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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

INMIGRACION

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos. 03. Los trabajadores europeos: damnificados de la globalización

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos. 03. Los trabajadores europeos: damnificados de la globalización

Infokrisis. Lo más sorprendente de los flujos migratorios es que no existe unanimidad en torno a ellos. Mientras una ínfima minoría se ve beneficiada con la inmigración, la mayoría siente que está perdiendo algo. En este diálogo abordamos las prácticas de "dumping" laboral que acompañan casi inevitablemente al fenómeno migratorio, explicamos, así mismo, por qué son posibles este "dumping" y a quienes beneficia.

 

Diálogo III

Los trabajadores europeos: damnificados de la globalización

[18 de septiembre de 2006]

 

Ayer dejamos la conversación cuando empezabas a hablarme de un concepto nuevo para mí, el “dumping laboral”. ¿Qué te parece si empezamos por ahí.

Es muy fácil de entender. Se dice que ejercer el dumping es vender algo por debajo del precio de coste. Imagínate que la fabricación de una tostadora vale 20 euros, incluidos todos los costes de producción, y, sin embargo, esa misma tostadora en el puesto de ventas se lanza a 10 euros. Eso es dumping. Puede responder a varias estrategias, todas ellas cuestionables desde el punto de vista moral e incluso jurídico. Por ejemplo, puede tratarse de un sistema para aventajas a posibles competidos que, como mínimo tendrán que vender ese mismo producto, al precio de coste. Es una forma de competencia desleal. También puede ocurrir que se trate de una forma de lanzamiento publicitario en la que el “gancho” sea determinados productos puestos a la venta a un precio tentador para el consumidor.

Pues bien, eso mismo puede ocurrir en el mercado laboral. En teoría, para fijar el precio de la fuerza de trabajo, entran en juego muchos factores: la naturaleza misma del trabajo, el número de gente y la capacitación de quienes puedan ejercerlo, la gente dispuesta a realizarlo, su peligrosidad, las necesidades del mercado y, finalmente, las necesidades de supervivencia de los que están dispuestos a realizarlo. El Estado ha contribuido a establecer alguna regla del juego fijando el “salario mínimo”.

Es evidente que el principio de todo negocio consiste en producir obteniendo los máximos beneficios con la mínima inversión necesaria. Los patronos procuran, por todos los medios, rebajar los costes de producción y uno de ellos es, precisamente, el coste de la fuerza de trabajo. Si existe un trabajador dispuesto a trabajar por un salario que sea la mitad de otro, es evidente que el patrono lo va a contratar a él. Pues bien, eso es lo que ocurre con la inmigración: vende su fuerza de trabajo a precios de “dumping”.

Francamente, sigo sin entenderlo. No termino de imaginarme ni como es posible, ni por qué motivo.

Quizás hace falta que te cuente algunas cosas. En primer lugar debes de tener en cuenta que los inmigrantes vienen de países con salarios extremadamente bajos. Para que te hagas una idea, el salario mínimo español permite a una familia rumana que recibe remesas de su familiar emigrado a España, vivir durante tres o cuatro meses. Inicialmente, el inmigrante tiende a comparar el salario percibido en su país de origen con el que percibe en el país del destino y, naturalmente, la comparación es altamente favorable. Por eso la resulta tan fácil aceptar trabajar por algo menos que el salario mínimo.

Pero existe una legislación vigente que hay que respetar ¿no te parece?

La casi totalidad de inmigrantes procede de países en las que la ley no se respeta y, además, llegan a España forzando la legislación vigente. De hecho, saben que deberían solicitar permiso de residencia en el consulado más próximo a su lugar de vida, según establece la Ley de Inmigración. Sin embargo, nadie o casi nadie respeta este principio. Llegan como “turistas”, engañan a las autoridades de aduanas y luego imponen una realidad de hecho para forzar su regularización. Es fácilmente comprensible que, a partir de todo esto, la ley tenga muy poco valor para la mayoría de inmigrantes. Así mismo, entre que unos ignoran la existencia de un salario mínimo y que otros están dispuestos a actuar en comandita con el patrono y declarar que trabajan media jornada cuando en realidad trabajan jornada y media, y, finalmente, el hecho de que otros trabajan de manera ilegal sin contrato de ningún tipo, ahí tienes algunos de los motivos por los que el  inmigrante acepta trabajar a precios de “dumping” laboral.

Ya, pero hay algo que se me escapa: hoy es difícil que un persona pueda vivir en España por menos de 1200 euros. ¿Cómo es posible que el inmigrante sea un trabajador de “todo a 100”, es decir, que hace cualquier cosa por 600 euros, 100.000 pesetas…?

De hecho una familia española no puede subsistir sin 2.000 euros, como mínimo. Más de la mitad de esa cantidad se la lleva la vivienda y, deberá arreglarse con el resto para llegar a fin de mes, a duras penas. El modelo español de convivencia es: pareja con hijo que vive en un piso de propiedad o de alquiler. Pero el modelo de vida de buena parte de los inmigrantes no es exactamente el mismo. Te explico: he visto inmigrantes búlgaros y rumanos dormir en plazas públicas cubiertos con cartones y plásticos, subsistiendo al mes con apenas 200 euros y enviando otros 400 a su familia. He visto pisos en el Raval de Barcelona repletos de inmigrantes, durmiendo en literal y por turnos. He visto a empresas de hostelería del Paseo de Gracia que ofrecían a sus trabajadores esos mismos pisos, detrayéndoles el precio de su salario, ya de por sí escaso. He visto a tres familias ecuatorianas con hijos, convivir en un piso de apenas 50 metros cuadrados, cerca de la Puerta de Toledo en Madrid. Ningún español aceptaría trabajar en esas condiciones. Buena parte de los inmigrantes, si. ¿Entiendes el porqué es posible que trabajen en régimen de “dumping laboral”.

Si, y me sorprende. Lo encuentro inmoral por parte de los patronos…

No te equivoques, el patrón tiene una ley de oro: producir con los costes más bajos. Si el “sistema” se lo permite, él no tiene obstáculos morales para practicarlo. Entiendo por “sistema”: el papel del Estado que no realiza esfuerzos suficientes para contener la avalancha de ilegales y para que alguien se tome en serio su Ley de Inmigración, los inmigrantes que aceptan vivir y trabajar en esas condiciones… ¿entiendes por que, al principio, te dije que la inmigración es un drama?

Los sindicatos que, en teoría, deberían de defender los intereses de los trabajadores ¿no dicen nada ante todo esto?

Los sindicatos son incapaces de ver la naturaleza real del problema. Sus cúpulas están presas del pensamiento progresista que les lleva prácticamente a pedir el “papeles para todos”. Las cúpulas sindicales están impregnadas del pensamiento de la izquierda progre. Yo he conocido a un secretario general de un conocido sindicato, hablar en términos despreciativos de “la morangá” (los inmigrantes magrebíes) en privado, y deshaciéndose en llamamientos libertarios para eliminar las limitaciones a la entrada de inmigrantes. Por no hablar de las bases. Los sindicatos viven en plena contradicción: no distinguen entre trabajadores “autóctonos” y trabajadores “inmigrados”. Su único deseo es convencer a los inmigrantes para que se afilien y paguen su cuota mensual. Poco más. Velan por sus derecho. El problema es que, en un país como España, en donde ni el mercado laboral es boyante, ni los salarios medios permiten vivir medianamente bien, donde las tasas de paro entre nuestra población son tan alarmantes como las de empleo precario, subempleo, trabajo negro, etc., no es un país en el que haga falta mucha mano de obra extranjera.

Así, fatalmente, los derechos de los trabajadores autóctonos entran en contradicción con los de los trabajadores inmigrados. En la construcción, los salarios no han experimentado subidas desde 1999, es más, en algunos casos, incluso han bajado. Otro tanto en hostelería y trabajos agrícolas. Es normal: han llegado demasiados inmigrantes y los patronos pueden permitirse el lujo de contratar a aquellos que aceptan trabajar por un salario más barato. ¿Quién tiene la culpa? Es obvio: la entrada masiva de trabajadores extranjeros, revienta el precio de la fuerza de trabajo. Así pues, existen contradicciones entre los intereses de los trabajadores autóctonos y los de los recién llegados. Si, todos son trabajadores, pero… con intereses y modelos de vida muy distintos.

En este terreno, a decir verdad, los sindicatos son cómplices de las patronales, tanto como lo son de lo “políticamente correcto”. Si los sindicatos defendieran los intereses de los trabajadores autóctonos, simplemente dirían: “basta de importar mano de obra extranjera”, “la mano de obra extranjera hace que el precio de la fuerza de trabajo baje”, “los trabajadores españoles solo podemos trabajar a cambio de un salario digno que permite realizar nuestro modelo de vida”… en lugar de todo esto afirman: “iguales derechos entre los trabajadores inmigrados y los autóctonos”, “no a las contrataciones ilegales”, y, cada vez más tímidamente, “papeles para todos”… En el fondo de la cuestión, el sindicalismo no acaba de reconocer que el sistema económico en el que actúa es un régimen de mercado y la fuerza laboral es considerada como un elemento más de ese mercado. El día en que lo acepten, su punto de vista será diferente.

Lo que me estás diciendo, a fin de cuentas, es que los grandes perjudicados de la inmigración son los trabajadores de nuestro país y que mientras siga habiendo inmigración masiva sus condiciones de vida irán empeorando. ¿Me equivoco?

Aciertas completamente. Es así y no existe argumentación alguna capaz de demostrar lo contrario. Ese explica el por qué el voto de los partidos anti-inmigracionistas en toda Europa sea un voto en gran medida procedente de las clases trabajadoras, frecuentemente un voto que hasta hace 15 años era entregado masivamente a la izquierda comunista. No es ni un voto “nostálgico”, ni un voto de derecha ultrarradical, ni mucho menos de fascistas y neonazis convictos y confesos: es el voto de la gente que está más cerca del problema. Verás.

Para un miembro de la alta burguesía, el inmigrante es el jardinero, la babysister, el coger o la cocinera, o bien los trabajadores del cortijo o de la empresa de construcción. Los primeros son “sumisos”, así que la impresión que tiene es que toda la inmigración es así. En cuanto a los segundos, realmente, no tiene contacto con ellos; para hablar con los trabajadores del cortijo, de la fábrica o del tajo, tiene toda una serie de cargos subalternos de confianza. Además, las clases altas viven en barrios en donde el nivel de seguridad es muy alto, no solamente el que ellos mismos pueden pagarse, sino el que el mismo Estado les garantiza. En esos barrios apenas hay delincuencia, ni tampoco viven inmigrantes. Así que la alta burguesía ignora la naturaleza real del problema y sigue apoyando a partidos de centro-izquierda o de centro-derecha, sin importarle, ni entender mucho, las noticias que diariamente aparecen sobre la inmigración.

Harina de otro costal es lo que ocurre con las clases populares. Estas, en principio, deben competir con los inmigrantes en cuanto a puestos de trabajo, salarios, etc. Además viven en zonas más baratas en las que los inmigrantes establecen sus “pisos patera” (con decenas de moradores en su interior). Frecuentemente –otro día veremos por qué- se producen roces en la convivencia. En el mismo puesto de trabajo, no siempre la convivencia es buena. Muchos de los inmigrantes están habituados a otros ritmos de trabajo y muchos también carecen de formación laboral. Además, es incuestinable que al tener más hijos, los inmigrantes reciben las ayudas sociales (becas de comedor, becas de libros, etc.) que hasta no hace mucho les aliviaban el llegar a fin de mes. Y así sucesivamente.

En definitiva, querida hija, que un fenómeno que para una ínfima minoría de privilegiados es, literalmente, un chollo, para la inmensa mayoría de la población y muy especialmente para las clases populares, es y te voy a emplear una palabra muy dura, una maldición.

Sin embargo, las clases populares no manifiestan su oposición a la inmigración, da la sensación de que nadie se opone a que siga al mismo ritmo que en los últimos años.

La inmigración apareció como problema en las encuestas del CIS, poco después de los incidentes de El Ejido. Desde entonces ha ido escalando puestos en tales encuestas hasta convertirse en el gran problema de la sociedad española. Ahora bien, ni existen partidos que formalmente pidan desde las instituciones el que el gobierno tome medidas urgentes y drásticas, ni existen medios de comunicación con valor suficiente para enfocar el tema en toda su crudeza.

Los gobiernos van a remolque de las encuestas y de la presión de la oposición. Aznar en agosto de 2002 afirmaba que la delincuencia no había aumentado. En septiembre, a la vista de las encuestas, debió poner en marcha una batería de medidas a medio plazo para desactivar el conflicto. Fue la presión de las encuestas la que le obligó a ello. El problema no existe, si no está reflejado en una encuesta. Es así de simple. Esto, por lo que se refiere a la derecha. En cuanto a la izquierda excéntrica de ZP, la situación es todavía peor: su espíritu está escindida entre los tiempos de la pancarta (todo hombre de izquierdas admite mucho mejor el “papeles para todos” que “políticas de contención y repatriación”) y su obligación de gestionar el poder consecuentemente y en beneficio de la población. En este sentido la política de ZP en relación a la inmigración (de ZP como responsable y de los Caldera, Rumi, Moratinos, como subalternos) ha sido, sencillamente, una estupidez reiterada sin ni una sola medida racional o razonable.

Además, la izquierda tiene otro problema. En los años 70 y 80, percibió un fenómeno sociológico relevante. Si hasta entonces sus votantes habían procedido de la clase obrera, a partir de ese momento, cada vez más, estos grupos sociales tendieron a aburguesarse y convertirse en cada vez más conservadoras. La izquierda europea descubrió en la inmigración una futura bolsa de votos de reemplazo. Los inmigrantes iban a constituir una nueva clase obrera europea que, por supuesto, votarían a los partidos de izquierda. Ese análisis se reveló suicida y criminal.

En primer lugar, por que los inmigrantes extracomunitarios no han demostrado ser votantes fieles de nadie (primera fase) y, en segundo lugar, porque en la actualidad están en fase de construir sus propios partidos, en especial los islamistas franceses que presentarán sus propias candidaturas en las próximas elecciones municipales.

Por otra parte, no te olvides que la sociedad europea cree –al menos por el momento…- en sus instituciones y en el imperio de la ley. Tiene tendencia a pensar cuando acude a votar, que elige a la mejor opción para resolver los conflictos de la sociedad y, por tanto, solo escasas minorías terminan vociferando o agitando consignas fuera de las instituciones. Por eso, Europa es una balsa de aceite, aun cuando el fuego está encendido y el aceite terminará hirviendo y quemando.

Si, cariño, lo realmente trágico es que las perspectivas generadas por la inmigración en los próximos 50 años son muy sombrías. Sin excluir el fantasma de un conflicto, ya en ciernes, que será a la vez civil, racial, religioso y social.

Me has dejado sin ganas de seguir hablando. Creo que voy entendiendo el fondo de la cuestión, pero no he podido sino sentir un escalofrío.

 

 

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos. 02. Globalización: la madre de todas las migraciones

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos. 02. Globalización: la madre de todas las migraciones

Infokrisis.- no es la primera vez que definimos a la globalización como una autopista de doble dirección en la que una conduce de Sur a Norte (la inmigración) y otro conduce de Oeste a Este (la deslocalización empresarial). Lo formidable es que ambas direcciones generan unos fenómenos de desarraigo profundo y pauperización global, que afectan a la mayoría, pero que tienen como beneficiarios a pequeñas dinastías económicas.

 

Diálogo II

Globalización: la madre de todas las migraciones

[17 de septiembre de 2006]

Hay una cosa que no alcanzo a comprender. La inmigración parece un fenómeno reciente en España y…

Te equivocas, la inmigración ha existido siempre y siempre ha sido un foco de problemas. Sé que las comparaciones no van a ser del agrado de los amigos de lo políticamente correcto, pero… ¿cómo habría que considerar la llegada de Atila y de los hunos a Europa en el siglo IV? ¿qué eran los bárbaros cuando cruzaron las fronteras del Imperio Romano? ¿o los árabes que invadieron España? Y los conquistadores españoles ¿no eran, así mismo, a fin de cuentas, inmigrantes? La mayoría no tenía conciencia de que estaba construyendo un Imperio, sabían tan solo que huían de la pobreza y creían que iban a encontrar un mundo mejor. Así que ya ves que, reciente, lo que se dice, reciente la inmigración no lo es.

Juegas con las palabras: una cosa son invasiones y otra migraciones. La invasión es un hecho bélico, la migración es fundamentalmente pacífica

También te equivocas. Hasta que lo políticamente correcto se ha impuesto en nuestros días, una “migración” equivalía una “invasión”. Mira, los romanos, de los que no me negarás que siempre dispusieron de una alta sabiduría de la vida, consideraban que cada ser humano cuando nacía quedaba ligado íntimamente a su tierra. Hoy a eso se le llama “arraigo”. Un ser “desarraigado” es alguien que ha perdido algo, que carece de raíces. Para los romanos esto era uno de los peores castigos que podía recibir el ser humano en vida. Cuando un magistrado romano castigaba con el destierro a alguien equivalía privarle de su “alma”, es decir de una parte fundamental de su ser. Mira, simplificando podríamos decir que una “invasión”, tiende a generar un proceso inicialmente violento que luego, una vez se estabiliza y regulariza, coexiste con la población, en ocasiones asimilándola, en otras siendo asimilados por ella, y en otra segregándolos. Por su parte, una inmigración es un desplazamiento inicialmente pacífico que, más allá de determinado punto crítico, genera conflictos.

¿Un punto crítico? ¿Qué quieres decir con eso?

Es muy simple, la capacidad de absorción de una población autóctona es como una disolución química. Tu puedes mezclar agua con azúcar, el azúcar en principio tenderá a disolverse, pero más allá de un cierto límite se irá depositando en el fondo y no habrá forma de que desaparezca. Pues bien, hasta un 5% de inmigrantes son prácticamente imperceptibles para la población autóctona. Las relaciones suelen ser buenas y nadie alberga desconfianza o resentimiento hacia ellos. Pero, cuando esos contingentes inmigrantes superan el 5% las cosas empiezan a cambiar, tanto entre los inmigrantes como entre los autóctonos, pero ya hablaremos de esto en otro lugar. De momento te sirve el saber que el “punto crítico”, a partir del cual, la inmigración pasa de ser un fenómeno inocente y sin riesgos a un fenómeno conflictivo, es del 5%.

Bien, pero ¿tú no crees que España ha sido un país que ha generado inmigración y que, por tanto, no debemos sorprendernos por que ahora nos toque recibirlo? Te recuerdo que, en un tiempo relativamente reciente algunos de nuestros familiares marcharon a “hacer las Américas”…

Tienes razón, muchos de nuestros antepasados fueron indianos. Pero tienes que pensar en lo que era un indiano: alguien que iba a construir un patrimonio en países en fase de construcción. En el siglo XIX miles de catalanes fueron a Cuba y en gran medida Cuba es hoy un país gracias a ellos. Antes no había nada. Nuestros indianos –tus antepasados y los míos- construyeron países, además de “buscarse la vida”. Es fundamental que entiendas la diferencia: los indianos construían la cultura de los países en los que trabajaban. Como sabes, la población caribeña sucumbió a las enfermedades tras la llegada de los españoles. En el Caribe había un vacío demográfico y cultural. ¿Tú crees que en Europa existe un vacío?

¿Y que me dices de los inmigrantes españoles que se desparramaron en Europa con la maleta de cartón y bolsas repletas de salchichones y embutidos?

Sobre esto puedo decirte dos cosas: la cultura española es una cultura europea, que deriva fundamentalmente, del mundo clásico y del cristianismo. Toda la Europa continental, sin excepción, puede considerarse impregnada por esta cultura. Es como si mezclaras agua de Viladrau y agua de Solares, ¿cambiaría la composición? Diferente sería si mezclaras agua cristalina con arena del desierto. Creo que lo entiendes. Lo que quiero decirte es que entre los emigrantes españoles y la población alemana, belga, suiza u holandesa, existe una “contigüidad” evidente, pero, en relación a determinados contingentes inmigrantes, lo que hay es una brecha cultural y antropológica. Si los españoles hubiéramos practicado en Alemania, la ablación del clítoris, la poligamia, nuestro día de fiesta hubiera sido otro, si nuestros emigrantes hubieran vestido de manera exótica propia de otras latitudes, te aseguro que hoy se nos recordaría allí como algo, como mínimo, diferente.

Y luego hay un segundo punto en relación a nuestros emigrantes. Fueron a una Europa que había quedado literalmente arrasada en la Segunda Guerra Mundial, a reconstruirla. No te olvides que Europa en esos años había sufrido una merma demográfica y una destrucción física e industrial. Nuestra gente fue a reconstruir Europa. ¿Tu crees que ahora hace falta que alguien reconstruya España? Esto sin olvidar, naturalmente, que nuestra emigración a Europa fue ordenada, escalonada, según necesidades, respetando los imperativos legales, los cupos, los permisos de residencia, acudiendo con contrato de trabajo y nunca en Europa se identificó a la inmigración española con la delincuencia. La prueba de que nuestra emigración cumplió como los buenos es que no precisó ayudas económicas para integrarse. Simplemente tenía la voluntad de hacerlo. Paradójicamente, Francia no consigue integrar a la inmigración argelina a pesar de la inyección de cientos de millones de euros. Algo falla ¿no te parece?

Bien, pero hoy me habías dicho que íbamos a seguir hablando sobre los motivos que generan la inmigración. Ayer ya me hablaste del desgobierno de los países generadores de inmigración: la gente huye de sus gobernantes. Bien, he de reconocer que me convenciste tanto tú como el reportaje de TV sobre las elecciones ecuatorianas. Entrevistaron a varios inmigrantes ecuatorianos residentes en Madrid: ellos lo tenían tan claro como tú. Se fueron por que sus políticos eran unos patanes que solamente robaban para sí. Lo dijeron con una claridad que me confirmaron tus palabras. Pero también me da la sensación de que en algunos países, la corrupción, la incapacidad y la falta de respeto por los derechos humanos, no es de hoy, sino de siempre. ¿A qué se debe que hoy la inmigración esté más generalizada que ayer?

Tu pregunta es muy buena. ¿Por qué ayer no y hoy si? Lo entenderás muy fácilmente cuando pronuncie la palabra clave que ha desatado todo el fenómeno migratorio. Esa palabra es “globalización”.

¿Desde cuándo existe la globalización, no lo tengo muy claro?

Entre 1948 (fecha del “golpe de Praga” que desenmascaró las escasas intenciones democráticas de los comunistas) hasta el 9 de noviembre de 1989 (fecha de la caída del Muro de Berlín) se produjo la Guerra Fría, enfrentamiento entre el “Este” y el “Oeste”, entre el bloque comunista y el capitalista, dirigidos respectivamente por la URSS y los EEUU. Este capítulo de la historia se cierra con el ascenso de los EEUU a “única potencia global”. La Segunda Guerra del Golfo, al año siguiente, confirmó esta tendencia. Ese mismo año, Francis Fukuyama publica un libro trascendental “El fin de la historia”, en donde sostiene que la democracia y el mercado son nuestro destino y que ya ha llegado. La creación de la Unión Mundial del Comercio y la progresiva liberación de aranceles, son los elementos característicos del período de 12 años que va entre el 9.11.89 y el 11.9.01 cuando se producen los ataques contra el WTC y el Pentágono. Estos doce años son el período dorado de la globalización, cuando el fenómeno alcanza su madurez. Pero a partir de 2001, ese futuro presentado como esplendoroso, va adquiriendo tonalidades oscuras y cada vez se percibe más como problema.

Todos estamos contra la globalización ¿no?

No, la inmensa mayoría de las élites dirigentes o bien están a favor de la globalización o no se atreven a oponerse a ella por considerarla un signo de los tiempos. Les gusta nadar –como los peces muertos- a favor de la corriente. Te diré más: incluso buena parte de los que se manifiestan “contra la globalización”, afirman hacerlo, en realidad “por otra forma de globalización”. Así que ya me dirás… Estos últimos, en general, son militantes procedentes de la antigua izquierda rancio-marxista de los años 60 y 70, que ha sustituido su “internacionalismo” por esa idea mal concretada de “otra forma de globalización”. Yo estoy contra la globalización, contra toda forma de globalización.

¿Cuáles son tus motivos?

El primero de todos es su fragilidad y su inviabilidad a medio plazo. Fíjate lo que está ocurriendo. Inicialmente, se creía que la globalización suponía la creación de un mercado mundial en el que cada país podría aportar los productos en los que era más competitivo. Así, por ejemplo, un país se especializaría en la fabricación de coches, los mejores a los precios más asequibles, otro, en cambio, optaría por los electrodomésticos, en otro estarían las imprentas más económicas… Era un mundo feliz regido por el mercado libre. Esto se ha demostrado falso y mendaz. La tendencia no es que los países se especialicen en ramas de producción… sino que un solo país –China- tiende a absorber cada vez más la producción mundial. ¿Y el resto? Quedan desertizados industrialmente. Nosotros, ahora, estamos en este camino.

Pero ¿eso no va a contribuir a abaratar productos hasta ahora difícilmente asequibles?

En principio sí, pero esto tiene mucho más riesgos que ventajas: uno de ellos es que las mercancías fabricadas en el otro extremo del mundo deben llegar a sus puntos de venta. Eso se alcanza mediante el carburante que mueve los barcos. Pero hoy el petróleo se está agotando y será encareciendo progresivamente, con lo que llegará un punto en el que fabricar en China y traer a Europa vendrá a costar prácticamente lo mismo… sólo que las factorías europeas ya se habrán trasladado masivamente a Oriente.

El otro problema es que las garantías sanitarias exigidas en Europa a algunos productos alimenticios, no es la misma que las garantías exigidas en China o en cualquier otro país del Este Asiático. Hoy sabemos que algunos de los alimentos chinos que llegan a Europa serían inmediatamente prohibidos por la sanidad europea. Epidemias como las de la fiebre aviar se han originado en el sudeste asiático. ¿Te imaginas lo que ocurriría si se declarara una epidemia incontenible en el extremo-oriente? Sería necesario cortar los flujos comerciales: durante todo el tiempo en que durara la epidemia el comercio mundial se estancaría y, especialmente, Europa viviría situaciones inimaginables de carestía de mercados. Dada la velocidad con que aumentan las importaciones alimentarios procedentes de esos países, eso podría repercutir incluso en hambrunas ¡en Europa!, o, en cualquier caso, en un encarecimiento insoportable de los productos.

Pero hay otro motivo fundamental para rechazar la globalización: quien dice globalización dice “nivelación”, pérdida de identidades étnicas y nacionales y creación de una cultura anodina e híbrida, olvido de las peculiaridades antropológicas y de las tradiciones y, finalmente, “mestizaje”. Ya veo que estás dispuesta a que hablemos del mestizaje, pero lo dejaremos para otro día. Es mejor que sigamos apurando el problema de la globalización ¿no te parece?

Como quieras. Veo los problemas de la globalización, pero también las ventajas. El otro día, en el Instituto nos hablaron de la globalización como autopista hacia la modernidad…

La globalización tiene algo de autopista y mucho de fraude. No te engañes, la globalización genera beneficiarios y damnificados. Los beneficiarios son los que poseen un dinero inicial lo suficientemente crecido como para poder integrarse en la nueva economía globalizada. Los damnificados somos todos los demás. De tanto en tanto se dice que tal empresario, que empezó sin capital pero con ideas, logró imponerse en determinado mercado. Casi se trata de leyendas urbanas: la inmensa mayoría de beneficiarios de la globalización pertenecen a dinastías económicas muy antiguas. ¿Los multimillonarios de la era de la informática? Si, hay algunos que se pueden contar con los dedos de las manos, no muchos más. La crisis de las “puntocom”, a finales del segundo milenio, arrojó a la ruina a muchos que habían apostado por los valores informáticos, desde luego a muchísimos más de los que se han enriquecido con ellos. Desengáñate: la globalización no es más que la consecuencia extrema de la economía liberal. Y la economía liberal es como una selva en la que sobreviven los “más competitivos”, es decir, los más fuertes y los más fuertes son los que disponen de más acumulación de capital y pueden pagar a los mejores asesores para invertir mejor ese capital. En otras palabras: la globalización es el sistema que acelera la acumulación de capital (cada vez más en menos manos), con la esperanza de convertir a sectores cada vez más amplios de la población mundial en productores alienados y consumidores integrados. El mundo feliz de los artífices de la globalización tiene la forma de una pirámide con una base amplísima y una cúspide altísima y pequeñísima.

Ahora bien, quien te habló de la globalización como una autopista, tenía cierta razón, sólo que quizás no en el sentido que pretendía. La globalización no nos introduce en una modernidad luminosa y radiante, sino en un mundo progresivamente hostil, fragilizado y peligroso. Antes te he dicho que una crisis sanitaria en Vietnam puede repercutir en la cesta de la compra en Europa, un conflicto en China puede desabastecer de televisiones de plasma el mercado europeo, y así sucesivamente. Finalmente, los dos riesgos mayores que pueden aparecer en el mundo globalizado, son el agotamiento de combustibles y un virus informático que paralice durante unas horas las redes telemáticas de todo el mundo, generando un caos inimaginable junto al cual la confusión de lenguas de la Torre de Babel sería un juego de niños.

Mira, la globalización es, en cierto sentido una autopista que conduce a dos direcciones distintas: por un lado conduce de la dirección Norte a la dirección Sur, es la deslocalización empresarial, el traslado de las empresas europeas allí a donde los costes laborales son menores, en primer lugar, y se está más cerca de las fuentes de materias primas, en segundo lugar. Luego está la dirección que, partiendo del Sur, conduce hacia el Norte. Esa segunda dirección es la seguida por la inmigración.

La inmigración es una parte fundamental de la globalización en tanto tiende a abaratar los costes de producción en Europa. Como sabes, el trabajo es un valor de mercado: si hay poca fuerza de trabajo, su precio –el salario- sube, pero si hay un excedente de fuerza de trabajo, el salario tiende a bajar. Es sorprendente que los sindicatos callen sobre este punto, aún a pesar de que, en teoría deberían defender los derechos de sus afiliados. Los sindicatos atribuyen a la patronal la bajada de salarios… hombre ¡claro!, como si no reconocieran que el carácter de valor de mercado del trabajo. Es natural que no alcancen a explicar porque los salarios de la construcción o de hostelería o del campo, se han estancado desde el año 2000. Y es muy sencillo de entender: simplemente, porque tenemos cinco millones de inmigrantes. El que quiere trabajar en estos sectores debe resignarse a cobrar cada vez menos, dado que cada vez hay más inmigración dispuesta a vender más barata su fuerza de trabajo.

Esta autopista de doble dirección tiene como principales damnificados a los trabajadores europeos: la dirección Oeste-Este supone una sangría constante de puestos de trabajo en nuestro continente; pero, en dirección Sur-Norte, los trabajadores europeos encuentran una competencia dispuesta a vender su fuerza de trabajo a precios de dumping laboral.

¿”Dumping laboral”? me vas a tener que aclarar que es eso.

Eso será mañana, cariño, por hoy ya hemos hablado bastante. No olvides que hoy, has aprendido a situar el problema de la inmigración dentro de un contexto mundial amplio y sin precedentes: la globalización.

 

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos. 01. Culpable: ¿la pobreza o el desgobierno?

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos. 01. Culpable: ¿la pobreza o el desgobierno?

Infokrisis.- En la primera conversación, el diálogo gira en torno a los responsables de la inmigración, tras definir al fenómeno como una verdadera tragedia. Según la versión oficial, la inmigración es el producto de la pobreza. No admitimos esta explicación tan sensiblera como analfabestia. No es la pobreza lo que impulsa a los seres humanos a emigrar en este preciso momento histórico, sino el desgobierno de élites criminales, corruptas, asesinas o simplemente, ineficaces.

 

Diálogo I

Culpable: ¿la pobreza o el desgobierno?

[16 de octubre 2006]

Desde hace unos años vengo oyendo cada vez más la palabra “inmigración” pero no tengo muy claro a qué se refiere. ¿Qué es, en realidad, la inmigración?

La inmigración es una tragedia. ¿Te imaginas lo que supone para sus protagonistas dejar atrás países pobres-pobrísimos, situaciones de miseria y depauperación, en donde la posibilidad más habitual es morir de hambre, morir violentamente, o morir de aburrimiento y donde no existe ninguna posibilidad de salir adelante? ¿Te lo imaginas? Pues eso es la inmigración, gente que deja atrás tragedias personales y colectivas, situaciones sin salida para ellos y para sus países.

¿Quiénes son los culpables de estas tragedias? El otro día oí a un tal Evo Morales que la culpa era de la colonización europea.

El pobre siempre tiene tendencia a culpar de su pobreza a otros. No asume que puede haber hecho algo mal y que, en buena medida, es responsable de su situación. En el caso de Evo Morales, resulta difícil pensar que España, tiene algo que ver con su pobreza actual. Mira: antes de que llegaran los conquistadores españoles, Bolivia había tenido una floreciente civilización inca que en el siglo XVI, literalmente, ya se había difuminado sin dejar señas. España no empezó a colonizar Bolivia sino en el último tercio del siglo XVI y le dio la independencia en las primeras décadas del siglo XIX. Estamos hablando de apenas 250 años. Bolivia es independiente durante los últimos 200 años: pues bien, ha sido en esta época, precisamente, en la que Bolivia perdió el tren del desarrollo, se enzarzó en una inestabilidad política interior extrema y cada generación saqueó el legado de lo que quedaba de la anterior. Esa misma situación se ha repetido en África. Fíjate en Guinea Ecuatorial. Cuando los españoles nos fuimos de allí, dejamos un pequeño país en orden con todas sus infraestructuras, incluida la TV, recién desembaladas y grupos de técnicos formados para que todo funcionara a buen ritmo. Al cabo de un año ya no quedaba nada de todo esto. Macías arrasó con todo esto. ¿Somos nosotros culpables de los 22 años de que el presidente Macías se comiera crudos a sus opositores o de que su primo y sucesor hiciera otro tanto desde entonces?

Creó que no, sin embargo, reconocerás que los países coloniales explotaron a las colonias y que, hoy deben de pagar por aquella explotación…

Te equivocas, esa es la cantinela culpabilizadora que repiten constantemente los “intelectuales” del Tercer Mundo y sus homólogos de la izquierda europea: “Europa es culpable y debe pagar”. El “pago” es, naturalmente, la recepción ilimitada de inmigrantes en nuestros países. Pero si te liberas del complejo de culpabilidad, se disipa nuestra obligación de tutelar a las excolonias y de aceptar sin límites sus flujos migratorios.

Mira: la “colonización” duró poco. En su mayoría no más de 125 años. Y no fue un “buen negocio” para las metrópolis. Costó muchas vidas y requirió más dinero del que generó. Es así de simple. Así que, según un criterio de optimización de costes, aquello no tenía mucho sentido. En realidad, los “colonizados” ganaron más que los colonizadores. Si hoy los informáticos hindúes de Bangalore están en condiciones de competir con los de Sillycon Valley es gracias a que Inglaterra les dio un idioma y algunos de sus ciudadanos pudieron formarse, a partir de la lengua, en la modernidad. En la mayoría de los casos, la colonización europea sacó a esos países de la Edad Media, sino del neolítico. ¿Tu crees, realmente, que les debemos algo o que somos culpables de algo? Crees que el maestro de escuela debe sentirse culpable por enseñar a leer a sus alumnos? Ni tu ni yo, somos culpables de nada, así que no tenemos porqué pagar ninguna expiación.

Pero, la esclavitud, la explotación de recursos, los gobiernos impuestos… yo creo que todo esto es mucho más duro y desagradable que el cuadro idílico de una Europa generosa y civilizadora que me has planteado …

La esclavitud fue un signo de los tiempos. Pero entre los siglos XVII a XIX, no solamente Europa practicaba la esclavitud. De hecho, hoy todavía se practica en África y en algunos países árabes. Y estamos en el siglo XXI. En el neolítico el canibalismo estaba generalizado… y mira que el canibalismo es desagradable. Lo sorprendente no es que en el año 5.000 aJC existiera la costumbre de comerse unos a otros, sino que hoy se siga practicando en algunas zonas de África o por algún tarado en nuestras latitudes a título de excepción. Si, existió la esclavitud. También existieron las pelucas empolvadas en el siglo XVIII, ¿y?

En cuanto a la explotación de recursos también hay que desmitificarlo. Esa misma explotación sigue hoy en día. De alguna forma había que pagar la construcción de carreteras y demás infraestructuras. Pero ya que lo mencionas, te diré que la explotación de recursos solamente es sistemática y depredadora en la actualidad y, precisamente, en esos mismos países. Fíjate en Guinea Ecuatorial. Pasó de los primeros puestos en PIB africano antes de su independencia, a los últimos en apenas dos años y así ha persistido hasta el 2000 cuando empezaron a explotarse sistemáticamente sus pozos petroleros, gracias a contratos leoninos firmados por el presidente Obiang y distintas multinacionales petroleras. Esos contratos eran lesivos para Guinea, pero beneficiosos para Obiang. Los beneficios de esta explotación van a parar a las arcas del sátrapa de Guinea, mientras, la población sigue postrada en la miseria. ¿Tiene esto que ver algo con el colonialismo? No, en realidad, tiene solo que ver con el desgobierno de estos países.

Finalmente, me hablas de “gobiernos impuestos”. La reina de Inglaterra se la traía al fresco a los marajás hindúes y Felipe II no podía ser entendido por los descendientes del inca. Pero, desengáñate y medita sobre esto: la historia enseña que ningún país evoluciona de la edad de piedra a la sociedad industrial gracias a gobiernos democráticos. Para que exista esa evolución debe de existir pasos previos, uno de ellos es la concentración de poder. Te daré dos ejemplos: la España franquista y la Rusia de Stalin. Tanto Franco como Stalin asumieron el poder –férreo, dictatorial, antidemocrático- cuando sus países estaban en el subdesarrollo. Bajo sus mandatos se generó un “gran salto adelante”. España se convirtió en paraíso turístico, pasamos de la mula al 600 y de las abarcas a ser primeros fabricantes de calzado y atravesamos la línea del subdesarrollo. Stalin, después de perder cuarenta millones de ciudadanos entre guerra mundial y las purgas, logró la bomba H, pocos años antes de configurarse como primera potencia tecnológica y situar a un hombre en órbita a la Tierra. En ambos casos hizo falta concentrar esfuerzos en el desarrollo (y restarlos de las libertades públicas), planificar la economía (y alejarse del libre mercado); todo ello era imposible de hacer sin una centralización del poder.

Si, pero no me irás ahora a defender a Franco o a Stalin. El problema de África o de Asia es que hay muchos Franco o Stalin en el poder.

Lo que hay que retener es el país que tomaron y el que dejaron. Que cada cual lo juzgue según su leal saber y entender, pero el hecho es que en el caso de las dictaduras africanas y asiáticas, los líderes se enriquecen, mientras la población empobrece, y esto es lo importante, mientras el país sigue en el atraso más endémico. En las modernas dictaduras tercermundistas, no hay concentración de poder y limitación de las libertades públicas en aras del desarrollo, sino por motivos patológicos y enfermizos, para saquear el país con las manos libres y sin interferencias exteriores. El nivel de latrocinio de las clases políticas surgidas de la descolonización es tal que no tiene precedentes en la historia.

Así que lo que me estás diciendo es que la gente de esos países emigra a causa de la actividad de esos gobiernos y no por la acción de los antiguos colonizadores. ¿Es así?

Si, pero no solo por eso, aunque sí, la pobreza está relacionada con la acción de esos gobiernos principalmente. El ministro de la presidencia, Rafael Caldera ha dicho que la inmigración es cuestión de pobreza. “La gente huye de la pobreza”. Y no es cierto. La gente huye de otra cosa muy diferente: huye de sus propios gobiernos criminales y asesinos que ni siquiera han sido capaces de encarrilar a sus países por las vías del desarrollo. Huyen de la inseguridad que les crea estar dirigidos por psicópatas que un buen día pueden decidir asesinarlos y que, de hecho, suelen asesinarlos con una facilidad pasmosa. En los últimos 10 años se han producido más de cuarenta guerras en África. Los millones de muertos son incontables. En ese clima ni hay, ni puede haber, ni va a haber libertades políticos. Pero, además, a esto tienes que unir la falta de previsión de todos estos gobiernos, incluso de los más estables y ricos. Existen guerras de religión abiertas en países como Nigeria que lleva explotando su petróleo desde finales de los 60 y que desde entonces estaba en buena situación para demarrar en la senda del desarrollo. Existen guerras tribales en toda África, conflictos fronterizos, etc. Y todo esto ha generado parálisis en todas las actividades del Estado. Esto ha generado hambrunas, crisis sanitarias, epidemias. A nadie le gusta vivir en un ambiente con posibilidades de morir de hambre, de cualquier infección que se complica por falta de cuidados o de una epidemia inesperada.

Une todo esto y tendrás una situación extremadamente incómoda para la mayor parte de la población africana y para buena parte de la población asiática. La pobreza no es el problema, sino solamente una parte del problema, más aún, la pobreza es un reflejo del desgobierno. El verdadero problema son las élites dirigentes africanas, asiáticas e iberoamericanas, no lo olvidemos.

Así pues, reconoces que la situación en estos continentes es muy mala. No serás capaz de reprocharles que dejen atrás toda esa miseria y emprendan el camino de la inmigración. ¿O si?

Tienes razón, lo que yo reprocho es que la mayoría de los gobiernos africanos, asiáticos e iberoamericanos hayan generado las situaciones de miseria en las que se ven implicados sus propios ciudadanos. Pero no nos engañemos: existen en torno a 2.000 millones de ciudadanos de estos países que desearían emigrar hacia Europa. Te repito la cifra: 2.000 millones. Es evidente que, ni en Europa caben todos, ni Europa tiene medios suficientes para ayudar a toda esta pobre gente.

El dinero que se envía a estos países –el famoso 0’7% que debería resolverlo todo- no sirve en realidad para casi nada. Las ONGs que viven principalmente de la teta del Estado y sólo en un lugar muy secundario de sus propios cotizantes, tampoco logran hacer mucho más. Ayuda enviada… ayuda perdida por el camino o que va a parar a los bolsillos de los gobiernos de esos países o, simplemente, es mal distribuida.

Si estás de acuerdo en que aquí no caben todos, me tendrás que explicar porqué solamente se admite a unos pocos, es decir, a los más jóvenes, fuertes y decididos, mientras que los más mayores, debilitados o indecisos, siguen sufriendo aquellas situaciones de miseria. Eso supone una inadmisible selección casi darwinista que va en detrimento del desarrollo de esos países: se van los más fuertes y decididos, es decir, se sustrae a los mejores brazos y a los espíritus más sólidos, para el desarrollo de esos países. Eso tiende a eternizar la miseria. Europa ha enfocado mal el problema. ¿Cuánta gente capaz de aportar algo a sus países ha muerto en pateras o cayukos? ¿Cuántos ecuatorianos, colombianos, bolivianos honestos han huido de su país abandonándolos a clases dirigentes corruptas y corruptoras?

Así pues, queridos hijos, no es que les reproche a los inmigrantes el hecho de que estén aquí, es que aquí no caben todos y, de otro, es que desertar de su propio país no contribuye a resolver la situación allí.

Parece que existe unanimidad en facilitar el desarrollo de los países de origen de la inmigración. ¿Estás de acuerdo? ¿No eres partidario de la ayuda al desarrollo?

Si, pero con condiciones. La gratuidad no es la mejor forma de estimular el desarrollo. Ayuda a fondo perdido es ayuda tirada que los países receptores no valoran. En primer lugar, es preciso dejar claro que no estamos obligados a ayudar. Lo hacemos por generosidad, no por obligación, ni por que debamos nada. Y la única ayuda admisible es la ayuda al desarrollo: no debemos tanto regalar alimentos, sino enseñar a cosechar racionalmente.

Luego hay que asumir buenas dosis de realismo: nadie da algo a cambio de nada. Hacerlo, en las actuales circunstancias, y a la vista del percal que cortan la mayoría de los gobiernos de los países emisores de inmigrantes, es ingenuo e irresponsable. La primera condición es que esta ayuda sea administrada directamente por los que la dan y no sea una ayuda puntual destinada a paliar problemas aislados, sino que se trata de una ayuda estratégica destinada a lograr el desarrollo de esos países. Y esa ayuda debe de darse con otra condición: que sea evidente la voluntad de transitar hacia democracias formales y, sobre todo, que los derechos humanos sean respetados desde el mismo momento en que se inicia la ayuda.

Pero eso ¿no supondría restar poder y soberanía a algunos de esos gobiernos?

Si, claro. Pero es que quien ha demostrado su incapacidad para cumplir su tarea como gobernante, quien ha afirmado durante décadas su rapacidad y su capacidad depredadora, no le vas a regalar, además ayudas al desarrollo gratuita y graciosamente.

Pero esa ayuda es para poblaciones castigadas por el hambre, las enfermedades y el subdesarrollo. Si niegas a un país ayuda porque sus dirigentes son corruptos y degenerados estás condenando al hambre, a la enfermedad y a la pobreza a su población…

Ese es el análisis “humanitario”, el realizado por gente como ZP. Pero eso análisis lleva, inevitablemente, a tirar el dinero donado por Europa. Esa ayuda no contribuye precisamente a que esos países salgan de la miseria, sino a reforzar más y más a sus dictadores. Dejando aparte que existe cierta tendencia en esos países a rentabilizar su miseria, los objetivos de una ayuda deben ser dos: no fortalecer indefinidamente a las oligarquías y evitar eternizar la dependencia de la población. ¿Ayuda alimentaria? Eso está bien, pero, paralelamente, obligando a los beneficiarios a realizar cursos de técnicas de producción agrícola, desplazando de técnicos para estudiar sobre el terreno los cultivos más rentables y necesarios y poner en marcha una producción alimentaria que como mínimo garantizara una economía de subsistencia. En otras palabras: enseñarles a pescar, no regalarles pescados. ¿Medicamentos? No es Europa, sino sus gobiernos saqueadores los que deben pagar las medicinas para su población. ¿No lo hacen? Bien, se puede ayudar a la población en este terreno, pero también sancionar a sus dirigentes, bloquearles cuentas en el extranjero y, en definitiva, presionarles para que se preocupen por su población en lugar de por sí mismos. Dar algo a cambio de nada es la peor forma de ayuda. Malacostumbra a todos.

Tienes que poner condiciones. Y, en el fondo, es posible establecer “pactos” con los dirigentes de estos países: “tú déjame que yo intente arreglar tu problema y, mejor que ni te mezcles porque tú eres parte del problema”. Está claro que eso supondría una disminución de la “soberanía” de esos países. Pero la situación no es normal, es muy grave, especialmente en África. El dilema a plantear a su población es: “¿qué prefieres? ¿Soberanía o mantequilla?”. Los pueblos africanos, en concreto, son muy curiosos: sus gentes son extraordinariamente trabajadoras, especialmente sus mujeres, constantes, intuitivas, todos en general, hábiles, cordiales… Es su clase dirigente la que falla; ha demostrado fehacientemente que son el primer obstáculo para el desarrollo de sus pueblos, así que ¿para qué respetar su soberanía? En esos países cuando se dice “soberanía”, la clase dirigente entiende por ello “hacer lo que me dé la gana en mi finca”, incluida la desviación de los fondos de ayuda para causas muy distintas de las inicialmente programadas. Y eso es intolerable. Entrar en este juego por parte de los gobiernos europeos supone, a fin de cuentas, dilapidar la ayuda en sí) tanto como la posibilidad de que estos países se desarrollen.

Los diplomáticos europeos tienen miedo de enemistarse con el último sátrapa africano o asiático. Y por tanto no dicen en voz alta que los gobiernos allí instalados son, cualquier cosa, menos eficaces y democráticos. Estos gobiernos han aprendido a “currarse la página de la pobreza”, esto es, pedir constantemente ayudas para cualquier cosa que ellos mismos deberían de haber previsto. Se dirá que aquellos Estados no están preparados para asumir los desafíos de la modernidad, ¿cómo? ¿qué no lo están? Entonces ¿Por qué exigieron, frecuentemente a tiros y con masacres, la independencia en los años 60? Recuerdo a los muertos franceses de Argelia, a los muertos belgas del Congo, recuerdo a los asesinos del mau-mau, recuerdo la expoliación de las granjas hace apenas dos años a los colonos “blancos” por Robert Mugawe en la antigua Rodhesia… Quisieron ser independientes. Lo fueron y se hundieron. Ahora algunos de estos gobiernos quieren la independencia y la financiación europea… Lo realmente increíble no es eso, sino que los diplomáticos europeos sean incapaces de plantear las cosas con claridad y contundencia. En el fondo, no se trata de plantearles un do ut es (yo te doy, tu me das), sino algo más simple: “yo aseguro tu desarrollo, tu preocúpate de aprender a gestionar tu país y, entre tanto, ves restableciendo las libertades públicas, porque si no lo haces, esa ayuda cesará”.

Pero, ¿por qué los ministerios de asuntos exteriores del mundo desarrollado no plantean una alternativa así?

Es muy comprensible. Todos temen que si dejan de financiar a tal o cual gobierno corrupto, éste se acoja a la protección de otro país desarrollado. Francia teme que EEUU ocupe sus posiciones. China otea el horizonte africano. La UE es muy respetuosa con los “Estados independientes”, aunque sus élites dirigentes sean corruptas. Todos temen que un endurecimiento en las relaciones con tal o cual país, suponga una pérdida de influencia en esa zona. Y tienen razón, pero esto se solucionaría llegando a un acuerdo entre los países susceptibles de ayudar al desarrollo de las zonas deprimidas.

Entre tanto, los inmigrantes van llegando en oleadas y nosotros aquí analizando y filosofando… Por cierto, todavía no me has indicado qué es la inmigración.

Si, pero, por hoy, ya hay bastante. Piensa sobre todo esto y, sobre todo, deshazte de los prejuicios “humanitaristas”. No te he dicho nada que no pertenezca a la esencia misma de la vida. Algunas de las ideas que he intentado transmitirte te habrán sonado duras, incluso muy duras, pero es que la vida en la tierra no es ninguna ganga; cada día, al levantarse, empieza una lucha por la existencia. Es posible que algunos países han tenido “mala suerte” (si es que eso existe), pero lo cierto es que esos países, postrados y rotos, seguirán así de no ser que tengan el valor para levantarse, descubrir su realidad, dotarse de medios y reconducir la situación, lo que pasa, inevitablemente, por expulsar a las clases dirigentes, verdadero cáncer terminal de esos países y… sobre todo, aprender a pescar.

El “humanitarista” llora las desgracias de los desfavorecidos, tranquiliza su conciencia aportando su óbolo y cree que con esto ya ha cumplido, dando por sentado que el 0’7% o una miríada de ONGs son suficientes para paliar las desgracias de estos países. No lo son. Estos países seguirán como están mientras sigan siendo gobernados por brutos incapaces y ambiciosos sin límites. Emigrando conseguirán, en el mejor de los casos, paliar su situación personal, pero no la de su clan, la de su pueblo o la de su nación.

Animar a los ciudadanos de esos países en quiebra a que vengan a Europa es la peor de las políticas. Mañana te lo explico.

 

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos. 00. Introdución.

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos. 00. Introdución.

Infokrisis.- En tanto que padre de familia numerosa no es que intente adoctrinar a mis hijos, es que simplemente intento estimular en ellos su capacidad de razonamiento lógico. Uno de mis hijos salió hace poco por TV en la Plaza de Sant Jaume durante las Fiestas de la Merced, protestando por la absurda política lingüística de la Generalitat y del Ayuntamiento de BCN, que provocó la pitada contra la escritora Elvira Lindo. Esa acción individual de mi hijo es buena muestra de que la semilla sembrada -no el adoctrinamiento puro y duro- es suficiente para que cerebros bien amueblados interpreten de forma sana y razonable los problemas del país. Por tanto, es en forma de 20 conversaciones con mi hija que iniciamos esta serie de artículos sobre la inmigración explicada a partir de sus conceptos más básicos.

 

La inmigración explicada a mi hija en 20 diálogos

(lo que ZP no entiende)

Hace sólo tres días, en la Biblioteca de mi pueblo me llevé en régimen de préstamo una obra cuyo título me llamó la atención: “La inmigración explicada a mi hija” de Sami Naïr. Algo debía de saber Naïr sobre la inmigración puesto que su nombre no era europeo. Luego resultó que se trataba de un catedrático de Ciencias Políticas de la universidad de París VIII, colaborador habitual de la prensa –habría que añadir, “de la prensa progre”, pues no en vano sus artículos aparecen especialmente en “Liberation”, “Le Monde” y, por supuesto, “El País”- y también había aparecido en España dando cursos en alguna universidad privada a la que, por supuesto no llevaré a mis hijos.

Francia ha promocionado como apóstoles del inmigracionismo a algunos grandes nombres y apellidos oriundos de otras latitudes. Tarik Ramadán, radical entre los radicales y simulador entre los simuladores, falso moderado ante las cámaras de la ORTF y extremista religioso puertas para adentro de la mezquita, es uno de ellos. Sami Naïr es otro. Hay más, habitualmente, raperos superventas o deportistas de éxito, pero Naïr va de intelectual y, en realidad, cualidades no le faltan, a pesar de los pesares.

Si, porque el libro “La inmigración explicada a mi hija” -escrito en el 2000 y publicado en el 2001- no ha soportado cinco escasos años de choque con la realidad. Por ejemplo, cuando dice que en España apenas hay inmigrantes y que no llegan al 2% de la población española… por tanto, no hay motivo de alarma. En apenas cinco años, ese 2% se ha convertido en un 12%. Si se trata de prever, Naïr no es, desde luego, lo que se dice un Nostramus.

Siempre me había preguntado de dónde había salido esa falacia que otorgaba a los inmigrantes el privilegio y el esfuerzo de pagar con la fuerza de su trabajo las pensiones de nuestros abuelos. Porque se trata de una falacia. Pues bien, en el 2000, Naïr ya lo pregonaba a quien quisiera comprar su libro. Si la leyenda urbana no había partido de él, al menos se le puede atribuir su difusión en la nebulosa progre. Y todo así. Resultaría difícil encontrar otra obra que supusiera tal racimo de tópicos sobre la inmigración, difundidos bajo la forma de diálogo de un padre con su hija. Para colmo la niña de marras corresponde al ideal de mujer árabe: ni discute, ni replica, sino que sólo hace valer su opinión, lo justo, para que su papaíto del alma, le convenza de lo contrario y la lleve por el camino recto. Entre las pocas cosas positivas que aporta este libro, se me ocurre que una de ellas es la provocación para incitar a escribir otro en sentido opuesto. Y eso es lo que hemos hecho: recoger el guante y responder también en forma de conversación con nuestros hijos.

Si ni una sola de las ideas que Naïr difunde en este libro se ha cumplido y si todas sus afirmaciones se han diluido como polvo en el desierto y hoy la inmigración es considerada como problema por la inmensa mayoría del pueblo español, se debe, sobre todo, a la irresponsabilidad del gobierno en esta materia. Maticemos y señalemos con el dedo acusador.

No es rigurosamente cierto que hubiera un antes y un después de la regularización masiva de febrero-mayo de 2005, la “regularización Caldera-ZP”. No es lo mismo 1.200.000 clandestinos que 800.000 clandestinos transformados en legales, operando como ariete de un formidable “efecto llamada”, desde entonces, permanente. Pero es que, existían precedentes. Antes hubo la reforma de la Ley de Extranjería de 1999 promovida por todos los partidos, especialmente por el PSOE, y con excepción del PP –que no tenía la mayoría absoluta- a partir de la cual se generó el primer “efecto llamada”. Si ese primer “efecto llamada” igualó a España en número de inmigrantes a cualquier otro país receptor de inmigración, a partir del segundo “efecto llamada”, se logró lo que parecía imposible: situar a España a la cabeza de los países receptores de inmigración en Europa. Gracias Partido Socialista, sin ustedes habría sido imposible realizar ese tránsito.

Todo esto es difícil de comprender por las nuevas generaciones susceptibles de ser adoctrinadas por la “Educación para la Ciudadanía” (la “Formación del Espíritu Nacional” de ZP). Así que habrá que empezar a explicar todo el problema a partir de cero.

Estas líneas van dirigidas, así pues, a esa mayoría de españoles que “perciben” a la inmigración como problema. Mi hija es una chica madura, y mis otros dos hijos son mayores, así que los argumentos van a ser objetivos y realistas, en absoluto, tópicos y carentes de basamento lógico. Es evidente que, como en el caso de Naïr, estas líneas solamente van a estar representadas en forma de diálogo a efectos pedagógicos. No en vano, la mayéutica (transmitir ideas mediante diálogos esclarecedores) es una de las tradiciones intelectuales europeas desde los albores de la filosofía clásica. Y eso es lo que vamos a ejercitar. Vale la pena hacerlo bajo la forma de conversación con nuestros hijos dado que ellos son los que van a tener que soportar más duramente los errores de nuestros actuales gobernantes.

Villena, 15 de octubre de 2006

 

La inmigración en el mundo feliz de ZP (III de X). Dossier Inmigración Ecuador

La inmigración en el mundo feliz de ZP (III de X). Dossier Inmigración Ecuador

Infokrisis.- A pesar de la lejanía, la comunidad ecuatoriana en España ha pasado a ser numéricamente, la segunda en importancia detrás de la marroquí. Muy pocos ecuatorianos tienen la intención de volver a su país y todos ellos quieren traer aquí a sus familiares y amigos. Hoy, Ecuador precisa de las remesas enviadas por los emigrantes para mantener a flote el aparato del Estado. No es raro que la clase política estimule la inmigración masiva hacia España.  

 

Desde 1997, Ecuador ha generado cuatro millones de inmigrantes con destino a EEUU, Italia y, especialmente, España. Si el Estado ecuatoriano no se ha declarado en quiebra se debe a las remesas enviadas por los ecuatorianos en el extranjero a sus familias. No se trata de grandes cantidades tomadas de una en una –apenas entre 200 y 400 euros por mes, en torno al 33% de sus salarios- pero, sumadas, están próximas a los 2.000 millones de dólares. Estas cifras suponen, en volumen, la segunda fuente de ingreso de divisas. La primera es el petróleo. Una vez más, no se entiende por qué un país con reservas naturales, en lugar de generar riqueza, emite pobreza en forma de emigración.

Ecuador se habituó a vivir de las remesas enviadas por la emigración en el año 2000, cuando la emigración empezó a ser masiva. De todas formas de 1998 la inmigración ecuatoriana ya era habitual en España. En esa época los conocí y advertí cual era el problema de los ecuatorianos en España: carecían completamente de formación profesional… Tuve contratar a un grupo de albañiles y me entrevisté con doce ecuatorianos que me presentó el sacerdote de una ONG barcelonesa. Todos ellos, absolutamente todos, me mintieron respecto a sus capacidades profesionales. Todos se me presentaron como “oficiales”, cuando su preparación era la de peones; luego supe que algunos de ellos jamás habían trabajado en la construcción. Los contraté como aprendices y tardaron tiempo en estar en condiciones de realizar algo más que cargar y evacuar escombros. No era exactamente lo que buscaba, pero algo era algo. Eran, por lo general, voluntariosos y esforzados, pero su falta de preparación los inhabilitaba para trabajar en una obra. Alguno, incluso, sufría depresiones cíclicas, no se había adaptado a la inmigración y tenía el cerebro junto a su familia en su Quito natal. Otros tenían un problema en su vida personal: bebían demasiado a partir del viernes al medio día y volvían el lunes por la mañana, literalmente, hechos polvo. Me contaron muchas cosas sobre ellos, sobre su país y sobre sus familias. Desde entonces tengo claro que la emigración, sea en las condiciones que sea, es una tragedia, y nadie debería ser privado del derecho de vivir y trabajar en la tierra que les vio nacer.

Hay ecuatorianos, prácticamente, en toda España, si bien tienen tendencia a concentrarse en Madrid y en algunas provincias del Sur con puestos de trabajo en el sector agrícola. Todos con los que pude intercambiar puntos de vista abominaban de su clase política a la que responsabilizaban de la miseria del país. Me decían que su país era rico pero ellos eran pobres y no lo entendían, acaso, porque no había nada que entender, solamente constatar el fracaso de un país con casi doscientos años de independencia. Ecuador exporta petróleo, bananas, pesca y cacao… pero donde es realmente competitivo es en exportación de mano de obra barata.

A pesar de lo que se tiene tendencia a repetir, no estoy convencido de que la presencia masiva de ecuatorianos en España sea buena para nosotros. España se ha convertido en un centro de formación profesional de países como Ecuador que exportan un tipo de emigración que carece completamente de preparación laboral. Trabajos que hasta hace poco podían realizar nuestros jóvenes en período vacacional (la mayor parte de campañas de recogida agrícola o trabajos de reponedores en grandes superficies) ahora los hacen, entre otros, ecuatorianos. Son trabajos que impiden disponer de medios económicos suficientes como para poder vivir de forma independiente, así pues, solamente pueden ser desarrollados por jóvenes que vivan por sus padres, o por emigrantes que hayan decidido vivir con lo mínimo.

El problema es que, concluidas las campañas agrícolas, nuestros jóvenes volvían a la escuela o a la universidad, en cambio la inmigración ecuatoriana reingresa en las listas del paro. España no es un país rico y resultará muy difícil que, en los próximos años, nuestra hacienda pueda soportar el pago de subsidios de paro y los elevados costos sanitarios de aquellos que, inicialmente, nos contaron que habían llegado para “pagar las pensiones de nuestros abuelos”, ¡ja!

La inmigración ecuatoriana es quizás una de las más dramáticas demuestra el cinismo de un sistema económico levantado sobre la explotación y el desarraigo de los débiles que muta las condiciones de vida, tanto en el país que pierde a sus ciudadanos como en el que los acoge. Los “gurús” vendedores de multiculturalidad insisten en que se trata de un fenómeno “saludable y creativo”, pero yo he visto a ecuatorianos llorando en el tajo cuando recordaban a sus familias, los he visto con la mirada perdida en unos y el mal beber en otros, los fines de semana alcohólicos. He visto también como nuestros jóvenes han terminado por preferir ser mantenidos por sus padres, a espabilar y trabajar en los meses de verano. Nuestros chicos se “ablandan” porque no se les pide esfuerzos, ni siquiera se les da la posibilidad de que se esfuercen… porque para hacer los trabajos duros, no están nuestros jóvenes, sino los inmigrantes… Hubo un tiempo en el que la vendimia agrupaba en el sur de Francia a estudiantes de toda la Península Ibérica. Y los francos que ganábamos en tres semanas o un mes, nos servían para comprar el “vespino”, llegar hasta fin de año con seguridad de poder comprar regalos de navidad a nuestra familia o a la novia o, simplemente, evitar ordeñar a los padres. Todo eso queda lejos, a pesar de que tenía indudables valores “educativos”. Hoy rigen otros “modelos”: nuestros hijos permanecen ante el ordenador todo el verano, chateando interminablemente y ni les interesa trabajar, ni nadie se lo exige, a sabiendas de que papá y mamá financiarán sus caprichos, aunque solo sea para mantenerlos calados.

El fracaso político de una nación

¿Qué ha ocurrido en Ecuador para que un$a parte sustancial del país lo abandones? Mucho, desde luego, desde que en el 1533, los hombres de Pizarro incorporaron el país a la Corona de España. La nueva extensión fue incorporada al virreinato del Perú y, más adelante, al de Nueva Granada, junto con las actuales Colombia y Venezuela. Esto explica por qué Ecuador estuvo inicialmente incorporado a Colombia al recibir la independencia en 1809 y que incluía también a Panamá y Venezuela. Fue en 1830 cuando Ecuador se independizó. En el siglo XIX, toda la América Hispana tuvo una irreprimible tendencia a fraccionarse hasta configurar el mosaico actual de países, frecuentemente rivales.

Con la independencia empezaron los problemas. A lo largo del XIX el asesinato flageló a la clase política. Dos presidentes fueron asesinados, aunque eso sí, uno conservador y el otro liberal. El siglo XX tampoco sentó bien a Ecuador. Las depresiones económicas terminaron convirtiéndose en el pan de cada día y los conflictos sociales alternaron con los conflictos fronterizos. En 1941 estalló la guerra con Perú que volvió a reavivarse en 1979

En 1984, Febres-Cordero, presidente conservador aplicó una política represiva sobre los movimientos sociales sobre los que su sucesor, Rodrigo Borja se apoyaría para llegar a la presidencia liderando a la izquierda. Borja aplicó una mini reforma agraria, más demagógica que otra cosa, distribuyendo tierras entre los indígenas, pero aquello no terminó con el descontento social, así que en las elecciones de 1992, Sixto Durán, ensayó una nueva fórmula: había llegado el neoliberalismo a Ecuador. Privatizó todo lo privatizable y. siguiendo consignas de la industria petrolera norteamericana, abandonó la OPEP, procediendo a un aumento de la producción de hidrocarburos. En 1995 se produjo el enésimo conflicto con Perú que concluyó con el ventajoso tratado de Brasilia. Lo peor estaba por llegar.

Socialmente, se estaban produciendo dos fenómenos notables. De un lado, las migraciones interiores y de otro el estancamiento de las coberturas sociales. Desde finales de los años 70, las migraciones interiores iban despoblando progresivamente el campo ecuatoriano y orientando los flujos de población hacia las empresas agrícolas de la Costa; pocos iban al extranjero. En cuanto a las coberturas sociales estaban reducidas a la mínima expresión, lo que daba lugar al atraso del país en política social. La red de asistencia pública era muy limitada, el 30% de la población estaba absolutamente sin ninguna cobertura. Pues bien, treinta años después, la situación no ha mejorado. Los porcentajes siguen siendo los mismos y la red médica sigue cobrando unos sueldos cicateros y es especialmente débil en zonas rurales.

En agosto de 1996, a la vista de los fracasos alternados conservadores y liberales, ganó las elecciones un demagogo populista. La historia de las democracias iberoamericanas es siempre el mismo: primero fracasan las fórmulas tradicionales y cuando el electorado ya está sumido en una absoluta desorientación, siempre aparece un demagogo que levanta falsas esperanzas y sitúa a un paso del precipicio, o bien anima a lanzarse. Este proceso se dio también el Ecuador, cuando el exótico Abdalá Bucaram, fue elegido presidente en 1996 que un año después lograba ser desposeído de su cargo por evidente “incapacidad mental” apreciada por el parlamento. Lo que ocurre a partir de ese momento es la crónica de un túnel cuya salida no termina de verse.

Hagamos un alto en el camino. ¿Se dan cuenta de que ninguno de los nombres de los presidentes ecuatorianos les suenan lo más mínimo? Muy pocos entre los especialistas en política iberoamericana saben algo de Ecuador. Políticamente, el país parece no haber existido ni siquiera para la antigua metrópoli colonial. Y es raro porque, al menos nos suenan los nombres de los presidentes de Colombia, Venezuela, por no decir de Argentina o Chile, e incluso de Panamá o Bolivia. Pero se diría que Ecuador era un país cuya actualidad política nos estaba vedada. Conozco casi toda Iberoamérica, pero, por algún motivo, nunca he encontrado la excusa para viajar a Ecuador.

Sigamos con las desgracias ecuatorianas. Cuando Bucaram fue destituido, le sucedió el presidente del Congreso Nacional, Fabián Alarcón y unas nuevas elecciones dieron el poder a Jamil Mahuad que ostentaría sus funciones hasta el año 2000. Pero, en ese momento, la crisis económica ya se había generalizado y nadie parecía tener la fórmula para revitalizar a la moribunda economía local. El país se había convertido en una fábrica de parados y la crisis político-social dejaba presagiar los más negros horizontes.

Desde los tiempos de Bucaram una parte de la población mestiza e indígena empezaba a tener claro que dentro del país no existía futuro para ellos. Se veían en un agujero tan profundo que habían perdido toda esperanza. Fue entonces cuando empezaron a emigrar. Pero en el año 2000 todavía no eran suficientes como para compensar la baja del precio del petróleo. Ese año, la economía ecuatoriana vivió su peor momento. La huelga general y las constantes manifestaciones de los menesterosos, condujeron a nuevos momentos de inestabilidad y golpismo. La economía fue dolarizada y los esfuerzos del nuevo gobierno se basaron solamente en dos posibilidades de recuperación: el petróleo y la emigración. Para estimular lo primero se construyó el oleoducto Amazonía-Pacífico, imprescindible para duplicar la producción de crudo. Pero, como esto no bastaba, se adoptaron medidas de austeridad económica. Estás suscitaron la oposición de los activistas indígenas cuando casi tres millones de ecuatorianos habían optado por el exilio económico.

La izquierda volvió al poder en el 2002 (frente formado por la izquierda tradicional, las organizaciones indigenistas y los militares populistas), pero su presidente, Lucio Gutiérrez fue depuesto por el congreso en abril del 2005, en medio de convulsiones político-sociales sin precedentes. En el momento de escribir estas líneas, el presidente es Alfredo Palacio, sin que podamos asegurarle que cuando lean estas líneas la situación haya dado un nuevo vuelco que remita al punto de partida.

El resumen de toda esta historia puede sintetizarse así: Ecuador es un país frustrado. No ha logrado una estabilidad política, se ha dotado de una clase dirigente extremadamente incapaz de planificar el bienestar de la mayor parte de la población.

Los desposeídos de Ecuador son, mayoritariamente, mestizos y, sobre todo indígenas. No es raro, por ejemplo, que la principal asociación de emigrados ecuatorianos en España lleve el nombre del caudillo Rumiñahui, derrotado por Bartolomé Ruiz el 21 de septiembre de 1526. Da la sensación de que, como ocurre con otras inmigraciones andinas, los inmigrantes ecuatorianos en España tengan tendencia a pensar que “su fracaso” se debe a “nuestra colonización”. Y no es así. Eso le sirve a Evo Morales y a todos los que son como él, para justificar unas cuantas frases demagógicas, pero la historia no admite que un país que ha sido independiente 200 años y colonizado solamente durante 300, haya fracasado en su intento de configurarse como un Estado moderno. El fracaso del Estado ecuatoriano es patrimonio de los ecuatorianos, de la misma forma que la tragedia africana tiene como responsables a los propios africanos. Es duro, pero es así. Por el mismo precio, nosotros españoles, podríamos atribuir a la invasión cartaginesa el haber llegado unas décadas tarde a la modernidad. Las “excusas históricas” convencen a los convencidos, pero no por ellos son reales.

La mayoría de los países en crisis tienen un culpable principal para sus crisis (su propia clase política dirigente) y un culpable secundario (el grueso de la población que por omisión o de conformidad, los encumbró en el poder). La España frustrada del siglo XIX encaja perfectamente en este esquema: la gigantesca pirámide de fracasos que fue el siglo más desgraciado de nuestra historia no puede ser atribuido a poderes exteriores, sino a nuestra propia capacidad para entender la modernidad. Con los países andinos pasa otro tanto: mientras no cesen de culpabilizar a terceros en lugar de asumir sus propias culpas, jamás lograrán entrar en la modernidad. Modernidad implica realismo y objetividad; la creación de falsas coartas en lo más retrógrado que pueda imaginarse.

Cuando se habla con los emigrantes ecuatorianos más cultos, se percibe pronto ese poso de resentimiento secular del indígena hacia la antigua potencia colonizadora. “Si Pizarro no hubiera enviado a sus hombres, hoy seríamos un imperio poderoso”. Claro, y si mi mamá tuviera cuernos, cuatro patas y el mismo número de pezones, no sería mi madre, sino que sería una vaca. Y todo así.

El fracaso económico de una nación

Ecuador tiene casi trece millones de habitantes y el aumento más brutal de la pobreza que ninguna otra nación del planeta. Ciertamente, Sierra Leona o Liberia son países más pobres y violentos, pero, puede decirse que, dramáticamente, no son excepciones en el África Subsahariana. Ecuador tampoco es una excepción en Iberoamérica, pero no existe otro país que haya pasado en apenas una década de tener un 12% de pobres a un 71% o, en términos absolutos, de tres a nueve millones de personas. El 31% de la población ecuatoriana vive en la pobreza más extrema. Y no hay perspectivas de que la cosa vaya a cambiar. El salario mínimo está establecido en 140 dólares, pero el coste de la vida se sitúa en torno a los 350. Y, además, el paro es el gran azote del país.

Desde principios de 2006 y en el momento de escribir estas líneas, Ecuador negocia un Tratado de Libro Comercio con EEUU y ha firmado distintos tratados con otros países y organizaciones internacionales de crédito, pero nada de todo esto hizo que disminuyera la pobreza de manera sensible. Un acuerdo de este tipo parece imprescindible para revitalizar la maltrecha economía local, pero no estamos seguros de si logrará superar el gran problema que padece el país: las desigualdades abismales de renta.  En 1998, el 10 % de la población ecuatoriana de rentas más altas detentaba el 42,5 % de la riqueza, mientras que el 90% restante se distribuía el resto. Ese año se congelaron las cuentas y parte de la población, bruscamente, se sumió en la pobreza; la deuda externa había hipotecado al Estado. La población respondió con el éxodo.

Ese mismo año, el 7,6 % del gasto sanitario fue a parar al 20 % de la población pobre, mientras que el 20 % de la población rica recibió el 38,1 % de este mismo gasto. El 40% de la población es rural y el 60% de los campesinos es pobre.

Para entender un poco mejor el fenómeno de la emigración en Ecuador, vale la pena saber que el país está estratificado étnicamente. El 65% de la población es mestiza, el 25% amerindios, el 7% criollos (descendientes de colonos españoles) y el 3% restante se reparte entre distintos grupos étnicos, el más importante de los cuales está compuesto por mulatos afro-ecuatorianos (especialmente en Guayaquil). También existe otra minoría procedente de Oriente Medio, compuesta en su mayoría por libaneses. Esta estratificación étnica es, al mismo tiempo, económica. Solamente los criollos gozan de una situación económica aceptable y, por tanto, están fuera de los circuitos de la inmigración; en cuanto a los amerindios son, en su mayor parte, campesinos pobres y, por tanto, tampoco aportan una fuerza apreciable entre los inmigrantes. Así pues, en su mayor parte, son los mestizos los que han emprendido el camino de la emigración.

Al igual que otros países de Iberoamérica, Ecuador ha sufrido un proceso de despoblamiento del campo y trasvase de población a las ciudades. Hoy, la población rural supone un 45% y la urbana un 55%. Es a este sector de la población al que pertenecen la mayor parte de los inmigrantes. Es un país joven cuya edad media apenas supera los 22’5 años, mientras que la tasa de fertilidad es alta en relación a la media europea, 3 hijos por pareja.

No es raro que cuatro millones de ecuatorianos hayan decidido dejar atrás sus historias de miseria y plantearse una nueva vida en EEUU y España. Jóvenes de los Andres y de Huaquillas, Sullana, Talara y Tumbes, Paján, Quito, Cuenca, Machala, Guayaquil, Loja, etc., emprenden el camino del exilio económico. Todos ellos tienen una idea en la mente: “por mal que me vayan las cosas, nunca me irán tan mal como en mi propio país”. Las autoridades del país –y es bueno recordarlo por la parte que nos toca- no tienen la más mínima intención de recortar el flujo migratorio, sino todo lo contrario. Ya hemos dicho que gracias a esos contingentes la economía del país no se ha declarado en quiebra. Las autoridades ecuatorianas son las primeras interesadas en que esos flujos prosigan, a pesar de que supone restar al país sus brazos más jóvenes y decididos. Lo único que han hecho en los últimos cuatro años las autoridades locales ha sido “reorientar” el flujo. Si hasta 2001, EEUU era el destino más interesante para los ecuatorianos, a partir de ese momento, empezó a promoverse la imagen de España como destino idílico. Dos años después, en 2003, Ecuador ingresaba 1600 millones de dólares en remesas del exterior, pero el 58% procedía de residentes en la UE y solo el 38% de radicados en EEUU, a pesar de que en ese momento, la inmigración en éste país suponía algo más dos terceras partes de la totalidad del exilio económico ecuatoriano. En Europa se vive a un ritmo menos frenético, los servicios de inmigración están más relajados, los salarios son más altos y, finalmente, está ZP y su talante. Como era de prever, cuando a partir del 11-S de 2001 se endurecieron las condiciones de entrada en EEUU, la riada se canalizó hacia España.

Hasta ese momento, al menos en cifras globales, la economía ecuatoriana daba la sensación de que no iba mal del todo. Entre 1989 y 1999 había experimentado un crecimiento medio del 2’8%. Pero ese año se produjo la catástrofe: descendió a -7% y, a partir de entonces, toda la economía empezó a sustentarse solo en la exportación de petróleo y luego en las remesas de la inmigración. La producción ecuatoriana de petróleo, actualmente está en torno a los 22 millones de toneladas año, o casi 100 millones de barriles anuales, pero las reservas son limitadas y lo más probable es que no alcancen más allá del 2010-2012. A partir de ese momento, lo que ahora es un túnel oscuro se convertirá en más largo y más oscuro todavía. En ese momento, Ecuador dependerá aun más del petróleo. En menos de una década, el país se arriesga a ver como sus ventas se reducen a cero –el drama del petróleo es que “hay” o “no hay” y cuando se agota, se agota- en lo que se hoy supone un 40% del total de exportaciones. Lo dramático va a ser que, en ese momento, la clase política ecuatoriana seguirá estimulando la salida de sus ciudadanos al extranjero con tal de seguir percibiendo sus sueldos y “mordidas”.

Mientras se avanza inexorablemente hacia esa dramática perspectiva, el gobierno ecuatoriano sigue enmascarando la realidad. En 2001 llegó incluso a afirmar que el paro ¡había descendido en el país!, ¡claro que había descendido! La marcha de tres millones de ciudadanos al extranjero y la desestimación demográfica del país había hecho descender la tasa del paro del 14 al 9%... todo un éxito de gestión.  En realidad, cifras mucho más creíbles indican que entre desempleados y subempleados están en torno a las tres cuartas partes del mercado laboral. Y si alguien tiene alguna duda que pase frente al Ministerio de Relaciones Exteriores de Quito y sabrá lo que son colas para solicitar pasaporte. O, incluso, al aeropuerto de la capital en donde cada día miles de personas acuden a despedir con lágrimas en los ojos a los cientos de familiares y amigos que se van. Así que 9% de paro…

Al igual que en otros países andinos, la inmigración ecuatoriana es mayoritariamente femenina. El 67% de la inmigración ecuatoriana está formada por el contingente femenino. Ya hemos dicho que la mujer andina demuestra mucho más empuje que el hombre andino y su presencia en la inmigración es buena muestra de ello. Esta tendencia se explica también por el desempleo y el empleo precario que afecta a las mujeres ecuatorianas. En España, el grueso de las mujeres ecuatorianas trabajan en el servicio doméstico, en compañía de ancianos, en hostelería o en limpieza. No es que sean grandes trabajos, pero el clima es incomparablemente más agradable, el trato más gentil y las condiciones ambientales mucho más favorables. Sin olvidar la asistencia sanitaria y el propio salario y una legislación proteccionista en relación a la mujer que castiga duramente los malos tratos. A partir de estos datos, lo raro es que todavía permanezcan mujeres en Ecuador.

En el 2002, la prensa ecuatoriana está repleta de notas que indicaban a la emigración como la segunda fuente de ingresos del país y el verdadero puntal de la economía. Algunos medios no podían evitar cierta amargura y recordaban que la emigración era “carne de cañón” laboral. La web en castellano de la BBC dio la posibilidad a los ecuatorianos de la inmigración para que expresaran como se veían. Las respuestas tenían un trasfondo trágico, demoledor. La clase política era estigmatizada y considerada culpable. Un ecuatoriano residente en Tel-Aviv dejó este post: “El Ecuador esta así por la maldad de los hombres.¿Qué esperan "los padres de la patria del Ecuador? ¿Una guerra civil? Si mi país se hubiera formado bajo un marco de honestidad, patriotismo, unidad, organización, honradez, yo no estuviera aquí trabajando como un "doméstico", sino que estaría en mi país, desarrollando mi profesión que obtuve durante 18 años de estudio. Todo esto es el producto del fraude de los malos gobiernos”, y otro, desde EEUU insistía: “Muchos ecuatorianos nos hemos visto forzados a salir para buscar mejores oportunidades en otros países, ya que en el nuestro no podemos vivir. Nuestros gobiernos no paran la corrupción a todo nivel. ¿Qué más nos queda sino irnos? Si nos quedamos, nos morimos de hambre. Los que estamos fuera somos gente de valor, que estamos luchando duro”. Otro, residente también en EEUU iba por la misma senda: “En un país tan rico -pues somos mendigos sentados en sacos de oro - si sigue la corrupción, ni la ayuda nuestra va a servir. Hace 15 días pensé en volver a mi país, pero mi hermana regresó de vacaciones al Ecuador, muy triste por la extrema pobreza en que encontró a nuestra familia. Y eso que son profesionales, con estudios universitarios”. Los emigrantes en Europa no veían las cosas de manera diferente. Uno escribía desde Alemania: “Mis experiencias y las de mis compatriotas aquí son muy duras. Ojalá que nuestros malditos ladrones políticos tuvieran que venir a experimentar todo lo que pasamos aquí, para ver si les quedan ganas de seguir perjudicando a nuestro pobre país”, y otro desde España confirmaba el diagnóstico: “La emigración de Ecuador se debe a la galopante corrupción existente, ya que los políticos arrasan con todo. Son como un vendaval. Lo quieren todo para ellos, sin importarles el pueblo que los eligió”. Finalmente, pudimos leer dos tipos de mensajes que iban más allá del diagnóstico de la crisis de un país. Uno de ellos estaba escrito desde la tristeza, el otro desde el odio. Vean el primero: “Soy un ecuatoriano más de los que a diario luchan por salir adelante con la ilusión de regresar algún día a nuestro país. Nos sentimos solos y desamparados. Ojalá que las cosas cambien pronto en Ecuador”. En cuanto al segundo, indica un estado de frustración que se sublima en odios poco meditados pero muy arraigados: “Desde hace 20 años se conoce la decadencia de los europeos. La nueva sangre que están recibiendo es la devolución india a los conquistadores, con la diferencia de que los indios están llevando un nuevo renacer, con su mano de obra barata, el conocimiento y manejo de los cultivos, el aporte de muchos profesionales y, más que nada, el intercambio indio/europeo, dando hijos para que los parques una vez más sean centros de diversión no sólo de ancianos, sino que compartan el esparcimiento con estos nuevos retoños: la nueva generación de europeos mestizos”…

Este último post es particularmente interesante. Es evidente que la ofuscación no ha comprender a su autor la verdadera naturaleza del problema: no solo fracasan los gobiernos, sino también los pueblos que han exigido la independencia pero no han sabido dotarse de instituciones más sólidas, como cañas al viento, pueblos como el ecuatoriano han bailado al son de los demagogos de turno, que los han seducido prometiéndoles las mieles del consumo. Y esta situación se ha repetido una y otra vez, eternamente en la historia de Iberoamérica. No es sólo el fracaso de una clase político, sino de naciones y de sus encarnaciones jurídicas (los Estados) y de sus soportes humanos (sus pueblos).

Ahora bien, el dinero de los inmigrantes no va al Estado, sino a particulares, ¿cómo es que realmente se beneficia el Estado? Es fácil entenderlo. De un lado, disminuyen las presiones sociales inmediatamente; los que reciben el dinero de sus familiares emigrados, lamentan su ausencia, pero, al menos tienen algo que llevarse a la boca. Habitualmente, estos familiares están en paro y esas ayudas les mantienen la esperanza en que “hay una salida”. De no existir, esos mismos ciudadanos multiplicarían sus protestas, huelgas y motines. Al menos, esas remesas contienen su ira y engañan su realidad. Además, el Estado reduce sus ayudas sociales en la medida en que tres millones de emigrados suponen en torno a millón y medio de ayudas menos; eso supone un gran ahorro en gasto público. El dinero que debía destinarse a la partida social, habitualmente se encarrila hacia el pago a los acreedores. Así pues, la deuda exterior tiende a disminuir. Esa inyección produce un aumento de la demanda en tanto que mejora capacidad de consumo de los receptores. El consumo mejora, así mismo, las recaudaciones tributarias (IVA) y generan mayor actividad en el sistema financiero (los bancos que reciben los depósitos cobran una tasa). La mayor parte de las remesas se utiliza en solventar gastos básicos, como alimentos, ropa, medicinas y educación. También se suelen utilizar en la construcción de vivienda propia.

Según los últimos datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en 2004, Ecuador recibió 1.740 millones de dólares (o 1.432 millones de euros), un 5% más en comparación con 2003, en concepto de remesas de la inmigración.

Pero las remesas pueden tener una consecuencia perversa sobre la economía ecuatoriana. Quienes las reciben aumentan su poder adquisitivo y se implican en una dinámica consumista. Pero esto no hace que aumente la inversión productiva dentro del país, sino que se consumen exportaciones, lo que implica desequilibrar la balanza comercial. Esto puede provocar un encarecimiento de los artículos y productos y el consiguiente inicio del proceso inflacionista. La única forma de evitarlo es destinar las remesas a la inversión productiva… pero eso es difícil: se trata de cantidades pequeñas que no permiten la constitución de nuevas empresas y, por lo demás, Ecuador no tiene tradición cooperativista, lo único que podría paliar este problema. Es casi inevitable que esas remesas se desvíen hacia el consumo familiar y el bienestar a corto plazo.

El dinero que llega es mayor que la suma anual de toda la asistencia económica extranjera, incluidos los créditos del Fondo Monetario Internacional (FMI). En los últimos 20 años se estima que las remesas enviadas por los emigrantes está en torno a los 25.000 millones de dólares, ¡tres veces el presupuesto del Estado! A pesar de que existen más emigrantes ecuatorianos en EEUU que en Europa, las remesas enviadas desde Europa son mayores (58% frente al 42% en 2002). Y la inmigración radicada en España es la que aporta más con 385 millones de dólares en 2002 y en la actualidad con algo más de 500.

Además en el caso de Ecuador se da otro fenómeno. La economía está dolarizada. La moneda local, el sucre, se abandonó hace cinco años ante su inestabilidad. En estos años, el euro ha tendido a revalorizarse ante el dólar con lo cual los dólares se han pagado más bajos y esto ha contribuido a que se produjera un beneficio añadido y hacer viable la dolarización de la economía amparado en los cambios de moneda y en el aumento de la producción petrolera. Es un plan de estabilización económico poco ambicioso y que lucha contra el tiempo: el petróleo terminará agotándose y la inmigración no podrá ir mucho más lejos de donde ha llegado hasta ahora. Además, las instituciones bancarias no se han recuperado completamente de la crisis y, como en otros países tercermundistas, los contratos firmados con las petroleras no dejan excesivos beneficios en el interior del país.

En esas circunstancias tampoco parece que vaya a aumentar espectacularmente la inversión exterior ni la entrada de capitales. La dolarización de la economía, por lo demás, implica que Ecuador estará a merced de las fluctuaciones económicas internacionales y, en estos momentos, la subida de las tasas de interés hará que, inevitablemente, disminuya la actividad económica y las exportaciones pierdan competitividad. Para los economistas ecuatorianos resulta altamente angustioso consultar los informes de competitividad que en 2002 situaban a Ecuador en el puesto 68 sobre 75. Ecuador exporta poco y lo poco que exporta no lo hace un precio que “excite” una mayor demanda. Mientras que, en situaciones similares, Colombia o Argentina tendían a devaluar la moneda, la dolarización ecuatoriana impide utilizar esta estrategia. Y esto lleva a la única forma de defender lo poco que queda de la competitividad ecuatoriana: reducir salarios, reducir plantillas, facilitar despidos, es decir, golpear en el “eslabón más débil”. Y esto tiene como única consecuencia un mayor paro y, consiguientemente, más emigración… La emigración es, hoy más que nunca, una válvula de escape social para una economía enferma. En el momento actual, si la situación es algo menos dramática que hace cuatro años, se debe a la subida de los precios del petróleo, pero el planteamiento de fondo no ha variado en absoluto: la falta de competitividad impide aumentar las exportaciones, así pues resulta muy difícil generar crecimiento económico. Los ingresos del Estado se enfocan hacia el pago de la deuda, pensando que las remesas de la inmigración tranquilizarán a la población y le darán un bienestar mínimo. Todo esto es pan para hoy y hambre para mañana.

En la actualidad, el esquema es el siguiente: la deuda es una de las causas de la crisis; la deuda genera paro; el paro, inmigración; la inmigración remite remesas; esas remesas no generan actividad económica pero alivian el consumo interior; la pacificación social permite destinar parte de los ingresos del Estado al pago de la deuda exterior; pero la competitividad sigue sin estimularse, no se crean nuevos puestos de trabajo y la inmigración subsiguiente sigue restando demografía al país...

Este último punto es importante. Una encuesta realizada en Génova demostró que sólo un 2,8% de los inmigrantes ecuatorianos carecían de estudios, pero el 57,7% de los encuestados tenía estudios secundarios y un 13% estudios superiores. De todo ellos, el 77%... tenía trabajo en Ecuador y solamente un 2’4% estaba desocupado cuando decidieron emigrar. Para colmo, el 43,1% procede del comercio, el turismo y la restauración, un 28,2% trabajaba en  servicios públicos y el 9,4% de la industria. Esto es lo sorprendente: no emigran los parados ecuatorianos ¡sino los que disponen de puestos de trabajo! No emigran los que carecen de instrucción, sino los que la tienen (cuando al principio dijimos que no habíamos encontrado trabajadores ecuatorianos que conocieran los oficios de la construcción, no quiere decir que no fueran trabajadores brillantes en otros sectores laborales que no tienen demanda en España; había entre ellos enfermeros, contables, estudiantes de medicina y un abogado…). El resultado es una selección al revés: se quedan los menos competitivos (los demasiado mayores o los demasiado jóvenes), salen los que más lo son. A nadie se le escapa el resultado demoledor que puede tener en los próximos años esta situación para un país con demografía empobrecida y con parte de sus élites en el exilio económico.

España, el destino predilecto

No llegan en pateras ni en cayukos, sino en jets de última generación. No pertenecen –por lo general- a los estratos más pobres del país, sino a los que tienen algunos estudios y les quedan algunos recursos económicos, o como mínimo, alguna pequeña propiedad que poder ofrecer como aval para el crédito. Lo que pierde Ecuador con esta emigración es a sectores empobrecidos de la clase media (especialmente en Guayaquil), algo que se hará sentir dramáticamente en las próximas décadas.

Además, la ruta hacia EEUU no era segura. Se atravesaban países demasiado salvajes e inhóspitos para los pobres. En la segunda mitad de 2000, murieron en América Central 450 ecuatorianos. Y, al llegar a EEUU, casi 3000 fueron capturados y repatriados. Además, para ingresar en España solamente hace falta endeudarse con alguna entidad de crédito o con algún “chulquero” o prestamista (dado que el ahorro a la vista de lo exiguo de los salarios locales es imposible), pero, en cambio, para ingresar al Norte del Río Grande, es preciso contar con la intervención de los “coyotes”, los mafiosos mejicanos o norteamericanos que trafican con seres humanos y cobran cantidades espectaculares por conducirlos en la última etapa de su viaje. En efecto, según “el mercado”, estos coyotes pueden llegar a cobrar hasta 10.000 dólares por persona… y no se garantiza el éxito de la empresa. Solamente en los tres primeros meses de 2001 fueron repatriados de México casi 2000 personas. En EEUU la puerta de la inmigración no está ni completamente abierta, ni completamente cerrada, simplemente está entreabierta; allí solamente acceden los más decididos, los más fuertes, aquellos a los que les sonría la “providencia”, el resto fracasa y es repatriado. Por extraño que parezca la mentalidad norteamericana exalta todos estos valores, pero es extremadamente duro con los débiles o los que son descubiertos y fracasan en su empresa: la providencia no les ha ayudado. Dios bendiga a América.

Entrar en Europa, en cambio, es mucho más sencillo. Además no hay racismo. Pero tambien muchos mueren en su aventura europea. En 2001 un grupo de 12 inmigrantes ecuatorianos, todos ellos ilegales, fueron arrollados en un paso a nivel dentro de la furgoneta en la que trabajaban y fallecieron. No es que en ese momento no se supiera que la inmigración ecuatoriana estaba entrando en España a chorros, es que, a partir de accidente de Lorca, su presencia –hasta ese momento silenciosa- saltó a los medios de comunicación. Acto seguido, el “empleador” fue castigado y cundió la alarma en el sector agrícola de la zona (en donde trabajaban la mayor parte de ecuatorianos residentes en Murcia), así que, durante una temporada dejaron de contratarlos y miles de ecuatorianos se mudaron a Madrid a probar suerte en la construcción y en hostelería, o bien se dispersaron por Andalucia sustituyendo a los marroquíes que hasta ese momento realizaban los trabajos agrícolas. Poco después, fue detenido otro propietario agrícola de Huelva en cuya finca trabajaban un centenar de “sin papeles” en condiciones lamentables.

A raíz de estos dos incidentes, el Ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja firmó con Ecuador un convenio para regular la permanencia de ecuatorianos en España. Se establecía que España legalizaría la situación de unos 40.000 ecuatorianos en 2001 y otros 200.000 en los próximos cinco años… pero la realidad desbordó cualquier previsión. El “efecto llamada” había transformado el goteo que se dio entre 1997 y 2001 en un flujo continuo e incontenible. Fue en aquel período en donde el Ministerio de Trabajo dirigido por Pimentel, propuso la “genialidad” de que los ecuatorianos ilegales en España, solicitaran su “retorno voluntario” para, una vez llegados a su país, tramitar inmediatamente el regreso a España. Todo, por supuesto, a cargo del gobierno español. Las ONGs y las asociaciones de inmigrantes protestaron por la medida por entender que no quedaba garantizado el regreso a España de todos los inmigrantes que se acogiesen a este “retorno voluntario”. Se hicieron algunos vuelos, pero al cabo de una semana el programa ya había demostrado su absurdo. Ciertamente, la Ley de Extranjería preveía que los permisos de trabajo y residencia se tramitasen en el consulado español más próximo al lugar de residencia, en lugar de la política de hechos consumados de “aquí he llegado y aquí me quedo”. Lo que el gobierno español de la época pretendía era, simplemente, que se cumpliera la ley… pero, claro, pagarles el viaje de reformo, para realizar la gestión y luego el de regreso a España con la gestión hecha, era, como mínimo surrealista. Entonces (2001) se calculaba que existían entre 150.000 y 200.000 ecuatorianos en España. En los cinco años siguientes, estas cifras se multiplicarían por tres. De ellos, se inscribieron en el programa de “retorno voluntario”, 24.544, de los que 2175 regresaron a Ecuador. El gobierno –alarmado porque la inmigración empezaba, en esas fechas, a ser percibida como problema- dio como fecha tope el 14 de mayo de 2001 para aceptar los retornos… pero el 85% carecían de oferta de empleo con visos de verosimilitud. Así que solamente pudieron regularizar su estancia en España (y retornar), 648 ecuatorianos. Se corrió un tupido velo y se vio que los hechos iban muy por delante de las soluciones provisionales, halladas sobre la marcha. La “solución Pimentel” era solo un poco menos mala que la “regularización masiva” de ZP. Poco después, Pimentel dimitía y salía del PP, fundando una especie de red humanista-bienintencionada antes de desaparecer políticamente.

 

Ecuatorianos en España: dónde, cómo, cuántos

La inmigración ecuatoriana en España empieza a estar presente en el quinquenio 1985 y 1990, coincidiendo con un período en el cual aumenta también la presencia de otras comunidades inmigrantes. Los 700 ecuatorianos que residían en 1985, la mayoría estudiantes y profesionales, pasaron a ser 1.000 en 1990; luego se produce un estancamiento que se prolongará hasta 1993. No es que la inmigración ecuatoriana haya cesado, es que está empezando a orientarse masivamente hacia los EEUU. En 1996, de todas formas, arranca la fase que culminará en la entrada masiva de ecuatorianos a través de Barajas en los 10 años siguientes. A partir de ese momento ya no es posible contabilizar solamente la inmigración legal, en realidad, la ilegal empieza a ser mayoritaria. Esta inmigración ya no es pausada y reposada como la que se había iniciado en 1985: empieza a ser masiva y descontrolada, cuyo trasfondo es la desesperación. Así pues, no hay que prestar la atención a las cifras “oficiales”, aunque estas sean, de por sí, suficientemente elocuentes: entre 1996 y 1997 se produce un aumento del 40%, al año siguiente del 70%, al siguiente, 1999, al 84% y el 2000, el 123%.

Los 1.100 residentes de 1992 pasan a ser 30.878 en el 2000… al menos los “oficiales”, por que es posible que ya en ese año, estuviéramos en torno a los 75.000-100.000 ecuatorianos en España, algo más de la mitad, ilegales. En realidad, ese año, se produjo la primera “regularización masiva” que pasó bastante inadvertida para la opinión pública. El PSOE y el resto de partidos parlamentarios habían impulsado en 1999 una reforma de la Ley de Extranjería, con la oposición del PP que entonces aún no tenía mayoría absoluta. Entre los 30.878 que estaban regularizados y los 22.954 que se regularizaron ese año amparándose en esa reforma se alcanzó los 53.832. Pero no todos pudieron acogerse a esa regularización y, por lo demás, como ocurre en estos casos, una regularización tiene como efecto inmediato un efecto llamada. Así pues, la cifra de 75-100.000 ecuatorianos parece creíble y en absoluto exagerada.

Según la policía, los ecuatorianos en la provincia de Barcelona el 31 de diciembre del año 2000 eran 4.898, pero el 1 enero de 2001 solamente el Ayuntamiento de Barcelona tenía empadronados 8.200 ecuatorianos. Y ¡treinta días después! Ya eran 1.100 más. Y eso que Barcelona no era, en esa época, una ciudad de destino de los ecuatorianos –denostados por la Generalitat a causa de su dominio de la lengua española y su falta de interés en aprender catalán-; por que era en Madrid en donde estaba el gran bolsón de ecuatorianos. El 31 de diciembre de 2000 ya eran 58.000 y un año después 72.000, bastante más de lo que las cifras oficiales daban para todo el país.

Cuando Aznar se entrevistó con el presidente ecuatoriano, los funcionarios públicos llevaban varios meses sin cobrar y la deuda exterior se llevaba el 42% de los ingresos. Aznar se tomó mucho interés en la situación de Ecuador e incluso llamó desde Quito al presidente del Fondo Monetario Internacional en Washington para pedir comprensión y respaldo financiero para el Ejecutivo que preside Jamil Mahuad. Horas antes, el Congreso ecuatoriano había rechazado una ley de privatizaciones, primer paso de la reforma fiscal. Pero el país estaba en su peor momento. En 1999 España solamente concedía un cuyo anual de 30.000 permisos de trabajo al año… para todo el mundo. En 1988 se habían concedido 2.000 permisos a ecuatorianos… el resto ya habían tomado la costumbre de entrar en España como turistas “accidentales”. Y allí, en Quito, durante su visita oficial, Aznar tuvo palabras de comprensión, elogio y cariño hacia la emigración ecuatoriana.

A partir de ese momento, la marejada ya sería absolutamente incontrolable. El efecto llamada aumentaba de día en día. Cada ciudadano ecuatoriano que lograba entrar en España se convertía en un poderoso atractivo para otros muchos como él que aun no se habían atrevido a dar el paso. En la actualidad, las cifras siguen siendo poco convincentes y el flujo, lejos de haber cesado, tiene la misma intensidad que en sus mejores momentos. En realidad, todo induce a pensar que, lejos de disminuir el flujo, sigue aumentando. Las cifras oficiales hablan de 400.000 ecuatorianos en España… regularizados. Si tenemos en cuenta que la regularización masiva del 2005 no supuso una salida a la superficie de todos los ecuatorianos que se encontraban en ese momento sobre nuestro suelo y que, el efecto llamada generado desde entonces ha sido el más poderoso desde que se inició la epidemia migratoria hacia nuestro país, lo cierto es que podemos estar en torno a los 700-800.000 ecuatorianos en España. Ni siquiera la petición de visado obligatorio a partir de 2003 para ingresar en la Unión Europa –España retrasó su aplicación seis meses- ralentizó esta tendencia. Hoy, nadie duda, que la inmigración ecuatoriana es la segunda en volumen tras la marroquí… mucho para un país que está a 15.000 kilómetros de la terminal internacional de Barajas.

Ecuatorianos en España: de las adhesiones inquebrantables al rechazo

Los ecuatorianos viven indudablemente mejor entre nosotros que en su país natal. Si no fuera así, no estarían en España. Sin embargo, esta convivencia no está exenta de problemas en ambas direcciones. Algunos ecuatorianos se han adaptado a la vida en nuestro país y a nuestro particular sistema legal. Es una minoría, desde luego, pero muy activista. El odio se transmite siempre más rápidamente que cualquier otra pulsión humana. Vean, sin ir más lejos.

Una radio ecuatoriana que emite desde  España solicita a los inmigrantes de su país que llamen y expongan sus quejas. Frecuentemente, esta emisora –y no es la única- se convierte en el vehículo a través del cual los ecuatorianos exteriorizan su psicología profunda. Vienen de un país en el que apenas tenían derechos y libertades a lo que unían una situación de miseria y falta de perspectiva. Así que, en principio, deberían de estar agradecidos por vivir entre nosotros. Pero han entrado con mal pie, esto es, han entrado como ilegales; han incumplido la ley de extranjería; nadie se lo ha recordado, sino que, además, la regularización masiva de 2005 y las repescas anteriores, les han inducido a pensar que, en el fondo, incumplir una ley en España tampoco es tan grave. Así que, puestos a incumplir, cualquier legislación puede ser vulnerada. Aquí no vale aquello de que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. El inmigrante, además, tiene tendencia a creer que el nivel de coberturas sociales de nuestro país, es total. Dado que, incluso en situación de ilegalidad, le han dado tarjeta médica y el sistema sanitario español, incluso, los ha mimado, es difícil explicarle que debe, necesariamente, cotizar a la seguridad social para seguir percibiendo prestaciones. Si está contratado por un tercero, parece no enterarse de alguien paga una cuota, no precisamente pequeña, por él… pero si es autónomo le cuesta extraordinariamente pagar la cotización (ya de por sí elevada). Pero es la ley… A ver como lo entienden, cuando, como decíamos, han empezado con mal pie.

En una de las emisoras ecuatorianas a las que aludíamos se produjo el siguiente diálogo entre una oyente y la locutora. La primera se quejaba de las “molestias” que le había causado la policía. Maravíllense:

JACQUELINE [una oyente que llama a la emisora]: Yo estaba el domingo en el parque de El Retiro, aquí en Madrid, y vino un policía. El policía me dijo que no es permitido vender comida. Pero yo le dije que si. El policía me cogió por detrás y me empujó. Yo le dije que “no sea estúpido”. Agarró las botellas de Coca Cola y me las tiró en los pies, luego las pisoteó y explotaron. Me pidió los documentos pero yo le dije que no los cargaba pero que tenía la residencia en España. Me llevó más allá e insistió en pedirme los documentos pero yo no tenía, así, contra un árbol. Lo hizo por cuatro ocasiones y tengo todas las marcas. Mi padre quiso defenderme y el policía le quiso dar con la porra en la cara. Mi padre no puede tener iras, él tuvo un accidente de tránsito, por lo que yo le dije que no le tope a mi padre. El policía me dijo “que te calles” y me volvió a repetir lo mismo por varias ocasiones. Las personas agrupadas decían que era un abuso, que cómo trataban así a una mujer y el policía empujó a un señor y a mi hermana le dio un puñetazo. Después me llevaron detenida, esposada en el coche patrulla y estuve casi un día en la comisaría. No puede ser que recibamos ese trato. Si a nosotros nos pasó les puede pasar a otros en El Retiro. Yo llevo 6 años aquí y desde el primer día que llegué empecé a vender en el parque refrescos y comida de mi país. En seis años nunca me había pasado nada pero hace dos o tres meses le pasó algo parecido a mis primas. Así que esto no puede quedar así. Fui detenida por desobediencia y resistencia a la autoridad. Pero iniciamos un juicio contra el policía (…) El día martes estuvimos en juicio pero se suspendió porque no tengo abogado. El lunes tengo que ir con abogado a la Plaza Castilla a las 12h45. Tengo todas las pruebas, por suerte tengo fotos de lo que hizo el policía que un señor sacó”…

Es evidente que esta historia no es una excepción. En sí misma, esta historia es un despropósito absoluto: la legislación española impide la venta ambulante sin licencia… el problema es que desde hace seis años los ecuatorianos que convierten todos los domingos el Parque del Retiro en una sucursal de Quito o Guayaquil, han podido vender sin que nadie les obstaculizara, refrescos y bocadillos… ahora, vete tú a explicarles que hay una ley que regula esta actividad. Además, explícales que deben llevar encima los documentos, y no solo ellos, sino todos los ciudadanos españoles… y, explícale, finalmente que la mejor forma de evitar una detención no es llamar “estúpido” al policía que te pide los documentos y el cese de la actividad ilícita que realizas… Es curioso, pero todos los inmigrantes regularizados tienen tendencia a pensar que pueden hacer cualquier cosa en nuestro país, dado que éste es un “paraíso de libertades”. Una amiga de la asistencia social de Barcelona me comentaba que cuando ingresaban en el Hospital Clínico a una marroquí agredida y magullada por su marido, éste al aparecer y responder a la policía, no ocultaba la agresión: “Claro que le he pegado, es que es MIA”… ¿Cómo explicarle que las cosas no funcionan así a este lado de la galaxia, aunque probablemente en el agujero negro del que ha salido, ninguna autoridad preste atención a un caso de violencia doméstica? Volvamos al caso que nos ocupa: ¿cómo explicarle a la protagonista lo que supone el delito de “resistencia a la autoridad”? Incidentes de este tipo o similares son habituales y explican a las claras el cansancio de los distintos estamentos policiales y su sensación de verse desbordados y, frecuentemente, no apoyados por la legislación. Todo esto, incluso, podría entenderse haciendo un “esfuerzo de integración y pedagogía”, pero hay algo que ya resulta mucho menos admisible… la respuesta de la locutora; ni ponemos ni quitamos una cola:

Es importante que este tipo de casos se denuncien para que estemos más alertas de estas violaciones de derechos humanos. Apoyamos y alentamos a Jacqueline para que defienda sus derechos y dignidad como persona. Pero además queremos dar los números telefónicos para recibir su apoyo y solidaridad con Jacqueline. Además, les alentamos a que todos y todas quienes quieren apoyar con su presencia en el juicio, acudan a la Plaza Castilla a las 12h45”... ¿”violación de derechos humanos”? ¿”defensa de derechos y dignidad de la persona”? ¿”movilización popular” en solidaridad con Jacqueline? ¿qué diablos es todo esto? Entrar en España al margen de cualquier legislación, imponiendo una situación de facto, no implica que cualquier actividad se realice al margen de la ley? ¿No existe una responsabilidad profesional por parte de la “locutora” si lo que está haciendo es sostener que en nuestro país no se respetan los derechos humanos y la dignidad de las personas?

Lo decimos y lo repetimos: individuos de determinadas comunidades inmigrantes están sembrando el odio contra el país que les acoge y sus autoridades. Y, por supuesto, aquí no pasa nada. De hecho, no pasa nada. En Francia, cuando hace 25 años los delincuentes magrebíes acusaban a los franceses de racistas y xenófobos, por que los detenían y encarcelaban cuando traficaban con drogas, los progresistas locales daban por sentado que la policía cometía excesos… en noviembre de 2005 se les cortó la respiración cuando el odio y el resentimiento acumulado durante 20 años, estalló en una revuelta sin precedentes en la posguerra europea. Los aguijonazos que destilan odio e incomprensión, como el caso de Jacqueline, son acumulativos; alcanzado cierta masa crítica, estalla. En España este potencial se va acumulando. No les quepa la menor duda que estallará.

El lema nacional de Ecuador es “Dios, Patria y Libertad”. Todo el problema consiste en saber qué valor se atribuye al tercer término de la terna, y, al parecer el sentido que le dan los inmigrantes ecuatorianos no es el mismo que le damos aquí.

De todas formas, hay nombres emblemáticos de la inmigración ecuatoriana en España: Totana y Lorca. Ambas son poblaciones levantinas que salieron a la superficie a principios de los 2000 relacionados con la emigración ecuatoriana. Vale la pena recordar lo que ocurrió. Lo de Totana fue, literalmente, impresionante, como si se tratara de un viaje de ida y vuelta. Lo de Lorca fue un lamentable accidente que costó la vida a una docena de ilegales ecuatorianos. Habitualmente, se tiene tendencia a recordar el accidente de Lorca y a olvidar los sucesos de Totana, pero ambos son las tres caras de un mismo problema. ¿Tres? ¿acaso Lorca y Totana no son dos localidades levantinas? Si, pero, como hemos dicho, lo de Totana fue un viaje de ida y vuelta.

El alcalde este pueblo ordenó la expulsión de 17 ecuatorianos que carecían de permisos de trabajo. Aquello fue el acabose. ONGs, fuerzas vivas locales, partidos de izquierdas, sindicatos, boy-scouts, se manifestaron para impedir que la pedida pudiera aplicarse. Totana fue presentada por la prensa progresista como un ejemplo de “tolerancia y humanidad”. En esa época, los ecuatorianos habían sustituido a los magrebíes que llegaron a principios de los 80 para trabajar en el campo. Eran apreciados porque hablaban la misma lengua y se les veía en las Semanas Santas en las procesiones.

La manifestación de apoyo a los inmigrantes ecuatorianos de Totana tuvo eco en el mundo entero. En el tercer tercio de los 90, cuando tuvo lugar la manifestación, el grueso de la inmigración ecuatoriana se orientaba todavía hacia EEUU. Los “gringos” no tenían buena fama: pagaban poco y exigían mucho, además su sistema jurídico se basaba en penas de prisión por cualquier desliz, y la amenaza de expulsión siempre pesaba sobre las espaldas de los ecuatorianos. Toda la prensa ecuatoriana habló de Totana y contribuyó a crear la imagen de España como destino “amable” de la emigración. España era más “humana” que EEUU y, además, la población los apreciaba. Fue el pistoletazo de salida del “Todos hacia España”. Lo sorprendente es lo que ocurrió dos años después.

En 1999 ya se había producido el primer desembarco masivo de ecuatorianos en España. Muchos habían acudido a Totana, la tierra que les acogía tan bien. Pero entonces algunas voces locales empezaron a alertar sobre el “problema”: la prensa local hacía referencia cada vez más a “los problemas de las diferencias culturales”. En la revista “Línea Local” se destacaban noticias como ésta: "Detienen a un joven ecuatoriano de 17 años como presunto autor de un delito de agresión sexual", o esta otra: "Detenido un ecuatoriano acusado de violar dos veces a una compatriota", "¿Y usted qué opina? El otro medio local, La Gaceta, no iba a la zaga:: "Detenido un ecuatoriano por presunta agresión sexual", "Se cerrarán 4 locutorios para ecuatorianos”. A finales de 1999 el rechazo de una parte de la sociedad local a los inmigrantes ecuatorianos ya no podía ocultarse. Las relaciones quedan definitivamente envenenadas cuando en mayo de 2000 un joven, al parecer, ecuatoriano ataca a una joven comerciante. Así que la población vuelve a movilizarse, pero ya no es por el mismo motivo que unos años antes. Ahora el lema de la marcha ante el ayuntamiento es “seguridad ciudadana” y "Totana, te queremos como eras". La revista local La Gaceta titulaba la noticia: "La Manifestación terminó en una batalla campal. Algunos manifestantes apedrearon el Ayuntamiento". Este es el drama: no vienen solo los inmigrantes que la sociedad local necesita para cubrir los puestos de trabajo vacantes, sino muchísimos más en número muy superior al que puede absorber la sociedad local. Así aparece el paro; bruscamente, los parados son más “visibles” que los inmigrantes que están contratados en los puestos de trabajo. Además, algunos parados no se conforman con los subsidios, el trabajo negro o la precariedad: también ellos quieren tener acceso a los escaparates del consumo. Como sea. La delincuencia, el tráfico ilícito, es una tentación demasiado fuerte para algunos. Y, por qué negarlo, cuando hay inmigración masiva, la falta de selección hace que entre los recién llegados se haya filtrado la escoria más acrisolada de su país. La masificación, inevitablemente, genera delincuencia. Y, a partir de ese momento, se produce el rechazo de la población que tiende a confundir justos por pecadores… 

El 4 de enero de 2001 se produjo el accidente de Lorca. Los titulares de la prensa eran suficientemente dramáticos como para que valga la pena añadir nada más: "Mueren 12 sin papeles", "El tren arrolla a doce jornaleros de Ecuador en el campo de Lorca: los inmigrantes sin papeles iban hacinados en una furgoneta", "Doce ecuatorianos mueren al ser arrollados por un tren en Murcia". Totana y Lorca, junto con los incidentes de El Ejido contribuyeron a que la población española entendiera que estaban ante un problema nuevo. Los ecuatorianos suelen decir que con el incidente de Lorca salieron de la “invisibilidad”, pero, en realidad, son tímidos. El impacto, de Lorca, multiplicado por los incidentes de El Ejido, hizo que el tema de la inmigración apareciera por primera vez en la primera página de los diarios, y no solo de la inmigración ecuatoriana, sino de la inmigración en general.

En agosto de 1998 las autoridades detectaron e iniciaron el proceso de expulsión de un grupo de ciudadanos y ciudadanas de Ecuador que trabajaban sin permiso de residencia en España y que vivían en el pequeño pueblo Totana (Murcia).

Era el “efecto Totana", en pocos meses la presencia ecuatoriana había crecido extraordinariamente en el Valle del Guadalentín (especialmente en Lorca y Totana, de la Comunidad Murciana), dedicados, inicialmente, a la agricultura intensiva. Posteriormente, en esas zonas, pero también en Madrid especialmente, y en menor medida en Catalunya y Valencia, los ecuatorianos fueron irrumpiendo en casi todos los sectores que requieren trabajadores con poca cualificación. En zonas urbanas, su actividad preferencial es el “servicio doméstico”, mientras que en zonas rurales viven de las labores del campo habiendo desplazado progresivamente a los marroquíes, para luego, ser desplazados en algunas zonas por polacos y demás nacionalidades del Este. Si decíamos que los ecuatorianos se han beneficiado del idioma y de la religión (sobre los marroquíes con escaso dominio de la lengua y otra religión que constituye una barrera antropológica y cultural), a su vez los ecuatorianos, en las zonas rurales, han sufrido la competencia, especialmente de los polacos, que, además de la religión unen otro modelo “racial”, considerado como más próximo a los estándares españoles. Es significativo, por ejemplo, que las mujeres solteras polacas hayan causado literalmente estragos entre los varones de las poblaciones autóctonas, mientras que las mujeres ecuatorianas casi al 100% se emparejan con varones de su propio grupo étnico.

Como podemos apreciar, la inmigración es un fenómeno dinámico. No existen ni sectores, ni actividades que sean, verdaderamente, patrimonio de ningún grupo étnico o nacional de inmigrantes. Todo es fluido, dependiendo del precio de la venta de la fuerza de trabajo (muy similar en todos los grupos), y las afinidades, lingüísticas, étnicas, religiosas y culturales. Y, por supuesto, derivado de todo esto, a las “pequeñas molestias” que percibe la población autóctona y a la mayor o menor conflictividad.

Los ecuatorianos presentan algunas desventajas respecto a otros grupos nacionales de inmigrantes. En poco tiempo se han ganado fama de alcohólicos. Se dice de ellos que son “malos bebedores”, que conducen de manera suicida, frecuentemente sin permiso o con el permiso retirado, y, en cualquier caso, respetando pocas normas; se dice, así mismo, que han tomado como costumbre, nada más desembarcan en Barajas, empadronarse, sacar la tarjeta sanitaria y “hacerse un chequeito”… He oído conversaciones de este tipo en toda España, realizados por gentes que, indudablemente no se conocen unas a otras: si han sido capaces de formar un “arquetipo” tan similar, en Levante y en Catalunya, en Madrid y en Almería, de los inmigrantes ecuatorianos es porque “cuando el río suena, agua lleva”. Pero seríamos injustos si no reconociésemos en este arquetipo algo excesivo. Es rigurosamente cierto –yo mismo lo he comprobado con una muestra de doce ecuatorianos con los que trabajé y conviví en 1997- que una de las peculiaridades locales de los andinos es su tendencia a la bebida y, por si fuera poco, a encajarla mal. He visto en Madrid ecuatorianos borrachos caerse en el portal de su casa antes de que su compañera tuviera tiempo de abrirles. He hablado con taxistas de Madrid que me han comentado que los viernes y los sábados por la noche se niegan a prestar servicio a ecuatorianos a la vista de su estado y ya quemados por que en muchas ocasiones anteriores, el pasajero, absolutamente borracho, se ha negado a pagarles el viaje o, simplemente, no tenía dinero para hacerlo. Además, por si esto fuera poco, he bebido con ellos. Pero este “problema” afecta preferentemente a los varones ecuatorianos. Sus mujeres son mucho más comedidas (aunque también he visto algunos que ingerían más alcohol que el que podían soportar en discotecas de salsa y merengue y luego estallaban en crisis de celos y ataques de nervios, poniendo a sus maridos en el disparadero). No se puede negar (y en el tema del alcohol es lo menos recomendable) que el mal beber de los andinos y de los ecuatorianos en particular, no ha favorecido su imagen ante sus anfitriones. En 2002, cuatro andinos residentes en Hospitalet fallecieron al ingerir anticongelante de automóvil que confundieron con vino dulce, a pesar de su color azulado. También se dice –y no lo he podido comprobar, pero doy constancia por lo que de reiterativa tiene la acusación- que les gusta el juego y que son capaces de perder la soldada en una mano de poker nada más la tienen entre las manos.

La práctica totalidad de la inmigración ecuatoriana reside en la Comunidad de Madrid, Barcelona, Málaga y región de Murcia. Los ecuatorianos van allí a donde tienen familiares o amigos. El 70% están aquí por que alguno de ellos les ha invitado a venir. No es, propiamente “reagrupación familiar”, de hecho no siempre se trata de hermanos, padres o madres, sino de amigos, cuñados, primos, vecinos, amigos de un amigo, etc. Hoy, el 90% de los ecuatorianos tienen familiares directos que han emigrado. Pues bien, estos emigrados constituyen los “agentes” más activos de la emigración. Una vez en España, estas redes de apoyo mutuo no se disuelven, sino que se refuerzan y se convierten en cada vez más tupidas. Pero, aún así, en España no viven con sus familias más allá del 20%. Los procesos de “reagrupación familiar” actualmente en curso están haciendo que este porcentaje esté creciendo aceleradamente desde la regularización masiva del 2005. Los primeros en llegar son los hermanos y hermanas, antes que los cónyuges y los hijos. Es muy frecuente el caso de ecuatorianas que traen a sus amigas, cuñadas y hermanas, antes que a sus maridos e hijos. Todas ellas ya saben en qué van a trabajar en nuestro país: la inmensa mayoría en el servicio doméstico que es considerado como una forma superior de trabajo en relación a los trabajos rurales. La proporción de las que trabajan en el sector limpieza es mucho menor. En el año 2000, el 3% del servicio doméstico en España estaba compuesto por ecuatorianas y en los cinco años posteriores se ha elevado hasta el 15%.

Un 35% de los ecuatorianos no viven ni solos ni con sus familiares, sino en los llamados “pisos patera” para atenuar los costes de la vivienda, al igual que buena parte del resto de grupos nacionales de inmigrantes. Otro tercio, dado que trabajan en el servicio doméstico, viven en la misma casa que su empleador. Solamente un 1% vive solo.

En el 2003, una encuesta evidenció que dos terceras partes de los ecuatorianos residentes en España trabajaban una media de 50 horas por semana, parte de su salario venia en forma de “horas extra”, pero, sin embargo, solamente el 40% de ellos estaban dados de alta en la Seguridad Social. Esto hacía que los ecuatorianos percibieran salarios mayores que los españoles que trabajaban en esos mismos sectores… pero que, en términos reales, cobraran la mitad por hora.

El 85% de los trabajadores no esta contento con el trabajo que desarrolla en España y afirma que desea trabajar en otra sector. Un 64% desarrolla sus actividades se desarrolla en la industria y los servicios, el 20% en régimen especial de empleados y empleadas de hogar, el 15% en el régimen agrario.

¿Hay un futuro para Ecuador?

Según el censo de 2005, Ecuador cuenta con 13.363.593 habitantes, pero solamente diez millones viven en el interior del país. Una cuarta parte de ecuatorianos ha renunciado a vivir en su propia patria. Algo más de tres millones, en efecto, han emprendido el camino del exilio económico. En el momento de escribir estas líneas no hay motivo para pensar que esa sangría se ha detenido o va camino de aminorar.

En octubre de 2006, los emigrantes ecuatorianos votarán por primera vez en las elecciones presidenciales de su país. Por primera vez, tres millones de ciudadanos residentes en el exterior ejercerán su derecho a voto. Hasta ahora, este derecho había sido negado por las autoridades de su país, argumentando lo costoso que supone permitir el voto emigrante. En realidad, lo que ocurría era algo diferente: los distintos gobiernos ecuatorianos eran perfectamente conscientes de que los emigrantes no son la clase social más predispuesta a apoyarlos. De hecho, han tenido que abandonar el país por la mala gestión de los distintos gobiernos de la República. Así que el partido en el poder no puede esperar muchos votos de los primeros damnificados por su gestión, los inmigrantes.

Así que, se trataba de minimizar al máximo este potencial de votos. Por de pronto, Ecuador no cuenta con muchos consulados en el mundo, apenas 64, así pues, en España solamente podrán empadronarse para ejercer su derecho al voto en Madrid, Valencia, Murcia y Barcelona. ¿Y los de Canarias? ¿y los de Málaga? Además, son oficinas pequeñas que no pueden dar servicio a una comunidad de inmigrantes que es, en número, la segunda de España, después de la marroquí. Entre los que no están dispuestos a desplazarse 200 ó 300 kilómetros para empadronarse y luego volver otra vez para depositar el voto, los menores edad de otro lado y, finalmente, los analfabetos –que alguno hay- se calcula que en las elecciones de octubre solamente un 10% de los tres millones y medio de inmigrantes en el mundo, ejercerán su derecho al voto.

A nadie se le escapa que estas elecciones no cambiarán absolutamente nada. Como máximo, la sustitución de una clase dirigente por otra; pero el mal de Ecuador no es “coyuntural”, sino “estructural”. Y, ya sabemos que ningún gobierno ecuatoriano desde los años 70 ha durado más de cuatro años, tiempo excesivamente breve como para poder acometer reformas estratégicas. La dolarización de la economía ha sido la única medida, adoptada in extremis, con algún efecto saludable sobre la economía. Cuando el presidente Jamil Mahuad remplazó la moneda nacional ecuatoriana, el sucre, por el dólar estadounidense, en el año 2000, originó elevados flujos de emigración a España y a EEUU. Antes de ser aprobada la medida, la inflación se situaba en torno al 43,4%. No era raro que se llegara a esa situación. Entre 1996 y 2000 se habían sucedido siete presidentes mas un triunvirato indígena-militar, aumentando cada uno el divorcio entre la clase política y la población y ahuyentando el dinero inversor siempre en busca de áreas tranquilas. Ecuador, ni lo era ni lo sigue siendo.

Como la esperanza es lo último que se pierde, hará falta esperar a las elecciones de octubre para saber si el nuevo gobierno está en condiciones de mejorar algo la situación. No lo creemos, francamente. Y no importa si vence el candidato oficialista, el opositor o los émulos de Chávez y Morales, en cualquier caso, la clase política ecuatoriana lleva demasiados años acostumbrada a utilizar la emigración como válvula de escape social y factor de pago de la deuda exterior. Desde luego, es la solución más fácil, aunque, sin duda la más dolorosa para su población.

Ecuador es el ejemplo de muchas cosas. Demuestra el interés que tienen los países emisores de inmigrantes en que se vayan cuantos más, mejor. Evidencia, en segundo lugar, el alejamiento entre la población y la clase política. Nos muestra que la inmigración termina orientándose en función de la relación “trabajo aportado – beneficio recibido”; y esta es mejor en España que en EEUU. Finalmente, evidencia que a partir de determinado porcentaje, la presencia global de inmigrantes en el país anfitrión, deja de ser percibida como algo positivo, para pasar a ser considerada una “maldición” casi Bíblica. Pero, además de todo eso, el fondo de la cuestión es todavía más significativo.

Los ecuatorianos no entran ni en cayuko, ni en patera, ni escondidos en los ejes de los camiones, ni siquiera a salto de mata por las fronteras terrestres… los ecuatorianos vienen en aviones de línea, se sabe por donde entran y que la inmensa mayoría de los que entran como turistas con visado, no tienen intención de volver a su país. Han engañado a las autoridades consulares y aduaneras españolas. Han entrado de espaldas a la legislación aprobada por el parlamento… Es un tipo de emigración que se podría atajar con una facilidad pasmosa. Si hubiera “voluntad política”, claro está. No la hay. O lo que es peor: no hay política de inmigración.

Dado que en el momento de escribir estas, la llegada de cayukos desvía la atención hacia Malí, Mauritania, Gambia y Senegal, nadie se preocupa de este goteo continuo del que es testigo el aeropuerto internacional de Barajas. Antes fue la crisis de las vallas de Ceuta y Melilla, antes las noticias sobre las llegadas masivas de autobuses rumanos desde el Pirineo y así sucesivamente. Siempre hay un motivo que utiliza el gobierno ZP para mirar a cualquier otro lugar antes que al mostrador de extracomunitarios de Barajas.

Y así están las cosas. Hay más posibilidades de que dentro de 15 años existan más ecuatorianos en el exilio económico que en su propio país. En Ecuador seguirán habiendo elecciones que no resolverán nada. Se sucederán presidentes que llegaron con los bolsillos medio vacíos y saldrán con sus cuentas a rebosar. Pero, para esas fechas, el petróleo ecuatoriano ya se habrá terminado. El país seguirá sufriendo desertización industrial y no habrá podido soportar la competencia del agro asiático. En el nivel de explotación que están sufriendo actualmente, los camarones –otra riqueza ecuatoriana- se extinguirán pronto. Lo único que podrá exportar serán… emigrantes. España tiene todos los números de recibir hasta el último ecuatoriano, el encargado de apagar las luces del país en el momento de su partida.

Decididamente, en estos temas de inmigración, uno nunca está seguro de cuál es la parte a la que le espera un futuro más negro: si el anfitrión que admite mucha más inmigración de la que puede absorber gracias a la ceguera de ZP y de todos los que como ZP son incapaces de ver más allá de las intenciones de voto, o bien el país emisor de emigración, que por eso mismo evidencia muy a las claras que es un “Estado frustrado” del que no sólo huyen ciudadanos, sino también capitales.

No, Ecuador jamás podrá levantar cabeza. Y está por ver si con las cargas que suponen los inmigrantes, nosotros seguiremos mucho tiempo en pie.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

La inmigración en el mundo feliz de ZP (II de X). Dossier Inmigración Pakistaní

La inmigración en el mundo feliz de ZP (II de X). Dossier Inmigración Pakistaní

Infokrisis.- La inmigración pakistaní se concentra en Barcelona. Desde finales de los años 80, han ido llegando a la Ciudad Condal pequeños contingentes en tránsito hacia Londres. Pero con la llegada del milenio, Barcelona se convirtió en el objetivo final de la inmigración pakistaní. A través del estudio sobre la inmigración pakistaní podemos comprender los paralelismos existentes entre la Ciudad Condal y Marsella. Algo extremadamente preocupante.

 

Conozco y tengo amistad con una docena de pakistaníes, la mayor parte de los cuales llegaron a España a principios del milenio. Hoy, ellos mismos, están asustados del crecimiento de su comunidad. Son completamente conscientes de que ese crecimiento perjudica su integración y no va a tardar en crearles –especialmente a ellos- problemas de todo tipo.

Los primeros inmigrantes pakistaníes llegaron a España a principios de los años 90, iban camino de Londres, pero a algunos les gustó nuestro país y empezaron a abrir los primeros comercios y restaurantes. Créanme: vale la pena probar la comida pakistaní, si no lo conocen será la primera vez que experimentarán esos sabores. Y les gustará. En cuanto a los comercios pakistaníes, realizan su tarea sin crear problemas a nadie. Vayan a cualquier hora del día o de la noche (si bien los ayuntamientos, como el de Barcelona les han limitado los horarios y multado) y allí encontrarán a unos simpáticos pakistaníes que les venderán cualquier provisión a buen precio. Son buena gente, por tanto, me molestaría que un día no muy lejano pagaran justos por pecadores.

Existe brecha cultural con los ciudadanos pakistaníes residentes en España. El Islam se adivina siempre como un obstáculo insalvable. Los pakistaníes son muy religiosos y el porcentaje entre ellos de fundamentalistas islámicos no es pequeño. En realidad, el Islam explica las diferencias entre India y Pakistán, tanto el atraso de éste como la predisposición de los hindúes a la informática, con el consiguiente despegue económico del primero.

Debo reconocer que experimenté una sensación de cólera mal disimulada, cuando en 2004 un grupo de inmigrantes, la mayoría pakistaníes, ocupó la Catedral de Barcelona. Soy un amante del arte y más del arte gótico. Me molesta, repito, me molesta mucho que se ocupe un edificio que empezó a construirse en el siglo XIV, donde están enterrados algunos prohombres de los gremios medievales y renacentistas, y se orine sobre sus tumbas. Abomino de ver las pilas de agua bendita de la Catedral convertidas en basureros. Había pasado dos años antes en la Iglesia del Pino (otra joya de la Barcelona gótica) y volvería a ocurrir después, en locales de hospitales y otras localidades del cinturón industrial. El Islam prescribe la muerte para quien profana una mezquita, aquí, en cambio, en el mundo feliz de ZP, no pasa nada.

Pakistaníes: los nuevos barceloneses

En los años 90, las mentes pensantes de la Generalitat de Catalunya establecieron –porque ya desde entonces venían observando el fenómeno de la inmigración- que era preferible que llegara una inmigración no hispano parlante a Catalunya. Así sería posible que los nuevos inmigrantes aprendieran catalán. Si, por el contrario, se entendían en castellano (el catalán también es una lengua española), la teoría sostenida por algún lumbreras de la burocracia catalana, era que no se esforzarían y se convertirían en nuevos focos castellano parlantes, lo cual, al parecer, era un menoscabo para la “nacionalitat catalana”.

A partir de ese momento, todo consistía en estimular la inmigración marroquí. La Generalitat estableció un proto-consulado en Rabat y allí envió a Angel Colom i Colom, no se sabe bien porqué motivo, ni ostentando qué meritos. Colom debió cumplir a la perfección la misión encomendada porque la inmigración marroquí se disparó en Catalunya y hoy alcanza el 70% de la inmigración de ese país residente en España. Lo que no estaba previsto es que no hubo nada capaz de contener a los ecuatorianos que llegaron después, ni nadie tampoco se fijó en que a lo largo de 2004 y 2005, la comunidad pakistaní que había ido creciendo sin que ni las instituciones ni nadie se hubiera percatado, era de todas la que crecía a mayor velocidad que ninguna otra. No existe el plan perfecto, especialmente cuando las políticas de inmigración son diseñadas por “estrategas” tan aficionados como indocumentados.

La inmigración pakistaní es radicalmente diferente a cualquier otra. Y esto por varios motivos: en primer lugar, la comunidad pakistaní tiene cierto “misterio”… en efecto, se conocen a “los” pakistaníes, en Barcelona todos los hemos visto, pero nadie puede afirmar que haya visto a “las” pakistaníes. De hecho, yo no he visto a ninguna. Y existen; parecen ser como el tesoro más preciado de aquella comunidad y están fuera del mercado de trabajo y dedicadas al mantenimiento del hogar y de la familia. Lo cual, por otra parte, indica su apego a los valores tradicionales.

El segundo misterio es que todas las protestas que han tenido como protagonistas a inmigrantes en la Ciudad Condal, han sido organizadas y protagonizadas por pakistaníes, solo por pakistaníes y nada más que por pakistaníes. A pesar de que hayan hablado en nombre de “todos” los inmigrantes y de que se hayan sumado individuos de otros comunidades nacionales, lo rigurosamente cierto es que todas estas protestas han sido desencadenadas por pakistaníes. Lo que indica que se trata de una comunidad inteligente y con iniciativa. Lo sabíamos desde que en los años 90 en el Raval de Barcelona empezaron a abrirse los primeros restaurantes y los primeros comercios regentados por miembros de esta comunidad, pero el hecho de que lideraran las protestas indicaba que habían aprendido a moverse bien en las procelosas aguas de las relaciones con las instituciones catalanas. Además leían los periódicos y fueron los primeros en reaccionar cuando ZP llegó al poder. Un después ya habían advertido que tenía la mandíbula blanda en el tema de la inmigración y que era posible presionar y vencer. Presionaron y vencieron. Dos meses después de la ominosa ocupación de la Catedral de Barcelona, Consuelo Rumi anunciaba el futuro proceso de “regularización masiva”. Era justo lo que querían los líderes de la ocupación de la Catedral: legalizar a los que estaban para traer más. Si, porque aquella protesta estaba organizada por las mafias pakistaníes de la inmigración. Y esas mafias se lucran introduciendo gente. Son los primeros beneficiarios del “efecto llamada”. Los pakistaníes son grandes y buenos comerciantes. Allí en donde se meten logran mover dinero, tanto si es en el negocio de la restauración como en el negocio de la inmigración.

Cuando tuvo lugar la ocupación de la Catedral, estuvimos convencidos de que detrás había una “organización” con las ideas muy claras sobre los objetivos y las estrategias (objetivo: aumentar el flujo de pakistaníes a Barcelona; estrategia: regularizar a los pakistaníes que se encontraban en la ciudad; táctica: la ocupación). No eran unos cuantos comerciantes y trabajadores pakistaníes deseosos de traer a sus amigos… era un movimiento perfectamente organizado. Luego se produjo el desalojo manu militari de la Catedral.

Yo fui uno de los primeros en entrar en el edificio después de que la policía hubiera logrado evacuar a los ocupantes; el claustro olía a orines, los bancos estaban todos revueltos y tirados; la basura se enseñoreaba del recinto; “mi” Catedral, la Catedral de nuestra Ciudad, había sido, literalmente, profanada, tanto en su sentido religioso como artístico. En la tarde tuvo lugar la manifestación en pro de la regularización de los inmigrantes. Ni que decir tiene que la columna vertebral estaba compuesta por pakistaníes. Era evidente que seguían consignas con una disciplina de hierro. No estamos hablando de una comunidad absolutamente desorganizada y atomizada como la marroquí, estamos hablando de una comunidad disciplinada que actúa al unísono, con jefes naturales, con jerarquías, sin discusiones interiores, con sentido de la lealtad recíproca entre sus miembros, donde no hay traiciones, ni delaciones, que lava los trapos sucios dentro de casa.

Para ZP y Maragall, les resultaba absolutamente increíble que una comunidad inmigrante se hubiera organizado como una falange de combate. No todos los pakistaníes participaron en las protestas, naturalmente; no hacía falta. Se trataba solamente de actuar en función del objetivo buscado. El resto, hasta llegar a mil, estaba formado por espontáneos de otras comunidades que se sumaron a la protesta sin que tuvieran más intención que la de regularizar su situación individual. Movilizar a más pakistaníes hubiera alertado excesivamente a las autoridades, así que decidieron que solamente con medio millar ya había suficiente. Lo realmente increíble es que desde 1992, a la policía barcelonesa le consta la existencia de una red de falsificadores de permisos de trabajo y residencia, de documentos, formada por pakistaníes –lo que nosotros conocemos como la “mafia pakistaní”- pero hasta ahora no ha estado en condiciones de desarticularla. Es más, los éxitos de esta mafia han ido aumentando progresivamente hasta llegar a su cenit tras la ocupación de la Catedral. En los meses siguientes –luego daremos cifras- la comunidad pakistaní creció más que ninguna otra. A un trabajo correcto corresponden unos resultados apreciables. Y la mafia pakistaní había operado lúcida y brillantemente.

Maragall nunca ha entendido nada de la inmigración. Y ZP, probablemente, menos aún. Quienes si han entendido la situación son los mafiosos pakistaníes: saben que basta con insinuar una actitud de fuerza para que las autoridades se arruguen y cedan. No lo harán, desde luego, hasta los máximos exigidos (“papeles para todos”, “ningún ser humano es ilegal”, etc, etc), pero hasta lo mínimos que verdaderamente interesan a las mafias pakistaníes de la inmigración. Era evidente que Maragall no sabía lo que decía cuando, tras la resolución de la crisis de la Catedral expresaba: "es lógico que en algunos momentos pasen cosas como ésta porque la inmigración es un tema muy difícil y un drama para mucha gente"… que era como no decir nada. El delegado del Gobierno en Catalunya, Joan Rangel, que tenía información de la policía y sabía un poco mejor de que iba la protesta, denunció la "utilización" de los centenares de inmigrantes y constó "la casualidad" de que este hecho haya coincidido con la campaña electoral” [se refiere a las elecciones europeas de 2004]. La cosa no iba por ahí, en realidad, era mucho más sencillo: comprobar si ZP era un “tipo duro” o un “blandengue” influenciable. Lo era. Y la mafia pakistaní fue, no solo la primera en intuirlo, sino la primera en comprobarlo empíricamente. Las “fuerzas sociales” relacionadas con la inmigración, no tenían muy claro lo que estaba ocurriendo pero intuían que había algo, como mínimo dudoso en aquella protesta. Los sindicatos CCOO y UGT, seis asociaciones de inmigrantes de Argentina, Chile, Pakistán, Nigeria, la Coordinadora de Entidades de Inmigrantes de Catalunya, así como el arzobispado no dieron apoyo al encierro y pidieron que finalizara.

Algo menos de un año después, se reprodujeron las movilizaciones. En efecto, el 3 de abril de 2005, unos 450 inmigrantes se encerraron en cinco parroquias y locales sindicales de Barcelona y Santa Coloma de Gramenet en demanda de “papeles para todos”. Estábamos en plena regularización masiva promovida por el gobierno ZP. No importaba: si iban a legalizar a 800.000… se trataba de presionar para que esta cifra subiera. De hecho, cuando se produjo esa ocupación la regularización masiva era todo, menos masiva. Sería hacia finales de abril cuando se relajaron las exigencias. ZP llegó a proponer algo tan exótico como el “arraigo por omisión” que era como el “papeles para todos” enmascarado con una risible fórmula jurídica. Resulta increíble que una regularización masiva se inicie sin que los funcionarios de ventanilla tengan las ideas claras de los documentos que deben exigir, sino que la relación de documentos a presentar vaya corrigiéndose a medida que avanzaba la regularización. Pero, ya se sabe que en el mundo feliz de ZP todo es posible incluidos los absurdos más desternillantes. Preferentemente ellos.

En el curso de estas movilizaciones, siempre aparecía una “Asamblea por la Regularización sin Condiciones”, que ponía rostros españoles a la protesta. El hecho de que el paquistaní Chaudhr Shahnawaz, fuera uno de los portavoces de la Asamblea por la Regularización sin Condiciones era solo ligeramente significativo. Bastaba aproximarse un poco al movimiento de protesta para percibir muy a las claras que los escasos miembros de esta “asamblea” (salidos de ONGs y del llamado “movimiento alternativo” o, si se quiere los marginales del movimiento antiglobalización) ni tenían la iniciativa, ni disponían del más mínimo apoyo social. En toda protesta de inmigrantes, siempre debe haber ciudadanos del país anfitrión, para dar la sensación de que una “mayoría social” está por el “papeles para todos”, algo sumamente improbable. Los pakistaníes pusieron por delante a los chicos obtusos de esta “asamblea”, simplemente para evitar que los medios y los servicios de seguridad del Estado se fijaran en ellos.

Antes que esta protesta de abril 2005 y de la ocupación de la Catedral en 2004, había tenido lugar la larga ocupación de la Iglesia del Pi dos años antes. El rector de la Iglesia del Pi, por algún motivo mantenía muy buenas relaciones con la comunidad inmigrante, así que los pakistaníes vieron en él al interlocutor válido para su primera protesta. El objetivo era forzar al gobierno Aznar al “papeles para todos”. Solo que el anterior presidente tenía la mandíbula más dura que ZP. La ocupación duró varias semanas y no llegó a alcanzar ninguno de los objetivos. En esa ocasión, las mafias pakistaníes fracasaron.

Pero en esa ocasión se produjo un fenómeno que nos llamó la atención. Varios de los pakistaníes encerrados fueron hospitalizados de urgencia aquejados de crisis tuberculosas. Esa era la primera ocasión en la que se evidenciaba uno de los problemas que cabalgan con la inmigración masiva: la falta de controles sanitarios. Más vale que no hagamos demagogia porque de ello depende nuestra salud. Es, literalmente, lacerante que como mínimo 1 de cada 4 subsaharianos que llegan en cayuko esté infectado con el virus VIH. ¿Cómo podríamos expresar que nos sentiríamos enormemente reconfortados si tuviéramos la seguridad de que TODOS los africanos afectados por el VIH reciben un tratamiento sanitario adecuado que mejore su calidad de vida? Pero nos parece extraordinariamente injusto que este tratamiento solamente se depare a los que logran pisar territorio español. Los 40 millones de africanos infectados de VIH deben tener igualdad de oportunidades para tratar su dolencia en la tierra que los ha visto nacer y con cargo al presupuesto de ONGs e instituciones internacionales. Los 12.000 euros anuales que cuesta un tratamiento contra el VIH no pueden ser financiados por los contribuyentes españoles… Para colmo, en Europa algunas enfermedades que se creía erradicadas completamente sobre nuestro territorio, se han reproducido: la tuberculosis una de ellas. No nos engañemos: han llegado con la inmigración ilegal y masiva. No es que consideremos inmoral el solicitar un certificado de salud a los inmigrantes que aspiran a vivir entre nosotros… es que nuestra salud depende de ello. Cuando la inmigración es masiva se trata de establecer filtros, o de lo contrario, la marejada nos anegará, o lo que es peor, se llevará nuestra salud. Podemos entender que la Unión Europea planifique campañas de vacunación masiva, asegure tratamientos contra el VIH o contra la tuberculosis o el dengue en los países de origen… lo que no podemos entender es que personas con estas enfermedades infecciosas puedan entrar en nuestro relativo paraíso sanitario y ponerlo en peligro.

Aquella primera ocupación de la Iglesia del Pi ya demostró el poco respeto que las mafias pakistaníes tenían hacia los edificios religiosos católicos. Si, en respuesta a estas ocupaciones, activistas ultracatólicos hubieran ocupado mezquitas, alguna fatwa los hubiera condenado inmediatamente a muerte. No es que pidamos reciprocidad, es que pedimos el mismo respeto que exigen una por vía sumaria, a los edificios religiosos propios de nuestra tradición cultural. Para los entusiastas del “papeles para todos”, esos chicos descerebrados de la Asamblea por la Regularización sin Condiciones (nombre sintomático) un católico defendiendo un templo es un fanático inspirado por la Inquisición, mientras que un fundamentalista pakistaní capaz de cortar el gañote el que orine en la puerta de una mezquita tras una melopea, es un ser humano arraigado en sus tradiciones seculares. Tampoco se les puede pedir mucho más.

Barcikistán, casi un arrabal de Rawalpindi

Barcelona es una ciudad que se está transformando de manera acelerada. Los pakistaníes están colaborando en esta mutación. Y hay en todo ello una situación paradójica. Los barrios más pobres y degradados de Barcelona estaban viendo como se cerraban los pequeños comercios. Este proceso duró a lo largo de los años 80 y en buena parte de los 90. Pero hacia mediados de esa década, los comercios regentados por barceloneses que se cerraban en el barrio del Raval y en el de la Rivera, tenían su contrapartida en la apertura de un nuevo tejido comercial protagonizado por pakistaníes. Y esto es lo paradójico: mientras que los comerciantes españoles cerraban porque afirmaban que no podían competir con las grandes superficies, en cambio, los pakistaníes se las ingeniaban para hacerlo; e, incluso, parecía que lograban hacerse con una clientela que les garantizaba un razonable nivel de beneficios.

Algo está ocurriendo que no hemos sido capaces de percibir a tiempo. En realidad, contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, los comercios pakistaníes solamente no solamente forman pequeñas cadenas de distribución sino que en otros casos están asociados a cadenas preexistentes. No disponen de suministros diferentes al de cualquier otro comercio. Como máximo, se benefician de productos específicamente pakistaníes que no están presentes en otros comercios y que, por lo demás, tampoco figuran entre los más vendidos. Así pues, ¿a qué se debe este proceso de sustitución del comercio tradicional por una inflación de locales preferentemente pakistaníes?

Hay varios motivos. El primero de todos es el habitual: los bajos salarios que perciben los dependientes que trabajan allí. En general, no están asegurados a jornada completa… lo que no impide que trabajen jornada completa. Estos dependientes viven en pisos pequeños junto a, entre cuatro y seis compañeros de la misma nacionalidad. Un alquiler de 600 euros suficiente para desanimar a una pareja joven española, se reduce a entre 100 y 150 euros, con lo que la partida de “vivienda” queda redimensionado a la mínima expresión entre los pakistaníes (y entre otras comunidades inmigrantes). De ahí que esta comunidad pueda sobrevivir en España con sueldos muy bajos… aunque no tan bajos como los que perciben en Islamabad o Rawalpindi.

En 1998 cerraron en España 8.400 pequeños establecimientos, la mayoría de alimentación y droguería. Los hábitos de consumo de la población estaban cambiando desde 1990. Las grandes superficies habían irrumpido desde mediados de la década anterior y eran los principales beneficiarios de la nueva situación. El diario El País, indicaba el 27 de junio de 1999 que las 1.400 “grandes superficies” que existían en ese momento en toda España suponían el 47% de las ventas de alimentación, a pesar de que, apenas eran el 2% del total de establecimientos de ese ramo… El pequeño comercio parecía sentenciado.

En 1997, se contabilizaban 165 establecimientos comerciales regentados por inmigrantes. En 2006 se habían quintuplicado. Es lo que se llama “comercio étnico”. La mayoría de estos comercios estaban situados en barrios que atravesaban crisis agudas. En Barcelona, especialmente, el Raval y Ciutat Vella, -pero también en Gracia y Sans- los pakistaníes revitalizaron el pequeño comercio y, por tanto, la actividad económica de estos barrios degradados.

En algunas calles del Raval o de la Rivera han llegado a desaparecer entre 60 y 80 comercios regentados por españoles, debido a muchas causas (jubilaciones, escasa competitividad frente a las grandes superficies, pérdida del mercado habitual, cansancio, etc.). Sin embargo, en esas mismas calles, los pakistaníes especialmente, han tomado el relevo. Los sociólogos no han estado en condiciones de interpretar el por qué uno de los indicativos de la crisis del pequeño comercio… es la apertura de pequeños comercios. Es mucho más fácil si se toma en consideración el origen nacional de unos y otros: la crisis del pequeño comercio “autóctono” se refleja en su  sustitución por el pequeño comercio “inmigrante”. Desde el punto de vista económico, las características del pequeño comercio autóctono e inmigrante, son idénticas en lo que a servicios y facturación se refiere… pero no todo es economía. En barrios que viven del turismo, el “tipismo” y lo “tradicional”, son importantes. Un inglés de Londres no verá un paisaje esencialmente diferente entre nuestras Ramblas y su East-End: en efecto, en ambos el pequeño comercio es pakistaní, lo que dice mucho a favor de Pakistán e indica que las grandes ciudades están sufriendo una mutación cosmopolita, niveladora y despersonalizadora que hace que solamente se distingan por las “piedras”, por lo material, no por sus gentes. Toda nivelación implica empobrecimiento cultural. En el fondo, el “multiculturalismo” no es más que la una forma de globalización, paradójicamente vista de forma condescendiente por los antiglobalización…

En el ya lejano 1996, el diario barcelonés La Vanguardia publicaba un reportaje del que extraemos unas líneas: "Los paquistaníes que de un tiempo a esta parte van abriendo sus negocios en Barcelona han introducido una nueva manera de entender la actividad comercial. Una manera que choca con las reglas y los hábitos de aquí, pero que contiene valores que no pueden soslayarse (…) Los empleados trabajan de 14 a 15 horas diarias, domingos incluidos. Uno de sus éxitos ha sido, precisamente, que los comercios paquistaníes aplican horarios flexibles. Los ciudadanos agradecen esta disponibilidad y el resultado evidente es que la actividad comercial de los paquistaníes ha sido bien acogida en los barrios donde se han establecido (….) Compiten en costes laborales y en horarios, dos factores esenciales para el progreso de esta actividad de servicio que es el comercio. No se trata de que todos los comerciantes deban seguir la fórmula paquistaní, pero lo cierto es que son un ejemplo de que la libertad comercial es positiva para los que se dedican a este negocio y, sobre todo, para los consumidores" (edición del 14 de octubre de 1996)

¿A qué se debe este proceso? A que en esos barrios es donde se ha concentrado el mayor número de inmigrantes y esto les otorga un dinamismo que se había perdido. La nueva demanda, encuentra una nueva oferta.  Los inmigrantes pakistaníes, por ejemplo, solamente compran en comercios regentados por gentes de su propia comunidad. Eso ya les asegura un “suelo mínimo” de ventas, especialmente en el Raval y en la Ribera. Pero también compran –compramos- muchos barceloneses en estos comercios. El “nicho” de mercado que han encontrado, se había escapado a los comerciantes barceloneses de siempre. El horario de apertura del pequeño comercio no puede ser el mismo que el del resto de profesiones y empleos… para poder ser efectivos, deben ampliar sus horarios más allá de las 20 horas en estos tiempos en los que muchas jornadas laborales se prolongan hasta las 19 o 20 horas. He conocido comercios pakistaníes en el Barrio de Gracia que empezaron cerrando a las 24:00 siete días a la semana, y solamente tras ser multados por el Ayuntamiento pasaron a cerrar las 22:00 horas y a partir de las 14:00 horas del domingo… Es en estos horarios extremos cuando los comercios pakistaníes obtienen sus mejores ventas. Sus disciplinados dependientes (en muchas ocasiones los dependiente son los mismos propietarios) no se amparan en el sindicato para reivindicar sus 40 horas semanales, ni discuten los términos del contrario. Están aquí para ganar dinero y enviarlo a sus familias. Las horas de trabajo parecen interesarles poco, de hecho, le interesan más al Ayuntamiento. La inmensa mayoría no están sindicados y tampoco muestran mucho interés por sus derechos laborales. Al parecer, una comunidad tan bien dispuesta para movilizarse por el “papeles para todos”, no tiene la misma conciencia activista cuando se trata de reivindicar derechos laborales, especialmente si el empresario es de su propia nacionalidad. Es innegable que los pakistaníes son muy buenos comerciantes.

He conocido pakistaníes encantadores y excelentes personas. Como en toda comunidad inmigrante, hay un poso –seguramente por motivos culturales y antropológicos- inaccesible para el que no pertenece a su etnia. Sin embargo, su competencia no ha sido muy apreciada por los comerciantes autóctonos de Barcelona. Se quejan, sobre todo de los horarios con los cuales no pueden competir. En segundo lugar, los pequeños comerciantes barceloneses se sienten alarmados por la formación de guetos. Habitualmente, estos comerciantes han mantenido abiertos sus negocios durante décadas, sino durante generaciones; la mayoría, no sólo trabajan en el barrio, sino que, además, viven en él. Se trata de un grupo social, no solo conservador, sino que ha sufrido mucho a partir de mediados de los años 80. El Raval y la Rivera barcelonesas sufrieron, inicialmente, el abandono por parte de los primeros ayuntamientos democráticos. Hacia 1986 y hasta 1995, estos barrios se llenaron de “camellos”, mientras sus clientes se encontraban tirados en sus calles. Cuando parecía que la situación iba a “mejorar” (si es que, dramáticamente, puede llamarse “mejora” a la muerte de la mayoría a causa del VIH y del desgaste físico propio de los heroinómanos…), los comerciantes que habían sobrevivido a esa primera ola, se encontraron con que, bruscamente, en ese momento, el paisaje de sus barrios empezó a cambiar. Ya no eran solamente unos pocos comercios abiertos por extranjeros, ante los que los barceloneses permanecían vacilantes y sin atreverse a consumir los productos de sus anaqueles. Ahora era todo el barrio el que cambiaba de fisonomía. Se estaban formando guetos y los guetos siempre tienen una connotación negativa. Los recién llegados tenían costumbres diferentes y, eso no era lo peor. Lo peor es que hacia principios del milenio ya habían aparecido fricciones entre las nuevas y distintas comunidades que poblaban el Raval. Los ecuatorianos se llevaban mal con los marroquíes, los pakistaníes marcaban su terreno para evitar que los chinos les usurparan el terreno, los argelinos se llevaban mal con todos y especialmente con los pakistaníes que no soportaban verlos entrar en sus comercios e intentar salir sin pagar los productos que se llevaban en los bolsillos… Desde el principio de la inmigración masiva (1999) hubo racismo en el Raval, pero no fue entre barceloneses e inmigrantes, sino entre las distintas comunidades inmigrantes. Mal asunto. A los comerciantes del Raval y de la Rivera lo que menos le gustaba es que sus barrios se fueran depreciando ante la formación de guetos de inmigrantes. La inmigración era percibida como degradación. En 1999 se produjo un caso lamentable en Barcelona. Un psicópata agredía a mujeres en las calles del barrio de la Rivera. Las atacaba con un objeto punzante y les inflingía heridas superficiales, pero no por ello menos dolorosas y traumáticas. Cuando el misterioso agresor llevaba varios meses de actividad, resultó detenido. Era un pakistaní con problemas psiquiátricos. Una excepción en esta comunidad que suele ser pacífica, amigable y poco aficionada a la delincuencia. Pero, el caso dio a pie a que la inmigración pakistaní fuera percibida –abusivamente- como peligro. La marginalidad de muchos magrebíes y la identidad religiosa común con los pakistaníes, contribuyó a aureolarlos a estos con los mismos estigmas que a argelinos y marroquíes. Debió pasar tiempo hasta que los comercios pakistaníes empezaron a llenarse de barceloneses e incluso –como es mi caso- surgieran vínculos de amistad, o al menos de confianza, entre unos y otros. Hoy, los comercios pakistaníes forman parte del paisaje urbano barcelonés, guste o no guste.

Hay que decir que los viejos comerciantes barceloneses tenían algo de razón. Planificado o no, lo cierto es que hay zonas de la ciudad de Barcelona –y otras ciudades españolas- que están sufriendo una “limpieza étnica”. El centro histórico de Alicante, por ejemplo. El proceso es el siguiente: en una primera fase, aparecen algunos comercios en las zonas con alquileres más baratos de esa ciudad; esos mismos alquileres económicos, hacen que sea en esas zonas donde se instalan los inmigrantes; fin de la primera fase y ahora empieza la segunda. La inmigración va creciendo: los veteranos recomiendan a los recién llegados –frecuentemente, habitantes en el mismo pueblo de origen o familiares suyos- instalarse allí donde están ellos. Inicialmente, no ocurre nada, pero cuando el total de la inmigración empieza a superar el 5% en una misma zona se produce un fenómeno poco estudiado pero inexorable: los autóctonos van abandonando progresivamente esa zona. Eran barrios con edad media elevada y degradados desde antes de que llegara la inmigración. Los jóvenes autóctonos no quieren vivir en esos barrios que, además de tener mala fama, son percibidos como hostiles por ellos. Y se van yendo progresivamente. Los inmuebles vacíos son vendidos o alquilados a inmigrantes. Incluso se revalorizan porque los inmigrantes prefieren vivir entre ellos que en zonas con mucha densidad de población autóctona. En otro lugar analizaremos el fenómeno de la delincuencia que, en términos absolutos es cinco veces mayor entre inmigrantes que entre “nacionales”. La delincuencia genera la sensación de que uno puede ser agredido, robado y expoliado en cualquier momento; así que es mejor poner tierra de por medio y cambiar el lugar de residencia a zonas más seguras. Otro motivo para abandonar un barrio es empezar a considerarlo inhabitable. Cuando desde las ventanas de un barrio la “salsa” empieza a sonar a todas horas, o la música árabe –machacona, en absoluto pegadiza- o las peleas en idiomas incomprensibles, se hace el pan de cada día, muchos vecinos juzgan que ya tienen suficiente y añoran el tiempo en que solamente se oían seriales radiofónicos, el parte de Radio Nacional y algún jovenzuelo desvergonzado ponía música de los Rolling o de los Beatles a todo volumen. Y se van del barrio. No es limpieza étnica a punta de bayoneta, es, simplemente limpieza étnica por la fuerza de las cosas.

Las zonas donde hay más tiendas de inmigrantes coinciden también con las de mayor residencia de inmigrantes. Las tiendas surgen para responder a las necesidades específicas y culturalmente determinantes de los inmigrantes. Ha ocurrido en toda Europa. He visto como la vieja Massalia empezaba a degradarse tenuemente a finales de los setenta; aquel gran puerto mediterráneo que un día fue Marsella, con su Cannabiere y sus interminables muelles, fue perdieno a razón de 30.000 habitantes por año desde 1980. Hoy es una ciudad magrebí en el norte del Mediterráneo. Ubicada en Francia, su fisonomía ya no es francesa. Barcelona corre el riesgo de convertirse en la segunda Marsella. No será por culpa de los pakistaníes, sino de la acumulación de distintas comunidades inmigrantes con crecimiento desordenado pero continuo, ante la desidia de las autoridades municipales, autonómicas y estatales, que Barcelona supere a Marsella en apenas unos años.

A lo largo de 2005 y 2006, el barrio en el que creció más el precio de la vivienda en Barcelona, fue el Raval. Increíble pero cierto. El único elemento que permite interpretar este fenómeno es la llegada masiva de distintas comunidades inmigrantes. El Raval y la Rivera son barrios “agradables” para inmigrantes, no por la salubridad y la belleza de sus calles, sino porque allí los inmigrantes se sienten como en casa, esto es, en su propio entorno comunitario. Estamos hablando de “enclaves étnicos” en la Barcelona del siglo XXI. Estos enclaves étnicos existen en las ciudades del Mediterráneo español y en Madrid. Ya no hay medidas posibles para dar marcha atrás: los guetos se han formado y nada en el mundo va a conseguir disolverlos. La inmigración ha ido tan rápida que no las autoridades no han reaccionado a tiempo. Ahora, ya es inevitable el proceso de guetización del Raval y de la Rivera, el vaciado de población autóctona que ha ido subiendo del 2% en 1992 al 5% en 1994, luego al 15% en 1997, tres años después al 25%, en el 2000 llegó al 30% y en 2006 estaba en torno al 70%... la población autóctona es hoy residual.

En el momento de escribir estás líneas, la inmigración es mayoritaria en el Raval y la Rivera de Barcelona, está ascendiendo vertiginosamente en los barrios de Gracia y Sans, así como en el cinturón industrial de Barcelona. La falta de políticas de inmigración de los distintos niveles de administración han convertido este problema en irresoluble. Irresoluble. Y esto es lo que puede hacer peligrar la situación de mis amigos pakistaníes, arrastrados por la marejada incontenible de seis años de “efecto llamada” sostenido. 

Los pakistaníes son poco dados a orientar su comercio solamente hacia sus propios ciudadanos. Han logrado que las carnicerías halal que regentan sean frecuentadas también por barceloneses y en cuanto a los bazares que regentan en las Ramblas tienen como principal contingente migratorio a los turistas; hay locutorios propiedad de inmigrantes marroquíes, hindúes, ecuatorianos, colombianos y pakistaníes, principalmente, peluquerías propiedad de caribeños, etc. Es el “comercio étnico”. Solamente una mínima parte del comercio pakistaní está dedicado a satisfacer la demanda de inmigrante, obviamente los situados en los “enclaves étnicos”. Esto no gusta a los comerciantes locales; su razonamiento es, en apariencia, contradictorio y difícil de entender, intentemos seguirlo: el pequeño comercio está en crisis por la competencia de las grandes superficies, no puede competir con alas grandes cadenas de alimentación en precios, aunque sí en proximidad. Para que esa competencia sea efectiva, los barrios deben gozar de buena salud, pero desde el momento en que la inmigración se instala en esos barrios, estos tienden inevitablemente a degradarse en tanto que los ciudadanos autóctonos tienden a abandonarlos y los recién llegados tienen una tendencia a comprar solamente en los establecimientos de su propia nacionalidad. Además, la proliferación de “otra forma de comerciar” resta “tipismo” e “identidad” a zonas de la ciudad que, como el Raval y la Rivera, junto con las Ramblas que los separan, viven del turismo y, por tanto, deberían ser la quintaesencia de la “barcelonidad”. A uno y otro lado de las Ramblas y en las arterias que confluyen allí, se han aposentado comerciantes pakistaníes, chinos e hindúes, vendiendo objetos y souvenirs que poco tienen que ver con Barcelona, Catalunya o España. Desde 1995 los locales comerciales de estas zonas han sido adquiridos por extranjeros y la población autóctona del barrio experimenta una sensación de incomodidad evidente. ¿Racismo, xenofobia? No, simplemente, inmigración masiva y sin control.

Los pakistaníes huyen de los circuitos de la delincuencia como de la peste. Lo suyo es el comercio. Y lo hacen bien. Pero no pueden evitar ser “diferentes” a los barceloneses. La experiencia del Raval y la Rivera demuestran que mientras la inmigración se mantiene dentro de unos límites aceptables –en torno a un 5%- la convivencia entre las comunidades étnicas es aceptable, sino, incluso, cordial. No hay que olvidar que estos barrios pertenecen a la zona de la ciudad más próxima al mar y, por tanto, en donde tradicionalmente siempre ha residido un mayor número de extranjeros. Ahora bien, a partir de que la inmigración se convierte en masiva y descontrolada –a partir de mediados de los 90- se produce un fenómeno perverso: la delincuencia aparece vinculada a los nuevos inmigrantes. De hecho, lo está. Si bien la inmensa mayoría de los inmigrantes han venido para trabajar, así mismo, la inmensa mayoría de delincuentes… han salido de la inmigración.

A esto se une otro fenómeno: si un barcelonés no tiene el ojo bien entrenado, será fácil que confunda a un filipino con un chino y a un coreano con un vietnamita… y, por supuesto, a un argelino con un tunecino, a un senegalés con un marfileño, a un peruano con un ecuatoriano o… a un marroquí con un pakistaní. Solamente cuando se está suficientemente familiarizado con los distintos grupos étnicos es posible –con relativa facilidad- identificar a un oriundo de Quito de uno de Guayaquil, a un paceño de un cruceño… y, por supuesto, a un marroquí de un pakistaní. Pero cuesta.

Por otra parte, no todas las comunidades inmigrantes tienen los mismos índices de delincuencia, ni numéricamente, ni por “intensidad”. Los venezolanos apenas tienen delincuencia, mientras que sus vecinos colombianos si. Por su parte, en términos absolutos, la delincuencia colombiana es menor que la ecuatoriana… pero mucho más intensa. En efecto, los colombianos tienen una increíble tendencia a solucionar sus “ajustes de cuentas” de manera expeditiva. En Colombia, la vida vale poco y en España no tienen ningún valor añadido. Por su parte, los marroquíes tienen unos niveles de delincuencia muy superiores a los tunecinos y todos ellos, muy inferiores a la comunidad de origen argelino… En cuanto a su “peligrosidad”, la policía sabe perfectamente que los delincuentes de determinados grupos étnicos no ofrecen ninguna resistencia al ser detenidos, e incluso que sus delitos no implican violencia (la “banda de las autopistas”, compuesta por peruanos, actúa siempre “al descuido” en las autopistas) saben que sus delitos son menores y por tanto, descubiertos, se dejan detener sin oponer más que las excusas y los descartes propios de este tipo de delitos. Pero, en cambio, cuando se trata de detener a delincuentes de otros grupos étnicos, los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado prefieren tomar seguridades, ir más de uno y realizar la detención con las armas desenfundadas… algo que ocurre frecuentemente con magrebíes y, especialmente, con argelinos.

A los pakistaníes, comerciantes natos, todo esto les perjudica extraordinariamente. El rechazo a los inmigrantes no aparece porque sí, sino solamente cuando resulta demasiado evidente que la delincuencia ha aumentado con su presencia, cuando la convivencia se vuelve difícil por las peculiaridades antropológicas de algunos grupos y, poco importa que unos sean más refractarios que otros a la integración: el aspecto “diferente” les perjudica a todos, incluso a los menos implicados en actividades delictivas como los pakistaníes. Nadie puede siquiera achacarles mala calidad de los productos que ponen a la venta en sus comercios. Todo lo contrario. Y sin embargo, esta comunidad es una de las más perjudicadas por el carácter masivo de la inmigración y por la relación innegable “aumento de la delincuencia = inmigración descontrolada”.

Los comerciantes de las zonas colonizadas por la inmigración se quejan de la progresiva (y evidente) reducción y pauperización de la población del distrito, la caída en picado de la imagen de los barrios “de inmigrantes” que jamás volverán a ver población autóctona, lo que hace que dejen de ser recorridos por la clase media en busca de los paisajes de siempre de su siempre; el Ayuntamiento es el principal blanco de las críticas: los pequeños comerciantes autóctonos se ven sangrados, literalmente, por los impuestos municipales… si a esto unimos las cargas impuestas por la hacienda del Estado (hoy de la Generalitat), podrá entenderse que esa sensación de asfixia económica no sea una exageración. Paralelamente, los comercios regentados por inmigrantes son mucho más frívolos a la hora de cumplir la normativa municipal y viceversa, porque, en realidad, tampoco el ayuntamiento se muestra muy proclive a sancionarlos. La presidenta de la Asociación de Comerciantes del Mercado de la Boqueria (en las Ramblas) declaraba: "No tengo nada en contra de los inmigrantes, pero actualmente la gente que viene de fuera destroza nuestro comercio. No se adaptan a nuestras costumbres (…) con las tiendas de souvenirs y bazares de las Ramblas parece que estoy en la India, en lugar de Barcelona. Y lo más grave es que algunas funcionan sin permiso y con horario libre. Esto es una discriminación para el resto del comercio" (en Eco, 28-VI-1997). Un año antes, el diario El Mundo, había hecho sonar las alarmas: "Inmigrantes paquistaníes se hacen con el pequeño comercio tradicional de Ciutat Vella" (El Mundo 18-IX-1996). El ayuntamiento no puede alegar desconocimiento de la situación cuando ya hace ¡diez años!, la degradación del pequeño comercio barcelonés y las constantes infracciones de los comerciantes recién llegados, eran el pan de cada día. Lo normal era que los establecimientos regentados por inmigrantes (locutorios, bazares, colmados) abrieran sin permiso de apertura, que no respetaran los horarios, pusieran a la venta productos y objetos (incluso peligrosos) sin tener licencia para ello, y, para colmo, nadie se preocupara de su completa “objeción fiscal” y, puestos a infringir normativas, mantuvieran a sus hijos menores de edad trabajando en sus establecimientos cuando, por imperativo legal, deberían estar en clase y no trabajar hasta los 16 años…

Todo esto recuerda extraordinariamente el proceso degenerativo seguido por Marsella (no tan distante de Barcelona, incluso en este terreno). Los comerciantes argelinos que se hicieron inicialmente con las zonas portuarias de la antigua Massalia se instalaron en barrios de mayoría inmigrante. La administración francesa empezó a despreocuparse por esos barrios considerados “pobres”. Los servicios del Estado Republicano fueron desapareciendo de estas zonas, incluida la policía. No es raro que se convirtieran en focos de delincuencia. Pero lo que se estaba produciendo era algo mucho más grave: el Estado iba desapareciendo de esas zonas. La totalidad del Estado. Cuando en 1994, a algún jerarca de la inspección fiscal marsellesa se le ocurrió enviar a sus muchachos a estos barrios a la vista de que en zonas amplias de la ciudad el pequeño comercio ni siquiera se tomaba la molestia de realizar resúmenes de IVA, impuesto de beneficios, ni nada similar, simplemente fueron expulsados de mala manera del barrio. Cuando se recurrió a la policía para que acompañara a miembros de hacienda o de los servicios social o de protección de la infancia, la policía –que conocía perfectamente la situación- llamó al realismo: “si vamos, puede haber una insurrección”. Así que “París”, de conformidad con el prefecto, decidieron hacer la vista gorda, antes que arriesgarse al estallido de unos disturbios que siempre terminan siendo nefastos en términos electorales. Pues bien, estos disturbios estallaron en noviembre de 2005. Hoy, en toda Francia, existen en torno a 1200-1500 de estas zonas conocidas en la jerga francesa como zonas de “non droit”, es decir, en las que ya no rigen los principios de la República ni las instituciones del Estado francés. Aquellas aguas, trajeron estos lodos. Barcelona –y otras ciudades españolas- están siguiendo inexorablemente los pasos del “modelo marsellés”.

Los comerciantes autóctonos –los barceloneses hoy, como los marselleses ayer- tienen la sensación de que, cuando el Ayuntamiento necesita exteriorizar su voracidad impositiva, aumenta las inspecciones contra ellos, mientras hace la vista gorda ante el incumplimiento de los requisitos legales por parte de los comercios abiertos por inmigrantes. Esto no es del todo cierto. La ciudad de Barcelona todavía no es completamente plana: hay zonas en las que, efectivamente, el Ayuntamiento ha renunciado a cualquier control (Raval y Rivera), mientras que en otras en las que todavía se mantiene un tejido comercial local con relativa buena salud (Gracia y Sans) si existe algún tipo de control.

Aunque no debería ser así, lo lamentable es que los distintos niveles administrativos actúan siempre bajo presión, no porque las circunstancia indiquen que deberían hacerlo. En 1995, cuando los comerciantes del Raval empezaron a tomar conciencia de lo que se les venía encima, multiplicaron sus movilizaciones y obligaron al Ayuntamiento a adoptar medidas que garantizasen, como mínimo, un trato idéntico a “autóctonos” y “foráneos”. Se decretó una suspensión en la concesión de licencias de obras y apertura para bazares y establecimientos para turistas en la Rambla y en la zona del Raval y la Rivera. En 1996 se aprobó una nueva ordenanza restringiendo la apertura en toda Ciutat Vella de comercios ligados a la "actividad turística", para "proteger la diversidad comercial del centro histórico", según declaró un responsable municipal a El País. La distancia mínima entre bazares pasaba a 80 metros… pero bajaba a 40 metros para los “fast-food” y las casas de cambio de moneda. Todo eso fue flor de un día. Cuando la población inmigrante del Raval se disparó hacia principios del milenio, todas estas ordenanzas municipales quedaron, en buena medida, relegadas al olvido. Lo dicho, Barcelona está sufriendo un proceso de “marsellización”, nada bueno para los barceloneses. E, igualmente, malo para los pakistaníes.

Pakistán o la corrupción en versión islámica

En Pakistán, como en cualquier otro país del antiguo “tercer mundo”, la corrupción es una verdadera plaga. Es fácil obtener un pasaporte por caminos no regulares, pues tal es la corrupción de las autoridades, pero, por si alguien no estuviera dispuesto a pagar esas “mordidas”, tampoco hay problema: se compra un pasaporte falso y… ¡hacia España!

Los pasaportes utilizados en Pakistán se falsificaban hasta hace pocos años en el Líbano. En la ciudad cristiana de Zalhé, cuando te ven la cara de extranjero, te preguntan solamente que les aclares lo que vas a buscar allí, en pleno valle de la Bekaa: “¿dólares falsos o droga?” y, cuando les explicar que eres periodista, te siguen preguntando con un guiño, como indicando que te explicas perfectamente “Ah, oui, ¿dólares falsos o droga?”. Los dólares que se hacían en Zalhé eran de una calidad tan proverbial como el “rojo libanés”, quizás la mejor calidad de haschís. Durante años, existieron vasos comunicantes entre Zalhé e Islamabad. Y no unos sino varios. De un lado, la guerra contra los soviéticos en Afganistán movilizó a los activistas musulmanes de todo el mundo que se concentraron en la zona fronteriza con Pakistán. Iban a morir por Alá en la “gran guerra santa”, así que se tomaban precauciones para ocultar su verdadera identidad. La mayoría iban provistos de “faux papiers” fabricados en Zalhé. Allí, el Mosad había puesto mucho énfasis en infiltrar –e incluso en impulsar, no olvidar que estamos en 1982-89- a los nacientes grupos fundamentalistas islámicos. Era fácil pues, para los servicios secretos norteamericanos, conocer la verdadera identidad de aquellos primeros yihadistas. Pero, luego, cuando la URSS tiró la toalla y retiró sus tropas del territorio afgano, esta veta se secó. La dinámica misma de los acontecimientos en el Líbano y las necesidades de la reconstrucción hicieron que se limitara la exportación de haschís a través de los puertos francos situados al Norte de Beirut y la famosa imprenta de Zalhé consagrada a las mejores falsificaciones de papel moneda y de documentos de identidad, se dedicara a tareas menos comprometidas.

Ocasionalmente, la policía británica, pudo seguir la pista de algunos pasaportes falsos llevados por pakistaníes que intentaban entrar en Inglaterra con personalidades y visados falsos. Establecieron que procedían del Líbano. Era de prever. Ahora bien, a partir de 1990 las mafias pakistaníes de la inmigración establecieron nuevas fuentes de suministro de documentos falsos, en zonas más próximas y, por tanto, más accesibes. En 1999, imprentas dotadas de las tecnologías digitales más avanzadas en la época, abordaban desde Tailandia, la arriesgada, pero lucrativa tarea de facilitar pasaportes, sellos secos y demás documentación falsa a las mafias pakistaníes de la inmigración.

Inicialmente, estos documentos eran utilizados, preerentemente, para acceder al “espacio Schengen”, progresivamente más blindado, pero también hay datos que indican que llegaron hasta zonas, inicialmente, tan poco proclives para la inmigración como Argentina o Chile.

Tailandia tiene una ventaja: es un paraíso turístico en alza. Los aviones que llegan de Tailandia a los distintos aeropuertos europeos parecen libres de toda sospecha. En ellos llegaron muchos miles de pakistaníes provistos de pasaportes falsos comprados allí. En diciembre de 2001, ya se habían detectado 151 pasaportes y documentación falsa en Tailandia y, oh maravilla de maravillas, 4 pasaportes en blanco sustraídos de la Embajada española en Luxemburgo y 72 pasaportes españoles en blanco, íntegramente falsos, con la característica de que todas las libretas tienen en su número de serie “K 875...”. Si, porque las imprentas y los profesionales dedicados a la falsificación en Tailandia tienen preferencia por los pasaportes españoles. La primera falsificación “K 875 fue detectada por primera vez en el año 99 con la detención de Safarsai Bat, al que se le intervinieron cinco pasaportes de esta serie. ¿Imaginan de qué nacionalidad era? Efectivamente, pakistaní. En Noviembre de 2000 fue arrestado, de nuevo en Tailandia, otro súbdito extranjero al que se le ocuparon 20 pasaportes españoles de esta serie, 347 portadas y contraportadas y 1500 hojas dobles de esta falsificación; 103 permisos de trabajo y residencia españoles tipo B. Con estos pasaportes también han ingresado en el “espacio Shengen” inmigrantes chinos y laosianos.

A la vista de todo lo anterior, INTERPOL entró en acción. La oficina de correos del aeropuerto de Bangkok fue sometida a vigilancia y pronto se obtuvieron resultados.
Los primeros en caer fueron dos paquetes dirigidos al Reino Unido con 20 pasaportes, perteneciente a la serie K 875..., en blanco y unos días después cuatro paquetes dirigidos a España con seis pasaportes británicos, un paquete dirigido a Singapur con documentos españoles, tres paquetes con destino Tailandia, procedentes de España con pasaportes del Reino Unido, Italia y España, un paquete procedente de Turquía con pasaportes españoles, tres paquetes enviados desde España con pasaportes del Reino Unido, Corea, Japón y Grecia. Siguiendo todo este material, INTERPOL tuvo pronto una aproximación a la estructura de la red de falsificación.

El 12 de Septiembre de 2004 resultó detenido en el aeropuerto de Paris-Roissy un súbdito británico de origen pakistaní, procedente de Bangkok, al que se le incautaron 249 pasaportes falsos en blanco con 50 pasaportes italianos, 119 franceses y 80 españoles de la serie “K875”. Antes, en Mayo de 2003, cayó una parte de la red, dirigida por el paquistaní, Asan Bacheri Saeid. En esa ocasión se intervinieron dieciocho pasaportes españoles en blanco de la inefable serie “K875”..., pero lo más grave es que, llegados a ese punto, algunos pasaportes de la serie habían llegado a manos de terroristas islámicos. En efecto, en Agosto del 2002 fue detenido Riduan Isamuddin, alias “Hambali”, miembro de la Jihad Islámica, implicado en varias acciones terroristas en los últimos años en Malasia, Filipinas y Singapur, que utilizaba pasaportes españoles falsos.

Habría que esperar hasta el 8 de octubre de 2005 para que esta red fuera completamente desarticulada. En esa fecha fue arrestado el súbdito pakistaní Sheik Mamad Saeed Naz, como cerebro de la trama. Había establecido su cuartel de operaciones en un restaurante y almacén, propiedad de su propiedad en Bangkok, Tailandia. Resultaron intervenidos medios suficientes para la producción de la página biográfica y pasaportes completos de España, Australia, Dinamarca, Francia, Irlanda, Israel, Italia, Noruega, Irán, Pakistán y Holanda, los medios suficientes para la producción de cartas de identidad de Canadá, Francia, Italia, Holanda y Vietnam, medios suficientes para la producción de Permisos de Residencia y Trabajo de España;
cartas de identidad o permisos de residencia de Canadá, Francia, Italia, Holanda, Vietnam y… España.

Desde el año 2000 hasta la fecha se han intervenido miles de documentos falsos producidos en Tailandia, se han detenido a cientos de personas por todo el mundo provistos de tales documentos y los beneficios económicos obtenidos por la red pakistaní eran, sencillamente incalculables, dado que cada documentos se vendía entre  3.000 y 6.000 euros… y se produjeron miles.

La red era pakistaní, pero, por aquello de la globalización, sus beneficiarios estaban extremadamente diversificados. Ciertamente los pakistaníes no entran Europa con bombas de mano y el sable de abordaje entre los dientes, ni una vez aquí tienen por hábito atracar o traficar… sino trabajar y comerciar, pero no puede olvidarse que una parte indeterminada pero sustancial de ciudadanos asiáticos que han entrado en nuestro país, lo han hecho utilizando documentaciones y permisos de residencia y trabajo falsos e, incluso, que entre ellos, algunos eran terroristas en ejercicio…

Inmigración pakistaní: ¿porqué emigran?

Pakistán es una gran país poblado por unos 150 millones de habitantes. Se declara “república islámica”, lo que no es muy tranquilizador; su lema nacional puede incluso suscitar escalofríos entre la progresía europea: “Fe, Unidad, Disciplina”. Es independiente desde 1947. El nombre de Pakistán significa “tierra de los puros”, pero también procede del acrónico formado por los nombres de las cinco provincias musulmanas del nortea de la India: el Punjab, Cachemira, Sind, Beluchistan y la “provincia del noroeste” o Afgana. Pakistán no es un país con “amplia tradición”, de hecho, históricamente estaba distribuido entre la India y Afganistán y formaba parte de la “joya de la Corona” durante la dominación inglesa. Pero había una diferencia: la religión. Mientras los hindúes pertenecían a las distintas corrientes surgidas del hinduismo, en algunas zonas del norte la religión dominante era el Islam.

En el siglo VII, llegaron los misioneros islámicos a Pakistán, procedentes de Persia (y no de Arabia o de cualquier otro país árabe), lo que incorporó algunas peculiaridades étnicas. Así mismo, el sustrato budista e hinduista originario también introdujo diferencias respecto a la corriente mayoritaria del Islam. Hoy, el islam es mayoritario (97%) en Pakistán a pesar. Existen hindúes, budistas y cristianos en Cachemira. De hecho, a la alta burguesía le gusta enviar a sus hijos a colegios de monjas irlandesas, los mejor considerados.

La presión islamista obligó a los ingleses a dar una independencia separada a las provincias musulmanas. En 1971 el llamado “Pakistán Oriental”, separado del “Pakistán Occidental” por las provincias del Norte de la India, se declaró independiente con el nombre de Bangladesh y la ayuda del ejército hindú. A partir de ese momento la situación entre Pakistán y la India está sometida a tensiones frecuentes con la India (por Cachemira) y con Afganistán (por reivindicaciones fronterizas). Las crisis con la India se sucedieron en el año de la independencia, luego en 1965, más tarde en la guerra de Bangadlesh y, a partir de 2001. Ambas partes, en este momento, disponen de armas nucleares con todo lo que ello implica. Sin embargo, la guerra no ha estallado, luego explicaremos el porqué se mantiene una paz precaria.

No estamos ante una democracia. Desde la independencia las dictaduras militares se han alternado con los gobiernos corruptos. La política pakistaní supone ir de Guatemala a Guatapeor o del hambre a las ganas de comer. El islamismo parece incompatible con la democracia y, por lo demás, decir democracia en Pakistán es decir corrupción.

A partir de 1980, la zona sufrió distintas mutaciones que llevaron a su configuración actual. Pakistán era un país olvidado por Occidente hasta que los soviéticos invadieron Afganistán, evidenciando la persistencia de la tendencia de los zares a abrir camino hacia los “mares cálidos” del sur. En pocos meses, se produjo la mayor migración de la historia moderna de Afganistán hacia Peshawar en Pakistán. Esa zona fronteriza se convirtió en el “santuario” de la resistencia contra los soviéticos. Se comparaban armas vendiendo adormideras cultivadas en el interior de Afganistán. Luego, llegaron los voluntarios yihadistas canalizados por Bin Laden.

La guerra de Afganistán revitalizó indirectamente la economía afgana, pero los niveles de corrupción de la clase política volvieron a ponerla en entredicho. Los diez años que van desde 1988 hasta 1998, vieron sucederse a dos presidentes elegidos democráticamente… y retirados de su cargo por corrupción. El poco énfasis puesto en la creación de políticas serias de desarrollo económico hizo que hacia finales del milenio, la economía pakistaní se paralizara. Además, el esfuerzo económico puesto en la industria de armamento y en la investigación nuclear, terminaron por desequilibrar a la economía local.

Los pakistaníes fueron sancionados por la comunidad internacional a causa de las pruebas nucleares, pero tenían una buena excusa: los indios habían empezado antes. De poco importaba ya quien hubiera empezado antes, la carrera nuclear se había iniciado en Asia. En el 2000 empezó a fraguar lo que parecía que iba a ser una guerra a gran escala entre ambos países. Para colmo, dos fenómenos terminaron por arruinar al país: la crisis financiera finisecular de Asia y la corrupción incontenible en la que cayó la administración de Nawaz Sharif. Cuando el general Prevés Musharraf destituyó a Sharif en 1999, se oía en todo el país un clamor popular que pedía a gritos la intervención militar.

Resumamos: crisis política sostenida desde la guerra de Bangladesh, pérdidas territoriales en aquella ocasión, enfrentamiento con la India, llegada masiva de exiliados afganos, economía fronteriza basada en la guerra y en el tráfico de drogas, corrupción insoportable alternada con gobiernos militares, proliferación de armas tácticas de destrucción masiva, riesgo constante de conflicto y, para colmo, crisis económica generalizada, son los factores, en definitiva, que hicieron que en torno a 3.000.000 millones de pakistaníes decidieran abandonar el país. Muy pocos de ellos, ni los que están en Londres, muchos de ellos nacionalizados británicos, ni los que derivan hacia España, tienen intenciones de volver a la inestabilidad que dejaron atrás. Lo comprendemos. El problema del “tercer mundo” es que la inmensa mayoría de sus habitantes en la inmensa mayoría de países se encuentran en la misma situación: todos miran a Europa. Y, de todos los países europeos, el increíble país menguante regentado por ZP, es el eslabón más débil, la puerta de entrada más accesible, el país dirigido por la mandíbula más blanda del “primer mundo”…

Cifras de la inmigración pakistaní

Antes de que Pakistán fuera independiente en 1947, ya había facilitado un flujo de inmigración hacia Inglaterra no desdeñable. Tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, el ejército británico englobó a miles de soldados pakistaníes. Muchos de ellos, al acabar el último conflicto mundial decidieron permanecer en Inglaterra y, más adelante, trajeron a sus familias. En la actualidad, se calcula que en más de un millón y medio el número de residentes pakistaníes o de origen pakistaní, nacionalizados ingleses que se encuentran en las islas. Aún hoy, Inglaterra sigue admitiendo a un mínimo de 11 a 15.000 pakistaníes al año. Otros contingentes mucho menores se orientan hacia Alemania e Italia y, en la actualidad, de forma preferente, a España. De la misma forma que en España, los inmigrantes de origen marroquí y ecuatoriano son los que tienen tendencia a ocupar los puestos de trabajo peor remunerados, en Inglaterra ese  dudoso honor corresponden a los pakistaníes. De todas formas, Europa no es, necesariamente, el objetivo privilegiado de los pakistaníes. Entre 1975 y 2005, los mayores contingentes de este país se han orientado hacia Bahrein, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, los seis países productores de petróleo miembros de la Gulf Cooperation Council. En 1990 parte de la inmigración pakistaní se orientó hacia los nacientes “dragones asiáticos”, en especial Malasia y Corea.

Hacia 1990, calculando todos los contingentes de la diáspora pakistanó, la cifra de inmigrantes ascendía a dos millones y medio. En la actualidad, la cifra ha ascendido a tres millones y medio que giran anualmente remesas que llegan hasta el 15% del PIB del país (el 48,9% de los pakistaníes residentes en Barcelona envía euros a sus familias, especialmente los que tienen hijos allí). De todas formas, estamos hablando de “trabajadores”, desgraciadamente, las estadísticas inglesas no aluden a familiares no productivos. Es probable que, en total, estemos hablando de entre cuatro y cinco millones de personas. Destinos como Malasia y Corea han surgido como nuevos países receptores.

La economía pakistaní depende en buena medida de estas remesas de divisas que llegan del exterior. La economía, la balanza comercial de Pakistán es deficitaria. Las exportaciones de productos agrarios, ropa manufacturada, cuero, alfombras, tapices, pesca y lana hacia Japón, Estados Unidos, Arabia Saudí y Reino Unido, no rinden excesivos beneficios; no importa, el cuantioso déficit se compensa con los envíos de los inmigrantes. De no ser por sus inmigrantes, la economía del país ya habría entrado en una dramática quiebra técnica.

Hasta el año 2000 la mitad de los pakistaníes que se dirigían a Europa terminaron radicando en Inglaterra. España fue afianzándose a lo largo de los años 90, también como destino de esa inmigración. Pero, a partir de 2001, la inmigración que se fijaba en España se convirtió en mayoritaria. A nivel mundial, Arabia Saudí es el principal destino de la inmigración pakistaní desde que, a finales de los años ochenta, los palestinos que trabajaban en los campos petroleros debieron abandonar el país, siendo sustituidos por pakistaníes. Se estima que, entre medio millón y setecientos cincuenta mil pakistaníes se encuentran actualmente en Arabia Saudí.

En 2002, la población global de inmigrantes en Europa representaba oficialmente el 7,7% y realmente, superaba el 10%. Las “locomotoras” económicas de la Unión Europa (Reino Unido, Alemania y Francia), contaban en esa época con un 10% de población inmigrante, en un período en el que en España, las cifras oficiales eran del 3’2%, las reales alcanzaban el 5%. Sin contar con las redes de trabajo negro y de economía informal, la población activa inmigrante alcanzaba el 6’2% del total de población activa. Pero, si el año 2000 fue el “gran año de la inmigración” en nuestro país, será a partir de 2001, cuando se produzca una tendencia generalizada al aumento de todos los grupos de inmigrantes.

Inglaterra cuenta con 675.000 personas "étnicamente pakistaníes", se inició a principios de los años 60, cuando fue preciso recurrir a mano de obra extranjera para la industria textil del norte del país. Birminhan se convirtió en la “nueva Cachemira”. Cuando el sextor se hundió, el paro se abatió sobre la comunidad pakistaní; hoy, más de dos tercios de las familias pakistaníes residentes en Gran Bretaña se encuentran justo bajo el umbral de la pobreza, mientras que entre la población inglesa esa proporción se reduce a la cuarta parte. ¿Entienden por qué Londres ha dejado de ser el destino preferido de los pakistaníes?

Se atribuye a esta pobreza el que los niños pakistaníes tengan tendencia a fracasar en los estudios. A medida que van creciendo, solamente una cuarta parte termina teniendo algún título; con las mujeres la proporción se reduce a la quinta parte. El resultado es dramático : sin ninguna titulación, no hay forma de reciclar a los pakistaníes en el mercado laboral, la única posibilidad es el pequeño comercio, pero los inmigrantes de esa nacionalidad en Inglaterra no tienen los recursos que tienen los que se han orientado hacia España.

Ya sea a causa de la pobreza endémica o de la brecha antropológica (religiosa, étnica y cultural), el caso es que en 2002 se produjeron disturbios raciales en Yorshire Oeste y en Bradford (donde ya habían estallado incidentes graves el año anterior), protagonizados por jóvenes de origen pakistaní. Una vez más, como ocurrió en Francia en noviembre del 2005, los padres llegaron a Europa para trabajar, pero los hijos viven una situación muy diferente: ni son competitivos, ni están excesivamente interesados en ritmos agotadores de trabajo que los mantengan fuera de sus amigos y de su comunidad, ni tampoco tienen una preparación técnica suficiente para poder encomendarles tareas más allá de las que ellos mismos deploran, básicamente mal pagadas.  Cuando se comparan con los jóvenes de origen británico experimentan una frustración insuperable que los recluye en la marginación, el paro y… el fundamentalismo religioso.

En el momento en que escribimos estas líneas es todavía pronto para saber si realmente, un grupo de jóvenes anglo-pakistaníes, pensaron seriamente en atentar contra aviones británicos o bien se trató de un malentendido, una provocación o unas simples conversaciones entre gente joven frustrada. Lo cierto es que el Islam se convierte con demasiada frecuencia en el refugio identitario de jóvenes frustrados de origen pakistaní.

En España, como siempre, las cosas han empezado tarde, pero avanzan a marchas forzadas. Si bien, la comunidad pakistaní no vive en la situación de precariedad que el grueso de la comunidad inmigrante en Inglaterra, lo cierto es que también en nuestro país se han producido interrelaciones con el terrorismo islámico. Hasta 2004 habían sido detenidos en nuestro país 12 ciudadanos pakistaníes vinculados a distintas redes de terrorismos islámico… reales o supuestas. Estas cifras estaban lejos de los 86 argelinos y 76 marroquís, vinculados a las mismas redes, o incluso a los 26 sirios detenidos… pero los pakistaníes, en términos absolutos, aportaban el cuarto contingente por orden de importancia numérica al terrorismo islámico presuntamente desarrollado en nuestro país.

En 2003, vivían en España, oficialmente 17.645 pakistaníes, todos ellos con permiso de residencia en regla, pero una cantidad dos veces superior se encontraba en ese momento “sin papeles” (entre 35.000 y 40.000). Y debía de llegar, todavía el año 2004 en el cual la inmigración pakistaní casi se dobló tras la llegada de ZP a la Moncloa.

En los primeros días de 2004, oficialmente, Catalunya albergaba a 389.946 inmigrantes pertenecientes a 164 países. Pero era, naturalmente, una cifra falsa por que no recogía a los residentes ilegales, empadronados, pero no regularizados. En una charla dada a principios de 2003 en la sede de una asociación de inmigrantes del Este en Bellvitge, el director de migraciones de la Generalitat nos confesó que a esa cifra había que añadir otros 350.000 empadronados, no regularizados. Y nosotros le decíamos que, probablemente, hubiera que añadir otros 50.000 ilegales no regularizados que utilizaban la tarjeta de empadronamiento de otros para recibir atención médica. Estábamos hablando, entonces de 700-800.000 inmigrantes solo en Catalunya, la cuarta parte de los que residían en España. Aludimos específicamente a Catalunya porque es ahí en donde se concentra el 90% de la inmigración pakistaní en España.

Hasta el año 1999, los pakiestaníes en España eran pocos e imperceptibles. Pero el efecto llamada generado por la reforma de la ley de inmigración promovida por los socialistas con el apoyo de todos los partidos parlamentarios, salvo del PP, llegaría hasta Peshawar, Islamabad y Rawalpindi. Esta inmigración hubiera pasado desapercibida para casi todos salvo para los aventureros de nuevas sensaciones gastronómicas, de no haber sido por el largo encierro de un centenar de pakistanías en la Iglesia del Pi que se prolongó del 20 de enero al 8 de marzo de 2001. Nos acostamos considerando a Pakistán un destino turístico exótico y nos despertamos con los pakistaníes entre nosotros. Pero, todavía eran pocos en relación a marroquíes y ecuatorianos, incluso las gitanas rumanas que pedían limosna en bandadas por las principales arterias urbanas, eran mucho más visibles que las hormiguitas laboriosas pakistaníes. Al terminar 2004, la comunidad pakistaní barcelonesa había duplicado en apenas un año sus efectivos. Además la inmensa mayoría de pakistaníes se concentraron en Barcelona. Ninguna de las múltiples ONGs, generosamente subvencionados, alertó sobre este crecimiento desmesurado. Y, ¿cómo fue que la Delegación del Gobierno de Barcelona no hiciera caso de las pesquisas que la policía nacional de la ciudad seguía sobre las andanzas de bandas mafiosas pakistaníes desde 1992, especialistas en falsificar cualquier documentos falsificable? En el fondo, cualquier ciudadano del Raval estaba mucho más al corriente de la realidad de la inmigración en esa época –y seguramente, ahora- que la Delegación del Gobierno en el 2004 o que el gobierno ZP.

Cuando los Caldera, Rumi, Pajín, se dieron cuenta de lo que estaba pasando, era tarde y ya nada ni nadie lo podía detener. Cifras en mano –cifras realistas, se entiende, no cifras tranquilizadoras, las que habitualmente el gobierno ZP ofrece al consumo- el crecimiento de la comunidad pakistaní en Barcelona, había sido espectacular entre 2004 y 2006.  A pesar de que ZP parece “receptivo” a las autonomías, lo cierto es que él vive atrincherado en el complejo de la Moncloa y desconoce completamente la realidad social que no registra El País ni se percibe en los altos muros de la Presidencia del Gobierno. En Madrid, no hay pakistaníes. Y en León, menos. Así que, es probable, que a la vista de la simplicidad y/o rusticidad de los conceptos políticos con los que se mueve ZP, es posible que en 2004, cuando las bombas providenciales cambiaron el destino de este país, ni siquiera supiera que existían inmigrantes pakistaníes en España. Ignoraba, así mismo, que de los 14.322 pakistaníes regularizados en 2002, la casi totalidad vivían en Catalunya y la inmensa mayoría de estos en Barcelona capital. Y, así mismo, ignoraba que estas cifras oficiales ni siquiera eran reales. ¿Para qué conocer las reales, si las oficiales ya son suficientemente preocupantes?

Las peculiaridades sociológicas de la inmigración pakistaní

¿Recuerdan que les decía que tengo muchos amigos pakistaníes, pero siempre me han mantenido lejos de sus mujeres? Lo atribuía a prejuicios religiosos y la creencia popular es que las tienen encerradas en sus domicilios, sin apenas salir a la calle. Hay algo de eso, pero la realidad es muy diferente. El 94% de los inmigrantes pakistaníes son de sexo masculino. De todas formas, en el 2003, 617 mujeres de esa nacionalidad tenían “papeles” y residían en Barcelona. Y yo seguía sin conocer a ninguna. Y en eso estoy. Parece ser que la inmensa mayoría de esas 617 mujeres (aun cuando no hay cifras, a la vista del incremento de la comunidad pakistaní en los últimos años, todo induce a pensar que en la actualidad estaremos en torno a las 2000 entre legales e ilegales) llegaron a España casadas, acogiéndose a la reagrupación familiar pedida por sus maridos. De hecho, el 71’5% de los pakistaníes que llegan a España están casados y, en torno a la mitad, desean traer a sus esposas o ya las tienen aquí. El resto o está soltero o creen que, a la vista de las costumbres de las mujeres españolas, podría producirse un contagio que consideran perverso e insano, así que no tienen intención de traerlas. La media de hijos de cada matrimonio pakistaní residente en España es de 3’5 hijos.

Ellas son las visitantes más asiduas a los médicos, acaso por cuestiones de maternidad. Los pakistaníes no son una comunidad étnica que tienda a “abusar” de los servicios sociales. Los que utilizan son pocos y siempre los mismos: educación gratuita para sus hijos, becas comedor –que tienen todos los niños pakistaníes- y poco más. Ahora bien, sólo el 20% ha recurrido en alguna ocasión a la asistencia social y casi siempre en las primeras semanas de su estancia en España. Es evidente que los pakistaníes llegan para unirse a sus familiares y amigos, se refugian en su propia comunidad y de ella obtienen lo esencial para asentarse y sobrevivir. Además, la mayoría de las consultas a los servicios sociales son realizadas por los pakistaníes que tienen hijos en edad escolar. El 48,2% han utilizado una o varias veces los servicios hospitalarios y 62,9% han acudido a la asistencia primaria y el 35% jamás han acudido al médico. Ellas, seguramente por causas de maternidad, van más al médico que ellos: 77% frente al 23% de los varones. Precisamente en los servicios de rehabilitación traumatológica del FREMAP conocí a un simpático pakistaní que llevaba diez años en España (cuatro “con papeles”) y tenía ¡ocho hijos! Durante la hora y media que duraba nuestro tratamiento no teníamos otra cosa que hacer más que hablar. Aproveché para conocer muy bien a la comunidad pakistaní. Formaba parte del 70% de pakistaníes residentes en España que tienen hijos. Era un pakistaní típico de la inmigración en España: pulcro, educado, comedido en sus comentarios, solamente reaccionaba con hostilidad cuando se le mencionaba a los magrebíes. Se preocupaba extraordinariamente por cumplir la legislación española en materia de extranjería. Curiosamente, tenía miedo de que si quedaba en paro lo repatriaran y no había forma de convencerle de que ni siquiera los delincuentes multirreincidentes eran puestos en la frontera. Vivía en el Raval como la mayoría de sus compatiotas (en 2003, el 62% residían en el Raval que, en el futuro podrá llamarse “el pequeño Punjab” a la vista del crecimiento espectacular del tejido pakistaní en la zona; el resto vive en los barrios próximos al Raval, Pueblo Seco, Sans-Montjuich y Sant Marti), el piso era una tercera planta (cuarta en realidad) sin ascensor; pequeño y pulcro, por todas partes había recuerdos de su Punjab natal y me dio la impresión de que salían niños hasta de debajo de las baldosas. Sus estudios correspondían a una formación profesional en electricidad y aspiraba a que algunos de sus hijos fueran ingenieros. Tenía claro que el que no sirviera o no quisiera estudiar, trabajaría con él como electricista. Era, como el 100% de los pakistaníes residentes en España, musulmán y pertenecía al 82% que practican su religión tal como ordena el Corán.

El problema con los pakistaníes es que sus estudios no tienen paralelismo en España. Es difícil saber cuando te dicen que tienen estudios primarios, si realmente los tienen o si se están refiriendo a “estudios coránicos”. El 36% tiene el equivalente a estudios secundarios y el 13,2% estudios superiores. Cuando se les conoce, llama la atención que la mayor parte de inmigrantes pakistaníes residentes en España no huyeron de su país por que no fueran capaces de sobrevivir allí (como ocurre con la inmigración africana, magrebí y subsahariana), sino que (tal como ocurre con algunas contingentes iberoamericanos) allí casi fueran “privilegiados”. La mayoría de pakistaníes tenían trabajo en su país y pertenecían a lo que aquí conocemos como “clase media”. Disponían de, más o menos fondos, que les permitieron abrir comercios en Barcelona. A diferencia de los ecuatorianos y magrebíes, la comunidad pakistaní apenas conoce el paro. El 45% trabajan en el pequeño comercio y el 22% en hostelería; casi todos están empleados por miembros de su propia comunidad o bien son los propietarios de los negocios. Se trata de un contingente de inmigrantes muy particular y, en cierto sentido, anómalo en relación a otros.

A pesar de vivir la inmensa mayoría en Catalunya y, más en concreto, en Barcelona, lo cierto es que la lengua catalana les importa muy poco. No ven práctico aprender el catalán. La Generalitat no puede evitar su perplejidad y hostilidad a esta tendencia. Los pakistaníes le llaman pragmatismo: uno me decía que el español les puede permitir residir y trabajar en Miami, California o Nueva York. Con el catalán, en cambio, lo tendrían bien para trabajar en Andorra, lo cual no entra en sus proyectos. En 2003, el 95% hablaba español y de ese porcentaje, el 66% lo hacía con dificultades. Ahora bien, es posible que estas cifras hayan descendido a la vista del incremento de la inmigración pakistaní en los últimos tres años. Su dominio del inglés les permite tratar con extranjeros (más del 54% lo habla correctamente). He conocido un joven paquistaní empleado en un comercio de Gracia que hablaba la mayor parte de idiomas europeos; los había aprendido como inmigrante –frecuentemente, ilegal- en Alemania, Italia, Francia y España. Era su forma de realizar turismo. Nos habituamos a que mientras él me calculaba con la registradora el precio de los productos que había elegido, yo lo calculaba mentalmente. A pesar de la religión, sus peculiaridades antropológicas y demás, reconozco que los pakistaníes son abiertos y, aun a pesar de que sobre todo confían en su comunidad, no se cierran a mantener amistad con autóctonos. En tanto que musulmanes, la abstención de alcohol, evita los graves problemas de alcoholismo (y desmadre) que tienen las comunidades procedentes de iberoamérica o los territorios de la antigua URSS. Además, cuando se habla con ellos, uno no tiene la sensación de que intenten aprovecharse o que preparen el terreno para un sablazo o cualquier favor. Y no se tiene la sensación porque no entra dentro de sus planes. Son orgullosos y los he conocido con un estilo, incluso aristocrático (lo mismo puede decirse de los sijs). Si precisan algo, lo solicitan a su comunidad. La comunidad étnico-religiosa es su identidad suprema, su sostén y su refugio.

El 65% no tienen intención de regresar a su tierra. Son conscientes de que la inmigración masiva puede crearles problemas, pero tampoco quieren renunciar a traer a sus amigos y familiares. El 90% proceden del Punjab. El principal atractivo de nuestro país es el alto nivel de coberturas sociales que les garantizan a ellos y a sus familias atención médica en caso de necesidad. Eso es un lujo en el “tercer mundo”.

Se tiene tendencia a pesar que la mayoría de establecimientos regentados por pakistaníes son tiendas de souvenirs y comercios dedicados a la alimentación, pero, en realidad, abarcan otros muchos campos: después de los comercios de alimentación y los locutorios, resulta curioso comprobar que el tercer puesto lo ocupan… las barberías. Hay unas ocho en el Raval. En realidad, la barbería es un lugar de encuentros para la comunidad pakistaní, equivalente a los bares de tapas en España o a los pubs en Inglaterra. Islam obliga. Realmente, cuando en un bar no se pueden tomar ni cerveza ni embutidos, quizás la mejor solución sea reunirse en la barbería.

Esta comunidad empieza a evidenciar algunos problemas derivados de su creciente masificación. En el 2003 la guardia urbana descubrió un piso de 50 metros cuadrados en la calle Carretes en la que vivían 25 personas… 1 por cada 2 metros cuadrados. Piénsenlo y horrorícense. Algunos emprendedores pakistaníes han comprado pisos a precios extremadamente baratos en Casa Antúnez, no para vivir en ellos sino para alquilarlos a miembros de otras comunidades. Allí van a parar gitanos rumanos. El carácter comunitario de la inmigración pakistaní es garantía suficiente de que los “romanís” residentes en esos pisos pagarán el alquiler o deberán vérselas con toda la comunidad. En el Raval, los arrendadores españoles a través de agencias inmobiliarias particularmente toscas, han terminado cobrando alquiler, no por la superficie del piso, sino por cada residente en el mismo.

En el Raval se ha producido un fenómeno sociológica a partir de 1990 que recibe el nombre de “gentrificación”. Es un fenómeno paradójico y no suficientemente explicado. Básicamente consiste en la confluencia de dos grupos sociales en barrios en crisis. De un lado aparecen pequeños contingentes inmigrantes por lo barato de los alquileres. Se trata de barrios en los que la población es de edad elevada y va falleciendo paulatinamente dejando sus domicilios (casi siempre de alquiler) libres. Se trata de zonas con vivendas antiguas, abundancia de locales comerciales e industriales, todos ellos necesitados de reformas profundas. Estas solamente pueden ser abordadas por los propios inquilinos… o bien por gentes que dispongan de fondos suficientes para encargarlas a empresas de restauración. Si, porque la segunda componente de los procesos de gentrificación son elementos de las clases acomodadas que trasladas sus talleres y residencias a esas mismas zonas, en las que parece no existir problemas de espacio. Desde 1990 se instalaron en el Raval –paralelamente a comunidades de inmigrantes- los talleres de muchos artistas, profesionales y diseñadores que transformaron antiguos locales industriales en “lofts” y estudios de trabajo. Lo que atrae a estos clientes “selectos” es la amplitud, el tipismo y la proximidad al centro histórico. Este proceso, finalmente, no ha podido consumarse. Con la masificación de la inmigración en el Raval, los intelectuales, artistas y profesionales que habían ocupado los antiguos locales industriales, reconvertidos en lofts, han ido espaciando sus visitas. Y en cuando a los pisos nuevos construidos en los aledaños a la Rambla del Raval, y en torno a las Ramblas (la misma Plaza Reial), registran en estos momentos incesantes cambios de propiedad. La gentrificación se ha transformado en guetización, a caballo de una “limpieza étnica” de facto, operada espontánea, pero inexorablemente.

La inmigración masiva ha “rejuvenecido” a la población barcelonesa. Hasta 1996 la edad media de la ciudad iba “envejeciendo” (la media de 35’8 años de edad en 1996, descendió a 32’2 años en 2001, gracias a la inmigración). Así mismo, la tendencia que se inició a principios de los años ochenta, suponía una constante pérdida de población a un ritmo de casi 20.000 habitantes/año entre 1981 y 1996… pero, a partir de 1996, la ciudad de Barcelona ha ganado 30.000 nuevos habitantes. No es que haya aumentado la población autóctona, de hecho este colectivo de población (entre los que me encuentro) ha abandona la ciudad a un ritmo mayor… es que la población inmigrante ha aumentado hasta ser un 15% del total.

Todo esto recuerda extraordinariamente el “proceso marsellés”, iniciado también a principios de los años 80. Cada año, desde entonces, 30.000 franceses han ido abandonando Marsella cada año; los huecos han sido cubiertos por inmigrantes, preferentemente magrebíes y subsaharianos. Hoy, Marsella –hay que reconocerlo- es una sombra de lo que fue hace veinticinco años. Mi padre conocía muy bien Marsella y me decía que era una de las ciudades más parecidas a Barcelona. Pues bien, Barcelona ha optado por un modelo de inmigración que, voluntaria o involuntariamente, le crea un destino que yo jamás hubiera querido para mi ciudad. La Barcelona del mañana, es la Marsella de hoy. Y no tengo muy claro, ni siquiera, que la comunidad pakistaní desee ese destino para la ciudad que los ha acogido.

Por cierto, el “Nuevo Estatut” prevé “competencias exclusivas” para la Generalitat en materia de inmigración. A partir de ahora ya no habrá excusas, la política de inmigración será trazada desde la Plaza de Sant Jaume… Allí se encuentras las dos instituciones –frecuentemente rivales- frente a frente: la Generalitat y el Ayuntamiento. Y tiene gracia que la Plaza de Sant Jaume esté situada entre los barrios del Raval y de la Rivera, apenas a 200 metros de las Ramblas. La inmigración alcanza en esos barrios más del 65%... y sigue subiendo. No sé por qué pero las dos instituciones de la Plaza de Sant Jaume me recuerdan a un “Fort Apache” rodeado por tribus hostiles.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

La inmigración en el mundo feliz de ZP (I de X): Dossier inmigración boliviana

La inmigración en el mundo feliz de ZP (I de X): Dossier inmigración boliviana

 

Infokrisis.- En los tres años y medio de publicación de infokrisis nos hemos visto obligados a tratar en varias ocasiones el tema de la inmigración. A pesar de lo alerta que hemos permanecido, no hemos podido evitar que la inmigración haya evolucionado mucho más rápido que nuestra atención. Vamos a intentar paliar este problema dedicando una serie de Dossiers a los distintos contingentes nacionales de inmigrantes que residente en este momento en España.

Bolivia: ¿Frente secundario de la inmigración masiva?

Habitualmente se considera que Ecuador es el principal exportador de inmigrantes andinos, seguido por Perú y Colombia. Bolivia rara vez aparece en primera fila y, por tanto, lo hemos elegido como arquetipo de países con baja demografía (si bien casi ha duplicado la población en el último cuarto de siglo) cuyas tasas de inmigración van creciendo exponencialmente y, si no en número, al menos superan en porcentaje al de otros países. Bolivia siempre ha sido una caja de sorpresas y mucho más ahora que un nuevo gobierno “indigenista” se sienta en el Palacio Quemado de La Paz.

Queremos recalcar que la inmensa mayoría de los datos que hemos utilizado a continuación han sido extraídos de las ediciones digitales bolivianas, accesibles a través de Internet. Lo que hemos encontrado nos ha sorprendido y podemos atestiguar –porque trabajamos directamente con periodistas bolivianos durante nuestra estancia en aquel país- que la prensa es una de las pocas instituciones “serias” de Bolivia. Así pues, la fiabilidad de los datos que siguen no puede ser puesta en duda.

La frecuencia de los datos aparecidos en la prensa boliviana sobre la inmigración no deja de sorprender. Si antes del ascenso a la presidencia de Evo Morales eran dispersos y sin grandes precisiones, evidenciando que la inmigración hasta ese momento era un puro goteo, a partir de la subida de Evo Morales y del MAS, la inmigración se ha convertido en uno de los temas estrella de la prensa boliviana. Raro es el día en que, por uno u otro motivo, el consabido tema de la inmigración no aparece en algún medio boliviano. Es fácil interpretar el fenómeno: lo que hasta Evo Morales era un goteo, a partir de su presidencia se ha convertido en un flujo continuado.

1. La demografía boliviana en expansión

Las migraciones son un problema en Bolivia, no solamente migraciones hacia Europa (España), sino especialmente hacia los países limítrofes (Argentina y Brasil), pero también constituye un problema interior. En efecto, la población de La Paz está desplazándose hacia Santa Cruz. Y cuesta encontrar encuestas que reflejen este problema. Habitualmente, se suele decir que la población boliviana se concentra en los departamentos de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Estos tres departamentos agruparían al 70% de la población boliviana. Pero decir esto es decir poco y, especialmente, no reflejar la tendencia de las migraciones interiores: Santa Cruz es (o era…) casi una ciudad colonial en medio de la selva, mientras que La Paz es una ciudad típicamente andina y escasamente europea. Esta migración interior, desde La Paz hasta Santa Cruz, altera la composición étnica de ésta última y es uno de los motivos por los que el Oriente boliviano ha amenazado en múltiples ocasiones con independizarse. Estamos persuadidos de que durante el gobierno de Evo Morales –dure lo que dure y no somos muy optimistas al respecto- esta tendencia segregacionista se acentuará.

En 2005, 5.165.882 habitantes vivían en zonas urbanas y 3.108.443 en áreas rurales. Aparentemente, el país está relativamente equilibrado entre “campo” y “ciudad”, pero no es así. A pasos agigantados, el campo boliviano se va abandonando. Los campesinos inician su periplo migratorio, habitualmente en La Paz y Santa Cruz; luego, los que han radicado en La Paz perciben, no solamente que allí no hay trabajo, sino que los paceños se han ido desplazando hacia Santa Cruz y hacia el exterior y se suman a este movimiento de población. Si tenemos en cuenta que la media de hijos por matrimonio boliviano es de cuatro, resulta significativo que solamente se haya producido un aumento de 382.497 personas en áreas rurales desde 1992, mientras que en áreas urbanas ha ascendido a 1.471.036.

Hoy, el 60% de la población boliviana es menor de 25 años y solamente los adolescentes de entre 10 y 20 años representan el 23%. Además, las mujeres en edad fértil (de los 15 a los 49 años) son el 50% de las mujeres del país. En los dos últimos censos, la pirámide de población se ha estrechado ligeramente en la base, pero la natalidad sigue siendo alta o altísima, especialmente en los departamentos del Beni, el Pando o Potosí. La Paz y Oruro es donde más desciende la población… pero no por un descenso en el número de hijos por pareja, sino por las migraciones interiores y exteriores. Así se entiende que en Santa Cruz esta disminución sea casi imperceptible.

A pesar de la despoblación acelerada del medio rural boliviano, el hecho verdaderamente dramático es que la capital, La Paz, en lugar de ganar población, la pierde anualmente. Doce de cada mil habitantes abandonan la “olla de La Paz” cada año, en cifras reales, algo más de 10.000 habitantes perdidos por año. Este proceso, sostenido desde el año 2000, hace que, a pesar de que la edad media de los habitantes de La Paz sea de 29 años de edad, sea cinco años superior al resto del país (24 años). La gente joven está abandonando la ciudad y emprendiendo el camino de la emigración. Se van especialmente cuadros técnicos, profesionales y mano de obra cualificada, así como estudiantes de la Universidad de San Andrés. En pocos años, esta “fuga” se hará sentir dramáticamente en la capital boliviana.

Cuando más del 20% de la población de un Estado emigra es que ese Estado ha dejado de existir y se ha vuelto inviable. Esto ya ha ocurrido con algunas naciones centroamericanas y caribeñas que han perdido todo su capital humano camino del exilio económico. Se pierden cerebros, se pierde mano de otra, se pierde espíritu de iniciativa. En estos países se produce una especie de “selección al revés”, en la que los mejor preparados e inquietos huyen hacia el exterior, mientras que los más acomodaticios, conformistas y lánguidos, permanecen en el país, rebajando la productividad y acentuando la degradación de los servicios y el marasmo del Estado.

Además, la inmigración masiva produce efectos económicos perversos. Sí, la economía nacional –como es el caso de la boliviana- recibe importantes remesas económicas de la inmigración que, al alcanzar ciertos niveles, se vuelven imprescindibles para el equilibrio macroeconómico. El primer efecto es inhibir las exportaciones, en tanto que sobrevalúan la moneda nacional. Eso tiende a generar efectos inflacionarios, generar dependencia y desigualdad social. Ya ha ocurrido en el Magreb y ahora está ocurriendo en las economías andinas. Para colmo, esas remesas son pan para hoy y hambre para mañana. Los niveles de pobreza se reducen en el país receptor de las divisas, y se tiende a pensar que no hacen falta estrategias para mitigar los graves problemas sociales derivados de la pobreza. Simplemente, ésta disminuye porque se palia con los fondos llegados de fuera. Error. En África, los poblados que más inmigración han generado son los que en estos momentos tienen más abandonadas las tierras de cultivo y las economías locales. Simplemente, los familiares emigrados envían pequeñas cantidades mensuales que allí son tesoros, y si uno tiene un tesoro, ¿para qué precisa trabajar?

Desde los años 90, las medidas impuestas por el FMI y las instituciones de crédito internacionales en América Latina, no están teniendo como resultado la creación de empleo y el crecimiento económico, sino una ampliación de las bolsas de paro, una falta global de perspectivas y una desesperación creciente de las clases medias hacia abajo que, por si misma, genera los flujos migratorios.

A la vista de los datos demográficos, la situación de Bolivia es muy similar a la de los países del Magreb, con una población extremadamente joven, con unas migraciones interiores sostenidas y, finalmente, con una falta absoluta de perspectivas para los sectores juveniles que optan por la inmigración. En realidad los países andinos son nuestro segundo Magreb. No llegan con cayuko ni patera, sino con algo mucho más sofisticado: los Boeing que diariamente aterrizan en Barajas. Quien diga que esa inmigración es incontrolable, es sencillamente un imbécil o pretende engañar con mala fe. Esta inmigración no tiene mafias detrás, sino instituciones bancarias respetables –algunas de ellas españolas- que les conceden los créditos necesarios para venir a nuestro país.

2. ¿Cuántos inmigrantes ha generado Bolivia?

Goteo ayer y chorro hoy, la cuestión es que existe cierta opacidad de datos sobre los inmigrantes bolivianos que se encuentran en el extranjero. Antes decíamos que la prensa es una de las instituciones bolivianas serias, y con la misma rotundidad podemos afirmar que las estadísticas y los censos son poco fiables. El nivel de corrupción en unos casos y de apatía en otros es tal, que impide que podamos confiar en los datos que nos aportan.

Ahora bien, en la prensa boliviana se publicó el 24 de julio de 2006 que “entre Enero y Diciembre de 2005, alrededor de 47.000 ciudadanos bolivianos emigrantes regularizan su situación migratoria en España”. El titular no está desde luego redactado según los patrones de la prensa española, pero se entiende a la perfección. Tenemos a casi 50.000 bolivianos regularizados, de los cuales, buena parte –pero no todos- debieron serlo en el período de la malhadada “regularización masiva” entre febrero y mayo de 2005. Mientras que en 2001 tan solo residían en España 3344 bolivianos, cuatro años después la cifra había ascendido a 50.738; es decir, se había producido un aumento del ¡1417,287%! Pero la situación es mucho más grave, y apenas dos meses después, se publicaron nuevas cifras de emigración hacia España.

Las últimas cifras sobre inmigrantes bolivianos en España nos llegan de Bolivia, así que son creíbles. Como se sabe, las cifras dadas por el gobierno ZP tienden siempre a minimizar el impacto de la inmigración. Escribo estas líneas justo cuando se han dado las cifras de muertes en cayuko, unas 3000 desde principios de año; pues bien, hace solo tres meses ZP, con una seriedad pasmosa, decía en el Parlamento que el tema de las pateras estaba resuelto… Así que si las cifras proceden de Bolivia, a nuestros efectos, son más creíbles que las que facilita el gobierno español. A principios de agosto de 2006, las cifras de residentes bolivianos en España, legales e ilegales, ascendía a 100.000, mientras que otras la elevaban a 150.000, e incluso la Cancillería boliviana se atrevía a cifrar la frecuencia semanal de emigrados a España en un millar, lo que coincide con nuestras apreciaciones y con las conversaciones que hemos mantenido con funcionarios policiales destacados en Barajas. El Cónsul de España José Fernández, entrevistado por los medios de comunicación bolivianos a principios de junio de 2006 reconocía cifras parecidas. A la pregunta de “¿Cuál es el flujo migratorio a España?”, respondía: “Cada semana hay dos vuelos directos de 400 personas a España, ya son 800. Estimo que otras 200 se van vía Chile, Argentina y Brasil. Mil personas se van a España todas las semanas. Semanalmente otorgamos alrededor de 50 visas de trabajo”. Si tenemos en cuenta que la presión migratoria boliviana hacia España se inició en el 2001, es decir en torno a hace 60 meses, esto es 240 semanas, las cifras de residentes bolivianos en España deben oscilar entre 125 y 150.000.

Las dos comunidades mayores eran las de Madrid, con 35.000 residentes (posiblemente 50.000 según otras fuentes), la mayoría procedentes de Santa Cruz, y la de Barcelona con 25.000 (posiblemente 32.000), en su mayoría procedentes de Cochabamba. En el proceso de regularización de 2005, el 65% de los acogidos eran mujeres dedicadas a servicio doméstico. El propio gobierno boliviano reconocía que esta mayoría inusitada de mujeres que integran los contingentes migratorios se debía, no sólo a la precariedad laboral, sino especialmente a la discriminación sexual que sufren en su propio país. En cuanto a los hombres, suelen trabajar en hostelería y construcción. Por edades, el 84% tienen más de 16 años y el 16% son menores de esa edad. A finales de 2005, los bolivianos residentes en España remitían 500 millones de dólares al año a sus familiares.

¿Creen ustedes que el petróleo explotado por Petrobras y Repsol YPF constituye el principal ingreso de Bolivia? Se equivocan. Aquel país en el que, con un pico y una pala, prácticamente puede encontrarse en cualquier lugar un mineral estratégico, ha logrado que las remesas enviadas por los emigrantes a sus familias en el interior del país sean superiores a cualquier otro ingreso. Cifras oficiales bolivianas revelan que las remesas del exterior registradas en el Banco Central de Bolivia llegaron a 277 millones de dólares en 2005, incrementándose un 64% respecto a los niveles de 2004; pero fuentes del Banco Internacional de Desarrollo elevan estas cifras hasta 422 millones de dólares en 2004 y 860 millones de dólares en 2005, lo que representa el 8,5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). Sólo la venta de gas natural va algo por delante de estos ingresos. La economía boliviana, como la de Marruecos y del resto del Magreb, depende completamente de las remesas remitidas por la emigración. La fragilidad de economías así concebidas no se escapa a ningún analista. Una economía así es inviable a medio plazo, especialmente cuando los emigrantes no contemplan la posibilidad de volver a su país, sino la de acogerse a la reagrupación familiar en el país de acogida.

¿Qué puede pensarse de un país poblado por nueve millones de habitantes de los que ¡una tercera parte!, ha emprendido el camino de la inmigración? Se trata de un país frustrado, cuyos gobiernos, en los últimos 25 años, han ido fracasando sucesivamente a la hora de gestionar la “res publica”. El dato de los tres millones de inmigrantes bolivianos fue facilitado el 15 de abril de 2006 por la Organización Internacional de Migraciones y la Dirección Nacional de Migración de Bolivia. Los principales destinos eran, por este orden, los países limítrofes (lo que parece normal) y España, situada a 14.000 Km. de distancia (lo que ya no es tan normal). Pero hay algo peor: no se van todos los que quieren, sino solo los que pueden. En la edición de ese día (15.04.06) del diario boliviano La Razón se añadía el preocupante dato de que cinco de cada diez bolivianos estarían dispuestos a irse del país (cifra ligeramente menor a la de marroquíes que desean abandonar su país). Ese porcentaje había aumentado en los últimos meses, ante la seguridad de que la situación económica del país iba a degradarse. Evo Morales no parece inspirar confianza al 50% de la población, entre los que se encuentran muchos de los que le votaron. La Razón (boliviana) escribía: “En marzo último, la empresa Apoyo, Opinión y Mercado realizó para este diario una encuesta sobre el tema de la migración en las ciudades de La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz. El sondeo se hizo entre 1.025 personas, de 18 a 70 años de edad, que correspondían a cinco niveles socioeconómicos. El resultado es que el 53 por ciento de la gente consultada dijo que optaría por ir a vivir al extranjero si tuviera la posibilidad de hacerlo”. La nacionalización de todo lo nacionalizable no anima a los bolivianos a quedarse. Los motivos que la encuesta atribuía a esta migración no eran el atraso del país y la pobreza, sino los bajos niveles salariales, la precariedad en el empleo y la falta de trabajo.

En Bolivia el desempleo en el área urbana llega al 10% de la población activa (4,6 millones). No es una tasa alta, pero nos equivocaríamos si la valorásemos de manera optimista. En ese porcentaje no se recogía el número de gente que vive de la economía “informal” para sobrevivir. Se estima que entre el 40 y el 60% de los bolivianos están en esa tesitura, es decir, laboralmente en la inseguridad más absoluta. Para colmo, cada año se incorporan 140.000 jóvenes al mercado de trabajo que no tienen la más mínima posibilidad de encontrar un empleo que les garantice la supervivencia.

Esa misma encuesta estableció que dos de cada tres bolivianos tienen parientes emigrados. Sus familiares que todavía no han emprendido el camino del exilio económico ni solicitado la reagrupación familiar, consideran que los inmigrantes “viven algo mejor” que cuando se marcharon del país. Es inevitable que el ejemplo cunda y que el principal problema de Bolivia, en el momento actual, no sea nacionalizar el petróleo, sino encontrar fórmulas para detener su sangría demográfica o, de lo contrario, en solo unas décadas el país estará prácticamente despoblado.

La emigración boliviana se orienta según su capacidad económica: los campesinos pobres se van a trabajar a Argentina o a Brasil, mientras que los que pueden disponer de algunos ahorros o presentar un aval para un crédito (habitualmente pequeños comerciantes, vendedores ambulantes o propietarios de pequeñas haciendas) emigran hacia España y en mucha menor medida a EEUU.

Se calcula que en Argentina residen 1.500.000 bolivianos, de los cuales 850.000 residirían en la capital y otro tanto en las provincias argentinas. Si tenemos en cuenta que la situación económica de la República Argentina no es precisamente boyante, puede comprenderse el infierno económico que los bolivianos dejaron atrás. De todas formas, buena parte de la inmigración boliviana en Argentina es anterior al hundimiento de la economía de éste país en 2001. Es más, a la vista del descalabro del “corralito” argentino, muchos bolivianos que habían logrado hacerse con unos mínimos ahorros, en lugar de emprender el camino de regreso a su país, lo hicieron hacia España. Si a eso añadimos que la emigración hacia los EEUU se detiene bruscamente al aumentar los controles tras el 11-S del 2001, se entiende que a partir de los dos primeros años del milenio, la inmigración boliviana se replantee su destino.

De hecho, a partir del año 2000, la emigración boliviana elige como destino preferencial España. Hoy residen en nuestro país un número de bolivianos no inferior a los 150.000, concentrados en Madrid y Catalunya que, por término medio, envían unos 300 euros a sus familias… Las cifras son de una asociación boliviana de inmigrantes, pero es posible que no sean fiables. Además, datan de junio de 2006: tres meses después, probablemente, ya habrá sufrido un incremento. Sí, porque, a partir de mayo de 2006, la inmigración boliviana en España aumenta extraordinariamente.

No podemos saber exactamente el ritmo (algunos funcionarios de Barajas nos han asegurado que en torno a 250-300 bolivianos entran diariamente como turistas…), pero sí podemos intuir la intensidad del fenómeno a tenor de algunas informaciones publicadas entre mayo y junio de 2006 en la prensa boliviana. Si no olvidamos que el “destino preferencial”, aquí y ahora, de los bolivianos es España… es evidente que esos bolivianos precisarán pasaporte para entrar como turistas por Barajas. Por eso hemos recogido algunas noticias sobre el funcionamiento de estas oficinas de migración. Resumamos lo que el lector va a encontrar en las páginas siguientes: tales oficinas están desbordadas desde el ascenso al poder de Evo Morales.

Noticia publicada en la prensa boliviana el 10 de abril de 2006: en las semanas anteriores –los datos son de periódicos de distintas tendencias- la inmigración boliviana decidió entrar por los aeropuertos parisinos, a la vista de la saturación en Barajas. Pero a principios de abril, las autoridades aduaneras galas rechazaron aviones enteros de inmigrantes bolivianos, con lo cual disminuyó momentáneamente la entrada de ciudadanos bolivianos en España. Desde principios de año y hasta ese momento, muchos miles de bolivianos decidían entrar por París y luego ganar la frontera española. Pues bien, una vez corrió el rumor de estos “retornos”, la petición de pasaportes en Bolivia disminuyó sensiblemente, especialmente en Santa Cruz. No hay que olvidar que todos aquellos que eran devueltos perdían todo lo que habían invertido y no podían hacer frente a los créditos avalados con su escaso patrimonio… La directora de Inmigración en Santa Cruz, Olga Lidia Espinoza, recordó que la actitud de las autoridades galas era particularmente perjudicial para la emigración boliviana dado que “…el 80 por ciento de los pasaportes tiene como destino España” (por su había alguna duda). Eso provocó que de los 400 pasaportes expedidos diariamente por la oficina de migración cruceña se pasara a algo más de 300. Recapitulemos: el 80% de bolivianos que reciben pasaporte sólo en Santa Cruz, va a España. Hasta la crisis de entradas en París, se daban 400 pasaportes, es decir 320 con destino estadístico a España. Estas cifras se mantenían desde principios de año. Así pues, en 20 días de trabajo al mes, la oficina de Santa Cruz habría expedido 48.000 pasaportes, de los que el 80% tendrían la intención de venir a España (36.400). Pero si tenemos en cuenta que la oficina de Santa Cruz supone el 30% de los pasaportes expedidos en Bolivia, habrá que multiplicar esa cifra por tres. En otras palabras: sólo en la primera mitad de 2006, 72.800 bolivianos han pensado seriamente en establecerse en España, importándoles un rábano el incumplir la legislación de inmigración de nuestro país y hacerlo por la vía de los hechos consumados. La historia termina cuando la diligente Olga Lidia Espinoza comenta airada que Francia “está devolviendo a bolivianos que usan el pasaporte que nosotros les damos”. Luego veremos que existe una red de corrupción en la oficina de migración boliviana y que las irregularidades y fraudes abundan. Pero ésta es otra historia en la que nos detendremos más adelante.

Este personaje con nombre de culebrón, Olga Lidia, consultó a la embajada española si había algún problema con “sus” pasaportes. Y el embajador, seguramente un probo funcionario de Moratinos que aún no se ha enterado de que la inmigración boliviana a España empieza a ser un problema, se sorprendió por la pregunta y ratificó “que todo está bajo la legalidad, que los pasaportes que emite esta repartición tienen todas las normas legales”. El embajador, en el ejercicio de su cargo, podría haber aprovechado para recordar que en España existe una ley de inmigración y que, según ella, todas las peticiones de obtener permiso de trabajo y de residencia en nuestro país deben tramitarse en el consulado más próximo a la residencia del aspirante. Claro está que le hubiera costado mucho más explicar los motivos de la regularización masiva de 2005. Y no digamos ya de presentar una protesta diplomática por el hecho de que la inmensa mayoría de “turistas” bolivianos mienten al ingresar en España ocultando que han venido para quedarse.

A partir de mayo, las peticiones de pasaporte habían aumentado en Bolivia un 30%. El país estaba recorrido por una especie de “complejo de fuga”, y parecía un barco a punto de hundirse en el que se trata de no ser el último en abandonarlo. ¿Qué estaba ocurriendo? Simplemente que el gobierno español estaba dando una vez más muestras de amateurismo e ingenuidad declarando que a partir de febrero de 2007 se exigirá visado para los ciudadanos bolivianos que pretendan entrar en España, que es una forma de acelerar el “efecto llamada” e impulsar a que los inmigrantes se planteen el “ahora o nunca”. Y la mayoría parece ser que eligió el “ahora”.

El 12 de julio de 2006, las autoridades de inmigración aseguraban que en Santa Cruz se entregaban 44 pasaportes por hora, esto es 350 al día y la gente se quejaba de las largas colas que debía soportar hasta recibir el documento. Algunos días de ese mes se llegaron a entregar 600 pasaportes en un solo día. Así que había que ordenar el flujo de “clientes”. Se empezaron a entregar tickets numerados y se colocaron televisores con los números. Diariamente en torno a 1200 personas visitaban la oficina de migraciones de Santa Cruz. Inmediatamente que se colocaron estos adelantos burocráticos, la picaresca boliviana, no precisamente escasa, inventó una nueva industria local: la venta de tickets. El ticket costaba más que el pasaporte. La venta de puestos en la cola oscilaba, según la ley de la oferta y la demanda y la proximidad a la ventanilla, entre 30 y 100 bolivianos… Pues bien, aun a pesar de eso, las colas nocturnas de gente esperando que se abrieran las ventanillas ha llegado a 2000 personas en la oficina de migración de La Paz. Si hay un pueblo que tiene prisa por abandonar el país, ese es el boliviano. Luego entenderemos el por qué.

3. El gobierno ZP sin enterarse de nada (of course)

La prensa boliviana ofrecía el 8 de agosto de 2006 una entrevista con María Teresa Fernández a su paso por Bolivia. Lo que le llevaba allí a la vicepresidenta del gobierno español era pedir seguridad jurídica para las empresas españolas. Allí declaró que Bolivia había sido definida como objetivo prioritario para la cooperación española. Claro que Moratinos, el mes anterior, también había definido a África subsahariana como “objetivo prioritario” y publicaba un artículo en la revista “Política Exterior” para que quedara constancia de semejante genialidad… Pero la pregunta clave, a nuestros efectos, tenía que ver con la inmigración boliviana en España:

- “¿Se mantendrá el uso de pasaporte para el ingreso de bolivianos a territorio español?”, preguntó un periodista de El Mundo (boliviano); reproducimos la respuesta textual de la vicepresidenta:

- “Como usted sabe, la Unión Europea ha llevado en los últimos años una política de establecimiento de visados para todos los países, incluidos los latinoamericanos. España siempre se opuso a que se establecieran estos visados dentro de la Unión Europea, pero no lo hemos podido impedir. Lo hemos parado durante un buen tiempo, (pero) últimamente no lo hemos podido parar y probablemente sea algo que se vaya a establecer. Pero no es una decisión española, es una decisión de la Unión Europea”.

Esta respuesta es increíble y, por sí misma, supondría la excusa perfecta para cesar a la eximia funcionaria, simplemente por falta de talla política: la vicepresidenta en lugar de pedir, como sería lógico para un funcionario del gobierno español, que los bolivianos entren en España de conformidad con las leyes del Estado Español… pide disculpas. Disculpas. Es más: ni siquiera percibe a la inmigración masiva como problema, a pesar de que el CIS le recuerda cada mes que la inmigración es el principal problema que perciben los españoles. Simplemente está en Babia intentando quedar bien con los interlocutores. Por otra parte, las decisiones de la Unión Europea son colectivas, y una de las formas más desleales de abordar la cuestión es decir “Los culpables de pedir el visado son nuestros socios de la UE… si por nosotros fuera jamás impediríamos que un boliviano emigrara a España”. Decididamente, Maria Teresa Fernández de la Vega solamente podría ser ministra en el gabinete ZP, en cualquier otro la hubieran cesado recomendándole un reforzante cerebral. No sabríamos si calificar las declaraciones de la vicepresidenta de frívolas, desleales con nuestros socios de la UE, o simplemente estúpidas, o probablemente una mezcla de todo ello.

La vicepresidenta ha logrado que su viaje a Bolivia pasara desapercibido para la opinión pública, aun a pesar de que era, como mínimo, tan grotesco como el realizado a Maputo unos meses antes. Allí la vice acudió para pedir “la integración de la mujer africana en el mercado del trabajo”… De la Vega no se había enterado que la mujer africana trabaja más que el hombre africano y que, por lo demás, las reivindicaciones feministas en África interesan tanto como un disfraz de esquimal. Y pensar que esa gente nos “gobierna”.

Resulta escalofriante pensar que en el mes de mayo del 2006, los vuelos desde Bolivia a Madrid estaban cubiertos hasta el 12 de octubre. Los medios de comunicación bolivianos reconocían que este aumento se había producido a raíz del anuncio de la vicepresidente De la Vega, según el cual a partir de abril de 2007 será necesario visado para viajar a España. No es la primera vez que el gobierno español comete una ligereza de este tipo anunciando con meses de anticipación medidas limitadores de la inmigración. En los primeros días de agosto de 2004, Consuelo Rumi y Rafael Caldera anunciaron que iba a procederse a una regularización de la que, inicialmente, ni siquiera dijeron la fecha del inicio. En los primeros días de septiembre de ese año se anunció que la regularización se iniciaría en febrero de 2005. En otras palabras, se daban casi seis meses a las mafias de la inmigración para que prepararan sus estrategias y vendieran su “producto” como “la gran oportunidad para obtener permiso de residencia y trabajo en España”. A partir de ese momento, empezaron a producirse peticiones masivas de empadronamiento, inmigrantes residentes en Francia y Portugal afluyeron para empadronarse en pisos-patera en toda la geografía nacional y ese fue el principio del “efecto llamada” que todavía hoy se mantiene vigoroso. Así pues, tras las imprudentes declaraciones de De la Vega, la petición de pasaportes que había bajado sensiblemente en julio experimentó un repunte de 500 al día sólo en Santa Cruz. Fue un gran negocio para las agencias de viajes, los proveedores de pasaportes falsos, los prestamistas, usureros y las instituciones de crédito. El pasaje más barato de ida y vuelta no bajó, sino que, por aquello del aumento de la demanda, ascendió a 1.506 dólares.

Lo realmente gracioso es que mientras en España el gobierno está completamente desbordado y dubitativo en el tema de la inmigración, en Bolivia las cosas están muy claras. La vicepresidenta española apenas balbuceó una justificación a la demanda de visado, pero en Bolivia todo el mundo sabía por qué la UE exigía visado. La comisaria de Relaciones Exteriores de la Unión Europea, Benita Ferrero, envió una nota a la dirección de Migración en la que explica las tres razones por las cuales tomaron la determinación los 13 países que conforman el espacio Schengen.

“Uno, dijo, es la presión migratoria de bolivianos. Dos, el aumento de detenciones y condenas a bolivianos por hechos ligados a la criminalidad y la inmigración clandestina. Y tres, ciudadanos latinoamericanos sometidos a la obligación del visado utilizan pasaportes de bolivianos falsos para ingresar al espacio europeo”. Más claro, agua.

Al conocerse que la exigencia de visado se retrasaría, el 6 de agosto, Edwin Pérez Uberhuaga, periodista boliviano destacado en España, enviaba una crónica a su país en la que decía que “parece ser la mejor noticia para mas de doscientos mil compatriotas que viven en Europa y que, en muchos casos, aceleran sin planificación los tramites para que sus parientes lleguen al Viejo Continente”. La crónica añadía que “Según datos extraoficiales, en España viven hoy mas de 150 mil bolivianos, en su mayoría documentados, que a su vez tratan de hacer que sus parientes o amigos lleguen a Europa, a pesar de que lo harían sin posibilidades de tener permiso de residencia”.

El 13 de agosto de 2006, el canciller David Choquehuanca informó que la Unión Europea "no tomará ninguna decisión unilateral" respecto a la exigencia de exigir visado de ingreso a los ciudadanos bolivianos. Mentía descaradamente o bien la vicepresidenta de la Vega se lo había explicado mal. La decisión ya estaba tomada y no había posibilidades de apelación. Sorprendentemente, Choquehuanca explicó que “los controles migratorios españoles detectan cada día el ingreso de 200 ciudadanos bolivianos, de los que ¡sólo 40! efectivamente proceden de nuestro país”. El resto, según la nota que recibió el Canciller, "son ecuatorianos, peruanos o de otras nacionalidades"… provistos de pasaporte boliviano. De esta práctica corrupta hablaremos más adelante.

Bolivia era el único país al que no se le exigía visado para ingresar a España. Choquehuanca volvía a mentir explicando que en su visita a Bolivia, De la Vega dijo que la intención de su país era mantener hasta donde se pueda el compromiso de no exigir visado de ingreso de ciudadanos bolivianos, aunque esta decisión continúa sujeta a las opciones que maneja la UE. En absoluto, las palabras de la vicepresidenta española, en su letra y en su espíritu eran otras: la UE “obligaba” a España a recibir a los bolivianos provistos de visado y la decisión era inapelable. Lo sorprendente es que el Ministro Consejero de la Embajada de Bolivia en Madrid, Alvaro del Pozo, en su discurso en la fiesta del 6 de agosto informó que las autoridades españolas le habían expresado que no se analizó la posibilidad de limitar el ingreso de los bolivianos a través de visado. Y, por supuesto, le han mentido, porque las agencias españolas informaban el 29 de agosto de 2006 que la vicepresidenta del gobierno –ella y no otro funcionario- había ido a Helsinki para pedir ayuda a la UE, dado que el gobierno español se sentía desbordado por la oleada migratoria.

Así pues, estamos ante dos problemas sobre los que vale la pena recabar algunos datos: en primer lugar el problema del negocio de la falsificación de pasaportes en Bolivia y, en segundo lugar, el de las mafias de la emigración que allí operan.

4. La corrupción boliviana en torno a los pasaportes

He permanecido durante bastante tiempo en Bolivia, así que conozco el país lo suficiente como para saber cómo funcionan las cosas allí. La palabra clave es “corrupción”. En cierta ocasión –en tanto que asesores- estábamos elaborando las propuestas de acción inmediata del gobierno en el piso 12 del edificio Isabel la Católica de La Paz, entonces uno de los pocos rascacielos de la capital boliviana. En un cierto momento no pude evitar que me traicionara mi mentalidad de europeo: “El primer punto debería ser la lucha contra la corrupción”. En efecto, en Bolivia todo entraba y salía de contrabando, y la recaudación pública estaba en mínimos. Una de las formas de reactivar la economía consistía en eliminar los fondos de corrupción y contrabando. El director del más conocido diario paceño me interrumpió: “Ernesto ¿qué dices? Si aquí, en este edificio, todos viven de la corrupción”, lo que equivalía a decir: “La lucha contra la corrupción es la lucha contra la misma esencia que constituye el cemento de la sociedad boliviana”. Ya en los años 30, el general Toro, que intentó nacionalizar la industria del estaño en manos de los hombres más ricos del mundo (los Aramayo, Patiño, Hostchild, conocidos como “la Rosca”) terminó suicidándose ante la esterilidad de sus esfuerzos. Hoy mismo, cuando escribo estas líneas, el presidente Evo Morales ha cesado a toda la cúpula petrolera del país que él mismo eligió hace sólo seis meses, por haber detectado que, en tan poco espacio de tiempo, ya habían caído en prácticas corruptas… a pesar de que la corrupción era el punto número 1 del programa del MAS. En Bolivia todo se compra y se vende.

Sin ir más lejos, yo compré un pasaporte. Hacerlo en aquella época era solamente un poco más simple que en la actualidad. Hacía falta un cura rural. Bolivia está repleta de misioneros y sacerdotes que ya han perdido la fe y a los que solamente les interesa sobrevivir lo mejor posible. Además, encontré a un sacerdote español que me extendió el certificado de nacimiento gratis. Yo era, a partir de ese momento, “Francisco José Aguilar Sánchez”, nacido en Tarija y “sin arraigo”, es decir, sin domicilio fijo y, por tanto, jamás había tenido documento de identidad ni acreditación alguna. Con ese papel pedí el pasaporte en la Oficina de Migraciones de Santa Cruz de la Sierra. Dado que mi aspecto no era andino, el director de la oficina me lo expidió él mismo a los pocos minutos. Así se obtiene un pasaporte en Bolivia. Personalmente, prefería Santa Cruz a La Paz; es más europea, y, por lo demás, me llamaba la atención que en los primeros años 80 fuera posible ver muchos coches por las calles de la ciudad… sin matrícula. La mayoría eran Volkswagen fabricados en Brasil y se pasaban, cómo no, de contrabando. Lo sorprendente era que una parte sustancial de conductores ni tenía permiso de conducción, ni seguro. De hecho, solamente entre el gremio de taxistas había un grado aceptable de regularización. Bolivia era así. Bolivia no ha cambiado extraordinariamente desde principios de los años 80. La corrupción sigue siendo la “fiesta nacional” por excelencia. Allí todo se compra y se vende. Pasaportes, por ejemplo. O permisos de conducir.

Cuando el 18 julio de 2006 la prensa boliviana publicó que la UE estudiaba reclamar visado para los bolivianos que aspirasen a ingresar al “espacio Schengen”, no hubo excesiva sorpresa. El fatalismo andino ya sugería desde hacía años que, tarde o temprano, la UE adoptaría una medida similar. La migración boliviana había abusado excesivamente de la paciencia (y papanatismo) del gobierno español, así que no hubo excesiva sorpresa. Todo el país sabía que la compra-venta de pasaportes se había convertido en un negocio. El 18 de julio las autoridades europeas constataban que “ciudadanos de países latinoamericanos sometidos a visados, buscan eludir las obligaciones establecidas adquiriendo en forma fraudulenta pasaportes bolivianos”, según el informe emitido por Bruselas, que concluía subrayando “una presión migratoria intensa y persistente de Bolivia”. La petición de visado no sería sólo para Bolivia (si bien era el país que había hecho más méritos para ello), sino que afectaba también a Colombia, Ecuador, Perú, Surinam y Guyana. El ex diplomático de la Embajada de Bolivia en España, Julio Aliaga, manifestó a la prensa de su país que Bolivia es “el único país andino que no requiere visado para entrar al espacio Schengen, gracias a la postura española que en su momento influyó para que los otros países que firmaron este acuerdo aceptaran las condiciones específicas entre España y Bolivia”.

Se añadía en el informe que “la dimensión de política pública tampoco puede ser desechada, ya que las detenciones y condenas de bolivianos están aumentando”. La propuesta podría ser adoptada por los miembros de la Unión Europea y sería válida para los 25 países miembros (excepto el Reino Unido e Irlanda). Hasta ese momento, lo único que tenían que hacer los bolivianos para entrar en Europa era: obtener un pasaporte, pagar el vuelo, llevar dinero suficiente cuando lo comprobaran en la aduana de Barajas o bien mostrar una carta de invitación de un ciudadano español que garantizara que correría con todos sus gastos… Recordemos que éstas eran las mismas normas de ingreso vigentes a finales de los años 80. Entonces España sufrió lo que se consideraba una “invasión” de prostitutas dominicanas (apenas una veintena al día…), pero no había problema: las chicas en el avión se ponían sus mejores galas, se pintaban y repintaban y un español –que jamás las había visto y que en buena medida jamás las volvería a ver- las esperaba en la aduana de Barajas. Cuando les tocaba el turno de mostrar los documentos, el español asumía su “responsabilidad”: “Julia Patricia Verónica es amiga mía y la he invitado a mi casa en la calle tal de tal…”. Y pasaban. Hay cosas que no cambian con el tiempo. A nadie se le escapa que desde 1988 habrán entrado cientos de miles de iberoamericanos con tal estratagema legal. A ningún Ministro del Interior se le ocurrió proponer una variación de una norma que conducía directamente y sin mucho esfuerzo al fraude. Dado que éste parecía un “tema menor”, ninguna cúpula de interior le atribuyó la más mínima importancia. Del goteo se pasó al chorrito y del chorrito al flujo continuado y de éste a la oleada. Y en eso estamos, enviando a Europa a pedir ayuda a la misma vicepresidenta que sólo unos meses antes se disculpaba en Bolivia por la petición de visado para el “espacio Schengen”, como si la cosa no fuera con ella. ¡Qué santa paciencia deben tener las autoridades europeas en materia migratoria con el gobierno ZP!

Dado nuestro patriotismo, vamos a intentar colaborar con el Ministerio del Interior desvelándole aquello que cualquier funcionario consular español destacado en Bolivia, o cualquier policía agregado a la Embajada en La Paz, hubiera podido decirle por teléfono. Le vamos a explicar cómo se trafica y se falsean los pasaportes bolivianos, lo que equivale a decir que es urgente adelantar la petición de visado, so pena de que, en los meses anteriores a la puesta en práctica de la medida, se dispare el “efecto última oportunidad”. Verá, señor ministro…

En primer lugar, es bueno que los funcionarios policiales destacados en Barajas y a cargo de examinar los pasaportes de los ciudadanos bolivianos les miren bien la cara. Desconfíen, por ejemplo, de un individuo que afirma llamarse “Wilson Fernández” y tiene cara de chino… Elemental. Es rigurosamente cierto que en Bolivia existe desde los años veinte una notable comunidad étnica de origen japonés que ha ido creciendo con el paso de las décadas. Japonesa, no china. Además todos saben hablar español correctamente y sin más acento que el andino. Segundo punto: si en la aduana de Barajas los funcionarios tienen alguna duda, la prueba del nueve es preguntarles cualquier cosa. Si ponen cara de no entender nada, es que, en tanto que chinos, desconocen el idioma español. O sea que son chinos por mucho que en su pasaporte expedido legalmente se diga que han nacido en el Beni, en el Pando o en Oruro. El idioma es, también, algo elemental.

En un mundo globalizado, inmigrantes chinos recién salidos de la masa continental china pueden entrar por aquel país en el que las mafias de la inmigración determinen que es más fácil penetrar (España, sin ninguna duda, cuyo régimen de inmigración es el más laxo, apático y perezoso de cualquier país de la Galaxia) y desde qué punto resulta más aconsejable partir (Bolivia, en tanto que se dan dos circunstancias: facilidad para obtener un pasaporte legal pero con datos falseados y ausencia –hasta ahora- de restricciones a la entrada de bolivianos en España). El día que sea más fácil entrar por Surinam porque allí existe un acuerdo con el gobierno inglés que obvia la necesidad del visado y exista una mafieta local que se las ingenie para sacar pasaportes a buen precio, Bolivia pasará a la historia de la inmigración ilegal y el eje se trasladará a Surinam. Esto es la globalización, compañeros…

Y las mafias y mafietas siempre tienen las de ganar: mientras su capacidad de análisis y reacción sea mayor que la de los gobiernos receptores de inmigrantes, la batalla siempre la tendrán perdida los Estados del “primer mundo”. La UE se ha percatado, por ejemplo, de que existe un problema con Bolivia a partir de una serie de signos externos y datos estadísticos que ha tardado años en detectar. La primera patera de la que se tiene noticia (la noticia es curiosa porque entonces se les llama “balseros”, por asimilación con los que intentaban abandonar Cuba), llegó a las costas de Tarifa en el ya lejano 1988. Solamente en 2000, después de los incidentes de El Ejido, empezó a tomarse conciencia de que existía un problema, pero ni aún hoy se ha encontrado la fórmula para resolverlo (y no es tan difícil, basta que exista voluntad política). Así pues, las mafias van por delante de los gobiernos; las primeras se adaptan a las circunstancias cambiantes; a los segundos, en cambio, les cuesta siquiera entender lo que está ocurriendo.

En los últimos tres años, buena parte de los “ciudadanos bolivianos” que entran con pasaporte legal en España no son bolivianos, son chinos. Surrealista, sí, pero no por ello menos cierto. Así entran los chinos en España vía Bolivia. Ajústense los cinturones y de paso pidan explicaciones a la Embajada española en aquel país.

El diario boliviano La Razón contaba a principios de junio de 2005 la historia de Mingshou Xiao, nacido chino, y que se casó con una boliviana para obtener la nacionalidad. A causa de que un funcionario de migración sospechara que uno de los documentos presentados por Mingshou Xiao estaba falsificado, no pudo recabar pasaporte en La Paz, así que utilizó la “fórmula boliviana” para superar el contratiempo. Si al funcionario de la ventanilla de migración le caes mal, te pilla en una falsificación o te pide una mordida demasiado elevada, la solución boliviana es simple: vete a otra ventanilla. Y allí se fue Migshou Xiao. A Oruro con los papeles falsos bajo el brazo. El caso llegó a la prensa y su estallido provocó varias dimisiones y procesamientos, entre ellos el de un senador del MAS, partido gubernamental.

Ahora bien, ¿cómo los ciudadanos chinos consiguen entrar en Bolivia? Respuesta: gracias a los visados concedidos por la oficina consular boliviana en China. Así la entrada es irreprochable: 90 días como turistas y luego prolongaciones de visado hasta que consiguen el pasaporte boliviano y marchan para España. Cuando hay corrupción –y en Bolivia la hay- ninguna institución se salva, ni siquiera una oficina consular.

El 10 de junio de 2006 la prensa boliviana se hizo eco de una noticia preocupante: el canciller David Choquehuanca confirmó al diario boliviano La Razón que el cónsul de Bolivia en Beijing autorizó, de manera irregular, un mínimo de 60 visados a ciudadanos de ese país. La cosa no era nueva, sólo que Choquehuanca venía con ánimos de erradicar la corrupción; declaró: “He recibido varias solicitudes de los parlamentarios, pero les hemos dicho que nosotros no vamos a otorgar visas para los ciudadanos chinos, precisamente para evitar el tráfico de las mismas, como ocurrió en otros gobiernos”. La cosa no era nueva: las oficinas consulares bolivianas en China venían vendiendo pasaportes desde hacía años. Un caso similar se había producido en abril en la ciudad argentina de La Quiaca, donde el pequeño consulado boliviano entregó 90 visados expedidos de forma irregular.

Así pues, ya tenemos dos sistemas de entrada irregular en España: casarse con una boliviana y, por este mero hecho, obtener la nacionalidad y comprar el visado en la oficina consular cuyo titular o cualquiera de sus funcionarios tenga ganas de jubilarse con unos ahorritos. Resulta imposible saber cuántos de los 150.000 “bolivianos” residentes en España son verdaderamente bolivianos. El canciller Choquehuanca, tal como hemos visto, opina que una minoría (40 de cada 100). Las cifras son relativamente inrrelevantes, porque a estas alturas y con todo el respeto que merece la República de Bolivia, parece claro que un pasaporte boliviano no garantiza absolutamente nada, ni siquiera la verdadera identidad del que lo lleva.

Los puestos de aduanero en el Reino de Marruecos se compran y se venden como si de un artículo de lujo se tratase. La inversión realizada se revaloriza pronto. Mientras que en España se invierte en el ladrillo, en el reino alauita la mejor colocación para mi amado hijo sería la de aduanero. En Bolivia, por su parte, debería ser funcionario de migración. Cuando el MAS ganó las últimas elecciones, algunos de sus seguidores ocuparon las oficinas de migración. Es una rara tradición que se da en aquel país: cuando se está seguro de que va a producirse un cambio de gobierno, algunos partidarios del nuevo gobierno asaltan, literalmente, las instituciones a cuyo mandato aspiran: es una forma, algo tosca desde luego, de “tomar posesión”. Se suelen justificar estas “ocupaciones” alegando que se evita que los funcionarios del gobierno anterior saqueen las oficinas, cuando en realidad es una forma de decir en voz bien alta a los nuevos gestores de la res publica: “Quiero que yo y los míos nos hagamos cargo de esa oficina, así podremos disponer de un sobresueldo”. Y claro que lo hacen. A esa práctica se le llama “la pega”. Lo hacían los paramilitares en 1980 y lo hacen los masistas de Evo Morales en 2006. Es una práctica denostada por el MAS, pero algunos de sus afiliados se obstinan en proseguirla. Vidal Quenta, dirigente del MAS, aspiraba a emigrar a España. La forma más directa era ocupar la “pega” de migración en Santa Cruz. Hizo campaña para ocupar las “pegas”, pero esto no gustó a la dirección de su partido. Así que lo expulsaron del mismo. Un diario boliviano comentando la azarosa aventura de Quenta escribe estas líneas reveladoras: “Ha quedado demostrado que conseguir un puesto en la administración pública parece ser la única opción laboral ahora. La otra salida es España, ya sea para el que no consiguió la pega (como Quenta) o para el que fue desplazado”. Ah, por cierto: Quenta no fue expulsado del MAS por realizar las ocupaciones, sino por anunciarlas a bombo y platillo previamente, lo cual chocaba con el programa del MAS… La práctica sigue realizándose en la Bolivia de Evo Morales, todo consiste en no anunciarla previamente y procurar que sea lo más discreta posible.

Si hay una institución corrupta en Bolivia son las agencias de viajes. Sí, lo han oído bien: las “agencias de viajes”. Cuando en un país hasta las agencias de viajes han caído en la corrupción, es cuestión de preocuparse. Aquí ya no se trata de bandas mafiosas, grupos de delincuentes internacionales organizados para favorecer la inmigración ilegal y masiva, no, aquí se trata simplemente de oficinas expendedoras de billetes de avión y reservas hoteleras. El 30 de abril de 2006 leí en “El Mundo” de Bolivia un artículo que me ayudó a comprender la problemática de la inmigración andina. Las agencias de viajes bolivianas trascienden su función para convertirse en las escuelas especializadas en impartir cursos de inmigración ilegal y masiva. En ello van sus beneficios. Se sabe, por ejemplo, que las mafias marroquíes de la inmigración cobran, no sólo por trasladar de uno a otro lado del Estrecho a los ilegales, sino por los servicios anexos que facilitan. El “teléfono de apoyo” es fundamental. Ustedes ven llegar a las costas españoles a legiones de menesterosos, sin ningún patrimonio, con lo puesto. ¿Sin patrimonio?, en realidad tienen un pequeño bien que conservan como su objeto más preciado: un teléfono móvil. Gracias a este aparato están constantemente en contacto con la “agencia mafiosa”: “Estoy en Granada ¿dónde puedo acudir para comer?”. Y la “central” le informa de la institución caritativa más próxima. “Me acaban de detener, enviadme un abogado”, y la “central” se lo envía... habitualmente, por algún canal indefinido, la “central” contacta con alguna ONG “humanitaria” especializada en la ayuda contra los inmigrantes o la educación contra el racismo y la xenofobia. Es la ONG la que suele enviar abogados a los detenidos. Desde España, cuando se nos dice: “los inmigrantes debieron pagar 3000 euros para cruzar el Estrecho”, tenemos tendencia a pensar “3000 euros, ¡qué disparate! Si el viaje no debería de costar más de 100…”. Pero, frecuentemente, olvidamos que lo que las mafias de la inmigración están vendiendo es no sólo el viaje, sino una red de apoyo.

En Bolivia ocurre algo parecido, pero allí no hay, en principio, nada sórdido, reprochable jurídicamente o mafioso: la comisión cobrada por la agencia de viajes no se limita solamente al billete (de hecho un vuelo Bolivia-España no debería de costar más de 600 euros ida y vuelta, cuando en realidad cuesta tres veces más) sino al “cursillo previo” impartido por el propio vendedor de la agencia y que prepara al inmigrante para garantizarle el triunfo en su aventura. Una funcionaria de la agencia boliviana Casa Blanca explica para el diario cruceño “El Mundo”: “por lo menos me tomo 45 minutos para explicarle a los clientes qué y cómo tienen que hacer a la hora de viajar”. Explica que la mayoría de los clientes que se van a España son de escasos recursos, por lo tanto, muchos ni siquiera han subido a un avión. “Les decimos que se vayan vestidos semiformales, sin nada de brillo. Hasta les aconsejamos que se quiten el oro de los dientes porque pueden llamar la atención”, explica la funcionaria. Luego les recomienda contestar a las preguntas que se les haga en la aduana de manera breve y precisa. El cursillo incluye datos sobre la hora en la que deben llegar a los aeropuertos y se les hace saber que el seguro de viajero que compran les puede ayudar en caso de imprevistos.

Una parte importante del cursillo son las instrucciones sobre los requisitos para entrar en España. Como hace quince años con las prostitutas dominicanas, una cuestión fundamental es si se posee o no carta de invitación. ¿Qué se posee? Entonces el cursillo enseña que hay que comprar el pasaje –en la Agencia Casa Blanca, naturalmente, que para eso alecciona-, reservar cinco días en un hotel español (preferentemente de tres estrellas), comprar un seguro médico por 30.000 euros y llevar dinero suficiente para mostrar en la aduana y el consabido pasaporte. Pero si tienen carta de invitación, pueden obviar la reserva del hotel.

Hasta hace poco, la encantadora y didáctica empleada de Casa Blanca explicaba que entrar en París era más seguro porque las autoridades francesas eran conscientes de que los bolivianos no se quedarían allí e ingresarían en España, pero que en los últimos tiempos las cosas se han endurecido en París (Sarkozy llegará a la presidencia de la República o se encaminará a las alcantarillas según sus promesas sobre el control de la inmigración sean o no creíbles) y conviene optar por la vía de Barajas. En el cursillo se indican también los documentos necesarios para obtener el pasaporte y cualquier trámite que sea menester en el Consulado de España. Se indica incluso que la oficina diplomática española está abierta de lunes a viernes en la capital, con un horario de 9:30 a 13:30. Cursillo terminado, venta realizada. ¿Mafias o mafietas, dónde? Todo perfectamente legal, aunque poco ético. Lo que este cursillo no les dice es que si no son admitidos en Barajas o en Orly deben regresar a su país y pierden el dinero invertido en el pasaje.

Al canciller boliviano David Choquehuanca le han caído dos “marrones” que tardará tiempo el lidiar: el primero es el acceso al mar de Bolivia a través de un corredor en el norte de Chile. Allí deberá esmerarse porque es el mismo problema que la diplomacia boliviana arrastra desde hace algo más de un siglo. Es el problema “tradicional”; el problema “moderno”, su segundo problema, son los movimientos migratorios. Choquehuanca reconocía a finales de agosto de 2006 que el 20% de los ciudadanos que viajaban a España con pasaporte boliviano eran peruanos, ecuatorianos, colombianos, dominicanos o, incluso, como hemos visto, chinos. Su segundo de a bordo en la materia, el director del Servicio Nacional de Migración, Weimar Pereira, confirmó al diario El Nuevo Día que “Bolivia está siendo utilizada como puente para viajar al Viejo Continente”, y añadía algún dato: “Hemos advertido la presencia de bolivianos y extranjeros que trabajan en este negocio, incluso estamos investigando a un boliviano que tenía una agencia de viajes en el Ecuador, un negocio que se venía realizando desde hace años. Debemos acabar con este tipo de redes”. Los trucos son muchos y no siempre ilegales: un ecuatoriano entra como turista en Bolivia, al cabo de un año tramita su residencia; para entonces ya se ha casado con una boliviana y ha solicitado esa nacionalidad. A esto le llaman “conversión de estatus migratorio”. La boda, por supuesto, es ficticia.

El 28 de junio de 2006 la prensa boliviana anunciaba la desarticulación de una red de falsificación de documentos descubierta dos semanas antes. La fiscal Vue, que lleva el caso, señaló que este grupo mafioso recibió la ayuda de personal vinculado con la policía, Cortes electorales, Migración, Colegio de Abogados, Caja de Salud, notarios, funcionarios de justicia, etc. A la vista de tantos implicados, el Servicio Nacional de Migración (Senamig) está permanentemente bajo sospecha. De hecho, tres directores generales del Senamig fueron cesados entre mayo y agosto y el gobierno prefirió recuperar el control de las fronteras con el apoyo de las Fuerzas Armadas.

La red desarticulada tenía su centro en una imprenta que realizaba tarjetas, folletos publicitarios y carteles. Pero tras de este negocio, aparentemente inofensivo, operaba una red de falsificadores que, por su alcance, sorprendió incluso a la policía. La policía encontró títulos de bachillerato falsificados, carnés de identidad (incluso con holograma de seguridad), pasaportes, certificados de nacimiento, licencias de conducir, sellos secos de instituciones públicas, juzgados, secretarías de juzgados, Migración; certificados de antecedentes de la Policía, de la Defensoría de la Niñez, tarjetas de propiedad y folios de propiedad de Derechos Reales, formularios de pago de impuestos de la Alcaldía, carátulas notariales, timbres del Colegio de Abogados, pasaportes, visas de EEUU, certificados de notas de la Universidad de San Andrés, timbres del Poder Judicial, títulos de bachiller, libretas de colegio evacuados por el Ministerio de Educación…, “entre otras cosas”, añade la nota de prensa. Lo que traducido quiere decir: “todo en Bolivia, absolutamente todo, es falsificable” y, una vez establecida esta ley, su corolario es: “una parte sustancial de inmigrantes bolivianos llegados a España lo ha hecho con documentos falsos”. Particularmente grave es la falsificación de permisos de conducir a gentes que no han superado las pruebas preceptivas y aspiran a que su documento boliviano se homologue en España…

5. La inmigración boliviana, una inmigración tranquila

No existe un único modelo de carácter en Bolivia. El carácter forjado por el altiplano andino es diferente al del cruceño. Para colmo, el carácter del hombre boliviano suele ser muy diferente que el de la mujer. Hay que decir que, por regla general, el país es muy “telúrico”. La mujer boliviana es una trabajadora infatigable que no sólo trae dinero a casa, sino que administra el de su marido y, además, trabaja en el hogar. La mujer boliviana es la gran emprendedora del país, lo que explica el porqué de que la inmigración boliviana sea única entre todas los contingentes migratorios que llegan a España. En efecto, es el único en el que el porcentaje de mujeres es superior al de hombres. Por lo general, la mujer boliviana se casa pronto, tiene hijos, y hacia los 20 años ya se ha divorciado, como mínimo, una vez.

Recuerdo que un día, paseando por el Paseo del Prado, la avenida más céntrica de La Paz, junto con un amigo argentino, vimos una escena sorprendente. Era al atardecer cuando los ojos parecían no haberse acostumbrado todavía a la ausencia del sol. Estábamos detenidos en un cruce hablando y mi vista se fijó en una pareja que venía hacia nosotros, apenas a 20 metros. Seguí hablando con el argentino, sin dar importancia a la pareja. Pero, bruscamente, me di cuenta de que en sus gestos había algo anómalo; en efecto, él la estaba pegando mientras caminaban, a base de bien. El argentino y yo nos fuimos a directos a ellos para evitar que prosiguiera la agresión (los golpes en el estómago sonaban secos y ella apenas gemía). Cuando el hombre vio que íbamos hacia ellos detuvo el puño y se limitó a decirle a ella: “¿Qué van a decir estos gringos de que tenga a una mujer tan zorra como tu?”… pero entendió perfectamente el mensaje que le transmitimos: “no pegues a tu mujer”. Comentando el incidente con un periodista de El Diario de La Paz me comentó que la violencia de género era endémica en Bolivia, especialmente entre mestizos: “No mueren más mujeres porque Dios es bueno y en su infinita misericordia hace que los bolivianos alcoholizados se pasen desde el viernes al medio día hasta el lunes por la mañana durmiendo y sólo se ponen en pie para beber un poco más”.

El episodio tenía lugar en 1983. Desde entonces las cosas, no solamente no han mejorado, sino que tienden cada día a empeorar un poco más. Alcoholismo y violencia de género son el pan de cada día en la sociedad boliviana. Y es una tragedia, porque aquellas mujeres, les juro que son la principal riqueza del país. En la emigración estos problemas se agudizan. Un columnista de “El Eco de Santa Cruz” escribía no hace mucho: “Los bolivianos padecen una desadaptación cultural por el desconocimiento del mundo al que llegan, el contexto urbano en el que deben vivir y el estilo de vida que encuentran, lo que produce aturdimiento y encerramiento; algunas de las consecuencias son los excesos en los espacios de ocio, embarazos no deseados, disolución y algunas veces pérdida de las relaciones familiares. Hay un grado muy grande de violencia intrafamiliar por ser la mujer la cabeza de familia, situación que no es asumida por los esposos y compañeros”.

La comunidad boliviana es todavía pequeña, a pesar de su rápido crecimiento, en relación, por ejemplo, a la ecuatoriana y a la peruana; pero los tres colectivos de inmigrantes comparten el mismo problema: alcoholismo y violencia doméstica. No es por casualidad que los índices de violencia doméstica se hayan disparado en España desde el año 2000, justo cuando cristalizaba el primer “efecto llamada” generado a raíz de la Ley de Inmigración de 1999, aprobada por todos los partidos menos por el PP (cuando no tenía mayoría absoluta).

Cinthia Dueñas es un nombre que, seguramente, no dirá nada a nuestros lectores. Es el nombre de una muchacha boliviana estrangulada por su novio, también boliviano, Renato Correa, en Gran Canaria. No es el único caso, pero no hemos visto ningún artículo de la Ley sobre Violencia Doméstica que coja al toro por los cuernos y reconozca que uno de los motivos para ser expulsado de España al país de origen es la práctica de esta forma odiosa de agresividad. Parece como si el gobierno temiera excitar la xenofobia y vulnerar lo políticamente correcto, pero en realidad lo que está haciendo es algo mucho más grave: no reconocer la etiología del problema y, por lo tanto, ser incapaz de arbitrar algo más que chapuzas legislativas ad usum delfini, y sin más miras que las electorales.

Salvo en este terreno del alcoholismo y la violencia doméstica en la que la comunidad boliviana brilla con luz propia (una parte de ella, por supuesto, la otra arrostra el sambenito), existe un problema en ciernes que ya ha despuntado en otras comunidades: la educación de los jóvenes. En un informe publicado en junio de 2006 por las “Direcciones Distritales de Educación en Santa Cruz”, la indisciplina en los colegios aumenta considerablemente. Por ello, la Dirección Departamental de Educación preparó dos convenios con la Policía para orientar a los estudiantes de secundaria. En el Distrito Educativo Dos de Santa Cruz se han realizado distintos actos de salvajismo estudiantil que hicieron sonar las alarmas. Un grupo de estudiantes llegó a activar una granada de gas lacrimógeno en su centro de estudios. Para Germán Roca y Arminda Méndez, ambos directores de centros de estudios cruceños, la violencia en los alumnos es el reflejo de la violencia circundante. Y, precisamente, coincidieron en que uno de los factores más importantes para el cambio de actitud en los estudiantes es la migración de los padres que les provoca reacciones violentas y rebeldes.

Así pues, la inmigración genera un nuevo problema cuando el padre, o la madre, o ambos, se van camino de España. Sus hijos se integran en el “frente del rechazo” y subliman su desesperación y falta de cariño en violencia escolar. Eso, por una parte. Por otra, la situación es más grave todavía. Muy frecuentemente, los padres, una vez regularizada su situación en España, se acogen a la “reagrupación familiar” y traen a sus retoños. Pero la situación empieza a ser preocupante también en nuestro país; todos los hombres y mujeres deberían tener un derecho inalienable: nacer, vivir, trabajar y morir en la tierra que les ha visto nacer. La antigüedad clásica, que sabía mucho de la vida, consideraba el destierro como una sentencia, como mínimo igual a la pena de muerte (¿y qué es la inmigración sino una moderna forma de destierro económico?). No es raro, pues, que muchos de los jóvenes bolivianos no se sientan a gusto en España y crean que están “discriminados”. No lo están. Si hay alguna discriminación es la “positiva”. Pueden estudiar gratis, se les concede becas de libros gratis sistemáticamente (no así a los españoles), aunque no trabajen o lo hagan en los circuitos de trabajo negro, nadie les niega la asistencia sanitaria y, si tienen problemas económicos, Caritas y otras muchas instituciones asistenciales les dan mensualmente lotes de alimentos de calidad. Mucho más de lo que reciben en su país. Ahora bien, los más jóvenes no pueden evitar sentirse discriminados: ven a sus padres trabajar constantemente, pero ellos siguen sin tener acceso a los escaparates del consumo. Es la eterna tragedia de la inmigración. Es el “frente del rechazo” trasladado al país anfitrión.

Para colmo, cuando el presidente boliviano dice que tenemos una deuda histórica con su país y que “quinientos años de colonización” (en realidad fueron doscientos cincuenta…) deben “repararse” está excitando ese “frente del rechazo” que surge espontáneamente entre la inmigración boliviana. Cuando el joven boliviano que acaba de llegar a España traído por sus padres y desarraigado de sus amigos y su tierra oye estas palabras, su rechazo irracional surgido de lo más profundo de sus vísceras encuentra justificaciones: “ellos, los españoles, son culpables y deben pagar”. En esto la inmigración boliviana no se diferencia en nada de otros contingentes andinos y colombianos.

Arrojado a un medio que el joven boliviano percibe como hostil, sólo le queda refugiarse en su comunidad pare sentirse fuerte y seguro. Para los más, esa comunidad es una asociación de inmigrantes, los lugares de reunión propios de la inmigración de esa nacionalidad, o bien las bandas étnicas. Quien dice “bandas étnicas” dice delincuencia. El 67% de los 'latinos' detenidos en España es de Ecuador. Le siguen los dominicanos (10,6%), colombianos (9,8%), peruanos (5,3%), y en proporciones menores estadounidenses, venezolanos, salvadoreños y bolivianos… los bolivianos empiezan a estar presentes en las bandas étnicas: ñetas, latin kings, etc. El dato no es como para tomárselo a broma. Las fuerzas de seguridad del Estado no se llaman a engaño: la gravedad de las acciones protagonizadas por estos grupos irá creciendo.

La inmigración boliviana es una “inmigración tranquila”, no hay entre ellos ni bandas de atracadores, ni de tironeros, ni bandas que operan en las autopistas, ni traficantes de cocaína, ni ajustes de cuentas… pero, junto a la violencia doméstica y al alcoholismo endémico, las frustraciones de los hijos de los bolivianos que han venido para trabajar irá emergiendo poco a poco como un problema irresoluble más que ha llegado con la inmigración. No lo percibimos todavía, pero los datos sociológicos no dejan lugar para el optimismo.

6. La tragedia de la inmigración boliviana

Lo repetimos: la Declaración Universal de Derechos Humanos no reconoce un derecho que, sin embargo, se nos antoja fundamental: el derecho a poder ganarse la vida en la propia tierra que nos ha visto nacer. Entre que falta ese derecho y que se olvida otro no menos importante, el derecho a la “seguridad”, sin la cual todos los demás derechos no pueden ejercerse o son simplemente bonitas declaraciones de principios sin aplicación práctica, habría que revisar de nuevo toda la Declaración para la que los años no han pasado en balde.

Esta es la historia de doña Teresa, una mujer verdaderamente existente decidida a seguir peleando por un futuro mejor. La hemos leído en la prensa boliviana y la consideramos edificante y, al mismo tiempo, sintomática. “Quiero dejar de ser pobre y darles un futuro mejor a mis hijos”, dice Teresa. El 7 de junio de 2006 emprendería el viaje a España. Ya tiene trabajo en nuestro país como acompañante de dos ancianas. Se lo buscó una sobrina suya que lleva muchos años en nuestro país. Ella le prestó el dinero para los gastos: “El pasaporte me costó 520 bolivianos y el pasaje 1.525 dólares, además debo tener un monto de dinero para mostrar a los de Migración. Espero poder quedarme unos cuantos años”, señala esperanzada. Luego, prosigue el artículo: “Inmediatamente, se toma la cabeza con ambas manos y por su mejilla le rueda una lágrima. ¿Por qué llora?, le preguntamos. “Lo que más me duele es dejar a mis hijos. No me he separado de ellos nunca”, responde”. Lo repetimos: nadie debería emprender el camino de la emigración por razones económicas. La emigración es una tragedia, tanto para el país que ve como sus mejores hijos emprenden el camino del exilio económico, como para el país anfitrión… porque, a fin de cuentas, el trabajo que va a realizar Teresa lo podría realizar cualquier española situada por razones de edad, fuera del mercado laboral y lejos aún de la edad de la jubilación. Igual que los bolivianos y bolivianas que trabajan en la vendimia o en la recogida de la ciruela y la cereza… No hace mucho, eran los jóvenes estudiantes de vacaciones los que asumían esas tareas para ganar unas pesetejas que nunca vienen mal a lo largo del curso. Hoy nuestros jóvenes parecen fuera de ese mercado laboral… y se apoltronan. No es bueno para nuestra juventud.

Luego está el drama de los que fracasan en su particular “Operación España”. Wilson, un ciudadano boliviano fue rechazado en el aeropuerto del Prat delante de su mujer y de su hija. Había estado preparando el viaje para reunirse con ellas que llevaban ya cuatro años trabajando en nuestro país. Rechazado. Nadie debería exiliarse de su país por razones económicas. Wilson, de regreso a Bolivia, explica a la prensa de su país: “Nos llevan a unos cuartos para interrogarnos como si fuéramos delincuentes, cumplimos los requisitos pero no nos dejan pasar, nos impiden hablar con nuestros familiares, nos torturan porque podemos verlos detrás del vidrio y no podemos hablarles, nos quedamos a un paso de nuestro sueño”. Wilson había hipotecado su vehículo, su refrigerador y algunos otros muebles para comprar su pasaje a Barcelona, gastó 1.600 dólares. Cada día, como si se tratase de una lotería, las aduanas españoles rechazan a un porcentaje mínimo de bolivianos (en torno al 15%)… pero al que le toca, le toca.

La historia de Wilson demuestra que el cursillo dado en las Agencias de Viajes sirve para motivar la compra del pasaje, pero no sirve para mucho más. Los bolivianos llegan convencidos de que llegan a España cumpliendo la normativa. Ignoran –en el cursillo de la Agencia de Viajes no se lo han explicado- que están incumpliendo la ley de extranjería. O prefieren ignorarlo y victimizarse (una actitud típicamente boliviana de la que el presidente Evo Morales es un maestro): “no nos entienden, son racistas, nos rechazan porque somos pobres…”. No, compañero, lo que ocurre es que cuando tú dices que eres turista y no lo eres, cuando llegas como turista sin voluntad de regresar como turista, tú estás engañando a las autoridades españolas. Y si nuestras autoridades perciben el engaño, lo normal es que no te dejen pasar. No hay en ello ni abuso ni prepotencia: lo que hay es un gigantesco drama y un fracaso personal. Lamentable, pero el imperio de la ley debería de ser igual para todos: no solamente para un 15% de desafortunados rechazados y repatriados, sino para el 85% restante, cuya situación es exactamente la misma que la del 15%. Si se hubiera rechazado desde el principio al 100% de los falsos turistas, se habrían ahorrado el 15% diario de dramas y el “efecto llamada” haría años que estaría desactivado.

Los bolivianos, con su presidente al frente, difícilmente pueden achacar a los españoles el calificativo de “racistas”. Si hay alguien racista son precisamente los bolivianos. No lo decimos nosotros, lo dice un artículo publicado el 25 de junio de 2006 en la prensa boliviana. Hay tres dimensiones del racismo en Bolivia: la existente entre la minoría blanca y el resto de las comunidades étnicas; es rigurosamente cierto (y lo comprobamos sobre el terreno) que, por lo general, existe un desprecio del boliviano de raza blanca (una minoría) hacia los mestizos y hacia los indios. Luego existe un racismo entre “cambas” y “collas”, entre paceños y cruceños. Y, finalmente, existe un racismo entre todos ellos y el extranjero. Hay que decir que, en buena medida, estas formas de racismo son bidireccionales. El desprecio es mutuo entre las distintas comunidades indígenas y no digamos entre indios y minoría blanca. Para colmo, con Evo Morales ha irrumpido el indigenismo.

El indigenismo boliviano parte de la base de que los españoles del siglo XVII entraron a saco con las tradiciones bolivianas. Ocultan que en aquella época, los incas no estaban en su mejor momento… Pero es, en cualquier caso, fácil atribuir el fracaso nacional de Bolivia (independiente desde 1825, dentro de poco hará doscientos años…) al “imperialismo español”. El razonamiento del indigenismo boliviano es completamente racista: la élite política boliviana ha sido “blanca”, por tanto, “española”, por tanto, a los doscientos cincuenta años de colonización hay que añadir doscientos años más de neocolonialismo español. Error. La clase dirigente boliviana, blanca o mestiza, nunca tuvo un gran vínculo con España. En Bolivia precisamente no puede hablarse de neocolonialismo español. El hecho de que estén presentes en el país cierto número de empresas españolas no es relevante en un mundo globalizado. También hay empresas brasileñas, sin ir más lejos. Por lo demás, Repsol YPF, El BBVA, el Santander, PRISA, llegaron a Bolivia en los años 90, no antes… cuando Bolivia ya era una democracia sin lo que hasta principios de los años 80 fue el sempiterno “golpismo” local.

Además, los “indígenas” no son un grupo unitario. Lo sabíamos, pero el 15 de junio de 2006 volvimos a tener constancia de ello cuando el presidente Evo Morales, durante un acto indigenista en Quito, fue incapaz de entenderse en quechua con los indígenas ecuatorianos. Su hermano, Hugo Morales (el nepotismo no es un fenómeno que afecte solo al tripartito catalán con los “hermanísimos” situados en los puestos clave de la administración) quiso convencer a los periodistas de que la lengua materna del “hermano presidente” es el aymara, pero que al migrar al Chaparé aprendió quechua. “Pero habla muy bien los tres idiomas”. Falso. Fuentes periodísticas bolivianas indican que Morales tiene “dificultades con el aymara, pero que se expresa mejor en quechua”. El periódico boliviano del que hemos extraído la información se preocupó de investigar al respecto. Uno de los compañeros de Morales en las lides sindicales señaló que su conocimiento del quechua es bajo y que por eso nunca improvisa un discurso en ese idioma, y “sólo lo hace a través del papel”, como el 22 de enero, cuando se hizo cargo de la presidencia. En definitiva, un fraude. Morales no ha hecho otra cosa que apoyarse en las capas étnicas mayoritarias en el electorado boliviano (indígenas) para arrimarse a la presidencia. Ha prometido que los funcionarios públicos deberán conocer las lenguas indígenas… aun cuando sabe perfectamente que no hay maestros para enseñarlas y que estas lenguas no están adaptadas para aprender modernas tecnologías o seguir estudios superiores. Finalmente, ahora resulta que el gran defensor de las culturas indígenas habla con dificultades el aymara y es incapaz de mantener una conversación en quechua con indios ecuatorianos (algo que pudo verse delante de todas las cámaras que asistieron al acto). Su “indigenismo” era solamente una ficha de lectura que otros le habían escrito y él se limitó a leer en el acto de toma de posesión presidencial, sin entender apenas nada. Lo dicho: Evo Morales es un fraude y no es raro que, desde que ha tomado posesión de su cargo, la riada migratoria hacia España haya aumentado exponencialmente. En enero de 2006 se inició algo más que un nuevo período en la historia de Bolivia con la toma de posesión de un indígena, se abrió un nuevo período de despoblación acelerada del país.

En eso, básicamente, consiste la tragedia boliviana. Bolivia, uno de los países más desgraciados del mundo, con una extensión similar a Francia y la Península Ibérica juntas, apenas está poblado por 8 habitantes por kilómetro cuadrado. Desde que en 1983 se restableció la democracia, lejos de superarse las lacras endémicas del país, todas ellas se han agudizado. Desgobierno, incapacidad para afrontar medidas realistas, desidia de las autoridades, niveles de corrupción cada vez mayores, han generado la idea de que la emigración es la única salida para mejorar. Pero esto ha acentuado desequilibrios que ya estaban presentes en la sociedad boliviana. Las familias se rompen, los adolescentes no crecen en un marco adecuado y natural. Aumento de la violencia doméstica y la violencia en las escuelas. El número de niños que viven abandonados en las calles del país ha aumentado hasta el 370% en los últimos 10 años. Sólo en La Paz 10.000 niños de menos de 12 años trabajan en las calles. Para colmo, el SIDA va ganando terreno en toda la América Andina. Si en 2004 se calculaba que estaban infectados en el subcontinente en torno a dos millones, se calcula que en el 2007 lo estarán tres millones y medio. En todos los países iberoamericanos –salvo en Haití- el SIDA ha aumentado en niveles todavía alejados del África Subsahariana, pero muy por detrás de Europa Occidental. La noticia no es buena. Es la guinda que faltaba para coronar un pastel de desgracias nacionales.

La inmigración, en ocasiones, aporta héroes. Es el caso de Max Arriaza, el albañil boliviano que murió en Barcelona después de salvar a cinco personas en el curso de un incendio. Arriaza vivía en la Ciudad Condal sin papeles. Alguien le había engañado.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

¿Cómo nos ven los inmigrantes?

¿Cómo nos ven los inmigrantes?
Infokrisis.- He tenido muchas relaciones con magrebíes y andinos, tanto en España, como inmigrantes, como en sus países de origen en donde el inmigrante era yo. Lo que sigue son los juicios recogidos de una muestra lo suficientemente amplia de testimonios como para pensar que es posible llegar a conclusiones empíricas razonables y significativas. Así nos ven los inmigrantes... Las opiniones de estas personas son siempre subjetivas, pero basadas en algunos datos reales y, en cualquier caso, suponen una línea de tendencia.

Nos ven como: 

“Débiles y atontados”

En la cárcel de la Santé conocí a un tunecino detenido por pequeño tráfico de drogas. Era joven y se había criado en Francia. Francia le había ofrecido lo que no existía en su país: educación, subsidios, posibilidades de formación. Era mucho más fácil comprarse un BMW último modelo a sus 20 años, traficando con cocaína. Además, despreciaba a los franceses. “Son débiles y atontados”, me decía. Me ponía como ejemplo que, cuando era tironero en Les Halles, sabía que si un ciudadano lograba detenerlo solamente tenía que gritar “racistes” histéricamente para que lo soltaran. La clase media francesa se asusta con sólo la posibilidad de que alguien pueda llamarles “racistas”. Todos los delincuentes magrebíes lo saben. En el Raval de Barcelona ya ha ocurrido el mismo episodio: al grito de “racistas”, una pareja de policías debió soltar al delincuente marroquí, intimidados por la reacción de los viandantes. Por eso los inmigrantes consideran a los europeos atontados.

No les cabe en la cabeza que los gobiernos europeos puedan dar subsidios y ayudas de todo tipo a gentes como ellos que tienen muy claro lo que buscan: “pillar”. Piden una mezquita y las autoridades se la dan, delinquen una y mil veces y nunca terminan encerrados cuando en su país les cortarían la mano, después, por supuesto, de la conveniente paliza en comisaría… Vulneran la ley de extranjería, violentan las fronteras y les obsequian con ropa nueva –además de marca-, alimentos gratuitos y les trasladan a la península en avión de lujo.

Todo esto les da la perspectiva a los inmigrantes de que los europeos somos DÉBILES y ATONTADOS. Débiles porque no sabemos defender lo nuestro, abrimos la puerta a delincuentes que vienen a robarnos y ni siquiera hay valor para encerrarlos en las cárceles; y atontados porque no nos damos cuenta de que ellos cada vez son más fuertes y los europeos menos, más sumergidos en la oleada migratoria, retirándonos de barrios enteros en los que la “limpieza étnica” es realizada con extrema eficacia y, todavía, subvencionando al invasor. ¿Cabrían más muestras de debilidad y tontería? Los inmigrantes tienen razón en percibirnos así.

“Depravados y afeminados”

El hijo de un gobernadorcillo local en Costa de Marfil nos intentaba explicar, mal que bien, que el SIDA era un invento europeo para acabar con los africanos. Textual. No añadimos ni una coma a la frase que nos soltó a la sombra del único tugurio de Pangamo donde se podía conseguir una cerveza fresca. Y además añadía: ¿por qué los europeos no se mueren del sida si se pasan la vida dándose por el culo? En francés, la frase sonaba sólo levemente mejor. En el fondo, el marfileño en cuestión estaba diciendo algo que todos sabemos: hay una evidente depravación de las conductas en Europa.

Jonas Savimbi, líder de la Unión para la Independencia Total de Angola (UNITA) nos dio en cierta ocasión una lección que recordamos bien: “Para mí Europa es la cuna de la civilización: Grecia, Roma, las catedrales, el Renacimiento, la ciencia… pero vuestra Europa de hoy está en otro sitio, no es la mía”. Es triste que un africano tenga que dar lecciones a unos europeos sobre como ser europeos. Lo grave era que compartíamos el punto de vista de Savimbi. En el fondo, él se había criado en Europa, había conocido Portugal, Francia, Suiza. Y era un hombre inteligente y valiente: en uno de sus viajes a Europa pudo percibir el derrumbe moral del continente. Pornografía a gogó, ausencia completa de valores éticos y morales, ridiculización de quien pretendiera tenerlos o defenderlos. Savimbi no era el único africano que tenía esta visión de Europa. Era cristiano, pero los islamistas no piensan diferente.

No me gusta el Islam, bebo moderadamente alcohol y los tacos de jamón me impiden tomarme en serio una religión que proscribe una y otra cosa. Pero reconozco que los niveles actuales de alcoholismo y drogadicción en Europa han rebasado límites alarmantes. Sin hablar de la ingesta de comida basura y el sobrepeso generado. Y, por supuesto, sin hacer referencia a la ruina ética del continente. Los inmigrantes tienen razón en vernos como depravados.

En todo el continente africano, cuando se logra entablar amistad con sus habitantes y se crea un mínimo lazo de confianza, la primera pregunta –inevitable- que te formulan es si en Europa todos somos “pedés” (homosexuales). La imagen del hombre y de la mujer europea que remiten los inmigrantes africanos a su país de origen es de que aquí los hombres se casan con hombres y las mujeres con mujeres, se besan en público (algo que los africanos te cuentan siempre entre carcajadas y muecas de asco). La homosexualidad es una infamia en el África negra e incluso en buena parte de la población magrebí. Lo cierto es que en estos horizontes la familia tiene todavía un gran peso en la sociedad y sigue siendo su “célula básica”.

A los africanos no les cabe en la cabeza que aquí la homosexualidad reciba los parabienes legales y sociales, mientras que el aborto y la eutanasia se consideran algo normal, pan de cada día en esta civilización decadente. Y lo que no entienden, sobre todo cuando perciben que tú, en el fondo, piensas lo mismo, es cómo permites esta situación y por qué no haces algo. Es difícil explicarles que tienen razón y que, en el fondo, la sociedad europea se ha relativizado primero y feminizado después y, lo que ha quedado, finalmente, es una mezcla de depravación y afeminamiento global.

Triste percibir que los inmigrantes no se han equivocado mucho en su percepción de Europa.

“Viven bien y comen mejor”

Según los estándares africanos y andinos, la vida del grueso de la población europea es una ganga. He conocido andinos para los que calzar abarcas era un lujo, y muchos más que no conocieron el calzado hasta que fueron llamados para su servicio militar. Y tiene gracia, porque en todos los países andinos los jóvenes están orgullosos de servir a su país en el Ejército. Allí reciben ropa digna, comida y educación. No pueden concebir por qué en Europa se abomina de las FFAA y se renuncia a servir a la Patria. Y, justo es reconocer que, una vez más, tienen razón.

Pero se equivocan en lo de la comida y el vivir bien. Aquí radica su error. Han llegado a lo que pensaban era una tierra de promisión y el problema es que, ni para los de aquí ni para los recién llegados, atan los perros con longaniza. Aquí viven bien los que viven bien, el resto viven a salto de mata. Ese es el futuro que les espera a la mayoría de inmigrantes. Un búlgaro que conocí en Madrid, de etnia turca, cobraba unos 600 euros al mes como peón no cualificado de la construcción. Se quedaba con 200 y enviaba los otros 400 a su familia. Dormía en un parque público en verano y en una caja de cartón en invierno. Con los 400 euros, su familia podía vivir seis meses (hace tres años) en Bulgaria. Vivir bien… No me negarán que hay algo de triste y primitivo pero, al mismo tiempo, de heroico en todo esto. No creo que muchos de nosotros nos sacrificáramos así por nuestras familias. En cierto sentido, tienen razón: vivimos bien; incluso los que viven mal, viven mejor que las clases medias de los países africanos y andinos.

¿Comer bien? Realmente, comemos mal. La dieta mediterránea es tan cara como nutritiva para quien quiere seguirla a rajatabla. Realmente, es mucho más caro el fast-food, pero también mucho más fácil y adictivo. Si el sobrepeso avanza a velocidad mayor que la inmigración es gracias a la comodidad que los europeos nos hemos forjado a la hora de comer: los consejos de Arguiñano, el “Canal Cocina”, o programas como “Todos contra el chef”, apenas logran que algunos desocupados y ociosos europeos, a menudo solteros, trabajen elaborados platos en sus cocinas de diseño. La mayoría prefieren llamar por teléfono a la pizzería, al distribuidor de hamburguesas o comida china más próxima y renunciar a elaborar platos de cocina tradicional.

El resultado no puede ser más catastrófico. Esta mañana he podido ver delante de mí a un tipo aquejado de obesidad mórbida castigando a una Vespino que desaparecía bajo su peso. La obesidad es una plaga en Europa. Así pues, ¿comemos bien? No, desde luego, pero sí, si tenemos en cuenta la cantidad y la proliferación de fast-food. De hecho, este tipo de establecimientos han recibido un refuerzo con los inmigrantes andinos que los han convertido en sus santuarios. El Kentucky de la calle de la Montera, donde estuve hace quince días, parecía una sucursal de Quito o La Paz.

Así pues, también aquí, en cierto sentido, los inmigrantes tienen razón: comemos “bien”, esto es, comemos “mucho”, y engordamos aún más. Un pueblo de gordos es un pueblo con colesterol en las venas y el cerebro pastoso. Ni deportes de riesgo, ni población sana y atlética, sino friki y constreñida a una vida sedentaria…

Esta consideración tiene un trasfondo: el inmigrante está convencido que ha llegado a la meca del consumo. Aquí en Europa hay oro y recursos infinitos. No ha venido –contrariamente a la versión políticamente correcta- a contribuir con su esfuerzo a pagar las pensiones de nuestros abuelos, sino a beneficiarse él mismo de una pensión por baja laboral, invalidez que arrastra de su país de origen, o simplemente para tratarse alguna enfermedad. Se percibe a Europa como la meca de la abundancia y el continente que puede pagar cualquier exigencia que se le formule.

“Sin nosotros no sabrían vivir”

A fuerza de la cantinela progre de que la inmigración es necesaria en Europa, los inmigrantes han terminado por creérsela. Para ellos, si los inmigrantes se fueran de Europa –que no se irán- el continente se hundiría –algo que no ocurriría- y este razonamiento, falso y mendaz, les crece en la sensación de que son protagonistas de algo. Ellos están salvando a Europa. Luego vendrá el tío Paco con las rebajas y pedirán una compensación que, desde luego, no merecen.

La inmigración está salvando, solamente, la cuenta de beneficios de las patronales de la construcción y de la hostelería. Su papel no es determinante en ningún otro sector económico, ni siquiera en el campo. Hablando de campo…

En estos momentos estamos en la recogida de la ciruela, como hace meses y medio estábamos en temporada de la cereza y dentro de un mes vendrá la vendimia, casi completamente mecanizada. Es tiempo de vacaciones. Hubo un tiempo en que los jóvenes estudiantes, de vacaciones, nos desplazábamos al campo y trabajábamos en alguna de estas campañas de recogida. Ganábamos lo suficiente para podernos comprar la Lambretta o viajar a Europa, o simplemente para no sangrar a nuestros padres con una permanente petición de fondos. Ahora todo eso se ha acabado: nuestros jóvenes, incluso los que quieren trabajar en verano, no encuentran trabajo porque está cubierto por la inmigración. Tampoco es un drama para ellos: “papá nos mantiene, tranquilos”. Así, las nuevas generaciones, en lugar de endurecerse, se van ablandando progresivamente.

De ahí que, también en este terreno, la opinión de los inmigrantes por subjetiva que pueda parecer, no es del todo falsa: hoy podemos vivir sin inmigrantes, dentro de unos pocos años, no. Nos habremos acostumbrado a que nuestros hijos-mascota no hagan nada más que vivir en un “dolce fare niente”, apático y alejado de cualquier esfuerzo y sacrificio, incluido el de buscarse la vida en los meses de verano. Y, entonces, sí que será cierto que la sociedad europea no sabrá vivir sin inmigrantes. El problema es que los inmigrantes no han venido aquí para sustituir a papá y mamá, sino para ganarse la vida. Llegará el día en que ocurra algo parecido a cuando Odoacro, Rey de los Hérulos, depuso a Rómulo Augústulo de una patada y asesinó a su papaíto que tanto quería y que lo colocó a la cabeza del Imperio Romano. Se dice que estamos al comienzo de una “nueva edad media”. En realidad no: estamos reviviendo la caída de Roma la Grande.

“Son racistas”

El inmigrante tiene un vago concepto de racismo. Racismo es toda prevención, hostilidad o reserva contra gentes de otras razas. Hasta no hace poco, España no era un país racista. Franco, incluso, tuvo una “guardia mora” y la especie de militares africanistas estaba muy extendida en el ejército. Si un país se vuelve racista, no es por una reflexión meditada, ni tras haber asumido las tesis del Conde de Gobineau, Chamberlain o el Ku-Klux-Klan, sino tras haber acumulado experiencias traumáticas. Un constructor muy próximo me decía: “contraté a una docena de ecuatorianos, todos iban a “oficiales primera”, en realidad nunca habían trabajado en una obra. Solamente podían trabajar llevando carros de escombros”. Un colombiano que contraté, también como oficial primera, se negó a cobrar el sueldo de un peón cuando a las tres horas de trabajar percibí que su cualificación máxima era la de peón aventajado. Así que abandonó la empresa. Dos semanas después, él había cambiado la orientación de “su” negocio. Me llamó por si me interesaba comprarle cocaína colombiana “que no está tocada”. Le colgué. Seguramente, para él, eso era ser racista.

También he contratado marroquíes –nunca argelinos, cuya “fama” les precede-; eran buenos chicos e, incluso, algunos muy simpáticos y amables. Sólo que con simpatía y amabilidad no se construye una casa. Su velocidad de trabajo era propia de una tortuga paralítica y, en cuanto a su habilidad profesional, era de otro tiempo. Sus técnicas de trabajo anticuadas y superadas. Su rendimiento profesional, ruinoso. Para colmo, vino el Ramadán. Sus encomiables deberes religiosos hicieron bajar aún más el rendimiento. Y luego estaba la mentalidad de zoco: el regateo constante de las condiciones salariales y la imposibilidad de establecer pactos innegociables a corto plazo.

Nunca he entendido por qué un marroquí, desde muy niño, si resulta detenido en España después de haber cometido un robo, termina considerando que todos –policías, jueces, víctimas, funcionarios de juzgados, el que pasaba por ahí…, todos- son “racistas”.

El inmigrante ha sido el niño mimado de la sociedad progre. Y como todo niño mimado, ha sido malcriado y ha recibido peor educación. Un maestro de escuela me comentaba que un niño argelino le llamó racista en plena clase cuando le increpó para que dejara de jugar con los juegos del teléfono móvil. Además del insulto, me decía la maestra, estaba la “mirada de odio”. Si, el niño malcriado termina odiando a papá y mamá porque ya no pueden acceder a sus nuevos caprichos. He visto ese mismo odio en muchos inmigrantes, y ese mismo odio es el que hizo estallar los sucesos de la “intifada” francesa de noviembre de 2005 y el que, finalmente, terminará haciendo estallar una guerra racial, étnica y social, en Europa. A la acusación de “racistas” le sigue el odio. Estamos en ese punto.

“Sus mujeres nos desean, sus hombres buscan a las nuestras”

El problema es que el comportamiento de algunos inmigrantes ha terminado generando un racismo galopante en la sociedad española. Si por azar, tras campañas y campañas de reeducación, la sociedad española desterrara ese racismo incipiente, nada cambiaría. El “otro” es mucho más racista y con mucha más intensidad. Recuerden la “mirada de odio” del niño argelino de la historia anterior.

La sexualidad y los estereotipos sexuales cabalgan muy frecuentemente con los tópicos racistas: “los negros la tienen grande”, “las orientales tienen un chumi estrecho”, “las negras huelen”, “a los magrebíes les gusta dar por culo” y así sucesivamente. De todo tiene que haber, claro está. Pero el problema es que estos tópicos tienen más arraigo en algunos grupos sociales y étnicos que en otros y están diferentemente arraigados.

Una amiga china me comentaba que entre ellas hablan sobre las dimensiones del pene de los europeos y les da miedo. No es para tanto. Luego, cuando experimentan, el miedo se va diluyendo. Por otra parte, es evidente que las andinas que trabajan en puticlubs se tienen por mujeres fatales deseadas por todos. Tampoco es eso. Determinados acentos arrugan. Pero el hecho es que una inmigración, buena parte de la cual está trabajando en puticlubs, tiende a creerse que es irresistible para los hombres. Y, por otra parte, el primitivismo de algunos inmigrantes, especialmente magrebíes, resulta insultante para la mujer española, además de suponer una total ignorancia de técnicas sexuales, cuando no un desprecio absoluto por el placer de la mujer.

Pero lo cierto es que, en la mentalidad del inmigrante, la sexualidad ocupa un papel muy destacado. Y no se termina de comprender. Realmente, ver a una mujer magrebí enfundada en esa especie de traje antiestético, antifemenino y antierótico hasta la saciedad, coronado con el velo, es uno de los espectáculos más antieróticos que pueden verse. Sin olvidar que, si bien la mujer andina tiene cierto éxito (especialmente por sus precios y porque hay por ahí mucha gente que precisa que lo arrullen con envolventes frases de cariño)… especialmente en puticlubs, lo tiene mucho menos en la sociedad.

En nuestros viajes “a lo largo y ancho del mundo” hemos podido constatar que, cuanto más primitivo es un país, el sexo ocupa un lugar más destacado. Existen países como Brasil donde resulta difícil no entablar una conversación en la que el sexo no aparezca en un momento u otro, o constantemente. Es, literalmente, agobiante y cansa el primer día que se experimenta. En Ghana, la conversación no gira solamente en torno a la sexualidad hombre-mujer, sino que incluso abarca a los monos, o a las monas… y recuerdo que en la reserva de
Silvertown de Costa de Marfil, el guía miraba con una lubricidad indisimulada a las monas que podían verse a uno y otro lado del recorrido.

Los estereotipos sexuales son, en definitiva, una marca de racismo. Pero el problema es que están mucho más arraigados entre la inmigración que entre nuestra gente. El magrebí se siente “deseado”; en realidad, para él, recibir la mirada de una mujer implica ya deseo, y ese presunto deseo abre las puertas a cualquier posibilidad. Incluida las relaciones sexuales no consentidas. Y dejando aparte lo atractivo de las mujeres llegadas del Este –verdadera reserva genética de Europa- lo cierto es que la mujer inmigrante magrebí y andina no goza de particular predicamento entre el macho hispánico. Las razas son lo que son y no son otra cosa. Por cierto, que una querida amiga italiana me decía en París que un argelino la llamó racista, y atacó por ahí cuando ella se negó a mantener relaciones sexuales con él.

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Hay otros muchos juicios, pero estos son, desde luego, los más habituales y los que hemos oído, en España y en el extranjero, en más ocasiones. Es bueno saber lo que piensan de ti. Aunque saberlo no contribuya a deshacer los prejuicios que unos y otros grupos étnicos tienen trabados entre sí. Este es el quid de la cuestión: ayer no había racismo porque no había inmigración; hoy hay racismo porque hay inmigración. El problema es que nos da la sensación de que el racismo importado es muy superior al de origen que, en el fondo, ha surgido de un mero empirismo realizado en pocos años.

Razón tenía aquel que sostenía que las etnias están hechas para vivir en su ethos, en su territorio y en su marco natural. La inmigración querida e instigada por la globalización es cualquier cosa menos un fenómeno natural. En el fondo, rechazar la inmigración masiva y el efecto llamada no es sino una de las caras del rechazo a la globalización

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 11.08.06