Infokrisis.- Hemos atravesado los hitos más importantes en la vida de Salvador Dalí y recorrido su portentosa aventura espiritual. Al llegar al final es forzoso reconocer que, como los titanes de la mitología clásica, fracasó en su intento de tomar el cielo por asalto. Dalí no era ningún "Héroe", mítico, era humano, demasiado humano. Se había introducido en el sendero de lo espiritual por la peor vía que el neófito puede seguir: la recorrida por los autodidactas. Y fracasó estrepitosamente. Su desesperación, su locura, su decrépita imagen en la que más hay mucha más tristeza que dignidad, son la prueba. Llegamos a las conclusiones.

 

 

 

IX

CONCLUSION

"Dalí es un hombre que dudaría

entre el talento y el genio,

entre el vicio y la virtud"

André Breton

"Allí donde las montañas son altas,

los valles son profundos"

Proverbio Zen

Esta ha sido la personalidad extremadamente compleja y sorprendente de uno de los grandes de la pintura del siglo XX, casi podríamos decir, a modo de provocación, del último clásico de la pintura. No todo en él fue grandeza; las cimas del arte se alternan con los abismos de la locura, las más altas cotas de belleza (producto de su aspiración a la perfección) se intercalan con la fealdad siniestra más absoluta (nacida de los bajos fondos de su subconsciente); dentro de él, en su persona, lo mejor comparte plaza con lo más abyecto. Pero éste fue, en definitiva, Salvador Dalí; no hay otro; de hecho, si lo hubiera, como el mismo gustaba decir, el mundo sería inhabitable...

Como hemos enunciado en la Introducción, nuestro intento consistía en una comprensión de la pintura de Dalí a través del estudio de lo mágico y misterioso contenido en su vida y en su obra. No se trataba tanto de relatar hechos nuevos en su biografía, como de seleccionar y ordenar algunos de entre los ya conocidos, uniéndolos a los que hemos podido encontrar en el curso de nuestras pesquisas, sistematizándolos y presentándolos de tal forma que nos ayudaran a resolver su compleja ecuación personal. Ahora estamos en condiciones de abordar la pintura de Dalí desde otro punto de vista, lejos de la teatralidad y el narcisismo con que él gustaba presentarse, ni viéndola como algo que nos parece bello y seduce sin saber exactamente porqué.

Tras la máscara histriónica y absurda de Dalí, hemos percibido un intento truncado de acceder, caótica y desordenadamente, en el mundo de la trascendencia y de la espiritualidad. Y esto con algunos matices.

La comparación entre Gaudí y Dalí resulta tentadora; en efecto, ambos irrumpieron en el terreno de la espiritualidad afirmando una vía hacia la trascendencia. El propio Dalí se sentía muy próximo al arquitecto y reconocía entre ambos afinidades estéticas no desdeñables. Dalí meditó sobre sus "relojes blandos" y los vió reflejados en la "blandura" del Pórtico del Nacimiento de la Sagrada Familia. Escribió a propósito: "La estética ha de ser comestible y en su estilo blando (...) Se han perpetrado sin vergüenza cinco traiciones principales al espíritu de Gaudí por parte de los panegiristas contemporáneos, es decir, por aquellos que se han aproximado a su obra con los cinco sentidos". Uno de los lugares "más comestibles" de Gaudí es, sin duda, el Parque de Güell; el simbolismo es de tal riqueza que no pudo sino atraer poderosamente la atención de Dalí[1].

GAUDI Y DALI:

"VIA DE LA MANO DERECHA" Y "VIA DE LA MANO IZQUIERDA"

Creemos haber demostrado, en el caso de Gaudí, que en su juventud se rodeó de miembros de sociedades secretas que influyeron ampliamente en el simbolismo que luego utilizó en sus obras[2]. Pero, al mismo tiempo, la personalidad de Gaudí no quedaba marcada solo por este hecho, sino, fundamentalmente, por haber seguido, lo que podemos llamar, una vía autónoma hacia la trascendencia: tal vía estuvo caracterizada por frecuentes ayunos, un estricto régimen vegetariano, la oración constante del Santo Rosario, el abstraerse completamente en su trabajo, renuncia a sí mismo, abandono de toda práctica sexual, etc.

La vía de Gaudí puede ser considerada, desde el punto de vista del esoterismo tradicional como la "vía de la mano derecha", aquella que consiste en un fuerte ascesis interior de carácter purificador. Si la hemos llamado "vía autónoma" es por que fue construida espontáneamente por Gaudí, acumulando experiencias anteriores; no se limitó en absoluto a los límites contenidos dentro de la confesión religiosa que compartía de manera sincera y extremadamente sentida. Como ya dijimos en su momento, no hay duda que Gaudí fue católico, pero tampoco caben dudas de que fue más allá del mero catolicismo devocional.

El pintor ampurdanés tiene también algo de todo esto, pero atenuado y mezclado con elementos alógenos. Su catolicismo -muy sui generis, por lo demás- dista mucho de ser de la misma naturaleza que el del gran arquitecto. Ambas personalidades son, en su esencia, diferentes; Dalí es un espíritu mundano que desprecia a la burguesía y a los "dalinianos", pero que comparte con ellos su vida por que, en el fondo, vive de ellos; le repugnan la mayoría de sus admiradores y los suele tratar con palabras más que descarnadas e hirientes que, en muchos casos, los interesados ríen como si se tratase de una originalidad más[3]. La mundanidad es algo impensable en Gaudí -salvo en su juventud, en la que Soldevilla nos dice que "era apreciado en las veladas artísticas" y gustaba codearse con la alta sociedad- cuya personalidad es, fundamentalmente, austera y ascética.

Ciertamente, ambos despreciaban el dinero y no tuvieron la más mínima prudencia y consideración hacia él, pero este desdén desembocaba en actitudes muy diferentes en cada uno de ellos. Dalí confesó al periodista Manuel Del Arco que ignoraba completamente el valor del dinero, lo cual era cierto, pero, tanto él como su esposa, no dudaban en amasarlo para dilapidarlo a continuación. La actitud de Gaudí es, en parte similar, pero por muy distintos motivos; el pintor uruguayo y franc-masón Torres García, que le ayudó en la restauración de la Catedral de Palma de Mallorca, comentó que el arquitecto desconsideraba por completo la contabilidad de las obras, lo único que le interesaba era el resultado final y la realización de nuevas y más arriesgadas experiencias estéticas. Gaudí, cuando fue necesario, salió a la calle solicitando óbolos para la construcción de la Sagrada Familia, algo impensable en Dalí incluso en su período de misticismo más acendrado. Como se sabe, el arquitecto donó la totalidad de su patrimonio y sus ingresos para las obras del Templo Expiatorio y no guardó nada para sí; una actitud similar hubiera sido inconcebible en Dalí. El pintor tenía por norma no prestar dinero ni a sus amigos más íntimos ni a causa alguna. Gaudí, por el contrario, tras renunciar a todo, murió pobre, casi diríamos, felizmente pobre.

Es imposible valorar estas dos personalidades según las categorías morales y los valores ordinarios; la genialidad que hubo en ambos los sitúa en un plano diferente -casi diríamos "nietzscheano"- en donde es preciso aplicar otros patrones de medida, no ya los de "bien" o "mal", sino de "grande" o "pequeño": grandes fueron Dalí y Gaudí, y junto a su grandeza no hay lugar para examinar sus debilidades humanas, por extrañas o sorprendentes que fueran. Es su grandeza lo que importa, y su grandeza está implícita en sus obras.

Gaudí, a lo largo de su vida, fue integrando distintas experiencias y eliminando progresivamente las contradicciones existentes entre su vida y su obra; ambas, finalmente unificadas, terminaron gravitando en torno al problema del acceso a la trascendencia y al conocimiento de Dios. Con Dalí ocurrió algo muy diferente y tal es nuestra segunda conclusión. Su vía es la del exceso: no huye de las tentaciones, las aborda, las experimenta de manera orgiástica y desenfrenada, las vive "hasta la sangre, hasta las heces del cáliz", como él mismo dijo. Todo lo que hay en torno a Dalí es "excesivo": su forma de ser surrealista es extrema; el amor y la idealizacion que profesa hacia Gala es desmesurado; su gusto por lo morboso, las características de su infancia, su propia envoltura exterior que gustaba presentar como excéntrica y paradójica, consiguiéndolo frecuentemente, todo ello es llevado al límite del límite. Todo ello induce a pensar que Dalí de manera, en parte espontánea y en parte meditada o influida por lecturas o relaciones directas con medios ocultistas que desconocemos pero que hemos podido situar con cierto grado de verosimilitud, se situó en lo que en Oriente se llama "Vía de la Mano Izquierda", la que trata de convertir el veneno en remedio y en la que el sexo ocupa un papel capital.

Dentro de este contexto podemos incluir todas las perversiones eróticas y pulsiones neuróticas, negativas e insanas que, en algunas ocasiones, intenta vivir con total desprendimiento de sí mismo: como cuando, ante una niña horrorizada, muerde un murciélago muerto la noche anterior y cubierto de hormigas hasta partirlo en dos, una acción que, evidentemente le hubiera repugnado, de haber mantenido una completa conciencia de sí mismo. Muy frecuentemente en sus escritos, conferencias e incluso conversaciones intrascendentes, durante los años cincuenta y sesenta, se refería a sí mismo en tercera persona. Se diría que, en algunos momentos, su yo parecía no existir. En su "Carta abierta a Salvador Dalí", el propio pintor se dirige al lector, en ocasiones con su propio nombre y en otras utilizando el apodo formado con la transposición alterada de sus letras que inventara André Breton: "Avida Dollars", lo cual no es tanto un signo de esquizofrenia, como una renuncia a sí mismo. Las "masas eróticas" que organiza, pero en las que no se sumerge sino a prudencial distancia, fuera de su aspecto degradado y perverso, pueden considerarse, igualmente, como el "calvario de Judas" al que aludía María de Naglowska en sus enseñanzas. La vía que aludía la "sacerdotisa de Satán", era precisamente, la "vía de la mano izquierda". Si nuestra conclusión en auténtica, Dalí conocía esta vía, desde sus primeras visitas en París.

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(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

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