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Infokrisis.- No hace tanto tiempo que nosotros mismos y nuestros hijos frecuentabamos escuelas en las que los profesores podían caernos mejor o peor, pero, en cualquier caso, merecían un respeto y tenía "autoridad". Hoy, para las nuevas generaciones de estudiantes, el profesor es un don nadie al que se le hace la vida imposible. Las autoridades académias y las nuevas tendencias educativas que inspiran las "escuelas normales", tienen mucho que ver en esta pérdida del prestigio del profesor. Hoy estamos convencidos de que es tarde para emprender una tarea de reversión del problema. Esa tarea solamente podría proceder de la restauración del principio de autoridad en las aulas. Buena parte de los mismos profesores, ni siquiera creen ya en este principio...

 

“A por ellos…”  Violencia contra los profesores

En 1995, Phillip Lawrence, director de un colegio de secundaria de Londres, fue asesinado cuando intentó intervenir en una pelea entre alumnos de su escuela y una banda de menores. Por su parte, en abril de 1996, el gobierno francés adoptó un nuevo plan contra la violencia escolar, presionado por los padres de los alumnos. En esa época, 2500 centros de secundaria, sobre 7000, estaban expuestos a la violencia. En septiembre se produjeron tres muertos en la enseñanza secundaria. En esa misma época se supo que el 30% de los alumnos y el 17% de las chicas del Reino Unido llevaban armas para protegerse. En enero de 1998 un escolar japonés de 13 años mató a puñaladas a una profesora, al ser reprendido por haber llegado tarde. El mismo mes en el que el Grupo de Menores de la Policía de Barcelona constataba el aumento de la delincuencia en las escuelas, en el colegio Westside de Jonesboro (Arkansas) dos niños de 11 y 13 años mataban a cuatro compañeros y una profesora. Era marzo de 1998. En abril de ese año, el gobierno inglés, autorizaba la creación de cinco “prisiones de lujo” para niños y niñas de 12 a 14 años, cada una de cuyas plazas tenía el coste de una matrícula anual en la selecta escuela de Eton. Entre esa fecha y 1999, la violencia juvenil se dispara en EEUU hasta el punto de que el presidente Clinton, propone una “guía de alerta” sobre la violencia escolar. Habrá que esperar a que dos alumnos de 17 y 18 años del instituto Littleton de Denver Colorado maten a tiros a 12 compañeros y un profesor, antes de suicidarse, para creer que, efectivamente, algo está pasando. En septiembre de 1999 se proclama en Washington el toque de queda para menores. ¿Todo muy alejado de nosotros? El mismo mes en que ocurría ese incidente en EEUU, dos jóvenes del Instituto Abyla de Ceuta fueron expulsados por llevar una pistola al centro. En esa época la violencia ya empezaba a asediar los centros de estudio en España. Hoy, el 80% de los profesores afirma que los problemas de convivencia son la principal fuente de preocupación en su quehacer diario. El 26 de enero de 2003, el 50% de nuestro profesorado admitía en una encuesta haber vivido alguna situación violenta en su puesto de trabajo, y entre los alumnos, 4 de cada 10, confiesa haber sido objeto de la conducta violenta de sus compañeros. Un años después el sindicato ANPE realizó un estudio entre el profesorado de la Comunidad de Madrid que aportaba los siguientes datos:

-        casi nueve de cada diez docentes (un 87 por ciento) no se sienten protegidos por la administración

-        ocho de cada diez (80 por ciento) han sido insultados o han sufrido la indisciplina de los alumnos,

-        ocho de cada diez alumnos (81 por ciento) le falta al respeto al profesor.

El año siguiente, 2005, el mismo sindicato elaboró un estudio que acentuaba más las tendencias alarmistas que se desprendían de la encuesta anterior:

-        tres de cada cuatro profesores de la Comunidad de Madrid (73 por ciento) se encuentran en riesgo de padecer enfermedades psíquicas como ansiedad o depresión.

-        siete de cada diez profesores que consultan al servicio de asesoramiento presentan síntomas de depresión

-        un tercio de ellos recibe tratamiento psicológico

-        tres de cada cuatro casos corresponden a profesores a los que les resulta imposible dar clase

-        una cuarta parte sufre amenazas verbales de los alumnos

-        uno de cada diez recibe presiones dentro del centro,

-        la mitad de éstos recibe también amenazas de los padres, en una proporción similar a la de los que han sufrido alguna agresión física.

Así que la situación en la Comunidad de Madrid (y, por extensión en todo el Estado) no es como para echar cohetes. Esto –el sistema de enseñanza– se va al garete a velocidad de vértigo… Por aquello de que mal de muchos, consuelo de tontos, en otros lugares de Europa la situación está sensiblemente peor.

En Francia, por ejemplo, la enseñanza pública está pulverizada. La escuela pública francesa que durante casi dos siglos fue un modelo para toda Europa, atraviesa hoy una crisis que la inhabilita para cumplir su función. Hubo un tiempo en el que la escuela pública francesa era envidiada por los pedagogos españoles. Hoy, vamos camino de seguir los mismos pasos que los colegios públicos franceses emprendieron hace 20 años. Y además, estamos recorriendo ese camino aceleradamente. Pero quizás, de entre todas las muestras de crisis de la enseñanza pública francesa que se repiten más frecuentemente en España, la agresión contra los profesores sea la más similar en ambos países.

¿Es necesario exponer porque no se puede agredir a los profesores?

Hemos estados dudando antes de escribir estas líneas: si hace falta que te expliquemos el porque los alumnos no pueden agredir a los profesores, es que algo está yendo muy mal. Hay cosas lógicas que no es preciso explicar: y esta es una de ellas. Lo más probable es que no precises esta explicación. Es más, creemos que si precisas que te demos argumentos para que no la emprenderla a tortazos, navajazos o perdigonadas contra el profesor, aprender te importa un pito y desprecias a la escuela como centro de transmisión de saber, por tanto, no estarías leyendo esta obra.

Ahora bien, si finalmente hemos optado por resumir unos cuantos argumentos es porque consideramos que puede ayudarte –a ti que tienes interés por todo lo que te rodea y que eres consciente de que si estás en la escuela es para algo más que calentar al asiento– a comprender el proceso de transmisión del saber. Éste proceso se basa en:

-          Los protagonistas de la enseñanza: para que exista enseñanza debe de existir, una materia a transmitir, un alumno y un profesor. Todo lo demás –libros de texto, espacio físico, leyes de educación– son complementarios. Lo único esencial es que exista profesor, alumno y contenido.

-          El “sujeto activo” y el “sujeto receptivo”: para que pueda existir transmisión del saber es preciso que el profesor disponga de un conocimiento y de la capacidad de transmitirlo. Su actitud es “activa”. El alumno debe estar motivado para recibir este conocimiento. Su actitud debe ser, pues, “receptiva”.

-          La existencia de una relación jerárquica reconocida por ambos: en la enseñanza no existe igualdad. En este terreno rige la ley de la jerarquía que deriva de la especialización. Uno “entrega saber”, otro “recibe saber”. Ambos tienden, finalmente, a la nivelación, pero hasta llegar a ella, uno está situado por encima del otro: ocupa un rango jerárquico superior con deberes y obligaciones diferentes en ambos casos.

-          Amor a la sabiduría y respeto mutuo, imprescindibles: pero hay elementos comunes entre profesor y alumno. Ambos deben amar el saber, la cultura, la educación, la transmisión de conocimientos. Si una de las dos partes es un completo pasota, no hay nada que hacer, el proceso de la enseñanza fracasará. Y ambos deben tenerse respeto mutuo. No importa si el profesor está por encima, jerárquicamente, del alumno, ni tampoco que sus derechos y obligaciones sean diferentes: lo que importa es que exista un respeto recíproco entre ambos.

¿Razonable, verdad? Podemos ampliarlo algo más. Hemos hablado de derechos y obligaciones propias de alumnos y profesores. Veamos algunos:

-          Deberes de los profesores:

o        Conocer la materia a transmitir y los mecanismos pedagógicos de la transmisión.

o        Tener una motivación vocacional que vaya más allá de la motivación económica. Aportar entusiasmo en lugar de rutina.

-          Deberes de los alumnos:

o        Ir a clase con la intención de aprender cosas nuevas, evitar la presencia desganada, sin motivación u hostil.

o        Esforzarse en atender a las explicaciones de los profesores y en intentar asimilarlas.

-          Derechos de los profesores:

o        Derecho al respeto por parte de los alumnos.

o        Derecho a disponer de un ambiente sereno y favorable para el desarrollo de su trabajo.

o        Derecho a castigar a los alumnos que obstaculicen el proceso de la enseñanza.

-          Derechos de los alumnos:

o        Derecho al respeto por parte de los profesores.

o        Derecho a que sus dudas sean aclaradas.

o        Derecho a que los ritmos de estudios sean razonables.

Falta enunciar algunos derechos y obligaciones, pero no te cansaremos: eres perfectamente consciente de que por cada derecho de uno, existe una contrapartida en obligación por parte del otro. No vale la pena decir que si el profesor tiene la obligación de conocer la materia, el alumno tiene derecho a que el profesor se la enseñe de forma adecuada y comprensible.

Todo hasta aquí parece razonable y no hay nada en ello que suponga forzar su sentido común. ¿De acuerdo?

Y sin embargo, en las clases, diariamente, buena parte de lo anterior no se aplica como debería. Este libro lo escribimos para ti, alumno, por tanto es de tus obligaciones de lo que vamos a hablar. El profesor sigue varios años de preparación para la enseñanza, así que –en general– sabe lo que está haciendo. A ti, en cambio, parece que nadie te enseña para qué acudes a clase. No hay unanimidad al respecto.

Unos van a clase mientras es obligatorio, todo aquello no les interesa nada. Van porque están obligados a ir y cuando la enseñanza deja de ser obligatoria, la abandonan.

Otros consideran la escuela como una especie de almacén, no es preciso aprender nada, tan solo que el alumno esté a buen recaudo mientras sus padres trabajan.

También te han dicho que vas a clase para “socializarte” o “divertirte”. Te han engañado: te socializas antes de ir a la escuela y para divertirte tienes muchas opciones, no, desde luego, la escuela (aparte, claro está, de que con tus compañeros te diviertas en los recreos o el profesor tenga la habilidad de hacerte entretenida la enseñanza).

Si acudes a clase por estos motivos, vamos mal. Entérate de porqué cada mañana debes levantarte pronto y estar en la escuela: es para aprender conocimientos que te serán imprescindibles en la vida.

Si, claro, un futbolista de Primera división se forra sin haber estudiado gran cosa. Pero lo más probable es que tú no estés destinado a ser un gran futbolista. No hay más de 500 jugadores de Primera División y solamente una minoría podrá vivir del deporte. El resto –tú y yo, incluidos– deberemos de prepararnos para ejercer una profesión. Y esto sólo lo conseguiremos preparándonos, esto es estudiando.

Visto esto ¿me quieres explicar qué sentido tienen las agresiones contra los profesores? Son una salvajada que rompe las posibilidades de normal desarrollo del proceso de la enseñanza. Y sin embargo, eso ocurre.

Algunos datos sobre la violencia en las aulas. Francia.

A partir de 2000 se han sucedido en Francia huelgas de profesores que se sentían “desprotegidos” ante las constantes amenazas de los alumnos. Y es raro, porque dinero no ha faltado: el Estado invirtió en educación, creó más puestos docentes y el número de alumnos disminuyó. Ni aún así se logró mejorar la enseñanza: tener un título expedido por una escuela pública francesa es no tener nada, además ha aparecido una violencia contra profesores y entre alumnos.

Escucha bien esto:

-          El 30 de enero de 2006 se publicaba en La Razón que para ser profesor en Francia era imprescindible poseer conocimientos de autodefensa…

-          La semana anterior un alumno de 11 años se lanzó al cuello de una profesora embarazada y empezó a estrangularla, mientras otros compañeros aplaudían...

-          Otro alumno sacó una pistola de fogueo y disparó.

-          En pleno curso las escuelas empezaron a ser frecuentadas por policías de paisano.

-          El 16 de diciembre de 2005. Karen Montet–Toutain, 27 años, profesora de artes plásticas en el instituto Louis Blériot, en la periferia sur de París, recibió tres puñaladas de Kevani Wansale, alumno suyo de 18 años de origen extranjero. El agresor quiso vengarse de los comentarios negativos de la maestra sobre su comportamiento.

-          Meses antes, esta misma maestra había vivido escenas poco propias de un centro docente. «Profesora, tengo ganas de hacérmela encima de la mesa de clase», le espetó un alumno, pronto apoyado por uno de sus compañeros: «Vale, cuando acabe te la paso».

-          Días más tarde, concretamente el 5 de diciembre, un grupo de chavales le comentaron, entre risas, que iban a robar en su casa y que tenían su dirección. «¿Y qué haréis si estoy en casa?», respondió la enseñante. «Te meteremos una bala en la cabeza», fue la respuesta. Sin risas. Ambos sucesos acabaron plasmados en dos informes enviados por la víctima a la inspección de estudios. Sin respuesta. El hecho de que la mayoría de alumnos de ese centro sean de origen extranjero, pareció condicionar la falta de respuesta de las autoridades: y, aún hoy, en Francia, se prefiere la política del avestruz (esconder la cabeza ante la realidad y mirar para otro sitio).

¿De dónde surge toda esta violencia? Vamos a ver como podríamos decirlo para que comprendieras la naturaleza del problema… En noviembre de 2005 se produjo en Francia un estallido social en las barriadas pobladas por inmigrantes no europeos. Habitualmente se trata de zonas desfavorecidas, pobladas por grupos étnicos y culturales que tienen poco que ver con la cultura y con la psicología francesa. Durante un mes, Francia estuvo colapsada por esta revuelta de los arrabales. Pues bien, existe un lazo muy directo entre la degradación de la enseñanza en las escuelas, la aparición de la violencia y los episodios de violencia protagonizados por inmigrantes e hijos de inmigrantes. Pero hay que hacer una advertencia necesaria.

La inmensa mayoría de inmigrantes que vienen a Europa, lo hacen para trabajar, ¿entendido? Ni vienen a delinquir, ni vienen a poner en peligro nuestro modelo de vida. Ahora bien, de la misma forma que esto es cierto, también es cierto que la mayoría de delitos y de situaciones conflictivas –incluso en las escuelas, o quizás, preferentemente en las escuelas– es protagonizada por inmigrantes e hijos de inmigrantes.

Una minoría crea muchos problemas. ¿Por qué? Los motivos son muchos, todos comprensibles, aunque no justificables:

-          Están lejos de su medio ambiente originario. Es muy duro vivir fuera del propio país y haber tenido que abandonarlo para sobrevivir. La vía de la inmigración es muy dura y no todos la soportan.

-          Tienen otra cultura, otra educación, otra visión del mundo y no están dispuesta a sacrificarla por la europea. No es que sea ni superior ni inferior, cada cultura y cada pueblo tiene sus tradiciones, sus costumbres y su dinámica. Ahora bien, el “donde fueres haz lo que vieres”, no siempre se adopta como regla y, a partir de ahí, surgen problemas de xenofobia, racismo, hostilidad mutua entre dos comunidades, incomprensiones, etc.

-          Muchos no se sienten competitivos en Europa y se refugian en sus valores originarios: el fundamentalismo religioso, la “tribu” compuesta por gentes de su mismo origen, o incluso, la banda étnica que actúa violentamente contra todo lo que no es ella misma.

-          No están dispuestos a trabajar como sus padres, a cambio de salarios bajos y de ver en los escaparates de las tiendas objetos que no podrán ser suyos quizás nunca o bien a cambio de agotadoras jornadas laborales.

¿Es posible detener este proceso?

Si, claro, pero para ello es preciso diagnosticarlo. Y aquí es donde se falla por prejuicios de todo tipo. En los años 50–70, los inmigrantes españoles y portugueses estaban presentes en toda Europa. Los estados europeos no invirtieron ni una sola moneda en su integración y, sin embargo, ésta se produjo espontáneamente. Nunca la inmigración española o portuguesa, creó problemas en las comunidades de origen.

Lamentablemente, existen bolsas de inmigrantes de otros países a las que en toda Europa se ha ayudado a integrarse, se les ha subvencionado, se les ha ayudado en todo lo posible, pero, da la sensación, de que su integración no  avanza mínimamente. Es más, las ayudas tienen como efecto el contrario al esperado: “si me das esto, es que puedes darme más y si me das más sólo me tengo que esforzar en exigirlo, no en ganarlo mediante el trabajo”.

El problema es que los Estados modernos tienen muchas preocupaciones y frentes a los que atender y que la sociedad europea no puede asimilar a la inmigración en el número desmesurado en que está llegando; ni hay trabajo suficiente para todos, ni hay posibilidades de subvencionarles permanentemente en número siempre creciente.

Reconocer este problema y en estos términos, no es “políticamente correcto”. Y por tanto, se prefiere la política de la subvención, pensando que tarde o temprano, terminarán integrándose en la sociedad europea. Pero esto no ocurre, sino que es todo lo contrario a lo que estamos asistiendo: los sucesos de noviembre de 2005 en Francia, y antes en mayo en Perpignan, fueron sintomáticos.

Y, lo peor, es que el problema ya lo tenemos en España. Tu y tus profesores y todos los que, de alguna manera, participamos en la comunidad educativa, tenemos la obligación de que la situación francesa no se contagie en nuestro país.

Así está la situación

En esta España hay dos verdades:

-          La de la España “oficial”: es la verdad de las autoridades educativas para las cuales, en todas las comunidades autónomas no hay problema de violencia contra los profesores.

-          Y la de la España “real”: la de los profesores que están directamente relacionados con el problema para los que la violencia empieza a ser alarmante.

¿Quién tiene razón? Ha hecho falta de Jokin se suicidara para que en España se empezara a hablar de violencia en las aulas y de “bullying”. ¿Se tendrá que suicidar algún profesor para que se reconozca la naturaleza del problema? Por el momento, las cifras de bajas laborales por depresión que registra el cuerpo de profesores, resultan absolutamente insoportables y es el mejor síntoma de que algo no funciona. Así pues, nosotros tenemos tendencia a tomar por zafia y mentirosa la “verdad oficial” y por ajustada a los hechos, la versión dada por buena parte del profesorado.

Unos cuantos ejemplos, tomados al azar, servirán para entender la naturaleza del problema e intuir su alcance (no hay que olvidar que no existen estadísticas sobre violencia contra el profesorado, como si el ministerio y las consejerías autonómicas se negaran a tener datos para reconocer el problema). Así empezó todo:

-          Enero 1996: Se reconoce que la disciplina es una grave problema escolar para el 72% de los profesores españoles.

-          Marzo 1996: Un profesor de Formación Profesional de Barcelona es hospitalizado por la agresión de un grupo de sus alumnos.

-          Febrero 1997: profesores de 10 institutos del Vallés (BCN) piden normativa para proteger su integridad física. La Consellería descalifica a estos docentes.

-          Mayo 1997: En el IES Torre Roja (Viladecans) una chica de 15 años da una paliza a una profesora que había suspendido a su hermano y apuñala a un alumno.

-          Mayo 1997: El claustro del IES Ramón Casas (Palau de Plegamans) denuncia las amenazas de que son objeto por parte de familiares de alumnos.

-          Junio 1997: Profesores andaluces denuncian agresiones por parte de alumnos. En Catalunya se reconocen 27 casos de agresiones a profesores en ese curso.

-          Agosto 1997: El Ministerio de Educación reconoce que uno de cada cinco profesores sufre angustia y estrés como causa de baja laboral. El 54% de encuestados afirmó haber vivido situaciones de violencia.

Todos estos episodios ocurrieron hace 10 años. Era evidente que estaba surgiendo un problema nuevo que fue advertido inmediatamente por los profesores. Nadie actuó en consecuencia. Hoy, el problema está enquistado y ha alcanzado una dimensión que imposibilita el funcionamiento del sistema educativo en algunas zonas.

En esa época, muchos lo pensaban, pero nadie se atrevía a decir en voz alta cuál era la solución:

-          La reimplantación de la disciplina en las aulas y

-          El aislamiento de los alumnos conflictivos en centros especiales.

Aún hoy, existe unanimidad en torno a la primera solución, pero no así en relación a la segunda. El problema es que, hoy la disciplina está tan absolutamente deteriorada que resulta muy difícil reimplantarla. Por otra parte, hay que tener en cuenta que parte de los padres que envían a sus hijos a escuela, ya creció entre 1980 y 1990 en pleno desmoronamiento de la disciplina en las aulas. De ahí que sean los primeros en reaccionar violentamente cuando algún profesor les cuenta que su hijito bienamado es una mala bestia mucho más digna de ser enjaulada que de participar de la comunidad escolar. Estamos ante un mal acumulativo.

La historia de Jaimito

El “legislador” ha establecido leyes extremadamente proteccionistas para los escolares. En cierto sentido estás de suerte. Ningún profesor podrá darte una colleja –a mi me las dieron profesores a los que aprecié mucho y por los que guardo un recuerdo imborrable; una colleja, a veces, espabila– y estas protegido completamente en tu integridad física. Ningún profesor podrá tomar medidas disciplinarias contra ti si no es tras un “proceso” abierto por la comunidad escolar en el que participarán padres, alumnos, profesores y autoridades departamentales. Pero hay algo que falla en este sistema proteccionista: la eficacia.

Vamos a ver un caso habitual:

Jaimito es un alumno insoportable. No se está quieto e impide el normal desarrollo de las clases. Molesta y distrae a todos. Para colmo, sus notas son una catástrofe y el chaval anda colocado buena parte del día. Snifa goma, fuma porros a destajo, sin olvidar que se pone ciego de cerveza. Dentro de clase es una pesadilla. La solución más simple es: si dentro de clase hace imposible las explicaciones del profesor, lo más sensato es expulsarlo. Luego, se trata de llamar a sus padres y exponer la situación, exigiendo de ellos un compromiso firme para que Jaimito deje de ser un personaje insoportable.

Puede ocurrir que sus padres no vean el problema. Jaimito es “libre”, por tanto, “hace lo que quiere y aquí no hay nadie con pelotillas suficientes para decirle a mi hijo lo que debe o no debe hacer…”. O puede ocurrir que los padres de Jaimito comprendan la situación pero, por diversos motivos, no estén en condiciones de hacer nada. En ese caso, la solución es también simple: Jaimito debería de ser llevado de un colegio “normal” a uno “especializado” en tratamiento de niños conflictivos. Si, eso es segregarle, pero solamente hay dos opciones:

-          O Jaimito sigue haciendo la vida imposible a sus compañeros y su ejemplo se extiende,

-          O la comunidad escolar debe protegerse de individuos como Jaimito, proporcionándole una atención personalizada a sus rasgos y a su carácter.

La primera solución parece rechazable. Quizás a Jaimito no le guste ser segregado… pero si no quiere serlo –y se le pueden dar cierto número de ocasiones de rectificar– debe dejar de ser un estudiante conflictivo. Es la segunda opción la lógica, razonable y correcta… pues bien, esta es la solución excluida de nuestro ordenamiento educativo.

Expulsar a alguien de clase está prohibido. Si el profesor lo envía al pasillo, el estudiante puede demandarlo por incumplimiento de la legislación educativa. Y, para colmo, si estando en el pasillo, se torciera un tobillo, el profesor sería procesado y condenado.

Así pues, el caso de Jaimito debería ser remitido al jefe de estudios y sus padres recibirían por correo la comunicación de que su hijo había sido amonestado por cometer una “falta leve”. Aquí, en principio, todas las faltas son “leves”. Así que esta amonestación no disuade a Jaimito y al cabo de pocos días hace una gamberrada mucho mayor. Quizás destruya bienes del colegio, o insulte a su profesor o intente agredirlo físicamente. Si hace cinco gamberradas de estas, la falta “leve” pasa a ser “grave”. El director puede expulsarle de 3 a 5 días. Mal asunto. La expulsión no le servirá para nada, sino para confirmarle en su afán de protagonismo. Total, un mal estudiante como él, no ve el más mínimo problema en ser expulsado. En el fondo, le gusta. Así que, de regreso, arremete contra un alumno. Pero, cuando cree que lo van a volver a expulsar, resulta que ahora le abren “expediente disciplinario”. Deberá compadecer ante el “Consejo Escolar” (dirección, más representantes de profesores, alumnos y padres). Pasarán meses antes de que tenga lugar la “vista”, se nombre al “juez instructor”, éste hable con todos los implicados y decida la sanción. Lo más probable es que, para entonces, el curso haya acabado…

Cuando esto ocurría, Jaimito tenía 15 años. Nunca supo que la escuela le podía servir para algo. Completó el ciclo obligatorio y nunca más se le volvió a ver en una escuela. Año y medio después, Jaimito, empezó a ser detenido regularmente por la policía. Fumaba porros en familia y uno de sus cuñados le introdujo en la heroína. Hay dos finales para esta historia. El primero es el que se daría hoy: Jaimito se mata de sobredosis o aparece muerto en una reyerta por cuestiones de impagos de droga. El segundo es el que hubiera podido darse si el sistema educativo estuviera configurado de otra manera.

El primer día que Jaimito mostró su voluntad de impedir el normal desarrollo de las clases y se configuró como problema, la dirección del centro habló con sus padres: se le dio otra oportunidad, si fallaba, a la próxima vez que continuara creando conflictos, se pedía a los padres autorización para llevarlo a un centro para “jóvenes problemáticos”. Si los padres aceptaban, Jaimito podría recibir una educación destinada a su personalidad conflictiva. En caso de que no aceptasen, se les advertiría que al tercer fallo, sería expulsado del centro, recordándoles la obligación de que se preocuparan por darle una educación obligatoria. Más no puede hacerse. Todos debemos poner algo de nuestra parte: sabemos cuál es el papel de los profesores, pero los padres también tienen que colaborar en la educación de sus hijos y estos deben de esforzarse en evitar ser fuente de conflictos.

¿Cuál es el perfil del estudiante que arremete a sus profesores?

En España tenemos diez años a la espalda, de violencia contra el profesorado y todavía no se ha realizado un estudio concluyente sobre agredidos y agresores.

En principio las características de los agresores no son coincidentes.

-          No está claro que sean mayoritariamente varones, se han dado muchos casos en los que chicas han reaccionado ante la observación de un profesor con una violencia inusitada.

-          Tampoco está claro si son profesores o profesoras los objetos de la agresión, si bien parece que en el caso de profesoras existe cierta tendencia a la agresión psicológica o física de naturaleza sexual.

-          No siempre los agresores son hijos de familias desestructuradas y con una baja o bajísima cualificación cultural. Son mayoría, pero también existen casos de hijos de familias acomodadas cuyos padres no les han prestado demasiada atención.

-          El número de inmigrantes implicados en este tipo de agresiones es muy superior a su porcentaje en la sociedad.

-          Los agresores ignoran el sentido de valores como “disciplina”, “autocontrol”, “responsabilidad” o “comprensión”. Se trata de individuos egocéntricos, con una fuerte componente agresiva.  

¿Tienes solución el problema de la violencia contra los profesores?

No estamos muy seguros. Todo depende de dos factores muy importantes:

-          La “voluntad política” que el gobierno de turno debe manifestar mediante la aplicación de reformas legislativas y

-          La posición de la comunidad escolar (dirección, profesores, alumnos, familiares).

Si no hay voluntad política, la comunidad escolar debe reaccionar. Su reacción será insuficiente, pero es posible, que, al menos sirva para evitar la parálisis del poder político y le induzca a tomar medidas.

Medidas, ¿qué medidas?

Hay una serie de medidas sin las cuales es absolutamente imposible pensar que el problema se sosegará primero y se resolverá después. Estas medidas imprescindibles son:

-          Restablecimiento de la disciplina en las aulas: cuando algunos elementos no aceptan libremente la disciplina y optan por la vía del gamberrismo, el sistema educativo no debe ser tímido a la hora de buscar drásticamente el bienestar general aplicando la disciplina obligatoria para restablecer la normalidad.

-          Restablecimiento del principio de autoridad: el principio de autoridad en las aulas se basa en la posición del profesor como transmisor del conocimiento y del saber y, en tanto que tal dispone de la capacidad para juzgar y aplicar las mejores condiciones posibles para el normal desarrollo de las clases.

-          Restablecimiento del principio de jerarquía: el profesor tiene prioridad sobre el alumno a la hora de establecer normas para asistir a las clases. El alumno, en tanto que receptor de los conocimientos del profesor se sitúa en un grado jerárquico inferior a éste.

-          Reconocer el principio de preparación, confianza y eficacia al profesorado: el profesorado ha sido preparado para afrontar crisis en el proceso educativo. Cuando los padres confían la educación de sus hijos al colegio, aceptan la competencia de los profesores. La educación se basa en la confianza:

o        Confianza de los padres en que los profesores son competentes para educar a sus hijos.

o        Confianza de los padres en que las iniciativas de los profesores son adecuadas para la educación de los hijos.

o        Confianza de los padres en la capacidad de los profesores para responder adecuadamente a los desafíos de la enseñanza.

-          Posibilidad de que el profesor aplique sanciones y castigos inmediatos: esta confianza hace que a pesar de que la “comunidad educativa” esté formada por padres, alumnos, profesorado y dirección, la parte fundamental del proceso corresponda al profesorado y, por tanto, sea a él a quien corresponde decidir las sanciones necesarias para el mantenimiento de la disciplina y la eficacia educativa.

-          Creación de centros de estudios adaptados para alumnos problemáticos: No se puede premiar la indisciplina, la falta de educación y la irresponsabilidad, ni todo esto puede afectar al reto de alumnos. Se debe procurar corregir y atenuar. Pero ese proceso no puede convertirse en un castigo para los alumnos más predispuestos a aceptar el sistema educativo. El modelo educativo para alumnos predispuestos no puede ser el mismo que el destinado a los alumnos hostiles.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

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