Infokrisis.- El último período de su vida en el que conservó la lucidez y estuvo en condiciones de comprender el mundo que le rodeaba se inicia a mediados de lso años 60, cuando se interesa por el movimiento hippy y, más adelante, por la teoría de las catástrofes. De este período surgieron sus últimas grandes telas, en especial, La Pesca del Atún un cuadro en el que evoca la nueva era de Acuario anunciada por los profetas de la contracultura. Este penúltimo Dalí se siente, él mismo, hippy y está dispuesto a ser considerado como el profeta de los hippis, pero es el período, paralemente, en el que su desbarajuste interior aumenta hasta lo indecible. Su fin está próximo.

IX

DALI Y LA NUEVA ERA DE ACUARIO 

Hacia el final

"La Era de Acuario,

verá la desaparición de las violencias sanguinarias.

Por el momento acabamos de asesinar al Pez".

Salvador Dalí.

A lo largo de los años 60, Dalí, observando los cambios meteóricos que se estaban dando en la sociedad -cambios que percibía como "dalinianos"- asume la idea de que el mundo está presenciando el advenimiento de una nueva era. A esta consideración no era ajena toda su relación con Louis Pauwels, autor de "El retorno de los brujos", ni sus lecturas sobre temas esotéricos y ocultistas, ni la afición de Gala y de su entorno por la astrología. La oscura percepción del advenimiento de un mundo nuevo que ya intuía en "Niño Geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo", iba cobrando forma poco a poco.

A mediados de los sesenta le impactaron dos fenómenos nuevos, aparentemente sin relación, la aparición de los hippys y el descubrimiento del ADN. La revolución cultural maoísta y la "contestación" harán revivir en el pintor el espíritu antiburgués que siempre tuvo latente. En 1966 ilustró una edición de los poemas de Mao-Tse-Tung[1]. Su apoyo a los revolucionarios consistió en la publicación de un manifiesto titulado "Mi revolución cultural" que iniciaba su manifiesto con un fuerte alegato antiburgués: "Yo, Salvador Dalí, católico, apostólico y romano, por excelencia apolítico y espiritualmente monárquico, constato con modestia y gozo que todos los impulsos de la juventud creadora contemporánea se reunen en torno a una única virtud: la oposición a la cultura burguesa". En dicho manifiesto, Dalí aparece como "más revolucionario que los revolucionarios", y muestra que en esa época el pintor se mostraba abierto y receptivo a los nuevos movimientos socio-culturales que estaban naciendo, a pesar de que, fuera de compartir un mismo espíritu antiburgués, existieran muy pocos puntos de contacto. Allí donde los contestatarios pedían más democracia, Dalí tronaba contra las "instituciones cuantificadas" y, cuando aquellos proclamaban su voluntad de "servir al pueblo", Dalí, evidenciaba lo mucho que quedaba de Nietzsche[2] en las lecturas que había asimilado desde su juventud. Parte de sus invectivas en la época va dirigido contra "los cornudos del viejo arte moderno", aquellos artistas que en su juventud formaron en las vanguardias artísticas y que, con el paso del tiempo, se fueron integrando en el stablishment cultural de Occidente: "Los cornudos ideológicos menos magníficos, si hacemos excepción de los cornudos stalinistas, son dos: primero, el viejo cornudo dadaista de cabellera blanquecina que recibe un diploma de honor o una medalla de oro por haber querido asesinar la pintura. Segundo: el cornudo casi congénito, crítico ditirámbico del viejo arte moderno, que ya de entrada se pone él mismo los cuernos y otra vez habla de los cuernos dadaistas". Su espíritu permanecía joven y rebelde, casi como en los primeros años de estudiante, cuando fue expulsado por encabezar una protesta.

A Dalí le interesaban poco los aspectos concretos de la ideología contestataria; al mostrar admiración por el maoísmo, no glosa la doctrina marxista aplicada a China, sino el espíritu antiburgués y el "estilo" del maoísmo; Dalí comentó al ensayista André Bosquet: "Lo que primeramente cuenta es esta juventud que asciende, y un nuevo estilo". Los representantes de tal estilo eran, principalmente los "hippies": Dali tenía razón al decir al periodista Antonio D. Olano: "Yo soy el primer hippie"; efectivamente, ya en los felices años 20, Dalí solía colocarse flores en el cabello -habitualmente jazmín- y dejárselo anormalmente largo. Por su mente pasó organizar una peregrinación hippie a Santiago de Compostela; en el fondo, si habían ido a Woodstock o a la isla de Man ¿por qué no habría podido ir a tierras gallegas?[3] Con su experiencia e ideas, Dali se tenía por líder natural de este nuevo movimiento: "Yo puedo ser su guía espiritual y salvarlos". Dalí se sentía atraído por la ambigüedad sexual que yacía en el fondo del fenómeno hippie; hombres que habían dejado atrás el estereotipo masculino y que, dejándose crecer los cabellos y renunciando al atributo viril de la fuerza, se le antojaban como una nueva reedición de su eterno tema andrógino: "La mezcla actual, la ambigüedad de los dos sexos, es muy importante. Porque gracias a ese confusionismo se va a la abolición del sexo y a una anulación total de la sexualidad. Se va hacia esa cosa andrógina que hace que los ángeles no tengan sexo". En esa época solía rodearse de lo que llamaba "flower people", fundamentalmente hippys. En Nueva York contrató a un tribu hippi para que se manifestaran ante el Metropolitan Museum de la ciudad donde se exponía "La Gioconda". Los hippys, disfrazados de hombres-sandwich lucían reproducciones de los cuadros más conocidos del pintor. Uno de ellos llevaba un cartel que decía "Por favor, no vengan a ver la equívoca sonrisa"; varios hippys resultaron detenidos y dieron el nombre de Dalí como instigador de la alteración del orden. En la casa de Port Lligat olía a hierba y muchos de los visitantes eran consumidores habituales de LSD. En 1973 nada quedaba de los auténticos hippies, pero el pintor gustaba hacerse acompañar por alguno en Port Lligat o en el castillo de Pubol. Ese año, media docena de hippys completaron la coreografía de Púbol para el documental "Acuarius" de Russell Harty. La corte de Dalí estaba en su cénit.

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