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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

CULTURA

De la Utopía de Zapatero a la Distopía de la realidad.

De la Utopía de Zapatero a la Distopía de la realidad.

Infokrisis.- En 1949 se publicaba 1984 la novela escrita por George Orwell en la que nos muestra un sombrío futuro dominado por un Estado omnipresente gestionado por un partido totalitario. Cuando llegamos a 1984, hace ahora casi un cuarto de siglo, se multiplicaron los homenajes al autor de aquella novela y las campanadas de la noche de San Silvestre anunciaron la llegada del “año Orwell”.

En aquel momento, Europa estaba bajo la presión del último tramo de la Guerra Fría; el despliegue de misiles norteamericanos en Europa hacía que volviera a planear, por última vez, el fantasma del desastre nuclear. Sin embargo, dos años después, Gorvachov inició el desmantelamiento de la URSS y poco después cayó el Muro de Berlín. La novela de Orwell se olvidó en un clima de optimismo y euforia.

La democracia había logrado disipar al espectro del totalitarismo. Sin embargo, si un año merece ser llamado “año Orwell” es precisamente 2008. Y si en algún lugar se da el escenario descrito por Orwell es en la España de Zapatero.

La sociedad descrita en 1984

Las dos mejores proyecciones de ficción de la literatura del siglo XX son, sin duda, 1984 y Un Mundo Feliz de Aldous Huxley. Ambas novelas son, de hecho, complementarias. En el Mundo Feliz se describe un paisaje que encaja perfectamente con el que se desarrolla ante la vista. Ser feliz es casi una obligación. No importa que ser feliz haya costado renunciar a tener un alma (una personalidad). La dominación del ser humano es sutil y se realiza por medios tecnológicos en la novela de Huxley.

Orwell muestra técnicas de dominación más brutales. Ha conocido el stalinismo y sabe que no todos se dejan robar el alma. Algunos la defienden. El Gran Hermano es brutal con estos. Debe de serlo si lo que pretende hacer es una sociedad igualitaria. El mundo de Orwell nivela e iguala con la motosierra. Quien sobresale y tiene opinión propia, le son amputados esos centímetros que dan personalidad. Es Winston, el protagonista, que se niega a aceptar esa igualdad por abajo; aspira, el insensato, a algo más.

Pero en el mundo de Huxley, ya no hay brutalidad, el Gran Hermano ha podido construir su mundo feliz y ya no ejerce brutalidad, le basta con haber robado el alma a todos los ciudadanos. Ninguno de ellos tiene problemas o dificultades, el Estado resuelve cualquier conflicto y cubre cualquier necesidad, a condición de carecer de personalidad.

El mundo de ZP: el mundo feliz

Huxley pinta un “mundo feliz” en el que el desarrollo científico, el dominio de las tecnologías y la utilización de las técnicas de control social, han llevado a la realización de la Utopía. Se han conseguido erradicar la pobreza y las guerras; los ciudadanos circulan por las calles con sonrisa bobalicona, no conocen ni el miedo, ni la enfermedad; son permanentemente felices.

La ironía de la novela es que para alcanzar esa felicidad han debido eliminar muchas cosas: la familia, la cultura, la religión, las artes, la filosofía, la historia, la diversidad étnica y cultural, las identidades y las naciones…

No hace falta forzar las cosas para reconocer tanto en el modelo descrito por Huxley como en lo que ha sido preciso destruir, a la ideología de José Luis Rodríguez Zapatero. Da la sensación de que algún ideólogo de Ferraz ha tomado la novela de Huxley como programa electoral: lo que se ofrece es la felicidad (en lugar del esfuerzo, la lucha, el sacrificio, es decir, en lugar de la vida real) y para llegar a ella es preciso hacer tabula rasa de todo lo que conocemos.

En los cuatro años de gobierno de Zapatero se han dado pasos asombrosos para la destrucción de la familia (divorcio exprés, práctica liberalización del aborto, ausencia completa de facilidades y ayudas para formar familias y para la paternidad), para liquidar la identidad nacional (regularización masiva de ilegales en 2005 y puertas entreabiertas para llegar a 6.000.000 de inmigrantes), para pulverizar la enseñanza y la cultura, para imponer los nuevos valores (universalismo, pacifismo, ecologismo, paz universal, etc.) mediante la invención de asignaturas (educación para la ciudadanía), ofensiva contra la religión tradicional del pueblo español (mediante la promoción de un laicismo extremo, igualando el catolicismo a cualquier otra religión), centrifugar el Estado (apertura a los partidos nacionalistas e independentistas, diálogo con ETA, incapacidad para definir un modelo de Estado).

Para colmo en “el mundo feliz” las drogas son el pilar de la sociedad… España es hoy el país del mundo que consume más cocaína, por delante incluso de los EEUU. Huxley aludía a una mezcla de heroína y cocaína que proporcionaban una felicidad absurda.

Los ciudadanos del mundo feliz de Huxley ignoran lo que es la historia, simplemente tienen la idea de que en el pasado sólo se conocía el horror y la barbarie (lo contrario de la sociedad en la que viven). Es inevitable recordar la importancia que ZP da a la “memoria histórica” y el estímulo que ha dado a los nacionalistas e independentistas para que “rescriban la historia”. De hecho, en la concepción de ZP, todo lo que ocurrió antes del 14-M de 2004 era pura barbarie.

Huxley describe el proceso de la globalización que tanto gusta a ZP. Sitúa su origen en 1908 (año en que Henry Ford lanzó el “Ford T”, primer coche fabricado en serie) y, después de una guerra de nueve años que se desarrolló en Europa, se formó el “Estado Mundial” que dio paz y armonía universal.

No albergamos la menor duda de que el modelo de sociedad que tiene ZP (y, por extensión, toda la progresía alucinada de éste país) es el descrito por Aldous Huxley en El Mundo Feliz. Y el mismo Huxley describe los valores tradicionales que hay que liquidar. Justo los que Zapatero ha ido arrinconando en los últimos cuatro años.

Pepiño Blanco, en el Ministerio de la Verdad

El protagonista de 1984 es Winston Smith, un trabajador del “Ministerio de la Verdad” cuya función es rescribir permanentemente la historia, inventando héroes y anulando a protagonistas y a situaciones reales “políticamente incorrectas”.

La sociedad de 1984 es una inversión de una sociedad sana; cualquier nombre utilizado es la inversión de su función real: el Ministerio del Amor se ocupa de los castigos, el Ministerio de la Paz, prepara las guerras, el Ministerio de la Abundancia mantiene a la población al borde de la subsistencia y, finalmente, el Ministerio de la Verdad falsea la realidad para que ésta coincida con las previsiones del Gran Hermano... el dictador único del que emana un “pensamiento único”, verdadero paradigma al que debe atenerse toda la sociedad.

Cada mañana, cuando el portavoz del PSOE, Pepino Blanco ofrece una rueda de prensa parece que oficie como un representante del Ministerio de la Verdad orwelliano quien habla. De hecho su función consiste simplemente en encajar a martillazos la realidad con las necesidades electorales del partido.

En el mundo de 1984 se ha impuesto el “doble pensar”, el arte de pronunciar unas palabras y encerrar un significado contrario a su significado objetivo. A esto lo llamamos hoy “lo políticamente correcto”.

El Gran Hermano, ánima nera de la novela, lo es todo, es el comandante en jefe, el guardián de la sociedad, el dios, el  juez supremo, la encarnación de los ideales del Partido único y todopoderoso. Vigila sin descanso. Al Partido único deben pertenecer todos salvo los "proles", equiparados a los animales, los proles somos todos: la Policía del Pensamiento apenas los vigila: "a los proles se les permite la libertad intelectual porque no tienen intelecto alguno". Da la sensación de que se está describiendo la situación de España en el siglo XXI, donde puede decirse todo, pero no sirve para nada y donde la masa carece de capacidad crítica al 100%.

El protagonista de 1984 toma conciencia de lo monstruoso de esta sociedad. Percibe en los mecanismos mediáticos, en la educación y en el ocio, instrumentos para el control mental de los individuos y para la educación totalitaria de las nuevas generaciones. El Gran Hermano aspira a penetrar en el cerebro de cada ciudadano y a controlar cualquier disidencia incluso en el dominio del pensamiento íntimo. Las técnicas de dominación hacen efecto sobre Winston y la novela termina con el protagonista mirando un monitor de televisión: “Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano”.

Orwell define a la ideología totalitaria como IngSoc, contracción de “socialismo inglés”, abierta a todas las razas, que propone el mestizaje universal y cuyo símbolo es una mano blanca y otra negra que se dan la mano. ¿Les suena?

Distopía frente a Utopía

La Utopía es una ficción en la que se describe un mundo ideal. La distopía, por el contrario, es una utopía negativa y completamente indeseable. Los mundos descritos por Orwell en 1984, por Huxley en Un Mundo Feliz o por Ray Bradbury en Fahrenheit 451, en La Naranja Mecánica de Anthony Burgess o, más recientemente Neuromante de William Gibson, son distopías.

En política, es frecuente que los buscadores de utopías, terminen generando monstruosas distopías. Es lo que ha logrado José Luis Rodríguez Zapatero de quien hasta el 14 de marzo de 2004 no podía dudarse de su honestidad y de su sinceridad, pero a medida que ha ido avanzando en su tarea de gobierno, ha dado muestras de su capacidad para generar problemas y llevar el caos allí a los terrenos más insospechados y hasta su aparición sosegados.

Zapatero intentó que el proceso de paz llevara por vía del diálogo al desarme del terrorismo. Y la utopía se trocó en distopía cuando estallaron las bombas de la T-4, ETA siguió amenazando y dos guardias civiles resultaron asesinados en Francia.

Zapatero intentó abrir un debate sobre el “modelo de Estado”; su utopía consistía en salvar la contradicción entre las autonomías y el Estado, pero se encontró con la distopía que llevó al Plan Ibarreche o al nou Estatut.

Desde 2004 hasta hoy la inmigración ha aumentado un 30%. La regularización masiva de 2005 debía de haber llevado a una nueva situación utópica en la que todos los residentes en España tuvieran papeles, pero, nuevamente apareció la distopía en forma de efecto llamada y de conscuencias más perversas que acarrea todo fenómeno migratorio incontrolado (desarraigo, delincuencia, formación de guetos, alteración de todos los parámetros y constantes de la sociedad española, etc.).

Como si Orwell hubiera anticipado la política económica del gobierno ZP en su descripción del Ministerio de la Abundancia, la utopía de la justicia social que decía defender, se convirtió en la distopía de la mayor crisis económica que se va haya visto en nuestro país. Y poco importa quien venza en las elecciones de marzo: la situación es tan grave que el margen de maniobra de unos o de otros es el mismo, aguantar la crisis y esperar que el tiempo lo resuelva todo… 

Zapatero buscó alcanzar la utopía en materia internacional y para ello promocionó su Alianza de Civilizaciones, intentó alianzas con los “grandes”, pero, finalmente su política tan solo pudo atraer a países-parias africanos, a Turquía deseosa de buscar alianzas para acercarse a la UE, fracasando en todos los demás frentes. La utopía internacional de ZP y de Moratinos, se volvió, una vez más, distopía.

Otro tanto ocurrió en políticas sociales. El programa del PSOE de 2004 aludía a un utópico “viviendas para todos”, en la práctica se quedó, primero en “soluciones habitacionales”, luego en “pisos de 30 metros”, más tarde en 200 euros para alquileres que provocaron una inmediata subida de 200 euros en la oferta. La Ley de Acompañamiento no es nada sin los presupuestos de las autonomías, los beneficios prometidos a Autónomos y pensionistas, no sólo no aparecieron sino que la crisis económica iniciada en otoño de 2007 mermó hasta la raíz el poder adquisitivo de las economías más modestas. Si la distopía es algo, es precisamente esto.

El régimen de partido único aquí y ahora.

Alguno dirá: “Si, ciertamente, Zapatero si no ha leído –lo que parece probable- ni 1984 ni Un Mundo Feliz- los ha bene trovato y cada una de sus medidas ha conducido a la distopía, el “feliz mundo” que ZP ha querido construir se ha convertido en un “mundo feliz” huxleyano. Pero, afortunadamente, hay oposición”. Error, no hay oposición, hay competidor. El PP es el “competidor”, mucho más que el “opositor” y en tanto que “competidor”, juega a la contra sistemáticamente. Si fuera “opositor” miraría mucho más a los intereses nacionales que a los intereses propios, de la misma forma que si el PSOE fuera el “poder”, gobernaría en lugar de limitarse a disfrutar de las mieles del poder. Ni la oposición construye una alternativa, ni el partido en el poder sabe ni tiene la intención de ejercerlo.

Por lo demás, ninguno de los dos partidos “hace política”. La política es lucha, construcción, destino, no expolio de las arcas públicas allí en donde tiene ocasión, ni búsqueda sistemática del máximo beneficio económico propio con el mínimo esfuerzo.

No hay oposición porque ningún partido cuestiona ni lo políticamente correcto, ni el pensamiento único, ni el nuevo orden mundial (la globalización). Vivimos en un escuálido régimen de partido único, el partido del conformismo, de los intereses de parte sobre los intereses de la colectividad y de la utilización del poder para satisfacer su desmedida ambición.

Por eso los programas de los partidos se asemejan tanto en lo esencial e incluso se complementan (Aznar abrió las puertas a la inmigración, ZP los legalizó; Aznar fue partidario de la entrada de Turquía en la UE, ZP también; los alcaldes del PSOE recalifica como máxima actividad municipal, los del PP también; ni el PSOE, ni el PP se atreven a criticar la globalización; ni el PSOE ni el PP hicieron absolutamente nada por la familia española, por estimular la demografía, ni por aumentar los niveles de representatividad democrática; el PSOE ejerció el antimilitarismo, pero fue Aznar quien liquidó el ejército con su oportunista abolición del servicio militar sin que existieran alternativas; y así sucesivamente), las únicas diferencias son en “talante” y en estilo con el que realizan, es decir el “relumbrón”.

Si bien ZP ha “enunciado” proyectos radicalmente diferentes a los del PP, no ha llevado a la práctica nada esencial de verdaderamente profundo, porque para hacerlo debería de contar con el consenso del PP de acuerdo a la constitución del 78. De ahí que, incluso desde el punto de vista constitucional, podamos decir que vivimos en un régimen de partido único, el partido del conformismo y del pancismo.

El rostro del Gran Hermano varía –de hecho en la novela de Orwell nunca se le presta un rostro concreto, es anónimo- pero su mentalidad es siempre la misma: Rajoy y ZP, tanto monta, una diarquía oligárquica, un sistema con aspecto democrático –en el que cada cual puede decir todo lo que quiera, sabedor de que no va a servir para nada- en el que los ciudadanos son arrojados por el Ministerio de la Abundancia (Solbes) a los límites de la supervivencia económica y donde el Ministerio de la Verdad (Blanco) rescribe cada día la historia y miente con un cinismo digno de Satanás pidiendo acceso al Cielo de los justos, en donde los Caldera-Rumi-Pajín muestran la multiculturalidad como la gran panacea y la mano blanca y la mano negra descritas por Orwell cruzándose en una improbable armonía universal que remite al mundo feliz de Huxley.

La bastardización de la población mediante la educación –esa educación que ni el PP reformó cuando tuvo ocasión, y que el PSOE solamente ha hecho otra cosa que hundir un poco más- junto a la precariedad económica de las masas, las mantienen quietas. En el fondo siempre puede perderse algo más. Y, por lo demás, ambos partidos han promocionado un sistema de ocio que agudiza más la ignorancia y la bastardización.

Quien no tiene cultura, ignora lo que es la verdadera libertad y aunque la tuviera no sabría como ejercerla; ni sabe juzgar ni criticar, ni analizar, si apoya no sabe porqué –por vísceras- y si se opone ignora los motivos de fondo –por vísceras- es simplemente un paquete de vísceras, un tubo digestivo y poco más. Ese es el Winston que ante el monitor del Gran Hermano derrama unas lágrimas porque entiende que “se ha vencido a sí mismo”. Es decir, porque ha renunciado a su alma.

Esos somos usted y yo, y el tipo que me acabo de cruzar y el vecino del quinto y el enésimo concursante del enésimo concurso televisivo o del último talk-show. A eso nos han reducido y nosotros se lo agradecemos porque cobramos el paro, porque a fuerza de ganarnos la vida la perdemos día a día, porque nos han traído inmigración para limpiarnos los mocos, porque el PIB crece aunque mi cartera mengüe. Gracias porque ya solo me quedan 29 años para pagar la hipoteca. Gracias eternamente al Gran Hermano, gracias a la sigla PPSOE y gracias a Zapajoy, reflejo pálido del Gran Hermano.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es

 

La cuestión masónica en el siglo XXI. Algunas reflexiones desde fuera de la masonería

La cuestión masónica en el siglo XXI. Algunas reflexiones desde fuera de la masonería

Infokrisis.- Existe un equívoco en torno a la masonería. Habitualmente se suele criticar a la masonería sin conocerla. Realmente, sólo Marqués-Riviére fue capaz en los años 30 de estructurar una crítica a la institución masónica después de haberla conocido hasta la saciedad. En nuestro caso no hemos sido iniciados en logia pero sí tenemos el número suficiente de amigos de infancia y juventud que si lo han sido y que hoy son altos grados de la masonería. Eso nos permite cierto grado de objetividad personal. A esto se une el que nos definamos como “tradicionalistas” en la línea de Julius Evola y René Guénon. Como se sabe, mientras que Evola realizó una crítica en profundidad a la masonería –crítica que compartimos sin fisuras y que hoy no pretendemos otra cosa que ampliar–, Guénon adoptó una postura favorable a la masonería que hoy comparten muchos de sus seguidores. Hoy nos queremos distanciar de las críticas extremas y sin conocimiento excesivo de la materia (la que ha ejercido De la Cierva o César Vidal, tan brillantes en otros temas, pero con un conocimiento limitado en éste) y de las posiciones incondicionalmente masónicas. Como siempre, la verdad está en otro lugar.

1. Introducción

El auge de la masonería había empezado en el siglo XVIII cuando entraron en las logias una parte sustancial de las mentes más brillantes de aquella generación. Fue en las logias en donde se percibió que el absolutismo –última forma degradada de Estado Tradicional– estaba agotado y era preciso operar la sustitución. De la crisis del absolutismo centralista y nivelador, que había surgido como estadio degradado de las monarquías sagradas de la antigüedad, se abrió el camino las democracias modernas.

La masonería tuvo un papel central en esta sustitución, de la misma forma que la casta guerrera había tenido arte y parte en la constitución de las monarquías medievales. De hecho, cuando Julius Evola establece la pauta de la decadencia alude a la doctrina de la “regresión de las castas” que puede resumirse como el proceso de sustitución de la hegemonía de la monarquía sagrada a la casta sacerdotal, de ésta a la casta guerrera y de la casta guerrera al tercer Estado.

En la sociedad tradicional las castas se relacionan jerárquicamente teniendo cada una de ellas un propio sistema iniciático y unas estructuras organizativas propias: órdenes religiosas para la casta sacerdotal, órdenes militares y de caballería para la casta guerrera y gremios y hermandades artesanales para la función productiva. Es importante fijar este concepto: cuando se produce una caída de nivel, la hegemonía pasa de una casta a la inmediatamente inferior y en este sentido, el final de las monarquías absolutas supuso la liquidación de los residuos de poder de la casta guerrera y la entrada en el período hegemónico de la función productiva, la casta burguesa.

Vistas así las cosas, las democracias son aquellos estados de poder en los que la burguesía es la casta hegemónica y detenta la preeminencia social, instalando sus valores y sus ideales como arquetipos a seguir por toda la sociedad.

Las revoluciones burguesas, sin excepción, fueron inspiradas por la masonería, desde la revolución americana hasta la II República Española, pasando por la revolución francesa, la unificación de Italia, la independencia de las colonias españolas en América o la instalación de las democracias en Europa Central después de la II Guerra Mundial.

Cuando finalizó el último conflicto mundial, en 1945, los ideales masónicos se plasmaron en la creación de Naciones Unidas. Por otra parte, cuando estalló la Revolución Rusa en octubre de 1917, lo que irrumpió con el comunismo fue la revolución de la última casta, el proletariado (los que no poseen otra cosa mas que la fuerza de su trabajo). Y como tal, las revoluciones comunistas se configuraron como antiburguesas y liquidaron sin piedad a la masonería. Salvo en Cuba, en donde la masonería sigue existiendo bajo el castrismo, en el resto de revoluciones comunistas, la masonería fue perseguida y los masones alejados de las filas de los Partidos Comunistas desde 1923 siguiendo las órdenes del Komintern.

Todo el absurdo de la “conspiración judeo-masónica-bolchevique” fue una simplificación, a menudo ignorante, realizada con una ligereza y una falta de base documental sorprendente, insostenible desde el punto de vista histórico objetivo.

Entre principios del siglo XVIII y mediados del siglo XIX, la masonería lideró todos los procesos políticos democratizadores e incluso el proceso de unificación europea iniciado a principios de los años 50 puede ser considerado como la última manifestación de éste impulso creativo. Esta capacidad creativa hacía que algunos elementos problemáticos de la historia masónica (el affaire Stavisky en Francia, en affaire Strauss y Perle en España, el asesinato de un periodista antimasónico en los EEUU, etc.) pasaran a segundo plano en relación a la veta central del impulso masónico: el impulso a la creación de Estados democráticos.

Sin embargo, a mediados del siglo XX, el impulso creativo finaliza. La masonería deja de ser un laboratorio de ideas y, en ese momento, pasan a primer plano lo que hasta entonces había sido solamente el trasfondo bajamente humano de la historia masónica: el amiguismo, el tráfico de influencias, las corruptelas, el confundir fraternidad con complicidad, etc.

Desde ese período, la masonería no ha hecho otra cosa que aumentar su crisis y acentuar sus rasgos más problemáticos. Y es en esta situación como afronta el siglo XXI.

2. La cuestión iniciática, cuestión a resolver

La masonería tiene sentido como asociación iniciática. Diríamos más: solamente como asociación iniciática. Desprovista de su contenido iniciático, los rituales, los símbolos, la liturgia masónica carecen absolutamente de sentido. La iniciación es la piedra angular de la masonería y su razón de ser. Sin la iniciación la masonería no pasaría de ser un club social que podría prescindir de toda la superestructura ritual tal como han hecho los Rotary o cualquier otra asociación que agrupe a burgueses convencionales.

Cuando se pregunta qué es la masonería, la respuesta inevitable es: “Es una asociación que busca el perfeccionamiento del ser humano”. Si prescindimos del hecho iniciático, ese “perfeccionamiento” es puramente moral: ser “buenos”, ser “justos”, ser “tolerantes” y poco más. Una pura banalidad que puede acompañar a la personalidad, pero no ser su eje central. La antigua masonería cuando aludía a ese “perfeccionamiento” se refería a otra cosa muy diferente.

Vale la pena aclarar algunos puntos:

- Concepto tradicional del mundo: existen dos realidades, una física y otra metafísica; dos mundo: el mundo del devenir y el mundo del ser; dos realidades: una material y otra espiritual.

- Concepto tradicional de iniciación: desde la simbólica “Caída” adámica, el ser humano está preso del mundo de la materia y ha perdido la llave que da acceso al mundo del espíritu. La iniciación es el “puente” entre uno y otro mundo.

- Contenido de la iniciación: la iniciación es un ritual mediante el cual se inserta en el ser humano una “fuerza” (y unos conocimientos técnicos) que le permiten atravesar el “puente”. Ese tránsito no podría realizarse solamente con las meras fuerzas del ser humano, para ello hace falta un conocimiento y una energía que rebasan las meras dimensiones humanas.

- Condiciones para la iniciación: la condición central de todo proceso iniciático es que sea transmitido por una “organización regular” en la que esté clara que esa fuerza asumida por los fundadores se ha logrado transmitir de unas generaciones a otras de forma “regular”, esto es, conforme a los rituales y mediante individuos cualificados. Si estos elementos no están presentes, el ritual carece de eficacia y es una ceremonia vacía e inútil.

La iniciación masónica, al menos en principio, no es diferente a cualquier otro régimen iniciático. Incluso la Iglesia Católica muestra una eco de esta enseñanza en la doctrina de los sacramentos que son sólo válidos si se cumple la liturgia y son transmitidos por un sacerdote regularmente ordenado. Así pues no estamos hablando de algo desconocido en la tradición occidental. Ahora bien…

Los problemas que se plantean en la masonería son, por éste orden:

1) Si la iniciación masónica es “regular”, esto es, si ha sido transmitido a partir de una organización regular y con un origen indudablemente iniciático.

2) Si el ritual sigue conservando su “eficacia” y no ha sido alterado, en cuyo caso pierde su valor.

3) Si la transmisión masónica se ha mantenido desde la creación de la Gran Logia de Londres en la taberna del Ganso y la Parrilla en 1707.

La respuesta a estas tres cuestiones es negativa:

- La logia madre de todas las logias no se creó de acuerdo a los rituales de los antiguos gremios operativos.

- Los rituales de iniciación masónica han sufrido alteraciones muy profundas en la mayor parte de obediencias y ritos, e incluso extremadamente profundas en otras (el Derecho Humano, por ejemplo, o la co-Masonería).

- La iniciación masónica se ha transmitido muy frecuentemente por individuos que carecían de la más mínima cualificación reduciendo el hecho iniciático a una cáscara vacía y hueca.

Todo esto nos hace dudar del valor y de la eficacia iniciática de la masonería moderna por mucho que René Guénon haya intentado aludir a ella como una de las vías iniciáticas que están abiertas para occidentales.

Es importante recalcar por qué hemos negado el que la Gran Logia de Londres fuera fundada de manera regular. El asunto ha vertido mucha tinta, pero a estas alturas se disponen de datos incontrovertibles. Vamos a intentar resumirlos:

1) La fundación de la Gran Logia de Londres supuso una ruptura con la masonería operativa anterior de la que la masonería moderna se presenta como su legítima continuadora.

2) Para fundar la Gran Logia de Londres no se alcanzó el número de maestros suficiente requerido por las Old Charges de la vieja masonería operativa, eso implica que la logia fue irregular como todo lo que le siguió.

El misterio de la masonería moderna

A pesar de haber seguido el origen de la masonería, a pesar de conocer su evolución a lo largo del siglo XIX, a pesar de conocer, acaso mejor que los propios francmasones lo que fueron las hermandades gremiales de las que la masonería aspira a extraer su origen y legitimidad, debemos confesar nuestra absoluta perplejidad por las orientaciones de algunos sectores de la masonería moderna.

A decir verdad, el nacionalismo deriva de la revolución francesa y, a lo largo de todo el siglo XIX, allí donde hubo una logia masónica, allí tuvo su germen alguna forma de nacionalismo. Ahora bien… resulta significativo que para algunos francmasones la “era de la luz” se iniciara en 1946 con la creación de las Naciones Unidas. A nadie se le escapa lo banal de esta fecha.

Las esperanzas que pudo suscitar NNUU en la postguerra fueron similares a las que despertó la Sociedad de Naciones tras el anterior conflicto mundial. Ambas expectativas fueron desmesuradas y decepcionaron pronto a quienes las alumbraron. NNUU siempre ha tenido un papel irrelevante en la política internacional y apenas ha servido para otra cosa que para el absurdo a países prácticamente inexistentes como Lesotho o Senegal a potencias tecnológicas de primera magnitud como Suecia o Canadá, por citar a países que no tienen derecho de veto. El hecho de que en NNUU a cada país le corresponda un voto, al margen de su población, de su solvencia internacional, de su solidez y de su peso específico, es solamente el primer gran error en la concepción de NNUU

Por no hablar, desde luego, de que, a fin de cuentas, NNUU es un marco en el que las superpotencias se disputan el control sobre los pequeños países. Las loables intenciones de NNUU jamás han podido llevarse a cabo y todo ha quedado en notables fracasos (especialmente en Oriente Medio), en impulsar procesos catastróficos en su desarrollo y en sus consecuencias (como la independencia de las colonias africanas que ha llevado a África a estar retrasada 200 años en relación a los países occidentales y a perder definitivamente el ritmo del desarrollo), o simplemente en aprobar resoluciones que nadie ha respetado o que cada cual ha interpretado como le ha convenido (resoluciones en torno a Irak previas a la invasión americana).

Así pues, estamos hablando de una institución banal, frecuentemente rodeada del aroma del fracaso y cuya fundación tiene relativo interés histórico habiendo permanecido completamente al margen de los grandes movimientos de la segunda mitad del siglo XX. Si en 1946, la fundación de NNUU inicia la “era de la luz”, esa luz tiene muchas más sombras que radiaciones tranquilizantes.

Ahora bien, ¿de dónde procede esa idea que había estado ausente de toda la doctrina masónica anterior a la Segunda Guerra Mundial?

Repetimos: la masonería fue desde su fundación hasta los años 30 el principal impulsor de los nacionalismos jacobinos. Es solamente a partir de finales de los años 40 cuando aparecen en el acervo doctrinal masónico elementos “universalistas” que antes habían estado casi completamente ausentes de la ideología masónica.

En efecto, durante el último tercio del siglo XIX, elementos masónicos habían impulsado distintas iniciativas para alcanzar el “entendimiento universal”. Eventos como las “exposiciones internacionales” o los mismos “juegos olímpicos” estaban impregnados de este espíritu “universalista”, ajeno por completo a la doctrina masónica originaria y que solamente con el correr del último tercio del siglo XIX va haciéndose un hueco. Pero es a finales de los años 40 del siglo XX cuando un sector amplio de la masonería se ve ganado por estas ideas y abandona el nacionalismo de los “enfants de la patrie” del que habían sido sus primeros impulsores desde la revolución americana y la francesa.

Esta aparición del “universalismo” ¿es una mutación interior de la masonería, una mutación espontánea o bien el trabajo sistemático de algún sector que ha ido impregnando a la masonería de valores que, en rigor, no fueron nunca propiamente masónicos? Hoy creemos que ha habido algo de lo uno y de lo otro.

En principio, la introducción de elementos “universalistas” aparece en el tiempo en el período en el cual alcanzan su máxima difusión determinadas corrientes ocultistas, en especial la Sociedad Teosófica fundada por Helena Petrovna Blavatsky, que alcanzan su paroxismo con su sucesora, una conocida feminista y socialista inglesa, para desembocar por vía de la escisión en dos personajes extremadamente curiosos: Jiddu Khrisnamurti de un lado y Alice Ann Bailey de otro. En estos dos, el “universalismo” es un proyecto perfectamente definido. Khrisnamurti fue un gurú que entre los años 20 y los 70 tuvo cierto impacto en las élites cosmopolitas, especialmente norteamericanas. Su “producto espiritual” no era más que una forma de moralismo ingenuo sin mucho contenido, con alusiones frecuentes a la “armonía universal”. Mucho más contenidos tenía Ann Bailey a pesar de ser mucho menos conocida.

Es importante recordar que las sugestiones que declaró haber recibido la Bailey procedían de una “entidad” a la que la Blavatsky ya se había referido en alguna ocasión, “Dwjal Kull”. La doctrina de la Bailey hacía de NNUU el eje de la “nueva era” (ver en este mismo blog el artículo sobre “La sala de la meditación de las NNUU”). La idea es que la “humanidad” (Proudhom decía: “Atención quien dice ‘humanidad’ pretende engañar”) forma un todo por encima de pueblos, naciones, razas, culturas y diferencias. Así pues, si la “humanidad” es un todo, para que haya armonía universal deberá existir: una “religión mundial”, un “gobierno mundial”, un “sistema mundial” y, por supuesto, una “cultura mundial” y una “raza mundial”.

Todo esto haría sonreír por su ingenuidad e ignorancia de los problemas reales de la humanidad, como si se tratara de un idealismo extremo y planeante, excepcionalmente subjetivo en donde las propias sugestiones se confunden con la realidad, sino fuera porque esta doctrina ha ejercido una influencia visible en la primera generación de funcionarios de NNUU. Como muestra de ello allí, en el edificio de Nueva York, está la “Sala de la Meditación” a la que hemos aludido.

En ocasiones, las influencias ideológicas no son completamente visibles. Resulta muy difícil definir a través de qué canales, el “universalismo” se superpuso a la doctrina masónica, pero el único hecho seguro es que así ha ocurrido. Y, vale la pena recordar, que originariamente la masonería distaba mucho de ser “universalista”.

Lo más probable es que algunos sectores masónicos tuvieran una relación de ósmosis con los medios ocultistas procedentes del teosofismo, el entorno de Khrisnamurti y el movimiento fundado por Alice Ann Bailey. Es también posible que estos medios practicaran el “entrismo” en la masonería y que, al mismo tiempo, se tratara de una penetración “ideológica” en la que UNESCO debió ser uno de los vehículos. Insistimos: es difícil aportar datos objetivos sobre esta penetración ideológica que cambió las orientaciones de la masonería… lo cierto es que hoy, distintas obediencias masónicas y Grandes Logias comparten esta doctrina. En España, por ejemplo, esta influencia es bien visible y vamos a citar uno de sus consecuencias más extremas.

Zapatero y la masonería

El hecho de que la “ideología” de Zapatero responda más al universalismo masónico que a cualquier doctrina socialista conocida, no implica que él sujeto pertenezca a la masonería. Si pertenece a alguna logia, no es desde luego española y en ese caso sería probable que como otros políticos españoles –socialistas, nacionalistas vascos, democristianos catalanes o del PP, que de todo hay en las filas masónicas– no esté afiliado a una logia española, sino francesa o suiza. En este sentido, la Gran Logia Alpina, a la que pertenecen algunos socialistas de segunda fila, ha sido la obediencia más atrayente para españoles en tanto que garantiza confidencialidad y posibilidad de buenos negocios. O bien el Gran Oriente de Francia al que perteneció el malogrado Ernest Lluch, obediencia en la que también los ideales universalistas calaron hondo desde los años cuarenta.

Lo rigurosamente cierto es que detrás de la idea que Zapatero se hace de la sociedad española del futuro parece existir, una ideología que, desde luego, tiene poco que ver con el socialismo y mucho más que ver con los aspectos más desagradables del universalismo. Y uno de ellos es la inmigración.

Lo que Zapatero ha hecho en materia de inmigración es, simplemente, una salvajada. Zapatero, más que nadie, ha provocado el que la constitución étnica de nuestro país vaya a alterarse en profundidad en apenas una generación. Todas las medidas que ha aprobado en materia familiar tienen como denominador común liquidar al grupo étnico autóctono, cortando la posibilidad de que prolongue su descendencia, exista la estabilidad familiar necesaria para educar hijos de forma natural, ha creado un caos en el concepto mismo de “matrimonio” al equiparar las parejas homosexuales (y, por tanto, estériles), al matrimonio heterosexual, y, finalmente, si no se ha atrevido a liberalizar completamente el aborto es por las consecuencias electorales que en este momento podría acarrearle. Pero no sólo eso.

Gracias a la regularización masiva de 2005, se ha producido un efecto llamada –que ya se inició en 1999 con la reforma socialista del a Ley de Inmigración- que solamente aminorará la crisis económica que tenemos ante la vista. Las consecuencias de importar a 6.000.000 de inmigrantes en apenas 10 años, no se le escapan a ningún observador avisado. Los problemas sociales, étnicos y religiosos se van a acentuar hasta convertirse en insoportables y verdaderos focos de conflictividad como ya es hoy la delincuencia, el narcotráfico, la pulverización del sistema educativo y así sucesivamente (ver los distintos números de la revista IdentidaD, http://www.revistaidentidad.com).

Hemos hablado con varios masones de alto grado, de militancia socialista sobre la política de inmigración de ZP y nos ha llamado la atención el que estos amigos son suficientemente elásticos y dialogantes como para poder abordar temas espinosos impulsados por ZP (la Alianza de Civilizaciones, el problema autonómico, la situación económica catastrófica o el proceso de paz con ETA), y lo hacen con un grado total de apertura al diálogo… que concluye en el momento en el que se toca el tema de la inmigración, como si se tratara de un tabú, algo en el que, sin saber exactamente el motivo, debe compartirse cualquier iniciativa que tienda a una “religión universal”, a una “raza universal” o a un “mestizaje universal”… sin querer entrar –esto es, negándose a entrar– en el fondo de la cuestión y en las consecuencias de todo estos movimientos, a la vista de lo que la sociedad europea ha evidenciado en los últimos años (la imposibilidad de integrar a la inmigración y la absoluta negativa de los recién llegados, no ya al “mestizaje”, sino a la integración). Y esto resulta sorprendente.

Cuando Zapatero, la Rumi, Caldera o la Pajín hablan de inmigración, es evidente que desconocen completamente de lo que están hablando, más parece que repitan una cantinela aprendida no se sabe donde y en la que ni quieren pararse a pensar ni tienen intención de dar marcha atrás a pesar de que sus iniciativas tienen el aroma del fracaso y generan una evidente alarma social de la que el rostro tumefacto de José Luis Moreno es la enésima llamada de atención.

Es evidente que si la masonería reconducida por el universalismo es el mentor de esta doctrina, el fin de la masonería está próximo y difícilmente va a poder soportar el hundimiento de estas ensoñaciones ingenuas y el choque de tanta irresponsabilidad con el mundo real.

¿Hay un futuro para la masonería?

Hay vías muertas y vías en las que es posible la marcha atrás. El universalismo es una vía muerta porque lo ignora todo sobre todo: los factores étnicos, los factores culturales, los factores antropológicos, los factores históricos, los factores geopolíticos… ¿seguimos? En el fondo, el universalismo es la coreografía emotiva y sentimental de la globalización que, por paradojas de lo humano, ha terminado constituyendo el trasfondo doctrinal de los movimientos antiglobalización o de excrecencias del Partido Socialista como esa nueva formación presidida por Rosa Díez que combate al micronacionalismo vasco, no en nombre de la unidad del Estado y de la Nación, sino en nombre de un vago universalismo de bajos vuelos.

El universalismo es una vía muerta porque ignora la naturaleza humana y para imponerse debería de alterarla tan en profundidad que el ser humano perdería sus instintos, sus pulsiones y todo aquello que lo caracteriza en su grandeza y en su miseria. Debería, pues, de dejar de ser humano para convertirse en un robot o en un individuo domesticado, bastardizado, “normalizado” y sin personalidad propia, un ente anónimo similar a cualquier otro, sin rostro, un sujeto extraído del mundo feliz de Huxley o de la pesadilla orwelliana de 1984, cuyo lugar sería el Fahrenheit 451 descrito por Bradbury.

Si esa es la vía que elige el grueso de la masonería, mucho nos atrevemos a profetizar que en una generación habrá desaparecido como institución y de sus rituales y ceremonias no quedará sino el recuerdo. Pero hay otra vía: la marcha atrás. El “progresismo” es aquella doctrina que impide la marcha atrás porque parte de la ilusoria base de que la humanidad siempre avanza hacia estadios superior de desarrollo y felicidad. Así pues, desde el “progresismo” no hay marcha atrás posible, sino una eterna fuga hacia delante de la que el mismo Zapatero, en el momento de escribir estas líneas, a confirmado en su advertencia a la Iglesia Católica de que “la sociedad no dará marcha atrás”… pues sería bueno que la diera en materias como inmigración, enseñanza, etc.

La masonería sobrevivirá a condición de que dé marcha atrás y regrese a sus orígenes. Estos orígenes son gremiales, corporativos y, por tanto, formativos e iniciáticos. Dejando atrás cualquier veleidad universalista, cualquier ensoñación progresista, recuperando la pureza de las corporaciones de constructores de las catedrales, rescatando sus concepciones geométricas y el sentido de sus símbolos, la masonería tendría todavía una oportunidad de sobrevivir. Eso implica:

- necesidad de un mayor rigor en la selección de miembros

- elevación del nivel teórico de las logias, en la mayoría por los suelos

- reconvertir a la masonería en un centro de trabajo y de estudio del simbolismo y del mundo tradicional

- alejamiento de las corrientes universalistas y progresistas y retorno a los principios que inspiraron el gremialismo y las hermandades de constructores.

- Esfuerzo por retornar a los primitivos rituales gremiales, simplificación de la estructura de altos grados y retorno a los conceptos que fueron propios de los mejores momentos de la masonería del siglo XVIII

La cuestión es que, aun asumiendo estas tendencias, todavía no quedaría resuelto el problema iniciático del que hemos dicho que es el central para el presente y el futuro de la masonería. Esto tiene también solución.

Si una institución ha perdido o carece de “regularidad iniciática” eso no es óbice para que intente injertarla desde el exterior. Todavía hoy existen en Francia y en algunos países del norte de Europa, gremios de constructores que derivan de las hermandades medievales. El fenómeno del Compagnonage en Francia está todavía vivo y demuestra cierto dinamismo y una evidente fidelidad a los orígenes. Es de estas organizaciones “regulares” de donde la masonería debe vivificar su médula iniciática.

Mientras eso ocurre, la masonería es un marco muy adecuado para el estudio del simbolismo tradicional, para que el aspirante se familiarice con un sistema de símbolos y ritos que están en el mundo moderno, pero que no son del mundo moderno.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

Dalí, entre Dios y el Diablo - II Surrealistas y freudianos en los senderos de la magia

Infokrisis- El segundo capítulo de esta obra dedicada a Dalí está dedicado a las fuentes intelectuales en las que bebió el pintor en su juventud. Los alumnos de la Residencia de Estudiantes experimentaban una atracción irracional hacia la obra de Freud que ejerció una influencia innegable en el surrealismo. En los años 20 y 30, la vida del pintor se mueve entre estos dos ejes: freudismo y surrealismo. Pero en ese mismo período experimenta una interés irresistible por el ocultismo de la época e incluso tanto él como su esposa, como el ambiente intelectual en el que se mueve, tienen contactos frecuentes con los medios ocultistas parisinos. Una mujer, María de Naglowska, influye en la trayectoria del pintor. En este libro es la primera ocasión en la que se establecen paralelismos y relación entre la pareja Gala-Dalí y María de Naglowska, llamada en la época "la sacerdotisa de Lucifer".

 

II

SURREALISTAS Y FREUDIANOS

EN LOS SENDEROS DE LA MAGIA

"Si las profundidades de nuestro espíritu

ocultan extrañas fuerzas

capaces de crecer en la superficie

o de luchar victoriosamente contra ellas,

es interesante captarlas y

someterlas luego al control de la razón".

André Breton

EL PSICOANÁLISIS Y LO PARANORMAL 

Freud murió sin comprender por qué los surrealistas estaban tan interesados en su obra. Dalí, fue de todos ellos, el único que le impresionó verdaderamente. Como el discípulo de los cuentos esotéricos que desea ser admitido por un maestro de sabiduría, Dalí debió de llamar tres veces a la puerta del Doctor Freud -"mis tres viajes a Viena fueron como tres gotas de agua, faltas de reflejo que las hicieran brillar", había escrito- antes de ser recibido por éste en 1938. Deseaba verlo desde que en 1924 leyera "La interpretación de los sueños" ("uno de los descubrimientos capitales de mi vida" explicó) en la Residencia de Estudiantes; creyó encontrar en esta obra la explicación a sus paranoias. Por entonces, era todavía un ilustre desconocido, sin medios para atravesar media Europa y llegar a la antesala del venerable anciano. Cuando pudo alcanzar la ciudad de los valses, Freud estaba aquejado de un cáncer de mandíbula y no pudo recibirlo. La enfermedad de Freud no dejaba de agravarse desde 1922, así que, en dos ocasiones más, Dalí tuvo que contentarse -y no era poco para él- con contemplar los cuadros de Vermeer de Delft incluidos en la colección Czernin. Finalmente en 1938, poco después de que Freud huyera de la ocupación alemana de Austria y se expatriara en Londres, ambos se conocieron a instancias de Stefan Zweig.

Freud se convirtió en una obsesión, aparecía en sus sueños, e incluso le acompañó imaginariamente en su recorrido por Europa; en Francia, durante una comida, vio su rostro en el caparazón de los caracoles que tenía en el plato y así advirtió que "el inventor del psicoanálisis ya no tenía secretos morfológicos para mí. Su cráneo era un caracol"... Y en "Vida Secreta" insiste en la misma obsesión: "Mientras cruzaba el patio del anciano profesor vi una bicicleta apoyada en la pared y sobre la silla, atada con un cordel, había una roja bolsa de goma, de las utilizadas para el agua caliente, que parecía llena, y sobre la bolsa ¡se paseaba un caracol! La presencia de éste parecía extraña e inexplicable en el patio de la casa de Freud". En 1938, después de la entrevista pintó cuatro retratos del psiquiatra, tres con tinta china y el cuarto al guache. Uno de ellos, el que hoy se encuentra expuesto en la "Edward James Foundation" de Gran Bretaña, está inspirado precisamente en esa morfología de caracol[1]. Estos retratos aparecen en el período surrealista más duro de Salvador Dalí, cuando, a despecho de la disputa con André Bretón, jefe de filas de la vanguardia artística, afirma "El surrealismo soy yo"...

La entrevista distó mucho de ser un encuentro entre genios. El psiquiatra vienés, desde su encuentro con Breton y Eluard en 1923, tenía prevenciones contra los surrealistas. Dalí estaba avalado por el escritor Stephan Zweig y fue acompañado por éste y por el poeta Edward James (inmortalizado en una serie de fotos de Man Ray que luego interpretó René Magritte de manera espectacular), mecenas de Dalí que, dotado de una personalidad muy compleja, deseaba ser psicoanalizado por Freud. El diálogo fue imposible: Dalí acudió con la obsesión de conocer la opinión de Freud sobre un artículo suyo dedicado a la paranoia, pero Freud, esa tarde, no tenía muchas ganas de leer y por tres veces rechazó la lectura del texto. Durante largos e interminables minutos ambos se miraron a los ojos fijamente ("nos devorábamos mutuamente con la vista", escribió luego el pintor). A pesar de la insistencia de Dalí, no hubo forma de que Freud abordara las cuartillas. Años después, el pintor reconoció que no había estado particularmente inspirado aquella tarde; se mostró petulante y falsamente intelectual; con todo, Freud rectificó en parte su opinión sobre el surrealismo; al día siguiente de la entrevista, escribió a Stephan Zweig: "Tengo que darle mis más efusivas gracias por la presentación del visitante de ayer. Hasta ahora estaba inclinado a considerar a los surrealistas (...) necios ciento por ciento (...). Este joven español, con sus ingenuos ojos fanáticos y su perfecta maestría técnica, me ha hecho cambiar de concepto. Sería muy interesante explicar analíticamente el desarrollo de un cuadro como ése". Se refería a "Las metamorfosis de Narciso". De aquella conversación, retuvo sobre todo una frase de Freud: "En las pinturas clásicas busco lo subconsciente; en una pintura surrealista, lo consciente". Las teorías de Freud se adaptaban sorprendentemente bien a la compleja ecuación personal de Dalí... lo cual no implicaba, necesariamente, que fueran ciertas.

La vida sexual de Dalí, desde su adolescencia, estuvo repleta de obsesiones paranoicas; en la medida que el freudismo intentaba explicar en qué forma la sexualidad era una infraestructura que afectaba en todos los órdenes de lo cotidiano, el pintor se interesó por él como instrumento de reflexión sobre sí mismo; el freudismo le proporcionaba respuestas a los porques de su carácter, respuestas que, ante la ausencia de cualquier otra, aceptaba como buenas. En los años 70, Dalí verdaderamente necesitó tratamiento psiquiátrico para superar sus crisis anímicas y depresiones internas.

La lectura de Freud -a quien Dalí colocaba a la misma altura de Paracelso[2], Lulio o Della Porta, como "alquimista de la mente"- impulsó al pintor a analizarse a sí mismo de manera implacable y, a nuestro juicio, errónea. Puede decirse que el freudismo tendió a complicar su, ya de por sí, complicada ecuación personal y le indujo a seguir caminos erróneos en el conocimiento de sí mismo. La situación familiar de Dalí era susceptible de explicarse en clave freudiana: menos de una semana después de la muerte de su hermano, con el recuerdo del óbito reciente, sus padres lo habían engendrado; el hecho de que su hermano mayor muerto se llamara igualmente Salvador; las proyecciones edípicas arraigadas antes de la muerte prematura de su madre y el hecho de que su padre esposara a la hermana de la fallecida, su cuñada, que pasó a ser madrastra, pero nunca aceptada como tal, sino llamada por Dalí y por su hermana Ana María, "la tieta"; su expulsión de la familia por parte del padre tras conocer que el pintor había faltado al respeto a su madre muerta, la "proyección de la imagen del padre" en objetos, insectos e incluso en su hermana; su sexualidad completamente anómala y pusilánime, con la convicción, arraigada desde niño, de que el acto sexual -tanto hétero como homosexual- era una práctica que exigía un esfuerzo superior a su capacidad, su terror desmesurado a contraer una enfermedad venérea y el conflicto entre su deseo de gozar y su miedo a la muerte -problemática Eros-Thanatos- que le fue avivado por García Lorca, verdaderamente obsesionado con la idea de morir... todo esto era excepcionalmente fácil interpretarlo en clave freudiana. Para colmo, el énfasis colocado por Freud en el estudio de la niñez, período en el cual juzgaba que se encontraban inscritas las impresiones que luego condicionarían la vida del sujeto, le llevó a Dalí a pormenorizar sus recuerdos infantiles y atribuirles una importancia desmesurada que reaparecería, casi constantemente, a lo largo de toda su vida: la visión del asno muerto que los campesinos de Cadaqués colocaban en los campos dejándolo pudrir para así abonar la tierra, o del hidrocéfalo que veía en Figueras, el impulso a besar los dientes de un asno podrido, los alaridos de los animales sacrificados en el matadero ante su casa, la ocultación de su sexo entre las piernas ante un espejo a los seis años, y un largo, muy largo etcétera que Dalí describe detalladamente en sus cuadros, libros teóricos, poemas, diarios y novelas, demuestra hasta qué punto su reflexión sobre sí mismo había sido minuciosa y de qué manera había interpretado sus recuerdos en clave freudiana. En su relato autobiográfico "Confesiones Inconfesables", escrito a una edad ya madura, reconoce la utilidad de su constante mirada atrás: "Fue durante mi infancia cuando se forjaron todos los arquetipos de mi personalidad, mi obra y mis ideas. El inventario de este material psicológico es, por tanto, imprescindible". Si hemos de creer al pintor, la rememoración de los acontecimientos más importantes de su infancia, se remonta hasta el período intrauterino del que recuerda "la viscosidad de esperma y clara de huevo fosforescente"[3]. Incluso en muchas ocasiones fue fotografiado en posición fetal, incluso en tomas no preparadas; cuando lo eran, Dalí quería dramatizar su regresión al estado primario de la creación, idea también extraída del arsenal freudiano.

Freud nunca desaparecerá totalmente del universo daliniano. Algunas de sus últimas pinturas realizadas en 1983 representan violines en los que destaca la abertura de la caja, una S, inicial de Salvador, igualmente, signo matemático de integración, pero también, reminiscencia freudiana. Dalí en sus memorias cuenta que conoció en Figueras a un niño que tenía un violín, esperó pacientemente el momento de destrozárselo de un puntapié. El niño lo persiguió hasta alcanzarlo; Dalí optó por arrodillarse, pedirle perdón y ofrecerle 25 pesetas para compensarlo; pero el niño lo golpeó hasta que los fueron oídos por un maestro. Dalí explicó que había destrozado el violín para demostrar la superioridad de la pintura sobre la música. El profesor no le castigó y el pintor, a partir de este episodio dedujo lo beneficioso de dar una explicación ingeniosa por grotesca que pudiera parecer.

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Dalí entre Dios y el Diablo: I. Las raíces de la locura y del arte

Infokrisis.- El primer capítulo de la obra Dalí entre Dios y el Diablo está dedicado a estudiar las raíces del arte de Dalí. Estas raíces derivan de la procedencia del pintor: el Empordà (Ampurdán) bañado por el Mediterráneo y azotado por la tramontana. En ese ambiente nace el futuro pintor y es criado por una auténtica bruja, la famoso Lidia Nogués, una pescadora de Cadaqués a la que el destino le llevó a relacionarse con los más altos exponentes de la cultura catalana de la época. En este primer capítulo lo que se pretende es resaltar el arraigo de Dalí en su tierra natal.

 

 

I

LAS RAICES DE LA LOCURA

Y DEL ARTE

Se ha definido al Alt Empordà como el "corazón mágico de Catalunya". La definición no es excesiva atendiendo al paisaje. Viento y luz son las dos constantes que acompañan al viajero en el curso de su periplo ampurdanés: el viento que vuelve loco -capacidad atribuida, no sin razón, al Mestral y a la Tramontana- y la luz, vehículo de toda iluminación. Sobre estos dos elementos contradictorios, generadores de claridad y locura, transcurre desde milenios la vida en el Empordà.

Este libro muestra la peripecia de un pintor, nacido en Figueras y asentado en Port Lligat, tan arraigado en su tierra, que encarnó las contradicciones del paisaje que le vio nacer: locura y genio. De la combinación de estos dos elementos surgió su magia que, por lo demás, ya radicaba en aquella tierra desde milenios.

Un periodista preguntó a Dalí si creía que, de no ser español, habría triunfado en el mundo: "No, -respondió- una de las cosas más afortunadas que me han acontecido es eso de ser español; y mi tipo no puede producirse más que en España y, concretamente, en el Ampurdán". En su análisis sobre los grandes pintores flamencos y centroeuropeos, Dalí advierte en sus cuadros la falta de esa luminosidad que sólo puede dar el Sol reflejado en las aguas del Mediterráneo. Como pintor no podía prescindir del clima de su tierra; pasaba la primavera, el verano y parte del otoño creando en su estudio de Port Lligat; cuando el Sol declinaba, en noviembre y diciembre ocupaba la suite habitual en el “Hotel Meurice” de la rue de Rivoli, a pocos metros del Louvre; enero y febrero en Nueva York –“Hotel Saint Regis”, desde sus primeras visitas a la ciudad de los rascacielos- y unas semanas antes del inicio de la primavera, regresaba otra vez al “Meurice”. Tal fue el ciclo anual daliniano durante casi cuatro décadas: París, la tradición; Nueva York, el dólar; Port Lligat, las raíces y brotando de ellas, la creatividad.

EL EMPORDA MAGICO. PINCELADAS 

El Empordà es una tierra extraña y el Alt Empordà más extraña todavía. Las actuales modestas dimensiones de sus pueblos no nos indican que en otro tiempo fue una zona clave en acontecimientos estelares para la historia de la humanidad. Fue en esa zona donde se dirimieron los primeros enfrentamientos entre Roma y Cartago. Emporion -la actual Empuries- base romana de retaguardia, mostraba abigarrados muelles y calles salpicadas de prósperos comercios, en un tiempo en que la Colonia Julia Augusta Faventia Paterna Barcino (la actual Barcelona) o la Urbs Triunphalis Tarraco (Tarragona, capital imperial de la Hispaniae Romana) no pensaban siquiera en ser fundadas. Por el Empordà pasaron las legiones del Aguila y el León y, antes que ellos, los cartagineses, adoradores de la Diosa y, aun antes, los griegos y los focenses que acababan de fundar una ciudad de grandes navegantes y aventureros y hoy crisol de razas en torno a un puerto turbulento, Masalia (Marsella).

Pero antes que ellos, desde el 3500 hasta el 1800 a. de JC, un lapso de tiempo que abarca los períodos neolítico medio y final y el calcolítico, pueblos bastante difíciles de definir, acometieron en el Empordà la construcción de las mayores concentraciones megalíticas del Mediterráneo: dólmenes en Rosas (la Creu d’en Colestella), Espolla (Font del Roue y Cabana de l’Arqueta), Pau (Barraca d’en Robert), Viulajuïga (la Taula dels Lladres y el Mas de la Mata), Sescebes (Salt d’en Peió), en donde también alzaron un menhir (el de la Murtra) y otro que puede verse aun cerca de Agullana (en Palaus)... ¿cuántos más se habrán perdido? ¿Cuántos permanecen aún hoy cubiertos por espino o sedimentos? En aquellas centurias obscuras empieza la historia mágica del Empordà...

En nuestro libro "Guía de la Barcelona Mágica"[1] tuvimos ocasión de analizar siquiera brevemente los rasgos de los pueblos que se asentaron en el llano de Barcelona. Decíamos entonces que procedían de la zona del Norte de Africa y que llegaron a Europa en dos oleadas, hacia el 3000 y hacia el 1200 a. de JC, respectivamente. Narrábamos como estos pueblos se habían desparramado luego por todo el Mediterráneo, llegando hasta el Sur de la India y hasta Etiopía; comentábamos que un pequeño núcleo se desvió hacia el Norte y llegó a las Islas Británicas; finalmente aventurábamos la hipótesis -avalada en estudios pormenorizados de Herman Wirth y Julius Evola- de que estos pueblos constructores de megalitos fueran los supervivientes del continente perdido más allá de las columnas de Hércules, la Atlántida[2]. El matriarcado y la práctica de la magia telúrica fueron las características fundamentales de esa familia de pueblos que colonizó el Empordà y plantó allí sus megalitos. Desde que Emporion fue abandonada, tras la culminación victoriosa de la Segunda Guerra Púnica para las águilas romanas, el Empordà perdió su privilegiada posición y durante muchos siglos sus habitantes llevaron una plácida vida rural en el interior y marinera en la costa. A mediados del siglo XX, la explosión de la industria turística y los sucesivos ajustes económicos supusieron un trauma que operó un cambio completo de fisonomía.

Dalí tenía al Empordà -y con razón- como un paraíso matriarcal. Con los pescadores ganaban alta mar, solo quedaban en tierra sus mujeres, desmotivadas y temerosas de noticias terribles; ellas conducían el hogar y administraban el patrimonio familiar. Los cultos clásicos que arraigaron con más vigor fueron femeninos y afrodíticos, apoyados en las creencias del substrato racial originario. Cerca de Port Vendrés -en otro tiempo el Port Veneris, el “puerto de Venus”- existió un santuario a la Venus Pirenaica; en San Pedro de Roda, cenobio situado no lejos de allí, todavía pueden verse las columnas corintias de lo que presumiblemente fuera un templo clásico en honor de Venus Afrodita.

Poblado por constructores de megalitos, la magia telúrica se practicó en el Empordà desde la más remota antigüedad e incluso a principios del siglo XX quedaron elementos residuales de estas técnicas ancestrales. Costa Pau decía, describiendo el Empordà, que "Habéis de saber, amigos, que en el Empordà hay brujas. Hay que ser amigo de las brujas". Las historias sobre los manejos de las brujas corrían de boca en boca en tiempos en los que el vástago del notario de Figueras, Salvador Dalí, compartía pupitre con otros hijos de pescadores y proletarios en la Escuela Laica del Sr. Trayter. Salvo Dalí, estos niños se habían criado en un ambiente escasamente culturizado, proclive a aceptar las creencias ancestrales y tener por ciertas las historias de brujos y hechiceros. Muchos de ellos habían tenido como amas de cría a auténticas brujas locales; además, la familia del notario poseía una casa en Cadaqués, no lejos de donde vivía una última bruja de la comarca con cuya hija, Dalí, a su vez, se relacionará ampliamente. Se trataba de Lidia Noguer Costa, su amiga, pescadora y bruja, de quien decía Dalí decía de ella que "era una manifestación del sentido matriarcal ampurdanés".

Las brujas ampurdanesas tenían múltiples especializaciones: las había que leían el futuro observando las aberturas que la erosión combinada del viento y del mar había operado en las piedras; otras sabían interpretar los sueños; algunas lanzaban males de ojo por encargo y otras protegían de cualquier conjuro. En este ambiente de magia rural y supersticiones ancestrales bien arraigadas, se crió Salvador Dalí. Puede entenderse perfectamente que todo esto influyera ampliamente en la construcción de su personalidad.

LIDIA, BRUJA Y MAESTRA DE LOCURA 

Resultaba difícil que una mujer, pescadora y aislada en un pequeño pueblo como Cadaqués, tuviera el privilegio de conocer a grandes figuras del mundo de la cultura; y sin embargo, Lidia Nogués Costa fue obsequiada con ese afortunado destino y pudo codearse, de igual a igual, con Salvador Dalí, Josep Pla, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Eugenio d’Ors, Xavier Montsalvatje y otros más.

Lorca quedó literalmente deslumbrado por Lidia y siempre que tenía ocasión preguntaba a Dalí novedades de la pescadora. En una curiosa foto remitida por Dalí a Lorca, se ve al pintor entre Lidia y dos amigas de ésta, igualmente brujas, llamadas por azar "la Filo" y "la Sofía". "Estoy contentísima de ustedes –Lidia, en su particular jerga, escribió a Dalí a propósito de esta foto- que no os avergonzáis de estar en medio de las brujas que muchos se dan vergüenza de tener relaciones con ellas por que tienen falta de cultura"; el pintor, a su vez, comentó a Lorca: "Que bien está la carta de Lidia cuando dice comentando la fotografía, que yo estaba en medio de la cultura o sea, a la derecha de la filosofía; a la izquierda de la mujer". En la mencionada carta, Lidia pedía a Dalí que le dijera a su amigo, el poeta Carles Fagés de Climent: "Dile que tiene que hacer un libro, que las brujas tienen que gastar sus perras". El libro -"Les Bruixes de Llers"- efectivamente apareció en una pequeña edición ilustrada por Dalí que hoy constituye una rareza bibliográfica. Lorca sentía atracción por la locura de Lidia que situaba como antítesis de la locura de Don Quijote: "La locura del Quijote es una locura seca, visionaria, del altiplano, una locura abstracta, sin imágenes. La locura de Lidia es una locura húmeda, suave, llena de gaviotas y langostas, una locura plástica. Don Quijote camina por los aires y Lidia por las orillas del Mediterráneo".

Xavier Montsalvatje fue otro de los artistas que se sintieron deslumbrados por la locura genial de Lidia hasta el punto de dedicarle una de sus composiciones: "La serenata de Lidia de Cadaqués". Josep Pla, por su parte, la conoció también en el curso de un paseo por el camino que va de Cadaqués a Port Lligat, acompañado por el doctor Víctor Rahola y unos amigos; se cruzaron a una mujer "con un cesto de pescado que saludó a Don Víctor con extraños y aparatosos cumplidos. Es evidente que parece una mujer del pueblo, pero por su vestido se ve que alberga la pretensión estrafalaria de parecer una señora: lleva un peinado aparatoso, una blusa hueca llena de lacitos, faldas a la moda de cinco años atrás, y unos pobres zapatos de torcidos tacones, de una irreparable tristeza. Adornada así parece una mezcla de alcahueta y bruja venida a menos", así describía el maestro de la narrativa catalana en sus "Crónicas del Ampurdán" a la pobre mujer.

"- Es Lidia, hija de Sabana, la última gran bruja que hubo en Cadaqués..." informó a Pla su acompañante, en una de sus excursiones ampurdanesas.

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Dalí entre Dios y el Diablo: Introducción

Dalí entre Dios y el Diablo: Introducción

Infokrisis.- Iniciamos la publicación de un libro que escribimos en 1994 y se publicó en 2003, estando en la actualidad completamente agotado. Dicha obra nos ha sido solicitada por muchos lectores, pero en la actualidad no existe intención de reeditarla, así pues, decidimos difundirla en sucesivas entregas en nuestro blog. El libro se titula exactamente: Dalí, entre Dios y el Diablo y se subtitula Lo esotérico y lo mágico en us vida y en su obra. La dedicatoria es, también significativa: "A quienes buscan las vías de la Tradición, para que no se extravíen como se extravió Dalí".

 

 

INTRODUCCION

"El Cielo es lo único que mi alma,

presa de lo absoluto,

ha buscado a lo largo de una vida

que a algunos ha podido parecer confusa y,

perfumada por el Demonio"

Salvador Dalí  

"El erotismo, las drogas alucinógenas,

las ciencias del átomo,

la arquitectura gótica de Gaudí y

mi amor por el oro, presentan un común de dominador:

Dios está presente en todo.

En el corazón de las cosas se esconde

la misma magia y todos los caminos conducen a la

misma revelación; todos somos hijos de Dios

y todo el universo tiende a la perfección del ser humano".

Salvador Dalí

El 23 de enero de 1989, a las 10:15 de la mañana, Salvador Dalí falleció en la Torre Galatea (anexo al Teatro-Museo de Figueras). Desde que entonces, decenas de biografías se han preocupado por detallar su vida, mientras que lo esencial de su obra se ha expuesto en todo el orbe a través de decenas exposiciones itinerantes; raro ha sido el año que Dalí no diera que hablar por uno u otro evento cultural. Y, sin embargo, el "expediente Dalí" dista mucho de estar concluido. El pintor de Cadaqués ha sido analizado desde todos los puntos de vista posibles, salvo uno que para él era particularmente importante: el de su relación con el mundo mágico, entendido como conjunto de técnicas y principios relacionados con lo que está más allá de lo sensible; vía doble que, en definitiva, conduce a Dios o al Diablo. Esta es precisamente la intención de las páginas que siguen: un análisis de la vida y la obra de Dalí desde el punto de vista mágico y paranormal.

Nuestro padre supo despertarnos el interés por Dalí. A la edad de diez años, vimos por primera vez en un "No-Do"[1] a Salvador Dalí hablando sobre la "veeer-ti-ca-li-daaaad de las ca-te-dra-les goooó-ti-cas y la ho-ri-zon-ta-li-daaaad del Me-di-te-rrá-neo". Había presentado en el jardín de su casa de Port Lligat un extraño amasijo de desperdicios que él llamaba "Cristo de la basura". El sujeto sorprendía no tanto por lo que decía como por la forma de expresarlo. En cuanto a su arte, debo confesar que apenas reparé en él; a decir verdad el "Cristo de la basura" me causó una sensación de rechazo[2].

Al regresar a casa pregunté a mi padre: “¿Quién es ese Dalí?". "Un genio, un pintor muy bueno... -me contestó- bastante loco, eso sí. En una conferencia en el Ateneo dijo algo sobre "aquell gran porc d’en Guimerá" y debió huir del escenario... yo mismo le perseguí hasta que escapó en un taxi por las Ramblas". A lo largo de su vida mi padre destiló siempre un aroma de serenidad difícil de igualar, así que el tal Dalí debía ser un tipo de cuidado para provocarle una reacción agresiva... No sabía hasta qué punto esto era cierto.

Pasados treinta años, al escribir "El Misterio Gaudí"[3], me topé con un curioso personaje de la intelectualidad catalana, Francesc Pujols, autotitulado "discípulo de Ramón Llull" y fundador de la "primera religión catalana"; conocido de Gaudí e íntimo de Dalí, Pujols era tenido en alta estima por el pintor que lo citaba con frecuencia y al que dedicó un monumento situado en la entrada de su Teatro-Museo de Figueras. El interés por Gaudí y por su misterio, me llevó inercialmente hasta Dalí a través de Pujols. Percibía en ambos algo anómalo que les hacía radicalmente diferentes del resto de artistas de su época y, al mismo tiempo, diferentes también entre sí. Dalí y Gaudí son, a pesar de su inmensa popularidad y de la facilidad con que la memoria recuerda alguna de sus obras, dos grandes desconocidos. Nunca dos personajes fueron tan admirados y al mismo tiempo tan desconocidos en el núcleo central de su personalidad.

Existía un trasfondo esotérico y misterioso evidenciado a través de los símbolos que utilizaba y de sus relaciones personales; esto mismo podía percibirse en Dalí: el análisis de algunas de sus obras, de los objetos que le obsesionaron durante su vida, sus gustos, sus ilustraciones, incluso en la evolución que sufrió con el paso del tiempo, en el surrealismo mismo o en su relación amorosa con Gala, se dejaba traslucir algo que estaba en contradicción con la banalidad exótica que recordaba del Dalí de aquel primer "No-Do". Al examinar la vida de Dalí el observador tiene la misma sensación que asaltaba al pintor siempre que contemplaba "El Angelus" de Millet: había algo oculto, no evidenciado explícitamente en el cuadro, pero cuya presencia podía adivinarse en las actitudes de sus protagonistas. Su aspecto frívolo, excéntrico y exhibicionista, provocador y narcisista, no era la totalidad de Dalí, era sólo una parte de su compleja ecuación personal; había otra, que frecuentemente no llamaba tanto la atención del gran público: su espíritu artístico hundía sus raíces en la mejor tradición clásica, sus intuiciones, expresadas mediante la paradoja y de forma excéntrica, indicaban una "búsqueda" y un impulso hacia la trascendencia, el mundo de la mística, la magia y lo paranormal, como no encontraríamos igual en otro artista de la modernidad.

A medida que avanzaba en mi investigación advertía que el pintor era algo así como un cajón de doble fondo, quizás incluso de triple o cuádruple fondo. Mientras que la trayectoria de Antonio Gaudí era lineal -evolutiva, pero lineal- no ocurría lo mismo con Dalí; los altibajos que se sucedieron a lo largo de su vida y de su obra, en su carácter, en la constitución de su personalidad, en la aplicación de su genio, en sus filias y fobias, hacían de él un ser contradictorio que me reservaba buen número de sorpresas. No albergo la menor duda que Gaudí murió ascendiendo por los senderos de la santidad. Dalí, en cambio, tras las más sorprendentes e intensas experiencias interiores, tras una búsqueda desesperada de la trascendencia, terminará deslizándose por los abismos de la locura, esa misma locura que siempre había querido conocer de cerca y que, finalmente, terminó por devorarlo.

Pocos artistas como Dalí y Gaudí están tan lejos y, sin embargo, tan cerca. Su denominador común, sean cuales sean sus diferencias caracterológicas y artísticas, es el elemento misterioso, irreductible al mundo que les rodeó. El arte de ambos era propio de una época en la que los hombres creaban no con fines utilitarios o esteticistas, sino para reflejar a través de sus pálidas construcciones la grandeza de lo Absoluto y el Orden del Cosmos. Por eso, tanto en la mejor pintura de Dalí como en ciertas construcciones de Gaudí hay geometría, medida, ritmo; vida, en definitiva. En Gaudí, esta trayectoria hacia la elevación de su espíritu se produce de manera lineal, ascendente y progresiva a partir de cierto momento de su madurez, en torno a 1885; en Dalí, por el contrario, la curva de su vida tiene forma de una campana de Gauss: a partir del punto de arranque -caracterizado por una proximidad a la locura inherente a sus años jóvenes- se produce un ascenso y una búsqueda de la perfección en el curso de la cual quedan atrás los cadáveres de las vanguardias que ha conocido y superado -el cubismo, el futurismo, el surrealismo-, su voluntad se dirige a dominar la técnica de los clásicos y ciertamente consigue aproximarse a ellos; en esa época su espíritu alcanza las más altas cumbres -de mediados de la década de los 40 hasta principios de los 60-; el éxito absoluto e indiscutible lo transforma en "Avida Dollars" (anagrama compuesto por las letras de su nombre y apellido, reordenadas, con le que lo apostrofó André Bretón), las voces de sirena de los aduladores, sus obsesiones, su particular problemática sexual, y la falta de una orientación sólida y coherente en su búsqueda de la verdadera espiritualidad, lo derrumban; a mediados de los sesenta inicia la pendiente de su decadencia interior. Ciertamente aun sus pinceles darán forma a cuadros notables, pero la vida del pintor ya no está a la altura de su obra. Sus últimos años son la crónica de una decadencia, del fracaso de su búsqueda personal; en ellos la locura no es un recurso para llamar la atención: es una realidad vivida patéticamente. Esta es la trayectoria de una vida y es la que vamos a intentar reconstruir a lo largo de estas páginas a través del prisma de lo paranormal, misterioso y mágico, el único que puede ayudarnos a comprender el núcleo esencial del pintor.

En las decenas de libros escritos sobre Dalí en los últimos cincuenta años aparecen pocos datos a este respecto y, si llegan a mencionarse no es sino de forma extremadamente fragmentaria, parcial y dispersa; y sin embargo, es cierto, que, tanto él como su esposa Gala, le atribuían una importancia de primer orden. El hecho de que la mayoría de libros que tratan la vida y obra de Dalí hayan sido escritos por críticos de arte o periodistas, hace que, en unos casos, los aspectos artísticos o anecdóticos ahoguen cualquier otra perspectiva, y sus escándalos, gestos histriónicos y publicitarios, atraigan más atención que su cosmogonía y el origen de su técnica pictórica. Por nuestra parte vamos a aludir a otro Dalí, el que, con propiedad puede ser llamado "mágico".

Mágico, a nuestros efectos, es todo aquello que supera los límites de la razón; ahora bien, esta superación puede darse en dos direcciones contradictorias: o bien en un sentido superior, entendido como formas tradicionales de ascesis que conducen a estados diferenciados de conciencia y a la experiencia mística, o en un sentido inferior, infrarracional, donde lo "mágico" frecuentemente se confunde con sugestiones del subconsciente. Los críticos tienen tendencia a reducir lo "mágico" en Dalí a mero irracionalismo, a un desbordamiento de la razón en un sentido inferior que, en rigor, deberíamos llamar "infrarracionalismo"; pero también existen fugas en la otra dirección. Por eso hemos llamado a este libro "Dalí: entre Dios y el Diablo"...

Bajo la denominación de "mágico", comprendida en este doble sentido, pueden agruparse distintos aspectos de la vida del pintor que definirán los jalones que vamos a recorrer: su arraigo en el Empordà y en la idiosincrasia local ("solo soy un campesino del Empordà", había dicho en alguna ocasión) fuertemente impregnadas por las tradiciones rurales, en las que la brujería ocupaba una parte sustancial, su adscripción al surrealismo y las relaciones de este movimiento con prácticas de algunas sectas ocultistas; su interés por el freudismo, considerado como una búsqueda dirigida hacia aquella parte del ser humano, el subconsciente, que consideraba como el mediador entre el mundo físico y el simbólico; su vocación de rescatar las técnicas de la pintura clásica, técnicas que enlazan con ciertos aspectos de la alquimia, el pitagorismo y el hermetismo; el amor mágico que le guió en sus primeros 45 años de relación con Gala; su complejo mundo erótico entendido, en ocasiones de manera mística y en otras de forma hedonista y perversa; sus concepciones políticas coherentes con un cierto nietzscheanismo, y con su visión mágica de la vida; la atracción hacia el Tarot y la Astrología que le condicionó durante toda su vida; sus relaciones con aspectos y personajes enfermizos del arte contemporáneo, atraídos por el satanismo, la magia y la brujería; su aproximación autodidacta al hermetismo y a la alquimia tradicional, la simbología utilizada en su pintura; y, finalmente, su actitud ante la muerte en donde evidencia su fracaso final. Tales son los grandes temas que vamos a tratar y que justifican tanto el título, como la legitimidad de la empresa abordada que discurre por senderos no trillados con antelación.

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© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es



1 "No-Do", "Noticias y Documentales" de obligatoria proyección en los cines durante el franquismo; respondía a los contenidos ideológicos y políticos del régimen.
2 El "Cristo de la Basura" o "Cristo de los Escombros" fue formado por Dalí con restos procedentes de un camión de basura y una barca semihundida que encontró en la bahía de Port Lligat. Dalí compuso los restos de basura y la barca, disponiéndolos en forma de cuerpo tendido entre los olivares y piedras del jardín de su casa de Port Lligat. Fue la primera vez que una imagen de Cristo se representaba horizontalmente; algunos la consideraron blasfema. Quince años después, los elementos atmosféricos -no precisamente benévolos en el Empordà- lo habían desfigurado y la "escultura" volvió al camión de basura.

[3] "El Misterio Gaudí", E. Milà. Ed. Martínez-Roca, Barcelona 1994.

Hubo un hombre llamado Meyrink… que dejó una huella indeleble

Infokrisis.- Tras el cierre del número 3 de la revista IdentidaD he podido disfrutar de un pequeño lapso de tranquilidad que he utilizado para releer la obra de un autor, como mínimo, “anómalo”: Gustav Meyrink. A ello concurrieron dos circunstancias, la lectura del tomo I de “Introduzione alla Magia” recopilada por el Grupo de Ur, a caballo entre los años 20 y 30, y la reordenación de mi biblioteca en la que las obras de Louis Pauwels han ocupado durante años un lugar destacado. En la famosa obra de Pauwels, elaborada codo a codo con Jacques Bergier, “Le matin des magiciens”, se reproduce lo que los autores titulan “Un admirable texto de Gustav Meyrink”. Ese mismo texto es el que 35 años antes el Grupo de Ur había utilizado para sus estudios sobre el mundo mágico. 

La obra de Meyrink en castellano 

Se trata de uno de los fragmentos más maravillosos en la historia de la literatura europea que forma parte de la novela de Meyrink “El Rostro Verde” (edición española en Ediciones Sirio, Málaga 1989, págs. 204-211) y que empieza así: “La llave que abre nuestra naturaleza interior está oxidada desde el Diluvio, se llama Velar; Velar lo es todo…”. Leí este texto a los 15 años y ya entonces me impresionó. Lo volví a leer en francés en la celda 21 de la cárcel parisina de La Santé donde residí durante el verano de 1981 en tanto que perseguido político y me volvió  impresionar.

Lo he recordado muchas veces en las que me he sentado ante un muro blanco para practicar el Zen y ha sido, para mí, de mucha más ayuda que los cursos del tres al cuarto que se imparten en seudo-dojos de pago. En los primeros años 70, algunos intuíamos que la obra de Meyrink contenía algo que estaba ausente en cualquier otro novelista del siglo, incluidos Borges y el mismo Kafka. Afortunadamente, en 1970 recibí un catálogo italiano de Edizioni di Ar que ofrecía toda la obra de Meyrink en aquella lengua que hube de aprender para familiarizarme con Julius Evola y con el propio Meyrink. Solamente en 1972 apareció en Tusquets Editores, El Golem, la primera obra traducida a la lengua española. Hoy,  a ese libro, semidestrozado, le sigo considerando la mejor novela de mi biblioteca, después de El Quijote, el Romancero español y las grandes epopeyas clásicas.

Hubo que esperar luego a que Planeta publicara en 1987 “El Dominico Blanco”, otra de las grandes novelas de Meyrink que en el 2000 sería reeditada por Abraxas en nueva traducción. La misma editorial había publicado en 1986 El Ángel de la Ventana de Occidente. Y, finalmente, Siruela publicó en 1996 una recopilación de cuentos del mismo autor.

Hoy estos libros están agotados y varios de estos títulos se saldaron en su momento. No hay lugar para Meyrink entre la literatura-basura de nuestro tiempo. Honor para él que supo hacer de la literatura un vehículo de acceso al mundo mágico. 

El estilo de Meyrink.

Hay brillantez en la redacción de sus novelas y mucho más en sus temáticas. Como en la obra de todo autor existen obras “mejores” (El Golem y El Dominico Blanco) y obras “menos buenas” (El Ángel de la Ventana de Occidente y El Rostro Verde), pero todas, óigase bien, todas, son absolutamente imprescindibles porque, en su conjunto, forman un corpus doctrinal de enorme profundidad.  

El viejo maestro Julius Evola dedicó al “sistema” de Meyrink uno de sus últimos artículos en el diario Roma del 7 de julio de 1972. No es un análisis literario, sino de los contenidos esotéricos e iniciáticos de sus novelas, apenas cuatro folios que demuestran que casi 45 años después de haber conocido la obra de Meyrink en el marco de los trabajos del Grupo de Ur, Evola no había olvidado su contribución a la reformulación del esoterismo occidental. 

Dice Evola: “Meyrink es un autor verdaderamente único en su género. Decir que escribía “novelas” no es absolutamente exacto. Si en ellos lo sobrenatural tiene una parte importante, el todo no se reduce a lo fantástico como en la obra de Lovecraft o de Hoffman”.

A diferencia de estos autores, a los que cabría añadir al Jorge Luis Borges atraído por la cábala hebrea, especialmente en su relato El Aleen, Meyrink hace algo muy distinto a novelas: en su conjunto crea un propio sistema iniciatico.  Hay que ser muy cautos con esta palabra.

La iniciación parte de un concepto anterior y superior: la existencia de dos mundos separados, el mundo de lo físico y el mundo de lo metafísico, el mundo que es materia y el que está más allá de la materia; la iniciación sería el puente que uniría ambos mundos y que permitiría a la naturaleza humana, básicamente material o “espiritual” (pensamiento y voliciones), pasar al mundo superior. Hay distintos “modelos” iniciáticos en función de las distintas tradiciones, pero todos parten de la idea de muerte-resurrección. Muerte para el hombre-viejo ligado solamente al mundo de la materia y resurrección de un hombre-nuevo alterado antológicamente en su esencia interior, no como concepto sino como realidad perceptible. Esto y no otra cosa es la iniciación. 

El problema que se plantea es que, estando la iniciación ligada a tradiciones concretas, y dado el panorama de destrucción de las formas tradicionales propias de Occidente a partir del Renacimiento, parece como si se hayan cerrado las puertas, restando solamente tres formas residuales de iniciación: la doctrina de los sacramentos de la Iglesia Católica, convertida en una liturgia que parece haber perdido la memoria de sus orígenes, la iniciación masónica de la que resulta muy discutible si ha existido transmisión regular a partir del momento en que se forma la Gran Logia de Londres en 1717 que ya entonces carece de “regularidad iniciativa” en relación a las antiguas corporaciones; y, finalmente, los restos de las corporaciones medievales que solamente subsisten en Francia en el fenómeno del “compagnonage” [al que hemos dedicado un par de artículos en infokrisis]. Así pues, el panorama es desolador: la masonería y el catolicismo son discutibles en tanto que sistemas iniciáticos y en cuanto al compagnonage está vinculado a un país (Francia) y al ejercicio de unas pocas profesiones, estando también hoy extremadamente desfigurado. No es raro que desde el siglo XIX, algunos occidentales hayan vuelto la mirada hacia Oriente.

El resultado no ha sido menos catastrófico y quienes han cometido la imprudencia de seguir el ejemplo de René Guénon vinculándose al Islam o quienes se han sentido atraídos por el budismo tibetano desembarcado en los años 70 en Occidente, han sufrido vicisitudes que casi entran en el terreno de lo atrabiliario más que de lo iniciático. En cuanto al Zen, la única suerte es su simplicidad y la ausencia de rituales que requieran la pertenencia a una “escuela iniciática”. Por no hablar de los destrozos causados por innumerables sectas que, a partir de la Sociedad Teosófica y de sus distintas ramificaciones y escisiones, llevaron a generaciones de “espiritualistas” occidentales a vías muertas, si no a las peores desviaciones. Meyrink las conoció. En su juventud se vinculó a la Sociedad Teosófica y al espiritismo.

Abandonó pronto la primera y quedó horrorizado por lo que vio en las sesiones espiritistas a las que frecuentemente ataca en sus novelas, en especial en el capítulo de El Dominico Blanco titulado “El Rostro de Medusa”.  Meyrink experimentó en sí mismo el cierre de las vías iniciáticas en Occidente. Conoció, desde luego, el khabalismo hebreo, practicó alguna forma de hinduismo y conocía también las técnicas del yoga.

Evola resalta que su temática estaba próxima de la doctrina hinduista del anâtmâ que niega la existencia de un Yo en el ser humano. Esta doctrina fue incorporada al budismo de los orígenes y Evola cita al respecto un fragmento de El Rostro Verde:  “¿Usted cree que todos aquellos que están circulando ahora mismo por estas calles, poseen un Yo? No poseen nada. Son poseídos en cada momento por un fantasma que desempeña en ellos el papel de un Yo”. Liberarse de ese “fantasma del yo” es la finalidad de toda doctrina iniciática y está presente casi de manera obsesiva en la obra de Meyrink hasta constituir la médula de El Dominico Blanco y de El Golem.  

Meyrink, desengañado por los distintos sistemas iniciáticos degenerados o que llegaban a Europa en pésimas condiciones de transmisión, o simplemente que eran verdaderas doctrinas caricaturescas (teosofismo, neorosacrucianismo y ocultismo en general), decidió elaborar su propio sistema, dándole coherencia y homogeneidad. Este sistema está presente en sus novelas y es lo que el “último Evola” en Cabalgar el Tigre (1966) llama “vías autónomas hacia la trascendencia”, algo que para René Guénon constituía una herejía.  Así pues, las obras de Meyrink contienen un verdadero método iniciático y no pueden ser leídas como simples relatos imaginativos, más o menos brillantes y más o menos literariamente perfectos, sino que es preciso percibir en ellos su dimensión trascendente y transfiguradora.  

La técnica utilizada por Meyrink para transmitir estos conocimientos es crear una atmósfera angustiosa (el gueto de Praga en El Golem y la “casa de la última farola” en sus últimos capítulos), la vivienda del aristocrático barón en la que vive el protagonista de El Dominico Blanco, el Salón de Artículos Misteriosos de Chidher el Verde, en El Rostro Verde, etc. Luego crea una trama casi onírica o completamente onírica y va alternando capítulos en los que la trama novelesca va avanzando, con otros donde aprovecha para fijar las bases de su teoría iniciática.

Éstos son inseparables de aquellos, resulta imposible entender el desenlace de sus novelas desatendiendo de las contribuciones teóricas que, por lo demás, están perfectamente integradas en la narración.  

Meyrink, el hombre de Praga 

Había nacido el 19 de enero de 1868 –a las 13:30 para quienes quieran establecer su carta astral- en el hotel Blauer Bock de la Mariahilfer Strasse, en Viena y su verdadero nombre era Gustav Meier. Su padre, el barón Karl Warnbüller von und zu Hemmingen, ministro en Güttemberg, jamás lo reconoció. En cuanto a su madre, un actriz teatral, Maria Wilhelmina Adelheyd Meier, jamás consiguió entenderse con ella. Pronto cambió su apellido por el de Meyrink que utilizaría para firmar sus obras, pero también en su vida civil. Es difícil valorar si este origen –hijo bastardo de un noble y de una corista- le influyó en su peculiar psicología, lo que sí es cierto es que en todas sus novelas aparecen guiños a lo que fue su vida personal y su origen. Es frecuente, por ejemplo, que aparezcan figuras de nobles ancianos, actrices fracasadas, prostitutas portuarias.

De todos ellos, quizás, el que sale mejor parado es el padre adoptivo del protagonista de El dominico blanco, “barón Bartalömeus von Jöcher, farolero honorario”. Por el contrario, los nobles que aparecen en El rostro verde son personajes ridículos y de hábitos anómalos. Sea como fuere, al alcanzar la fama, la familia del padre le autorizó a utilizar su apellido, gesto que Meyrink declinó con orgullo. La madre permanecía poco tiempo en el hogar, así que Meyrink convivió en la mayor parte de su infancia y adolescencia con sus abuelos en la ciudad de Hamburgo. Cuando fallecieron éstos, se vio obligado a acompañar a su madre en las distintas giras que hizo por centroeuropa. Eso le llevó a Munich de Baviera, nuevamente a Hamburgo y finalmente a Praga en 1883 donde su madre trabajó en el Teatro Alemán. Luego, incorporada a otras compañías, dejaría a su hijo adolescente de apenas 17 años solo en Praga. Meyrink permanecería en esa ciudad durante 20 años y la absorbería por todos sus poros tal como demuestra la descripción precisa y lúgubre que realiza del gueto judío en El Golem

En su juventud se interesó por el ocultismo convencional y el espiritismo. Sus biógrafos cuentan que intentó suicidarse a los 24 años, pero justo en el momento en el que, tras haber escrito su testamento y varias cartas a sus seres queridos, estaba preparando la pistola, alguien lanzó bajo el quicio de la puerta un folleto ocultista de orientación espiritista que cambiaría su vida. El título de este opúsculo era sintomático: La vida que vendrá.

A partir de este momento y a lo largo de toda su vida se inicia el sendero espiritual de Gustav Meyrink que le llevaría por senderos erróneos –espiritismo, seudorosacrucianismo, teosofía- y, más adelante, por fuentes más directamente conectadas con la verdadera espiritualidad: khábala, budismo, zen... para terminar con una interpretación esotérica del cristianismo muy evidente en algunos fragmentos de su novela El rostro verde. En el momento en el que la Golden Dawn consiguió atraer a la crema de la intelectualidad europea, Meyrink ingresó en sus filas.  

No está claro –al menos no en las biografías que hemos consultado siempre en lengua extranjera- el por qué se separó del ocultismo convencional y se introdujo en el mundo de la tradición esotérica. Da la sensación de que fue de una etapa hacia la siguiente, más que “progresando”, rompiendo con la anterior y rectificando el tiro hasta reconstruir un sistema, en cierto sentido, muy parecido al del helenismo de los primeros siglos de nuestra era, y en concreto extremadamente similar a la doctrina de Plotino.  Lo cierto es que en todas sus grandes obras proliferan las puyas contra el espiritismo del que abomina y denuncia como una gran falsificación y del teosofismo y de sus prácticas sectarias.  

Un año antes de intentar suicidarse (1892), Meyrink ingresó en la sociedad teosófica fundando la logia de Praga junto al famoso escritor Julius Zeyer. Era demasiado joven como para poder advertir la formidable patraña seudo-espiritualista y el inextricable galimatías ocultista creado por la Blavatsky.

Llama la atención que muchos hombres de amplia cultura e inteligencia, que aceptaron inicialmente el mensaje del teosofismo, terminaron muriendo prematuramente en medio de agudas depresiones que destruyeron su sistema inmunológico o, simplemente, les llevaron directamente al suicidio. Recordamos, por ejemplo, el caso de Montoliu y Togores, fundador, junto a Josep Xifré Hamel, de la Sociedad Teosófica en España que murió prematuramente tras obsesionarse con prácticas mediúmnicas y por la confusión mental subyacente en el corpus doctrinal de ese grupo ocultista.

Como hemos visto, Meyrink “solamente” intentó suicidarse.  En esa ciudad concluyó su bachillerato y luego estudios de economía y comercio. Tuvo distintos trabajos relacionados con esta profesión y se especializó en comercio internacional y negocios de exportación. Casualmente conoció al sobrino nieto del poeta alemán Christian Morgenstern con quien fundo su banco, Meier&Morgenstern.

En ese tiempo, la personalidad de Meyrink era francamente frívola y recuerda mucho a los años de juventud del arquitecto catalán Antoni Gaudí. Ambos fueron dandys, amantes del lujo y las comodidades, de la buena vida e incluso dotados de un carácter soberbio y altivo. A diferencia de Gaudí, Meyrink destacó como deportista e incluso alcanzó éxitos internacionales como regatista. Se convirtió en una adicto al ajedrez, especialidad en la que también destacó. Se dice que fue el primer propietario de un vehículo que cruzo Praga y era un maestro en esgrima y tiro. 

La banca privada creada por Meyrink le proporcionaba un aceptable nivel de vida, pero le desagradaba extraordinariamente ese trabajo. En sus obras, los comerciantes, negociantes y funcionarios son tratados de una manera despectiva. La cambalachería del viejo Wassertrum, el repelente personaje con labio leporino de El Golem, es la traslación simbólica de todas las insatisfacciones que le proporcionó su trabajo. Sea como fuere, en un momento dado, la banca quiebra y Meyrink termina en la cárcel completamente arruinado.  

No hay mal que por bien no venga, así que, a partir de 1902, para sobrevivir, empieza a realizar traducciones de Dickens y a colaborar en distintos medios de prensa, especialmente en la revista satírica Simplicisimus. Su primer cuento, publicado en  esta revista, se titula El soldado caliente. Luego aborda la composición de pequeños cuentos fantásticos. Poco a poco, se irá familiarizando con el noble arte de la escritura a la que irá trasladando sus experiencias interiores. Evola dice de Meyrink que “más que crear personajes y sus andanzas, los “veía””. Se nutrió de Kafka, a quien conoció personalmente después de una florida correspondencia. Y sintió una especial predilección por la obra de Thomas Mann con quien también mantuvo un abundante intercambio epistolar. 

El incidente que generó la ruina económica de Meyrink y de la banca Meier&Morgenstern es confuso, pero parece que cuando todavía no estaba casado con la que luego sería su segunda mujer, alguien la insultó públicamente y Meyrink retó a un oficial del ejército austriaco, pero éste se negó a batirse en duelo alegando el carácter bastardo de Meyrink. No sólo eso, el ofensor se las dio de ofendido y denunció a Meyrink por ultraje al honor. Meyrink fue juzgado y condenado, pero, el denunciante y sus amigos de la casta militar emprendieron una campaña contra el banco Meier&Morgenstern, acusando a Meyrink de estafa. La policía lo detuvo, registró el banco. No se encontraron pruebas y en el juicio fue absuelto por el delito de estafa, pero fue nuevamente arrestado al fallar el tribunal la sentencia por delito de honor favorablemente a la parte demandante. Cumplió quince días de prisión y, cuando salió, la Banca Meier&Morgenstern se había, literalmente, evaporado. 

Esto le generó un profundo desasosiego que se refleja también en los capítulos en los que el protagonista de El Golem, Athanasius Pernath, resulta detenido y termina encarcelado. Los niveles de angustia de este episodio superan en nuestra modesta opinión los alcanzados por Kafka en su obra El Castillo. Ambos compartieron un espíritu antiburocrático y consideraron siempre las instituciones burguesas como absolutamente paralizantes.  

Sus cinco grandes novelas son escritas en un período relativamente corto, cuando su militancia ocultista ha quedado muy atrás. El Golem aparece en 1915, El rostro verde un año después, La noche de Walpurgis al siguiente y El dominico blanco cuando ya ha terminado la Primera Guerra Mundial (en 1917) y El ángel de la ventana de occidente en 1927. Estabilizada su posición económica y abandonadas las privaciones de sus años de adolescencia, se casó con Hedwig Aloisia Certi, un matrimonio que resultaría nefasto y que le hizo profundamente infeliz. También aparecen algunas pinceladas de este matrimonio fracasado y especialmente de Aloisia en la figura desagradable de Aglaja en El Dominico Blanco

Su segundo matrimonio con Philomene Bernt, con quien casó en 1905, le hizo padre de dos hijos, Sybil Felizata (nacida en 1906) y Harro Fortunat (1908). Mientras se encontraba esquiando en los Alpes, Harro sufrió un grave accidente a los 22 años que le dejó inmovilizado en una silla. Dos años después terminó suicidándose, en 1932. Su padre le sobrevivió pocos meses, falleciendo en el 7 de la Himbselstrasse de Starnberg el 4 de diciembre del mismo año.

Su amada esposa le sobreviviría 32 años, falleciendo en 1964. En el primer tercio de siglo la fama de Meyrink como autor fue extraordinaria.

Su obra El Golem impulso al expresionismo cinematográfico alemán a ocuparse de este mito en la famosa película de Paul Wegener en 1920 que, sin adentrarse en la narración de Meyrink, describe con extraordinaria precisión el mito rescatado por Meyrink en el capítulo V de su novela aparecida cinco años antes.  

El advenimientos del nacional-socialismo perjudicó a la obra de Meyrink, demasiado inspirado por la khábala y con una propensión a presentar personajes hebreos en su obra. Los militantes comunistas no desconfiaban menos de Meyrink, que había descrito con singular precisión el asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo en 1917, en su novela La noche de Walpurgis. La novela, compuesta en 1921 en medio de las insurrecciones comunistas que asolaron Alemania y tuvieron sus prolongaciones en Austria, evidencia en el episodio del asalto a los palacios de Malá Strana lo peligroso de los movimientos de masas surgidos de los estratos más irracionales de la personalidad e incontrolables en el momento en que se ponen en marcha.  Peor le fue a la obra de Meyrink bajo el comunismo. Difícilmente podía considerar la administración comunista como “amigable” a un autor que enfatizaba el dominio del alma, algo que el materialismo histórico condenaba. No se volvió a editar a Meyrink hasta finales de los años 60. En esa noche oscura de treinta años, solamente Carl Gustav Jung aludió al autor capaz de describir la angustia del gueto de Praga. Al caer el comunismo, su obra completa se volvió a editar en Praga, la ciudad a la que tanto amó. 

Las ideas de Gustav Meyrink 

Las fuentes de Meyrink son múltiples y se fueron enriqueciendo a medida que su visión se liberó de los prejuicios ocultistas. Realizó incursiones en las distintas formas de budismo, se interesó por la masonería y, por supuesto, por la khábala, conoció formas de hinduismo y el resultado de todas influencias positivas fueron las temáticas de sus cinco grandes novelas. Se discute todavía hoy si Meyrink fue iniciado en algunas de estas escuelas.

Evola fue el primero en plantearlo en el artículo que hemos mencionado en el diario Roma: “Es posible que Meyrink hubiera recibido una iniciación en sentido propio. A primera vista, en su juventud, un impulso hacia lo sobrenatural le había llevado a interesarse en algunas formas espurias de ocultismo y el mismo espiritismo, del que, sin embargo, se separó decididamente pronunciando luego severos juicios. Luego, gracias a contactos sucesivos con hinduistas y con ambientes cabalísticos encontró “la vía” y estuvo en condiciones de formular una concepción global de la vida con orientación mágica e iniciática de alto valor artístico por su claridad y autenticidad, difícilmente encontrable en novelas de este tipo”. Estamos de acuerdo con Evola en que las dos influencias de Meyrink fueron la khábala y el hinduismo que, de forma natural, le llevó al budismo. Ahora bien, da la sensación de que Meyrink, extrajo de las enseñanzas que había recibido y de sus experiencias personales unas consecuencias que traslada a sus obras y que le llevan a definir una “vía autónoma hacia la trascendencia”.  

Esta vía está basada en seis principios fundamentales (y muchos otros secundarios que se integran o desprenden, incorporados a los argumentos): 

1)     La consideración del Yo como una máscara ilusoria. En algunas novelas de Meyrink el tiempo es literalmente devorado y el autor genera una nebulosa espacio temporal que se superpone a los rasgos de unos personajes que cambian con facilidad y están, en muchos casos, reducidos a la dimensión extrema de espectros. Para Meyrink, la existencia es pura ilusión y el yo una construcción artificiosa y variable que puede adquirir distintas formas incluso personales (un psiquiatra definiría al maestro Athanasius Pernath, protagonista de El Golem, como una personalidad múltiple, cuando en realidad, sumergido en el mundo onírico proyecta un ego con distintas irisaciones ).  

2)     El estado normal de existencia como similar al sueño. La existencia del ser humano “normal” (esto es, no iniciado) es un estado de vida inferior y desnaturalizada, similar al sueño. Así pues, no solamente nuestro propio mundo interior y nuestra existencia están ligadas al sueño sino que también nuestra forma de percibir es completamente onírica y subjetiva. Aceptar esto y percibirlo supone, en la práctica, relativizar la experiencia de la existencia y las vicisitudes de la vida. Si Meyrink crea un clima absolutamente onírico y demencial en sus obras, especialmente en El dominico blanco y en El Golem, es precisamente porque sus protagonistas viven en sueños y desarrollan su vida entre durmientes. Y, de la misma forma que en el sueño no existe ni espacio ni tiempo, en los relatos de Meyrink todo transcurre en una sugerente oscuridad que genera una actitud emocional de angustia y desesperación, disipadas en los momentos de mayor oscuridad por los fragmentos contrapuestos que contienen una clara y luminosa enseñanza de alta sabiduría. En esos momentos, no es el ser dormido quien habla, sino el que se mantiene en vela, el que está despierto. 

3)     La necesidad de buscar la trascendencia dentro del ser humano. Los autotitulados “maestros espirituales” decepcionaron a Meyrink mientras permaneció en los conventículos ocultistas. De ahí que siempre sugiera “buscar en el interior” lo que no existe fuera o lo que tiene una existencia problemática. Meyrink desconsidera la idea de un dios personal y exterior y se siente mucho más partidario de un dios interiorizado que solamente se trata de revivir. No es, pues, como en el caso de Loew el rabino de Praga que en el siglo XVI creó el homúnculo y le insufló vida en forma de Golem, sino al contrario: se trata de encontrar esa “llave de la vida trascendente” que está “oxidada desde el diluvio” e insuflarle vida. Así ese “átomo” divino se convierte en dios y no es que anide entre nosotros, sino que se identifica con el “que ha despertado”. 

4)     La equiparación entre el despertar y el “segundo nacimiento”. Es la temática central de El rostro verde. En parte, esta es también la base del sistema de Gurdjieff. Meyrink afirma que “el sendero que conduce a la vida eterna es delgado como el filo de un cuchillo”, pero puede recorrerse a condición de no mirar a otros sino de mirar dentro de uno mismo (“El que mira a los demás, pierde el equilibrio y cae”). Familiarizado con el Antiguo Testamento, Meyrink considera el sendero espiritual como la trayectoria que va de Adán a Cristo, de la caída primordial y de la pérdida del sentido de la verdadera espiritualidad, al nacimiento de un Dios en el portal de Belén “que no está sino en tu corazón”. Meyrink insiste mucho en esta idea hasta llegar a comparar al negro bantú que aparece en esta novela el papel de “rey Baltasar”. Existen en las novelas de Meyrink algunas pinceladas escatológicas y apocalípticas. Meyrink está persuadido de que se avecina el nacimiento de un “tiempo nuevo” en el que la humanidad sufrirá las convulsiones de un parto. No explica ni cuándo se producirá ese “adviento”, ni cuándo aparecerá la figura del “salvador” de la humanidad, simplemente apunta esta hipótesis. En un punto de El rostro verde, Meyrink alude al Souquiant de las tradiciones africanas: “Un hombre que puede cambiar de piel es un Souquiant. Vive eternamente. Un espíritu, Invisible. Sabe hechizar todo”. Cuando alguien es poseído por éste Souquiant renace, deja atrás la piel vieja como hace la serpiente y se revista de una piel renovada. Dice más adelante: “Sabe que el verdadero segundo nacimiento es esto: que tú seas uno conmigo y reconozcas que yo, tu guía hasta el árbol de la vida, has sido tú mismo”

5)     La mujer y el sexo como puertas de acceso a la trascendencia. Esta temática aparece en casi todas las novelas de Meyrink, alcanzando sus más altas cumbres en El Dominico Blanco (en la figura trascendente de Ofelia) y en El Ángel de la Ventana de Occidente. Meyrink alude a la “unión con la mujer” para reconstruir el andrógino primordial. Esa mujer debe ser “especial”, y estará en sí misma dotada para la relación trascendente. Para Meyrink lo masculino y lo femenino no estarán solamente en relación de polaridad, insuficiente para aproximar a ambas partes a la trascendencia y que, como máximo puede alcanzar las cotas del amor romántico y exaltado que se conoce en cuanto se conoce la sonrisa de una mujer. Lo que propone Meyrink va mucho más allá del nivel más elevado del amor profano. Se trata de alcanzar con la mujer una tensión espiritual y un antagonismo reales y similares a las que mantienen los protagonistas de El Ángel de la ventana de Occidente. En esta novela, uno de los personajes contrapone relaciones sexuales en las cuales la polaridad latente se eleva al grado máximo para convertir la relación erótica en extrema y destructiva. En el momento del orgasmo deberían diluirse los rasgos de la personalidad y generarse una situación similar a la muerte que abriría a una nueva vida y a un renacimiento (temática propia de El Rostro verde, en especial). Esta forma de sexualidad no tendría apenas nada que ver con el “eros animal procreador”, simple traslación del instinto de supervivencia o con el “amor plebeyo” experimentado habitualmente y que aparece en El rostro verde en la figura de la guarra del puerto. Meyrink alude a la “muerte que viene de la mujer” y alude a una serie de postulados que seguramente conoció durante sus pesquisas por el yoga tántrico.  

6)     La orden iniciática. En los últimos capítulos de “El dominico blanco” se evidencia que su padre espiritual, el barón Von Jöcker, pertenecía a una vieja orden iniciática cuyos miembros se reconocían “por el apretón” (una forma particular de estrechar la mano). Esta hermandad iniciática sería el equivalente real a la “aurea catena” inmaterial que une a los iniciados más allá del espacio y del tiempo. Esta hermandad estaría formada por “los que han despertado” o por “los que velan” y a ellos correspondería el control de los destinos de los hombres. Pero estas influencias no han sido traídas de la lectura de las obras teosóficas, supuestamente inspiradas por los “mahatmas” (o “guías ocultos del universo”)  con los que la Blavatsky se vinculada a fin de cubrir sus obras de una patina de infalibilidad. La idea de la existencia de una “aurea catena” procede de la tradición occidental y está presente en todas las grandes tradiciones del mundo indo-europeo tal como René Guénon puso de manifiesto en su obra sobre El Rey del Mundo. A diferencia de Guénon que consideraba imposible abordar una vía de trascendencia sin lo que él llama una “iniciación regular”, Meyrink (con Evola) coinciden afirmando que “es preciso tener un guía, pero éste sólo puede surgir del reino del espíritu”. 

Una obra a rescatar, ya 

Toda la obra de Guenón está incorporada en Internet. No importa que sus obras impresas no se hayan reeditado desde principios de los años 90. Buena parte de la obra de Evola, de Schuon, de Coomaraswamy, etc, son así mismo accesibles en formatos digitales. Nada parecido ocurre con la obra de Meyrink.  Hasta ahora parece que nadie haya decidido invertir 40 ú 80 horas en digitalizar sus textos y pasarlos por OCR (¿algún voluntario?).

Existen, eso sí, unas pocas páginas en castellano dedicadas a la obra de este autor y la correspondiente nota en Wikipedia. Pero basta recurrir a cualquier motor de búsqueda para percibir que se trata de un autor en vías de desaparición de los catálogos editoriales.  Y eso es malo, o muy malo, porque en estos tiempos de “rebajas espirituales por fin de temporada” y a falta de verdaderos maestros espirituales, la “vía autónoma hacia la trascendencia” que describe Evola en Cabalgar el Tigre, es uno de los pocos resquicios que quedan para experimentar el verdadero sentido de la trascendencia.Basta simplemente un ordenador, un scanner, un programa de reconocimiento de caracteres y un programa de tratamiento de textos, o bien un convertidor en PDF. Y sobre todo, falta tiempo.

No quisiera concluir este breve tributo a la obra de Meyrink sin solicitar de los lectores su esfuerzo para poder disponer en el tiempo más breve posible de la obra de Gustav Meyrink digitalizada y puesta gratuitamente al servicio de todos los buscadores.  

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es  

 

HA APARECIDO EL NÚMERO 2 DE I D E N T I D A D

HA   APARECIDO   EL   NÚMERO   2    DE    I D E N T I D A D

Acaba de aparecer el número 2 de la revista IdentidaD. Pídelo en tu kiosco, suscríbete o pide información en el 666 873 024.

Número 2 correspondiente al 15 de noviembre - 15 de diciembre de 2007

40 páginas intensas con datos, análisis y entrevistas para entender la actualidad

formato tabloide (29x39 cms).

 

S U M A R I O

Editoriales:

- La enfermedad de Maragall: algunas implicaciones a tener en cuenta
- PSOE: el partido sin sombra
- Continuidad o no de la monarquía: el fondo de la cuestión
- La crisis que nos embarga

11-M CASO ABIERTO. Una sentencia ambigua para un atentado atípico.
por Ernest Milà

Despiece: El gran error del PP: Dos años de sostenella y no enmendalla cuestan caro
por Pere Nonell

Despiece: Los problemas de la teoría de la conspiración
por Pere Nonell

Despiece: El juez del Olmo no investigó el origen de las pistas falsas
por Pere Nonell

Mesa de Redacción:
Debate en torno a la Memoria Histórica

Despieces: Enrique Ravello - Andrés Romaguera - Ernesto Milá - tres redactores que han vivido la reconciliación en el seno de sus familias, debaten sobre el enfrentamiento entre las dos Españas

Visita Real a Ceuta y Melilla. El desencuentro ha vuelto
Despieces: Por qué deben seguir siendo españolas
Ceuta y Melilla ¿españolas?

por Ernest Milà

Comercio de niños africanos: una industria lucrativa
La estafa humanitaria

Despieces: ¿Ayuda? Una gota en el Océano
por Luis Anza

Noticias
Despieces:
- Acuerdo España-Marruecos para repatriar menores. Menudo acuerdo
- Industrias españolas deslocalizadas a Marruecos: ¡Que se nos las llevan!
- Melilla colapsada por la inmigración infantil
- Almunia, abogado del diablo: los tópicos del progresismo europeo

¡Socorro! Se aproxima otra campaña electoral.
Consejos para sobrevivir a las elecciones

Despieces:
De lo que deberían preocuparse los políticos
Lo que deberían evitar los partidos
Lo que supone la democracia"
por Pilar Dantés

Sarko: el amigo americano ha llegado
Admirado por la derecha española, no es el hombre de la derecha europeo, sino de los neo-con americanos
por Louis Figuier

Despieces: Nicolás, el favorito de Israel
por Alberto Torresano

Suiza dice no a la inmigración.
El Retorno de Guillermo Tell

Despieces: Christoph Blocher "La política monetaria suiza no la dictará el Banco Europeo"
por Enrique Ravello

Santiago el Mayor cumple 50 años
Arraigo e Identidad en Salvador Dalí

Despieces: Santiago, un culto identitario
por Albert Montcada

D O S S I E R

La inmigración y nuestra vida cotidiana (I)

I Parte:
Inmigración y delincuencia
El maquillaje estadístico no logra enmascarar la realidad


II Parte:
Inmigración y paro
El paro persigue sobre todo a la inmigración


III Parte:
Inmigración y vivienda
¿Estallará la burbuja inmobiliaria a causa de la inmigración?


IV Parte:
Inmigración y Fuerzas Armadas
9% del total, 30% en zonas de conflicto

Complementos

Libros: Pol Ubach, ¿Memoria de merluzo - memoria de elector?

Arte: Et in Arcadia, Ego. La abstracción del paisaje en la Fundación Juan March. Girón

Cine: Jodie Foster, de putilla a vengadora. Ernest Milà

Informática: La oleada no desciende, BLOGS, la nueva información

Entrevista: Guillaume Faye y sus sombrías perspectivas, seguido del artículo de Faye ¿Está desfasado el Estado Nacional?

Máxime Real del Sartre, los Camelots du Roi y el Valle de los Caídos

Infokrisis.- En febrero de 1981, el destino me llevó al Château de Reveillon. Allí tuve ocasión de tener noticia de un escultor francés amigo de la propietaria de la mansión, la marquesa Marie Therese Bouniol de Gineste, e incluso de ver algunas de sus obras. Se trataba de Maxime Real del Sartre. Brillante escultor, del Sartre también había sido jefe del servicio de orden de Action Française, los Camelots du Roi. A él le cupo un importante papel en el apoyo francés al esfuerzo bélico de Franco.

Un poco de memoria personal

El Château du Reveillon, hoy convertido en una especie de parador nacional, era en 1980 un destartalado caserón situado a 75 km de París propiedad de un notario parisino y de su hermana que residía en el lugar. Se trata de un palacete construido en el siglo XVII sobre las ruinas de una fortaleza anterior, probablemente de origen templario. Un torreón de esa fortaleza primigenia hacía sido convertida en palomar y todavía ostentaba en su parte inferior el habitual “árbol de la vida” en forma de columna central en la que se apoyaba la bóveda circular propia de algunas construcciones templarias.

En la bélle époque habían pasado por allí Marcel Proust que escribió algunas de las páginas más memorables de su “Jean Lantier” (recientemente publicado en edición de lujo en España). Proust citaba algunos lugares del Château que en 1981 todavía existían. Yo mismo me paseé entre los rosales búlgaros en los que Proust había caído en éxtasis. Recorrí la avenida de robles bicentenarios que describe Proust tal como la vi. Y bajé a los sótanos de la fortaleza junto a unos amigos libaneses, avanzando por los subterráneos cegados desde que los alemanes convirtieron la fortaleza en lugar de residencia para sus oficiales durante la II Guerra Mundial. Uno de estos pasadizos subterráneos, decía la tradición que conducían hasta la vecina fortaleza de Roussy y por ellos podía pasar un carro repleto de heno. En el punto equidistante entre ambas fortalezas existía una especie de plaza circular en donde el cochero de un carro debía esperar en el caso de que otro hubiera partido de la fortaleza contraria. Cada cochero tenía una canción particular que debía cantar en el interior del pasadizo para alertar al que pudiera partir del otro château. Lo cierto es que dimos con uno de los pozos de ventilación cegados por los alemanes y pudimos excavar varios metros y retirar los escombros colocados allí en 1940.

Además de Proust, visitó Reveillon la actriz Sarah Bernard que dejó como recuerdo unas extrañas plantas exóticas que florecían en primavera alcanzando singular altura. Eran, francamente, horribles hasta el punto de que mis amigos, falangistas libaneses, pensando que se trataba de malas hierbas, arrancaron varias de ellas hasta la raíz.

En el interior del castillo, en el gran salón de la entrada, a mano derecha se encontraba una antigua armadura que la tradición atribuía a Juana de Arco. El castillo tenía también su fantasma, un fantasma agradable y dulce, la hija de los marqueses que se arrojó al vacío desde el tercer piso del torreón de Occidente, cuando los revolucionarios intentaron capturarla en 1789. No sé si era cierta la historia, pero aquella habitación batida por los vientos que nadie había tocado desde aquella fecha, era el foco de extraños sucesos.

Lo interesante de Reveillon no era esto, sino que la marquesa y su familia habían tenido una relación estrecha con los medios monárquicos galos. De hecho, SAR Sixto Enrique de Borbón Parma, fue quien me presentó a la marquesa y quien me aconsejó que residiera allí durante unos meses. Eso me permitió departir durante varios meses en las tardes de invierno y primavera de 1981 con la propietaria del lugar. Pertenecía a una vieja familia cuyo solar originario no era el Marne sino Occitania. Su padre había dirigido un diario colaboracionista en Perpignan durante la II Guerra Mundial y, para colmo, en tanto que oficial del ejército, había coincidido con el futuro General De Gaulle en la Academia Militar, experimentando ambos entre sí una violenta enemistad. No es raro, que tras la guerra, el padre de Mademoiselle Bouniol de Gineste hubiera sufrido cárcel y condena a muerte posteriormente conmutada, según me explicó gracias a los “cátaros” de la región. Católica tradicionalista, a la Marquesa le costaba reconocer que aquellos a quienes ella llamaba “cátaros” y, por tanto, eran herejes, habían salvado la vida a su padre. Desterrados, compraron el viejo caserón de Reveillon y allí fue donde la conocí a ella.

La marquesa profesaba una viva admiración por dos grandes de la cultura francesa de las entreguerras a los que había conocido bien y a con los que su padre estuvo unido por una amistad intensa y franca: el aviador y escritor, Antoine de Saint-Exupery y el escultor Maxime Real del Sartre. En Reveillon quedaban recuerdos de ambos, cartas manuscritas de Saint-Exupery, álbumes de fotos de las obras de Real del Sartre e incluso algunos estudios para esculturas. Recuerdo una cabeza de Cristo cubierto de espinas y una mano de singular perfección en barro cocido. Y, por supuesto, la medalla de Juana de Arco, creada por el propio del Sartre y que figuraba en una vitrina de recuerdos, junto al comedor sala de estar en donde se desarrollaba plácidamente nuestra vida en Reveillon.

Sirva todo esto para explicar por qué dispongo de algunos testimonios personales e íntimos sobre Maxime Real del Sartre cuya personalidad me ha ido atrayendo progresivamente. Parte de esos testimonios son estrictamente personales y no seré yo quien traicione la confianza de la persona que me los comunicó, la Marquesa Marie Therese Bouniol de Gineste.

Maxime Real del Sartre, miembro de la Action Française

Había perdido un brazo en los combates de 1914, pero esto no le impidió ser el escultor monumental más famoso y solicitado de las entreguerras. Real del Sartre estaba emparentado con el compositor Georges Bizet y pertenecía a la aristocracia monárquica francesa educada en el pensamiento católico. A poco de fundar los Camelots du Roi, mientras estudiaba en la Escuela de Bellas Artes  y ostentar su jefatura a partir de 1936, Real del Sartre fue movilizado como la mayoría de sus camaradas para servir en el ejército francés durante la Gran Guerra. Él mismo solicitó un destino en el frente del Marne en donde dos años después perdería un brazo en combate, alcanzando el rango de capitán por méritos de guerra.

A pesar de lo que supuso para él esta merma, en el período comprendido entre 1920 y 19396 se convirtió en el escultor más famoso y solicitado de Francia. En tanto que monárquico orleanista fue el escultor oficial de la familia real francesa. Cuando se casaron los duques de Guisa elaboró todas las esculturas, bustos y obras ceremoniales que recordaron y presidieron el evento. En los “felices años veinte” elaboró una veintena de monumentos en homenaje a los caídos en los frentes de guerra, la mayoría todavía existentes.

Durante su juventud, antes de la guerra, del Sartre era famoso por sus bromas (canulars). Conocía hasta la saciedad las famosas alcantarillas de París, un mundo subterráneo y sombrío que era la réplica de la ciudad de la superficie; incluso las calles de las alcantarillas están rotuladas con una réplica de las placas que se encuentran unos metros por encima. Ese conocimiento permitía a del Sartre aparecer en los lugares más inverosímiles (irrumpió en un teatro mientras se estaba celebrando una representación apareciendo directamente en el escenario por un pasadizo que enlazaba con las alcantarillas. Ese conocimiento fue utilizado también por del Sartre y por los Camelots para irrumpir en reuniones de sus adversarios políticos o atacarlos por sorpresa. En el local de los Camelots en la rue Boccador se encontraban los “trofeos” que los Camelots habían ganado en todos estos combates: pancartas del partido comunista, retratos de Lenin, una colección de gafas que habían quedado en el suelo en el escenario de los combates, etc.

En 1928 fue encarcelado por haber interrumpido un juicio en la Corte Suprema acusando a los magistrados de traidores. Este encarcelamiento le proporcionó fama política que se unió a la fama como artista que ya había conocido desde mediados de esa década.

A partir de marzo de 1937 empezó su relación con Franco al que le realizó un busto para la Exposición de Arte Anticomunista que tuvo lugar en París en diciembre de ese año. Su fama le llevó a ser recordado incluso en el reciente film de Bertrand Tavernier, La vie et rien d’autre (1989) en la figura del escultor Mercador.

La novedad que introdujo Real del Sartre en el movimiento nacionalista francés fue el culto a Juana de Arco. En 1930, fundó la Compañía de Juana de Arco, organizada para propagar el culto y las peregrinaciones a los lugares que recorrió la Santa a la que definió como el “símbolo de la raza latina”. Del Sartre no había hecho otra cosa que recoger el nacionalismo francés pre-maurrasiano, tanto de izquierdas como de derechas, que ya tenía a la Doncella de Orleans como símbolo de Francia. Pero cuando se produjo la ruptura en la sociedad francesa al estallar el “caso Dreyfus”, el culto a la santa pasó a ser patrimonio de la derecha radical y empezó a aureolarse de tintes antisemitas. El 8 de mayo, fiesta de la santa, se convirtió en jornada de movilizaciones nacionalistas de fuerte tinte antisemita que tuvieron su inicio con el “caso Dreyfus” y su punto álgido con la subida al poder de León Blue (odiado por los Camelots en tanto que judío) líder del Frente Popular y de la SFIO. Durante todo ese ciclo, los Camelots multiplicaron dos consignas: “Larga vida a Juana de Arco” y “Muerte a los judíos” que dicen muy poco sobre las innegables cualidades intelectuales de la clase dirigente de Action Française compuesta por la crema de la intelectualidad francesa de la época.

Una de las esculturas de Real del Sartre representando a Juana de Arco fue entregada personalmente a Mussolini y depositado en el Museo del Imperio Italiano. Cuando en 1937 visitó Sevilla y se entrevistó con Queipo de Llano le regaló una medalla de Juana de Arco diseñada por él mismo al tiempo que manifestaba su intención de esculpir una estatua en cuanto las tropas de Franco entraran en Madrid. En ese mismo viaje entregó una estatua de la Santa realizada en marfil al embajador portugués para que se la entregara a Oliveira Salazar, dictador portugués. En ese mismo viaje en el que se entrevistaría por primera vez con Franco en el Cuartel General de Burgos, pasó durante unos días por la ciudad de Salamanca en donde conoció al General O’Duffy jefe del batallón de católicos irlandeses que combatían con Franco. Le emocionó saber que los irlandeses luchaban con los colores de Juana de Arco y convirtió a su jefe en miembro de la Orden de la Santa.

En marzo de 1937 Real del Sartre cenó con Franco y con los miembros del Estado Mayor. Todos ellos habían recibido y lucían su correspondiente medalla de la Santa e incluso en el curso de la cena, el propio Maxime pudo colocar personalmente la medalla en el vestido que lucía la esposa de Nicolás Franco sentada junto a él en la mesa.

El viaje en cuestión había sido organizado por José María Quiñones de León, un monárquico español, antiguo embajador de Alfonso XIII en París que se había puesto al servicio de Franco. El viaje se inició en Biarritz bajo los auspicios del Conde de los Andes, otro aristócrata monárquico al servicio de Franco que había estructurado lo esencial del servicio de inteligencia nacional en la Zona Norte. Del Sartre estuvo acompañado por otro prominente Camelot du Roi y era jefe de Action Française en el sureste de Francia, Georges Massot, que hablaba perfectamente castellano y que realizó las funciones de traductor. Massot era otro de los franceses que más énfasis ponía en la colaboración con Franco. Ambos, Real del Sartre y él, pudieron lucir por primera vez desde 1936 los colores de Juana de Arco y la insignia de los Camelots inmediatamente cruzaron el puente internacional de Hendaya. En efecto, esos colores habían sido prohibidos en la Francia del Frente Popular. Les acompañaban otras dos personas, uno de ellos era un catalán (probablemente Bertrán i Musitu) que hablaba perfectamente francés, bien emplazado en los servicios secretos franquistas. En cuanto al cuarto acompañante, inicialmente no se publicó su nombre. Se trataba de Henri Bonneville de Marsagny héroe de la primera guerra mundial, que pasaría a dirigir la Bandera de Juana de Arco, compuesta por voluntarios franceses (en buena medida procedentes de Action Française y de los Camelots du Roi) que combatió al servicio de Franco como unidad de la Legión Extranjera.

El periplo de Del Sartre y de sus acompañantes en la España Nacional fue largo. Conocieron al General Mola que moriría poco después en Talavera de la Reina. En Irún fueron recibidos por el mando militar y ante ellos desfilaron las milicias de Falange.

A partir del día mismo en el que entraron en España, Real del Sartre empezó a enviar crónicas para el semanario Action Française. Esos artículos sirvieron en gran medida para configurar la visión que los católicos franceses tuvieron de la causa nacional. En esos artículos se alababa la reacción española contra el comunismo que contrastaba, según del Sartre con la actitud francesa de abatimiento y decadencia. Pudo explicar a sus lectores que Franco se había emocionado hasta la lágrima cuando del Sartre le explicó que su hermana y sus seis hijos se arrodillaban cada día y rezaban el rosario para pedir a Dios la victoria de las armas nacionales. Del Sartre entregó a Franco una historia de los Camelots du Roi encuadernada en piel y adornada con los colores de la bandera de Juana de Arco y de España dedicada por Maurras (que en ese momento se encontraba preso en Francia). En el momento cumbre de todos estos artículos laudatorios hacia la figura de Franco, éste permitió a Del Sartre que le prendiera en su capote militar la famosa insignea de Juana de Arco. Franco se expresaba con él en un francés que del Sartre calificó de “suave”.

No sería la única vez que Del Sartre viajaría a España. A principios de 1938 volvió acompañado por Massot, por el jefe del grupo parlamentario de Action Française, Pierre Héricourt y, finalmente, por Charles Maurras, recientemente liberado de sus dos años de prisión. Poco antes del Sartre había viajado solo con un busto de Cristo a caballo elaborado en bronce, regalo personal a Franco.

En el curso de este segundo viaje, del Sartre pudo estrechar la mano del General Moscardó, el héroe del Alcázar de Toledo. En Francia, la gesta del Alcázar se había convertido en mítica gracias a los escritos de Action Française y a la primera crónica de la guerra escrita en 1938 por Maurice Bardeche y su cuñado Robert Brasillach, entonces director de la revista Je Suis Partout.

Sin embargo, en 1940, cuando volvió al Madrid liberado para asistir a la entrega de la Legión de Honor a Franco en la sede de la Embajada Francesa, a del Sartre le sorprendió –y desagradó- ver como Madrid estaba recorrida por automóviles oficiales con la bandera de la cruz gamada, muestras de la influencia que en ese momento tenía la embajada alemana en la capital. Del Sartre, como todos los miembros de Action Française, pertenecían al nacionalismo tradicional francés que veía en Alemania al enemigo secular. Eso hizo que durante la ocupación alemana, los Camelots y los miembros de Action Française evitaran la colaboración con los alemanes.

Eso no le evitó ni a del Sartre ni a Maurras el ser víctimas de la depuración en la posguerra que, en realidad, fue una venganza de la izquierda a quienes les habían hecho la vida imposible en la pre-guerra. Del Sartre conoció una vez más las rejas de la prisión y Maurras permanecería encarcelado durante siete años y liberado sólo poco antes de morir.

El precedente: los muscadins monárquicos

El 9 de Termidor de 1794, Robespierre subió a la guillotina empujado por los que hasta ese momento habían sido sus cómplices. El “terror” había acabado oficialmente, pero no realmente. Los jacobinos aún eran fuertes en numerosos barrios parisinos y en provincias. Sus modales zafios, sus ropas desaliñadas constituían un verdadero insulto para los realistas. No es raro que cuando estos quisieron mostrar un estilo propio lo situaran lo más alejado de los jacobinos.

Los jóvenes realistas impusieron una moda en el París convulso: elegantes y refinados utilizaban un perfume elaborado con musgo, musc en francés. De ahí que se les conociera como los muscadins (más o menos, los musgueados o los musgodinos). Hablaban en buen francés que para muchos era incomprensible a causa de que había eliminado la letra “R” por odio a los revolucionarios y a la revolución.

Cuando toda la nobleza francesa había sufrido el filo de la guillotina hacía falta mucho valor para declararse monárquico y adoptar una moda que implicara ser reconocido como tal. Vestían casaca verde, color del Conde de Artois, pretendiente al trono, con el cuello negro en recuerdo del Rey asesinado por la revolución. Sus ropas lucían 17 botones de nácar en honor del Delfín de Francia, un niño de apenas siete años, preso en la torre del Temple y que sería asesinado antes de poder ser reconocido como Luís XVII. Incluso su peinado mostraba un carácter militante: trenzaban su pelo de forma que caía a los dos lados de sus mejillas para atenuar los golpes que podían recibir en sus frecuentes choques contra los sansculots jacobinos. Ciertamente, lucían una enorme escarapela tricolor en sus sombreros… que se transformaba en blanca con solo tirar de un hilo.

La mayoría eran jóvenes estudiantes y empleados, que frecuentaban los aledaños del Palais Royal y se reunían en el Café de Chartres donde, en otro tiempo se reunían los caballeros de Saint Louis de France. Cualquier sans-culotte que se adentraba en esa zona no salía sin una severa paliza. Poco a poco, los muscadins controlaron la mayoría de París salvo los barrios marginales. En 1795, 25.000 realistas se alzaron en París siendo masacrados por Napoleón Bonaparte. La masacre fue espantosa y no envidió nada a los peores tiempos del terror jacobino.

Siempre, los Camelots du Roi tuvieron a los muscadins como su ejemplo y su antecedente histórico. Aún hoy, los jóvenes que siguen la escuela de pensamiento de Action Française y difunden las publicaciones maurrasianas ostentando el nombre de Camelots du Roi, siguen consideran a los muscadins como su modelo a seguir.

Los Camelots du Roi, fuerza de choque del realismo francés

A partir de 1905, los Estudiantes de Action Française, ocasionalmente distribuían el semanario de la organización en la calle. Puede considerarse que las experiencias obtenidas en esos años sirvieron posteriormente para dar mayor entidad a estas acciones de propaganda.

En efecto, el 16 de noviembre de 1908, Maurice Pujo, desde aquel momento uno de los hombres más próximos a Charles Maurras, fundador y alma del semanario y del movimiento Action Française, creaba el primer grupo de vendedores callejeros de su semanario. Pujo contó con la ayuda de Henri Vaugeois, entonces un joven estudiante del Barrio Latino. Inicialmente carecían de nombre, se les conocía como “estudiantes de Action Française” y dominaban sin discusión el Barrio Latino. No dudaban en enfrentarse con estudiantes de cualquier otro grupo político –incluida la extrema-derecha– para mantener y ampliar su dominio sobre la Rive Gauche. Maurras había bromeado: “¿Reconquistar Alsacia y Lorena? Si, está bien, pero mejor empezar por la Sorbonnne”. Los jóvenes lectores de su revista habían cumplido la consigna. Ente ellos destacaba ya Maxime Real del Sartre, Marius Plateau y los hermanos Lefevre. De ellos partió la idea de vender cada domingo el semanario Action Française a la salida de las Iglesias. Empezaron en el distrito XVII de París y se fueron extendiendo por toda la capital y más adelante por todas las provincias del hexágono francés.

Todavía no tenían nombre y sería un periodista desaprensivo les llamó irónicamente “Camelots du Roi”. En francés, el “camelot” es una especie de vendedor ambulante. Ellos recogieron el nombre como un desafío y lo asumieron: en el fondo aceptaban como una tarea de apostolado el vender la revista en las calles. Y, además, eran monárquicos. Maurras era un doctrinario curioso que solamente podía salir de una Francia racionalista y cartesiana: ni era monárquico, ni siquiera católico, pero había llegado a la conclusión racional de que la monarquía y el catolicismo estaban presentes en toda la historia de Francia y una eventual regeneración de la nación francesa solamente podía darse sustituyendo la odiada república por una monarquía tradicional y el laicismo ecléctico por los valores del catolicismo que, en el fondo, eran los de la Francia profunda. Esta doctrina atrajo al grueso de la juventud francesa desde principios de siglo. Los Camelots no tuvieron dificultades en encontrar difusores para su revista.

Difundir una revista en la calle suponía la posibilidad de enfrentarse con adversarios políticos. Los Camelots du Roi solían utilizar como armas disuasivas el bastón de caña con punta metálica, la verga de toro y el puño de hierro. Nunca –ni ayer ni hoy– negaron que asumían practicar una “violencia al servicio de la razón”. Maurras era un escritor agresivo en sus escritos, pero mesurado y moderado en su práctica política. De hecho, en las distintas historias escritas sobre los Camelots du Roi, se admite que si bien a lo largo de su historia fueron víctimas de agresiones y provocaciones, frecuentemente mortales, nunca mataron a nadie, ni recibieron la orden de hacerlo.

Esto era muy acorde con la personalidad de Maxime Real del Sartre. La Marquesa Bouniol de Gineste me lo definió como un gran bromista, además de cómo patriota y monárquico legitimista. Conocía a la perfección los subterráneos de París –las calles de París tienen una curiosa réplica en los subterráneos que reproducen bajo tierra el trazado urbano de la ciudad, y que ostentan las mismas placas identificativas de las vías de la superficie– y eso le había permitido irrumpir, a él y a sus camelots, en los lugares más inverosímiles, irrumpir en teatros a través de portones desconocidos siempre comunicados con las alcantarillas, etc. Del Sartre había dado a los Camelots una consigna: “En la mano un bastón y en el bolsillo un libro”, en otras palabras: teoría y acción. La violencia para ellos era justa, necesaria y conveniente sólo cuando se la subordina a la racionalidad y deja de ser una explosión de cólera momentánea y visceral. Maurras siempre preconizo como estilo un perfecto dominio de uno mismo. De hecho condenó los incidentes del 6 de febrero de 1934, cuando Jacques Bainville le dijo: “Maître, París se ha alzado”; Maurras le contestó con displicencia: “No me gusta la gente que pierde el control”. Él enseñaba a los Camelots a dominar sus instintos y a dominarse a sí mismos: la violencia, les decía, solamente es aceptable cuando se pone al servicio de una causa justa. Los Camelots aprendieron la lección.

Se conservan pocas fotos de los Camelots y no son siempre significativas. Los rostros que vemos pertenecen a todas las clases sociales: se ven en ellas a estudiantes, obreros, aristócratas, burgueses, artesanos, bachilleres, etc. Contrariamente a lo que la mitología dogmática de la izquierda ha intentado establecer, en los Camelots estaban presentes todas las clases sociales francesas. La Gran Guerra supuso un duro golpe para la organización.

En los primeros meses de combates, buena parte de los Camelots murieron en los frentes de batalla. “La Gran Guerra –se lee en una de las crónicas sobre la organización- decapitó durante un tiempo a este movimiento que contó entonces con más héroes muertos que jefes vivos”. Antes de la Primera Guerra Mundial, Action Française era el movimiento mayoritario de la juventud francesa.

En mayo de 1908, los primeros Camelots organizaron manifestaciones contra Charles Andler, profesor de la Sorbonne que se destacaba por sus ideas pacifistas. En el curso de los incidentes, Pierre Pimodan, fue el primer herido de Action Française. Pimodan llegaría ser el jefe de los estudiantes de AF y moriría heroicamente en la I Guerra Mundial. Fue en 1908 cuando se incorporó un joven desconocido de porte aristocrático, modales refinados y convincente oratoria; se trataba de Maxime Real del Sartre.

Del Sartre resultó detenido por primera vez ese año cuando interrumpió un proceso en la Corte de Casación contra miembros de AF. En el silencio de la sala se pudo oír su voz potente exclamar con serenidad: “Magistrados indignos y falsarios, los franceses os escupirán en el rostro por vuestra infamia”. Aún no era miembro de AF, pero al ser puesto en libertad se dirigió a las oficinas de la revista en la rue Chaussée d’Antin, encontraron a Henry des Lyons y a los hermanos Lefèvre, con los que distribuyeron el domingo siguiente el semanario en la iglesia de Saint-François de Sales. El éxito aconsejó multiplicar esa práctica al resto de distritos e iglesias de París. Del Sartre asumió la presidencia y Henry des Lyons la secretaría de la nueva organización. El 21 de noviembre de ese año tuvieron su primer acto de protesta en el teatro Odeón cuando interrumpieron un acto consagrado a Zola, a causa de su papel en el “asunto Dreyfuss”.

Juana de Arco, inspiradora de los Camelots

Antes de la guerra existió un profesor, André Thalamas de historia en la Sorbona cuya única enseñanza consistía en negar lo que llamaba la “Juanolatria”. Thalamás aumentaba irracionalmente sus ataques contra la figura de Juana de Arco a sabiendas de que la mayoría de sus alumnos eran simpatizantes de AF. Finalmente, el semanario convocó una campaña de movilizaciones para evitar las infamias de Thalamas. Miles de jóvenes se manifestaron en varias ocasiones en el Barrio Latino. Resultaron detenidos varios jóvenes en un puesto de policía del Latino, pero los manifestantes consiguieron liberarlos asaltando la comisaría. Posteriormente, la misma manifestación se dirigió hacia la estatua de Juana de Arco en la rue du Rivolí, depositando una corona de flores.

Las repercusiones del “asunto Thalamas” fueron enormes y popularizan en nombre de los Camelots du Roi en toda Francia. Serge Real del Sartre, hermano de Maxime resultó profesado por estos incidentes cuando apenas tenía 16 años. Cuando tenía lugar el proceso, un grupo de 500 camelots dirigidos por Maxime asaltó el Senado llegando hasta el patio del palacio al grito de “Abajo la República”. La campaña contra Thalamas había durado tres meses en el curso de los cuales en un momento u otro todos los dirigentes de los Camelots sufrieron prisión, incluido un joven escritor que despuntaba: George Bernanos. Thalamas no pudo concluir su curso en la Sorbonne: en la onceava clase, Maurice Pujo con un grupo de Camelots consiguió introducirse en el anfiteatro de la facultad y expulsar a Thalamas. El asunto tuvo una excepcional repercusión en Francia y supuso un formidable impulso para el desarrollo de los Camelots. Al terminar la campaña de tres meses, fue evidente que el curso de Thalamas no había podido concluirse y que la policía republicana se había visto desbordada por los Camelots. Existe una foto de esa época en la que Maxime Real del Sartre y Marius Plateau aparecen tras las rejas de la prisión. Dicha foto se convirtió en un icono para la juventud francesa.

A partir de salir en prisión, del Sartre percibió que el problema de los Camelots no era conseguir nuevos militantes –había cola para entrar en la organización- sino conseguir militantes de calidad. Se redactaron unos estatutos que delimitaban la forma de entrar en la organización: era preciso tener 18 años, superar una investigación preliminar que se extendía sobre el aspirante y sobre su familia, sus relaciones y sus medios de vida y, finalmente, se preveía un período de prueba antes de ser admitido.

El periódico de izquierdas Gil Blas, tuvo que reconocer la realidad: “Dos tercios de los estudiantes de derecho son monárquicos así como buena parte de los alumnos de Bellas Artes y de Artes Decorativas; también en Medicina existe un grupo importante de Action Française y de los Camelots du Roi”. Para un sector importante de la juventud francesa, constituía un orgullo haber sido encarcelado por colaborar en algunas de las campañas de los Camelots. Cuando se cumplió el tercer aniversario de la organización, sus militantes habían pasado 10.000 días en cárcel. Estos jóvenes para los que la prisión había llegado a ser algo familiar, tenían la mítica esperanza en que un Rey vendría para salvar a Francia de la desintegración, esta simple idea les daba la fuerza para crecer y suscitar entusiasmo como ninguna otra fuerza política de la época.

La guerra destrozó a lo mejor de la juventud francesa. El 80% de los Camelots du Roi murieron en combate… De los 15 secretarios generales de los Estudiantes de AF, 13 murieron en los campos de batalla. En noviembre de 1918 cuando se firmó la paz, era necesario reconstruir una organización que había sufrido miles de muertos. Esta reorganización se inició en la tradicional manifestación por Juana de Arco el 19 de mayo de 1919. Una manifestación de tres kilómetros de largo supuso el reconocimiento de la sociedad francesa al tributo de sangre de AF y de los Camelots. En esta ocasión, los Camelots, como tales estuvieron prácticamente ausentes. Sus bajas los habían desmantelado. Hubo que esperar a la misma manifestación dos años después para asistir al relanzamiento de la organización. El 8 de mayo de 1921 se conmemoró el 500 aniversario de la Salvación de Francia por Juana de Arco.

En 1923, Marius Plateau, uno de los dirigentes de los Camelots, resultó asesinado por un anarquista. Plateau había tenido un comportamiento heroico durante la guerra obteniendo las más altas condecoraciones francesas. Su cadáver fue seguido por 100.000 parisinos. En represalia, los Camelots asaltaron las oficinas de las revistas izquierdistas L’Oeuvre y L’Ère Nouvelle. 1923 fue un año terrible para los Camelots que vieron como era asesinado también Philipe Daudet, hijo de Leon Daudet, uno de los mejores intelectuales de Francia y fundador de Action Française. Cuando en 1925, Maurras dirige una carta al ministro del interior, Abraham Shrameck (de etnia judía), exigiendo que cesaran los asesinatos de patriotas, es condenado a dos años de prisión.

Cuando llega 1926, Action Française se ha convertido en un movimiento de masas que logra movilizar 10.000 personas en Estrasburgo, 35.000 en Nimes, 60.000 en el Mont des Alouettes… La manifestación tradicional en honor de Juana de Arco en París, frente a la estatua de la Santa en la Rue Rivolí se salda con varias horas de incidentes después de que el ministro Shramech haya desautorizado el acto. La manifestación dirigida por Real del Sartre desborda a las fuerzas policiales que sufren 118 heridos. Por su parte, 221 miembros de Action Française son, así mismo, detenidos

Cuando en 1929, los Camelots cumplen 20 años de vida y siguen dirigidos por los jefes naturales supervivientes de la Gran Guerra y de los asesinatos políticos, el tributo de sangre ha sido espantoso, pero siguen dominando el Barrio Latino y el movimiento se ha convertido en una importante organización de masas

Cuando se inician los años 30, la tensión política que vive Francia se convierte en insoportable. Los casos de corrupción salpican la República y, finalmente, a finales de 1933 estalla el “Affaire Stavisky”. Desde junio de ese año, la revista Action Française había iniciado una campaña contra los escándalos con la consigna “¡Abajo los ladrones!”. Cuando se inicia el año siguiente, el asunto Stavisky crece de dimensiones al aparecer “suicidado” su instigador.

El  de febrero de 1934 tiene lugar la gran manifestación ante la Cámara de los Diputados. Están presentes, además de los excombatientes miembros de los Croix de Feu que la han convocado, el resto de “ligas” de extrema-derecha, especialmente Action Française que se sitúa al otro lado del Sena, frente al puente de la Concordia, en la plaza del mismo nombre. Los incidentes, precisamente, se iniciaron cuando el grupo de Camelots del Distrito XVII de París, dirigidos por el que luego sería uno de los jefes de la organización clandestina y terrorista de extrema-derecha conocida como La Cagoule, Jean Fillol, inició una carga contra la policía para superar la barrera que habían establecido en el puente de la Concordia. Los incidentes duraron hasta la 1:00 de la madrugada y costaron 17 muertos entre los manifestantes, 1 entre la policía, 258 heridos grados entre los manifestantes (entre ellos Maxime Real del Sartre) y 92 entre la policía. Seis de los muertos eran miembros de Action Française y de los Camelots.

En los días siguientes, el Partido Comunista aumentó su presión sobre los Camelots en un vano intento de expulsarlos de sus reductos del Barrio Latino. Varios dirigentes de Action Française fueron asesinados a los largo de 1935 y durante 1936 por militantes comunistas, ente ellos varios jefes de grupo.

El 9 de Febrero de 1935, uno de los fundadores de la revista y, sin duda, una de sus plumas más afiladas, Jacques Bainville moría de muerte natural. Durante su funeral, mientras Leon Daudet pronunciaba el elogio fúnebre, un automóvil con Leon Blue, jefe del partido socialista integrado en el Frente Popular, pasaba en pleno Barrio Latino, por el boulevard de Saint Germain donde varios miles de miembros de Action Française esperaban el paso del cortejo fúnebre. Blue fue reconocido, su automóvil volcado y él estuvo a punto de morir linchado por la multitud. Los Camelots siempre han sostenido que fueron ellos quienes libraron al odiado Blue de la muerte y que la agresión se produjo por parte de elementos incontrolados exaltados. Sin embargo, el incidente ha pasado a la historia como protagonizado por Action Française que, precisamente a causa de él, fue prohibida, incluyendo sus organizaciones satélites, incluidos los Camelots. Las casas de todos los dirigentes de estas organizaciones fueron registradas y los dirigentes encarcelados. Maurras fue acusado de “provocación para el asesinato” y condenado a dos años de cárcel

Este episodio supuso el inicio del declive del movimiento. De un lado, los incidentes del 6 de febrero habían evidenciado el nacimiento de grupos de corte fascista que resultaban suficientemente atractivos para muchos militantes de Action Française. De otro, la brutal respuesta del gobierno a la manifestación del 6 de febrero, hizo que otras franjas se orientaran hacia la lucha clandestina y el terrorismo puro y simple. Finalmente, la propia represión y la prohibición de desarrollar actividades, supuso la desmovilización de parte de los efectivos. Con todo, en la clandestinidad, los Camelots siguieron realizando demostraciones y actos de protesta.

Cundo estalló la guerra de España, en torno a 500 franceses engrosaron las filas del ejército franquista encuadrados en la Bandera Juana de Arco, que tuvo en Maxime Real del Sartre a uno de sus más activos propagandistas. Los Camelots se declararon sin restricciones a favor de Franco.

Del Sartre en España: del 18 de Julio al Valle de los Caídos

Como hemos dicho, Maxime Real del Sartre realizó campaña activa a favor de Franco mientras duró la guerra civil española. Action Française nunca se recuperaría de la quiebra que supuso la disolución y, posteriomente, de la fractura interior que produjo la ocupación alemana. Maurras vio con buenos ojos el gobierno del Mariscal Petain en la Zona Libre de Vichy y aportó ideas y efectivos humanos al régimen del viejo general.

Tradicionalmente, Maurras siempre había sostenido posturas antialemanas que vacunaron a su movimiento contra una participación activa en la colaboración con el enemigo. A diferencia de otros partidos de extrema-derecha (como el PPF o los franciscas), los maurrasianos no colaboraron con los alemanes en la zona ocupada, pero esto no impidió que los odios acumulados anteriormente a la guerra por parte de la izquierda francesa hacia Action Française, tuviera su revancha después de 1944, cuando el territorio francés fue liberado por los anglonorteamericanos.

En ese momento se iniciaron los procesos de la “depuración” que alcanzaron incluso a aquellos que como Petain y Maurras no habían colaborado con los alemanes. Maurras y Maurice Pujo serían encarcelados y solamente se amnistiaría al primero pocas semanas antes de que muriera en 1952. Maxime Real del Sartre también pasó su calvario judicial.

A finales de los años 40, cuando estos problemas quedaron atrás, Real del Sartre volvió a la España a cuyo régimen tanto había ayudado durante la guerra civil. En tanto que escultor, presentó un proyecto para el Valle de los Caídos. Tuve ocasión de ver en el Château de Reveillon este proyecto junto a algunos bocetos del escultor.

Básicamente consistía en una gigantesca cruz en posición horizontal visible desde el aire. A diferencia del proyecto de Juan de Ávalos que finalmente venció y que contemplaba la gigantesca cruz vertical, con el grupo de estatuas que la circundan, el de Maxime Real del Sartre, tenía como centro, esa misma cruz, pero horizontal situada sobre la cripta. Creo que ganó el mejor proyecto. Pero eso no implica que, mientras Juan de Ávalos fue, sobre todo escultor, Maxime Real del Sartre, fue más Camelot du Roi que cualquier otra cosa.  

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es