Muerto en Madrid: se veía venir. Revista de responsables

Publicado: Martes, 13 de Noviembre de 2007 10:02 por Ernesto Milá en INSEGURIDAD
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Infokrisis.- El que un chaval de 16 años vaya a una manifestación antifa y resulte con un puñal clavado en el corazón, no es normal. Sin embargo, muchos sabíamos que esto podía ocurrir en cualquier momento y, cuando finalmente, ha sucedido, no nos ha sorprendido. Ahora toca explicar el hecho, y sacar algunas conclusiones: los culpables de esta muerte son muchos, vamos a darles a cada uno lo suyo.

Un culpable: el Estado y sus organismos

La responsabilidad del Estado es salvaguardar el derecho a la libertad de expresión y autorizar manifestaciones que hayan sido solicitadas en forma. El grupúsculo “Democracia Nacional Joven” (o algo así), había solicitado la manifestación con el retorcido eslogan de “Contra el racismo anti-español” y se lo habían concedido. Era una mañana prolija en manifestaciones ultrillas: 300 de La Falange y 50 de DNJ; todo un peligro para la democracia.

El Estado consideró que su obligación empezaba y terminaba ahí. Yo autorizo una manifestación y me desentiendo de lo que pueda ocurrir en el curso de la misma. Luego, cuando ultras de izquierdas y de derechas, o skins de derechas y punkys de izquierdas, o cuando skins de izquierdas y derechas, o cuando antiglobalizadores y antiinmigracionistas, se lían a estacazos, el Estado considera que se trata de “extremismos” y que, por tanto, lo lógico es que se maten unos a otros. El espectáculo está servido.

Es fácil identificar un primer culpable, no sólo por omisión, sino también por interés: el Estado. Los espacios de los telediarios que estén dedicados a la muerte del chaval y a las protestas de los antifas, son espacios hurtados a un problema de mucho más calado social: que la economía de este país se va al garete, que la cesta de la compra se ha elevado más de un 10% en pocos meses y que los “logros económicos del gobierno” son algo tan sustancioso como una patata hervida. Así que hace falta que el elector –ese merluzo desmemoriado- mire a otro sitio: y en este lunes de noviembre solamente se habla del “Que calles Karmele” del Rey dirigiéndose a Chávez y del nano asesinado. Pero hay muchas cosas más de la que hablar, cosas que realmente nos afectan a todos y sobre las que deberían girar las próximas elecciones.

Segundo culpable: los irresponsables que convocan sin capacidad

Para el que no sepa qué es el partido convocante de la mani se lo resumiré: el fuertecito de un sujeto que a falta de vivir de su trabajo, vive de las pocas cuotas que pagan sus últimos mohicanos. Es un grupúsculo instalado permanentemente en la dimensión grupuscular y sin esperanzas de salir de ella. Cada líder tiene el partido a la medida de sus merecimientos y el tipo que dirige DN, tiene un subgrupúsculo que es, como lo define, “el partido que siempre hemos querido tener”… Ozú.

El problema no son las dimensiones subgrupusculares de esa formación, sino dos elementos que están presentes en la misma:

1)     La concepción que tiene su fundador, digamos su nombre para evitar equívocos, Manuel Canduela, según la cual hay que salir en los medios, sea como sea, hacer que se hable de uno, aunque sea mal, para romper las dimensiones grupusculares. No es una concepción suya, sino que fue enunciada por ese hacedor de primeras páginas que es Ricardo Sáez de Ynestrillas. Un lince en eso de llamar la atención y pasar luego cuatro años en la trena. Canduela no va tan lejos. Cree que si saliera más a menudo en TV, su partido despegaría. No es así. En esa partido ni hay cuadros, ni hay teóricos, ni estrategas, ni siquiera militantes capaces de encuadrar a los simpatizantes en una manifestación. Con lo poco que hay, el tal Canduela cree que puede llamar la atención de la opinión pública, y salir en primera página, convocando manifestaciones callejeras que, aun a sabiendas de que se provocarán incidentes.

2)     La edad media de sus miembros, situados en plena adolescencia. No es la única formación ultra en la que los únicos afiliados son adolescentes, y, muy a menudo, eskinetes. En el interior de esa formación, ni se da educación política (¿quién podría darla?), ni se aspira a formar cuadros, ni existen cuadros políticos que formen a otros. Si las tribus urbanas son algo, son como DN: grupos de chavales que beben juntos, salen juntos y se pelean juntos contra otras tribus urbanas. Nada más.

Precisamente, el peligro de un grupo así es inherente a las ambiciones de su líder máximo y gran timonel y a su pirámide de edades. En efecto, para llamar la atención y salir en los medios se convocan actos públicos… sin tener capacidad para ello, sin tener servicio de orden, encuadramiento militante, disciplina, ni la más mínima organización. Porque todo eso en DN y en DNJ y en otros grupos similares es algo inexistente. Cuando se convoca un acto en la calle por parte de grupos de esa naturaleza, puede pasar cualquier cosa.

Y en esta ocasión ha pasado algo que podría haber pasado hace dos años, o que puede pasar de nuevo el próximo 20-N que está a una semana vista.

Tercer culpable: los que protestan por los actos de otros

Del muerto sus familiares dicen –lo acabo de oír por la Tele- que era una “preciosidad de criatura”. Pero está muerto. Murió cuando iba con sus compañeros de Instituto a una manifestación antifascista convocada como protesta por un acto de DNJ. El muerto se le excluye de responsabilidad por el simple hecho de estar muerto, pero aquí hay alguien que si tiene responsabilidad: es la gente que durante años ha animado a romper manifestaciones legales convocadas por otros.

Que los antifas no son unos angelitos lo da buena muestra el que el lunes por la tarde las inmediaciones de la puerta del Sol y ayer Malasaña, se convirtieron en zonas de ejercicio de la violencia urbana, un kale borroka en versión castiza y con proliferación de coctelería incendiaria. Que el muerto era un pobre chaval y que, como toda muerte, es condenable y absurda, no lo vamos a discutir, que esa práctica “antifa” de acudir allí en donde se cree que un “facha” va a manifestarse, es simplemente una actitud reprobable con o sin muerto a cuestas.

Si el tal Canduela convoca sin tener la capacidad de encuadrar ni de controlar a su gente, los popes del antifascismo no son menos responsables. He visto manifestaciones antifas en las que, verdaderamente, lo mejor podía hacerse era darles una limosna para que se compraran un bocadillo. Criajos de aspecto debilucho, con más porros en la cabeza que pelos en el sobaquillo, sin hacer habitualmente ni deporte ni ejercicio alguno, habituados a utilizar la piedra y el adoquín en las manifestaciones y el cóctel molotov sólo porque permiten lanzarlos a distancia y salir a escape, con litronas a escote, esos nanos dignos de conmiseración, cuando se encuentran a menos de un metro con alguien que los ve como enemigos a abatir, reciben inevitablemente la ración de violencia que ellos también han contribuido a provocar.

Lo sorprendente es que este sector antifa está formado por dos franjas completamente diferentes: por una parte, los que viven de esto, de propagar antifascismo; por otro lado, los que acuden a las movilizaciones. Difícilmente encontraréis a los capitanes araña en las movidas a pie de calle. Los tenéis, sin embargo, en la ventanilla de las subvenciones. Son gentes como Esteban Ibarra que difunden antifascismo con sus risibles “Informes Rayen” en los que se “descubren” agresiones antifascistas de las que nadie nunca ha tenido la más mínima noticia y son capaces de llenar varios cientos de folios con historias de riñas discotequeras o de peleas entre skins de bandas opuestas. Este tipo de gente, siempre una semilla que luego, atontolinados que todavía no saben de la existencia de la ventanilla de subvenciones, recogen. Como el pobre chaval asesinado el domingo en Madrid.

Hay algo que se nos escapa

Hemos señalado tres responsabilidades. Pero hay algo más truculento todavía que queda por decir. Nuestras sociedades se están volviendo extraordinariamente violentas y agresivas, especialmente en las grandes ciudades. Da la sensación de que se ha rebasado un límite y que para el ciudadano medio salir a la calle se convierte cada día más en un ejercicio peligroso: con policía que no está en donde tiene que estar, con unas leyes garantistas que protegen a delincuentes pero no a víctimas, con unas cárceles saturadas, con unos juzgados desbordados, con una policía desmotiva, con una delincuencia atraída por un verdadero efecto llamada internacional, con bandas latinas paseándose a sus anchas, con una sociedad que absorbe cada año mayores cantidades de haschish,  cocaína, anfetas y heroína (ya hemos logrado, también en esto, ser el primer país consumidor de drogas del mundo y alguno hasta estará orgulloso), con un índice de fracaso escolar que, para el caso, equivale a tasas de analfabetismo inéditas en una sociedad desarrollada, con una juventud y una sociedad cada vez menos exigente y que desconoce cualquier cosa que tenga que ver con el esfuerzo, el sacrificio, la constancia y cualquier otro valor que no se enseñará jamás en las clases de Formación del Espíritu Zapateril, la violencia está cada vez más presente en las calles y en la sociedad.

Lo sucedido el domingo en Madrid, no nos sorprende. Estaba escrito que antes o después debía ocurrir algo así. Pero esto no exime de responsabilidad a los que lo han hecho posible. Empezando por el Estado.

(c) Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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