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Infokrisis.- Subiendo por Torrent de l’Olla una buena noticia: la sucursal de la Caixa del Penedés que allí se encontraba está cerrada y el local en venta. Antes, la horchatería de la esquina con calle Asturias, luce todavía un cartel que muestra pintados los productos. Se nota que el cartel ha sido “renovado” y pintado encima una y otra vez. Es el mismo cartel que había visto desde que tengo memoria (años 50) en distintas horchaterías y heladerías de Barcelona, del Raval a la Rivera, del Ensanche a San Gervasio, cuando la mayor satisfacción para mí era un cucurucho con bola de helado o un corte de barra de tres gustos. Sin contar, claro esta, el polo de a 10 céntimos, mera agua helada con colorante de postguerra. Con qué poco nos conformamos en la infancia.

Siempre he tenido una predilección particular por Torrent de l’Olla, cuyo nombre nos recuerda a los barceloneses (incluso a los autoexiliados como yo) que el origen de buena parte de las calles de la ciudad, especialmente de las que apuntan hacia el mar, son precisamente rieras y torrentes. La misma calle mayor de Gracia –hoy Gran de Gracia y durante la República calle Salmerón- empezó no siendo más que una pequeña elevación entre las rieras de Vallcarca y la del Torrent de l’Olla. Anoto el dato que recuerdo haber leído en no sé qué historia de la ciudad, posiblemente de la pluma de Víctor Balaguer, cuando me encuentro en Gala Placidia a dos pasos de la Travesera de Gracia que corta a todas estas rieras. Desde la época de mamá Roma, cuando los legionarios de Augusto construyeron la Vía Francisca en esos mismos andurriales. Hoy a la Vía Francisca se le llama Travessera de Gracia, quizás para recordar que esa segunda ese es más catalana y se presta a menos bromas que el nombre originario.

De las vías descendentes de la montaña al mar, solamente una de las notables (el Ensanche es otra cosa) obedece a un origen diverso, el Paseo de Gracia que se trazó casi con tiralíneas y en mesa de delineante en el primer tercio del siglo XIX aprovechando los previos ya existentes. Algún liberal, en efecto, quiso unir la Puerta del Ángel que todavía existía como brecha en la muralla de la ciudad con el convento dels Josepets situado en lo que hoy es la modelada, remodelada y reremodelada Plaza de Lesseps (he conocido ya tres plazas de Lesseps cada una más intrincada que la precedente, hoy en ella es difícil distinguir lo que es monumento y mobiliario urbano de lo que son grúas, poleas y polipastos que aún quedan en las obras). De hecho, la misma plaza de Lesseps es el emplazamiento del antiguo convento. En 1827 se inauguró el Paseo de Gracia con un ancho portentoso de 42 metros de acera a acera, similar al de los Campos Elíseos.

¿Y qué había antes en la zona? Pues en la confluencia con la calle de Aragón existía un convento franciscano que daba nombre a la ruta de acceso, el Camí de Jesús. Luego, en línea recta, siempre hacia arriba, llegaba hasta els Josepets y más allá, nuevamente, nos encontrábamos con un iter romano, el llamado Camino de Sant Cugat en donde se desarrolla la leyenda fundacional del cristianismo barcelonés (la de San Medir, sus habas, y los primeros mártires durante la mítica persecución de Daciano que, de paso, dio cuenta también de Santa Eulalia, episodios todos estos narrados en infokrisis (serie sobre la Catedral de Barcelona) o en mi Guía del a Barcelona Mágica que anda por la tercera edición en estos tiempos de miseria libresca y que no puede sino hacerme que me hinche como un pavo real).

El paseo de Gracia, cuentas las crónicas se financió como el zapaterismo financia el déficit: a latigazos de fiscalidad que hoy nos parecen casi entrañables. Sí, porque entre 1925 y 1927 la construcción del paseo se financió gravando con 5 reales de vellón por cada cerdo sacrificado en la Ciudad Condal, que ya iba siendo cada vez menos Condal y más liberal, esto es, más industrial y menos habitable.

En el Paseo de Gracia que conocemos hoy, desde el principio circularon los buses. Primero a caballo y sobre raíles, en algún momento puntual a vapor, más tarde, desechado el hollín y la humareda, eléctricos; luego el franquismo, tras haber comprado de reventa unos tranvías en Washington los sustituyó por buses petardeantes a diésel y los ayuntamientos democráticos, seguramente porque las comisiones eran jugosas, los “ecologizó”… antes de decidir que había que volver al tranvía de toda la vida, a tracción eléctrica y que, mira por donde, era lo más ecológico después de las cagadas de los caballos ochocentistas.

En el XIX el diseño urbanístico brillaba por su ausencia, así que los tranvías de caballos circulaban entonces por el centro geométrico del Paseo de Gracia. Quien se subía a ellos debía de arriesgarse luego a cruzar los 21 metros que le separaban de una segura acera. Claro que, en aquel tiempo solamente recorrían el lugar monturas, calesas y simones y carretas de a mula, mulilla, caballo y asno catalán hoy en vías de promoción patriótica y “construcción nacional”.

Me hubiera gustado conocer ese Paseo de Gracia en lugar de este de ahora, portento de diseño, clavetado por oficinas bancarias, inmobiliarias tambaleándose en la cuerda floja de la quiebra o cadenas de bares con chicas venezolanas o colombianas sirviendo, encargado autóctono y personal magrebí apelotonado tras la puerta de la cocina no sea que el cliente les vea la cara. Y es que esta ciudad y este ayuntamiento ha llegado a hacer invisibles a los marroquís guetizados en el Raval, mientras los pakis languidecen en Poble Sec y los andinos en esta Gracia de mis amores.

Subía, pues, por Torrent de l’Olla y terminé encontrando un espacio nuevo en el barrio. En 2005, el Ayuntamiento terminó de vaciar un espacio de viviendas situadas por encima de calle Asturias y por debajo de Santa Ágata, arista principal en Torrent de l’Olla, grande, casi dos tercios de una manzana del Ensanche. En los últimos tiempos, la zona era pasto de okupas, mendigos e inmigrantes atraídos por la impunidad de nuestro sistema judicial y el atractivo de nuestros subsidios y subvenciones. La piqueta los desplazó a otras zonas de la ciudad que heredaron el sambenito. Cuando el ladrillazo tocaba a su fin empezaron a construirse en ese espacio seis bloques de viviendas de moderada altura y buena presencia que se debieron vender (los que vendieron) a precio de oro. En el espacio sobrante el ayuntamiento montó una plaza discreta.

La plaza no es muy frecuentada, ni siquiera cuando el sol declina y la sombra de los edificios sustituye a la que los esmirriados árboles allí plantados tardará todavía cincuenta años en ofrecer. A pesar del amplio espacio y de lo recoleto del lugar, los bajos están prácticamente vacíos ofreciendo una sensación de irreprimible tristeza, ningún bar, ninguna terraza, nada que anime la plaza que hoy es mohína y a ratos inquietante (sobre todo cuando ves que en unos 4.000 metros cuadrados eres el único que disfrutas de los bancos de a 6.000 euros unidad (comisiones municipales y autonómicas incluidas). Los bajos vacíos tienen pocas esperanzas de alquilarse o venderse en los próximos lustros y la plaza menos aún de animarse. Algunos edificios muestran ya en sus muros las “bromas” de exocupas de ayer y antisistema de hoy: varias bolsas de pintura azul estalladas a diez metros de altura que demuestran que los estos chicos necesitan practicar más el frontón, fumar menos canutos y hacer más deporte y, seguramente, sus padres haberse incluido en un programa eugenésico.

En cuanto a la plaza es modesta, sin ambiciones y en realidad el producto de esa transición esperada por todos –menos por bancos, consistorio y gobierno central y autonómico- entre el fin del ladrillazo y la eclosión de la gran crisis, época en la que el azar quiso que esta plaza se cobrara forma y quedara lastrada hasta la próxima reforma y la siguiente tanda de comisiones y corruptelas.

Pero lo bueno es el nombre que ha recibido. Es de esos nombres que satisfacen al ayuntamiento socialista y a sus socios de “izquierda progresista”, casi un manifiesto, no se pierdan la perla: “Plaza de las mujeres del 36”. Haría falta que bajo los rótulos de la plaza se ofreciera al ciudadano un folleto explicativo de quiénes eran las “mujeres del 36”. Yo les juro que no lo sé.

No sé si el nombre alude a las milicianas (tirando a bestias pardas bigotudas y malcaradas, de armas tomar y feminidad ignota) o a las novias de los milicianos (esas que se quedaron en casa compuestas y sin novio y cuando regresó lo hizo achicharrado por las ladillas o la sífilis contraída en algún burdel oportunista próximo al frente o de camino al mismo), o quizás eran aquellas pobres chicas cuyos maridos, novios o hermanos, abominaban de la política y les vieron irse cantando la Internacional o el himno de Riego con forzado entusiasmo; o quizás “las mujeres del 36” eran las novias de los jóvenes de derechas que aparecieron en las cunetas de la Rabassada, o incluso las que fueron, ellas mismas, a parar a las checas que proliferaron en la Barcelona a partir del 18 de julio del 36 cuando Stalin decía “perro ladra” y entonces el PSUC hablaba. O quizás el nombre aluda a las mujeres de derechas o incluso a la primera esposa de mi padre que tuvo que cruzar con él los Pirineos clandestinamente –yo seguiría el mismo camino 45 años después…- para entrar a través del Irún recién tomado por Franco por el mero hecho de ser de una familia acaudalada del Penedés. La tensión de la huida y la incertidumbre sobre el futuro de sus familiares fue seguramente lo que se la llevó al otro barrio a poco de acabada la guerra y en plena juventud.

¿Quiénes eran, por favor, las “donas del 36? digánmelo los sesudos “regidors” de la Barcelona, esos a los que les ha cabido el dudoso honor de querer transformar a este rincón feliz de la galaxia en una especia de Manhattan del diseño y se les ha quedado el proyecto en algo más parecido a un arrabal portuario de Marsella. Díganmelo porque hay en todo esto equívocos y ambigüedades que demuestran que a falta de ideas sobre como ordenar el presente, la izquierda opta por recordar machaconamente el pasado con el eufemismo de la “memoria histórica” que nos hace recordar heridas –como la huida y muerte de la primera esposa de mi padre- que no hubiéramos querido. Cuando un ayuntamiento solamente sirve para recordar las peores pesadillas de un pueblo, es que no vale ni los 5 reales de vellón que hubo que pagar para construir el Paseo de Gracia por sacrificio de cerdo.

El azar ha querido que descubriera esta plaza en agosto de 2010, justo un año después de que fuera inaugurada. Je… tiene gracia que en la inauguración el concejal de ERC y el de ICV estuvieran a punto de liarse a mamporros porque uno quería la bandera republicana y otro la estelada. Así lo leo –y así debió ser- en el Avui del 10 de agosto de 2009-. La foto que he encontrado muestra dicho acto y el interés que suscitó en un barrio poblado por 42.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Se llevaron a unos abueletes  y abueletas del barrio para dar más colorido a la ceremonia. Ellas eran, a fin de cuentas, las “mujeres del 36” a pesar de que la única que estuvo presente tenía 11 años en aquella época. O la niña era adelantada y ya había tenido su primera menstruación o bien la plaza debió llamarse de “las niñas del 36” y así hubiera estado todo más claro a la vista de la ingenuidad de la infancia. La andadura de la nueva plaza se inicio con ancianos y funcionarios municipales, los únicos que el consistorio logró movilizar. Gracia permaneció ausente del evento.

¿Quién dijo que en Barcelona no existía brecha entre la Catalunya oficial y la Catalunya real? Seguramente un funcionario oficial. Lo dicho, estos no valen ni los 5 reales de vellón por cerdo sacrificado.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción sin indicar origen.

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