Infokrisis.- Hoy que tengo tiempo paso revista a algunas particularidades de la vida barcelonesa que me han llamado la atención estas semanas. Veamos la primera: siempre he dicho que el Estado de las Autonomías no es más que una forma de generar en toda España burocracias clientelares costosas y de muy poca eficacia. La Generalitat de Catalunya en este sentido sigue a corta distancia a la Autonomía Andaluza en donde el 50% de quienes disponen de un empleo es funcionario público.

Ayer fui víctima de un caso de ineficacia y desidia burocrática. Hay en el Ensanche una oficina de la Generalitat que distribuye números del ISBN y del ISSN, imprescindibles para poder editar un libro o una revista. En Catalunya, a pesar de que existe un registro central de estos códigos, la tarea está “descentralizada” y le corresponde a la Generalitat expedirlos. A fin de cuentas no es difícil y está al alcance de cualquier administración: viene alguien solicita un impreso, lo rellena, le penen el sello del registro de entrada que corresponde con el número que se le otorga para su publicación.  Una guardería en prácticas podría hacerlo. Para la Generalitat es un trabajo complicado que requiere, sobre todo, de unas oficinas a la altura. Sí, la Generalitat tiene instalada esta oficina en el que fuera antigua redacción de Solidaridad Obrera, el diario de la CNT antes de la guerra y que luego, por una burla cruel, pasó a ser redacción de la prensa del Movimiento en Barcelona. Desde esas oficinas se escribía e imprimía diariamente “la Soli” (ahora ya reconvertida en “Solidaridad Nacional” y “La Prensa”, el diario de la tarde que se disputaba con El Noticiero Universal y con Tele|Expréss la clientela de las tardes… cuando había lectores para tanto diario.

¿Lo han oído bien? En aquellas oficinas impresionantes que ocupan toda una esquina del Ensanche Barcelona estuvieron albergados dos diarios con sus redacciones y sus rotativas. Hoy, ese despliegue inmobiliario sirve para que se expida el ISBN y el ISSN. ¡Qué maravilla de burocracia! Varios miles de metros cuadrados para dar un numerito… O ni siquiera. Sí, por que lo que menos podía esperar es que todo ese despliegue burocrático ni siquiera sirviera para que pudiera irme con el numerito de marras… La funcionaria estaba de vacaciones. Había otra, claro está, la suplente, pero ni siquiera se dignó recibirme a pesar del os buenos oficios de la recepcionista. La funcionaria, al parecer, era completamente incapaz, no solamente de dar un numerito de mierda, sino también de afrontar cara a cara con el ciudadano el hecho de que estaba allí solamente para calentar el asiento y demostrar, una vez más, que la burocracia sirve sólo para hacer un poco más complicada la vida del ciudadano. En definitiva, he pedido el ISSN a “Madrid”. ¿Para qué perder el tiempo? “Som una nació”, pero ni siquiera funciona el sello del registro de entrada.

De regreso me meto en la Biblioteca Joan Fuster. Es grande, casi diría enorme, y apenas tiene tres años desde que se inauguró, lo que no es óbice para que las estanterías estén repletas de libros. Me llevo una biografía de Santiago Rusiñol, la novela la Plaça del Diamant de Mercé Rodoreda y una historia de la Vila de Gracia. Los tres en catalán, no hay problema, hablo, leo y entiendo el catalán. Aprovecho para mirar qué otros libros tienen en las estanterías y me deleito con el ambiente de estudio que reina allí. Pero al cabo de un rato esta primera impresión empieza a redimensionarse y me adentra en el drama de la cultura en Catalunya. Verán…

La mayoría de personas que ocupan prácticamente todos los asientos de la biblioteca Joan Fuster no están leyendo libros, sino que se limitan a aprovechar el Wi-Fi para sus ordenadores, estudiar apuntes u ordenarlos de cara a los exámenes de septiembre. No hay ni uno que lea un libro. Cuando bajo a la sección de préstamos no hay cola, da la sensación de que nadie pide ya libros en préstamo. Y es con esa sensación que vuelvo a mirar las estanterías: la mayoría de libros están nuevos, completamente nuevos, algunos incluso, mal guillotinados, no han visto a nadie en tres años que separara sus páginas. La mayoría están en catalán. A mí no me importa que lo estén, pero a otros –a las nuevas generaciones criadas en la inmersión lingüística- sí parece importarles: simplemente, no leen literatura catalana. La Generalitat debería empezar a reconocer un día de esto, que ha perdido la batalla lingüística.

El miércoles pasado en la sesión de las 19:00 de los cines Bosque, pude ver la película “Origen” (no está mal y hasta se puede recomendar y todo). Una pareja joven, antes de empezar la película se preguntaba entre inquieta y angustiada: “Oye, no hemos preguntado si era en catalán”… Muy pocos, poquísimos quieren ver cine doblado al catalán: todas las voces suenan a lo mismo y algunos giros y palabras son tan especializados que resultan ininteligibles para muchos. La nueva ley que obliga a doblar películas en catalán masivamente será un nuevo hachazo a la convivencia y supondrá un nuevo ahondamiento de la brecha que separa la Catalunya Oficial de la Catalunya Real.

Para colmo, me leo de un tirón los 11 primeros capítulos de La Plaça del Diamant. La Colometa es lo que hoy se llamaría una “nena faba”. La novelita se ha quedado anticuada (si no fuera por la benevolencia que gozó la literatura catalana en los últimos años del franquismo y en la transición, realmente esta novela me parece floja, mediocre y escrita en un estilo tan naïf que más parece encubrir la falta de cualidades narrativas de la autora. La Colometa, si es el arquetipo de las “donas del 36” tendería a demostrar que aquella generación estuvo formada por mujeres maulas, sin carácter, casi sin opinión propia, dadas a equivocarse a la hora de elegir novio, incapaces de cortar con el merluzo que está resultando ser el “Quimet”. Por otra parte, conozco la Plaza del Diamant, la época y el barrio en el que transcurre y ni siquiera puede hablarse de pinceladas sociológicos o políticas, una novela intimista de pocos vuelos, a ratos incluso cursilona.

No se trata de una novelita rosa aunque lo rosa está presente en esta Barcelona de mis desamores y descojonos, esta Barcelona en fase de provincianización que quiso ser Manhattan  a base de fashion e I+D y se quedó en una Marsella inhabitable y portuaria. Hay unas banderolas en toda la ciudad que demuestran el grado de incivismo que se vive. El leit-motiv de la campaña de publicidad municipal dice algo así como “En Barcelona cabe todo, pero no vale todo”, que precisaría un volumen de extensión kantiana y claridad heideggeriana para que nos lo explicaran. Si Heidegger fue capaz de establecer una diferencia entre el “ser” y el “existir”, haría falta que el cerebro municipal que ha diseñado este petardo de campaña nos iluminara sobre la diferencia entre el “caber” y el “valor”. La campaña tiene su prolongación en unas banderolas rosas en las que se ve la silueta de un tipo orinando.

El cartel amenaza a quien haga semejante estropicio y no, precisamente, con las penas del infierno, una noche en comisaría, realizar trabajos sociales ad infinitum o un par de hostias por guarro y enguarrador, sino con una multa de 150 euracos.  El ayuntamiento de Barcelona parece desconocer lo que es el “imperativo kantiano” según el cual algo no debería hacerse por que es una cochinada en sí mismo que genera vergüenza y crujir de dientes, sino porque sobre el enguarrador pende la amenaza de los 150 machacantes.

Carteles similares a este ilustran al ciudadano sobre cual será su triste destino (pasar por la ventanilla de pagos del ayuntamiento o ver su cuenta corriente embargada) si su perro defeca en la calle o si se destroza el mobiliario urbano.  Tengo para mí la duda sobre si quien es un Atila en la ciudad le importará mucho la amenaza de la multa… total se va a declarar insolvente o deberán enviarle la contravención a Chichester, Narvick o Palermo. Esta campaña es completamente inútil: va digerida al ciudadano honrado que ni orina en la calle, ni deja que su perro defeque en las aceras, ni va incendiando papeleras, ni destruyendo maceteros. Quien se dedica full time a todas estas actividades salvajes le importa un níspero los cartelitos rosas que nos muestran una cagada o una silueta orinante en las esquinas de la ciudad.

Todo sea por recaudar en estos tiempos de hambre impositiva y crisis galopante. Todos estos carteles, para colmo, son rositas. El rosa es el color que el mundo gay atrincherado en el Ayuntamiento y en las oficinas de diseño amamantadas por el consistorio, destila para toda la ciudad.

Hablando de lo rosa y de los rosita. Me ha llamado la atención un anuncio de una conocida marca de automóviles que demuestra cómo está la situación, no solo de la conciencia ciudadana, sino del subconsciente individual. Como se sabe, la publicidad subliminal es aquella que va dirigida al subconsciente. La mirada se dirige hacia un anuncio y no percibe algo que sí percibe, en cambio, el subconsciente y esa percepción es lo que genera el consumo. El individuo compra sin saber por qué experimenta la sensación irreprimible de comprar. Su subconsciente en cambio si lo sabe, pero está tan sumergido en su interior que no lo cuenta.

Bien, hasta aquí la teoría. Verán el anuncio al que me refiero. Se ve un vehículo utilitario de gama baja. En el morro muestra el logo de la compañía fabricante. Justo a la derecha, dos caballos encabritados, completan la escena. Llama la atención que los dos caballos estén cubiertos de topos rosa (¿se trata de un producto dirigido a honestos mariconetis?). El que está detrás tiene algo que no debería estar: polla medio flácida en forma de un detalle de la decoración del muro posterior. Esa polla apunte directamente al ano (o a la vagina) del caballo que está delante. Ese pena, por supuesto está a la misma altura que el logotipo de la marca y a pocos centrímetros. Es evidente que se quiere asociar potencia sexual (jugando con los 50-70 cm de pene del garañón habitual, con la idea de “caballos de vapor” y la idea de potencia sexual con potencia del motor) al modelo y a la marca.

El anuncio llama la atención por la burda concepción de lo subliminal que maneja: en esta sociedad de analfabetos estructurales se diría que no sólo el consciente está taponado a la inteligencia, sino que el mismo subconsciente sólo entiende mensajes tan explícitos como este. La pereza instalada en la sociedad parece como si obligase a los publicistas a renunciar a las sutilidades subliminales y situarse en un terreno en el que lo explícito, visible y evidente ha tomado el relevo. ¿Compraría usted un coche anunciado por dos caballos con topos rosa y en el que el de atrás intenta sodomizar al de delante? Espero que no. Pero no le quepa la menor duda de que si este anuncio ha visto la luz es después de que estudios pormenorizados y sesudos hayan demostrado que incluso el subconsciente de las nuevas generaciones está embotado como para poder percibir sutilidades subliminales.

Sí, ya sé que este anuncio seguramente se habrá difundido en toda Europa, pero es que yo lo he visto en Barcelona en este asfixiante mes de vacaciones.

Hoy el clima barcelonés me ha recordado al que se respira en San Juan de Puerto Rico, en Cartagena de Indias o en Tegucigalpa. Ambiente húmedo, sofocante, andas y parece que estás cubierto de agua. Sudas, te sientes pastoso y con ganas de acostarte con una muñeca de hielo. Las ideas tardan en fluir, las neuronas se recalientan y te asalta la idea obsesiva de cómo huir de ese clima abotargador y desesperante. Es raro, pero tengo ganas de que terminen mis vacaciones barcelonesas. Y no sé si antes me voy a derretir.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción sin indicar origen.

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