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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

¿Riesgo de centrifugación?

¿Riesgo de centrifugación?

Infokrisis.- Realmente el hacer de la “unidad nacional” una bandera de combate política parecía hasta hace poco injustificado por la sencilla razón de que la unidad del Estado parecía bien asegurada por tres motivos: por la endeblez de los grupos independentistas, porque en las regiones afectadas por el virus independentista (Cataluña y el Euzkadi) no existía mayoría independentista y porque la Unión Europea constituía una especie de póliza de seguro (la UE es una “unión de Estados Nacionales”, no una reunión de comunidades autónomas independizadas). Y luego había un último factor: ni siquiera los partidos nacionalistas (CiU y PNV) eran unánimes en su interior al albergar a nacionalistas partidarios de la autonomía, de la federación o de la independencia.

No ha existido, pues, riesgo para la “unidad nacional”, algo constatable además porque no se ha producido en los últimos 30 años ni un solo intento separatista serio y con visos de aproximarse ni siquiera mínimamente a su objetivo secesionista. Ya vimos como después de años de preparación del “plan Ibarreche”, finalmente, una simple votación en el parlamento español lo desarmaba sin darle continuidad ni generar ninguna, ni generar un “plan B” en el independentismo vasco.

El factor nuevo: la crisis económica

Pero en los últimos cuatro años se ha producido un fenómeno de proporciones descomunales que no deja de crecer: la crisis económica. Siempre hemos sostenido que la crisis económica es mucho más que el pago de la deuda, y que, aun pagando la deuda, este país seguiría en crisis porque carece de modelo económico y abundan las “instituciones florero” que no sirven absolutamente para nada pero que son extremadamente costosas. Repasémoslas: Diputaciones Provinciales, Senado, Casa Real y, por supuesto, una estructura autonómica insostenible. Este paquete inservible, ineficiente, compuesto por una superestructura institucional creada por los partidos mayoritarios para dar un sentido a su militancia (“yo milito, luego el partido me recompensa con un cargo”) y para dar coherencia jurídica al origen histórico del propio sistema (la monarquía hizo que se pudiera presentar el proceso de cambios de 1976-1979 como una “transición”)  tiene como complemente una fuente increíble de gasto público igualmente inasumible: 7.150.000 inmigrantes de los que solamente contribuyen a las arcas del Estado (y por las franjas salariales más bajas) una media de 1.750.000, viviendo el resto de la caridad pública, de subsidios, subvenciones, becas y trabajo negro (salvo los 500.000 holandeses, ingleses y alemanes jubilados que viven en España y cuyo número, por cierto, va descendiendo de año en año). Con todos estos lastres y sin un modelo económico capaz de crear empleo y de generar una reindustrialización, no hay recuperación posible, ni pagando todo el déficit actual, porque de lo que se trata es de crear las condiciones necesarias para una recuperación económica, mucho antes que para pagar la deuda. Sin deuda pero sin recuperación, estaremos como antes, con unas “instituciones florero” y unas legiones de inmigrantes sin trabajo, que suponen una verdadera aspiradora de fondos públicos, de tal manera que el Estado nunca podrá invertir en sectores a desarrollar que absorban mano de obra.

La crisis económica (se dé la interpretación que se le dé: y para nosotros es una crisis estructural del sistema mundial globalizado, mientras que para los partidos mayoritarios es apenas una crisis coyuntural provocada por operaciones especulativas arriesgadas) será prolongada y está obligando a todos los sectores de la sociedad y del Estado a apretarse los cinturones. Y esto se nota especialmente en las autonomías y mucho más en Cataluña, región del Estado habituada al narcisismo y a exhibir cierto tono de superioridad.

Las bases tópicas del nacionalismo catalán

Se conocen las bases del nacionalismo catalán construidas a lo largo de las dos últimas décadas del siglo XIX: 1) Catalunya tenemos una lengua propia y, por tanto, es una nación, 2) los catalanes somos laboriosos frente a otras zonas del Estado en donde solamente se piensa en la diversión, 3) los catalanes somos más ricos porque hemos trabajado más y 4) estas cualidades catalanas son superiores a cualquier otra del Estado y, por tanto, Cataluña debe guiar a España… o bien separarse. Sobre todo este cúmulo de razonamientos narcisistas ha funcionado el nacionalismo catalán en los últimos 130 años. Bases que, hoy no tienen absolutamente nada que ver con la realidad.

Las tasas de paro juvenil, de endeudamiento, de inmigración, de desindustrialización y de corrupción hacen que si Cataluña se parezca a alguna otra comunidad del Estado, sea precisamente a Andalucía, acaso la comunidad que siempre ha odiado más el nacionalismo catalán. Cataluña ya no es algo diferente y/o superior al resto del Estado, sino una de las regiones en donde la crisis ha ahondado más, fundamentalmente por las obsesiones nacionalistas: la obsesión por la catalanización del país (catalanización que tocó techo ya antes de las olimpiadas del 92: hoy la tasa de utilización del catalán es de un 35%), la obsesión por seguir considerándose una “nación industriosa” (cuando en realidad la alta burguesía catalana lleva años centrando sus inversiones en la especulación y ya no en sectores productivos o industriales), la obsesión por ser superiores al resto de España (cuando las comparativas aquí y ahora no lo confirman, salvo quizás en niveles de corrupción en donde efectivamente, en Cataluña han llegado a afectar a la propia presidencia de la Generalitat y, desde luego compitiendo con Andalucía) y ese victimismo tan habitual en el nacionalismo catalán presente y que quizás hinca sus raíces en la derrota de Muret allá en el siglo XIII (que considera que cualquier problema que exista en Cataluña es generado más allá del Ebro, nunca en Cataluña).

Todo esto hace que en la actualidad, los nacionalistas de CiU menos que nadie se vean obligados a dar una explicación a porqué Cataluña ni siquiera es capaz de apagar un incendio forestal sin el concurso de bomberos “de España” (es decir, venidos de Aragón o enviados por el Ministerio de Defensa) y de Francia. O porqué cuando se juzga al brazo derecho y al brazo izquierdo de Jordi Pujol (sus “hombres de confianza” Plenafeta y Alavedra) y al espíritu del nacionalismo (el Caso Palau), CiU haga como si la cosa no fuera con ellos como cuando Jordi Pujol estuvo a punto de ser juzgado por el Caso Banca Catalana (un banco descapitalizado para financiar la catalanización del país) y aquello se consideró como “un ataque a Cataluña”… Para el nacionalismo catalán todos son culpables de cualquier mal que afecte a Cataluña. Ellos nunca, ni siquiera tras haber gobernado ininterrumpidamente durante más de 30 años (el período de Montilla-Maragall no fue más que un tímido paréntesis socialista-nacionalista en el océano nacionalista catalán).

Los errores en cadena de "Madrid", esto es, del gobierno

Esa visión falsa, torpe y mendaz, sin embargo, ha calado en un sector creciente de la sociedad catalana. Los miles de millones repartidos por la Generalitat a los medios de comunicación catalanes han hecho imposible la existencia de prensa libre en Catalunya. Ciertamente, cada vez se lee menos prensa y  las tiradas de los periódicos catalanes van decreciendo como en cualquier otra autonomía) solo que en Cataluña prácticamente expresan SÓLO la opinión y los criterios de la Generalitat. Así que ésta ha decidido que para salvarse ella hay que responsabilizar a “España”. España es para la Generalitat el símbolo de todo lo negativo. El ciudadano catalán percibe que, efectivamente, quien gobierna el Estado lo hace desde Madrid. Si lo hace mal es “Madrid” (esto es, España) la culpable.

Y justo es reconocer que Felipe González negoció mal el tratado de adhesión a la UE (y de aquellas aguas procedieron parte de estos lodos), que Aznar creó un modelo económico suicida (ladrillo, salarios bajos, inmigración, crédito fácil), que Zapatero era el peor tipo de tonto, el tonto con ideas (aplicó tardíamente las peores medidas, abrió las puertas a la inmigración descoyuntando el mercado laboral y con él el déficit se disparó) y Rajoy en menso de un año ha demostrado ser mediocre, timorato, incapaz de resolver la crisis y de hacer otra cosa que no sea seguir con fidelidad perruna los dictados de la UE, sin tener la más mínima idea propia sobre cómo salir del pozo). Pero no hay que perder de vista que Felipe, Aznar, ZP, Rajoy NO SON ESPAÑA, son miembros del PP y del PSOE y es a estos partidos a los que hay que pedir responsabilidades. Pero, claro, si se piden responsabilidades a PP y PSOE ¿por qué no pedirlas a CiU o al PNV? De hecho si este sistema existe es porque esta “banda de los cuatro” lo creó para su beneficio y para eternizarse en el poder.

Hace unos meses, cuando se votaba la ley de presupuestos, la Generalitat no podía ni siquiera pagar la nómina de los funcionarios. Hacía falta dinero y Rajoy lo envió a cambio de una “actitud constructiva” de CiU en el parlamento. Ahora la Generalitat se enfrente a la inanición pero ya no tiene cartas que negociar: simplemente debe bajar la cerviz y poner el cazo. El Conseller de Economía ya ha indicado que no aceptarán condiciones políticas para una primera ayuda que puede ser de entre 3.000 a 5.000 millones… Como si ayudas de este tipo fueran cartas en blanco que no conllevaran algún tipo de contraprestaciones.

La situación dramática de la Generalitat

Artur Mas se encuentra en este momento es una situación dramática especialmente para un nacionalista catalán, es decir, para alguien que cree que su comunidad es superior a cualquier otra: ahora se demuestra que ha existido faraonismo y mala administración, que la catalanización del país ha sido un mal negocio y que se ha tragado abundantes recursos, que Cataluña se está desertizando industrialmente (como cualquier otra parte del Estado) e incluso que Cataluña con 1.250.000 inmigrantes (un 23%) es inviable y no sabe ni puede defenderse salvo al estilo que siempre utiliza el nacionalismo: la Generalitat considera que por decir “pis” en lugar de “piso” un inmigrante ya está integrado… El nacionalismo catalán creó aquella frase en los 70 de que “catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña” que ahora ha cambiado por esta otra de “catalán es todo aquel que habla o chapurrea catalán especialmente si está subsidiado por la Generalitat”.

Y esta es la inconsciencia del nacionalismo: lo que está pasando en Cataluña hoy es casi enteramente su responsabilidad (CiU nunca advirtió ni a Aznar ni a ZP de que el modelo económico del ladrillo y la especulación era suicida, simplemente se apuntó al carro, y la gestión de la Generalitat SIEMPRE ha sido obra del nacionalismo, así que ¿quién es responsable?) pero la Generalitat necesita angustiosamente fondos. La táctica del victimismo (“España nos roba”, “Damos más de lo que recibimos”) es una de las alternativas que le queda a CiU y que conducen directamente al referéndum de autodeterminación y a la opción centrífuga. Pero entre que esto se convoca y que se lleve a cabo pueden pasar meses… en el curso de los cuales la deuda de Cataluña con el Estado irá en aumento y la Generalitat precisará cada vez más del dinero del Estado (o del que venga de la UE cuando se producto el “rescate”… que se producirá antes de fin de año).

Artur Más y CiU deberán de bajar la cabeza y afrontar el echo de que están ante la alternativa histórica: o jugar la carta independentista (que puede acabar con todos ellos en la cárcel en el peor de los casos y con una simple suspensión del Estatuto de Cataluña en el mejor, pero nunca con una independencia que no sería nunca aceptara ni reconocida por la UE, ni por supuesto por Francia y Alemania que a partir de ahora no solo serán anti-independentistas para evitar el “efecto contagio” en sus territorios sino para garantizar que el “Estado Español” pague la deuda…) o bajar la cabeza, renunciando a competencias, asumiendo que Cataluña no tiene recursos para defenderse de 1.250.000 inmigrantes, parados en su mayoría y con salarios de hambre que pueden entrar en revuelta ante una simple bajada de subsidios. Saben perfectamente que la independencia de Cataluña es completamente imposible y que ni siquiera existe mayoría independentista (por lo que convocar un referendo sobre el tema es una muestra de la “liberalidad” de CiU y de nada más… en la medida en que las relaciones de Cataluña con el Estado no variarán en función de un referendo que dará un amplio voto negativo a la independencia).

Ahora bien, un referendo servirá para decantar posiciones: ¿a favor de quién se declararán los partidos catalanes? ¿Cómo enfocará el PSC un referendo de este tipo? Y en cuanto a PxC ¿abandonará las posiciones de los primeros tiempos cuando estaba reducida al núcleo de Vic (la única zona de mayoría independentistas) antes de crecer como la espuma en el cinturón industrial y la antigua Área Metropolitana de Barcelona mayoritariamente castellano-parlante? Por su parte, los distintos núcleos independentistas, multifraccionados y cuya influencia no va más allá de determinados municipios, enfrentados entre sí por rencillas seculares, parece difícil que logren hacer una campaña creíble que vaya más allá de repetir las ensoñaciones independentistas recurrentes desde los tiempos de Güell, Prat de la Riba y demás.

Pequeña anotación sobre el caso vasco

En lo que se refiere a Euzkadi la situación es completamente diferente. Allí existe la posibilidad de que Bildu y PNV formen una mayoría independentista. A partir de ahí se verá si Bildu es un partido más de izquierdas que nacionalista, o más nacionalista que de izquierdas… porque para fatalidad de la situación en el País Vasco el PNV es la derecha vasca y Bildu la izquierda vasca, hará falta ver si son capaces de entenderse. Y una vez aquí se repite el mismo problema que en Cataluña: la UE jamás permitirá un “Estado Vasco” escindido… que inmediatamente solicitaría la anexión de las provincias vasco-francesas iniciando la centrifugación también de aquel país. Falta ver, por supuesto, si los cargos electos de Bildu, una vez con el poder autonómico en sus manos, se modera en la cuestión independentista. No sería nada nuevo. De hecho hemos visto a generaciones de etarras pasar a todos los partidos del espectro político (incluido el PP).

Sea como fuere, lo cierto es que tanto en Euzkadi como en Cataluña se van a producir tensiones independentistas en los tres próximos años. Más que responder a un programa político secesionista, esta oleada de independentismo que se avecina tiene que ver con la coartada que las clases políticas regionales dan a su fracaso en la gestión autonómica, trasladando el centro de imputación de Barcelona o Bilbao, a “Madrid”.

Conclusiones

Es suficientemente conocido que el virus nacionalista suele cegar la conciencia de muchos, y, por supuesto, vale la pena recordar aquí que siempre, eternamente, el nacionalismo es la última trinchera de los canallas.

Los hacedores de la constitución de 1978 se equivocaron al situar las aspiraciones nacionalistas en un lugar tan elevado que les permitiera actuar siempre como árbitros para la gobernabilidad del Estado. De aquel primer error conceptual surgió el segundo: que existían “autonomías históricas” por el simple hecho de que durante la II República habían tenido Estatutos de Autonomía… cuando la “historia” es otra cosa mucho más seria y mucho más amplia que un simple período de ocho años en el devenir español. Asturias es historia, León es historia, los condados catalanes son historia, los señoríos vascos son historia… Tal fue el segundo error que precedió y se superpuso al tercero: el “café para todos” de Suárez que extendió las autonomías allí en donde ni siquiera había una mínima demanda. Porque, realmente, salvo en Cataluña y en Euzkadi, ni siquiera en Galicia (donde votó el 26% del censo en el referendo autonómico que aprobó el Estatuto) existía demanda autonómica: lo que existían eran las AMBICIONES DE LAS CLASES POLÍTICAS REGIONALES que querían beneficiarse de los nuevos repartos de poder que surgieron de la constitución de 1978 y que crearon nuevas redes clientelares. Y en eso estamos. El absurdo sistema de 17 autonomías se mantuvo mientras las crisis económicas fueron coyunturales, pero la entrada de la economía mundial en la fase globalizadora hizo que, a partir de 1992 la primera crisis económica de importancia que estallara no fuera coyuntural sino estructural y, por lo mismo, mundial. Los países más expuestos son aquellos en los que la economía financiera ha sustituido a la productiva, caso de España. Y a partir de 2007 –cuando se debatía la financiación autonómica, coincidiendo con el inicio de la crisis, precisamente- se evidenció que las autonomías suponían un lastre injustificable para el Estado y para el ciudadano. Esa sensación va ganando terreno desde entonces y se ha ampliado a otras “instituciones florero” (senado, familia real, diputaciones) de las que el Estado debe deshacerse si no quiere cargar al ciudadano con una losa insoportable.

Tal es el problema central que vamos a intentar resumir:

1)      Habrá agitación centrífuga en los próximos años.

2)      Esta agitación no logrará desprender Cataluña y Euzkadi del Estado.

3)      La UE es la primera póliza que asegura la unidad nacional.

4)      El monto total de la deuda que España debe a Francia y Alemania es la segunda póliza.

5)      La crisis económica hace que el aligeramiento del Estado sea una exigencia ineludible.

6)      Superar la crisis, pagar la deuda y generar empleo pasan por aligerar la administración.

7)      Aligerar la administración quiere decir liquidar las “instituciones florero”

8)      Liquidar las “instituciones florero” implica reformar la constitución.

9)      Reformar la constitución implica superar y romper el poder de la “banda de los cuatro” (PP, PSOE, CiU y PNV)

10)   Romper el poder de la banda de los cuatro implica la necesidad de que emerjan nuevas opciones políticas con nuevas ideas capaces de constituir una nueva clase política dirigente.

© Ernesto Milà – infokrisis – Ernesto.mila.rodri@gmail.com

Rescate bancario. Documento

Rescate bancario. Documento

Se acaba de publicar el documento emitido por la Junta Nacional de España 2000 sobre los últimos sucesos titulado: ANTE EL RESTACATE BANCARIO: AFRONTAR LA CRISIS ES LUCHAR POR UNA PROFUNDA RECONSTRUCIÓN NACIONAL - 10 PUNTOS PARA SALIR DE LA CRISIS ECONÓMICA, SOCIAL Y POLÍTICA. el documento puede leerse en PDF.Bajar documento: ANTE EL RESTACATE BANCARIO

Monarchia delenda est

Manifiesto contra el fútbol

Manifiesto contra el fútbol

Infokrisis.- ¿Qué queréis que os diga? Odio el fútbol. De joven, de estudiante, jugaba al fútbol (como extremo-izquierdo, sí, soy diestro con las manos y siniestro con las piernas, en todo lo demás ataco por el centro), me divertía, simplemente. Cuando acabé los estudios, el fútbol dejó de interesarme. Una cosa es “jugar al fútbol” y otra “ver el fútbol”. Lo segundo me aburría; peustos a ver hay otras cosas mucho más interesantes. Por entonces, la izquierda decía: “el fútbol es el opio de las masas” y lo decían simplemente porque en la tarde del 1º de mayo, TVE, la única televisión de la época, se retransmitía algún partido con lo que la oposición democrática pensaba que disminuiría la asistencia a las ilegales manifestaciones convocadas por CCOO y por el PCE. ¡Qué dirían hoy, cuando raro es el día en el que no hay en alguna de las 50 emisoras de TV algún partido, nacional o extranjero, de interés regional o estatal!

El fútbol quita tiempo a la vida: se ve fútbol casi obsesivamente (hay incluso un canal sobre el CF Barcelona que emite partidos de hace diez, veinte o treinta años y me temo que algo parecido tendrán otros clubs), se habla de fútbol constantemente, parece como si no se pueda vivir sin el fútbol y si la honrilla nacional o autonómica dependieran de los resultados de tal o cual partido. Para colmo, los jugadores de unos cuantos equipos cobran unos salarios obscenos que constituyen un verdadero desprecio a quienes se ganan la vida con su trabajo y con salarios de miseria que, por cierto, no tienen inconveniente en dilapidar pagando la entrada al estadio.

Los hay incluso que realizan su tránsito de la pubertad a la juventud en los estadios. De la misma forma que los niños de cualquier tribu africana, llegada la edad se realizan una mutilación corporal y luego realizan la aventura iniciática de cazar un león, nuestros jóvenes se rapan el pelo, y asumen la aventura de enfrentarse con la hinchada rival en el estadio. Esta es su “aventura iniciática”, su “rito de tránsito” de la pubertad a la juventud.

Por cierto, ¿habéis visto algo más parado que un futbolista? Sí, se les paga para que den patadas, no para que respondan a ruedas de prensa, pero cuando lo hacen demuestran su rematada sosez y sus escasos recursos acaso porque la mayoría solamente sirven para dar patadas a un balón. Los misters son, desde luego, quienes mejor controlan los medios pero tampoco son la alegría de la huerta. Y, para colmo, ¿qué interés puede tener una liga de fútbol como la española –sin duda la más competitiva de todo el mundo- cuando solamente dos clubes tienen acceso permanente a los puestos de cabeza y se han tenido que inventar otras competiciones, no solamente para que otros equipos tengan acceso en ocasiones a alguna copa, sino también para tener entretenidas a las masas cuando la liga acaba?

A la empresa de ingeniería de un amigo la Seguridad Social le requisó sin previo aviso el dinero de las cuentas corrientes simplemente porque se había retrasado dos meses en el pago de las cuotas a la seguridad social. Sin embargo, los principales deudores a la Seguridad Social son los clubes miembros de la Liga Nacional de Fútbol: exactamente 752 millones de euros en 2012. Nadie, por supuesto, piensa en intervenirles las cuentas. Dos pesos, dos medidas. Resulta inmoral, así mismo, que la mayoría de presidentes de los clubes sean empresarios, habitualmente del sector de la construcción, que hasta hace poco utilizaban su cargo para realizar grandes pelotazos inmobiliarios o simplemente para despistar dinero negro; o para cambalachar con los ayuntamientos tal o cual terrenito o este o aquel permiso de obras.

Pero, sin duda, lo más deletéreo del fútbol es su impacto sobre las masas. Hoy un número creciente de población no vive sino para el fútbol, por el fútbol y en el fútbol. La vida familiar anulada salvo que la mujer y los hijos acepten ser integrados en la hinchada (la familia que va al estadio unida permanece unida). El fanatismo transmitido de padres a hijos. Esposas que se ven libres para cornear a sus maridos o departir con las amigas, en las horas del fútbol. Omnipresencia del fútbol, omnipotencia del fútbol… y, para colmo, preocupación por el fútbol. Si el equipo va bien, se diría que aquello a lo que representa (¿y qué representa? ¿A una ciudad? ¿A sus aficionados? ¿A sí mismos? O más bien ¿a una sociedad anónima que, como todas, no es más que un negocio, solamente un negocio y nada más que un negocio para el cual es necesario encontrar consumidores?) eso supone que está tocado por la mano divina, pero si el equipo pierde inexplicablemente es que existe alguna conspiración y el hecho de que el árbitro tenga un primo de un cuñado del vecino del quinto que sea jugador del equipo rival, eso implica una puñalada por la espalda para los propios colores.

El fútbol además tiene dos vertientes políticas. De un lado estimula el nacionalismo. Todo nacionalismo. Si España gana el Mundial, España es una caña. No hay quien nos gane. Somos, simplemente, la hostia: “Ser español es lo más serio que se puede ser en el mundo”. Si apenas llegamos a los cuartos de final, el orgullo nacional se siente erosionado: “Español es aquel que no puede ser otra cosa en el mundo”. El nacionalismo español depende en buena medida del fútbol. Casi se diría que las costuras de España resisten por la Liga Nacional de Fútbol y por la posibilidad de conquista de nuevas glorias futbolísticas. Y ¿qué decir de los nacionalismos regionalistas? El Barça es, como rezaba un lema antiguo, “algo más que un club”. En efecto, es una sociedad anónima. Bastante más que un club, ciertamente. Pero, de ahí a decir que el CF Barcelona representa a la sociedad catalana sería excesivo, como máximo sería más adecuado decir que representa a los ciudadanos de Barcelona a los que les gusta el fútbol y siguen a este club. De la misma forma que decir que el Real Madrid es franquista es una simplificación ridícula. Pero es que, las filias y las fobias despertadas en torno al fútbol son ridículas. Todas, sin excepción.

La alianza entre fútbol y nacionalismo es simplemente una forma de fanatizar a masas que de otra manera ni se interesarían por los colores nacionales o regionales. La desintegración de Yugoslavia comenzó con un partido de fútbol al que siguieron tres largas guerras balcánicas con miles de muertos. Es un caso extremo, pero es que fanatizar a las masas en un partido de fútbol cuesta menos que fanatizarlas por una causa política. Se debe a Gustav Le Bon el primer estudio no superado todavía sobre la psicología de las multitudes. Decía Le Bon que la inteligencia de una masa no se sitúa en la media aritmética, sino en el nivel más bajo de sus integrantes. Mirad las reacciones de la peña en los partidos de fútbol: gritos al unísono, arrebatos de ira, de aplausos, de entusiasmo, de violencia incluso, al unísono, como si la personalidad se disolviera y emergiera un yo colectivo superior a cualquiera de sus partes y siempre primitivo e infantil.

Podríamos también aludir al fútbol y a la “identidad”. En efecto, en la selección francesa, al parecer, todavía queda algún jugador que parece hijo de galos, la mayoría tienen colores y fisonomías que demuestran que tienen tanto de francés como la paella o el pepito de lomo. Ese mismo problema tienen algunos clubs españoles en los que, entre otras lindezas, en la propia camiseta aparece el nombre del patrocinador “Qatar”… ¡Eso es identidad y lo demás son gaitas!

No es que el fútbol sea el “opio del pueblo”, a fin de cuentas el opio lo consume un adulto consciente de lo que está haciendo. El niño, en cambio, se ve arrastrado por otros niños, por sus instintos, por cualquier cosa salvo por la racionalidad. Tal es el comportamiento del público presente en un estadio. La irracionalidad es su comportamiento y su ley suprema. No tiene otro. Se dice que el público que asiste a un estadio consigue liberar allí las tensiones que reprime en su trabajo, en su vida social o entre su familia y que allí se libera gritando y, a la postre, termina sintiéndose bien. Pobre resignación esa de tener que desfogarse para sentirse bien. ¿No sería mejor que el individuo aprendiera a controlarse a sí mismo y a generar un mundo y un entorno social en el que no tuviera que sufrir represiones ni se convirtiera en una especie de olla a presión que solamente se puede liberar en un estadio o ante una TV panorámica?

En 1973, Zbigniew Brzezinsky, fundador de la Comisión Trilateral, que luego sería secretario de Estado con Jimmy Carter y que aún hoy sigue siendo uno de los hombres más influyentes de los EEUU, escribió en su obra La Era Tecnotrónica que lo esencial para mantener la estabilidad social en unas décadas siguientes que iban a estar marcadas por la pérdida de derechos sociales y unas dificultades crecientes a la vista de que a ningún observador avispado se le ocultaba ya por entonces que nos dirigíamos hacia una “convergencia de catástrofes”, lo esencial era, decía Brzezinsky, el “entertaintment”: el entretenimiento. Se “entretiene” a la gente para que no advierta la miseria que le rodea, la oscuridad que tiene por delante y viva en medio de un estado de narcosis en el que no basta con convertirlo en un tubo digestivo, sino que se le da la posibilidad de que “entretenga” su tiempo entre digestión y digestión, mediante TV, videojuegos y espectáculos deportivos. Si hoy el sistema mundial consigue que el absurdo generalizado (la globalización, la economía desregulada, las burbujas económicas, la creación de dinero, incluso que se llame “democráticos” a gobiernos que no gobiernan sino que son gobernados por la plutocracia) consiga mantenerse sin que existan oposiciones notables, se debe, entre otras cosas, a que unas masas narcotizadas por el “entartaintment” no solamente comulgan con ruedas de molino sino que han visto como sus neuronas se convertían en puro teflón.

Creo que el próximo viernes hay una final en Madrid. Y creo que la juegan dos equipos de la “periferia” en donde el nacionalismo es el rey de la fiesta. Así que la final a celebrar en Madrid, será de máxima tensión y los nacionalistas tratarán de convertir el encuentro en un acto de afirmación separatista… Se silbará al himno nacional y se silbará al príncipe Felipe. Y esto, al parecer, será una tragedia nacional. Para colmo, pequeños grupos de extrema-derecha quieren llevar la contra y convertir el acto en uno de “afirmación nacional y patriótica”. Y yo me pregunto… ¿qué tiene que ver algo tan banal como una final de fútbol (hay tantas “finales”, tantas “copas”, tantas “ligas” que una mas debería de importar muy poco) con el himno nacional ¿es que hay que tocarlo necesariamente? ¿Y qué diablos hace el príncipe allí? ¿Cómo? ¿Qué es la copa del Rey y debe entregarla? ¡que la envíen por MRW! Claro está que la banalidad de la casa real se demuestra y confirma en espectáculos banales como éste, ¡menudo ejemplo el del rey dando su título a una competición como muestra de que si hay monarquía es porque la gente no solamente sabe del rey en la prensa del colorín o últimamente en las páginas de sucesos (por los castañazos reales y la corrupción en la propia casa real) sino también en la entrega de trofeos deportivos.

Que suene o no el himno nacional en una final de fútbol es irrelevante y si se me apura, en lo personal, preferiría que los símbolos de algo tan importante como es la patria no tuvieran nada que ver con algo tan banal e irracional como el fútbol. El problema es que todo nacionalismo no pierde comba a la hora de excitar a las masas. El nacionalismo –todo nacionalismo- es pura irracionalidad, como el apoyo a tal o cual club o equipo. Por tanto, no es raro que exista una alianza entre nacionalismo y fútbol, alianza que, como en el caso de Yugoslavia, terminó resultando siniestra. Gane quien gane el viernes, ganará el nacionalismo. Y perderá el sentido común y la nacionalidad.

Los ultrillas que vayan allá convocados por pequeñas formaciones que subsisten a título residual se llevarán la peor parte y no terminarán de entender porqué a sus convocatorias siempre acude tan poca gente. Pero también ellos tendrán su momento de gloria dentro de unas semanas si España pasa de los octavos a los cuartos y de los cuartos a las semifinales en próximos campeonatos internacionales. Seguirán siendo pequeñitos y redonditos, pero felices.

Seamos positivos: la alegría de un triunfo deportivo no es algo necesariamente negativo. Alegrarse, siempre es mejor que mesarse los cabellos o rasgarse las vestiduras. Lo que nos tememos es que una muestra creciente de población acude a los estadios, no para alegrarse, para ver un espectáculo, sino para, además de “desfogarse”, para demostrar filias y fobias que tienen poco que ver con el deporte. Es un signo propio de estos tiempos de masificación, despersonalización y entertaintment. Hay cosas más importantes en la vida que gritar en un estadio o ver a veintidós tipos con pantaloncito corto corriendo detrás de un balón, está bien verlos como está bien ver cualquier espectáculo. El problema es cuando para alguien solamente termina existiendo ese espectáculo y todo lo demás pasa a segundo plano. Entonces se llega a un estado de narcosis.

Nuestra sociedad ha llegado, globalmente considerada, a ese estado detestable en el que las realidades objetivas, los problemas, las posibilidades de obtener satisfacción real, incluso física, los proyectos personales, la vida misma, todo, pasa a segundo plano ante un partido de fútbol. Como si durante los 90 minutos del encuentro el sol parara su curso y los tiempos se detuvieran. Y es que nuestra sociedad ha sacralizado el fútbol: el estadio se convierte en un espacio sagrado como lo fueron los templos; los 90 minutos es el tiempo sagrado intocable e inmarcesible en el que nada ni nadie puede distraer nuestra atención; los oficiantes laicos son los jugadores y el gran miste el árbitro; el rito está marcado en el reglamento; pero, lamentablemente, esta nueva religión laica no nos llevará mucho más lejos del estado de narcosis. Es la religión de las masas, la única que pueden seguir las masas hoy, cuando por delante no tienen más que crisis, precariedad y miseria. Haría falta convertir en obligatoria la lectura del último capítulo del Rivolta contro il mondo moderno de Julius Evola, para que aquellos elementos de las masas a los que todavía les queda una pizca de racionalidad pudieran ver la lógica de este fenómeno. El futbol es una cobertura al nihilismo, sirve para ocultar al hombre moderno, la miseria existencial y material en la que vive y que tiene por delante.

Definitivamente ¿Cómo queréis que no odie el fútbol?

© Ernesto Milá – ernesto.mila.rodri@gmail.com

 

 

Marine Le Pen ha vencido

Marine Le Pen ha vencido

Infokrisis.- Ha ganado François Hollande una especie de Zapatero con las “erres” arrastradas… Nada nuevo bajo el sol. Es un cambio de estilo más que un cambio de política. Los electores franceses se han limitado a elegir entre la dureza tosca del judío húngaro, visiblemente psicópata, y la blandura coriácea de un Hollande; una cuarta parte del electorado ha optado por quedarse en casa, cuatro puntos más que en la anterior convocatoria. La desconfianza hacia la clase política francesa crece.

Muy pocos creen que vaya a existir un verdadero cambio de rumbo. No se tiene la seguridad de que Hollande vaya a imprimir un nuevo rumbo a la UE y se vaya a enfrentar a la mala bestia neoliberal de la Merkel, ni siquiera se cree que tenga carácter para discutir sobre la conveniencia de variar las políticas de recorte por otras de inversión. Pero algo tendrá que hacer si no quiere decepcionar al electorado en las primeras semanas de mandato. Hasta ahora y en los últimos cuarenta años solamente Georges Pompidou no había renovado un segundo mandato (y esto porque estaba aquejado de una grave enfermedad que lo llevó a la tumba en apenas unos meses). El resto (De Gaulle, Giscard, Mitterand y Chirac) habían gobernado en dos mandatos. Esto da una idea de cómo el pueblo francés ha apreciado la gestión del judío-húngaro (y si lo calificamos así es porque, efectivamente, lo es, de la misma forma que el que fue su enemigo durante unos meses, Strauss-Khan era, judío, socialista y millonario): ni el caso del “moro loco asesino solitario” con el que se inició la campaña electoral, ni el jugar al pequeño Napoleón impulsando la agresión a Libia (que la ha sumido en un verdadero caos y en una guerra civil repleta de vendettas que todavía dura hoy), ni las declaraciones contra “la racaille” (la “canalla” como calificó a la inmigración) seguida de inhibiciones constantes sobre el tema, ni los llamamientos a restablecer el “orden republicano” que no tuvieron traducción práctica, ni siquiera el ir colgado del brazo de lo que en estas latitudes se conoce como “una tía buena”, nada, absolutamente nada de todo esto, le ha servido para repetir mandato. Y en cuanto a sus logros, simplemente no existían… en una república presidencial como es Francia y en donde el electorado tiene más memoria que en España, esto se paga con una llegada temprana al basurero de la historia. Esto es lo que le ha pasado a Sarkozy… el judío húngaro. De todas formas, el dato más interesante de estas elecciones no está ahí, sino en la tercera fuerza. Esto es, en Marine Le Pen.

El papel de Marine Le Pen en la campaña electoral

No es la primera vez que una campaña del Front National ha llamado la atención. Guillaume Faye ya recordaba hace diez años que varios intelectuales franceses insistían en que centro-derecha, centro-izquierda y centro-centro “venden imagen”, pero sólo el Front National hace política. Y hace política porque presenta propuestas concretas. Estas serán más o menos aceptables para el electorado, más o menos discutibles, pero son, al fin y al cabo, propuestas inéditas que se salen del encefalograma plano del resto de programas políticos.

Sarkozy basaba toda su campaña electoral en la recuperación del voto que se inclinaba desde hace seis meses de manera inequívoca hacia la derecha-nacional. En los sondeos la intención de voto que recogía Marine Le Pen llegó a alcanzar el 35%, eso fue lo que decantó a Sarkozy por cifrar el destino de su campaña en recuperar esa masa electoral. De ello dependía su reelección. Lo único que consiguió fue no quedar en ridículo recuperando buena parte de esos votos, pero no los suficientes, entre otras cosas porque el electorado del Front National ha ido variando con el paso de los años. Algo que los estrategas de Sarkozy no entendieron: pensaron que bastaría una pequeña campaña “imperial” en Libia para recuperar a los amantes de “la grandeur” que, por algún motivo, esperaba que fueran mayoritarios en el Front; pensó que mediante una operación visiblemente montada por servicios de inteligencia (públicos o privados) en el arranque de la campaña que generaron por enésima vez el viejo truco del “loco asesino solitario”, en este caso Mohamed Merah, que le sirviera como excusa para poder situarse en el centro de la polémica anti-inmigracionista, los votos “islamófobos” le afluirían en riada; y, entre la primera y la segunda vuelta, cuando percibió que solamente el 18% de votantes que había entregado su confianza a Marine Le Pen, y acentuó sus declaraciones antiinmigracionistas, lo que estaba haciendo era confesar que su reelección dependía precisamente de los votos de la derecha nacional. O mejor dicho, de los votos que el electorado había entrado a Marine Le Pen y al Front National. Pero algo había cambiado en el interior de esta formación, algo que Sarkozy no entendió y que François Hollande entendió pero no quiso creer. Si Hollande se sentará en el Elíseo es gracias a que Marine Le Pen se negó a entregar sus votos al judío húngaro y no gracias a sus propios méritos o al tirón que pudiera tener en el electorado…

Algo ha cambiado en el Front National

Hace un año se produjo el relevo: Le Pen sucedió a Le Pen, la hija tomó la llama del padre, pero los analistas no percibieron que esto iba a ser algo más que un simple relevo generacional. La hija ha hecho lo que el padre se negó a hacer a pesar de que todo le arrastraba a hacerlo: la conversión del Front National de un partido de la derecha nacional clásica a un partido transversal con una implantación preferencial entre los jóvenes y los trabajadores. A partir de los años 90 era evidente, los estudios sobre el origen de los votos del Front National así lo demostraban, que papá Le Pen tenía tirón creciente entre los jóvenes y entre los trabajadores… pero su política distaba mucho de estar orientada hacia esos sectores. De hecho, las propuestas de aquel Front National y del propio Le Pen eran las de un hombre de derecha nacional más o menos convencional y, si se nos apura, a la antigua usanza, casi un petainista, o un antiguo lector de Maurras que parecía de espaldas a la realidad de los años 90 acaso por la edad. Las ideas de Jean Marie Le Pen no habían cambiado mucho desde que fue el diputado más joven de Francia en la bancada del partido poujadista, ni cuando dimitió de su cargo para presentarse voluntario para combatir en Argelia como teniente de paracaidistas…

Si Jean Marie Le Pen logró alcanzar la segunda vuelta en las elecciones de 2002 fue precisamente porque en Francia el problema de la inmigración había ido demasiado lejos. El hecho de que en aquel momento existieran varios cientos de barrios, verdaderos guetos, en los que la legalidad republicana ya había dejado de existir y el hecho de que la clase política se negara a reconocerlo o que la progresía pidiera más inmigración, más multiculturalismo y más mestizaje, fue el causante de que unos sectores crecientes del electorado popular votara a J.M. Le Pen no tanto por afinidad hacia el programa del Front National como por rechazo a la inmigración masiva. Bastaba entonces con que un candidato desaprensivo y psicópata como Sarkozy, a última hora, el último día de campaña, hiciera un alegato desaforado contra la inmigración masiva, para que ese electorado fuera recuperado por la derecha liberal. Si entre las elecciones de 2002 y las de 2007, J.M. Le Pen perdiera la mitad de sus votos en las presidenciales, eso se debió precisamente a que Sarkozy los recuperó simplemente fotocopiando las propuestas del Front en materia de inmigración repitiéndolas a través de sus altavoces mediáticos, de bastante más volumen que los del lepenismo. Pero eso ya ha terminado.

Ahora hay otro Front National diferente del de hace cinco años. El relevo ha sido mucho más profundo que si se tratase de un mero relevo generacional. Marine Le Pen no se ha limitado a realizar las mismas propuestas que su padre. Eso le ha llevado a un éxito sin precedentes: su candidatura ha sido la más votada entre los jóvenes y entre los trabajadores. La diferencia estriba en que ahora el programa del Front ya no es fácilmente asumible a última hora por el candidato más desaprensivo, ya no se puede copiar impunemente. Y esto por varios motivos.

En primer lugar, la campaña electoral y los resultados de la primera vuelta han servido para transformar lo que hasta ahora era una opción marginal (se puede obtener el 15% de los votos y ser marginal en política, el Movimiento Social Italiano, se acercó a estos resultados a principios de los 70 y en los años 80 y no pudo nunca ser considerado como un partido más, sino que siempre siguió siendo una fuerza marginal) en la tercera fuerza en discordia. Esta campaña ha llevado al Front National de la periferia de la política, al pelotón de cabeza. El hecho de que Marine Le Pen fuera capaz de debatir (y de qué manera y con qué combatividad y, por supuesto con qué argumentos, demostrando que está al tanto del debate político, económicos y cultural que está abierto en Francia en este momento) y que en el curso de los debates, sus argumentaciones fueran sólidas, ha conseguido que el Front National fuera “desdemonizado”… ahora les va a ser muy difícil a los profesionales del antifascismo y del antirracismo, seguir presentándolo como un peligro para la democracia; era evidente que nunca lo había sido y que ni la hija ni el padre han albergado nunca la intención de derribar las instituciones democráticas ni de abolir las libertades, ni realizar progroms ni atentados a los derechos humanos fueran cuales fuesen…

Además Marine Le Pen es mujer. Seguir presentando al Front National como una fuerza retrógrada, machista, dirigida solamente por hombres acompañados de mujeres sumisas e invisibles, era un arquetipo que solía esgrimir la derecha liberal, el centro y los socialistas y que a partir de ahora ya no podrán utilizar nunca más. De hecho, ha sido la única mujer que se ha presentado a la campaña electoral (a excepción de la candidata ecologista que apenas recogió el 2,31% en la primera vuelta). Estamos aquí muy alejados de otras mujeres que habituales en la derecha nacional. Se nos ocurre, por ejemplo, la figura de Alessandra Mussolini, cuyas oscilaciones políticas casi copernicanas, se unían a una falta de capacidad para enarbolar un discurso coherente en los debates y todo se limitaba a utilizar las “artes napolitanas” en los mismos (gesticulaciones, descalificaciones, excitación de los bajos instintos de los presentes, etc.). Con Marine Le Pen estamos –afortunadamente- ante otro estilo. Y ante otras ideas…

Hace unos meses se publicó el libro Pour que vive la France escrito por la candidata (asesorada por un equipo de intelectuales y técnicos) en el que se recogían las ideas que iba a defender el Front National y su candidata en esta campaña electoral. Hasta después de la segunda vuelta, la existencia de esta obra apenas ha sido conocida fuera de Francia pero en el vecino país ha sido, sin duda, la obra más comentada y, seguramente, la más leída.

¿Qué nos cuenta Marine Le Pen en esta obra? Nos señala a un enemigo: la globalización y el mundialismo, el neoliberalismo y los “señores del dinero”. A diferencia de su padre, que en las últimas declaraciones todavía seguía considerando que uno de los enemigos era “el comunismo” (que hoy ocupa un papel residual en la política francesa y que, en ningún momento, ni siquiera “por tradición” puede ser considerado como “enemigo principal”), su hija en cambio ha situado con mucha más precisión y actualidad al enemigo. Y con mucho más realismo. Esa es la primera gran diferencia. El discurso anticomunista clásico propio de los años de la guerra fría ha estado completamente ausente. Es más, algunos “intelectuales de derechas”, los equivalentes aquí a libertaddigital o a interecomonia, han acusado a Marine Le Pen de “comunista”… Ahí está Yvan Blot, antiguo cuadro del Front, fugado durante la escisión de Bruno Mégret y dirigente del Club de l’Horloge, un nacional-liberal, que no dudó en calificar a Marine Le Pen como “la última marxista de Occidente” y la ha llamado “Marine La Roja”. Como puede verse, la estupidez de la derecha liberal no es privativa de este lado de los Pirineos.

¿A qué se deben estos exabruptos de la derecha liberal? Hay que leer las páginas de Pour que vive la France para entenderlo: Marine Le Pen establece una relación casi gramsciana entre la superestructura cultural y la infraestructura económica y, así por ejemplo, nos dice sobre la globalización: “Es una alianza entre el consumismo y el materialismo para sacar al hombre de la Historia y precipitarlo hacia (…) la era del vacío”. Si hasta ahora la única forma de oponerse a la globalización era “desde la izquierda” (el movimiento de los indignados, por ejemplo, en España debatió sobre quién podía indignarse y en su democratismo ridículo resultó que la indignación era privativa… de la izquierda. No es de extrañar que la indignación esté a un año de su irrupción en el baúl de los recuerdos) ahora esto ha terminado… Quien intente aislar al Front National como “fuerza del sistema, autoritaria y fascista” está llamado a caer en el ridículo (notorias progresistas de izquierdas como Ignacio Ramonet tienen hoy las más serias dificultades para explicar por qué las clases populares y los jóvenes están siguiendo a una opción “fascista” y cómo es que esta llama a la lucha contra la globalización y el mundialismo de manera mucho más creíble que quienes, como el propio Ramonet, defienden –pobres diablos- “otra globalización”…).

Luego están las fuentes argumentales. Jean Marie Le Pen, como hemos dicho antes era un hombre de derecha nacional clásica. Sus fuentes eran Maurras especialmente y especialmente Maurras, quizás algún otro intelectual contemporáneo (Jean Cau, y algún otro) pero siempre vinculados a su área política. Esto suponía una limitación, algo así como decir, lo único que nos interesa es lo que teorizamos nosotros y nuestra gente, fuera de nuestros altos muros no hay nada que nos atraiga. Y eso contribuyó durante treinta años (entre 1982 y 2012) al aislamiento del Front National y a que sus intentos de participar en el “debate nacional” que se estaba dando en esos momentos en Francia fuera marginal y se permaneciera en el aislamiento. Pero esto ha cambiado. Hay toda una cohorte de intelectuales que son interesantes para la teorización del Front National en tanto que aportan nuevos puntos de vista susceptibles de ser integrados en su discurso, sin duda mucho mejor que en el de cualquier otro partido político. ¿Qué valor pueden tener para el Front National los trabajos del sociólogo Emmanuel Todd, o los de Philipe Azkenazy y sus “economistas aterrados” o los trabajos de Jean Claude Michéa? Un partido que hasta hace poco se alimentaba solamente de las lecturas de Rivarol, Minute y Present, dignos medios de expresión de la derecha nacional pero incapaces de “saltar al otro lado”, ha pasado a incorporar un tipo de análisis nacido en escuelas de pensamiento que quizás no tengan nada que ver con la derecha nacional, pero que sirven para la construcción de un discurso antimundialista y anclan su crítica a la modernidad sobre datos de aquí y de ahora. La palabra trasversalismo se ha convertido en un tópico en el discurso políticamente correcto francés, pero si hay un partido a la vez transversal en el análisis y defensor de los principios, ese es el Front National.

Jean Claude Michéa realiza un análisis extraordinario en el que demuestra en su obra sobre Adam Smith, por qué el capitalismo no puede ser superado desde la izquierda y por qué el fracaso de la izquierda se produjo desde el momento en el que dejó de interesarte por la suerte de los trabajadores franceses y empezó su larga marcha hacia “los excluidos”, los “indocumentados” y las minorías sexuales siguiendo con fidelidad perruna las consignas de la UNESCO y del progresismo más acrisolado. Y también, por supuesto, su propio oportunismo: cuando la clase obrera francesa disminuía en número y se aburguesaba, los “pensadores” de la izquierda creyeron ver en la inmigración a un “nuevo proletariado” que reemplazaría al proletaria tradicional y en una primera fase se entregaron a él y a su defensa, para luego, abandonados por el proletariado tradicional a lo largo del Ventennio 1985-2005, entregarse en brazos de líneas parecidas al zapaterismo español. La propia Segolene Royal, antigua candidata de la izquierda, ex compañera de Hollande, defendía las mismas señas de identidad del socialismo francés, una especie de zapaterismo con faldas. El drama para la izquierda ha sido que hoy sus votos ya no proceden de las clases populares, sino de la progresía ilustrada, es un electorado procedente de la burguesía “progre”, en absoluto un voto popular. A la izquierda europea le toca expiar ahora su pecado contra la racionalidad: el haber creído que una sustitución étnica de la población iba a ser irrelevante para el futuro del país.

También ha sorprendido que Marine Le Pen haya utilizado citas y frases de políticos que no pertenecían a la tradición política de la derecha nacional. Ha llamado la atención que en su libro se contuvieran referencias al antiguo dirigente comunista Georges Marchais (que en 1981 ya aludió a las tensiones que iba a generar la construcción de la gran mezquita de París) o de Pierre Mendes-France, dirigente centrista (que en 1957 ya alertó sobre la necesidad de no abrir las fronteras a no importa qué inmigrantes, sino que lo condicionaba a las necesidades del mercado laboral y del país). ¿Por qué Marine Le Pen  ha utilizado estas citas? ¿Por oportunismo? ¿Para sorprender y romper los esquemas derecha-izquierda? En absoluto, por algo mucho más básico: estas citas son historia, pertenecen a personalidades de la política francesa del pasado que son historia, nada más que historia y solo historia y en la medida en que se trata de personalidades respetadas en su tiempo y en la actualidad, vale la pena recordar lo que dijeron porque no estaban diciendo nada distinto a lo que propone hoy el Front National.

Ha sorprendido, así mismo, especialmente a los observadores poco avisados que creían que las razones del antiinmigracionismo del Front National eran simplemente “xenófobas y racistas”. Y resulta que no: que se está contra la llegada masiva de inmigración y contra la alteración del sustrato étnico de Francia y de Europa también y sobre todo por cuestiones sociales. Lo que Marine Le Pen ha pedido es que las entradas de inmigrantes desciendan de las 200.000 anuales de hoy, a 10.000, es decir, que los que lleguen sean los que la sociedad francesa necesita, ni uno más. Y no solo en defensa de Francia, sino también en defensa de la propia inmigración: esta es la novedad. La llegada masiva de mano de obra innecesaria, contribuye a abaratar los salarios y a generar lo que Marine Le Pen ha llamado “la esclavitud moderna” y las “deslocalizaciones a domicilio”.

Finalmente hay algo más. El Front National propone medidas económicas concretas y viables: pide la “política de relocalizaciones e industrialización” (y es el único en hacerlo, porque todos los demás partidos dan la globalización e incluso el altermundialismo como irreversibles), pide “superar la división entre izquierdas y derechas” (en la que solamente los hemipléjicos mentales pueden creer aquí y ahora), exige “la supresión del derecho de suelo” y la “prioridad nacional”  (que consiste en “reservar las diversas ayudas sociales y sus asignaciones familiares únicamente a los franceses” tal como había propuesto Jean Marie Le Pen definiendo la “preferencia nacional”, un concepto rectificado en forma de dar preferencia “a iguales competencias, a personas que tengan nacionalidad francesa”; en viviendas sociales se propone lo mismo). Pero hay diferencias mucho más profundas entre el Front National de Jean Marie Le Pen y el de Marine Le Pen.

En lo relativo a política internacional, por ejemplo. Mientras el padre se había declarado siempre admirador de Ronald Reagan (por su éxito en la lucha mundial contra el comunismo especialmente), su hija es excepcionalmente crítica tanto con la OTAN, como con el “atlantismo” y con el neoconservadurismo que arrancó en aquel período de la historia norteamericana. Es más, si el padre hacía hincapié en la “libre empresa” y denunciaba el “estatismo y el fiscalismo”, su hija –que irrumpe en otro momento histórico y ha comprendido finalmente que las exigencias son otras- dice alto y claro algo que buena sintoniza con buena parte de los intereses de Francia y de los franceses: que hay que “reforzar el Estado y que éste debe controlar la actividad financiera, que hay que poner coto a la especulación y al poder de la banca” y que no hay que temer nacionalizar, antes que recurrir a más y más privatizaciones, aquellos bancos que no funcionen. El modelo económico no es ni remotamente el ultraliberal o neoliberal, sino el de economía mixta, con un fuerte sector público, una legislación social proteccionista y un salario mínimo interprofesional digno, un Estado capaz de planificar a largo plazo y de mantener en propiedad “sectores estratégicos” de la economía.

Una de las propuestas es particularmente novedosa: aumentar el salario mínimo en 200 francos… financiados no por las empresas sino por una tasa sobre las importaciones. Porque, a fin de cuentas de lo que se trata es de que producir en Francia sea tan rentable como importar y si los aranceles están prohibidos, habrá que recurrir a otras fórmulas para desanimar a quienes pretenden que un tornillo o una coliflor deban producirse allí en donde más barato sea…

Mientras el padre sostenía la necesidad de elevar la edad de jubilación, la hija propone justo lo contrario y lo argumenta: cuarenta años de trabajo son muchos años, no pueden ser más. La jubilación que pueda realizarse a los 60 años, no debe realizarse a los 65. No todo en la vida es trabajar y quien mucho ha trabajado también debe de vivir.

A lo largo de la campaña electoral, el Front National ha logrado conectar por primera vez con los intereses de algunos sectores profesionales, con los enseñantes, por ejemplo. Antes, el Front consideraba que los maestros y profesores eran cómplices en el hundimiento del sistema educativo. Ahora, en cambio, se les ve como víctimas de un sistema perverso generado por unos gobiernos que han querido privar a los jóvenes franceses de espíritu crítico. Y ese sector, que hasta hace poco estaba controlado por la izquierda, a partir de ahora ha visto un camino abierto y sincero en las tesis del Front National.

Podríamos seguir enumerando las diferencias entre lo que hemos dado en llamar “el viejo Front National” y los rasgos del “nuevo Front National”. Habrá otras ocasiones para hacerlo y, desde luego lo que proponemos es una relectura del programa del Front para percibir qué no solamente ha cambiado su imagen pública, sino sus contenidos y orientaciones.

Profundizar en esa línea política, no abandonarla, no temerla

Por supuesto, cuando una nueva línea política irrumpe, hace falta constatar en primer lugar si es coherente y en segundo lugar si llega al electorado. La segunda cuestión la confirman los mismos resultados electorales obtenidos en la primera vuelta y la derrota final de Sarkozy que se ha debido especialmente a la negativa de Marine Le Pen de apoyar al psicópata que durante sus cinco años de gobierno ha hecho de la mentira y el desprecio al electorado su norma habitual de comportamiento. Sobre la coherencia del programa, quedan por supuesto algunos elementos problemáticos.

Cuando se aborda una nueva línea política (y el Front National esto es lo que ha hecho) siempre subsiste la duda de si logrará captar a nuevos electores y sobre si los electores tradicionales no se sentirán decepcionados. Por otra parte, un partido no puede negar su propia identidad en un momento dado de su trayectoria. El Front National nació como partido de la derecha nacional y su actual trasversalismo no puede ignorar ese origen. En los años 80, buena parte del apoyo del Front procedía del electorado conservador. Ahora proceden más bien del electorado popular. En temas como el aborto las posiciones entre ambos electorados pueden ser contradictorias. Marine Le Pen propone en ese terreno la “libertad de la mujer para no abortar”, que no es justamente lo que los sectores católicos del Front proponen “¿aborto? En ningún caso”. Por otra parte, habría la línea divisoria entre el “sector estratégico” de la economía y la “iniciativa privada” son muy difusos y no siempre están claros.

Pero todas estas dudas son poco comparadas con los que el nuevo Front National ha aportado a la política francesa: nuevamente se vuelve a hablar de política, nuevamente hay debates en los que alguno de los participantes disiente del pensamiento único y de lo políticamente correcto, por primera vez en mucho tiempo, en décadas, no hay solamente una “única política económica” sino que alguien está planteando otra diferente y disonante. Lo “políticamente correcto” no es la ley ineluctable de todo programa político. Y, finalmente, alguien llama a las cosas por su nombre: la globalización ha fracasado, el mundialismo es una amenaza, la volatilidad de la economía un riesgo, los EEUU y el “atlantismo” una ruina, la amistad con Rusia un objetivo y el restablecimiento de un eje París-Berlín-Moscú, mucho más importante que el mantenimiento de una Unión Europea, experiencia que hoy puede darse también como próxima al fracaso de no tomarse medidas reformistas urgentes tanto en la estructura política de Europa, como en la económica y especialmente en el concepto de Euro y de Banco Central Europeo.

El tiempo juega a favor del Front National y de Marine Le Pen. En primer lugar porque el grueso de su electorado es joven y porque es la opción francesa más votada por los jóvenes. Lo que implica que, de saber mantener a este sector social, en apenas 5 ó 10 años, cuando el electorado de los partidos tradicionales vaya menguando y el del Front ampliándose con nuevas promociones de jóvenes, el tránsito a la segunda vuelta estará asegurado. Sea quien sea la mala bestia neoliberal que la derecha francesa puede presentar dentro de cinco años contra Hollande, lo que parece claro es que le resultará todavía más difícil evitar que Marine Le Pen pase a la segunda vuelta. Y, a medida que el Front vaya normalizando su presencia en la vida política francesa, las posibilidades de que en una confrontación en segunda vuelta el electorado opte por las opciones nuevas en lugar de por los dejà vû, cobra cada vez más cuerpo.

Quien ha vencido en estas elecciones es, una vez más, un residuo del pasado, la vieja forma de hacer política se resigna a morir, su última esperanza es un tipo parecido a Zapatero que no irá mejor en Francia de lo que fue en España y que en poco tiempo suscitará odios y protestas especialmente en un país mucho más dado a expresar ruidosamente y en la calle sus filias y sus fobias. Sarkozy era el ayer, Hollande (de quien dudamos que vaya mucho más allá de proponer calma y tranquilidad a las fórmulas neoliberales y a las exigencias tiránicas de destrucción del Estado del Bienestar emanadas por los mercados) es el fracaso anunciado. Marine Le Pen, la tercera fuerza de peso creciente entre quienes tienen un futuro por delante (los jóvenes) y, que, por tanto, también tiene futuro.

Y lo importante es que un cambio radical de política en Francia puede repercutir desdemonizando a opciones similares en el resto de Europa. Nuestra generación (los que tenemos entre 55 y 60 años) vimos caer a la URSS, algo que en nuestra juventud nunca creímos posible; ahora estamos asistiendo al derrumbe del imperio americano y a sus ominosas retiradas de Afganistán e Irak; nos queda, sin duda, ver como los regímenes políticos nacidos en la postguerra y llegados en el furgón de los vencedores, se disuelven como un azucarillo. Sólo esperamos tiempo y salud suficiente como para brindar en su entierro. Una nueva Europa puede nacer y probablemente Francia sea una de sus cunas.

© Ernesto Milà – infokrisis@yahoo.es

 

 

 

 

O Gran Acuerdo o Dictadura

O Gran Acuerdo o Dictadura

Infokrisis.- Resumo la situación: vivimos en una partidocracia acosada por los mercados, esto es, por los “señores del dinero”. El poder de los mercados es tan grande que ningún político, ni en España ni en Europa, se siente con ánimo de enfrentarse a ellos. Bastaría por ejemplo con que cualquier político manifestara una leve insinuación de que está dispuesto a tomar medidas contra la omnipotencia de los mercados o contra las agencias de ratting, sería inmediatamente objeto de una inmisericorde campaña de descrédito que no ahorraría mentiras, exageraría datos y situaciones reales y menoscabaría en un abrir y cerrar de ojos su imagen. Nadie, por su puesto, quiere arriesgarse a una campaña de este tipo (dejando aparte que en partidocracia, no están al frente de la cosa pública los mejores, sino los más rapaces, los más ambiciosos y frecuentemente los que tienen más cosas que ocultar). Y, por tanto, el egoísmo y el interés particular, habituales en toda partidocracia, una vez más, sepultan el interés general. Ningún gobierno europeo tomará medidas contra los mercados y las agencias de ratting… de lo que hay que deducir que la política de demolición del Estado del Bienestar y de privatizaciones a ultranza, los criterios neoliberales, la globalización y la omnipotencia del capital financiero, persistirán y aumentarán su presión sobre las poblaciones: y todo, porque la partidocracia es un régimen que no genera líderes, ni estadistas, sino apenas gestores oportunistas y mediocres.

La cuestión es cómo salir de este embrollo porque en ello nos jugamos el futuro. Y solamente hay dos caminos. El primero es lograr un GRAN ACUERDO NACIONAL, el otro una DICTADURA NACIONAL. Eso, o la dictadura de la barbarie impuesto por los “señores del dinero” con el beneplácito y la aquiescencia de los pusilánimes.

¿Qué es un Gran Acuerdo Nacional?

¿Qué entendemos por un “Gran Acuerdo Nacional”? Sería el pacto entre todas las fuerzas políticas sin exclusión presentes en el panorama político nacional y autonómico, de los sindicatos, de los grupos mediáticos y de los distintos estamentos que componen el país (colegios profesionales, judicatura, fuerzas armadas, mundo de la cultura, universidades), para defender el Estado del Bienestar y poner coto a las políticas neoliberales agresivas impuestas desde el núcleo duro de la UE en connivencia con los “mercados”.

Un acuerdo de este tipo implicaría que TODA LA NACION aceptaría como principio la defensa del Estado del Bienestar, la justicia distributiva y las políticas económicas que impliquen inversiones, creación de empleo y normalización económica. Es evidente que un acuerdo de este tipo implica la necesidad de abordar reformas tanto a nivel español como europeo y que la primera medida es romper con la globalización, crear áreas estratégicas de economía homogénea (Europa-Rusia) y ruptura con la globalización y con el libre tránsito de capitales y de mercancías. Sí, lo que estamos proponiendo es una economía proteccionista y lo más autosuficiente posible (especialmente en materia alimentaria y en altas tecnologías) en el marco de la Unión Europea extendida hasta Rusia. Y esto implicaría igualmente la propuesta de ruptura de la OTAN y la creación de un mando europeo de defensa desvinculado del Pentágono. Pero la dimensión europea sería una segunda fase del Gran Acuerdo Nacional: en la primera, de lo que se trataba es de que nuestro pueblo e incluso su clase política, tomara conciencia de que por encima de los partidos están las instituciones y por encima de ellas la ciudadanía: ninguna institución es legítima (por muy legal que fuera en 1978 cuando se aprobó la constitución) sino demuestra un mínimo de eficacia. Y la eficacia en política implica: bien común. El modelo a alcanzar es el Estado del Bienestar, no solamente su mantenimiento, sino su profundización.

Es indudable que esto implica abordar reformas urgentes en todo el país, especialmente en el sistema educativo y normalizar el mercado laboral minimizando al máximo el problema de la inmigración (mediante cierre de fronteras y repatriaciones masivas, consecuencia lógica de regularizaciones masivas insensatas realizadas en años anteriores y de esa infamante “regularización por arraigo” en la que las situaciones de ilegalidad se resuelven en apenas dos años transformando a quien ha vulnerado la ley de extranjería en inmigrante “con papeles”). El Estado del Bienestar es costoso y solamente puede mantenerse mediante una disciplina y una seriedad interna que excluya en primer lugar la llegada masiva de extranjeros que quieren aprovecharse de nuestro esfuerzo y del pago de nuestros impuestos y en segundo lugar la de parásitos que están dispuestos a beneficiarse de él sin aportar absolutamente nada.

El Estado del Bienestar implica necesariamente un alto grado de civismo y de formación humana y ética. Algo que hoy está completamente ausente. La moral del pelotazo, el parasitismo, la ley del mínimo esfuerzo y las excusas para haraganear, para beneficiarse servicios sociales que no se merecen y que se exigen sin contraprestaciones. Para eso hará falta modificar completamente el sistema educativo introduciendo los valores comunitarios, el valor del esfuerzo, del sacrificio, de la austeridad, del trabajo bien hecho, de la responsabilidad y del mérito. Y también es preciso que para acometer esta reforma exista un Gran Acuerdo Nacional que solamente puede partir del reconocimiento de que desde principios de los años 70, las doctrinas educativas nos han llevado de mal en peor hasta la cola de la educación en Europa.

Un Gran Acuerdo Nacional solamente puede surgir de un proceso catarsis de la sociedad española y de sus grupos dirigentes, así como del reconocimiento de que el régimen nacido en 1978 está atravesando su peor momento y es preciso introducir rectificaciones en todos los terrenos bajo la forma de una profunda reforma constitucional. Esto implicaría la reconciliación entre los partidos políticos mayoritarios y la sociedad: estos deberían de pedir disculpas por sus exacciones y reconocer lo que es un secreto a voces, que allí donde existe un partido político, allí hay un núcleo de corruptelas. Los partidos deben pedir disculpas a la sociedad por lo ocurrido en nuestro país en los últimos 25 años: programas incumplidos, burocratización, enriquecimientos ilícitos, mala gestión, proliferación desmesurada de niveles administrativos y cesión a las presiones del gran capital y de los mercados. No se trata solamente de un “acuerdo” entre fuerzas políticas, sino entre los distintos sectores de la sociedad, uno de los cuales son las fuerzas políticas que deben reconciliarse con la sociedad.

Un pacto de este tipo solamente puede cristalizar en un GOBIERNO DE SALVACION NACIONAL compuesto por técnicos y expertos imbuidos de indudable patriotismo. Es indudable de que en condiciones normales, una institución de este tipo debería ser presidida por el Jefe del Estado, el monarca, pero a la vista del deterioro de la institución monárquica y de la escasa personalidad del actual rey y de las nulas esperanzas de mejorar con su sucesor, es evidente que habría que recurrir a poner en barbecho temporalmente la institución monárquica, hasta decidir la forma de Estado, nombrando a un Regente en la persona de alguna personalidad de indudable patriotismo, no contaminado por escándalos de corrupción, ni por políticas partidocráticas y consciente de los riesgos que estamos atravesando en estas horas sombrías para nuestra patria.

Un Gran Acuerdo Nacional implica también que durante un período de tiempo en el que se consiga normalizar el país el sistema electoral debería quedar en suspenso y formarse una especie de “consejo consultivo” formado por representantes de todos los partidos y fuerzas sociales, sindicatos y patronal, estamentos (estudiantes y profesorado, fuerzas armadas, colegios profesionales) y asociaciones culturales. Las necesidades de planificar la economía a largo plazo hacen imposible la existencia de un parlamento sometido a vaivenes electorales cada cuatro años y, por otra parte, si de lo que se trata es de dar estabilidad interior a un país para evitar que la alta finanza y los “señores del dinero” sitúen sus cuñas (siempre hay traidores dispuestos a medrar a cambio de asumir su papel de vendepatrias odiosos) en la comunidad nacional y realicen un trabajo de disgregación del Gran Acuerdo Nacional.

Esta idea supone la asunción de un programa común para toda la nación. Este programa puede ser sintetizado en los siguientes puntos:

- Es preciso luchar contra la globalización económica y contra el mundialismo.

- Es preciso pensar en relocalizar la industria y en planificar la economía en función de los intereses nacionales.

- Es preciso salvar el Estado del Bienestar quebrando sin piedad el poder de sus adversarios.

- Es preciso aligerar la administración pública y abordar una profunda reforma constitucional que sea un verdadero proceso constituyente.

- Es preciso reformar la educación.

- Es preciso reconstruir un sector público que agrupa a servicios vitales para la comunidad y empresas de interés estratégico. Hay que abandonar las perniciosas ensoñaciones ultraliberales cuya aplicación nos ha llevado hasta la crisis en la que nos encontramos.

- Es preciso repatriar a los excedentes de inmigración y no albergar más inmigrantes que los estrictamente necesarios para el buen funcionamiento del mercado de trabajo.

- Es preciso pactar un período de entre 8 y 10 años en el que se apliquen todas estas reformas en el que las partes comprometidas se comprometen a no erosionarse unas a otras y a trabajar por el despertar de la nación.

- Es preciso, desde el punto de vista internacional, quebrar el vínculo con la OTAN y el atlantismo para evitar verse arrastrados por las aventuras coloniales norteamericanas, crear un mando militar europeo unificado. Es preciso trabajar por la construcción de un eje Madrid-París-Berlín-Moscú en el que el papel de España sea el puente con el mundo hispanoparlante. Es preciso renegociar el Tratado de Adhesión a la EU y cambiar las bases de funcionamiento del Banco Central Europeo, o bien abandonar el euro.

- Es preciso entender que en momentos de crisis, cuando lo que se juega es nuestro futuro y el de nuestros hijos, los egoísmos y los intereses de parte deben ser relegados a un plano muy secundario y es preciso concentrar esfuerzo en las políticas de reconstrucción nacional.

¿Qué es la Dictadura Nacional?

Podemos albergar las más serias dudas sobre la posibilidad de que las partes representativas de la Nación suscriban un Gran Acuerdo Nacional. Los egoísmos, la falta de visión de Estado, las políticas alicortas y las pequeñas ambiciones se han ido acumulando durante décadas especialmente en las fuerzas políticas, a lo que se unen los pequeños nacionalismos catalán y vasco, verdadero cáncer de la nación. Por lo tanto, si hemos diseñado las líneas por las que debería discurrir un Gran Acuerdo Nacional en pleno uso de la lógica y del sentido común, estas mismas facultades nos dicen que para la clase política la lógica por la que se mueve es la del lucro personal y el sentido común es siempre sustituido por el absurdo. No hay que ser optimistas porque, a fin de cuentas, son los actuales actores políticos, desde Aznar hasta Zapatero y desde Rajoy a Rubalcaba, los que nos han llevado a la situación en la que nos encontramos. Si hemos enunciado esa posibilidad es, porque implicaría los menores costes y una transición consensuada y tranquila hacia un nuevo modelo de Estado y de economía y, al mismo tiempo, lograría un plazo de tregua en las querellas intestinas entre los partidos hasta salir de la crisis.

Existe otra posibilidad. El electroshock. Técnica casi completamente abandonada por la neurología moderna, el electroshock partía de la base de que los comportamientos anómalos del cerebro se debían a conexiones neuronales erróneas. Así pues, de lo que se trataba era de provocar en el cerebro una ruptura de esa dinámica, un instante en el que las neuronas, mediante el paso de una corriente eléctrica rompieran las conexiones entre sí (conexiones, no se olvide, erróneas) y a partir de ahí volvieran a recuperarlas esperando que fuera de manera normal. El electroshock suponía un traumatismo cerebral para el paciente que, sin embargo, en un altísimo porcentaje se recuperaba totalmente o en parte. Eso es precisamente lo que precisa una sociedad que está inmersa en una crisis que ya no es coyuntural sino estructural.

Vivimos una situación muy similar a la de los primeros años de la Revolución Francesa de 1789 o durante el período posterior a la Revolución Soviética de 1917, cuando quienes se sentaban en el poder estaban literalmente asediados y respondieron con el terror, la guillotina y los fusilamientos… Solo que en la actualidad, no somos nosotros quienes afrontamos un período revolucionario, sino el mundialismo y la globalización. En 1989, con la caída del Muro de Berlín y luego con la Guerra de Kuwait, se produjo la primera revolución planetaria que llevó al poder a una nueva doctrina, el neoliberalismo, y a una nueva clase “los señores del dinero”, a través de una estructura de poder económico, el poder financiero. Pero ese nuevo sistema, esa verdadera revolución que empezó en las postrimerías del siglo XXI no funciona bien: esta crisis es la primera crisis de la globalización, el mundo globalizado es inviable porque es excesivamente diverso como para que las partes puedan competir con fair play y siempre, inevitablemente, la globalización arrastrará los salarios a la baja y generará miseria y desertización industrial en la mayor parte del mundo. Los “nuevos revolucionarios” tienen ahora necesidad de acelerar su proyecto de dominio planetario. Por eso están diezmando y acabando con los islotes de resistencia. Son las guerras que los EEUU han emprendido en los últimos quince años y que apuntan contra el corazón de los pueblos libres: son los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia, son los ataques al régimen de los talibán que se habían estabilizado logrando disminuir la producción de heroína y pacificando el país salvo una pequeña franja del norte, fue el ataque contra Irak (es país de la región que contaba con el mejor sistema educativo y más permisivo que cualquier otro de la zona), fueron las ejecuciones de Milosevic, Saddam, de Ghadaffi, la fabricación del mito Bin Laden, los asesinatos masivos en autoatentados como el 11-S verdadero casus belli para desencadenar a nivel planetario una “estrategia de lucha contra el terrorismo”, las “primaveras del Este”, las “primaveras árabes” que terminaron siempre en fiascos o en guerra civiles, es la crisis económica creada artificialmente a través de las agencias de ratting y a través de fraudes a gran escala y la promoción deliberada de burbujas económicas, es la destrucción del Estado del Bienestar que apunta contra la nuca de todos nosotros, son las nuevas tecnologías  de la sanidad que solamente serán accesibles previo pago para quien se las pueda costear pero que estarán vedadas a la inmensa mayoría de la población… ¡POR ESO DECIMOS QUE EL “NUEVO ORDEN MUNDIAL” ESTÁ HACIENDO LO MISMO QUE LA REVOLUCIÓN RUSA Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EL PERÍODO DE LOS FUSILAMIENTOS Y LA GUILLTINA!

A un enemigo criminal y asesino no se le combate sino con sus mismas armas: con la fuerza y la contundencia, presentes en una lucha sin perdón que tendrá como fin la desaparición de las libertades y los valores tradicionales de nuestra civilización (y con ellos nuestra misma civilización). La lucha, digámoslo ya, es a muerte. Y los adversarios son irreconciliables: o con la civilización o con la barbarie. O con los “señores del dinero” en calidad de esclavos o con los que son como nosotros, los hombres y mujeres que aspiran a sobrevivir y a tener simplemente un lugar bajo el sol.

A la vista de la importancia de este combate vale la pena considerar la utilización de medios extremos. No es que el fin justifique los medios, sino que un solo fin (evitar la extinción de la llama de la civilización que heredamos sobre la tierra) justifica cualquier medio. Incluido la fuerza. De ahí la necesidad de que las fuerzas sanas de la Nación reaccionen a la altura del momento histórico que nos ha tocado vivir. Y esa reacción solamente puede ser de un impulso, como mínimo, superior al contrario si es que se pretende derrotarlo. No es un camino fácil, es lo que en alquimia se llama la “vía seca”, aquella que consiste en “tomar el cielo por asalto” y una vez allí depurar las escorias generadas en el interior del país (politicastros que sigan colocando el interés personal por encima del interés comunitario, quintacolumnista de la alta finanza, irresponsables que hacen el juego a los enemigos de la comunidad, y dogmáticos partidarios contra toda lógica del neoliberalismo, la globalización y la destrucción del Estado del Bienestar. Y cuando digo depurar, me refiero, efectivamente, a aplastar a los enemigos de la comunidad con la mista virulencia con que ellos están intentando asfixiarla.

Para que pueda darse una Dictadura Nacional es inevitable que existe el consenso al menos en un amplio sector de la sociedad, junto con sectores de la administración, técnicos, fuerzas armadas y de seguridad del Estado y al menos una parte sustancial de la clase política. En un momento en el que las instituciones se muestran absolutamente incapaces de aportar una salida en la medida en que desde su origen fueron concebidas para eternizar en el poder a una opción de centro-derecha y a otra de centro-izquierda incluso en el supuesto de que una o ambas cayeran en el mas absoluto descrédito a causa de protagonizar indecibles episodios de corrupción, en un momento en el que el gobierno de los EREs y el saqueo sistemático de los fondos públicos en Andalucía, gracias al sistema electoral vuelve otra vez a gobernar, en el momento en el que Rajoy aplica el “programa oculto” que todos sabíamos que existía y que nunca sacó a la superficie durante la campaña electoral, cuando el PSOE hace una oposición anclado en la más absoluta ignorancia de la realidad olvidando que hace seis meses todavía gobernaba en España y es tan culpable como Aznar del desmantelamiento del Estado del Bienestar, en un momento así, hay que pensar que, ante la falta de salidas y alternativas, una parte sustancial del país terminará protagonizando un estallido social. El hecho de que los analistas económicos reconozcan hoy que no habrá recuperación del empleo hasta los próximos años veinte y en un contexto de eliminación de prestaciones y servicios, hay que pensar que la revuelta social estallará a plazo fijo.

Una revuelta de este tipo llevará a saqueos de supermercados, enfrentamientos con los servicios de seguridad del Estado, provocaciones por parte de Interior y de organismos de inteligencia internacionales, disturbios generalizados y una situación de inestabilidad creciente del sistema. Optar por la represión ante esta oleada de disturbios será la opción del centro-izquierda y del centro-derecha, así como de los nacionalistas catalanes y vascos, la “banda de los cuatro”. Pero esa opción aumentará la conflictividad y generará una situación represiva al servicio del capital financiero internacional y para servir a la liquidación del Estado del Bienestar. Tenemos muy claro que entre optar por la represión propulsada por la “banda de los cuatro” y el estallido social, nosotros estaremos del lado de la protesta. Es una situación así solamente puede estarse a un lado de las barricadas. Y estas, tener por cierto, que se levantarán antes o después por mucha que sea la anestesia con que la “banda de los cuatro” induce a la narcosis social: entertaintment, drogas, deportes de masas, telebasura, etc.

En situaciones como las que se avecina la población está dividida en tres sectores: una pequeña minoría beneficiaria del status del momento (compuesta por dirigentes políticos y élites económicas), una gran mayoría silenciosa y una minoría operante que no duda en salir a la calle a defender los derechos de toda la comunidad. La protesta social terminará generando una “nueva legitimidad” que sustituirá a la legalidad emanada de la constitución de 1978 y que se tratará de cristalizar en un formidable movimiento de defensa de la comunidad. Este movimiento no podrá ser “ultrademocrático” como quiso ser el movimiento del 15-M, la asamblea y la discusión permanente solamente son admisibles entre gentes que no tienen las ideas claras sobre lo que hay que hacer, pero en un movimiento armado con una voluntad inquebrantable de llevar un programa de salvación nacional a la práctica. Este movimiento deberá ser jerárquico, vertical, organizado y la discusión solamente se realizará sobre las tácticas, nunca sobre los objetivos.

La posibilidad de una Dictadura Nacional emergerá en el momento en el que de la protesta social evidencie la necesidad de cristalizar en una opción de poder que ni respetará, ni a la que le interesarán las elecciones democráticas (¿puede ser democrático un sistema que permite la alternancia de partidos pero solamente admite una política económica en la práctica?), sino solamente la solución de los problemas. La gravedad de la crisis hará que toda la fraseología seudodemocrática utilizada hasta ahora para justificar lo injustificable (la pervivencia de las estructuras nacidas en 1978 a pesar de su evidente ineficacia y de su falta de talla para responder a la embestida de los mercados y del neoliberalismo e incluso para dar muestras de un mínimo de eficacia.

En el momento en el que se desencadene la protesta social hará falta restablecer el orden y calmar los ánimos y esto no estará al alcance de quienes han generado con sus errores y su pusilanimidad  la crisis. En ese momento hará falta que las fuerzas sanas del país (que antes hemos enumerado) se reúnan y proyecten un Programa de Salvación Nacional dotado de un programa similar el que hemos enunciado antes. En torno a un regente y bajo el control de las fuerzas sociales que participen en el movimiento deberá formarse un Gobierno de Unidad y Reconstrucción en torno a una personalidad enérgica y prestigiosa y formada por técnicos y expertos de indudable patriotismo y capacidad de gestión.

En ese contexto las fuerzas de seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas deben reconocer de una vez por todas que ellos, sus miembros, figuran entre los damnificados por la globalización, que su lugar no está en defender a un sistema vendido a los “señores del dinero”, sino que está del lado de los que son como ellos. A estas unidades militares o militarizadas corresponderá la salvaguardia de la nueva legitimidad y la defensa de la población, pero también la represión contra quienes pretendan retornar a viejas legalidades superadas por los hechos o aquellos otros que actúen de mala fe al servicio de la alta finanza internacional y del capital financiero mundialista y globalizador. Y su pulso no debe temblar a la hora de los castigos ejemplares contra todos estos traidores e irresponsables. Si hace falta aplastar a la “contrarrevolución neoliberal” a sangre y fuego, es preciso que así sea.

Las libertades públicas quedarán reducidas a lo estrictamente necesario para evitar que el derecho a la libertad de expresión sea utilizado por los quintacolumnistas del neoliberalismo para fracturar el movimiento de renovación nacional. Será el momento de la reconstrucción, no el momento de la distracción, el momento de emprender un nuevo curso político-económico-social-cultural, no el momento de mirar atrás y recordar los tabúes que han permitido al neoliberalismo desmantelar el Estado del Bienestar y situarnos ante las puertas de una privatización generalizada de todos los bienes y servicios del Estado.

Será una Dictadura al servicio de la Nación, esto es al servicio de sus ciudadanos. Una Dictadura necesaria durante un corto período de tiempo para enderezar las cosas, trazar políticas de planificación e inversión a largo plazo, constituir un faro para otros países europeos, una Dictadura capaz de abrir un período constituyente y que entregará el poder cuando haya llegado a su fin. Una Dictadura fuerte para los enemigos de la Nación y de los ciudadanos y que exprese la voz de los damnificados de la globalización, de las clases trabajadores, de los pequeños empresarios, los jubilados y los jóvenes y las clases medias, no de la minoría de arribistas, aprovechados, politicastros corruptos y personal de servicio de los “señores del dinero”. Y contra estos no habrá piedad. El mayor crimen es el crimen concebible, el más odioso es, sin duda, el crimen contra la comunidad porque no se lesionan los derechos, intereses y bienes de una persona física, sino de todo un pueblo que es algo más que un momento puntual en la historia, es una suma de generaciones que han construido la nación y de las que vendrán en el futuro. Por eso resulta odioso e intolerable, reo de las mayores penas, quien defienda o trabaje para los que lesionan los intereses populares.

Estamos hablando de una Dictadura Nacional precisamente porque es una Dictadura para defender a la Nación, para salvaguardar los derechos de las clases populares que componen los sectores más sanos de la Nación.

Hace falta explicar porqué en este terreno solamente la fuerza es asumible. Actuar con debilidad supone dar alas a los enemigos de la Comunidad: ellos no dudarán en organizar campañas, comprar voluntades, organizar resistencias mercenarias, sabotear, calumniar, mentir, para acabar con la resistencia a la globalización. Hace falta, pues disuadir a quienes estén dispuestos a trabajar a favor de este plan miserable de que lo hagan: al mayor crimen, el crimen contra la Comunidad, corresponde el mayor castigo.

Conclusión

Nos gustaría presentar una tercera opción, más realista que la primera y menos radical que la segunda. Quien nos conoce bien sabe perfectamente que la tolerancia y el diálogo nos caracterizan, pero a su vez, nosotros sabemos que hay momentos en los que no puede cederse a hacer gala de un gran sentido democrático, cuando el enemigo de la Patria y de la Comunidad acecha y está dispuesto a llevar sus ajustes salvajes a la práctica. En esos momentos es cuando hay que actuar con decisión y contundencia.

Y más vale que nos vayamos haciendo a la idea que la salida a la actual crisis no va a ser suave, ni pacífica, ni tranquila: va a ser violenta, destructiva y excluyente. O ellos o nosotros. O Estado del Bienestar o Protectorado sin soberanía económica, con políticas mediatizadas e impuestas por la alta finanza, con una democracia que no es más que pura ficción… una palabra sin contenido.

No hay una tercera opción. No puede haber entendimiento entre las dos opciones, ni un punto de acuerdo. Los intereses populares están en contradicción flagrante con los intereses de los “señores del dinero” de la misma forma que las gacelas no pueden convivir con los leones. En lo personal nos en indiferente un Gran Acuerdo Nacional o una Dictadura Nacional, pero reconocemos la inexistencia de una tercera opción. Así pues, las posibilidades se reducen a tres: o la esclavitud, o el acuerdo nacional o la dictadura. No hay más. Y en realidad, se reducen a dos: todo o nada. Que nadie nos reproche que aspiremos al todo para nuestros hijos y para nuestra Comunidad.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com

 

 

 

 

 

Estado del Bienestar: réquiem

Estado del Bienestar: réquiem

Infokrisis.- Desde hace más de quince años se nos viene repitiendo que el Estado del Bienestar está acabado, que no responde a las necesidades de la sociedad y que está llamado a desaparecer por excesivamente costoso. Nadie nos aporta cifras suficientemente incontrovertibles como para pensar que así es, sin embargo, se ha convertido en un dogma neoliberal el dar por finiquitado al Estado del Bienestar. Lejos están los tiempos en los que en España todos los partidos políticos proponían caminar hacia una sociedad como las de los países nórdicos en los que se procuraba que todos los habitantes tuvieran, no solamente un elevado nivel de vida, sino que estuvieran siempre aseguradas la satisfacción de sus necesidades básicas. A esto se le llamaba concepción “distributiva” del Estado, se trataba de que los que tenían más pagaran más impuestos –a fin de cuentas lo podían hacer porque sus necesidades básicas las tenían muy bien cubiertas- y el Estado lo único que tenía que hacer era redistribuir esa riqueza. Por otra parte, el Estado disponía de un sector público que abarcaba empresas estratégicas necesarias para asegurar la previsión de bienes y/o servicios. Se trataba además que, determinadas industrias que eran básicas para la subsistencia de una nación, no cayeran en manos privadas pues, si así ocurría, la sociedad estaría inerme ante depredadoras iniciativas privadas.

Y todo esto pareció lógico durante mucho tiempo. Se discutía sobre si el sector público debía de ser más o menos grande, sobre si debía de abarcar a tales o cuales empresas, pero no se discutía su existencia. Se trataba simplemente de alcanzar los niveles de bienestar de las sociedades nórdicas en las que el Estado del Bienestar se realizaba de una manera más serena y disciplinada. Y ese era el objetivo de todos los partidos políticos en nuestro país. De repente todo cambió.

Hacia principios de los años 80, cuando coincidieron en el poder la Tatcher y Ronald Reagan, se adoptaron políticas económicos que hasta ese momento habían sido consideradas como meras locuras. Estas doctrinas, fundamentalmente derivadas de la Escuela de Chicago y de la Escuela Austríaca, consideraban que cualquier injerencia del Estado en la vida económica era una forma de… socialismo, pues limitaba la iniciativa de la propiedad privada. Los “mercados” eran considerados como inapelables y capaces de autorregularse. Ante ellos el Estado solamente tenía que aceptar el juego económico de los agentes privados, sin inmiscuirse. Era evidente que el papel del Estado debía consistir en proteger a los débiles ante los fuertes y evitar los procesos depredadores que podían darse en un mercado completamente libre y desregulado.

Todo se puso a prueba en el Chile de Pinochet

Los primeros intentos se realizaron en Chile en 1974 y la experiencia se prolongó hasta 1978. Los “chicagos boys”, discípulos de Milton Friedman, desembarcaron en aquel país, se aprovecharon de la existencia de un gobierno militar que carecía de economistas capaces de entender los procesos del mercado e impusieron unas medidas económicas ultraliberales que contrastaban con la forma de gobierno autoritaria. El país había quedado tan decepcionado por la experiencia de la izquierda allendista que, inicialmente, no existieron resistencias… hasta que a los pocos meses de su aplicación esta política resultó nefasta.

La fosforera nacional cerró sus puertas porque era más barato traer cerillas canadienses antes que fabricarlas allí. “Bien para el consumidor” decían los “Chicago boys”… ¿bien? ¿y qué ocurrirá con los trabajadores de la fosforera en paro que ni siquiera tendrán dinero para comprar cerillas canadienses? Bien, no hay problema –dijeron los “Chicago boys”- se reciclarán en otros sectores. Era el precio del levantamiento de aranceles. Pero ¿qué ocurría si sistemáticamente se iban desmontando todos los sectores de la economía y no existían sectores de sustitución? Pasaría que todo el país se iría empobreciendo progresivamente… Hacia 1978, Pinochet debió prescindir de los “Chicago boys” y el intento de aplicar una economía desregulada se había saldado con el primer gran fracaso. A este siguió otro y en un lugar mucho más “central”: el Reino Unido.

El ultraliberalismo en el poder: Tatcher y Reagan

La Tatcher subió al poder influida por las enseñanzas de la “Escuela Austria” de Von Misses y Hayek y pronto se aprestó a privatizar todos los servicios hasta entonces en poder del Estado: la producción y distribución de electricidad, las líneas aéreas, el agua, los transportes públicos, etc. Y, por supuesto, se abolieron aranceles: si salía más barato traer carbón de Polonia había que cerrar la minería británica, tal como se hizo. El resultado de toda esta política fue catastrófico: se sucedieron manifestaciones y protestas sociales, la huelga de mineros se prolongó por espacio de un año entero y las privatizaciones acarrearon la pérdida en la calidad de los servicios y el aumento de los precios. Difícilmente hubiera soportado la Tatcher esta situación de no ser porque los EEUU indujeron a la Junta Militar Argentina a ocupar las islas Malvinas prometiéndoles que permanecerían neutrales y pacificarían al Reino Unido. Si la Tatcher resistió y recibió su apoyo de la “Dama de Hierro” fue precisamente por la actitud inflexible de su gobierno ante Argentina y por su voluntad de levantar el orgullo nacional mediante una victoria que prácticamente podía definirse como “colonial”. No fueron los “éxitos” inexistentes de la Tatcher en materia económica lo que la mantuvo en el poder durante todo un largo ciclo político.

En los EEUU ocurrió algo parecido. Entre 2000 y 2008, la llamada “era Reagan” tuvo algunos éxitos económicos, pero su gran activo y lo que le valió la reelección fue el debilitamiento de la URSS y la victoria sobre el bloque comunista mediante la llamada “guerra de las galaxias”. El complejo militar-petrolero-industrial “tiró” de la economía. También aquí, las privatizaciones acarrearon una catástrofe nacional que todavía hoy vive aquel país y que llevó a que las carreteras construidas en la postguerra tuvieran un deficiente mantenimiento y que zonas enteras del país se situaran en el límite del subdesarrollo en una situación que terminó evidenciándose ante la opinión pública mundial en 2005 cuando el huracán “Katrina” devastó Nueva Orleans y tanto el gobierno estatal como el federal no estuvieron en condiciones de reaccionar.

El fracaso en Iberoamérica

Idénticas catástrofes se sucedieron en los años 80 en América Latina cuando los gobiernos democráticos apenas asentados hicieron caso al “amigo americano” e iniciaron las privatizaciones: ventas de puertos, de edificios de ministerios, de compañías estatales, etc. Una vez más se produjo el mismo fenómeno que ya se había advertido desde la experiencia chilena: caída en la calidad de los servicios, aumento en su precio. En definitiva, retroceso del Estado del Bienestar.

En una primera fase, cuando el Estado pone en venta sus empresas, estas se encuentran en pleno funcionamiento y puestas al día. Se producen algunos despidos, pero el Estado que acaba de ingresar el dinero por la venta de estas empresas no se preocupa: simplemente ofrece indemnizaciones y cree que otros sectores económicos lograrán absorber a los nuevos parados. El Estado utiliza el dinero que tiene para realizar obras públicas que, efectivamente, alivian el problema del paro. Pero, rápidamente el dinero se acaba y el Estado entra en déficit. Justo en ese momento, aparecen los funcionarios del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional ofreciendo créditos que ese Estado acepta…

Es el principio del drama: porque pronto son necesarios más créditos para pagar los créditos previamente concedidos y el Estado cada vez dispone de un margen de maniobra más exiguo. Entonces los funcionarios del FMI y del BM acceden a dar nuevos créditos… a condición de plantear “reformas estructurales” unas reformas que lo que tienden es a empequeñecer al Estado, devaluar la moneda, despedir funcionarios públicos, rebajar salarios, aumentar impuestos y, por supuesto, desregular la economía y eliminar aranceles. El resultado de estas políticas constituyó un fracaso tan rotundo que en la actualidad en la mayoría de países de América Latina, especialmente en los “bolivarianos”, les causa hilaridad el ver que en Europa se están adoptando las mismas medidas que ya fracasaron hace 20 años en Iberoamérica y que llevaron a momentos tan dramáticos como “el corralito” o la hiperinflación en algunos países.

La hora de los economistas a sueldo del capital financiero

Ya es significativo que el país que con mayor énfasis predica la política de privatizaciones y la desregulación de la economía sean los EEUU… país en el que buena parte de la producción, especialmente agrícola, está subvencionada por el Estado. Hoy resulta evidente que la “economía desregularizada” propuesta por los “Chicago boys” es una entelequia suicida en la que solamente algunos elementos de la derecha liberal pueden creer como bálsamo universal para los pueblos y los Estados. Cuando estalló la crisis económica, a pesar de que los principios neoliberales y el fetichismo del mercado estaban excepcionalmente extendidos en todo el mundo, los bancos y las grandes empresas en crisis solicitaron y obtuvieron ayudas públicas. Las excusas para que los Estados incumplieran su promesa de no participar en la vida económica, fueron, cínicamente, el “bienestar general”. Se decía, por ejemplo, que salvando a los bancos lo que se estaba era salvando a los ahorradores, se alegaba que algunas empresas eran “demasiado grandes para quebrar”, o que había que generar empleo realizando inversiones públicas (tal como se hizo en España con el Plan E y el Plan E2010, o con el Plan VIVE). Aun hoy, cuando se nos habla en España de crear un “banco malo” lo que se está ocultando es que se trata de que el Estado absorba la deuda incobrable de la banca, saneándola y colocándola en trance de ser apetecible por compradores extranjeros.

Por supuesto, los popes de la economía neoliberal, siguen explicando con una seriedad pasmosa que si existe hoy una crisis de dimensiones planetarias se debe a que… la economía sigue regulada. Llama la atención la suficiencia con la que este atajo de cretinos dan lecciones de economía a toro pasado y prevén recuperaciones de la economía para pasado mañana desde las columnas de Intereconomía hasta las de Libertad Digital, por no aludir a cierto profesor de economía, mejor cantante de tangos, que saluda a sus contertulios con un “buenos días, liberales” que casi parece un insulto en los momentos en los que el liberalismo económico extremo nos ha llevado hasta donde estamos.

Este fenómeno no ocurre solamente en España. De hecho, recientemente Le Monde Diplomatique demostraba que doce economistas que predican soluciones neoliberales, absolutamente inviables y a todas luces lesivas para la mayor parte de las poblaciones, lo hacen con tanta suficiencia como falta de argumentos sólidos… y, están al servicio de los grandes consorcios financieros internacionales. Esto es que les entra en el sueldo realizar campañas de publicidad del ultraliberalismo…

Algunas explicaciones y algunos porqués

Hace falta explicar por qué el sistema financiero mundial tiene como objetivos el insistir en la desregulación si esta desregulación es simplemente nefasta para el conjunto de las comunidades. Es fácil entenderlo. Desmantelar el Estado del Bienestar implica dejar grandes sectores de la economía que actualmente están en manos de los Estados en venta a los consorcios privados. El siglo XXI va a ser el gran siglo de la sanidad. Ingeniería genética, biomecánica, criogenia, nanotecnología, están convergiendo y alumbrando una nueva medicina que se cotizará a precio de oro y que para los diosecillos del capital será (está siendo) el negocio más tentador en las próximas décadas. De ahí el interés en la privatización de la sanidad. Pero, por otra parte, de lo que se trata para los “señores del dinero” es de disminuir la soberanía de los Estados. Estados fuertes, con recursos, con un arsenal legislativo y conciencia de su misión, pueden negarse a privatizar estos últimos sectores económicos. Se trata de que no lo hagan y se trata de algo más: de alcanzar las consecuencias finales del capitalismo en los que la política no solo está por debajo de la economía, sino que la política es el terreno en el que los “señores del dinero” hacen y deshacen a su antojo y en su beneficio. Ya no se trata de que grandes líderes guíen a los pueblos a través del devenir histórico, ni siquiera que sean los propios pueblos a través de instituciones democráticas las que se forjen su destino: se trata de limitar la soberanía de los Estados dando prioridad absoluta a depredadores económicos.

Y en esto la Unión Europea tiene una buena parte de responsabilidad. Dos medidas de la UE han sido absolutamente incomprensibles y suponen una traición a las poblaciones europeas: la normativa del Banco Central Europeo que impide que este organismo preste dinero a los Estados y el llamado Mecanismo de Estabilidad que prohíbe déficits superiores al 3%. Veamos cada uno de estos elementos.

La prohibición de prestar dinero a los Estados se basa en que estos podrían tender a endeudarse. Argumento falaz porque como en cualquier operación de crédito lo primero que el prestamista mira es si el cliente está en condiciones de devolver el crédito. No, esa normativa tiene un único beneficiario: la banca. En efecto, hoy los bancos europeos piden créditos al BCE al 1% para con ese dinero comprar deuda pública que los Estados pagan entre el 4 y el 7%. Es decir, la banca, por el simple hecho de realizar operaciones de este tipo sin ningún riesgo obtiene entre el 3 y el 6% de beneficio. No es raro que el dinero destinado a créditos lo absorba el Estado en forma de pagarés, bonos y letras del Tesoro, en España desde 2008. No hay crédito, en cambio, ni para las PYMES ni para los ciudadanos. Una legislación así debería haberse modificado en el momento en el que se demostró su incapacidad: en efecto, estaba destinada a aumentar solamente los beneficios bancarios y a endeudar más y más a los estados que, como el español, deben de pagar cada vez más intereses por su deuda que, además, esta al albur de las oscilaciones de los mercados y de la voluntad de las agencias de ratting (que trabajan para la banca internacional y para los grandes fondos de inversión) con calificaciones que nunca han sido realistas: ni antes de la crisis económica cuando se calificaba a Lehman Brothers de entidad solvente, ni ahora cuando se aumenta la prima de riesgo de manera no menos artificial y artificiosa. De hecho, si ha habido un culpable de esta crisis son precisamente las agencias de calificación que actúan no para asegurar el fair play sino para garantizar mayores beneficios a los “señores del dinero”. Se pudo evitar, se puede evitar, pero no se hace: y lo que es peor, ningún dirigente político europeo está dispuesto a jugarse nada para proponer que la lógica y el sentido común imperen en este terreno. Está claro el motivo: bastaría con que cualquier dirigente europeo lesionara los intereses de los grandes consorcios financieros para que sobre él se abatieran campañas de desprestigio que lo liquidarían de la escena política en apenas unas semanas.

Igualmente pernicioso es el llamado Mecanismo Europeo de Estabilidad que prohíbe a los estados tener déficits superiores al 3%, superado el cual se prevé la intervención económica de ese Estado. Esta consiste en que, a partir de ese momento, ese Estado deja de ser dueño de su política económica que estará gestionada por funcionarios y técnicos de la Unión Europea. Dicho de otra manera: eso equivale a restar soberanía y convertir en inútiles a las instituciones democráticos. En el fondo esto es lo que ya está ocurriendo a la vista de que, elección tras elección, se comprueba que podemos elegir gobiernos (esto es, podemos elegir al figurón que estará al frente del gobierno durante cuatro años), pero no podemos elegir políticas (puesto que las reglas del juego son tales que solamente es viable una sola política económica. En efecto, en España, el gobierno ZP y el gobierno Rajoy han tenido las mismas respuestas económicas ante los mismos problemas. Una de las características del “pensamiento único” instaurado a partir de los años 90, es la posibilidad de prácticamente solamente una política económica única que no depende de los gobiernos elegidos democráticamente sino de instituciones que nadie ha elegido o de agencias privadas que trabajan para intereses muy distantes de los populares.

Precisamente estas condiciones de dependencia son las que corresponden a los protectorados. España se está convirtiendo a marchas forzadas en un protectorado de la UE (como ya lo es Grecia que después de cuatro planes de austeridad y recortes sigue peor que nunca y sin levantar cabeza porque no son las políticas de recorte las que generan empleo sino las de inversión pública) que a su vez, desde el punto de vista económico no es más que un instrumento de la alta finanza para realizar su plan ultraliberal de desmantelamiento del Estado del Bienestar, privatizaciones y pérdida de soberanía.

Y ante todo esto vale la pena prepararse para la revuelta social y política. O nosotros o ellos.

© Ernesto Milà – infokrisis – ernestomila@yahoo.es

Monarchia delenda est

Monarchia delenda est

Quien esto escribe hasta hace relativamente poco era absolutamente indiferente a la institución monárquica. Partía de la base de que la monarquía era una institución tan débil, en el sentido de que tenía tan pocas atribuciones que era absolutamente irrelevante, algo así como el premio de consolación que le tocó a los franquistas en la transición para que creyeran que había algo del antiguo régimen en la nueva construcción democrática que se estrenaba. Y como todo premio de consolación apenas tenía un interés casi exclusivamente simbólico.

Todos sabíamos que el Rey no era un tipo particularmente espabilado, pero tampoco debía ser un lince para asumir simplemente un papel simbólico y representativo. Sabíamos también que, a pesar de lo alardeado durante la noche del 23-F, su papel en aquel momento fue deslucido y que más que operar sobre las circunstancias se vio arrastrado por ellas. Hacia mediados de la década de los 80, la monarquía empezó a entender que valía mucho más una portada en el ¡Hola! que decenas de editoriales monárquicos en el ABC y, por tanto, la monarquía se hizo habitual de la prensa del colorín. Tampoco era sorprendente. Lo único interesante que parecía emanar de la institución monárquica eran unas vacaciones a Baleares, la niña que se casa, la otra que liga con un tipo altito, guapito y con cara de buena persona y el chaval, al final que logra beneficiarse a una conocida locutora de TVE. Y tras las bodas, los bautizos… Nadie hacía mucho caso al mensaje real de fin de año, acaso porque todos sabíamos lo que iba a decir: lo que le había escrito tal o cual asesor de relumbrón, leído sin mucha convicción y única tarea ineludible a realizar a lo largo del año. Tan irrelevante como todo lo demás.

La posición histórica de la Falange

Nunca he compartido la actitud de los falangistas que es, en cualquier caso, contradictoria con lo que dijeron los “fundadores”. En efecto, la frase de José Antonio Primo de Ribera sobre la “monarquía gloriosamente" se mencionó en el famoso Discurso sobre la Revolución Española el 19 de mayo de 1935 y la frase concreta vino a decir que los jóvenes falangistas no podían luchar en defensa de la monarquía. Textualmente: no podemos lanzar el ímpetu fresco de la juventud que nos sigue para el recobro de una institución que reputamos gloriosamente fenecida”… y la cuestión es: ¿de dónde sacó Primo de Rivera la idea de que la monarquía había fenecido “gloriosamente”…? En realidad, feneció porque un rey pusilánime ni siquiera esperó el escrutinio final de las elecciones municipales de 1931, presumió que la votación iba a dar la mayoría a los republicanos (algo que todavía hoy se discute y que era imposible saber salvo que los republicanos habían ganado en las grandes ciudades y los monárquicos en todo el resto del país…), hizo las maletas y se autoexilió apresurada y cobardemente. De hecho, si luego estalló una guerra civil fue precisamente por la desidia del monarca que prefirió la seguridad de una villa romana antes que tratar de pacificar el país que, como se vio luego, no estaba preparado para una monarquía.

Según las Obras Completas de Primo de Rivera, en versión on line, encontramos en ellas 21 referencias a la monarquía ninguna de las cuales puede ser considerada como hostil a la institución. Sin olvidar que Valdés Larrañaga, amigo íntimo del fundador de la Falange, comentó en el curso de un mitin de los Círculos José Antonio en Toledo, que aquel, “a orillas del Manzanares”,  le había comentado “la conveniencia de restaurar la monarquía en España”.  

En lo que se refiere a Ramiro Ledesma, ciertamente, cuando realiza su análisis histórico de la historia de España, no puede evitar ejercer cierta crítica sobre la institución monárquica, pero atemperada en la medida en que sus escasas fuentes de financiación procedían precisamente de industriales monárquicos bilbaínos a través de José María de Areilza, Conde de Motrico, y que el propio Ledesma había colaborado con la revista Acción Española, órgano doctrinario de los monárquicos en vías de “fascistización”.

A la vista de la tibieza de estos textos de los fundadores de Falange y del nacional-sindicalismo, sorprende el radicalismo con que los falangistas juzgaron a la monarquía en la postguerra y que no dejó de aumentar a medida que el régimen fue discurriendo. Tampoco los fundadores, a decir verdad, habían expresado gran afección hacia la república. La cosa se explica mejor si tenemos en cuenta que existió una rivalidad entre los antiguos miembros de Renovación Española (derecha monárquica que se fascistizó durante la República y la guerra civil y, posteriormente, se convirtió en buena medida en nacional-católica, desplazando a los falangistas del centro del poder a partir de 1943 y con los que nunca la convivencia fue buena. Los falangistas creían que ellos aportaban el apoyo popular y eran la levadura de las masas, mientras que consideraban a los ex miembros de Renovación Española como a personalidades ilustres pero carentes de base social. Esto no era del todo cierto: de hecho, los resultados electorales anteriores a la guerra demuestran que Renovación Española era un partido de derecha radical con una amplia base electoral y Falange Española un movimiento juvenil con gran potencial pero exigua base electoral. El papel de los antiguos miembros de Renovación Española dentro del franquismo se reconoce incluso en la Ley Orgánica del Estado en donde, finalmente, se aplicaron algunos de los principios que ya se habían teorizado treinta años antes en la revista Acción Española.

Será por esta rivalidad histórica por lo que los falangistas mantuvieron siempre entre sus prioridades, a partir de los años 50 el combatir a la monarquía incluso a despecho de la levedad de la institución, de su escasa penetración en la sociedad española y de que el mapa político de España en las últimas décadas cambiaría poco con o sin la monarquía.

Justamente ahora, cuando la sustitución de la monarquía por otro tipo de forma de Estado (las repúblicas no han dejado nunca buena impresión en España y mitificarla sería tan negativo como no aceptar el hecho de que la monarquía borbónica ha fenecido, y no precisamente de manera heroica, gloriosa, sino entre aromas de corrupción.

El papel histórico de la monarquía juancarlista en la transición

Franco era monárquico pero estuvo dudando durante mucho tiempo a quién considerar como legítimo heredero del trono. Finalmente se decantó por Juan Carlos de Borbón a quien trajo a España y facilitó la educación, mientras su padre, Don Juan de Borbón hijo de Alfonso XIII permanecía en Estoril rodeado de su Consejo Privado sin preocuparse en absoluto de lo que ocurría en España y solamente airado porque Franco deparara una atención especial a su hijo. Éste, por su parte, no dudó ni por un momento en jurar en las Cortes franquistas su nombramiento a título de sucesor tras la aprobación en referendo nacional de la Ley Orgánica del Estado en 1967. Es decir, si Juan Carlos es hoy rey fue única y exclusivamente porque Franco quiso y porque lo consideraba como la posibilidad de perpetuar el régimen… perpetuarlo con algún cambio. Cambios que se realizaron en los últimos años del franquismo.

Carrero Blanco contemplaba una “democracia limitada” en el que las libertades políticas alcanzaran hasta los socialistas y excluían a los comunistas y a la extrema-izquierda de la posibilidad de acceder a los cargos institucionales; se crearon embriones de partidos políticos (a partir de la Ley de Asociaciones Políticas que se empezó a trabajar en 1969 y que tardó todavía casi cinco años en ser aprobada); e incluso se convocaron elecciones para “procuradores por el tercio familiar” (los antiguos miembros de Renovación Española habían introducido la figura de la “democracia orgánica” y de la representación corporativa, una de las cuales era el “tercio familiar” en cuya elección podían participar los “cabezas de familia” en votación directa a candidatos que se representaban a sí mismos y que, a su vez, eran cabezas de familia. Lo esencial de la transición estaba en marcha con Carrero Blanco y se perfiló entre 1971 y 1973 y se trataba de una democracia limitada bajo la forma de una monarquía en la que Juan Carlos ocuparía el trono accediendo a través –Franco insistió en ello- de una “instauración, no de una restauración”.

Nadie, absolutamente nadie, dudaba de que Juan Carlos carecía de opinión propia y de que carecía de criterios políticos. Y tampoco a nadie le preocupaba mucho porque la frase habitual entre los franquistas de la época era “después de Franco, las instituciones”. Y el franquismo había creado instituciones –el Consejo del Reino- cuya utilidad era guiar los pasos de la monarquía. El problema vino porque al ser asesinado primero Carrero Blanco y luego morir Franco, la presión sobre el Estado Español que llegó desde el extranjero (especialmente de los sectores económicos interesados en que España ingresara en el Mercado Común Europeo y de los sectores de la alta finanza internacional reunidos en Palma de Mallorca en el verano de 1975 en el seno de la conferencia de la Comisión Trilateral, verdadero estado mayor de la banca y las finanzas mundiales, el poder político y el poder mediático en EEUU, Europa y Japón) fue absolutamente insoportable, especialmente porque buena parte de los franquistas “evolucionistas” querían tener un futuro no tanto en la “democracia orgánica” franquista, sino en un Estado democrático homologado por los países occidentales.

Por otra parte, a partir de 1960 se había constituido un pujante capitalismo español que se benefició de las medidas proteccionistas vigentes en la época y que había generado una importante acumulación de capital. Poco a poco, este sector advirtió que para aumentar sus beneficios precisaba, no solamente de un marco económico liberal sino de un marco político que hiciera que el gobierno español fuera admitido e incorporado a lo que hoy es la Unión Europea. Estos sectores se colocaron entre los que financiaron y promovieron la transición democrática en España, unidos a los intereses extranjeros que veían en nuestro país un mercado creciente. Sin olvidar que, desde 1972 existía un plan de “normalización” del Sur de Europa (Grecia, Portugal y España) y abolición de los gobiernos autoritarios constituidos que contaba con la aprobación del Pentágono y de la CIA. Ante todas estas fuerzas y ante su magnitud, Juan Carlos no era más, como se decía en la época, que “un pelele”, sin opinión, sin criterio político, sir personalidad, sin historia y sin tradición ni carácter. Todos (franquistas del bunker, franquistas evolucionistas, liberales moderados, e incluso socialistas, fuerzas económicas y financieras nacionales e internacionales) pensaban que podían manipularlo en beneficio propio.

A lo largo de todo este período, entre la firma de los bochornosos acuerdos de retirada del Sáhara (primer acto institucional de Juan Carlos cuando Franco estaba organizando) en noviembre de 1975, hasta la noche del 23-F de 1981, el tiempo conocido como “la transición española”, un verdadero e inmenso caos político, económico y social (con períodos de inflación del 25%, con 200 muertos víctimas de episodios de violencia política y terrorismo, con una pérdida de capacidad adquisitiva), la monarquía fue una caña mecida al viento. Los únicos que la apoyaron en aquellos años eran los “franquistas evolucionistas” que lo consideraban como la única posibilidad de mantener sus intereses y una posibilidad de que no todas las estructuras creadas por la Ley Orgánica del Estado desaparecieran en el marasmo de la transición. Pronto, los “franquistas del búnker” (nacional-católicos, falangistas, carlistas, franquistas de estricta observancia) entendieron que el rey era pusilánime y que estaba rodeado de un círculo de consejeros al que no tenían acceso y que, a fin de cuentas, a la vista de que hacía falta encontrar un chivo expiatorio para realizar ese “gran acuerdo nacional” que fue la transición, ellos iban a ocupar ese papel… con el silencio del monarca. El “búnker” cesó su apoyo a la monarquía a partir de finales de 1976 cuando ya se veía criminalizado como el “obstáculo” para una sociedad democrática. Por otra parte, los socialistas, presionados por el SPD alemán, aceptaron a la monarquía, mientras que los comunistas se mantuvieron sobre cautos y dejaron la consigna de “abajo el rey pelele” (que había difundido la Junta Democrática de España a partir de noviembre de 1975) como patrimonio de una extrema-izquierda republicana cada vez más debilitada.

La “transición” no fue más que un acuerdo entre fuerzas económicas nacionales e internacionales, utilizando como intermediarios a sus peones políticos en el interior de España para lograr que la oposición democrática y los franquistas evolucionistas crearan un nuevo Estado que los integrara a través de la creación de una constitución que facilitara el acceso al poder de dos partidos centristas: uno de centro-izquierda y otro de centro-derecha en lo que era un bipartidismo imperfecto en el que las terceras fuerzas eran los grupos nacionalistas vasco y catalán. Cada parte debió de ceder algo: los franquistas facilitaron la liquidación de la “democracia orgánica” pero salvaron la monarquía; la oposición democrática renegó de la “ruptura democrática” y la forma de Estado republicana, pero obtuvo partidos, autonomías y amnistía general…

¿Qué hizo Juan Carlos durante ese tiempo? Poco o nada y, desde luego, nada por iniciativa propia. Se limitó a pedir dinero a las monarquías del Golfo Pérsico para… financiar a UCD y, de paso, lograr un patrimonio no precisamente escaso. Todavía hoy los monárquicos sostienen que en 1975 la Casa Real española era “pobre” y recuerdan que Franco daba una asignación (no precisamente extraordinaria) para el mantenimiento de Juan Carlos. Olvidan decir que su padre, Don Juan y el propio Juan Carlos, jamás dieron un palo al agua y que las borracheras y juergas (en tierra y mar) del jefe de la Casa Real, Don Juan Conde de Barcelona eran memorables y quedaron como el rasgo más acusado de su personalidad.

Cuando se aprobó la constitución se percibió que las funciones atribuidas a la monarquía eran mínimas, pero la institución se había salvado y con ella la honra de los franquistas evolucionistas que podían alegar que no se había producido la “ruptura democrática”, sino una “transición pacífica” (a pesar de los 200 muertos del período…). La levedad de la institución monárquica empezó a percibirse desde entonces: Juan Carlos tenía que “sancionar” las leyes y los decretos (esto es, limitarse a firmarlos), tenía que representar al Estado, era el jefe de las fuerzas armadas… pero limitado a seguir las indicaciones del Estado Mayor. No tenía capacidad para vetar leyes, ni decretos y en la práctica era el pelele de los demócratas y el títere de los franquistas evolucionistas. La monarquía no era nada, pero sirvió especialmente en aquella época para que conjurar el riesgo de golpe militar.

De hecho, todos los militares golpistas, con Armada y Milans a la cabeza, eran monárquicos y la figura del rey fue aprovechada para contenerlos primero y, finalmente, para sacrificarlos el 23-F. El seudo-golpe de Estado, no fue nada más que un golpe generado por los servicios de inteligencia para acabar con todos los golpes. Al igual que para cazar un conejo hay que sacarlo de la madriguera, para acabar con el golpismo en España y estabilizar definitivamente la democracia, fue necesario estimular un golpe de Estado y hacerlo fracasar. El golpe se aprovechó para ensalzar la figura del rey que a media noche lanzó su famoso mensaje en el que ordenaba el retorno de los militares a los cuarteles y explicitaba su falta de apoyo al golpe… cuando ya era evidente que el golpe había fracasado. A decir verdad, el 23-F, el papel de Juan Carlos fue tan irrelevante como en cualquier otro momento y esta irrelevancia es lo que ha permitido a algunos lanzar la sospecha de que estaba comprometido, inicialmente, con los golpistas.

El papel histórico de la monarquía juancarlista entre 1982 y 2012

Juan Carlos se sintió bien con la subida al poder de los socialistas. Estos se limitaron a felicitarle por su papel el 23-F y Felipe González le dijo textualmente que no debía de preocuparse por el destino de la nación, que para eso estaban ellos (para eso y para iniciar el saqueo) y que se tomara unas largas vacaciones, algo que el rey hizo sin pensarlo dos veces. A partir de ese momento, Juan Carlos se convierte en material de la prensa del corazón. Pero ocurrió algo mucho peor: a partir de ese momento, en prácticamente todos los grandes escándalos económicos de la época, está implicado algún “amigo” de la Casa Real, empezando por Ruiz Mateos, continuando por Mario Conde, siguiendo con Javier de la Rosa y dominando todo este período la figura de Prado y Colón de Carvajal, amigo del rey, gestos de intimidades y escándalos. Lo menos que puede decirse de ese período es que Juan Carlos se ha rodeado de gente que tenía como única intención aprovecharse de su privilegiada proximidad a alguien que, constitucionalmente, no es jurídicamente responsable de nada, es decir, que no puede ser juzgado por ningún delito por grave y evidente que sea.

Pero Juan Carlos (y más que él sus ayudantes y sus jefes de la Casa Civil) han optado siempre por la misma actitud ante los amigos procesados: abandonarlos a su suerte, no romper ni una sola lanza por ellos, negar cualquier tipo de relación y vinculación. Esto ha generado el que, con mucha frecuencia, quienes han protagonizado estos escándalos, posteriormente, al verse abandonados hayan intentado presionar a la Casa  Real realizando fugas de información en la prensa nacional o extranjera. Sin embargo, hasta bien entrados los años 90, la prensa española se ha negado a publicar gran cosa de interés sobre la Casa Real e incluso, para congraciarse con ella, han informado a la corona de la fuga de información, comprándola pero no publicándola. Y esto no solamente en lo que respecta a los escándalos financieros (que no han sido pocos: en el asunto KIO protagonizado por Javier de la Rosa, éste siempre aludió a que la desviación de fondos que generó durante la guerra de Kuwait se debió a la compra de favores políticos y que parte de ese dinero había ido a parar a la Casa Real, por citar un solo ejemplo), sino también a los líos de faldas protagonizados por el monarca de los que, sin duda, los más famosos son los chantajes realizados una actriz del destape y por la princesa Olghina de Robiland, ninguno de los cuales apareció en la prensa española, a pesar de que las interesadas vendieron información a la prensa del colorín nacional.

Pero se produjeron interferencias entre esta parte chusca y la política. Los propios socialistas pronto advirtieron, gracias al CESID, las fugas del rey para acudir a citas que tenían muy poco de servicio público. Esto ocurría cuando los amigos del rey se habían hecho habituales de los juzgados (Miguel Arias, Manuel Prado, Mario Conde, el príncipe de Tchokotua, Pedro Sitjes, etc, etc.). Para colmo, en 1992, Felipe González filtró la noticia de que el rey no estaba en España desde hacía 15 días… ¿Dónde estaba? En Suiza con una periodista descocada que le había hecho una entrevista y con la que mantuvo una tórrida aventura. Lo importante no era esto –que, a fin de cuentas, era una característica común a todos los borbones- sino el hecho que en los quince días anteriores, el Boletín Oficial del Estado seguía publicando decretos firmados por el Rey… decretos que el Rey no firmaba y que, por tanto, no tenían validez constitucional y hubieran podido ser muy bien impugnados a poco que se comprobara la validez de la firma. Ésta, se supo, había sido realizada por un plotter… en lo que constituye un verdadero desprecio a nuestro ordenamiento constitucional.

Pero la Casa Civil del Rey había advertido que era muy fácil realzar el “prestigio” del monarca yeso no debía hacerse no podía hacerse, a través de los editoriales que publicaban los Ansón en ABC, y que lograban aburrir incluso a los monárquicos, sino a través de artículos publicados en la prensa del colorín que eran seguidos por millones de amas de casa. Se utilizaron los noviazgos de los hijos, los matrimonios, los nacimientos y bautizos de los hijos, las vacaciones familiares en Baleares, etc, para que los miembros de la Casa Real estuvieran presentes en el couché, unas veces entre el lujo de palacio y otras en barrios normales de cualquier ciudad, como queriendo seducir tanto a las modistillas como a las mujeres de la burguesía media. Cuanto mayores eran los escándalos en los que se veían implicados miembros del entorno del Rey, mayores eran las campañas mediáticas aparecidas en la prensa del corazón. La botadura de un nuevo barco regalado por empresarios mallorquines, o la aparición de alguna biografía “oficial”, escrita incluso por individuos de la peor catadura (José Luis de Vilallonga pasado del antimonarquismo furibundo al peloteo miserable en apenas un lustro), etc. Curiosamente se ensalzaba casi exclusivamente a los elementos más mediocres e irrelevantes de la familia real, pero se ignoraba incluso el trabajo de ayuda humanitaria efectivo y real, de personajes secundarios del entorno (la princesa Irene de Grecia) en los que todavía puede encontrarse restos de la antigua grandeza de las familias reales europeas.

A lo largo de todo este período, el papel de la monarquía es completamente gris como si desde el 23-F, Juan Carlos se hubiera jubilado y supiéramos de él solamente por la prensa del corazón y por los partes médicos publicados tras sus batacazos habituales.

La monarquía se convierte en todavía más irrelevante. Cosa de lectores de la prensa del corazón. Nada más. Los rumores sobre los escándalos privados y financieros están ahí, pero nadie se atreve a alardear de ellos. Incluso los pocos republicanos lo son por inercia no por estar al tanto de lo que se cuece tejas abajo en la Zarzuela. Aparecen algunos artículos críticos en la prensa extranjera e incluso fotos comprometidas que sirven para que el peloteó monárquico a esta parte de los Pirineos se ponga una vez más en marcha glosando incluso el volumen del salami regio…

Y entonces llegó la crisis económica.

La crisis de la monarquía es una parte de la crisis total del sistema nacido en 1977

República y monarquía suelen ser vasos comunicantes. Más disminuyen los monárquicos, más deberían aumentar los republicanos. Sin embargo esta ley no se cumple siempre. La república española no ha dejado en sus dos primeros intentos un buen recuerdo. Cosa de inestabilidades y aventuras políticas, siempre ligado a las izquierdas o a los “progresistas”. Aun hoy con un deterioro creciente de la monarquía no puede decirse que las manifestaciones republicanas hayan aumentado en el mismo volumen que han disminuido los apoyos a la institución regia. Algunos podrían pensar que se trata porque la dicotomía monarquía-república no es absoluta. Existen otras posibilidades: la regencia, por ejemplo. En realidad, la actitud que va creciendo no es tanto el apoyo a la república, como la hostilidad a la monarquía. Poco a poco, la mayoría del país, que siempre ha sido indiferente hacia la monarquía y que se toleraba como se toleraba a los sindicatos o a los partidos, va cambiando su actitud y se va convirtiendo en hostilidad. Lo que explica por sí misma esta actitud es la gravedad de la crisis iniciada en el verano de 2007 con el inicio del escándalo de las subprimes en EEUU que unos meses después desembocó en la quiebra de Lehman Brothers y contaminó a todo el mundo, especialmente a los países europeos y muy en concreto a España.

Esta crisis ha generado la duda sobre el funcionamiento de las instituciones. Poco a poco, la población empieza a entrever –entre partidos de fútbol diarios, permisividad absoluta en el consumo de cannabis, ocio y entertaintment transmitido cada vez por más canales de tv que envuelven como en una nube sutil la mente de las poblaciones aislándola de las realidades objetivas- que algo está fallando en las instituciones: no hay organismos más desprestigiados a ojos de la población que los partidos políticos, seguidos a corta distancia de los sindicatos y, por supuesto, de la clase política nacional y autonómica. La crisis se experimenta como algo objetivo en la propia piel: paro, crisis económica, pérdida de poder adquisitivo, delincuencia, inmigración, cambio del paisaje ciudadano, incapacidad para mejorar la propia situación, perspectivas de futuro sombrías y la sensación de que hay sectores que se están aprovechando de la crisis, medrando y acaparando beneficios, recursos y prebendas: gobiernos autonómicos, banca, grupos financieros y, finalmente, la propia monarquía.

La corona, a decir verdad, tiene parte de responsabilidad en esta crisis. Se trata, por supuesto, de una responsabilidad tangencial, más por omisión que por acción (si bien la casa real ha especulado y se ha lucrado como cualquier otro subproducto sociológico nacido del felipismo y perseguidor del “pelotazo”): ninguna de las instituciones del Estado, ni siquiera la monarquía que estaba en teoría por encima de los partidos, de los agentes sociales, de las instituciones, y era el representante de todos los españoles, ni siquiera la corona advirtió públicamente que la vía emprendida por Aznar en 1996 cuando definió el nuevo modelo económico de este país, era absolutamente inviable, pan para aquel momento y hambre y ruina para el momento en el que las burbujas reventaran y nos quedáramos con 7.000.000 de inmigrantes y 6.000.000 de parados, con una deuda superior al billón de euros y un Estado de las Autonomías que para sobrevivir debe de asfixiar al Estado del Bienestar. El monarca no alertó sobre los abusos de la patronal de la construcción, de los ayuntamientos que podían en venta suelo público a precio de oro, la inviabilidad de un Estado autonómico creado para alimentar clases políticas periféricas, no alertó de que por encima de la banca estaban los españoles, por encima de la patronal de la construcción estaban los ciudadanos que no se vieron beneficiados ni con los planes irresponsables del zapaterismo de ayuda a la banca y de creación de empleo (Planes E y E 2010), si bien es cierto que en los mensajes de fin de año, según iban las cosas, lanzaba alguna puya contra la corrupción, nunca hizo nada por evitar que la corrupción se extendiese incluso por la Zarzuela y en su propio entorno familiar… porque si la casa real debía de ser la cúspide del Estado pero también el ejemplo de comportamiento ético y familiar para todos. Y no solamente no lo era, sino que pronto se supo que era todo lo contrario: una familia desestructurada o en vías de desestructuración que no solamente no aportaba ejemplo alguno sino que es justo lo contrario: un ejemplo de lo que no debe ser una familia tradicional.

A lo largo de 2012 la erosión de la monarquía ha sido meteórica. A ello han contribuido tres factores: el Caso Urdangarín con la sospecha de que, no solamente la propia princesa Elena, sino el propio Juan Carlos, está implicado en el asunto; las constantes fugas del rey que en momentos de crisis le llevan a los paraísos turísticos más alejados para cazar elementas a 35.000 euros pieza, asunto que se une al último escarceo sexual del monarca en la figura de una seudo princesa alemana dedicada a las relaciones públicas; y el deterioro físico del monarca que no ha percibido todavía que va camino de la ancianidad y que como jubilado que debería ser, precisa el relevo.  Estas son, en orden de importancia decreciente, los tres factores que están arruinando a la monarquía española y convirtiéndola en una entidad de problemática continuidad.

Por otra parte, la crisis de la institución monárquica no forma parte sino de la crisis generalizada de TODAS las instituciones del Estado nacido en 1978 que se ve incapaz de servir al que debería ser su único fin, la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos y la adopción de políticas sociales distributivas, la educación de las nuevas generaciones y dar seguridad sobre el futuro. Ni uno solo de estos fines está en condiciones de ser cubierto por el actual modelo de Estado que tiene cuatro características esenciales: un Estado de las Autonomías que se come al Estado del Bienestar; unos niveles de corrupción insoportables favorecidos por el hecho de que no estamos en una democracia sino en una partidocracia; una pérdida de soberanía política y económica generada por una adhesión mal negociada con la Unión Europea y una aceptación acrítica del sistema económico mundial globalizado; y una aceptación de las doctrinas neoliberales tendentes a privatizar servicios y bienes del Estado con lo que podemos elegir responsables políticos entre el PP y el PSOE pero no podemos elegir políticas económicas porque en ambos partidos son la misma para congraciarse con “los mercados”, esto es “con los señores del dinero”, gestores de los grandes consorcios financieros y fondos de inversión.

Esta situación solamente puede tener dos finales: o bien el régimen construido en 1978 cede a las presiones y se convierte en un Estado modélico neoliberal en el que todos los servicios estén privatizados y solamente pueda existir tranquilidad económica para una minoría de privilegiados o bien la mayoría de la población reacciona y obliga a realizar una profunda reforma constitucional que, en esta ocasión sería un verdadero período constituyente. El que se dé una u otra salida dependerá de la capacidad de reacción de la sociedad española.

En este contexto es evidente que la experiencia habida en los últimos casi cuarenta años con la monarquía, hace inevitable que en una futura reforma constitucional esta institución deba casi necesariamente estar ausente a la vista de lo poco o nada que ha aportado en este ciclo que ahora parece terminar.

Desde este punto de vista, la monarquía es una de las muchas estructuras del Estado que deben ser reformadas y su reforma no es algo único que afecte solamente a la forma de Estado, sino que debe incluirse dentro de una reforma general de TODAS las estructuras del Estado: parlamento, partidos, autonomías, “instituciones florero”, etc.

Vale la pena recordar algo que no está carente de interés. El valor de la institución monárquica de hoy no puede ser medido en relación a las monarquías del pasado. España ha sido hecha por linajes de nobleza que, espada en mano, construyeron este país. Las monarquías medievales, la monarquía de los Habsburgo, no pueden ser consideradas con el mismo patrón que la monarquía en España en el período moderno, especialmente a partir de Carlos IV. La legitimidad de la monarquía lo daba el hecho de que se situaba al frente de un pueblo, espada en mano; esa monarquía tenía los máximos privilegios pero también las máximas responsabilidades, una idea que luego estuvo completamente ausente y cuyo primer estadio de degeneración fue la idea de la “monarquía de derecho divino”. La historia de los borbones españoles ha sido en general la historia de un despropósito histórico: desde Carlos IV preocupado solamente de sus cacerías, hasta Fernando VII que no dejó ocasión de traicionar a cualquiera que se le acercase, pasando por Isabel II a la que no quedó palafrenero de palacio con el que no yaciera, o a Alfonso XII permanente lánguido con sus líos de faldas o la pusilanimidad de Alfonso XIII, la historia de los últimos borbones es suficientemente desalentadora como para seguir considerándola una dinastía que pueda aspirar a ningún tipo de legitimidad.

Por eso cuando decimos MONARCHIA DELENDA EST estamos recordando la frase que pronunció el virtuoso Catón cuando mostró en el Senado Romano unos higos traídos del Norte de África limitándose a decir Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida). Catón pronunciaba esta frase cada vez que concluía un discurso a modo de idea obsesiva que se persigue sin descanso hasta que es, finalmente, realizada. Catón consiguió finalmente que las legiones romanas atravesaran el Mediterráneo y lograran abatir el poder de Cartago y su imperio comercial, democrático y marítimo, sembrando de sal las ruinas de la capital. Hoy, más que nunca, es preciso abatir, no solamente a una monarquía verdaderamente vacía de contenidos, sino a una monarquía que se sitúa en la cúspide de un Estado concebido no para beneficio de la totalidad de la población, ni siquiera como estructura jurídica de la nación, sino como coto de caza del neoliberalismo. Un Estado así no tiene razón de ser, salvo para los consorcios económico-financieros y carece de legitimidad. Y si ese Estado es una monarquía por eso hay que repetir una y mil veces, MONARCHIA DELENDA EST, la monarquía debe ser destruida, porque, la otra alternativa es que el Estado, perdida la soberanía, perdido el objetivo de defensa de los intereses de sus ciudadanos, sea una verdadera amenaza para todos nosotros, para nuestro futuro y el de nuestro hijos.