Castaluña, Sansón y los filisteos

Publicado: Miércoles, 21 de Enero de 2015 19:08 por Ernesto Milá en NACIONAL
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Info|krisis.- Cuando la pugna táctica para ver quien se llevaba el grueso del voto independentista llevaba dos meses prolongándose en medio de una indiferencia cada vez más generalizada, ante la alarma y el desconcierto de los votantes soberanistas y con una evidente pérdida de vigor del grueso del independentismo, finalmente Artur Mar y Oriol Junqueras llegaron a un acuerdo cuyo resultado fue la convocatoria de elecciones “anticipadas” para el 27 de septiembre de 2015. Lo de menos es que, otra vez –y va la cuarta– Mas volvía a tomar el pelo a Junqueras. Lo importante es que, en los días que han seguido, la presidencia de la Generalitat ha dado muestras de irrealismo político que disipan cualquier duda: el soberanismo va en serio... Hay algo nuevo en los últimos movimientos de Mas que permiten asimilarlo al mito de la caverna y a la imagen bíblica de Sansón.

El error de los analistas políticos y su origen

Puede parecer ingenuo el que hasta ahora algunos analistas hayamos pensado que Artur Mas jugaba de farol y que su órdago independentista no era tal, sino solamente un deseo de presionar al gobierno de Madrid para obtener más dinero para Cataluña (esto es, para quienes gobiernan, la “castaluña”, como si consideraran aquella autonomía como patrimonio personal). La cosa –pensábamos– se arreglaría con unos euracos de más trasferidos a la Generalitat. El paquete se completaría con el archivo de las causas abiertas contra dirigentes de CiU y, especialmente, contra la cúpula del pujolismo. Así pues, todo era una escenificación que no traería más consecuencias.

Esta interpretación se basaba sobre todo en la manifiesta imposibilidad de que se produjera la independencia de Cataluña: no existía “consenso” (lo habían demostrado ampliamente los referendos informales por la independencia organizados a partir del de Arenys de Munt en 2009, en los que apenas votó el 19% de la población, confirmados por los resultados del 9–N y que demostraban a las claras que el soberanismo distaba mucho de tener “fuerza social” suficiente para algo tan trascendental como formar un nuevo Estado desgajando otro. Tampoco existían condiciones internacionales favorables: la Unión Europea ha sido desde el principio una “unión de Estados nacionales” y, por tanto, se excluía la fragmentación de uno de ellos (so pena de que este proceso pudiera reproducirse en cualquier otro, especialmente en Francia y Alemania). En lo que se refiere a las condiciones económicas, no solamente eran desfavorables a la independencia catalana, sino ampliamente contrarias a la misma: los productos fabricados en Cataluña se venden, sobre todo en España, y en segundo lugar en Europa (especialmente en Francia). A nadie se le escapa que un “decoupling” entre Cataluña y España, no sería el mejor argumento para promocionar los productos catalanes más allá del Ebro. Por su parte, Francia se siente diariamente ofendida y en situación de “prevengan” cuando los informativos de TV3 presentan el mapa de “Cataluña” incluyendo el Rosellón y la Cerdaña. Las cifras de inversión extranjera eran, igualmente, catastróficas para el independentismo, sin olvidar que solamente en 2013, 3.000 empresas, inicialmente con sede social en Barcelona, se reubicaron en Madrid. Algo que se ha repetido con más fuerza en 2014 a pesar de que todavía no se conozcan las cifras.

En tales condiciones ¿se puede reprochar a los analistas políticas que apostáramos por que el “proceso soberanista” no fuera más que una simple excusa para presionar al gobierno central en aras de obtener mayor dotación presupuestaria para Cataluña?

La lógica llevaba a pensar que un gobierno de la Generalitat que tenía experiencia en materia internacional, que conocía las cifras macroeconómicas, la legislación internacional y la realidad social y económica de Cataluña, no podía estar hablando en serio de independencia. Todo quedaría en un combate de boxeo con tongo, mediante una negociación reservada entre Mas y Rajoy y el comunicado final que, al final, cada parte emitiría, el primero presentando los dineros obtenidos como un avance en el “proceso de construcción nacional de Cataluña” y el segundo alardeando que se había alejado el “peligro separatista” y, eventualmente, que CiU apoyaría en Madrid los presupuestos generales… Pues bien, los equivocamos, o más bien no entrevimos como se iban a desarrollar los acontecimientos.

Cómo el soberanismo se introdujo él mismo en la caverna de Platón

Entonces ¿qué ha ocurrido? ¿Cómo cayó Artur Mas en la deriva soberanista? Hace falta recapitular brevemente y llegar al origen de la actual  fase del “proceso soberanista”: Mas, recién llegado al poder, en plena crisis de la deuda soberana, precisaba fondos para reactivar a una Cataluña que en pocos años había perdido el 30% de su capacidad industrial, azotada por el paro, especialmente juvenil, la inmigración más parasitaria, y añorando los tiempos en los que era “faro y guía” de la industria española. Era evidente que, en sus primeros meses de gobierno, Artur Mas había revitalizado al independentismo, inyectando en sus circuitos, tres millones y medio de euros, gracias a los cuales, fue posible empezar a mover las grandes campañas soberanistas en la sociedad catalana. Parecía claro –y a nadie se le escapaba– que Mas pretendía chantajear al Estado (de manera más tosca que lo había hecho Pujol durante 20 años, pero no por ello menos eficiente) diciéndole: “Estas son mis exigencias, si no las cumplís, os las tendréis que ver con los soberanistas y con ellos no tendréis posibilidad de entenderos” versión catalana del “golpear el árbol para que caigan los frutos”…

Mas, después del “rutilante” 11–S de 2012 viajó a Madrid, se entrevistó con Rajoy y retornó con las manos vacías: el Estado, simplemente, no tenía más dinero para Cataluña. A partir de ese momento, la táctica consistió en ir aumentando la presión soberanista. Las cifras de asistentes a los actos del 11–S fueron elevándose hasta lo imposible: 1.200.000 personas (2012), 1.500.000 personas (2013), 1.800.000–2.000.000 (2014)… A lo largo de este tiempo, pesó mucho el hecho de que cada vez más la clase política de CiU se encerraba en sí misma, accediendo solamente a hablar con ERC, mientras el PSC se difuminaba cada vez más y el diálogo se hacía imposible con cualquier otra fuerza política o social que no fuera soberanista. Mas y los suyos cometieron entonces un error de apreciación: tomaron la parte (el bloque de opinión soberanista–nacionalista–catalanista) por el todo (la sociedad catalana) y pasaron a identificar los valores de esa parte como si fueran compartidos, queridos y anhelados por toda la sociedad catalana. Los analistas políticos nos engañamos en la percepción real de la situación porque ignorábamos que la clase política nacionalista era víctima de un espejismo autoinducido. Los nacionalistas se habían recluido en la “caverna platónica”…

Platón, en La República, cuenta que un grupo de hombres encerrados desde su nacimiento en el interior de una caverna oscura apenas pueden ver destellos de realidad gracias a la iluminación de una hoguera que apenas proyecta sombras. Los allí encerrados, consideran aquellas sombras como “verdades”, toman la sombra por la única realidad existente. No pueden conocer nada que exista más allá de caverna. La percepción objetiva de la realidad, necesariamente, se les escapa. Presos por su ideología pequeño–burguesa, mezquina, imposible de encajar históricamente en el siglo XXI, vistos con desconfianza por sus actos pasados, por sus exacciones y sus abusos, sus imposiciones y su soberbia, incomprendidos en el resto de España y en buena parte de la propia Cataluña, los miembros de CiU y ERC, se han encerrado en sí mismos, han creado ellos mismos su propia caverna, más allá de la cual les parece imposible que exista otra realidad, de la que solamente perciben sombras difusas.

El efecto ha sido el que cabía esperar y el que Platón previó: aun cuando alguno de estos “cavernarios” lograra zafarse de sus cadenas y ver el mundo exterior (Durán i Lleida, por ejemplo), y tuviera intención de redimir a sus compañeros aún en las sombras, éstos se reirían de él. Le dirían que sus ojos se han estropeado con la luz del Sol y que, en el fondo, es más tranquilizadora, la oscuridad de la caverna. A fuerza de hablar solamente entre ellos, de ignorar cualquier consideración que no estuviera envuelta en las sombras cavernosas (y cavernícolas) del soberanismo, ellos mismos se han ido autoconvenciendo de que la independencia es posible. Y en eso están.

Poco a poco se van filtrando noticias que indican que Mas no está escenificando una parodia con el simple objetivo de presionar a Madrid, ni que lo esté haciendo sólo por tacticismo electoral intentando acaparar el grueso del voto soberanista. En los últimos días, el hecho de que apareciera extemporáneamente en la manifestación bo–bo de París pretendiendo, de manera tan insensata como ridícula, filtrarse en el bloque de los “jefes de Estado”, el hecho de que en estos momentos se estén elaborando (y sufragando) tres proyectos de “constitución catalana” o que Mas haya desviado más fondos para la ANC, el Ómnium y demás clique independentista, o que haya “ordenado” a los Consellers que en seis meses preparen las “estructuras de un Estado” independiente, son síntomas de que, efectivamente, cree verdaderamente que la independencia será posible después de las elecciones “anticipadas” convocadas para el 27 de septiembre… La caverna le impide ver la realidad objetiva.

 

En 2012 ya se anticiparon las elecciones autonómicas. A pesar de convocarse después del 11–S, CiU perdió 12 escaños… De ahí que ahora Artur Mas quiera ser más “prudente”: las elecciones se celebrarán inmediatamente después del 11–S, sin esperar dos meses, con una opinión pública bajo el efecto de una manifestación que deberá de agrupar, siguiendo la escalada de asistencia proclamada por los medios de comunicación de la Generalitat, en torno a 2.250.000 personas… Mas cree que todavía puede recoger lo esencial del voto nacionalista y soberanista y que conseguirá incluso que el catalanismo más moderado le siga. Al tener mayoría absoluta, en la primera sesión, el Parlament decidirá constituirse en “nación independiente” y el “proceso soberanista” habrá llegado a su última etapa. La última frase, como en cualquier cuento, la puso la campaña SioSi el pasado 9–N en la que se prometía a cada cual un futuro esplendoroso en una Cataluña independiente, equivalente al tópico final de los cuentos infantiles: “Y todos [los soberanistas] fueron felices y comieron perdices”…

Era evidente que tras el 9–N, ERC estaba demasiado crecida como para que Mas convocara unas elecciones que perdería irremisiblemente. Estas solamente podían ser, tal como quería Mas, “plebiscitarias” (lista única soberanista, que enmascararía la caída en picado de intención de voto de CiU, a causa del Caso Pujol esencialmente). Al no conseguir arrastrar a ERC a esas posiciones, Mas ha optado por retrasar la convocatoria electoral hasta después del 11–S.

Además, hay un fenómeno nuevo: la irrupción de Podemos en Cataluña que arrastrará el voto de protesta que hasta ahora iba capitalizando ERC. Cuanto más crezca Podemos allí, más disminuirá el peso de ERC. Y, a medida que pasa el tiempo, Podemos va situándose en las encuestas como segundo partido en intención de voto en España y avanzando en Cataluña. Por otra parte, Mas cuenta con que Rajoy será lo suficientemente inteligente como para no atacarlo frontalmente (acelerando los juicios contra las cúpulas de CiU, especialmente, pero también impulsando a la “sociedad civil” contra el soberanismo). Mejor, para Rajoy, una CiU fuerte que disminuida ante una ERC devenida “primer partido”. Los meses que median entre hoy y el 27–S van a ser los meses que necesita CiU para recuperar el espacio perdido en beneficio de ERC.

Hace falta ver la programación en catalán de TV2 para advertir que esta televisión controlada desde el gobierno central se ha convertido en atalaya de CiU, un verdadero regalo de Rajoy. Hace falta preguntarse por qué los procesos contra el clan Pujol están desacelerados y por qué los grupos antisoberanistas de la “sociedad civil catalana” no solamente no reciben ni un euro de ningún “fondo de reptiles” del Estado, sino que tampoco son apoyados por el PP. Digámoslo claro: Rajoy prefiere una CiU fuerte a una CiU capi disminuida ante ERC… Y es que Rajoy cree, como creíamos la mayor parte de los analistas políticos hasta no hace mucho, que Artur Mas jugaba de farol.

Pero la realidad, más allá de la caverna, es pertinaz: en el siglo XXI no hay lugar para pequeñas naciones improvisadas. Apenas entre un tercio y una cuarta parte del electorado catalán apoyan la secesión. Antes del 27–N se celebrarán las elecciones municipales y en ellas va a ser inevitable que CiU pierda concejales, que se introduzcan nuevas fuerzas políticas en los ayuntamientos y se redimensionen otras (hasta en la conserjería de San Judas, patrón de las causas imposibles, se oyen las plegarias del PSC para salvar lo salvable). Y, para colmo, lo que no ha calculado Mas es que en las elecciones del 27–N, los partidos contrarios a la secesión harán campaña (cosa que no hicieron el 9–N) y una parte del electorado nacionalista y catalanista –la que quiera entender y entiendan– tendrá ocasión de escuchar los argumentos contrarios a la independencia. Podemos estará presente y sea lo que sea que diga, el voto que acaparará será el de protesta. Y en Cataluña, “protestar” equivale a oponerse a la “castaluña” formada por el nacionalismo soberanista.

En los últimos días varios canales de televisión han repuesto Sansón y Dalila, una película intrascendente, tirando a mala y con aspectos infumables, casi un arcaísmo freaky, empezando por el casting (el que un gay como Victor Mature encarne a Sansón aspirando a casarse con Angela Landsbury, entonces acaramelada adolescente y hoy, sin duda, el personaje más odiado de Hollywood, pero sea Hedit Lamarr la que ejerza de Dalila, no es lo peor de esta cinta del inefable y bíblico Cecil B. DeMille). Al ver en la última escena de la película, a un improbable Sansón derribando las dos columnas del templo al grito de “Muera Sansón con todos los filisteos”, no hemos podido sino recordar a Artur Mas.

Mas como Sansón, está preso de los nuevos filisteos, los soberanistas. El edificio del templo del nacionalismo se sostiene y se ha sostenido siempre sobre dos columnas que siempre han representado al “seny” (el catalanismo conservador) y la “rauxa” (el independentismo exaltado), hoy encarnados por CiU y ERC, respectivamente. El destino ha querido que un tipo, que aspira más a ser el Clark Kent que al Sansón bíblico, esté en la base de lo que es, sin duda un “proceso hacia ninguna parte”. El fracaso de ese proceso entrañará el fin político (o cuanto menos, una grave crisis) tanto de CiU como de ERC y la muerte del nacionalismo catalán, que seguirá en esto en su agonía a las del nacionalismo flamenco o del nacionalismo quebecquois. No hay sitio para los pequeños nacionalismos en el siglo XXI. El soberanismo catalán no llegará más allá de donde llegó el 9–N. De hecho, hoy  parece evidente que la presión soberanista he decrecido desde el 9–N por simple hartazgo y que los distintos grupos independentistas empiezan a dar muestras de cansancio. La escasísima asistencia a las últimas convocatorias de la ANC es elocuente.

Ayer estuve en Arenys de Mar… Era domingo. La rambla que empieza en el Mar y en otro tiempo llegaba hasta el gigantesco edificio construido por el indiano Josep Xifré, se prolonga casi hasta el término municipal de Arenys de Munt, en donde empezó la fiebre de los referendos en 2009. Arenys de Mar, Cataluña, tienen un problema: el islam allí ha crecido demasiado y lo ha hecho con el beneplácito de CiU y ERC y su absurda creencia de que podía integrarse tanto y tan bien como un andaluz o un gallego. La cantidad de magrebíes que podían verse ayer por Arenys de Mar llamaba la atención porque ni vestían como catalanes, ni hablaban catalán, ni tenían 0’9 hijos por pareja como corresponde a la sociedad catalana, sine 3,8... Ayer en Arenys casi se oía hablar más árabe con acento magrebí que catalán. Y si se nos apura, se oía, desde luego, hablar más castellano que catalán…

Haría bien Artur Más y su “castaluña” en levantar la cabeza, mirar más allá de la caverna y ver si la Cataluña que ellos han construido y de la que son únicos responsables, puede ser independiente en algún momento o corre el riesgo de afrontar revueltas etno–religiosas tanto o más graves que las que se han producido en Francia. De hecho la llegada masiva de islamistas a Cataluña no fue más que el primer esfuerzo del Sansón de la época (Pujol) para agitar las columnas del tempo-caverna nacionalista.

 

 

 

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