España en vía muerta (I de II)

Publicado: Martes, 02 de Junio de 2015 15:36 por Ernesto Milá en NACIONAL
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Info|krisis.- El resultado de las elecciones del pasado 24–M ha sido, de todos los posibles, el más perverso y problemático para el futuro de nuestra nación. Cuando aún ni siquiera se ha resuelto el entuerto soberanista catalán; cuando Andalucía lleva dos meses sin gobierno y cuatro desde que Susana Díaz disolvió el parlamento andaluz y convocó nuevas elecciones; cuando ya las elecciones catalanas se anuncian en el horizonte y, pocas semanas después, las generales; cuando la situación económica sigue sin resolverse, España da muestras de cansancio en todos los sentidos, absentismo electoral creciente, el gobierno cierra acuerdos que aumentan la colonización político–militar por parte de los EEUU, prosigue acelerada nuestra pérdida de influencia en Europa, sigue llegando más y más inmigración improductiva, inasimilable y subsidiada, aumentan las bolas de población próxima al umbral de la pobreza (una cuarta parte del país) y la presión fiscal solamente sirve para pagar, a duras penas, los intereses de la deuda, pero en absoluto para disminuirla… es ahora, con una coyuntura internacional extremadamente desfavorable, cuando las urnas dan un resultado que convierte el país en una olla de grillos extraordinariamente inestable, prácticamente imposible de gobernar y decepcionante para todas las partes, incluso para aquellas nuevas que han conseguido avanzar e implantarse.

Lo verdaderamente terrible no es que durante casi cuarenta años nuestro país haya sido presa de bandas de desaprensivos que, amparados en el voto, lo han saqueado y hayan hecho que, desde la Corona hasta el último ayuntamiento, la corrupción se haya hecho el rasgo principal del ciclo histórico iniciado en 1978. Lo terrible es que mucho antes de que la unidad del Estado se declare oficial e irreversiblemente rota, ya lo estaba virtualmente desde hace décadas. Lo terrible no es que se hayan acumulado errores en política económica encadenados (el tratado de adhesión a la UE firmado por el felipismo, el modelo económico de Aznar, el endeudamiento como solución torpe del zapaterismo, o la presión fiscal sobre las clases medias y los salarios de Rajoy), o que no existan luces que indiquen el final del túnel, ni siquiera la sensación de que las que podrían verse son las que percibe quien ha caído en el fondo de un pozo del que puede salir… sino que precisamente, a medida que pasan los días, da la sensación de que ese pozo va ganando en profundidad y de que cuantos más días pasan más difícil resulta remontar todos los problemas.

Enumeración de “catástrofes” que tenemos por delante

Porque la característica de nuestro tiempo y lo que estamos viviendo es, a fin de cuentas, una convergencia de catástrofes que actúan en sinergia a modo de barreno que cada vez aumenta más la profundidad del pozo en el que nos encontramos. Aun a riesgo de parecer catastrofistas, nos parece demasiado evidente que estamos atravesando el peor momento de nuestra historia. Intentaremos resumir las catástrofes que convergen:

Catástrofe política: que ha atravesado cuatro fases y que es el resultado, en buena medida, de la crisis económica iniciada en 2007 que pronto se transformó en crisis social, para devenir, finalmente, crisis política. Estas cuatro fases son:

1) Agotamiento del modelo constitucional de 1978 a causa de la identificación de sus actores con los diarios casos de corrupción y con la crisis y con los problemas no resueltos de nuestro país,

2) Esperanza en la posibilidad de que nuevas opciones aparecieran en el horizonte para sanear y aportar aire fresco al país,

3) Estupor al contemplar que estas nuevas opciones, no solamente no han logrado imponerse, sino que, una vez avalados por los votos en Comunidades Autónomas y municipios optan por pactar con las viejas opciones a fin de apuntalarlas (tal es la fase en la que nos encontramos ahora),

4) Perspectivas de inestabilidad permanente por decepción de las nuevas opciones, persistencia de las antiguas y pactos, realizados no para regenerar el sistema, sino para mantener al régimen.

Catástrofe económica: después de casi un año de afirmar por activa y por pasiva que la crisis económica ha remitido, que se están creando nuevos puestos de trabajo, lo cierto es que solamente las cifras macroeconómicas mejoran (y por circunstancias muy concretas), pero no mejora en absoluto la situación económica de los ciudadanos. El empleo–basura es el único que se crea, las desigualdades aumentan, el coste de la vida está muy por encima de las subidas salariales (si es que existen), se falsean los datos reales del PIB considerando las actividades ilícitas como “movimiento económico” (cuando lo son pero, como en otro terreno el capital especulativo, no crean riqueza, ni generan puestos de trabajo de calidad, a menos, naturalmente que el de prostituta o de narcotraficante se consideren como tales) y nuestra “prosperidad” depende, no de nosotros, sino de la bondad de la coyuntura internacional… que está cambiando especialmente en Iberoamérica y tomando un sesgo negativo que está ya afectando a nuestras exportaciones. Mientras, seguimos sin modelo económico más allá del turismo y la hostelería y sin que los dos últimos hayan sido capaces de establecer uno.

Catástrofe social: la creciente precariedad de las condiciones de vida en España, y las políticas de inmigración del PSOE y del PP han tenido consecuencias irreversibles para la sociedad española: 8.000.000 de inmigrantes llegados dese 1996 de los que algo más de 2.000.000 tienen ya nacionalidad española, y hundimiento de la natalidad en nuestro país, imposibilidad de constituir nuevas familias e imposibilidad para la mayoría de las que se constituyan de tener más de un hijo, con lo que en apenas una generación se está experimentando un vuelco étnico–cultural y demográfico sin precedentes en la historia. A esto hay que añadir que las políticas de los gobiernos que se han ido sucediendo desde los años 80, al golpear fiscalmente a las rentas procedentes del trabajo y a aligerar la presión sobre las rentas procedentes del capital, ha generado:

1) Compresión de las clases medias que son las que están pagando este país,

2) Fin del Estado del Bienestar (del que nos beneficiábamos todos) devorado por el Estado de las Autonomías (del que se benefician especialmente las burocracias partidocráticas regionales),

3) Aumento de las desigualdades de renta y consiguiente de las bolsas de pobreza,

4) Inseguridad en toda la sociedad ante los contratos–basura, el aumento del coste de la vida, que impiden a la mayoría hacer proyectos de futuro,

5) Exilio económico de medio millón de jóvenes perfectamente formados que no se resignan a salarios de miseria y condiciones laborales abusivas y los últimos gobiernos socialista y popular han expulsado de la tierra que les ha visto nacer.

Catástrofe cultural: desde hace más de dos décadas el sistema educativo español ha dejado de funcionar correctamente, ha renunciado a formar jóvenes  limitándose a ser un sistema de almacenaje de los niños y adolescentes durante unas horas al día, dando por sentado que se les educará en el hogar y en el seno de la familia. Los padres, por su parte, están renunciando a ejercer las tareas educativas creyendo que el Estado cumple esa función con el sistema de enseñanza. Al haber sido víctima nuestro sistema educativo de los modelos “progresistas”, se ha disuelto todo rastro de autoridad del profesor, los valores finalistas han sustituido a los instrumentales y los niños se han convertido, no sólo en “reyes de la casa” sino en “emperadores de la escuela”. La noción de esfuerzo, sacrificio, constancia, han desaparecido de nuestras aulas. A esto hay que unir un empobrecimiento cultural generalizado en todos los sectores de la sociedad caracterizado por la sustitución de lo real por lo virtual, el repliegue a lo personal, el aumento del analfabetismo estructural y, especialmente, por la renuncia del Estado a hacer triunfar un modelo humano, un modelo de educación y un modelo cultural concreto, necesario para el país... Para colmo, las drogas y cualquier tipo de “enganche”, se han generalizado en una sociedad en la que proliferan cada vez elementos más despersonalizados, modas culturales progresivamente de peor calidad y de más bajo nivel, modelos de comportamiento miserables, ante un Estado que prefiere jóvenes sumisos, pasivos, “colgados” y apáticos antes que vigilantes y en guardia, culturalmente formados y maduros. El índice de la crisis cultural lo da los bajos índices de lectura, la bajada en las tiradas de los libros convencionales, la poca lectura de e–books, un actividad cultural cada vez mas empobrecida que redunda en la ignorando de nuestro pasado, de nuestra cultura y de nuestras tradiciones y por tanto en una pérdida global de señas de identidad. Y, por supuesto, el figurar como farolillo rojo en la UE en materia educativa.

Catástrofe internacional: la crisis económica iniciada en 2007, no fue una crisis coyuntural, sino la primera gran crisis estructural de la globalización, ese modelo económico que satisface solamente los intereses de las grandes fortunas y de las acumulaciones de capital y perjudica al resto de la población mundial. El estallido de esta crisis no ha hecho reflexionar a los gobiernos (que comen de la mano de los “señores del dinero”, les temen y no están dispuestos a ponerles ninguna traba para evitar el desencadenamiento de campañas contra ellos) que, contra toda lógica, en lugar de poner límites a la globalización, la ha facilitado más y más. El resultado ha sido un sistema en el que la aparición de una crisis en cualquier parte del globo, inmediatamente afecta a todo el resto. La crisis argentino–brasileña que está larvando en estos momentos volverá a desequilibrar el sistema mundial. En este contexto, los EEUU intenta mantenerse como potencia hegemónica. Se trata de un gigante con pies de barro, infraestructuras avejentadas, una sociedad cada vez más “soft”, obsesionada por el “terrorismo internacional”, pero despreocupada de que sus cimientos de vayan socavando cada vez más, ansioso por mantener (especialmente en Europa) su sistema de alianzas que le garantizan el que el viejo continente seguiría siendo escenario de una conflagración con Rusia y aplicando la “doctrina del caos” en Oriente Medio (cuanto más caos exista en los Países Árabes más se garantiza la seguridad del Estado de Israel) y preocupado por mantener una hegemonía militar que compense la debilidad mundial del dólar. La UE, siempre a remolque de los EEUU, acepta sancionar a Rusia, hacer causa común con los EEUU en nombre de “Occidente”, manteniendo ese engendro de la guerra fría, la OTAN, que nos sitúa en permanente riesgo de vernos envueltos en un conflicto que ni hemos iniciado, ni queremos, ni nos puede reportar satisfacción alguna o garantía de paz duradera. Mientras nuestro alineamiento en política internacional nos sitúe en el bando de los EEUU, como comparsas en las aventuras desestabilizadoras del Pentágono en todo el planeta, el gobierno de turno enviará a nuestros soldados, sin explicaciones, a morir por nada en los teatros más alejados de nuestro país y que nada tienen que ver con nuestra soberanía y defensa nacional.

Pues bien, todos estos elementos coinciden fatalmente en el tiempo y ponen en entredicho nuestro futuro, justo cuando las urnas nos han hecho pasar de cuatro actores principales (la “vieja banda de los cuatro”, PP+PSOE+CiU+PNV) a ocho actores principales (con la “nueva banda de los cuatro”, Podemos+Ciudadanos+Bildu+ERC).

La coincidencia de todos estos frentes de crisis con unos resultados perversos que hacen ingobernable e inestable el país, indican que la crisis tiene unas dimensiones desconocidas en nuestra historia y va más allá de lo político o coyuntural: es una crisis estructural de nuestro país y de nuestra sociedad que corre el riesgo de precipitar su liquidación.

Los grandes riesgos del momento

Consideramos que un sistema con todos estos frentes abiertos de crisis y en el que el mapa político es extraordinariamente inestable y volátil, es inviable a medio plazo. La implantación de este nuevo mapa político podía preverse desde las pasadas elecciones europeas, pero ha sido ahora cuando ha llegado la hora de la verdad y las próximas semanas marcarán la hora de las decepciones:

- Es cierto que la vieja clase política está desgastada, cubierta con el alquitrán maloliente de la corrupción, y es la responsable solidaria de todo lo que ha ocurrido en España en los últimos 38 años, sin excepción. Su balance es desolador; así pues, bienvenido sea cualquier cambio… Que se hundan las dos columnas del antiguo régimen nacido en 1978 (PP y PSOE) y “muera Sansón con todos los filisteos”

- Pero el gran problema, el verdadero problema es que las opciones que “suben” han demostrado en apenas unos meses: capacidad para decepcionar a buena parte de sus votantes, tendencia a cambiar el discurso una vez han recibido el voto, a moderarse hasta convertirse en “marcas blancas” del régimen y, finalmente, están demostrando que ni tienen el valor para afrontar los verdaderos problemas del país (ni mucho menos el temple para alertar sobre los riesgos de la globalización), ni van a generar reformas en profundidad, ni siquiera tienen conciencia del conjunto de problemas que deberían encarar (y que hemos definido al mencionar las cinco catástrofes que nos amenazan aquí y ahora).

- La nueva clase política que asciende hace tal gala de amateurismo e inconsciencia, su mediocridad e incluso bajeza es tal que no dejan presagiar que la sensatez se haya instalado de una vez por todas en el poder. Si están donde están, si han alcanzado resultados buenos (pero no tanto como ellos pretendían) no es tanto por el carisma de su gente, por sus promesas electorales indefendibles y que se van modificando cada día que pasa, como por la crisis de confianza en la gestión del centro–derecha y el recuerdo demasiado cercano del destrozo zapaterista. Amén, por supuesto, de los favores mediáticos.

- El resultado ha sido el que anunciamos repetidamente desde hace un año, el que podía preverse tanto en municipios como en la mayoría de comunidades autónomas y que se ampliará en las próximas elecciones generales: ha terminado la era de las mayorías absolutas, se gobernará a base de pactos entre las distintas fuerzas políticas y las coaliciones serán siempre inestables y procurarán no comprometer a ninguna de las partes en los fracasos, mientras que la paternidad de los éxitos se disputará a navajazo limpio.

- En este contexto de debilidad de los gobiernos, es previsible:

a) Que se redoblen las ofensivas soberanistas ante la progresiva debilidad del Estado.

b) Que se formen coaliciones y más coaliciones contra natura y que pequeños partidos jueguen papeles que no les corresponden ni por su consistencia, ni por sus diputados, ni por su peso político real.

c) Que se reproduzcan los mismos comportamientos de la vieja casta en las nuevas formaciones políticas, en buena medidas con clases dirigentes formadas por oportunistas sin escrúpulos, aventureros políticos o, simplemente, piratas desaprensivos, segundas filas hasta hace sólo unas semanas del PP y del PSOE o de IU, con hambre atrasada y ganas de tocar el “complejo PMP” (poltrona – moqueta – presupuesto).

d) Que este juego de oportunismos, componendas, alianzas provisionales seguidas de rupturas clamorosas (como ha ocurrido en Andalucía dando paso a las elecciones anticipadas), con cambios bruscos en las intenciones de voto, dé lugar a gobiernos débiles ¡justo en el momento en el que tenemos sobre nuestras cabezas la convergencia de las catástrofes! Y cuándo hace falta un gobierno y un Estado fuertes.

Por todo ello hay que definir la hora actual, sin duda, como la más crítica que ha vivido nuestro país y nuestra sociedad hasta el punto de que cabe preguntarse si tendrá remedio o viviremos el final de España como Nación, la desintegración de nuestro pueblo y una situación de atomización política creciente, ruina material, presión atenazadora sobre las clases medias y todos los que vivimos de un salario, bastardización cultural, catástrofe económica previsible y paralización de las instituciones.

Lo que ha ocurrido desde las elecciones andaluzas es síntoma de lo que va a pasar en los próximos años en el país. Los partidos esperan que se agote el ciclo electoral municipal y de las generales, para enseñar sus cartas… de lo contrario, tanto si el PSOE pacta con Podemos (perdiendo el voto centrista y Podemos su virginidad), tanto si el PP (para paliar su caída) pacta con Ciudadanos  (que se ofrecerá al mejor postor, perdiendo, no sólo la virginidad, sino su credibilidad), como si se genera una “gran coalición” PP+PSOE (que estabilizaría durante cuatro años el Estado… pero decepcionaría a votantes de ambas formaciones y exacerbaría el afán depredador de ambos y el resentimiento de la “nueva banda de los cuatro”), en cualquier fórmula que se dé, todas las partes implicadas están calculando lo que pueden ganar y lo que van a perder. A nadie, absolutamente a nadie, parece importarle lo que ganará y lo que perderá el país y la sociedad. Ellos, ganarán el poder durante cuatro años. Perderán cualquier resto de credibilidad que pueda quedarles, especialmente cuando se demuestre que ninguna de estas ocho fuerzas políticas cuestionan lo esencial, ni están dispuestos a realizar grandes reformas, sino simplemente a repartirse la tarta esos cuatro años… sin importarles lo más mínimo lo que ocurra luego y, como máximo, tratando en los últimos meses de la legislatura hacer todo lo posible para poder extender su presencia en el complejo PMP durante otro ciclo electoral en el que inevitablemente donde antes había ocho partidos, sin duda habrá todavía más. Y hoy lo que es preciso en España es ¡planificar a largo plazo! (para lo que hay que unir al cuerpo social… no fracturarlo en autonomías, ni en partidos).

Hemos entrado en una época de atomización: los partidos y el electorado se están volviendo progresivamente más volátiles, gaseosos, gozan de buena salud un día, suben como la espuma, otro día empiezan a caer en picado, sin saber ni porqué suban, ni porqué se produce su inflexión, aparecen otras fuerzas, otros rostros, hasta el punto de que resulta difícil saber quién está ahora en Podemos, quién lo dirigen, incluso si es que hay alguien que lo dirija, y quien hay en Ciudadanos además de Albert Rivera. Pero lo peor es que detrás de estas siglas no hay proyectos sólidos acompañados de una voluntad inquebrantable de llevarlos a la práctica. Todavía estamos esperando una declaración de Podemos o de Ciudadanos contra la globalización, denunciando su inviabilidad, reconociendo que es responsable de la crisis iniciada en 2007. Todavía esperamos que alguna formación de nuevo cuño aborde la nacionalización de las compañías eléctricas, ponga condiciones a la banca, castigue la economía especulativa y libere de cargas fiscales a las clases trabajadoras. Por no decir, que todavía esperamos que alguno de estos “nuevos líderes” reconozca que la inmigración es un grave problema, que la falta de natalidad está generando un vuelco demográfico, y nos hagan saber qué modelo cultural y de enseñanza aspiran a implantar…

Ciudadanos y Podemos: el reemplazo, complemento y puntal de la partidocracia

A estas alturas, las nuevas opciones en busca de un espacio electoral amplio, están decepcionando a quienes pensaban que iban a contribuir a generar una nueva dinámica política: no son el anuncio de las reformas del mañana, sino la garantía de que el sistema nacido en 1978 prolongará su agonía. Estas posibilidades de supervivencia se reducen a dos:

1) O bien, después de las elecciones generales, Ciudadanos pacta con el PP y Podemos lo hace con el PSOE para compensar las pérdidas del centro–derecha y del centro–izquierda y seguir manteniendo el sistema político, en la práctica, sobre dos opciones.

2) O bien, PP y PSOE  aceptan, más o menos a regañadientes, la “fórmula alemana” de “gran coalición”, a la vista de que la irrupción de Podemos y de los soberanistas de ERC–CUP y Bildu–Sortu, están en estos momentos deteniendo en seco las inversiones extranjeras.

En el momento de escribir estas líneas, ambas opciones están tomando cuerpo y es inútil preguntarse cuál de las dos terminará imponiéndose, aunque sí sabemos por qué se impondrá una u otra: para garantizar la supervivencia de la partidocracia con la misma configuración que tuvo en 1978.

Porque el problema –y es esto lo que hace falta transmitir al pueblo español– es la partidocracia, el sistema en el cual los partidos políticos ocupan todas las parcelas de poder, a pesar de su descrédito, a pesar de la abstención del 51% del electorado, a pesar de la endeblez de sus cifras de afiliados, a pesar de su ausencia completa de doctrina, ideas y su constante tendencia a traicionar e incumplir sus propios programas. Todo esto –la ausencia completa de principios y la búsqueda del poder como una alternativa personal para enriquecerse sin excesivo esfuerzo– es lo que ha hecho que la corrupción se adueñara del terreno político, lo que ahora mismo está generando la atomización del panorama político y el que hayan aparecido cabezas de ratón necesarias para que los “leones” de siempre puedan seguir gobernando. Es decir, para que nada esencial cambie.

El éxito de Podemos se debe a haber popularizado su mensaje contra “la casta”… pero se equivocan: “la casta” se reconstruye en cualquier partido que opere dentro del actual marco constitucional, pensado e ideado para que los partidos puedan seguir actuando a su antojo y preocupándose solamente del ciudadano una vez cada cuatro años. Unas pocas medidas cosméticas no bastan para destruir el poder de la casta que deriva de la misma constitución, que está grabada a fuego en su alma tal como han demostrado 38 años de “democracia formal”.

En el Código Penal existen artículos suficientes para perseguir la corrupción política. Más leyes no van a hacer desaparecer la corrupción (insistimos: la principal característica del régimen nacido en 1978, unido a la fragmentación del país en 17 taifas autonómicas y a la destrucción de las clases medias) porque la estructura del poder, las interrelaciones entre los tres poderes, la ineficacia del legislativo, unido a la dependencia y subordinación del judicial, hacen imposible luchar eficazmente contra la corrupción.

No es contra “la casta” contra quien hay que apuntar las baterías: sino contra la partidocracia. El tiempo en el que los partidos eran expresiones de corrientes de pensamiento hace décadas que ha quedado atrás. Los partidos, como su nombre indica, son hoy nada más que la concreción de intereses de parte, de fracciones de la clase política que ni siquiera son independientes, sino que comen de la mano de los grupos económico–mediáticos. Todo lo que no implique la sociedad española apunte sus baterías contra los partidos, es un error que pagará y pagará caro.

© Ernesto Milá – imfo|krisis – ernestomil@yahoo.es – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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