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Infokrisis.- Recuperamos el estudio sobre el destino de la geopolítica que nos llevó a definir un modelo geométrico del mundo moderno: un cubo. Habíamos analizado lo que significaban cada una de las caras de este cubo y sus aristas. Ahora nos toca analizar la naturaleza de sus ocho vértices. Reemprendemos la tarea con los dos primeros. Esperamos poder concluir esta semana que viene, esta serie de artículos

6. Los ocho vértices del mundo cúbico (a)

Así mismo quedan definidos ocho “puntos críticos” o vértices:

1) El formado por los damnificados por la globalización, los actores energético-científicos y los actores secundarios.

Es un vértice de crisis. Crisis en la medida en que la escasez de combustibles va a afectar especialmente a las economías más desfavorecidas, tanto a las individuales como a las de naciones enteras. Esas tensiones aumentarán a medida en que el acceso a nuevas tecnologías de la salud acentúe las diferencias entre los que “tienen” y “viven” y los que “no tienen” y “mueren”. Por primera vez en la historia va a ser visible el reflejo de los dos niveles de rentas en la longevidad. Así pues, mientras que entre las élites del primer mundo va a ser posible que la longevidad se vea favorecida por nuevos avances en las ciencias de la salud, pudiendo llegar a una media de 100-110 años, en ese mismo primer mundo la longevidad se mantendrá en los niveles actuales (81 años para mujeres, 76 para hombres). Ser beneficiarios de la globalización implicará que, con el apoyo de las nuevas tecnologías, se podrá “adquirir” –como si se tratara del bonus de un videojuego- un tercio más de vida suplementaria. Todavía estamos lejos de intuir siquiera lo que va a suponer esta impresionante mutación sociológica. Pero si este va a ser uno de los focos de tensión nuevos (la tensión “geriátrica”, podríamos decir) en el primer mundo, el hecho de que también entre las élites beneficiarias de la globalización del tercer mundo puedan aspirar a esas altas de longevidad, puede hacer que la tensión sea todavía más insoportable y la relación de longevidad entre unos y otros sea de 1 a 2; es decir, que las élites tengan una esperanza de vida el doble que su población.

Por otra parte, los desarrollos de la ciencia son realizados mediante la inversión de cada vez mayores medios económicos, excluyendo los brotes de genialidad y los destellos de intuición que hasta ahora habían hecho avanzar la ciencia a saltos, más que siguiendo la evolución lógica que prevé el método científico. Esto implica que los avances científicos, especialmente en los campos de la criogenia, la microbiología y la ingeniería genética, solamente podrán desarrollarse en determinados países, mientras que el resto se verá obligado apenas a realizar las aplicaciones técnicas a las que tengan acceso, a causa de sus limitaciones presupuestarias. El hecho de que solamente EEUU y la UE estén en estos momentos en condiciones de desarrollar grandes proyectos técnico-científicos es suficientemente demostrativo de lo que decimos: el “avión europeo de combate”, el Airbus, o con Rusia en el laboratorio espacial, o con Japón en el ciclotrón para ensayos de fusión en frío. Estos proyectos no serían posibles sin la cooperación de muchas naciones, por razones presupuestarias, aun cuando en realidad se trata, en su mayor parte, no de avances “científicos”, sino “técnicos” y aplicativos.

Los actores secundarios, inevitablemente, quedarán descolgados de los países de vanguardia en los que la investigación científica sea posible. Tendrán solamente acceso a tecnologías básicas (como la nuclear y la balística por parte de la India e Irán), pero no estarán en condiciones de ir mucho más allá.

Todo esto generará un “desencaje” en este vértice, con la aparición de nuevas situaciones de tensión. Solamente las élites beneficiarias de la globalización podrán beneficiarse completamente de las nuevas fronteras de la ciencia, mientras que países enteros del tercer mundo y poblaciones desfavorecidas por la globalización en el primer mundo, verán como su esperanza de vida se estabiliza, mientras que aumenta las de las élites. Así mismo, el acceso a la energía, al encarecerse, se alejará de las posibilidades de disfrute por parte de los desfavorecidos. Los últimos focos de petróleo corren el riesgo de suscitar guerras de exterminio para lograr su control si, como parece, el combustible se agotará antes que se habiliten energías alternativas. Lo que espera a este vértice es, pues, un estallido, y la posibilidad segura de convertirse en un punto de tensión del que partirán grietas para conmover todo el “cubo globalizado”.

2) El formado por los damnificados por la globalización, los actores tradicionales y la neodelincuencia.

Es un vértice de crisis. Una crisis que se centrará especialmente en los países del primer mundo, dando por sentado que los actores geopolíticos secundarios, especialmente asiáticos, africanos e iberoamericanos, en buena medida ya han caído en manos de la neodelincuencia y el “imperio de la ley” es una entelequia así como cualquier forma de legalidad y legitimidad del poder. La neodelincuencia es una mancha de aceite que se extiende e impregna de manera progresiva a las clases políticas de todo el mundo. La clase política europea y norteamericana no son, desde luego, una excepción. El impacto de este vértice se sitúa, precisamente, entre los actores tradicionales “occidentales”, pues es en este ámbito donde las tensiones van a ser más insoportables.

Entre los fenómenos que se producen está el deslizamiento de buena parte de la clase política hacia prácticas instigadas por la neodelincuencia. La clase política de las democracias europeas ha sufrido dos mutaciones profundas: la primera estuvo próxima a los orígenes del sistema partidista, cuando los partidos se transformaron en agentes plutocráticos al servicio del dinero. De hecho es el dinero quien ha gobernado siempre en los sistemas partitocráticos. La segunda es la actual, cuando ya no basta con que el dinero, la especulación y el agiotismo han tenido hasta ahora como contrapartida el “imperio de la ley”. Pero éste se encuentra cada vez más debilitado frente a una clase política que, prácticamente, ha hecho desaparecer la idea de la “división de poderes” en la que se basaba el sistema de pesos y contrapesos de las democracias. Esto ha permitido que la neodelincuencia tenga en las clases políticas de los actores tradicionales a sus vasallos mejor alimentados, más serviles y decididos a utilizar la ley en beneficio propio; o bien, simplemente, a vulnerarla. La corrupción creciente es la característica más acusada de las clases políticas occidentales.

Ahora bien, siendo esta delincuencia de “guante blanco”, levita y sombrero de copa, no es la única. En el primer mundo, los desfavorecidos por la globalización tienen una tendencia cada vez mayor a vivir subsidiados por el Estado, pero también a vivir del trabajo negro, el comercio ilícito o simplemente del fraude a la Seguridad Social y al Estado. Los gobiernos carecen de argumentos éticos y morales para impedir esta “corrupción de los pobres”, dado que esos mismos gobiernos practican una política corrupta y corruptora. La situación es mucho más grave en el Tercer Mundo donde prácticamente resulta imposible distinguir qué país es más corrupto.

Los actores geopolíticos tradicionales se han mostrado incapaces de eliminar la corrupción de sus ámbitos estatales. En los actores secundarios, la corrupción es quien ha asumido las riendas de esos Estados desde hace décadas. Es entonces cuando puede entenderse con facilidad por qué existe la colusión entre neodelincuencia y poder político en todo el mundo: los grandes negocios se hacen a la sombra del poder, y solamente puede participar en ellos quien ya tiene una acumulación de capital notable que no puede sino haber salido de prácticas corruptas, defraudaciones a hacienda, dinero negro y, por supuesto, dinero procedente de negocios y prácticas ilegales e ilícitas.

La deriva de esta colusión no puede sino ser trágica: implica aumento de la corrupción en todo el mundo, ineficacia de la lucha contra las mafias, toma de control de los aparatos del Estado por bandas mafiosas o bien por sus agentes encubiertos. Y, dado que este fenómeno se produce a escala mundial y está presente especialmente en los actores tradicionales, podemos prever una rarificación de las condiciones de vida en las sociedades occidentales, una sensación de hostilidad creciente, de aparición de todo tipo de mafias: horizontales (en los lugares de residencia) y verticales (en los distintos niveles administrativos –autonómico, municipal, estatal, europeo), capaces de constituir estructuras paralelas al Estado. Esto en el nivel superior. En el nivel inferior, los desfavorecidos por la globalización intentarán sobrevivir, en un mundo progresivamente más hostil, mediante todo tipo de iniciativas, sin excluir las que entren de lleno en la delincuencia; y este fenómeno, hasta ahora casi solamente propio del tercer mundo, corre el riesgo de generalizarse en los actores tradicionales.

Este vértice generará pues graves tensiones que serán, tanto económicas, como sociales. El poder de las mafias, capaces de condicionar el poder político, al hacer progresivamente insoportables las condiciones de vida de la población, y especialmente de los desfavorecidos de la globalización, generará en estos ámbitos fenómenos de rechazo de distinto tipo, especialmente respuestas violentas por parte de los niveles más bajos de la delincuencia. Este fenómeno es ya particularmente visible en los países de Iberoamérica (especialmente en Brasil y Colombia) e incluso entre los inmigrantes de segunda generación en Europa. En EEUU, a pesar de tener un sistema penal particularmente duro, en este momento existe ¡un millón de fugitivos de la justicia y dos millones de presos! Cifras elocuentes de la situación insoportable a la que se tiende.

 © Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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