ebook: Gaudí y la masonería

Publicado: Miércoles, 03 de Junio de 2015 11:04 por Ernesto Milá en Libros E. Milá
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El “código Gaudí”, finalmente, desvelado

Info|krisis.- EMInves, en su sección de e-books acaba de publicar la obra Gaudí y la Masonería de Ernesto Milá, publicada en edición convencional ya agotada en 2005 y que hasta ahora había sido inencontrable. Reproducimos el contenido completo de la conclusión. La obra sostiene la idea de que Gaudí, en su juventud, entre 1872 y 1882 estuvo ligado a los ambientes masónicos de la Ciudad Condal. Luego, se desvinculó progresivamente de estos medios y, tras conocer al Conde de Güell. Siempre, a lo largo de toda su vida, Gaudí tuvo presentes símbolos e ideas de aquel período de juventud. La obra de 400 páginas, puede adquirirse en e-book-PDF por 7,99 € a través de pay-pal con descarga automática inmediata, en la siguente url http://eminvesebooks.blogspot.com.es/2015/06/gaudi-y-la-masoneria.html

Etapa final

El ascesis gaudiniano


Resumen del capítulo

1)      No fue droga alguna, lo que ayudó a Gaudí a crear los paisajes interiores que luego proyectó en sus construcciones, sino la práctica de la meditación, que le zambulló en otra forma de percepción similar a la del misticismo católico del Siglo de Oro o a la que conduce la práctica del Zen.

2)      El estilo de vida de Gaudí, sus prácticas religiosas, ayunos y ausencia de sexualidad, generaron las condiciones para fugas hacia el misticismo y formas inflamadas de espiritualidad.

3)      La genialidad en Gaudí consiste en unir una audacia estética surgida de sus paisajes interiores, a un dominio completo de la técnica.

4)      Las virtudes católicas que el «Gaudí maduro» vivió en «grado heroico» en sus últimos años no son óbice para reconocer, tal como hemos demostrado, que el «Gaudí joven», se alimentó de otras fuentes.

5)      A pesar de que en su madurez volviera sobre sus pasos y rectificara sus opiniones juveniles, subsistieron en su subconsciente, rescoldos de aquellos años, que evidenció en algunos símbolos utilizados hasta su muerte.

 

Sobre la hipótesis de la presunta militancia masónica de Gaudí en su juventud, no puede decirse mucho más. Valdrá la pena, eso sí, recordar algunos de los argumentos que otros autores han aportado y a los que nosotros no hemos dado validez. Básicamente se trata de las obras de Joan Llarch (1), Francisco Carandell (2) y Eduardo Rojo, en su obra sobre la Casa Milà (3).

El libro del fallecido Joan Llarch, merece sucintos comentarios. Escritor profesional, se veía obligado, para sobrevivir, a realizar una producción en cadena y su libro está poco trabajado y encierra notables errores, entre ellos considerar que Gaudí tuvo algo que ver en la elección del solar en el que luego se edificó la Sagrada Familia y el más imperdonable, desde luego, insinuar que Gaudí consumía hongos alucinógenos (4), en concreto «amanita muscaria». Sobre este tema, Carandell, al aludir a la restauración de los pabellones de acceso al Park Güell, explica que se «ha restituido los colores y detalles originales a las setas que los coronan. Se trata de dos ejemplares jóvenes de la especie amanita muscaria, de capucha roja con pintas blancas, conocidas popularmente en castellano como matamoscas y, en catalán, como reig bord y reig foll. Gaudí se interesó por los hongos gracias al Sr. Calvet, micólogo aficionado, y los utilizó por primera vez, como elemento de su arquitectura, en la galería de la casa Calvet, que adornó con diversos ejemplares, después los imitó en su propia casa del Park Güell, en los vestíbulos y chimeneas de la Pedrera, etc. El atractivo de los hongos, reside, además del silvestre y variado sabor de los comestibles, en sus curiosas formas. Los de la especie amanita muscaria son de conocidos efectos alucinógenos y de acción semejante al soma de los griegos, al peyote mexicano y otros elíxires y manjares utilizados en ancestrales ceremonias religiosas o profanas para entrar en trance, en estados de euforia, de sopor y en sueños de ”viajes” (…) Todas estas circunstancias explican que Gaudí colocase las amanitas de manera tan ambigua, que lucen atractivas y espectaculares a pesar de ser simples salidas de humos» (5). 

Carandell, por su parte, reproduce una famosa caricatura en la que puede verse a Güell recolectando setas con el esquema de un pabellón de acceso a su Park al fondo. A decir verdad, no afirma que Gaudí consumiera hongos alucinógenos. Por lo demás, se reconoce unánimemente que el extraño adorno situado en lo alto del pabellón de acceso al Park Güell está inspirado en una variedad de la amanita muscaria.

Joan Llarch, a su vez, empieza su capítulo citando la frase que pronunció Unamuno tras visitar la Sagrada Familia: «no me gusta. No me gusta. Es una obra delirante, como el efecto de una embriaguez», a partir de aquí, siguiendo el libro del doctor Gordon Wasson, El hongo divino de la inmortalidad, describe los efectos de la amanita muscaria y termina diciendo que este hongo tiene «poderes como medio para facilitar visiones radiantes» y «produce un efecto de embriaguez». Llarch, llegado a un momento de sus reflexiones, se pregunta: «De todo lo antedicho, ¿puede deducirse que Gaudí usó, para mejor logro de su creación, el poder del hongo divino de la inmortalidad». Y él mismo contesta: «No hay pruebas fehacientes de que tomara Amanita muscaria», pero hasta el final del capítulo, sigue contorneando el tema y lanzando insinuaciones: «¿Quién puede poner en duda que un hombre visionario como Antonio Gaudí tuviera mirada de iluminado?» y acto seguido, recuerda que la atropina contenida en la amanita muscaria, provoca «dilatación de la pupila, por lo que, en tal caso, como efecto del hongo, su mirada como hombre iluminado debía ser por demás notable». Y, finalmente, recuerda que en su ficha de ingreso en el Hospital de la Santa Cruz «se indicó abreviadamente: “E. em”, significándose con ello que el accidentado había sido recogido en estado de embriaguez»

Pero todo esto no parece muy consistente. Muchos autores han resaltado la mirada de Gaudí. Josep Pla, por ejemplo: «¡Los ojos de Gaudí! Sus ojos azules eran casi desprovistos de movilidad nerviosa, pero la calma en la que se mantenían era de una singularísima intensidad; no era una calma de tendencia extasiada y blanca, sino una calma llena de fuerza, de pasión y vida. Todas las personas que trataron con Gaudí recuerdan sus ojos como el elemento impresionante, fascinador» (6). Y una de las leyendas (o realidades), citadas frecuentemente por los biógrafos de Gaudí, decía que precisamente el librero Bocabella, había soñado con un joven arquitecto de ojos «azules y penetrantes» que salvaría a la Sagrada Familia. Cuando conoció a Gaudí en el estudio de Joan Martorell, no le quedó la menor duda de que era el elegido para construir el Templo. Las pocas fotos que nos han quedado de Gaudí, siempre en blanco y negro, no han logrado mantener esa impresión que produjo en quienes lo conocieron. Pero eso no implica que fuera un alucinado o que esa mirada fuera el producto de la ingesta de ciertas drogas como la amanita muscaria.

La técnica de meditación de Antonio Gaudí

En nuestra juventud frecuentamos, y nosotros mismos practicamos, distintas formas de meditación budista e incluso el hesicasmo de la Iglesia Ortodoxa, sistema de meditación practicado por los monjes del Monte Atos. A decir verdad, vimos esa mirada que describen Pla y otros, en muchos practicantes de sistemas de meditación cuándo ésta alcanzaba cierto nivel de intensidad. Los propios ejercicios de meditación, finalmente, terminan modificando los hábitos de comportamiento, la forma de mirar, de moverse, de actuar, restan nerviosismo a los gestos, estabilizan la conducta cotidiana e incluso alteran los hábitos alimentarios. Llegado a un punto, puede ocurrir que se produzcan fenómenos extáticos o bien alteraciones en la percepción de la realidad: de hecho, la «iluminación» no es sino una percepción directa e intuitiva de la realidad que viene acompañada de fenómenos de «luz interior» que han sido perfectamente estudiados por algunos historiadores de las religiones.

Los hábitos de vida de Antonio Gaudí nos indican que, desde muy joven, las costumbres de su padre, seguidor de las técnicas del abate Sebastián Kneip (ver Anexo II), uno de los fundadores de la hidroterapia y de la naturopatía, influyeron en su alimentación. El padre de Gaudí, por ejemplo, sostenía que uno de los sistemas para prolongar la existencia, consistía en caminar descalzo sobre la hierba, práctica que él mismo seguía y que, ciertamente, le llevó a prolongar su vida hasta los 92 años de edad. El arquitecto, por su parte, parece ser que solía comer unas pocas hojas de lechuga con aceite, algunas nueces o almendras azucaradas, algo de queso, leche y poco más. Su calzado en esa época había sido hecho ex profeso: con la suela de esparto y el cuerpo del zapato de piel. Alguien lo vio ingerir también leche y limón. Bebía bastante agua y utilizaba el hielo aplicado en los pies y en los ojos para eliminar los problemas circulatorios y eludir la vista cansada. Se mire como se mire, una alimentación deficitaria hasta el límite en proteínas no parece la dieta más completa. Así puede entenderse que dijera «Contra más se debilita mi cuerpo, más se eleva mi espíritu» (7), frase que hubieran podido compartir los místicos de todos los tiempos. Comenta, así mismo: «La mortificación del cuerpo es la alegría del espíritu, como dijo precisamente el doctor Torras i Bages, y la mortificación del cuerpo es el trabajo continuado, persistente; este es el auxiliar más poderosos contra las tentaciones (...) no se va bien hasta que se ha caído y ha venido el golpe; el golpe es la puerta del convencimiento (...), toda caída es hija de haber confiado en sí mismo (...). No hay otra forma de corrección que el castigo. El hombre tiene la libertad para hacer el mal, pero paga inevitablemente las consecuencias de este mal. Dios nos ha de corregir constantemente; le hemos de orar. Castigadnos, pero consoladnos» (8).

En el fondo, los sistemas de meditación de Oriente y Occidente, se basan en los mismos principios: 

1) Detener el flujo de ideas, pensamientos y sugestiones conscientes, estabilizando la mente en un solo punto.

2) Anclar la conciencia ordinaria en ese único punto, lo que equivale a desactivar el papel del cerebro dual en la percepción de la realidad. 

3) Dejar que salgan a la superficie, espontáneamente, otros mecanismos de la percepción, más intuitivos y directos.

4) Profundizar en esta dinámica hasta que, finalmente, se produce la iluminación extática que altera la percepción. 

Gaudí seguía este sistema, consciente o inconscientemente. Entre sus libros de cabecera figuraba la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis y parece que también había leído el libro de Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola y conocía bien las obras de Santa Teresa. Es posible que su amigo, el poeta Jacinto Verdaguer, le recomendara las lecturas de uno de sus mentores doctrinales, el Padre Palau (9). Así mismo se sabe que Gaudí era un devoto del Santo Rosario, que rezó a diario, a partir de cierto momento de su vida. Y se ha repetido, una y mil veces, la anécdota de que colocó 150 bolas de piedra en el Park Güell, que no eran sino un remedo de las 150 cuentas del rosario, que diariamente, mientras vivió allí, recorría orando al caminar por los viaductos. Se ha discutido sobre si la imagen que pretendía colocar en lo alto de la Casa Milà era la Virgen del Rosario (que correspondería al nombre de la propietaria del inmueble, Rosario Segimón) o bien a la Virgen de Gracia, de la que se ha especulado que, precisamente en el solar que ocupa el edificio y que señalaba el límite del barrio de Gracia, allí estuviera situado una pequeña capilla hasta 1860. Sea como fuere, no hay ninguna duda que la primera fase de cualquier técnica de meditación, era practicada por Antonio Gaudí: el rezo del Santo Rosario, estabilizaba su mente y concentraba su atención en un solo punto, la imagen de la Virgen. 

Gaudí debió aprender –como cualquier otro practicante de no importa qué sistema de meditación– que la dieta está íntimamente ligada a la posibilidad de meditar. Con una digestión pesada, no hay posibilidades de hacerlo. A pesar de que la mente se esfuerce en estar quieta y serena, constantemente, las vísceras en su proceso digestivo, tienden a desestabilizarla. De ahí que no haya posibilidades de practicar una meditación profunda sin ayunos (como los que Gaudí practicó frecuentemente, incluso hasta límites que le llevaron a la antesala de la muerte [10]), o con una dieta excesivamente rica en proteínas. Si Gaudí repetía la frase que hemos citado, lo contrario es también cierto: «contra más fuerte es el cuerpo, más logra neutralizar al espíritu». Al parecer, su padre llevaba ya siguiendo los consejos del abate Kneip y una dieta rigurosamente naturista en una fecha temprana. Su hijo, el arquitecto, la asumió también, pero, además, realizaba un endiablado ejercicio físico diario: del Park Güell, a la Iglesia de San Juan de Gracia, o al oratorio de San Felipe Neri, a las obras (la Pedrera, la Sagrada Familia), vuelta al Park Güell, rezo del Santo Rosario mientras caminaba… unido a una dieta frugal y a ayunos cuaresmales repetidos. Era imposible debilitar más un cuerpo. Si a esto añadimos la fatiga intelectual que supone la responsabilidad de unos proyectos arquitectónicos ciertamente importantes, la tensión frecuente con el Ayuntamiento, con los clientes, el tiempo dedicado al estudio, a la planificación, al diseño, a la revisión de obras, al encuentro con alumnos de la Escuela de Arquitectura, ansiosos de aprender algo del maestro, sus famosos soliloquios, todo ello, suponía una actividad frenética y un desgaste adicional de su naturaleza que, ya desde muy niño, era débil y quebradiza.

Pero había un último elemento de importancia no desdeñable. Su sexualidad. Se ha definido al sexo como la «fuerza más grande de la naturaleza». El esfuerzo físico y mental que requiere el impulso sexual, tiende a dilapidar energías que requieren ser renovadas constantemente, mucho más, si, como en la modernidad, vivimos una pansexualización de la vida. En la vida de Gaudí, el sexo ocupó un lugar exiguo y da la sensación de que, tras el desengaño que le produjo la respuesta negativa de Josefa Moreu a su declaración de amor, renunciara completamente a la vida matrimonial para zambullirse en su arte. Dice Casanellas, por ejemplo, que, «al ser rechazado por Pepeta, tuvo conciencia de que el celibato era el estado más conveniente para su espíritu. El amor en Gaudí, si fue una preocupación en algún momento, no llegó a problema» (11).

Es discutible el efecto que un desengaño amoroso pueda operar en un ser humano y, mucho más, en un artista que suele vivir con una inusual intensidad este tipo de conflictos. Federico Nietzsche escribió en apenas 30 días su Así Hablaba Zaratustra tras las «calabazas» recibidas de Lou Salomé. Y Richard Wagner, compuso con la sangre de su amor imposible hacia Matilde Wassendock, su obra cumbre Tristán e Isolda. En muchos artistas modernos es posible percibir inequívocamente los rastros de una neurosis sexual (en Dalí, por ejemplo) inequívoca que condiciona completamente su obra. Las biografías más fiables de Gaudí coinciden en definirlo como alguien tremendamente tímido, extremadamente celoso de su intimidad, recatado y con un alto sentido del pudor (12). En general, no parece que existan dudas sobre la renuncia a la sexualidad de Gaudí y se tiende a aceptar que, tras el desengaño con Josefa Moreu, le costó un tiempo aceptar que su vida personal, matrimonial y sexual, debían ser sacrificadas en beneficio de su arte. Bergós escribe: «La amarga lección de esta renuncia al amor humano, para alcanzar la plenitud del amor divino, deja una impronta definitiva en nuestro hombre y le decidió al más ejemplar celibato cristiano. Entones vio claramente la importancia de la mortificación y del sacrificio: “La vida es una batalla; para combatir es necesaria fuerza y fuerza es la virtud, que sólo se sostiene y aumenta con el cultivo espiritual, eso es, con las prácticas religiosas”. (…) El ejercicio corporal, la sobriedad en el comer, beber y dormir, son mortificaciones del cuerpo que combaten eficazmente la lujuria, la pereza y la embriaguez (…) La vida es amor y el amor es sacrificio. El sacrificio es lo único realmente fructífero. La causa del avance espiritual y material de las órdenes religiosas es que se sacrifican todos los miembros en bien del conjunto» (13). Sea como fuere, todo induce a pensar que las energías que habitualmente consume el ser humano en la sexualidad, Gaudí logró orientarlas hacia su arte.

Si se hace abstracción de las prácticas de meditación de Gaudí con el Santo Rosario, sus ayunos, la renuncia a la sexualidad, la concentración en su trabajo, es posible concluir que su personalidad era autista, tal como lo definió Buckman (14) y que cuando fue arrollado por un tranvía en la Gran Vía, realmente estaba «desconectado» de la realidad. Ahora bien, si se tienen en cuenta todos estos factores que hemos citado, el diagnóstico es otro: Gaudí en ese momento cumplía lo que hemos definido como el segundo punto de cualquier técnica de meditación: anclar la conciencia ordinaria en un solo punto, lo que equivale a desactivar el papel del cerebro dual en la percepción de la realidad. 

A partir de entonces, todo consistía para él en dejar aflorar, tal como hemos dicho, espontáneamente, otros mecanismos de la percepción, más intuitivos y directos. Es el punto tercero de todo sistema de meditación. En estado de meditación profunda es posible crear. Probablemente, la obra maestra solamente nace de estos momentos de arrobamiento extremo, concentración absoluta y ensimismamiento del artista en su obra. Pero cualquier arte, exige una alta cualificación técnica excepcional. No basta simplemente con «tener la intuición genial», hace falta, y especialmente en arquitectura, ser capaz de traducirla en cálculos complejos y estudios técnicos detallados y precisos. Gaudí, no lo olvidemos, era un técnico. Su faceta creativa y la excentricidad de algunas de sus creaciones, no deben ocultar el hecho de que fue un técnico genial que realizó posibilidades hasta entonces insospechadas en el arte de la arquitectura. Columnas inclinadas con el centro de gravedad fuera de la base de sustentación, que se caían mientras no recibían las cargas, eliminación de los contrafuertes y arbotantes tan característicos del arte gótico, un naturalismo extremo en algunos momentos, desarrollo de nuevas técnicas constructivas, unas cualidades que ya fueron apreciadas desde el momento mismo en el que Elías Rogent le entregó el título de arquitecto diciendo: «Quien sabe si estamos ante un genio o ante un loco». Es posible que fuera precisamente la necesidad de resolver los problemas técnicos, lo que hacía que Gaudí volviera al mundo real y saliera de sus estados de arrobamiento místico profundo. De haberse tratado de un eremita, Gaudí sin duda habría podido asemejarse a los grandes místicos del Siglo de Oro o a los grandes santos cristianos. 

Gaudí, hasta el último momento de su vida tuvo los pies en la tierra y la cabeza en el cielo. Era consciente de que estaba abriendo nuevos caminos a la técnica arquitectónica. Había dicho «El gótico es sublime pero incompleto; no hemos de imitarlo, sino continuarlo». Y a esta tarea dedicó sus conocimientos técnicos y sus análisis de estructuras, con una racionalidad extrema y sin ninguna concesión a la fantasía. En sus reflexiones, su temprana modestia nunca le abandonó; decía, por ejemplo: «Mis ideas estructurales son de una lógica indiscutible. El hecho de que no hayan sido aplicadas antes y que haya de ser yo el primero en hacerlo me ha dado mucho que pensar. Eso sería lo único, en todo caso, que me haría dudar. En cambio creo que, convencido del perfeccionamiento que suponen, tengo el deber de aplicarlas». En el Gaudí maduro se percibe un último eco de los maestros de obras medievales: aquellos en los que el ego parecía no existir, que estaban tan identificados con sus obras que habían disuelto en ellas su personalidad. No se saben los nombres de los técnicos geniales que, de la noche a la mañana, casi sin transición, crearon el gótico, pero a través del gótico, podemos aproximarnos a su extraordinaria envergadura. Siempre hemos tenido la sensación de que hay seres humanos fuera de su tiempo. Gaudí, probablemente, era uno de estos que, en ciertos sentidos se adelantaron a su momento y en otros daba la sensación de ser el último representante de una raza de artistas ya extinguida. 

Creo que Juan Eduardo-Cirlot fue uno de los que mejor comprendieron a Gaudí cuando en las primeras líneas de su obra sobre el arquitecto, escribe: «Hay en torno a Gaudí una niebla de misterio. Probablemente, el primer círculo que obstaculiza el acceso a su obra es la misteriosidad intrínseca de todo genio y, en última instancia, de todo espíritu humano. Agravado el caso, por el hecho reconocido, de que Gaudí deseó crear una zona de silencio en torno a su persona, mientras, en la medida que mantenía ese hermetismo –o sea, aniquilación de sus valores vitales– daba expresión y simbolización a sus estados anímicos y a su tremendo poder mental» (15).

Pero una vida hecha de tensiones cotidianas, esfuerzos intelectuales supremos, meditación y oración, dieta deficiente, renuncias, ayunos y maceraciones, no podía tener como consecuencia, sino la caída del arquitecto en graves crisis de salud. La más grave, probablemente, la que en 1910 le llevó a Vich y a Puigcerdá, a reponerse. Por otra parte, no está claro si Gaudí era consciente de hacia dónde le llevaba el estilo de vida que había asumido. En ciertos místicos del Siglo de Oro, incluso en la misma sensualidad de Santa Teresa, se percibe que su devoción les ha llevado por una vía autónoma hacia la trascendencia, a la que han llegado espontáneamente y sin que tuvieran muy claro a dónde conducía y a lo que conducía. En este sentido, también en el terreno de la mística, en ocasiones, puede decirse, que la flauta suena por casualidad. El análisis de los hábitos de vida de Antonio Gaudí, nos explica extremadamente bien, sin necesidad de recurrir a la ingesta de «amanita muscaria», cómo construía sus paisajes interiores de los que surgían sus formas imposibles y su arte único e irrepetible. 

El estilo es la vida. Y en un artista, su obra es la traducción inteligible de su vida. Ningún otro arquitecto que no hubiera llevado el estilo de vida, su dieta, sus meditaciones, sus oraciones, sus ayunos, su ausencia de sexualidad, hubiera podido plasmar las últimas creaciones de Gaudí. Para que fuera posible alumbrar esas formas se precisaba algo más que inteligencia técnica y habilidades constructivas, era precisa una inspiración que surgiera de lo más profundo del alma y, una vez emergida, fuera encarrilada hacia la realidad, mediante la técnica objetiva. Las fuentes del Gran Arte son, sin duda, la inspiración y la técnica; la primera es subjetiva, la segunda solamente puede ser objetiva. Creatividad y «oficio», se dan sólo en grado extremo en unos pocos artistas a lo largo de la Historia. 

El propio Gaudí dijo: «La imaginación es la facultad anímica de ver formas nuevas en el propio cerebro y saber, gracias al oficio después, convertirlos en edificios en obras de arte. La fantasía es la facultad onírica de inventar absurdos o imposibles. La primera es consciente, la segunda inconsciente». Se toma posesión de la imaginación; se es, por el contrario, arrastrado por la fantasía. El despertar, en términos de Zen, implica abrir la mente a la nueva conciencia de lo incondicionado. La fantasía consiste en vagar en el mundo del deseo.


Gaudí, sin duda, con sus rarezas, con sus miserias, con los espacios en blanco en su biografía, con su carácter iracundo para quien osaba criticarle, no puede ser medido con los patrones de lo «humano, simplemente humano». Probablemente, el error que cometen algunos de sus biógrafos oficiales es medirlo en función de los estándares aplicables al común de los mortales, pero no al «artista»: se esfuerzan excesivamente en demostrar que Gaudí era una buena persona, cuando en realidad, no se trata de si era bueno o malo, sino de si fue Grande o pequeño. En este sentido, es significativo el proceso de beatificación de Gaudí pues, no en vano, muchos santos, han sido también, previamente, grandes pecadores. Ahí está la figura de Ignacio de Loyola para recordarlo. Un viejo proverbio Zen dice: «Allí donde las montañas son altas, los valles son profundos».

Del Gaudí masón al Gaudí beatificado

Cuando sostenemos que Gaudí, en un momento concreto de su juventud, estuvo cerca de los círculos masónicos, o bien perteneció a ellos, no estamos intentando empañar, de ninguna manera, la imagen del arquitecto, ni, mucho menos, entorpecer su proceso de beatificación. Para que éste lleve a buen puerto, sus defensores deben demostrar, únicamente, que en los últimos años de su vida fue una persona ejemplar con virtudes elevadas al rango heroico. No vamos a ser nosotros quienes discutamos esto. 

Tampoco hemos intentado «forzar» la demostración de nuestra hipótesis de trabajo recurriendo a una casuística discutible como la que caen algunos autores que pretenden extrapolar un pequeño símbolo escondido en alguna construcción de Gaudí, intentando convertir lo casual y único, en universal. La rosa situada en lo alto de la Casa Milà no es, desde luego, la rosa de los rosacruces. Determinada ornamentación del banco serpentino del Park Güell no puede considerarse elemento suficiente como para deducir su militancia en alguna sociedad secreta durante los años de construcción del recinto. Así mismo, no hay pruebas para suponer que Gaudí perteneciera a una logia de nombre «Labor», tal como hace Carandell, a la que pertenecerían igualmente Jujol y el mismo Güell.

En nuestra hipótesis de trabajo, hemos utilizado símbolos que se repitieron casi obsesivamente, y episodios de su vida que son unánimemente aceptados por sus biógrafos más serios. Ciertamente, hemos procurado reconducir esos episodios y los personajes y situaciones que en ellos aparecen, como elementos para reforzar –como no podía ser de otra manera– nuestra hipótesis. Ahora, hemos llegado al final del camino. Es posible que dé la sensación de que hemos abierto más interrogantes de los que hemos sido capaces de cerrar. En realidad, todo episodio histórico y toda biografía, tienen «agujeros negros», máxime cuando el tiempo los va alejando y ya apenas quedan personas vivas que conocieron a Gaudí. Archivos incendiados y saqueados, documentos perdidos o que jamás existieron, el secretismo de determinadas sociedades y las necesidades de reelaboración de la propia biografía, hacen imposible afinar al máximo, más allá de donde lo hemos hecho, la hipótesis de trabajo que ha presidido estas páginas.

El año en el que yo nací, se cumplía el centenario del nacimiento del arquitecto. Hace poco se ha celebrado el 150 aniversario de la misma fecha. El tiempo corre, imparable, y los barceloneses que hayamos reparado alguna vez en la cornisa de la Casa Xifré o en los relieves de la Logia del Parque del Laberinto, habremos visto la imagen de Cronos con sus atributos, el reloj de arena y la guadaña, el tiempo y la muerte, símbolos que presiden la vida humana. Salvo la aparición de nuevos documentos, es imposible redondear más nuestra hipótesis de trabajo sobre la proximidad de Antonio Gardí i Cornet, durante su juventud, a alguna logia masónica. Las páginas precedentes pueden aceptarse como pruebas circunstanciales o rechazarse frontalmente. Para nosotros se trata de lo primero: no ha sido posible demostrar completamente la hipótesis de trabajo, pero si encontrar documentación y datos suficientes como para apoyarla en pruebas circunstanciales. Más allá, creemos, es imposible llegar.

Paso de Biar, 28 de julio de 2005.

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1. Gaudí, Biografía Mágica, Joan Llarch, Plaza & Janés, Barcelona 1982.

2. Park Güell, utopía de Gaudí, Josep María Carandell, Pere Vilas, Triangle Postals, Barcelona 1998.

3. El otro Gaudí, la obra Casa Milà, Eduardo Rojo Albarrán. Distribuidora Enlace. Barna, 1998.

4. Gaudí, Biografía Mágica, op. cit., Capítulo 16, «El Hongo divino de la inmortalidad», pág 196 y sigs.

5. Park Güell…, op.cit., págs. 26 y 28.

6. Antoni Gaudí, op.cit., pág. 100.

7. La frase ha sido repetida hasta la saciedad con este redactado, sin embargo, procede del libro de Bergós que la cita de manera sensiblemente diferente: «A medida que los años debilitan mi cuerpo, siento más ágil el espíritu». Gaudí, l’Home i l’Obra, op.cit., pág. 46.

8. Gaudí, l’Home i l’Obra, op.cit., pág. 45.

9. Francisco Palau Quer, místico carmelita, hoy beatificado, que practicó exorcismos en la Ciudad Condal a principios del siglo XIX. El padre Palau nació en Aytona (Lérida) en 1811. En 1829, tras estudiar filosofía y teología recibió la tonsura sacerdotal e ingresó en los Carmelitas Descalzos. Las bullangas de 1835 terminaron con el incendio del Convento de San José en el que se encontraba y con la expulsión de los religiosos. Fue así como entre 1840 y 1851 residió en Francia. En esa época empezó la práctica del ascetismo en solitario. De regreso a España impulsó la «Escuela de virtud» en Barcelona que funcionó en la Parroquia de San Agustín a partir de 1851. La «escuela» fue acusada de estar implicada en tumultos antirrepublicanos y terminó cerrada. Palau fue confinado en Ibiza hasta que la amnistía de 1857 le autorizó a volver a España. En 1860 tuvo una experiencia espiritual extremadamente intensa que sus biógrafos cuentan así: «Durante la predicación de la novena de las ánimas en Ciudadela, recibe especial ilustración sobre los misterios de la Iglesia». A partir de entonces empieza a escribir diversas obras de carácter místico y doctrinal. Murió en Tarragona en 1872. En 1958 se inició el proceso de beatificación.

La obra del Padre Palau está íntimamente ligada a la Ciudad Condal y a Verdaguer. Construyó un oratorio en Vallcarca, en las afueras de Barcelona en torno al cual se situaban cuevas de penitentes. Eran «estrechas y angostas» según nos cuentan; de apenas 10 ó 12 palmos de ancho y 11 de alto. El párroco de San Genís dels Agudells que acudió a visitarlo apenas pudo entrar. Promovía la práctica de la penitencia en solitario y tenía una colonia de anacoretas en la actual calle Penitents, en donde en 1960 colocaron una placa conmemorativa a la altura del número 7. En 1868 creó el semanario «El Ermitaño» y dos años después, la comunidad fue suprimida por el obispo. Entonces, fundó la Orden Terciaria de las Carmelitas Misioneras Descalzas. 

Su discípulo, el padre Piñol, por su parte, había sido anteriormente presbítero en la localidad barcelonesa de Vilanova y Geltrú. Hace treinta años, en la Parroquia de San Antonio de aquella localidad, aún recordaban sus manías demoníacas. Destinado, posteriormente, a Barcelona, junto a otras piadosas gentes habían abierto una «Casa de Oración» en el número 7 de la calle Mirallers, en un edificio que todavía existe. Pronto, lo que debía ser un lugar de recogimiento devoto para un grupo de católicos, se convirtió en un centro de exorcismos, donde diariamente Piñol y Verdaguer luchaban contra el diablo, inspirados en las obras del padre Palau. Carmen Güell, tataranieta de Eusebio Güell, en su obra Gaudí y el conde de Güell, op.cit., pág. 116, recoge un texto de Juan Antonio López, hijo del Marqués de Comillas, en el que describe al Padre Piñol: «Fue un sacerdote llamado Piñol quien le inició en estas prácticas… Este clérigo me daba miedo. Era altísimo y tan delgado que su sotana no parecía cubrir su cuerpo, sino colgar de una percha. Tenía una mirada penetrante y exaltada, y gesticulaba constantemente con los brazos, que eran de una largura desproporcionada»

10. En la cuaresma de 1894, estuvo al borde de la muerte y su padre y sobrina tuvieron que pedir ayuda a los amigos y colaboradores del arquitecto para hacerle desistir de su actitud. El dibujante Opisso que le ayudaba en la administración de las obras de la Sagrada Familia, fue a verlo y quedó impresionado por el estado de debilidad en que encontró al arquitecto. Finalmente, el obispo Torras i Bages le convenció de que abandonara estas prácticas extremas. Todo induce a pensar que, en esa época, Gaudí podía padecer un conato de depresión que luego, en 1910 afloró con toda su violencia.

11. Nueva Visión de Gaudí, op.cit., pág. 28.

12. Hay una anécdota significativa sobre este alto sentido del pudor que tuvo Gaudí. En cierta ocasión, la mujer que cuidaba el servicio de la Sagrada Familia, lavaba en sus dependencias la vajilla en la que ella y su marido habían comido. Gaudí, de vez en cuando, pasada por la vivienda para saludarlos. En aquella ocasión, la mujer al ver al arquitecto se secó las manos, pero dejó sus brazos al descubierto; Gaudí le dijo secamente: «Haga el favor de cubrirse». La anécdota es contada por Ana María Ferrín, Gaudí de Piedra y Fuego, op.cit., pág. 395.

13. Gaudí, l’Home i l’Obra, pág. 43.

14. Gaudí, assaig biografic, Jorge Elías.

15. Gaudí, Juan Eduardo Cirlot Laporta, Sant Lluis.




 

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