¿Y la valla de Melilla?

Publicado: Miércoles, 21 de Enero de 2015 18:45 por Ernesto Milá en NACIONAL
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Info|krisis.- África es una de las zonas en las que el islamismo registra una más rápida expansión. Todo el Magreb y la franja del Shäel son islámicas, incluso en las antiguas colonias portuguesas el islam ha irrumpido como ocurre igualmente en el norte de la República Centroafricana. El islam se está expandiendo de Norte a Sur y de Este a Oeste. Incluso ha llegado a Sudáfrica. Y esto a pesar del desprecio racista con el que la cultura árabe trata a los negros y las afrentas que los negros podrían presentar ante los islamistas que históricamente fueron los responsables de las caravanas de esclavos que fueron enviados a América. De ahí que cuando la noticia de que en la madrugada del lunes 19 de febrero un millar de subsaharianos intentaron entrar en Melilla asaltando la valla, la noticia puede leerse de otra manera: un millar de islamistas subsaharianos asaltaron la valla. Vale la pena meditar sobre esto.

África era el paraíso de las religiones animistas hasta que primero llegaron los misioneros cristianos y, cuando se abolió la esclavitud, los mercaderes árabes de esclavos fueron sustituidos por los predicadores islamistas y los imanes wahabitas. Después de unas décadas en las que el catolicismo africano se encontraba en expansión, en la actualidad los misioneros católicos se dedican más a tareas humanitarias que a la predicación del Evangelio. La experiencia ha demostrado que el catolicismo africano es inestable, poco sólido, menos “comprometido” con los dogmas y muy superficial. Casos como el del atrabiliario Monseñor Milingo, ex obispo de Lusaka, hoy excomulgado, evidencian que la “negritud” no es el terreno mejor adaptado para el mensaje evangélico y los llamamientos al celibato y la castidad. Además, la competencia de las sectas evangélicas y su mayor oferta de “espectáculo” en las ceremonias dominicales, constituye una “competencia desleal” para la Iglesia.

Boko Haram como ejemplo

En algunas zonas de África el islam se encuentra en plena expansión actuando de manera particularmente brutal y agresiva. Nigeria se encuentra en plena guerra civil y la marejada islámica cada vez se extiende más hacia el sur. Algo preocupante a la vista de la situación geopolítica del país en el Golfo de Guinea y de su importante producción petrolera. El secuestro masivo de niñas por parte de Boko Haram no debe hacer olvidar que el grupo se ha extendido al Chad, Níger y Camerún. A pesar de que es cuestionable que sea –como sostienen los EEUU– una “filial de Al–Qaeda”, lo cierto es que se trata de un grupo islamista que entre 2009 y 2014 ha asesinado a 50.000 personas.

El hecho de que su acción más importante haya sido el secuestro de 276 colegialas en Chibok en abril de 2014, no debe hacer olvidar que sus acciones terroristas ha provocado la migración de millón y medio de personas. El ejército nigeriano se ha demostrado completamente incapaz de afrontar la ofensiva de los 10.000 miembros armados de Boko Haram que controla 20.000 kilómetros cuadrados del país. Hay que recordar que el nombre real del grupo que utiliza en su propaganda en el interior de Nigeria es Jama'atu Ahli es–Sunnah tapa–Da'wati wal–Jihad, que significa "gente comprometida con las enseñanzas del Profeta para la propagación y la Yihad". El nombre de Boko Haram se debe a que se trata de la consigna que difunde con más reiteración y que se puede traducir tanto “la educación occidental está prohibida” como “la influencia occidental es un sacrilegio”.

Hoy, Nigeria es, gracias al petróleo, la mayor economía de África. A partir de 2000, la sharia se impuso progresivamente en las regiones del norte del país. Occidente calló. La “versión oficial” es que Boko Haram nació de la corrupción de las autoridades locales, pero, en realidad llegó  a través de personalidades que no tenían nada que ver con la administración. En efecto, misioneros islamistas llegados de otros países, fundaron la organización: Mohammed Marwa (a) Maitatsine (“el que maldice a otros”), con pretensiones de “profeta”, nacido en Camerún y que ha condenado la lectura de cualquier libro que no sea el Corán. Entre sus creencias más estrafalarias figura la negativa a considerar la Tierra como esfera o sostener que la lluvia no es el resultado de una evaporación de agua causada por el sol. Su símbolo es una bandera negra con dos AK–47 cruzados y un ejemplar del Corán abierto. La existencia y expansión de este grupo indican la facilidad con la que el islam más radical se extiende por el África negra.

Inmigración subsahariana en España

La inmigración africana se inició en 1996 cuando empezó a llegar a Melilla un mayor número de inmigrantes procedentes de los países subsaharianos. En 1998, las cifras oficiales aludían a 36.000 subsaharianos presentes en España, pero es posible que alcanzaran ya la cifra de 100.000, dado que se contaba solamente a los que estaban en situación de legalidad. Habitualmente trabajaban en agricultura, construcción y comercio ambulante, sectores, todos ellos, con bajos salarios y contratos temporales en el mejor de los casos.

Cuando llega Zapatero al gobierno (abril de 2004), hay unos 300.000 subsaharianos de los que 100.000 residían en Cataluña, 60.000 en Madrid, 40.000 en Andalucía, 30.000 en Valencia y el resto disperso por otras autonomías. Durante los años del zapaterismo las llegadas de subsaharianos se mantuvieron constantes y varios miles de ellos empezaron a obtener la nacionalidad española.

En la actualidad, entre inmigrantes subsaharianos legales, ilegales, nacionalizados e hijos de todos ellos, considerados legalmente como españoles, nos aproximamos al millón, con una concentración masiva en Cataluña que agrupa a más de un tercio de los subsaharianos presentes en toda España. Desde 1996 cuando se produjeron las primeras aglomeraciones de inmigrantes en Melilla llamó la atención ver como algunos de ellos, entrevistados por los medios de comunicación españoles, llegaban a España reclamando “casa y trabajo”… cuando en España existían en ese momento dos millones de parados y una subida acelerada en los precios de la vivienda. Desde entonces, el desenfoque habitual con que los africanos percibían lo que iba a ser su vida en España y el contraste entre las condiciones de vida en sus países de origen y las que han encontrado aquí, no ha hecho nada más que acentuar el fenómeno.

Las ONGs, Cáritas y Cruz Roja, definen a la inmigración subsahariana como “especialmente vulnerable”. Pero tampoco puede olvidarse que en algunas regiones (Barcelona, por ejemplo) los nigerianos controlan el tráfico de heroína y que otras bandas de ese país vienen protagonizando desde hace dos décadas el timo de las “cartas nigerianas”. Así mismo, entre los presos de ochenta nacionalidades diferentes residentes en cárceles españolas, se encuentran inmigrantes procedentes de Guinea–Conakri, Guinea–Bissau, Guinea Ecuatorial, Mali, Mauritania, Senegal, Nigeria, Cabo Verde… La generosidad de las autoridades estatales, autonómicas y municipales hacia esta inmigración es lo que ha facilitado el que especialmente senegaleses, gambianos y nigerianos pueden ejercer sin ningún inconveniente actividades comerciales ilegales y sistemáticas como “manteros”, especialmente en la costa Mediterránea. Sin olvidar que una secta religiosa islamista subsahariana se encuentra detrás de la red de manteros que opera en nuestro territorio.

Para hacernos una idea de lo que representa la inmigración africana, podemos decir que el salario medio en África no pasa de 50 euros al mes. El envío de 200–300 euros mensuales por parte de los inmigrantes, a sus países de origen, ha tenido un efecto deletéreo en las zonas de emisoras de inmigración: al poder vivir holgadamente con los euros enviados por los familiares residentes en Europa, zonas enteras de esos países han visto cómo eran abandonados los campos de cultivo y cualquier otra actividad que implicara trabajo y esfuerzo.

La inmigración africana no ha cesado: efectos actuales y futuros

El hecho de que hoy lunes 19 de enero ¡un millar! de subsaharianos haya intentado cruzar la valla de Melilla es sintomático: las oleadas migratorias procedentes de África negra distan mucho de haber cesado. Los que ya están aquí escriben a sus familiares y amigos de sus aldeas natales, explicándoles lo bien que los han acogido y que los tratan y, lo esencial, que aquí, no hace falta trabajar para vivir, que desde que desembarcan de la patera o saltan la valla, las autoridades les dan todo lo necesario para vivir.

La indefensión con la que llegan, los casos de hipotermia, las lacerantes lesiones por las concertinas, e incluso la simpatía y la comunicabilidad de la mayoría de sus miembros, parecen aureolar a la inmigración subsahariana de cierta condescendencia por parte de la población española e incluso de las autoridades y no digamos de las ONGs. En Francia ocurrió lo mismo al principio. En la actualidad, en muchas “zonas de non droit” (zonas en las que el Estado Republicado ya ha dejado de existir y están controladas por las bandas étnicas, lo que eufemísticamente, el gobierno define como “zonas particularmente sensibles”…) gobiernan las bandas subsaharianas. No todas ellas son islamistas. De hecho la característica habitual en la segunda y tercera generación de inmigrantes es que muchos de sus miembros, ante la falta de competitividad laboral a causa de su escasa preparación profesional, se refugian, o bien en su identidad originaria (el islam), o bien, si el sentimiento religioso no les ha poseído, adopten actitudes ultraviolentas, engrosando los circuitos de la delincuencia, con tics racistas anti–blancos reiterados. Esto, que es habitual en Francia, puede trasladarse en pocos años a España.

Las dificultades de integración de los grupos subsaharianos son extraordinarias (pensamos lo que supone para un niño subsahariano acudir a clase en Europa y percibir muy pronto que ninguno de los personajes históricos, de los literatos, de los científicos, a los que se aluden pertenecen a su raza). Si a las diferencias antropológicas y culturales, unimos las diferencias religiosas y el hecho de que la inmensa mayoría de subsaharianos que llegan a España proceden de zonas controladas por el islam y son islamistas, se oscurece todavía más el futuro y las posibilidades de integración de estos grupos.

En las actuales circunstancias, cuando es público y notorio en todo el mundo que en España existen casi 6.000.000 de parados, y que el país dista mucho de haber salido de la crisis económica iniciada en 2007, no hay que hacerse ilusiones: los inmigrantes que llegan en estas circunstancias ya no tienen ese interés y esa necesidad de trabajar con los que llegaban los primeros inmigrantes en los años 90. Los que llegan hoy vienen, simplemente, para aprovechar nuestro sistema de seguridad y asistencia social y las dádivas que el Estado, directamente o a través del “negocio humanitario” de las ONGs, distribuye entre la inmigración.

Pero la cuestión de fondo es ¿hacen falta en España? Sí, especialmente para los intereses de determinadas patronales y para que la economía española “gane competitividad”… Un africano, a fin de cuentas está dispuesto a trabajar por menos dinero que un marroquí, un rumano o un andino. Así pues, a pesar de que numéricamente estén por detrás de todos estos grupos, su mera presencia, su peso muerto en el mercado laboral, tira, por sí mismo, hacia abajo en los salarios.

A esto, que es ya de por sí una amenaza, se une a otra mucho más directa y perceptible: quienes han entrado ilegalmente en España y han sido recompensados por ello recibiendo dos años después “los papeles” y, mientras tanto, un salario de supervivencia, quienes se han habituado a ejercer de “manteros” sin ningún respeto a las legislaciones municipales, y han recibido ayudas sociales de los ayuntamientos, sanidad y educación gratuitas, quienes han estado completamente al margen de la legalidad vigente, difícilmente se integrarán en alguna regla que les imponga la convivencia, y considerarán como “xenófoba y racista” cualquier norma y legislación que les obligue a algo que no están dispuestos, habituados, ni educados para aceptar.

El problema de la inmigración subsahariana dista mucho en España de haber alcanzado su clímax, pero si se trata de prever su futuro no hay nada más que observar lo ocurrido en Francia. Este tipo de inmigración co-protagonizó la revuelta generalizada de noviembre de 2005 ex aequo con las bandas étnicas magrebíes. Aquello, que no quepa la menor duda, se repetirá en España. Y no es, desde luego, ni halagüeño, ni tranquilizador. 

 

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