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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Sobre la crisis de la izquierda mundial y el “Que te calles Karmele”

Sobre la crisis de la izquierda mundial y el “Que te calles Karmele”

Infokrisis.- Hace años, alguien que había militado en el trotzkysmo me dijo a mí que venía justo de lo opuesto cuando ambos ya estábamos muy distanciados de nuestros fervores juveniles: “No toquéis nada de vuestra ideología, nosotros tocamos un poco y todo el edificio se derrumbó”. Este ex trotzkysta estaba resumiendo el drama de la izquierda: mientras el marxismo fue el referente, había diferencias pero el edificio se mantenía en pie; perdida la referencia doctrinal lo que queda hoy no es “la izquierda”, sino “las izquierdas”. No es que el castillo de naipes haya caído, es que en ese cajón de sastre que son las izquierdas hay piezas de todos los juegos

Donde el Rey dijo aquello de “Que te calles Karmele”

La mesa presidencial de la cumbre hispanoamericana de Chile era un zoológico de las distintas izquierdas europeas y americanas. No era de extrañar que Juan Carlos I, un hombre que, en principio, tiene poco de izquierdas, se fuera calentando hasta estallar en el “Que te calles Karmele” dirigido a Hugo Chávez. Junto a Zapatero, con ara de circunstancias, el canciller cubano, más allá, el otrora “comandante Ortega” tan impresentable hoy como cuando lucía su uniforme verde oliva casposo en la Managua de los años 80, al fondo de la mesa el perfil indio de Evo Morales; fuera de campo, la Bachelet y Kirchner, el ecuatoriano Correa despendolado. Moratinos y su compinche la frustrada candidata a la alcaldía de Madrid y hoy directora de cooperación con Iberoamerica, con aspecto de monolitos de Tihuanaco para hacer juego.

Poca chicha ideológica para tanto potaje. Así pues, a Chávez no se le ocurrió otra cosa –suponemos que al alcohol ya habría hecho su primera pasada- que ejercer lo que en metafísica de llama “el principio de la razón suficiente” (el que da sentido a la existencia de algo en sí mismo, diferenciado de cualquier otro ente similar y que, por tanto, da razón a su existencia). A Chávez le dio por ejercer de “bolivariano” convicto y confeso, doctrina más simple que el mecanismo de un botijo que se basa en dos principios “la lucha contra el imperialismo yanqui” y la equiparación de cualquier empresa extranjera en Venezuela como parte de la trama del imperialismo yanqui.

Ese discurso, por increíble que pueda parecer responde a la realidad sociológica de Venezuela. En ese país, con una mayoría de la población en el umbral de la pobreza o poco menos, básicamente población mestiza e indígena, basta cacarear unas cuantas consignas facilonas que den explicaciones sencillas a problemas complejos, se hable en nombre de los desheredados y se exalte “lo indígena”, para ser seguido por una mayoría étnico-social, fundamentalmente indígena y mestiza.

Lo hizo Chávez y lo repitió Morales en Bolivia y Correa en Ecuador. En Perú se intentó hacer pero el cholito de turno salió tan desaprensivo como mediocre y ni siquiera las mayorías étnicas se atrevieron a darle una segunda oportunidad. El hecho de que lo sustituyera el otrora chorizo titulado Alan García (otra muestra de la izquierda iberoamericana, por cierto), ya da la medida de hasta qué punto que caótica su gestión.

De las distintas formas de la izquierda iberoamericana

El indigenismo es la tabla de salvación de la izquierda autóctona iberoamericana. Una de las izquierdas realmente existentes. Pero esto crea problemas.

Los comentarios del “comandante Ortega” (y seguramente el precedente próximo de Isabel Sansebastián en “59 segundos”), hicieron que Juan Carlos I, terminara abriéndose en forma de paraguas. Sin embargo, Ortega se disculpó al día siguiente, mientras que Chávez ajustó un poco más las clavijas, implicando al Rey en el golpe de Estado de 2002. La diferencia entre la actitud de Chávez y la de Ortega se explican por un solo motivo: mientras Venezuela siga bombeando petróleo (y vendiéndoselo a los EEUU, su principal cliente) el Chávez de turno se podrá permitir el lujo de beberse una botella de cualquier caldo chileno (muy buenos, por cierto) y soltar su retahíla de tópicos bolivarianos, a diferencia del “comandante Ortega” cuyo sueldo, en buena medida depende de los 2.000 millones de euros que el gobierno español ha destinado para “cooperación con Iberoamérica” en los Presupuestos Generales del Estado.

La disculpa del “comandante Ortega” implica que asume con sinceridad la rectificación. En absoluto: muestra el estado carencial de uno de los países “peor administrados” (Nicaragua no es pobre, está mal administrada que es muy diferente). En realidad, mientras que la izquierda bolivariana es la izquierda del nuevo rico, la izquierda “orteguiana” sigue siendo la izquierda resentida porque sus ideales de juventud, una vez puestos en práctica, lejos de traer la prosperidad, le convirtieron en el Pol-Pot centroamericano y, de ahí, y de todo lo que vino con el “sandinismo” deriva, en buena medida la miseria nicaragüense actual.

De todas formas, el sandinismo tiene poco que ver con el indigenismo, salvo en que se nutre de las mismas clases sociales desfavorecidas. En Bolivia y Ecuador es mucho más evidente que el remedo ideológico de la izquierda, es el aprovechamiento de la frustración del indígena al que se le halaga diciéndole aquello de “si no hubiera sido por Colón, habríamos llegado antes a la luna”, olvidando que, cuando llegó Colón la civilización de Tiwanako ya se había disuelto y que aquellas culturas vivían el “Apocalipto” que hace poco pintó Mel Gibson.

Esa es, en el fondo, la esencia de la izquierda indigenista en sus distintas fracciones (indigenismo absoluto de Morales, indigenismo relativo de Correa y bolivarismo de Chávez): encontrar una mayoría social que apoye con sus votos la estancia en el poder de una clase política que, en el fondo, no se distingue de las habituales en cualquier país sudamericano (con su retórica infumable, sus gestos dramáticos, su recurso a los descamisados, sus llamamientos antiimperialistas y demás) salvo por sus “fórmulas magistrales”: nacionalizaciones y expropiaciones que dan pan para hoy y que suponen históricamente el hambre para mañana, llegado al cual el péndulo llega al otro extremo, con las privatizaciones habituales.

Pero hay más.

Con la Bachelet estamos ante una izquierda que es lo más parecida a la izquierda europea, pasada la fiebre del allendismo. La izquierda argentina de Kirchner, por el contrario, es una forma atenuada de peronismo, desprovisto de cualquier otro aditamento social y reducido exclusivamente a su expresión demagógica y oportunista. Por aquello de las fotocopias reducidas, Kirchner ha querido que fuera su mujer la que lo sucediera en un guiño a la historia del peronismo. Pero eso no basta para formar un cuerpo de doctrina, ni mucho menos una práctica política, en la que los políticos “de izquierda” han adoptado los mismos usos y costumbres de los “de derecha”: sueldos altos, dedicación escasa, ojo avizor a los buenos negocios, demagogia mucha y efectividad poca.

Todo esto sin contar con la izquierda fosilizada del castrismo que merece un lugar en la historia más que en la actualidad política y al que no vale la pena dedicar más allá de dos líneas.

La izquierda europea no va mejor

Al menos, en Iberoamérica, existe cierta “esencialidad” que ha perdido completamente la izquierda europea. Esa esencialidad, justamente, es la que le confiere cierto aire de radicalismo, mientras que en Europa la izquierda se ha convertido en el paradigma del castizo “ni chicha ni limoná”.

Desde el Congreso de Bad Godesberg en el que la socialdemocracia alemana renunció al marxismo, incluso como método de análisis, hasta el XVIII Congreso del PSOE celebrado 20 años después en el que los hasta ese momento ultraizquierdistas Felipe González y Alfonso Guerra, entendieron que por ahí, ni iban a recibir los buenos fondos de la Fundación Ebert (es decir, los dineros del SPD) y que el camino hacia el poder pasaba por la larga marcha hacia el centro, llovió bastante, pero no tanto como volvió a llover desde el congreso socialista del 77 hasta la Caída del Muro de Berlín algo más de 10 años después.

El 9 de noviembre de 1989, la izquierda ya no tenía nada a lo que renunciar: la caída del muro y la reunificación de Alemania, indicaban muy a las claras que el marxismo ideológico y el comunismo institucional habían pasado al basurero de la historia y por ahí había poco que recuperar.

Hasta entonces, algunos oportunistas sin escrúpulos (los Marchais, los Berlinguer y los inefables autóctonos supervivientes de Paracuellos, del maquis y de veinte huelgas generales frustradas, como Carrillo) habían intentado esa entelequia del “eurocomunismo” que se gestó a partir de que los tanques soviéticos ahogaran la primavera de Praga y para no alarmar a la OTAN ante una eventual entrada de los comunistas en los gobiernos de Francia e Italia durante los años 70. El eurocomunismo era el stalinismo rebajado con gaseosa. Los intelectuales se lo tomaron en serio durante unos años, hasta que fue demasiado evidente su carácter oportunista. Ceaucescu siguió pagado a Carrillo un generoso subsidio hasta que afrontó sus culpas ante un pelotón de ejecución. El “eurocomunismo” fue tan creíble como un etarra con boina y pasamontañas ayudando a cruzar a una anciana la calle.

Muerto el “eurocomunismo” (en los primeros años 80 con la derrota del PCF en las elecciones generales francesas de 1981, inolvidable Georges Marchais cuando en la noche electoral dijo aquello de “Ha sido una gran victoria”… y había perdido la mitad de los votos y dos tercios de los diputados), el comunismo tuvo aún una vida de zombi en el lustro siguiente, hasta que el Muro de la Vergüenza cayó.

El PCE percibió que estaban ascendiendo lo que eufemísticamente llamó “nuevas fuerzas sociales” y que, con propiedad, eran los primeros subproductos de la crisis de la izquierda tradicional que ya no estaban en condiciones de integrar: el feminismo, los movimientos gays y lesbianos, los verdes, y más tarde los ocupas y durante un tiempo los “psiquiatrizados en lucha”…

Fue así como el PCE pasó de la lucha de clases y del “centralismo democrático” como forma de organización del partido, estructurado en células y con una férrea disciplina, a tener como máximo reclamo electoral, el “carril bici”. Pa’ mear y no echar gota, que se dice.

En el fondo, en el PCE-IU quedaban todos aquellos que no habían encontrado el momento para pasarse al PSOE. Ni eran los más avispados, ni los más listillos, ni los más ortodoxos, ni siquiera los más honestos, eran, simplemente, los más retrasadillos en la larga marcha de la izquierda hacia posiciones acomodaticias, que había seguido, por este orden, primero el PSOE, luego toda la extrema-izquierda (el PTE, la ORT, la mayor parte de la LCR y del MCE, Bandera Roja, etc.), y finalmente, lo esencial del propio PCE, Carrillo incluido. El batiburrillo que quedó asumió el ecologismo como ideología de sustitución… sin tener ni idea de conservación del medio, ni otro concepto que fuera más allá del “nucleares no gracias” y poco más.

La sustitución del marxismo por el ecologismo facilitó el que los viejos estalinistas vieran disputadas sus poltronas por jóvenes generaciones de ecolocos, con pocas ideas y muchas ambiciones. Y en eso están disputando la marginalidad con otras variantes de la izquierda radicalosa.

Peor les fue a aquellas gentes de izquierdas que, a partir de algunos textos de Stalin descubrieron la “cuestión nacional”. Allí se encontraron con independentistas radicales de ideas fijas y obsesivas y, la mayoría, fueron a parar al sumidero de los extremismos en donde pacen desempolvando las viejas consignas antifas de tanto en tanto.

Esto por lo que se refiere a los radicales. En cuanto a los moderados, los hay de todos los colores. Perdida la doctrina queda el talante. Y en esto del talante, Zapatero marcó tendencia hasta teñir a la desgraciada Ségolène Royal, una especie de Zapatero con faldas, con su mediocridad humanitarista y su remedo de ideología soft. El electorado francés se miró en el espejo español y votó cualquier cosa que no fuera a alguien que les condujera al mismo barrizal. Sarkozy fue el gran beneficiado y, en el fondo, la ruptura entre Royal y su marido, François Hollander, no fue sino la escenificación familiar del desencuentro entre las distintas familias de la izquierda francesa. La ideología de ONG ha sustituido malamente al marxismo.

Más hacia el sur, la izquierda italiana vive la misma situación de pérdida de identidad. Se sabe que Prodi es de izquierdas –o al menos se intuye- porque es “progre”. Lo progre, hoy más que nunca, es de izquierdas. Y el progresismo y su encarnación sociológica, la progresía, la izquierda divina, la izquierda caviar, es un racimo de tópicos que se resumen en esto: en lugar de los experimentos en casa y con gaseosa, los experimentos se hacen desde el Estado y manejando los recursos públicos. Ah, y cuanto más osados mejor.

Podríamos seguir nuestro análisis taxonómico de las distintas formas de izquierdas casi hasta el infinito. Lo que no está claro es que valga la pena. No puede decirse que la crisis de la derecha sea de la misma magnitud. A la izquierda se le han hundido todos y cada uno de los ideales. Por no disponer, ya ni siquiera dispone del ecologismo como patrimonio exclusivo desde que Sarkozy dijo que en Francia se había acabado construir autopistas. Le queda el progresismo que es el último resto de la resaca de mayo del 68, patrimonio solo de los jóvenes lobos de ayer, hoy tripudos, canosos y divorciados que siguen con lo de “imaginación al poder” y contando las historias del abuelo Cebolleta. Esa es la izquierda. Es decir, no hay izquierda. Si hay una palabra que podría resumir la grandiosidad del drama de la izquierda es “frustración”. “Mira, allí hay un tipo de izquierda”, que quiere decir: “Mira allí hay un frustrado”.

Tendremos que llegar a la conclusión de que el esquematismo “derechas” e “izquierdas” tiene hoy muy poco sentido. Se trata de buscar nuevas catalogaciones políticas. De hecho, no hay que olvidar que estamos gestionando la modernidad con las ideas surgidas a mediados del siglo XVIII. Y eso empieza a pasar factura. Especialmente a la izquierda que todavía cree encarnar mejor que nadie los valores de la Ilustración y de la Revolución francesa, a pesar del resbalón de Alfonso Guerra cuando dijo aquello de “Montesquieu está anticuado”. Montesquieu estará anticuado, pero Guerra y el felipismo son la enésima forma de izquierda postmarxista: la de “zus vais a enterar”, “mi hermano y su comisión”, “el GAL y yo somos así señor juez”, etcétera. No valen más que el resto de formas de la izquierda.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

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