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Infokrisis.- Aramis Fuster se ha intentado suicidar, Bárbara Rey ha tenido trifulca con la Patiño, cada vez son más los famosos que han ligado con tal o cual streaper, en casa de Jesulín se masca la tragedia, el hijo de la Pantoja solamente puede tirar de tarjeta 20 euros al día… tales son algunas de las noticias que incesantemente se han repetido a lo largo de la semana con singular insistencia. ¿Qué está ocurriendo? Algo muy simple: que hemos franqueado la frontera de la sociedad del espectáculo y nos adentramos en un terreno mucho más ingrato e inviable, el de la sociedad del montaje.

Aramís, juguete roto, famosilla caída en el olvido

Conocí a Aramís Fuster un Día del Libro -yo presentaba, mira por donde, una guía del catarismo- cuando ella estaba en la cúspide de su increíble fama. Se decía vidente, simplemente, porque una empresa había comprado su imagen para una de sus muchas líneas de videncia 906. Tenía gracia, Aramís, como otras muchas videntes que he conocido, era incapaz de profetizar si un día oscuro y nublado, desapacible y húmedo, iba a traer o no lluvia, aun cuando contara con el apoyo del parte meteorológico. En un momento en el que ciegos guían a ciegos, cegatrones absolutos proclaman a quien quiera oírlo su poder de videncia. Dudo mucho que el libro que llevaba la firma de Aramís, fuera escrito por ella; lo más probable es que un “negro” lo hubiera improvisado al peso y que ella se limitara a poner el nombre y la cara. Era una práctica habitual de aquella editorial que, no hacía mucho, me había preguntado si conocía a alguna bruja que estuviera físicamente bien; la conocía y se la presenté; firmó tres olvidables libros de “magia doméstica” que ni siquiera había escrito. A nadie le puede extrañar que en estos momentos, haya inflación de videntes que no ven, sanadores que no sanan, reyes que no reinan y gobernantes que no gobiernan.

Aramís iba de diva. Había entendido que “ser bruja” o ir de vidente no dependían de los conocimientos reales que tuviera sobre brujería o sobre videncia, sino del aplomo y el morro que se tuviera. Y ella lo tenía. Así que nos castigó con rituales para casi todo, que ella misma improvisaba sobre la marcha y sin ninguna referencia antropológica.

La buena mujer estaba dotada solamente con aquellas luces que acompañan a las chicas traviesas que han vivido mucho y que saben que la credulidad de las gentes, como aquellas hetairas que, inevitablemente dicen a sus clientes que están enamonadas de ellos y que nunca han conocido a alguien que se lo haya hecho tan biem. Pero, Aramís, dotada de esta sabiduría, lo ignoraba casi todo del mundo del espectáculo televisivo. Ignoraba, por ejemplo, que los famosos de medio pelo –y ella lo era- son efímeros en el tiempo. El ocio televisivo está levantado sobre pirámides de cadáveres que tuvieron sus quince minutos de fama macluhaniana y ahora residen en los muchos túmulos del panteón del olvido.

Aramís se había negado a ser lo que la mayoría de vidente suelen ser: una foto que acompaña a un anuncio de 906. Los hay a cientos. Aramís es derrochona, su concepción de la vida se reducía "vivir es gastar y gastar es padecer para derrochar". Para derrochar hace falta que, a fin de mes, los ingresos hayan sido superiores a los gastos. Y Aramís estaba dispuesta a sufrir para disponer de esa seguridad que da una cuenta corriente de seis cifras.

Las tres fases de la fama

Un buen día, Aramís comprobó que los medios le hacían cada vez menos caso y ni siquiera tenían interés en reproducir su cuerpo exuberante, ni en oír sus improvisados conjuros de bartillo. Lo poco de ella que quedaba sin consumirse, se quemó finalmente en un reality televisivo (el Hotel Glamour o algo similar). Desde entonces salió poco por los medios, así que tuvo que esforzarse en intentar llamar la atención. Cuando eso ocurre es que el famoso de medio pelo ha entrado en plena decadencia y se parece más a un juguete roto que a un ser de carne y hueso.

El famoso se ha hecho dependiente de su fama sin considerar que esta es, necesariamente, efímera. Atraviesa distintas fases:

- en la primera fase, cuando empieza a disminuir la frecuencia de sus apariciones televisivas, todavía no nota la realidad: se está desconectando de la fama… pero no lo advierte aún: su cuenta corriente todavía dispone de efectivo y se puede permitir un tren de vida endiablado inaccesible al común de los mortales. Por lo demás, la inmediatez de sus apariciones televisivas, hace que todavía su rostro y su presencia sean comentadas en la calle; la gente se vuelve a su paso, muchos los saludan, se dirigen a ellos, les piden autógrafos y los señalan con el dedo a sus hijos… Es el “efecto resaca”: donde ha habido mucha fama, siempre queda algo.

- pero en la segunda fase, bruscamente, éste “efecto resaca” se disipa. Dado que los espectáculos televisivos precisan incesantemente de nuevos rostros, el famoso caído es sustituido inmediatamente por otras decenas de rostros que siguen los mismos peldaños y alcanzan la misma fama que ha seguido él. Así pues, bruscamente, el famoso entiende que está dejando de ser famoso: ya no le miran tanto, ya no le solicitan en absoluto para otros programas, ya no le saludan por la calle. Sólo entonces adquiere conciencia del problema al que se enfrenta: la supervivencia. Empieza a saber que la fama es un droga: cuando se tiene se disfruta, cuando se carece de ella se percibe como privación. Y esto nos lleva a la tercera fase.

- en esta nueva fase, el famoso en vías de ser olvidado completamente adopta dos actitudes diferentes: o bien reacciona accediendo a participar en montajes (habitualmente organizados por los propios periodistas que luego los entrevistas en los shows televisivos), o bien busca por sí mismo excusas para ser llamado por los programas del corazón. Las fórmulas siempre son las mismas: “soy lesbiana (o gay)”, “me he divorciado”, “soy víctima de malos tratos”, “estoy embarazada”, “me he liado con fulanito o menganita (otro famoso de medio pelo con el que se pacta un joint-venture)” y así sucesivamente.

Este ciclo se repite con más frecuencia que la que se cree. En realidad, los espectadores estamos tan habituados a los shows televisivos que apenas reparamos en este proceso que, muy frecuentemente tiene consecuencias desastrosas para sus protagonistas.

La autodestrucción televisiva

Pepe Carroll era un “mago”, no en el sentido de Aramís, sino que realizaba juegos de magia y prestidigitación. No era malo, aunque muchos otros estaban a su mismo nivel. Dotado de un buen físico, pasó a presentar un olvidado programa de TV a mediados de los noventa que no resistió más allá de una temporada en antena. Luego, nadie volvió a contratar a Pepe Carroll. Fue así como llegó al tercer estadio de la fama: el olvido. Y no pudo soportarlo, se deprimió primero y murió de pura tristeza después.

Pepe Carroll no es un caso único. Varios “grandes hermanos” han pasado por ciclos similares y con una frecuencia inusual se han visto tratados a causa de depresiones de todo tipo. Algunos han intentado el suicidio y otros han muerto víctimas de accidentes de todo tipo. Muy pocos de ellos tienen estabilidad personal, profesional y emocional. Es la maldición de la efímera fama.

Otros personajes como “Tamara” (luego “Ámbar”, luego “Yurena” y vaya usted a saber como gusta llamarse ahora) han intentado suicidarse tras tolerar cada vez menos el ser permanentemente observados como “freaks”, considerados como tales y remunerados en función de dicho rol.

El suicidio casi televisado de Aramís

Y llegamos a Aramís Fuster, caída en el olvido, culona, tetona y celulítica, cuyos ojos pintarrajeados yo no excitan precisamente pasiones, ni llamadas televisivas. Un juguete de la fama, hecho pedazos. Y no se resignaba. Así que, a principios de año acusó a su compañero ocasional de malos tratos; en la España de ZP, cualquier mujer que declare ser objeto de malos ratos pasa a ser objeto de veneración, a pesar de que la acusación sea falsa. De hecho, se calcula que un tercio de las denuncias por malos tratos son falsas y se presentan con la intención de mejorar la posición de un cónyuge en los casos de divorcio. Ni una sola de estas denuncias falsas merece ser perseguida de oficio por el fiscal. Aramís, mujer de mundo, lo sabía perfectamente, por eso se presentó como mujer aterrorizada por un maltratador impenitente y cruel, cubanito por más señas. El problema era que Aramís es mala actriz, ni siquiera enarboló un mal parte forense que avalara la declaración, ni siquiera una denuncia presentada en el juzgado de guardia… Era evidente que se trataba de un montaje destinado a “hacer caja” recorriendo luego los platós televisivos.

Aramís olvidaba que los mejores montajes, los únicos que la prensa del colorín tolera, son los montados por esa misma prensa. De lo contrario, los “profesionales” del corazón son los primeros en denunciarlos… al no haber cobrado el peaje en forma de comisión.

Fallido el intento de reciclado en el circuito del famoseo vía la violencia doméstica, Aramís decidió subir un peldaño más la intensidad de su montaje. Anunció a “El Tomate” que iba a suicidarse ella y su madre. Ambas fueron recogidas acto seguido por los servicios de urgencia, ella con una dosis de insulina tragada y su madre con cuatro de propina. A Aramís no le pasó gran cosa y unas horas después ya estaba en condiciones de explicar a los medios que quisieran oírle, en qué había consistido el problema. Luego, preveía, pasar por los platós y “hacer caja”.

Pero este increíble montaje no pasó el control de calidad de los periodistas especializados en el arte del montajismo.

Donde Bárbara Rey muerde la carótida más famosa de España

Siendo el caso de Aramís el plato fuerte servido por el colorín en la tercera semana de julio, no era el más importante. El centro de atención a lo largo de toda la semana fue el rifirrafe que tuvo lugar la semana anterior entre Bárbara Rey (de profesión "exclusivas") y la Patiño (insignificante periodista cuya carótida a punto de estallar, merecería un estudio clínico exclusivo).

Se dijeron de todo. La Patiño insinuó, lo que ya es del dominio público, que la otra había sido una especie de concubina de altos vuelos y ésta respondió lanzando invectivas contra la chica de la carótida. En realidad, algo intrascendente. Los labios recauchutados de Bárbara Rey son suficientemente elocuentes de que el tiempo no pasa en vano y de que la que un día fue una de las vedettes de la transición, hoy es un cascajo sostenido a latigazos de botox y remiendos quirúrgicos que, por algún motivo, no han logrado mejorar ni su educación, ni sus modales. Y en cuanto al énfasis que la Patiño pone en estos temas, como si se estuviera tratando de cuestiones de gran calado, cuando apenas son espectáculo de la más baja ralea, es elocuente de la vacuidad en la que ha caído el medio televisivo.

Estamos asistiendo en los últimos meses a un episodio de reciente aparición que podemos calificar como “la revuelta del invitado”. Hace ya tres semanas Jiménez Arnau, harto del rol inquisitorial de Ángela Portero (hermano del propietario de la Agencia Corpas, principal hacedora de montajes, constructora y deconstructora de famosos), le vino a espetar que si contaba todo lo que sabía de ella y de su hermano, las columnas de la agencia se tambalearían. Hace unos meses Coto Matamoros insinuó lo mismo de la familia que regenta Corpas. Hace 10 días, fue Bárbara Rey la que amenazó a la Patiño con contar sus intimidades.  En el fondo, todo esto no es más que un rizar el rizo: el invitado a la carnicería se revuelve en la pira del sacrificio y aspira a cambiar las tornas, su ejecutor pasará a ser víctima; ambas carnes machacadas y sanguinolentas se mezclarán inextricablemente en el curso del espectáculo ritual del colorín semanal.

¿Es deliberado todo esta miseria televisiva?

En los dos últimos años, todas las televisiones están perdiendo audiencia. Los jóvenes cada vez ven menos televisión (los videojuegos y el material a medida bajado de Internet son sus principales distracciones) y, en cuanto a los adultos, prefieren contratar canales privados (libres de publicidad –lo que no es poco– y en donde se puede configurar una programación que satisfaga más los gustos personales): pagar a Polanco-que-está en los cielos, antes que sufrir.

Contra más saturado está un canal televisivo de talk-shows, realitys-shows o, simplemente, de “corazón”, menos calidad cultural tiene su audiencia. Cualquier forma de sensibilidad cultural está reñida con todo este tipo de programas. Por otra parte, a pesar de que las cadenas de TV obtengan abundantes beneficios por publicidad, lo cierto es que un canal cultural o temático es mucho más rentable que un canal generalista. Canal Plus lo entendió hace más de diez años. Así pues, de lo que se trata, en realidad, es de desplazar audiencia desde los canales generalistas que hasta ahora han tenido la primacía, hacia los canales de pago. ¿Cómo? Simplemente, aumentando los niveles de telebasura. No es que cada vez se vea más telebasura, es que cada vez más la telebasura está siendo vista por un público menos exigente, mientras que el público con más inquietudes se refugia en los canales de pago.

Resulta difícil decir si esta migración es debida a la escasa sensibilidad cultural de los programadores de televisión, o bien si el rebajar los listones de las televisiones generalistas es un método para desviar público a los canales de pago. Sea como fuere, el orden de los factores no altera el producto.

Lo realmente importante es que nos encontramos en un momento de cambio acelerado, casi insensato, de los contenidos televisivos que está llegando a las últimas consecuencias de la vía emprendida en el primer tercio de los años 90, con la irrupción de los Pepe Navarro y demás secuelas, con la primera edición del Gran Hermano (2000) y con la generalización de los talk-shows televisivos (a partir de la experiencia de Tómbola y de El Diario de Patricia en el 2001-2). Cada vez estamos yendo más lejos en esa tendencia. Y no hay límite. No es que el público cada vez pida “más”, es que si no se le dan contenidos más “fuertes”, se corre el riesgo de que los niveles menos exigentes de espectadores migre a otras cadenas.

Por eso es importante que Aramís Fuster protagonizara un intento de suicidio casi en directo, de la misma forma que la muerte de Carmina Ordóñez fue el último acto de servicio de una vida puesta al servicio de las exclusivas y de la fama. ¿Cuándo veremos a un famoso agredir a otro con un derechazo en la mandíbula? ¿Cuándo una pelea de famosos contra periodistas del cuore? ¿cuándo veremos el suicidio en directo de uno de estos pobres diablos? Es cuestión de tiempo, pero, a la postre es el límite lógico al que tendemos y al que inexorablemente llegaremos.

Espero, francamente, que ni usted ni yo veamos tales disparates. ¿Quiere contenidos a medida? Bájelos de Internet, cómprese un disco duro exterior que pueda conectar por el puerto USB tanto de su ordenador como del DVD y no pierda el tiempo. De lo contrario, si Aramís si suicida o si la carótida de la Patiño peta, usted tendrá que considera que tiene una parte de responsabilidad en el disparate. Y seguramente la tendrá.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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