unos decían “honor” en realidad querían decir “aquí, uno libre de cuernos”; y en ocasiones incluso se inventó el triple lenguaje añadiendo lo de “para cuernos los tuyos”.

De aquellos tiempos remotos también tiene su gracia el que el misticismo español tuviera como eje central el “quietismo”. Así como en otras latitudes el impulso hacia la trascendencia supone casi un tomar el cielo por asalto, nuestros místicos del Siglo de Oro –a los que tras leerlos y leer su época y sus escritos me da la sensación de que siguieron lo que Evola ha llamado una “vía autónoma hacia las trascendencia” y, les sonó la flauta por casualidad. Mientras en todo el mundo el misticismo era una vía dura que había que seguir hasta el final, la gran aportación de España para la realización del ser fue una especia tancredismo espiritual: aquí me las den todas y aquí me quedo ajeno a todo, esperando solo que venga Dios y me cubra con su manto. A eso se le llamó “quietismo” y fue el no va más espiritual a finales del XVII, cuando Miguel de Molinos fue conducido ante la Inquisición y recluido a perpetuidad. Hasta las herejías en España tienen el inequívoco aroma del “macizo de la raza”…

Puede haber un equívoco en todo esto. Pienso en un Julius Evola que nos habla de la “tradición” y pienso que quizás alguno entienda que el “macizo de la raza” se refiere a la persistencia y al respeto a la Tradición. Nosotros somos de los que opinan como D’Ors que “todo lo que no es tradición, es plagio”. La Tradición es algo vivo, algo que una generación recibe de la anterior, la perpetúa, pero también la actualiza y la engrandece. El ciclo de Roma duró casi 1000 años desde la fundación de Roma la Grande hasta que Odoacro rey de los hérulos depuso a Rómulo Augústulo: y Roma fue grande mientras los romanos supieron actualizar su Tradición. Cuando ésta se negó a sí misma y sobre esa negación el cristianismo primitivo arraigó en el siglo II, la pendiente para su decadencia ya estaba trazada. La antigua Roma concebía el mundo como algo dinámico en cuyo centro se encontraba la idea imperial: ésta debía adaptarse a los riesgos, a los desafíos, a nuevos proyectos, incluso a aventuras, cuando todo esto fue sustituido por el dogma inamovible, Roma cayó. Allí donde hay dogmas, allí hay inmovilismo, es inevitable.

Ser “conservador” quiere decir preservar una forma de ser en cada momento histórico. Thomas Molnar, en La Contrarrevolución (6), explica que todo régimen experimenta un momento en el que la reforma es necesaria pero ese régimen, anclado en sus seguridades se niega a hacerla porque todavía se siente fuerte y soberbio despreciando a quienes ejercen el papel de Casandra. Pero, el tiempo que lo mata todo, sigue corriendo y ese mismo régimen, poco después de encuentra con un momento en el que ya no puede aguantar más el peso de las crisis, pero ya no es posible realizar una reforma, porque cualquier alteración entrañaría automáticamente evidenciar un signo de debilidad y entregar ese régimen a los chacales. Luis XIV y Luis XV pudieron hacer la “reforma necesaria”, pero no así Luis XVI. Luis XV lo entendió perfectamente incluso en el momento de explicar cuando pronunció aquella frase de “después de mí, el diluvio”.

La Tradición, o se renueva o muere. Y cuando está muerta, lo único que queda es certificar su defunción en la forma que se ha conocido y tratar de reconstruirla. En la medida en que la Tradición española decae desde los últimos Austrias, progresivamente, esa Tradición deja de serlo y pasa a ser “inercia”. Esa inercia duró en España, desde antes de la paz de Westfalia hasta mediados del siglo XX, cuando una serie de infelices circunstancias dieron como resultado la apertura de nuestro país al consumismo. Justo en los momentos en los que hubiera sido preciso contar con una “base espiritual” para mantener los niveles de consumo en el lugar que le son propios (como auxiliares de la vida y no como centros de la existencia) la Iglesia Católica que precisaba desde hacía dos siglos un “aggiornamento”, finalmente lo intentó en el Vaticano II. Pero la modificación de las liturgias supuso solamente una caída en picado de la influencia de la Iglesia española que por lo demás, en los últimos siglos siempre había sido un elemento auxiliar del “macizo de la raza”. Con Franco muerto, con la Iglesia en fase de desmantelamiento, con la eclosión democrática, estos fenómenos se superponen a la gran transformación que sobreviene en el Primer Mundo a partir de la fabricación del microchip de silicio. Pocos años después, en 1989, la globalización financiera ya es posible. Cuando se vivían los últimos años del régimen, Berzynsky ya ideaba sus teorías sobre la complejidad de las democracias modernas y la imposibilidad de dejarlas al albur de los caprichos de las masas. Ya en 1973 había aludido a la necesidad del entertaintment como forma de narcosis para las masas. Todo esto reforzó y se superpuso a nuestra tendencia natural como pueblo a la apatía y la pusilanimidad y todo esto, por sí mismo explica porqué el pueblo español vive lo más apáticamente la crisis económica a pesar de que es sobre su suelo –el nuestro- en donde está alcanzando y alcanzará gran virulencia.

Anteayer mismo pude oír por Onda Cero al economista Niño Becerra explicar que la crisis empieza ahora, que todo lo que hemos conocido hasta ahora era una filfa de crisis, un verdadero pastelazo porque existían esperanzas, pero que, a partir de que el Banco Central Europeo mantuviera la “barra libre” por todo el tiempo que hiciera falta (lo que demuestra que el sistema bancario dista mucho de estar saneado), a partir de que los EEUU pusieran en marca un segundo plan de recuperación (lo que implica que las medidas del primero no surtieron efecto) y a partir del reconocimiento que los tests de stress realizados a la banca intentaran con poca fortuna restablecer la confianza de los inversores en que las cosas iban bien… todo esto, junto, demostraba que no, que las cosas distan mucho de ir bien y que vamos a tener crisis, como mínimo hasta el 2020.

La reacción de los contertulios de Carlos Herrera y del propio gran timonel mediático fue elocuente: acongojante sentimiento de que Niño tenía razón, pero que la vida sigue; el avestruz ocultará siempre la cabeza ante un peligro, y finalmente el programa derivó hacia las virtudes de la patata y las formas de cocinarla (gracias a lo cual hoy he podido comer unas mayestáticas patatas con sobreasada).

El “macizo de la raza” sigue vivo. Aquí lo importante es el jamar continuo y el buen folgar. Y maldito sea si algún agorero viene a decirnos que esto no tiene remedio y que nos hemos habituado ya a las pendientes y que nuestro sistema sensorial se ha adaptado a esta constante de nuestra historia, restando dramatismo a algo que debería de sembrar de desesperanza y desasosiego a unos, pero sobre todo a otros, armarlos de la inquebrantable voluntad de que este no puede ser un pueblo en el que el fracaso histórico sea nuestro compañero más habitual.

Notas

(1)    Dionisio Ridruejo, Escrito en España, Buenos Aires, 1962, pág. 57.

(2)    Antonio Machado, Campos de Castilla, Alianza Ed., Madrid 2006.

(3)    Víctor Alba, Los Conservadores en España, Ed. Planeta, Barcelona 1981, pag. 341.

(4)    Ramiro Ledesma, ¿Fascismo en España? – Discurso a las Juventudes de España, Ed. Ariel, Barcelona 1968.

(5)    José Ortega y Gasset, España invertebrada, Alianza Editorial, Madrid 1981, pág. 45.

(6)    Thomas Molnar, La Contrarrevolución, Unión Editorial, Madrid 1976, pág. 89.

© Ernest Milà – Infokrisis – iInfokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Un concepto machadiano: el “macizo de la raza” (I de II). Los contenidos del “macizo de la raza”

Infokrisis.- Hay un concepto machadiano que “suena” pero que habitualmente no se logra fijar en toda su exactitud. No estoy muy seguro de que se trate de un término afortunado, es más confuso. “Macizo de la raza”, en efecto, es un término que aparece en el poema de Machado El Mañana Efímero, aquel que empieza con “La España de charanga y pandereta / cerrado y sacristía / devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y alma inquieta / ha de tener su mármol y su día / su infalible mañana y su poeta” y sigue: “Esa España inferior que ora y bosteza / vieja y tahúr, zaragatera y triste / esa España inferior que ora y embiste / cuando se digna usar la cabeza / aún tendrá luengo parto de varones / amantes de sagradas tradiciones”. El poeta desconfiaba, a fin de cuentas, en la capacidad de regeneración de España: “El vano ayer engendrará un mañana / vacío y ¡por ventura! pasajero”. Pero intenta esbozar una esperanza: “Mas otra España nace / la España del cincel y de la maza / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza /Una España implacable y redentora / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora / España de la rabia y de la idea”.

El concepto del “macizo de la raza” no hubiera dejado de ser un verso en un poema envuelto entre destellos de esperanza y brumas de desesperación, de no ser porque Dionisio Ridruejo lo rescató para darle una connotación política en su obra Escrito en España (que paradójicamente sería editado en Buenos Aires en 1962 y que, nosotros sepamos, nunca se ha reeditado en nuestro país). Ridruejo aportó a este concepto de “macizo de la raza” un contenido concreto y, casi diríamos, sociológico. Para el poeta, cuyo recorrido intelectual abarcó desde la Falange a la socialdemocracia, pasando por el frente ruso como combatiente de la División Azul, el “macizo de la raza” aludía a aquello que en los años 70 se llamó “mayoría silenciosa” y que hoy sería, más bien, “inmensidad apática”. Está presente en todos los países, pero en España es, sin duda, una constante histórica; es esa mayoría “que respira apoliticismo, apego a los hábitos tradicionales, temor a la mudanza, confianza en las autoridades fuertes y superstición del orden público y la estabilidad. Aparecía integrada por campesinos propietarios, pequeños o medios, por artesanos y pequeños industriales, comerciantes y rentistas, y asimilaba también en las provincias españolas a buena parte de la clase intelectual, de los profesionales libres” (1). Ridruejo respira en estas líneas cierta desesperación y un malhadado progresismo que lo embarga.

Claro está que los escritos de cada intelectual son altamente tributarios de sus experiencias vitales y las de Ridruejo no habían sido particularmente risueñas con el franquismo que se apoyaba precisamente en todos estos sectores sociales a los que él denunciaba como integrantes del “macizo de la raza”. Pero hace falta ir más allá, porque dentro de poco hará 50 años que se escribieron estas líneas y mucho más desde que Machado lanzó el término en un verso perdido, y aunque sigue siendo un concepto, casi diríamos “axial” en la España que va de la decadencia de los Austrias hasta el desgraciado período del zapaterismo, su soporte sociológico se ha ido transformando y hoy es otro.

Machado, en el remoto 1912, cuando publica Campos de Castilla (2) en el que está incluido este poema, es un hombre abatido, su esposa acaba de morir, el desastre del 98 queda demasiado cerca como para que pudiera inhibirse de la culminación de nuestro ocaso histórico. Es un hombre del 98, de la “generación del 98” y queda siempre en él algo de esperanza subsumida en cientos de versos y en miles de páginas de abatimiento y frustración. En aquella época hay en el poeta rechazo al catolicismo y a la “fe del carbonero”, rechazo a la España tradicional que considera como responsable por dejadez y apatía de la frustración nacional. Rechaza, no tanto el fatalismo como la indiferencia que se ha apoderado del país, pase lo que pase y caiga quien caiga.

Exactamente cincuenta años después, Ridruejo identifica como “macizo de la raza” a la España rural, a la pequeña burguesía y a parte de los intelectuales. En 1962, cuando Ridruejo escribía esas líneas hacía 10 años que el país había salido del “nacional-catolicismo” (quintaesencia del “macizo de la raza” machadiano) y pasaba de Guatemala a Guatapeor de la mano del Opus Dei, del tecnocratismo desarrollista y de la “modernización” de España, tutelada por los EEUU y los acuerdos de cooperación militar con ese país. Y todo eso ocurría ante la indiferencia generalizada que en cierto sentido era el autismo generado por el trauma de la guerra civil. No importa que en España gobernaran primero los falangistas, luego los propagandistas católicos y más tarde los tecnócratas opusdeistas, lo esencial era que desde el inicio de nuestra decadencia (allá por el siglo XVII) nada había cambiado esencialmente: el pueblo español permanecía apático, mudo, pasivo e indiferente a todo lo que no fuera el día a día.

Han debido de pasar casi otros cincuenta años y dos generaciones para constatar que, esencialmente, la España de 2012 sigue en las mismas. Estamos persuadidos de que hoy, Ridruejo añoraría la España tradicional que denostaba en 1962 y de la que ya no quedan ni los restos. Bendeciría el campesinado que sabía, al menos, que sólo el trabajo hace producir la tierra y abominaría de aquellos que vendieron su terruño para ver en él levantado una ominosa urbanización. Buscaría vanamente a los “pequeños industriales”, especie hoy en vías de extinción en una economía globalizada y, finalmente, alabaría a las profesiones liberales de los 50 y 60, sin comprender por qué hoy optan los licenciados en ciencias y tecnología por irse a cualquier antes que sufrir las mezquindades de nuestra contratación laboral: precariedad y temporalidad, salarios de miseria que cada vez se extienden más sin importar titulación y falta de competitividad tanto en las empresas como en los directivos.

Ni Machado ni Ridruejo sitúan al proletariado entre los integrantes del “macizo de la raza”. Unos y otros lo consideraban una clase combativa y, por tanto, apreciaban su oposición al stablishment económico de cada momento. Cuando Machado escribía su Campos de Castilla, la CNT era ya una realidad con la que había que contar y mientras Ridruejo garabateaba su ensayo, en las minas La Camocha de Asturias se acaba de fundar Comisiones Obreras. Eso les daba opción a pensar que el proletariado, al menos, se movía, en medio de la indiferencia general. Olvidaban –en la época el marxismo era la doctrina oficial de la intelectualidad- que lo que hacía mover al proletariado de la época era el hambre primero y luego el querer emular el standing burgués que les dejó entrever el desarrollismo franquista. Cuando el proletariado tuvo acceso al 600, inmediatamente quiso poder comprarse un Dodge Dart… La “conciencia de clase del proletariado” a la que frecuentemente aludían los marxistas, no era sino un extendido deseo de vivir como burgueses.

No, definitivamente, no era justo que Machado o Ridruejo redujeran el “macizo de la raza” a las clases medias y al campesinado. También la clase obrera era, en el momento en que escribían sus obras, una parte sustancial de ese macizo. E incluso nosotros diríamos una parte esencial: que se lo pregunten a Esquilache y a los ilustrados del siglo XVIII, que vieron que las mayores resistencias a sus reformas (tardías pero necesarias) llegaban de los menestrales y de las clases trabajadoras. Hubo que esperar a que Víctor Alba escribiera su ensayo sobre los conservadores, para que se incluyera al proletariado en el “macizo de la raza” (3): “las clases “bajas” eran pasivas y desconfiaban de quienes trataban de organizarlas”, recordaba el antiguo militante del POUM.

Y esto nos lleva a nuestros días: si hoy el zapaterismo puede seguir gobernando a pesar de siete años continuos de destrozos, de palabrería hueca, de humanitarismo-universalista, de ingeniería social catastrófica, de política antiterrorista exótica, de carencia absoluta de idea sobre cómo vertebrar España, de políticas sociales erráticas, de caminar con paso firme hacia el precipicio económico y de puertas abiertas a la inmigración, eso solamente ha sido posible por la apatía, la indiferencia y el pasotismo de todo un pueblo. No es algo nuevo: es lo que llevamos viendo desde que tenemos uso de razón. Fue todo el pueblo español el que permaneció silencioso mientras que Aznar creaba su “modelo económico”, y nadie quiso protestar por lo que implicaba ese modelo: salarios bajos, inmigración masiva, dependencia del crédito y ladrillo a tutiplén… A eso le llamo “modelo económico”, “éxito en la gestión económica” y ante ese modelo por el que ningún alumno de tercero de económicas hubiera dado un duro (porque era evidente que conducía al precipicio), los “patriotas” votaron a Aznar hasta dos veces.

¿Hará falta recordar que hicieron falta trece largos años y cuatro elecciones para apear a esa máquina de generar corrupción y crímenes políticos que fue el felipismo? ¿No será bueno recordar que el pueblo español permaneció en plan Don Tancredo, parado y ensimismado ante el bochornoso espectáculo de la jet-set y del pelotazo, de la corrupción y de los GAL, de la entrada en la OTAN y de la reconversión industrial (primer paso hacia de desertización que luego, con la globalización eclosionada bajo el aznarismo, desatada ya con Zapatero, nos ha hurtado a sectores enteros de nuestra industria dejando como rastro de la miseria, seis millones de inmigrantes)?

¿Habrá que recordar que, antes, la transición española fue saludada por propios y extraños como “ejemplar” a pesar de que dejó abiertos todos los problemas existentes anteriormente, provocó la mayor oleada de inflación que se recuerdan los anales y estuvo en el origen de unas tasas de paro que nunca desde entonces han bajado del 8%? ¿Habrá que recordar que los “padres de la constitución” en lugar de “fotocopiar” literalmente el texto constitucional de algún país que funcionara bien, hicieron como que pensaban y estructuraron un régimen en el que la partidocracia –que no la democracia—y la plutocracia –que no el mercado- han ido reforzando, año tras año, el “macizo de la raza” y aumentando el escepticismo y la extrañeidad de los españoles ante los problemas que les aquejan?

¿Nos remontamos más atrás? En el tardofranquismo, el país estaba dividido en tres parcelas: los que estaban dispuestos a pelear por defender el franquismo, los que estaban dispuestos a pelear por abatirlo y una inmensa masa absolutamente gris despreocupada de todo y ajeno a cualquier proyecto de futuro. Los propagandistas franquistas decían que el régimen estaba asentado sobre los valores de la clase media. Era mentira: el franquismo se asentó en distintos grupos políticos (falangistas primero, propagandistas católicos luego y tecnócratas opusdeistas finalmente) que hicieron y deshicieron justo porque la mayoría silenciosa era indiferente a todo.

Más vale no remontarnos más atrás porque fue Ramiro Ledesma en su Discurso a las Juventudes de España (4) ya hizo su alegato en torno a la “gran pirámide de fracasos en que puede resumirse la historia de España”. A lo largo de todos estos fracasos, se afirmó y reafirmo el “macizo de la raza” cada vez con mayor intensidad.

Hubo momentos que luego han sido exaltados como hitos de gloria y patriotismo: el 2 mayo, sin ir más lejos. Pero, a poco que revisemos el 2 de mayo, nos llevaremos desagradables sorpresas. En primer lugar que fueron los estratos más bajos de la población quienes encabezaron la protesta. El grueso del ejército permaneció mudo, los intelectuales distantes, la alta burguesía prefirió cerrar las ventanas de sus viviendas al considerar que no se trataba más que un nuevo disturbio del “populacho” y, para colmo, sus protagonistas, como cuarenta y dos años antes durante el motín de Esquilache, si salieron a la calle fue precisamente para que nada cambiara… para que no se llevaran a los herederos de una monarquía inútil, con reyes exclusivamente preocupados por la caza (Carlos IV) o por su verga (Fernando VII), para que todo siguiera igual como en los dos siglos antes. Y si vamos a lo que fue la Guerra de la Independencia, habrá que convenir que no hubo una sino tres guerras: un conflicto internacional que llevó al ejército inglés a pasearse por España como Pedro por su casa como nunca antes había una tropa de casacas rojas, una guerra civil entre españoles (que luego se evidenció en los 80.000 “afrancesados” que se exiliaron y que no eran sino la cúpula de un amplio sector de la administración que juró fidelidad a José I) y una guerra de guerrillas entre el ejército francés y partidas irregulares.

Y, con todo, da la sensación de que también aquí, los actores del drama fueron una minoría y que el “macizo de la raza” volvió a estar preocupado solamente de sí mismo. Ni la posibilidad de que España siguiera el camino de Francia con la instauración del liberalismo en la monarquía de José I, ni la constitución de Cádiz, parecen haber suscitado excesivos entusiasmos. En este episodio histórico como en cualquier otro desde los últimos Austrias, lo que parece demasiado evidente es que el inmovilismo y la apatía del grueso de la población, nos han ido colocando con precisión matemática de la cabeza de Europa en el siglo XVI a su furgón de cola. Y que ha sido esa apatía la que ha frustrado cualquier recuperación viniera de la izquierda o de la derecha.

Ortega y Gasset utilizó una palabra para definir esta constante de nuestra historia: “misoneísmo”, adición del término griego μισεῖν, odiar, a las partículas neo- e –ismo. Así pues “misoneísmo” sería “odio hacia la novedad”. Decía Ortega que odiamos cambiar porque eso supone reconocer que antes no éramos perfectos: “Al español castizo, toda innovación le parece francamente una ofensa personal”. Esto implica poca adaptación a las novedades en cualquier orden que se presenten y, si existe algún intento de adaptación, ese es, necesariamente, frustrante. Véase, por ejemplo, cómo nuestro país se ha adaptado a las nuevas tecnologías: bruscamente, sin que su nivel cultural fuera, previamente, aceptable. Y ahí tenemos a perfectos garrulos hablando por teléfonos móviles a voz en grito en los transportes públicos, a niños que parece que el ordenador solamente les sirve para chatear eternamente aun cuando no tienen nada importante que decirse, si el gobierno les pone en sus manos un ordenador en la escuela, no lo utilizarán para aprender sino para lo único que les han enseñado desde el parvulario: jugar. Esto sin contar la legión de enganchados a Internet, las divisiones de hipnotizados por el TDT y las centurias de buscadores de porno en la red. Aquí, cualquier innovación es inmediatamente integrada en el “macizo de la raza”, haciendo de ella un nuevo elemento para que nadie cambie y todo siga igual.

Ortega, estaba lejos de desesperarse, pero era muy consciente del diagnóstico (alguno de su generación ya había dicho aquello de “que inventen ellos”) y dudaba en considerar en su España Invertebrada (5) si nuestra historia era la historia de una decadencia o bien ello no era posible en la medida en que “la decadencia es un concepto relativo a un estado de salud, y España no ha tenido nunca salud (…) por lo tanto no cabe decir que ha decaído”. Luego atribuirá todo eso a la “soberbia de los españoles” (Gracián decía que la soberbia reinó en España, la codicia en Francia y el engaño en Italia…). Si no somos capaces de ser nosotros quienes aportemos innovaciones, no dejamos que estas vengan de fuera y, por lo demás, pocas innovaciones podemos aportar ya que en nuestro criterio, en cada momento histórico somos perfectos o así nos ve la inmensa mayoría de nuestros compatriotas. Entonces ¿para qué cambiar algo? Lo de nuestro pueblo es algo así como un intento eterno de sublimar su pusilanimidad asumiendo esa soberbia de la que hablara Ortega.

Ciertamente, en todas partes cuecen habas. No será porque minorías no lo advirtieron hará treinta años en Francia, en el Reino Unido o en Alemania, señalando que la llegada masiva de inmigrantes era un problema, pero como durante 25 años el problema no se ha manifestado, las poblaciones de esos países han dejado que fuera larvando bajo la superficie. Pero sí hay que reconocer en otros países que, finalmente, cuando se ha producido la reacción, esta ha sido noticia e incluso quienes se han obstinado en conservas las dinámicas deletéreas han rectificado argumentos y se han estrujado las meninges. Aquí no: aquí nadie reacciona ante nada y aquí, incluso los argumentos de unos y de otros suelen ser de una bajeza intelectual y de una miserabilidad exasperante.

Por eso aquí cualquier tonto puede llegar a ministro de infraestructuras y cualquier abogadillo de pocos pleitos puede llegar a presidente. Y no es por casualidad que a partir de Isabel II ya no sepamos si los borbones que vinieron luego son de sangre real o hijos de cualquier palafrenero. Al menos en Francia, aunque todos saben que Luis XIV no fue hijo de Luis XIII, la duda estriba en si era hijo de Mazarino o de Richelieu, cardenales ambos, que el púrpura es lo más próximo al azul de la sangre regia. Y no es lo mismo un hijo de puta que un hijo de cardenal.

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Mis referencias doctrinales ante la acusación de “todo vale” (II de II)

Infokrisis.- Por mi parte, he comprobado que la importancia de Evola radica en la formación del carácter y de la personalidad, de eso que los alemanes llaman “welstanschaaung”, concepción del mundo. Nunca he creído que el tradicionalismo evoliano pudiera llevarse a la práctica en un mundo moderno situado en las antípodas de esa concepción, pero siempre he creído que solamente hombres dotados de los valores del khsatrya son los mejor preparados para afrontar las destrucciones que tenemos ante la vista y que en estos mismos momentos se están sucediendo ante nuestros ojos. Dicho de otra manera: el guerrero de siempre es el hombre del mañana.

 

Evola murió en 1973 y por esas fechas, también desapareció Adriano Romualdi, apenas llegado a la treintena en un accidente de automóvil; era sin duda la personalidad más cualificada para proseguir la obra de Evola. Desde entonces, se ha escrito mucho sobre Evola, y no siempre todo lo publicado a estado a la altura de la obra del “maestro”. ¿Qué hubiera dicho en torno a la revolución informática? Ciertamente, el último capítulo del Rivolta, sobre “Americanismo y bolchevismo” es de una lucidez desconocida porque anticipa en medio siglo lo que ocurrirá en Europa: se instalará la época del hombre masa, del último hombre, que será una síntesis del homo oeconomicus capitalista y de la despersonalización propia del marxismo. ¿Qué habría opinado Evola del giro adoptado por el Islam? ¿Y sobre el problema migratorio? Siempre he pensado que hace falta actualizar la obra de Evola en un momento en el que la aceleración de la historia abre nuevas vías para la superación del nihilismo. Pero esta es otra historia.

 

Decía que, exactamente en los mismos años en los que descubría a Evola, también leía los primeros textos de la “nueva derecha”. Para colmo, en esos mismos años, frecuentaba ambientes de izquierdas, mucho más que de derechas (lo que se explica simplemente por la masiva presencia del marxismo entre la juventud en los últimos siete años de franquismo) y me había familiarizado con toda la literatura que acompañó a la contestación: desde la beat-generation, Bourroughs, Ferlingueti, Ginsberg, y sobre todo Kerouac, los situacionistas, Debord y Vaneigen y, por supuesto, Herbert Marcursse. La experiencia del Ché en Bolivia ejerció sobre mí en esos años una singular atracción. En 1977 ya me había vacunado contra todo esto. Pero estas lecturas hicieron que demorara algunos años el apurar más intensamente los textos de la nouvelle droite francesa.

 

En aquella época, como consecuencia del “cientifismo marxista” todos los que nos situábamos en otro campo doctrinal, aspirábamos a tener una fundamentación “científica” para nuestras posiciones. Y en eso llegó la nueva derecha francesa, rescató los textos de Jacques Monod y éste nos dijo que los principios de la genética clásica y de la genética molecular estaban en contradicción con las doctrinas marxistas. Así podía explicarse el affaire Lysenko y el que determinados ámbitos científicos escapaban a la interpretación marxista. Fue una revelación y la confirmación de que el marxismo solamente estaba cubierto de una patina de cientificismo. Aunque no pertenecieran a la nueva derecha, en aquel momento, leí también la obra de Jules Monerot, Sociología de la Revolución y, el que me pareció mucho más esclarecedor: La Contrarrevolución de Thomas Molnar. Ya tenía una base lo suficientemente sólida como para rechazar al marxismo con conocimiento de causa. No daba crédito al hecho de que buena parte de mi generación –y entre ellos muchos amigos y amigas íntimas- estaban en esos momentos militando en el marxismo. Eso se debía, no tanto a las calidades doctrinales del marxismo –y mucho menos del leninismo, que hoy, examinados a 40 años de distancia hacen reír- sino a su superioridad técnica en los métodos de difusión.

 

Della Chiaie fue de los que me introdujeron en la temática de la “guerra revolucionaria” que luego fui estudiando por mi cuenta. De esa época derivó una convicción: el destino de la lucha política depende del método utilizado. A fin de cuentas, los problemas que derivan de intentar trasladar una teoría a la práctica, son esencialmente problemas técnicos, de metodología. El primer “libro” que escribí se llamaba precisamente “Minimanual de Lucha Politica” y apenas se imprimieron cinco o seis ejemplares fotocopiados (cada uno de los cuales dio lugar a más juegos de fotocopias y así hasta hace unos años cuando en Zaragoza un amigo me dijo que disponía de un ejemplar). Fue de las calidades de aquella obra escriba con apenas 23 años, lo cierto es que en ese momento yo tenía muy claro ya que una cosa era la doctrina política, otra muy diferente el programa político y otra más diferente aún la estrategia a seguir para ponerlo en práctica. La estrategia podía cambiar en función de las condiciones objetivas, el programa se podía ir modificando siempre atento a proyectar una doctrina sobre la sociedad mediante propuestas concretas. La doctrina era lo único inalterable. Y, para mí esa doctrina tenía dos aspectos: un aspecto interiorizado –la “concepción del mundo”- y un aspecto exterior –“el análisis de la realidad”- para lo primero la obra de Evola era de excepcional calidad y, por sí misma, bastaba sin necesidad de añadidos: era una obra coherente y total. En cuanto a lo segundo, opté por la nueva derecha y, creo que no me equivoqué. Desde hace 45 años, Alain de Benoist y sus colaboradores van viviseccionando la cultura de su tiempo, proponiendo modelos, analizando fenómenos, estableciendo pautas y ayudando a separar el grano de la paja.

 

Cuando en 1978 leí por primera vez Vû de droite, aquel grueso volumen se convirtió en un pozo de informaciones y referencial culturales. Era fácil, a partir de los artículos de Benoist interesarse, por ejemplo, por la etología y las ciencias del comportamiento, desde entonces y hasta que traduje una de sus últimas obras, Mañana, el Decrecimiento, la obra de Benoist me ha parecido siempre una especie de fichero de consulta rápida para saber de qué van las tendencias de la modernidad que, progresivamente, se van apisonando unas a otras. Y eso es muy bueno porque lo Benoist y sus compañeros hacen es difundir ideas previamente tamizadas para gente como yo que tenemos suficiente inquietud cultural como para interesarnos por las corrientes de pensamiento de nuestra época.

 

Evola, mientras vivió, mantuvo relaciones cordiales con la revista Nouvelle Ecole y con el propio Benoist. De todas formas no puede decirse que éste tenga mucho de “tradicionalista”. Ahora bien, ambos esquemas de pensamiento se complementan hasta cierto sentido. El gran vacío de la nueva derecha es la falta de una “práctica” y su gran debilidad el tender a una acumulación constante de conocimientos que si bien sirven para “entender el siglo” también es cierto que pueden hipertrofiarse en forma de un “culturalismo” erudito y pedante. Quien intentó, de forma más o menos afortunada esta síntesis entre una y otra corriente fue Guillaume Faye en su famosa obra El Arqueofuturismo.

 

Los trabajos que Faye publica entre 1998 y 2004, son de una lucidez excepcional y pueden asumirse sin el más mínimo reparo. Como nadie es perfecto, será en 2007 cuando publicará su polémica obra La question juive que le reportará odios seculares y enemistades rotundas incluso de gente que hasta ese momento había compartido su obra sin fisuras. Pero el Faye que va de El Arqueofuturismo hasta Le coup d’Etat mundial, essai sur le Nouvel imperialisme américain, pasando especialmente por La Colonisation de l’Europe y en segundo lugar por Pourquoi nous combattons y Avant-Guerre, pueden ser considerados como una síntesis inestimable entre las ideas de la nueva derecha y las de Evola, centradas especialmente en el problema de la alteración del sustrato étnico de Europa.

 

La idea esencial de Faye se resume en el título de la primera obra de este ciclo: el Arqueofuturismo, un intento de reconciliación entre Evola y Marinetti, entre la tradición absoluta y el futurismo más incendiario y descabellado. Faye nos dice: en momentos de crisis como estos, es preciso tener una anclaje profundo (las raíces profundas nunca se hielan decía Tolkien) y una referencia situada en el momento en el que nuestros pueblos eran más fieles a sus orígenes, en la Tradición, y al mismo tiempo, asumir como propios e incompatibles con el sistema actual, los descubrimientos técnicos más avanzados aportados por las ciencias de vanguardia. Lo “futurista” iría al encuentro de lo “arqueo”.

 

Faye, sin duda, ha estado atento a las mejores obras de los comienzos de la new age, a Fritjof Capra y a Marilyn Fergusson y, en cualquier caso, acepta que la modernidad ha impuesto un “cambio de paradigma”: el paradigma mecanicista surgido de Bacon-Descartes-Newton ya no se tiene en pie, ha sido derribado por la física de vanguardia, por astrofísica y por el estudio de lo inmensamente grande (las trayectoria de las galaxias) y de lo inmensamente pequeño (las partículas subatómicas). La fuerza con la Faye plantea en su obra la situación, los desafíos del tiempo nuevo y el cambio de modelo de civilización, son un grito al compromiso en defensa de Europa. Para colmo, Faye sitúa el problema de la inmigración en el lugar que le corresponde, no hay en él rastros de racismo, sino la convicción de que los europeos estamos comprometidos en una lucha en defensa de nuestra identidad. Identidad, tal es la noción nueva a retener: los rasgos de un pueblo que hay que mantener y preservar y que hoy están amenazados por los grandes movimientos migratorios generados por la globalización cuyo efecto inmediato es una desfiguración de la base étnica europea y, por tanto, de la civilización misma de Europa.

 

El “progresista” es el pim-pam-pum de Faye: en sus obras, el progresista queda identificado como el peor tipo de imbécil, el imbécil con ideas propias. El etnomasoquismo y xenofilia son los dos rasgos más repulsivos de la progresía moderna de la que la UNESCO y el zapaterismo son su quintaesencia.

 

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Tales son mis fuentes doctrinales. No soy de aquellos que dicen “estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros”. Evola para la concepción del mundo, la nueva derecha para el análisis de la realidad en cada momento, Faye como síntesis entre ambas posiciones y como defensor del concepto de Identidad.

 

La lucha política y las opiniones políticas tienen una relación con todo esto y se basa, fundamentalmente, en tener claro un proyecto político y las formas de llevarlo a la práctica. A fin de cuentas una “revolución” no es sino un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin: la transformación de la sociedad en función de los principios defendidos por una opción política concreta. Mientras que la doctrina es el terreno de la realización interior, la política es el arte de lo posible. Y lo que es posible y lo que es imposible lo define la estrategia. Tiene gracia que contra más pequeño es un subgrupúsculo, más dogmático y revolucionario aspira a ser… Y siempre ocurre lo mismo: revolucionario no es quien se proclama más veces en menos tiempo como tal, sino el que idea un plan viable para llevar su proyecto a la realidad. A eso, algún dogmático acomplejado y acobardado en su chiringuito del tres al cuarto, aislado de todo y de todos, dirá que esto que planteo es un “aquí vale todo” y hablará, exagerando, de “ultrapragmatismo”, defendiendo una hiperideologización de la lucha política… Bien, cada cual está en su derecho de hacer todo lo que estime necesario para que su trabajo sea completamente estéril.


© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

Mis referencias doctrinales ante la acusación de “todo vale” (I de II)

Infokrisis.- En los últimos tiempos aparecen debates –siempre de muy bajo calado- en los “pragmáticos” y los “ideólogos”. La simplicidad de tales discusiones roza casi lo obsceno y demuestra el grado de miserabilidad en el que han quedado los restos de la extrema-derecha en España. Con cierta frecuencia se me tiende a ubicar entre los “pragmáticos”, partidarios del “todo vale” y que practican un desprecio ideológico hacia cualquier forma de ideología. Nada que decir a quienes son incapaces de percibir los matices del problema y, por tanto, difícilmente podrán entrever soluciones. Pero sí creo que es preciso resumir algunas influencias doctrinales que siempre (al menos desde 1972) he tenido como esenciales. A diferencia de la izquierda marxista que, justo cuando su pensamiento parecía estar en el cénit, bruscamente se desplomó y del marxismo no han quedado sino los despojos, al otro lado del espectro político, las líneas doctrinales que algunos asumimos a principios de los años 70, gozan hoy de buena salud.

En 1972, para algunos estaba demasiado claro que el pensamiento de José Antonio y de Ramiro Ledesma era una aportación ligada a un momento concreto de la historia de España. El libro “Falange y Filosofía” nos ayudó a entender la intensidad, los matices y la procedencia de la doctrina nacionalsindicalista, pero el desfase entre esa teoría y sus representantes era tal que apenas la consideramos como algo que debía conocerse pero que jamás volvería a estar presente en la historia de España porque quienes la habían asumido, en lugar de vivirla, perfeccionarla, adaptarla, se preocupaban de miserables polémicas, se propinaban unos a otros golpes bajos, frecuentemente llegaban a las manos entre sí y todo ello discurseando sobre “ética y estilo”.

Entonces, casi paralelamente, en nuestra ansia de encontrar las razones últimas para un combate político al que estábamos dispuestos a entregarnos en cuerpo y alma, conocimos simultáneamente la obra de Julius Evola y la de la nouvelle droite francesa. Recuerdo perfectamente como fue. Inesperadamente, un día de 1970 el correo me trajo el catálogo de Edizioni Europa, via degli Scipioni, Roma. Era una especie de distribuidora de libros vinculada al Centro Studi Ordine Nuovo que poco después se integraría en el MSI. Llevaba en la cubierta la figura del caballero sobre su montura, lanza al hombre y escudo cubriendo el flanco con el emblema del hacha de doble filo, símbolo de Ordine Nuovo. Era el famoso grabado de Sluyterman que puede verse en su versión original en uno de mis álbumes de fotografías de mi perfil en Facebook. Pensé que si aquel catálogo me lo habían enviado “camaradas”, todo lo que allí contenía debería ser considerado como instrumentos ideológicos para disponer de una completa formación doctrinal.

Allí quedaban resaltados algunos autores: Nietzsche (claro, Nietzsche, ya lo había leído hasta entonces, sabía que debía entusiasmarme, pero no lograba entusiasmarme, salvo algunos “martillazos”), Schopenhauer (también conocía a Schopenhauer que me había puesto en la vereda de la introspección y del conocimiento del yo, me había aportado –mucho más que Nietzsche- el concepto de “voluntad” y cuando estaba más emocionado con su lectura me tope con una defensa de los derechos de los animales que me desmoralizó por completo), René Guénon (del que no había leído todavía nada –salvo una historia del teosofismo publicada en Argentina, todavía no había ninguna obra de Guénon en castellano, lo que da lugar a pensar el desprecio que el franquismo cultivó hacia ese tipo de pensamiento) estaba también en la lista. Sabía de él porque recordaba haber leído su nombre en El Retorno de los Brujos, un clásico del “realismo fantástico” en donde se citaba que el “hitlerismo era el guenonismo más las divisiones panzer” que no entendía que quería decir exactamente, y que luego tuve como una de las frases más falsas que puedan haberse escrito jamás. Estaba, por supuesto, Julius Evola, pero también Giovanni Gentile, Ugo Spirito, Thomas Molnar y los narradores de los que aun no había podido leer nada porque nada o casi nada había en el mercado español de la época dominado por las obras de Marx, Engels, Marcuse, Freud, Lenin, Mao, etc. Que podían comprarse en los kioscos de las Ramblas como más tarde se pudo comprar pornografía a go-go, luego libros de ocultismo, más tarde de autoayuda y en la actualidad gadgets y souvenirs para turistas de chancleta y garrafón.

Había muchos autores desconocidos y, además, yo tenía poco dinero. Así que dudé mucho tiempo por dónde empezar. Entre tanto iba recibiendo revistas y boletines impresos por los jóvenes del MSI, algunos ejemplares de Nouvelle Ecole, la revista Devenir Europeenne, Militant, etc. Así puede orientarme un poco más. Y luego, bruscamente, creo que fue Marco Tarchi me envío hacia 1971, algunos folletos del Fronte della Giuventú, entre ellos Orientamenti de Julius Evola, los Cuadernos de los Dióscuros publicados por el último grupo de discípulos (más o menos) evolianos, pero también varios textos sobre guerra revolucionaria. Lamentablemente, en la época, mi italiano era sólo “aproximativo” y no lograba entender muy bien el mensaje de aquellos textos (aún tenía 19 años, por lo demás). Fue, luego, hacia 1972, cuando al conocer a Delle Chiaie empecé a tener muy claro en qué consistía el esquema ideológico evoliano. Junto a él estaba otro italiano, también exiliado, miembro del grupo di Ar que mantenían una librería y una editorial en Padua especializada en la edición de textos evolianos.

Valía la pena conocer la obra de Evola. Así que la leí inicialmente en francés facilitada por el Centre d’Etudes Evoliens de Nantes. Primero una mala traducción de Los hombres y las ruinas, publicada por Sept Couleurs, la editorial de Maurice Bardeche, el cual, por algún movimiento había traducido el título como Los hombres “entre” las ruinas. Pronto percibí que aquella obra iba bastante más lejos que cualquier texto que hubiera leído antes. Era, simplemente, un manifiesto de la “derecha tradicionalista” en la que cada capítulo suponía una nueva revelación, un planteamiento en el que antes no había reparado, una orientación, no sólo política sino también existencial.

Como era de prever, poco después compré el Revolte contre le Monde Moderne que juzgué muy superior a los Años Decisivos de Spengler e incluso a La Decadencia de Occidente que, así entre nosotros, reconozco que tuve que abandonar por juzgarlo excesivamente indigesto. En los cinco años siguientes leería Rostro y Máscara del Espiritualismo Contemporáneo publicado en México y que, por sí mismo, me vacunó contra cualquier forma de ocultismo y de teosofismo, Le Yoga Tantrique que solamente llegaría a apreciar diez años después, y los dos primeros textos de Evola publicados en España, El misterio del Grial y La Tradición Hermética que solamente comprendí bien en una segunda lectura (… realizada por cierto dentro de los muros de la cárcel parisina de La Santé, donde también repasé Chavaucher la Tigre que luego traduciría al castellano, obra que me produjo un fuerte impacto: era la modernidad, la más rabiosa modernidad, lo que quedaba denunciado como cobertura al nihilismo. Debo de reconocer que en aquellos de cárcel, exilio, huidas y, finalmente, detención y palizas, seguidas de más cárcel, lo que me mantuvo en pie fue la lectura de Evola y el haber entendido que las doctrinas no son más que máscaras y que, a fin de cuentas, uno debe de interrogar al destino para conocer cuál es el valor de su personalidad y su temple.

En aquellos años, entre finales de los 70 y mediados de los 80, casi como complemente de la lectura de Evola me lancé de lleno al estudio de la obra de René Guénon. Consideré a La crisis del mundo moderno, como un trabajo excepcionalmente lúcido y a El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, como su complemento y complementos ambos del Rivolta… de Evola. Por pura casualidad, la editorial de un amigo fue editando en esa época lo esencial de la obra de Guénon (que estuvo a punto de hacer quebrar la editorial). Hacia el tardío 1997, Enrique de Vicente, entonces director de Año Cero, me envió Estudios sobre la Franc-masonería y el compagnnonage para fotocopias, el último “Guénon” que aún no había leído.

Debo reconocer que con el tiempo, fui desvalorizando algunos aspectos de la obra de Guénon a la vista de los verdaderos destrozos que ha ocasionado en algunos “guenonianos”. Excesivamente rígido en sus teorías, Guénon, siempre que aspiraba a dar alguna “desembocadura” práctica, erraba. He visto a guenonianos desperdigados por grupos ocultistas, por católicos sedevacantistas y lefevrianos, en logias masónicas, en tariqas sufíes e incluso abrazando con la fe del carbonero y el consiguiente “Inch Allah” la doctrina de Mahoma… Caminos espirituales frustrados al olvidar que una cosa es la teoría y otra la práctica. De aquí deriva también, por supuesto, la importancia y la superioridad de la obra de Evola sobre la de Guénon.

Evola no pretende ser “infalible”. Si alguien lo hubiera considerado como tal se habría carcajeado. Evola es un buen filósofo de la tradición, pero tiene los pies en el suelo: sabe que en la modernidad, las “puertas se han cerrado” y que no hay iniciación digna de tal nombre que permita siquiera una aproximación al puente que une el mundo del devenir al del ser, la contingencia y la trascendencia. De ahí que Evola aluda en muchas ocasiones al descubrimiento que cada uno debe realizar de su “vía autónoma hacia la trascendencia” algo que merece las anatemas guenonianas.

A fin de cuentas, lo que subyace en el trasfondo de esta polémica sobre la tradición son dos caracteres completamente diversos: el de un khsatrya y el de un brahmán, el hombre de acción y el hombre de contemplación, el guerrero y el sacerdote. Yo, que a fin de cuentas, siempre me he considerado un campesino –y que ahora vivo como tal- era lógico que me sintiera más cerca del primero que del segundo. Por lo demás, ¿quién dijo que entre los hombres de acción, la meditación y la contemplación no ocupaban también un espacio importante? El Samurai le dedicaba horas y horas de su vida, tantas como al manejo de la espada y no es por casualidad que fuera frecuente que los samuráis, una vez inhábiles para el ejercicio de la guerra, se retiraran a monasterios Zen a pasar los últimos años de su vida.

La lectura de Evola me indujo primero a la práctica del Hatha-Yoga (y ahí los consejos y las bases que Mircea Eliade deposita en su obra revistieron para mí una importancia no desdeñable) que empecé a practicar en la propia cárcel de la Santé, cuando me quedaba sólo en la celda mientras los otros reclusos salían de la galería a airearse en el patio de la prisión. Con el tiempo, aquello me pareció casi un ejercicio de faquirismo: es cierto que logré mover algún músculo del plexo solar que habitualmente ni siquiera reparamos en él y que así podía darme masajes en el estómago para mantenerlo limpio (la pureza del interior del cuerpo es para el Hatha yoga tan importante como la limpieza exterior o la pureza de intenciones).

Entre 1981 y 1983 practiqué Hatha Yoga a destajo. Y tuvo su aplicación práctica cuando la policía me detuvo en 1983 acusado de los más inverosímiles delitos de terrorismo (detrás solamente había una miserable manifestación en junio de 1980 ante la sede barcelonesa de UCD único “delito” por el que fui condenado a dos años de prisión…cumpliendo en total 15 meses). En un momento de los interrogatorios, hostia va hostia viene, me pusieron una bolsa de plástico en la cabeza, atada al cuello. Habitualmente, el interrogado cae presa de nerviosismo y excitación lo que hacen que a los pocos segundos se produzca la asfixia y el desvanecimiento. Los dos años previos de Hatha Yoga me habían aportado cierto control sobre la respiración con lo que debí estar, contra todo pronóstico y ante la impaciencia de los torturadores, en torno a 10-15 minutos con la maldita bolsa de plástico, hasta que, finalmente, el dióxido de carbono acumulado en el interior terminó operando la sensación de asfixia. Repitieron el jueguecito en varias ocasiones obteniendo como resultado el “No tengo nada que decir” como única confesión después de una semana de interrogatorios intensivos. Si los malos tratos y la tortura son algo con los que un militante político debe enfrentarse –o al menos en aquella época era usual enfrentarse- yo había conseguido superarla gracias a los principios insertados en la obra de Julius Evola y a dos años de Hatha yoga intensivo.

Durante mis meses de cárcel en España (tres en la prisión de máxima seguridad de Alcalá Meco –junto con media docena de camaradas de la época y 150 etarras- y algo más de un año en la cárcel Modelo de Barcelona –junto con dos miembros de la CNT y 2800 presos comunes) hice algo más que repasar toda la obra de Evola: empecé a traducir algunos textos no publicados en español: una traducción del Rivolta, otra de los Hombres y las Ruinas, decenas de artículos de Evola que hoy pueden leerse en la Biblioteca Julius Evola (http://juliusevola.blogia.com) e incluso me creí capacitado para escribir algunas pobres líneas sobre el pensamiento de Evola, sin caer en la cuenta de que él ya había dicho todo lo que valía la pena decir. Por eso mismo, salvo en una ocasión, he rechazado siempre hablar sobre la obra de Evola en conferencias o ponencias. Evola no hay que explicarlo, hay que seguirlo y más que seguirlo a él, seguir la vía que propone. Así mismo, también he rechazado relaciones y contactos con los medios evolianos, no por soberbia, sino por esa misma conciencia de que la tradición es una vía que debe seguirse mientras a uno le quedan fuerzas.

Dejado atrás el Hatha Yoga, busqué en el budismo tibetano la pureza de los orígenes. Lo que encontré en Barcelona fue a un lama, recién importado del Tíbet rodeado de discípulos devotos. Para eso ya estaban las formas religiosas propias de Occidente basadas en esos dos impulsos emotivos que son la fe y la devoción. Lo peor de los medios budistas occidentales son los “discípulos” que, frecuentemente, se encuentran entre las peores franjas de la progresía. Hoy el budismo está de moda (lo estaba ya desde el primer curso organizado en España, creo recordar que en Mallorca hacia 1976 ó quizás en el verano del 77) como ayer estuvieron de moda los pantalones campana o el tamagochi. Por otra parte, el budismo tibetano es difícil de practicar sin impregnarse de la civilización de aquella región del mundo. La distancia antropológica y cultural es tal que, aunque la teoría (y en sí mismo todo el budismo a partir del canon pâli) resulte extraordinariamente sugestiva, la práctica se pierde en rituales y liturgias interminables para un europeo.

Pero la claridad del budismo de los orígenes y la lucidez de sus planteamientos es tal que resulta difícil, una vez conocido, poder resistir su encanto. Yo lo intenté y fue así como me relacionó con un grupo de practicantes de la meditación que habían adaptado su doctrina a partir del rosacrucianismo. En general todos los grupos que han intentado equilibrios de ese tipo se han perdido y hay que encuadrarlos dentro del ocultismo más pedestre, sin embargo este grupo tenía una altura intelectual desconocida para mí. Y lo que era más importante, daban primacía a la práctica, mucho más que a las teorías, pero si se trataba de explicar el por qué era preciso realizar una práctica determinada, su preparación en cultura tradicional, conocimiento de la obra de Guénon y de Evola, así como de los textos clásicos de la Tradición Hermética era muy completo. En tanto que grupo informal carecía de jerarquía y se transmitía por linajes iniciáticos. El inspirador –o al menos uno de los inspiradores- parecía ser un tal “Arakilah”, autor de un memorable libro La Gnosis de San Juan que todavía conservo como un verdadero tesoro.

Un malentendido generó mi alejamiento del grupo y, a partir de entonces, me zambullí en el Zen: un hombre sentado ante una pared blanca, tal es el espíritu del zen. Sin esperar nada, sin hacer nada, sin pretender atravesar experiencias maravillosas, con un completo abandono de sí mismo, la práctica del Zen es una de las pocas vías accesibles para occidentales para poder vivir la experiencia de la trascendencia.

Evola nos lo había dicho: existe el mundo del devenir y el mundo del ser, cualquier metafísico para ser considerada como tal debe asegurar el tránsito de uno a otro mundo. De ahí la necesidad de una práctica, pero también era preciso dotarse de una concepción del mundo que, en sí misma, ni era necesaria, ni mucho menos suficiente, pero sí oportuna. Esa concepción del mundo empezaba en donde terminaba la obra de Nietzshce. Era un ir más allá del nihilismo: era –Evola nos lo había dicho en las páginas de su Cabalgar el Tigre- reconocer en cualquier aspecto de la modernidad una cobertura al nihilismo, un admitir que no había clavos ardiendo a los que agarrarse y después de haberlo asumido intensamente, seguir en pie. O suicidarse, si uno quería seguir a Séneca cuando decía aquello de “si no quieres combatir, te está permitido retirarte; nada te impide morir”. La muerte se convertía así en un derecho sobre la vida que podía ser asumido por alguien que, alcanzado ese punto de no-retorno situado más allá del nihilismo, experimentaba una sensación de hartazgo del mundo y necesidad de trascendencia, siendo asumible sólo en ese caso la posibilidad del quitarse la vida.

Pero Evola tenía también una parte política. Era excepcionalmente preciso a la hora de señalar las diferencias entre civilizaciones “tradicionales” y “modernas”, unas daban prioridad al espíritu y estaban ordenadas en función del espíritu, mientras que otras lo estaban en torno a la materia y hacían de esta el eje de su historia. El punto de inflexión entre unas y otras se produce en 1789, si bien se anuncia ya en el humanismo renacentista. La historia, no es lineal para Evola, sino circular: la historia es la crónica la decadencia.

Evola nos habló también de sexo: nos explicó que en el sexo era posible encontrar una vía de trascendencia porque en la experiencia del orgasmo, la personalidad quedaba suspendida y se producía una situación similar a la muerte en la que estratos más profundos de la personalidad quedaban liberados. Su obra Metafísica del Sexo es un repaso a la sexualidad poliédrica en todas sus facetas y aspectos. Pero era en La Tradición Hermética en donde desarrollaba la concepción del ser propia de las experiencias tradicionales. El ser es un compuesto de cuerpo, alma y espíritu, de materia física, voliciones y sentimientos y, finalmente, de algo más profundo cuya existencia, en condiciones normales, ni siquiera se suele experimentar. Estos tres elementos, eran el Azufre, el Mercurio y la Sal de los alquimistas. La parte intermedia, el Mercurio, lo mental, se va desarrollando a través de la existencia y nos va separando progresivamente de nuestro yo más profundo, del espíritu. A su vez, el alma, el Mercurio, lo mental, va siendo atraído por la materia y dando la espalda al espíritu. Toda práctica tradicional consiste precisamente en restablecer las condiciones normales del ser: purificar el Mercurio para que luego, experimente de manera natural la atracción hacia las esferas superiores del ser, hacia lo alto, en lugar de hacia lo bajo.

Así pues, tal como lo concibe Julius Evola, la “doctrina” tradicional es una suma de distintos elementos: una concepción del hombre, una concepción de la historia, una concepción de la sexualidad, una concepción del Estado y una metafísica entendida como práctica o ascesis espiritual.

La obra de Evola no es fácilmente accesible, pero está ahí, abierta a quienes se quieran impregnar de ella. Para los que tienen a gala llamarme pragmático sin principios o partidario del aquí vale todo, les diré que la obra de Evola supone para mí lo esencial de mi andamiaje interior. Pero la obra de Evola, como la de cualquier autor “tradicionalista” no debe medirse hacia el “exterior”, sino hacia el “interior” de la persona que lo lee y su prueba del nueve es si es capaz de transformar a esa persona.

Cuando en la postguerra Evola escribe Los Hombres y las Ruinas, lo que está haciendo es publicar un manifiesto político en el que pueden apoyarse todos aquellos partidarios de una “restauración tradicional”. La obra va dedicada y prorrogada por el Comandante Borghese, ejemplo de su generación. Es la obra que utilizarán quienes creen, en las filas del MSI y luego de distintos grupos extraparlamentarios, que todavía es posible realizar una acción política. Hacia mediados de los años 60, cuando ya está en marcha la contestación, Evola, empedernido observador de la realidad, constata que poco a nada puede hacerse y que todo el problema consiste en responder a esta pregunta: ¿cómo un hombre que sigue los principios tradicionales debe comportarse en el seno de la modernidad? La respuesta es Cabalgar el Tigre. En esta obra nos narra, uno a uno, los aspectos más deletéreos de la modernidad que, paradójicamente, pueden ser aprovechados para superar el nihilismo. Evola se ha dado cuenta de que ya es imposible parar el proceso de degeneración de la modernidad: intentar hacerlo –nos dice- sería como esperar que un alud puede pararse con las manos. Cuando sobreviene en la montaña un alud, lo que hay que evitar es ser arrastrado.

El Evola que propone una acción exterior en Los hombres y las Ruinas y el Evola del Cabalgar el Tigre son el mismo autor, pero sus consejos van dirigidos a dos tipos de lectores diferentes: los que tienen ánimo para la acción y los que viven una especie de exilio interior. A cada cual saber qué modelo es el propio.

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El "clan de los rebotados" (Los argumentos contra PxC) (II de II)

Infokrisis.- Los “rebotados” no son suficientemente inteligentes ni tienen los medios suficientes, ni los contactos necesarios o las informaciones sensibles para conocer por dónde atacar mejor a la PxC, así que deben de fiarse de lo publicado en revistas de tanta calidad periodística como Interviu y de medios digitales tan afamados como elPlural.com. Ironizamos naturalmente. Es de ahí de donde el clan de los rebotados extrae el grueso de sus argumentaciones.


¿Cuál es el argumento central? La financiación de la PxC… Si tuvieran un poco de conocimiento del tema, aun sin necesidad de estar afiliados, sino simplemente hablando y leyendo un poco lo que se publica por ahí, y ejercitando la lógica más elemental, sabrían que la PxC no ha hecho grandes gastos en sus nueve años de vida. Sabrían también que los mayores esfuerzos de propaganda se están haciendo a través de la red y serían conscientes de que un partido que tiene por encima de los 1.000 afiliados que pagan cuotas mensuales de una media de 20 euros, puede acumular en pocos meses medios suficientes para una campaña electoral sin necesidad de recurrir a fondos de reptiles, financiaciones inconfesables y tejemanejes económicos.


Para algunos que ejercen de antisemitas travestidos de anti-sionistas la cosa tiene todavía más enjundia. Un colaborador de Interviú completamente indocumentado, aficionado a la coca y no de llardons precisamente, publicó en Interviu hace unos meses una información sobre un “millonario sueco” que apoyaría económicamente a la PxC… y esa información –torpe, falsa y mendaz- el clan de los rebotados la da por buena. El sueco en cuestión existe tratándose de un tipo políticamente irrelevante que, con la zanahoria de los millones por delante ha podido aparecer durante unos meses en unos pocos eventos acompañados de líderes anti-inmigración europeos. Tardó poco este ambiente en tomarle la medida y aislarlo. Y ahí sigue a fecha de hoy.


Ni hay ni puede haber prueba alguna de que el sueco de marras haya dado ni una corona sueca, ni un marco alemán, ni un euraco a la PxC y desafío a quien lo desee a aportar una sola prueba del disparate.

 

La cosa se complica para los que buscan conspiraciones donde no hay más que informaciones imaginativas de perrodistas de poca solvencia a la vista de que en el perfil de facebook del sueco en cuestión hay algunos links “sionistas”… de lo que se deduce inmediatamente que los dineros del sueco vienen de Israel y, por tanto, todo aquel que se deja fotografiar con el sueco es un “pro-sionista”, desde el barbero hasta el chófer, pasando por el presidente del FPÖ o… Anglada, sin ir más lejos. Todos contratados por el Estado de Israel. Todos interesados en hacer la ola a Netanyahu y al Makabit de Tel Aviv… porque ya se sabe que los judíos están en todas partes, lo controlan todo, lo dominan todo y los jodidos incluso se permiten interesarse por lo que pasa en la Plaça del Mercat de Vic.

 

El otro día, un tipo coloca un post en un foro y, va y dice: “PxC es pro-sionista porque lo pagan los judíos”. Le digo que anda perdido y me pregunta el fulano que qué opino del “sueco”. Le contesto que del sueco nada, que tiene tanto que ver con la PxC como Belén Esteban con la filosofía de Kierkaagard. Le pido algo más que creer en su temeraria afirmación y me suelta el deficiente que si yo no me lo creo es porque también soy “pro-sionista”. Aquí todos somos pro-sionistas si no nos creemos el delirio del último chalado que ha decidido afirmar que es Napoleón. La suerte en facebook es que cuando un intemperante juzgas que ya ha agotado su crédito de decir mentecateces lo borras en un santiamén y desaparece de tu vida como el polvo en el recogedor de basura.

 

Pero la cosa se complica todavía más porque efectivamente hay en los medios anti-inmigración europeos ciertos personajes que mendigan el favor de Israel tras haber oído que los judíos están interesados en estimular la lucha contra el Islam en Europa. El rumor viene de Amberes, donde en las pasadas elecciones representantes del Vlaams Belang se reunieron con representantes de la comunidad judía… Bueno, pero es que allí el problema no son los judíos que habitualmente han tenido sus talleres de corte y perfilado de piedras preciosas desde hace siglos… sino los recién llegados del islam que quieren imponer los mismos principios del desierto en la tierra de Tintín y de los bocatas de patatas fritas. Hay algo que se llama realismo que no voy a ser yo quien ataque. Los judíos aprendieron en el cerco de Jerusalén al que le sometieron los legionarios de Tito que es muy mal asunto ese de pelearse dentro de una ciudad sitiada. Y hoy Amberes es una ciudad sitiada por los fieles de Alá.

 

Luego está el tal Wilders que es algo así como un showman y que, contrariamente a lo que suelen proclamar los medios bienpensantes, constituye una excepción en el movimiento anti-inmigración y la prueba es que ni el VB, ni el FPÖ, ni el Front National, ni el BNP, ni la Destra, ni la Lega Nord, ni el resto de partidos de esa tendencia, tienen relaciones con Wilders a quien ven como un confite de los neoconservadores norteamericanos tan empeñados en defender al “pueblo elegido de la Antigüedad” como al “pueblo elegido de la modernidad”, como bien sabemos, los EEUU…

 

El Estado de Israel tiene una red propia especializada en estimular el antiislamismo en Europa. Esa red atiende al nombre “Eurabia”. Ya hemos explicado en otro artículo a qué se dedica (http://infokrisis.blogia.com/2010/060802-mercancia-averiada-y-politicas-de-lucha-contra-la-inmigracion.php). Y luego tienen algunos menesterosos y pedigüeños que creen que haciendo gestos a favor de Israel y llevando ese mensaje de Israel al movimiento anti-inmigración en España, Israel les recompensará. Conocen a pocos judíos, y desconocen los métodos de trabajo de Israel que suponen, cualquier cosa, menos dar alas al primer pedigüeño que llama a las puertas de la embajada.

 

No soy sospechoso de pro-sionismo, ni de pro-islamismo. Simplemente creo –y lo he repetido en muchas ocasiones, por ejemplo en http://infokrisis.blogia.com/2009/010901-reflexiones-sobre-la-crisis-de-gaza.-contra-la-simplificacion-mecanicista.php- que los problemas de Oriente Medio no son nuestros problemas. Que Europa no pierda nada, ni gana nada manifestándose a favor de Israel o de Palestina. Que ya va siendo hora de que unos y otros se pongan el pantalón largo y negocien porque sesenta años de guerras no son como para tomárselo a broma: tres generaciones de judíos y de palestinos han resultado traumatizados y quemados en un conflicto que va desgastando a las dos sociedades. Pero Europa no puede hacer gran cosa para poner de acuerdo a las dos partes, ni Europa se juega nada esencial allí. El argumento de que Israel es la única democracia de Oriente Medio y hay que apoyarlo es falaz a pesar de ser la cantinela habitual de la derecha liberal: por el mismo precio habría que apoyar a Marruecos que dice ser otra democracia y, por lo demás, las calidades democráticas de Israel son incompatibles con los excesos cometidos por el ejército judío tan habituado a matar moscas a cañonazos. Y de los palestinos ¿Qué puede decirse? Sería imposible defender peor la propia causa. Como si lanzar cohetes Kazan al tuntún dentro de Israel fuera una estrategia que no mereciera algo más que el calificativo de irresponsable y criminal.

 

Los difusores voluntarios y los arribistas que intentan aproximarse a la agregaduría de prensa de la embajada de Israel en busca de unos pocos agorots y menos shequels, monedas de curso legal en el Estado de Israel, lo tienen crudo para que su causa triunfe en España y mucho más crudo si esperan que su repentino pro-sionismo se traduzca en fondos. Ni Roma paga a traidores, ni Israel a arribistas de última hora. Pero esta es otra historia.

 

Claridad en la confusión

 

En la maravillosa película La Aventura es la Aventura (Jacques Brel, Lino Ventura, Charles Denner, Johnnny Hollyday) dirigida por Claude Lelouch, uno de los protagonistas después de explicar que dispara “contra políticos de derecha cobrando de la extrema-derecha para que echen la culpa a la izquierda”, pregunta a los miembros de su banda “¿Entendéis algo?”. No, le responden y entonces da la fórmula mágica para moverse en el proceloso mundo de la política: “Claridad en la confusión”. Tal es la clave para moverse en la modernidad y salir airoso...

 

En estos momentos la dirección del PP ya no sabe si debe seguir cortejando el voto inmigrante o bien cargar contra el Islam, pretenden una “inmigración ordenada”… que es justamente lo que pretendía Zapatero y lo que decía pretender Aznar cuando se inició la oleada migratoria. Los comunistas del IU y de ICV, como los del PCF ya no entienden por qué es tan difícil encontrar a un trabajador europeo que les vote. Y les decía no hace mucho: “Oye, no será porque sois demasiado pro-inmigracionistas” y te contestan –me ha ocurrido, lo juro- “No, no creo que sea por eso, será por el ascenso del fascismo en Europa”. Nuevamente, era de gran elegancia el bostezar. ¿Y los socialistas? Ayer partidarios del puertas abiertas, luego partidarios de legalizar a todo el legalizable, luego de la legalización continua y ahora, dios mío, ahora que se acercan las elecciones, dando marcha atrás sin saber exactamente qué decir, ni qué hacer. O CiU que pasó de hablar del “Islam catalá” a financiar traducciones catalans del Corán y a no saber qué hacer con los inmigrantes islámicos que ellos mismos trajeron.

 

La política catalana en relación a la inmigración es la política de la confusión, del hago-lo-que- creo-que-me-conviene-para-no-perder-votos, que luego es percibido cada vez por más electores como una enésima muestra de oportunismo sin escrúpulos. Y esto da que pensar, porque hoy en Catalunya, si bien no sabemos ni lo que piensa ni lo que quiere hacer ERC, CiU, el PP, el PSC, si nadie pondría la mano en el fuego por las propuestas de estos partidos entre cuyas señas de identidad se encuentra el defraudar permanentemente a sus electores y el quedar reducidos solamente a electores con tragadoras suficientes para engullir los mensajes fraudulentos de siempre (se estima que la abstención puede llegar al 50% en las próximas elecciones autonómicas), nadie, absolutamente nadie ignora lo que pretende el programa político de la PxC: “Repatriación de los excedentes de inmigración”.

 

Esto es “claridad en la confusión” y por eso vale la pena no ensuciar con babas procedentes de resentimientos y odios personales, la trayectoria de una organización política joven, que empieza, que se aproxima a entrar en las instituciones y que compromete gravemente el equilibrio de partidos que se ha dado en Catalunya en los últimos 35 años y que han operado una creciente desertización industrial de una zona tradicionalmente laboriosa, unas tasas de paro sin precedentes y paro juvenil que solamente tienen parangón en Andalucía, una corrupción generalizada que, a diferencia del resto del Estado, ha progresado ante el silencio de los medios de comunicación catalanes que siempre, repito, siempre, han comido de la mano de quien estaba en esos en el poder; una Catalunya que ha pasado a ser la región de España con una tasa mayor de inmigración y que, al mismo tiempo, dispone de una tasa de natalidad autóctona más reducida, pero que contrasta con una disparada tasa de natalidad inmigrante… Esa es la Catalunya que ha creado CiU, el PSC, ERC, el PPC y los medios de comunicación catalanes.

 

¿Y ahora una banda de canelos, de pobres resentidos, incapaces de llegar hasta dónde ha llegado la PxC, intentan aguijonear a la única fuerza política que hoy supone una referencia clara para el futuro de Catalunya? Seamos serios, dejémonos de especulaciones sin base o cuya base movediza está en elPlural.com o en Interviu; sólo pido un respeto por la verdad. Si albergara alguna duda de que la PxC recibe “dinero pro-sionista” (sic) estas líneas jamás habrían sido escritas. Es la convicción y el conocimiento de muchos amigos que hoy están militando en PxC, de la sinceridad y la honestidad de su compromiso, lo que me anima a escribir estas líneas justo cuando ellos están comprometidos en la tarea histórica de romper el muro de la mediocridad política catalana y sentarse en el parlamento.

 

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El "clan de los rebotados" (o los enemigos de la PxC) (I de II)

Infokrisis.- Hace unas semanas llegué a tener el buzón saturado de emails cuya característica común era destilar un odio visceral contra la Plataforma per Catalunya. No tengo una relación particular con la PxC como partido, aunque sí desde hace años he tenido buenas migas con algunos de sus miembros. Así que si empleo 45 minutejos en escribir estas líneas no es para asegurar algún voto más a la plataforma (ni siquiera vivo en Catalunya así que difícilmente podría votarla), sino por defender lo que sabemos que es cierto.


Sería lícito realizar una crítica política a la PxC basada en dudas sobre su estrategia, sus temas de agitación o sus objetivos, y sobre todo esto no sería sino la PxC a quien le correspondiera las respuestas y a nosotros no nos competería salir en su defensa. Es de pésimo gusto el que un partido pequeño –la PxC es un partido pequeño y no es una formación que goce de las mieles del poder- sea atacado de manera innoble en plena pre-campaña electoral. En estos momentos la PxC está comprometida en una lucha decisiva en la que el pueblo catalán se está jugando que en la próxima legislatura haya o no sentados en los bancos del parlamento diputados que recuerden que Catalunya afronta varios riesgos y lo diga sin tapujos, sin tacticismos, sin medias verdades y sin sometimientos a lo políticamente correcto. Y la inmigración masiva es uno de esos riesgos.


El clan de los rebotados


Hay cierto numero de rebotados que han ido quedando en  la cuneta en el camino andado  por la PxC. Hace unos años, por ejemplo, uno de estos tipos se adhirió a una formación a la que quería arrastrar a presentar una candidatura contra Anglada en el ayuntamiento de Vic. Este individuo, entre otras lindezas es el autor de mi perfil en Wikipedia (os animo a ir a verlo y a comprobar si puede existir por la calle un tipo tan impresentable como me pinta, la suerte es que en la exageración reside la falta de credibilidad de esa página), necesitaría un método para ganar amigos y, acaso unos tranquilizantes. Este tipo no dudó en llamar a la puerta de una publicación como El Triangle para arrojar un poco de babilla resentida sobre la PxC.


Rebotados, lo que se dice rebotados, la PxC ha generado algunos en los últimos años. No tengo ni la más remota idea porque tres concejales de Lérida abandonaron la Plataforma poco después de las elecciones municipales anteriores, pero me da la sensación de que entraron en la situación de “rebotados”, no por una profunda polémica ideológica, ni por un matiz en cuestiones estratégico-políticas, sino por un desencuentro personal: hay gente que ha hecho una parte del recorrido juntos y luego se separan, pero no hay necesariamente que tirarse los trastos a la cabeza y llegar al insulto, la falsificación y la mendacidad a la que ha llegado alguno de esos concejales de Cervere.


La PxC ha seguido adelante y ha hecho bien en no preocuparse de los que iban quedando en la cuneta. La única posibilidad de estos de aparecer en medios digitales y que se hablara algo de ellos era muy sencillo: difamando a Anglada o a la PxC y a ello se han dedicado.


Hemos visto casos absolutamente grotescos, como el de aquel diario digital de corta y pega que hasta el día anterior era tribuna privilegiada de Anglada para al día siguiente, creo que por un simple equívoco, un olvido en enviar una convocatoria o algún problema menor, transformarse en furibundo detractor del “angladismo” pasando a acoger en sus pobres columnas a todo aquel que se ciscara en la PxC.


Luego hubo otro que le dio por formar la Plataforma de no sé qué pueblo castellonense asaeteando a la dirección de la PxC con todo tipo de exigencias y demandas de medios para implantar la organización en ese pueblo, ignorando que lo que cualquier partido exige a sus afiliados es que “espabilen”, que se muevan por sí mismos, que capten recursos en su zona, que crezcan que se multipliquen y desarrollen sin que la central tenga que invertir fondos de dudosa utilidad en quien todavía no ha demostrado su valor. Por otra parte, tampoco hay que olvidar que la Plataforma per Catalunya, mira por dónde, tiene su teatro de operaciones… en Catalunya, no en Castellón.


Pero estos matices no fueron óbice para que la criatura se viera herida en su ego y, después de un triste tránsito transido de trisonomia, tras pasar por el CDS un período casi tan breve como su estancia por la PxC, decidió arremeter contra uno y contra otra con una constancia y una argumentación intrascendente pero obsesiva.


También los ha habido listillos y con un pie (o quizás los dos) en la estafa utilizando el nombre de PxC. Devenidos comentaristas sin talento de diarios digitales huérfanos de artículos han visto como sus bytes eran reproducidos, aunque no leídos. Alguno ha intentado hacer de la PxC su caballo de batalla en un intento desesperado de ganar protagonismo y recibir bendición mediática como “enemigo oficial” de la PxC. Sin resultados hasta ahora.


Tal es el esquema, yo casi diría, lamentable de lo que podríamos llamar la “oposición cojonera” a la PxC, que tiene muy poco que ver con la oposición que los grandes partidos realizan. Para estos, para la “banda de los cuatro” (PP-PSOE+PNV+CiU), Anglada es un verdadero problema porque supone una fuerza nueva (y lo digo sin segundas…) en el panorama político catalán, alguien que les está disputando puestos en el parlament como antes se lo había disputado en los ayuntamientos… y con perspectivas de éxito. Es normal que estos partidos, desde el PP y sus medios (Interecomía jugando a la duplicidad pero constituyendo el ala de extrema-derecha del PP gracias a los capitales de la extrema-derecha neoconservadora americana, hasta los medios prensa más sofisticados de la derecha liberal) hasta el PSOE (que le va a tocar ceder parte de sus votos a la PxC, por cierto), pasando por CiU (que considera una afrenta que en “su” jardín aparezca alguien que conteste su hegemonía y siga siendo considerado como “un dels nostres”, es decir un catalán de “soca y arrels”) ataquen a la PxC, lo que no es tan normal es la obsesión de todos estos rebotados.


Por eso insistimos en que el esquema freudiano se adapta perfectamente a muchos de ellos y necesitarían mucho más a un buen psiquiatra que a unos bytes en donde simplemente confirman los resentimientos que les reconcomen por dentro.


© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.