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Infokrisis.- Dos películas -"El asesinato de Richard Nixon" y "Factotum"- ponen el dedo en la llaga sobre el gran drama de la América moderna: ser blanco y pobre en la tierra de los yuppies y de las minorías subsidiadas. Dos películas depresivas para un período decadente en la historia de los EEUU. Ni siquiera "X-men 2" y su "legión de superhéroes" logra evitar que el cine americano sea un reflejo de su triste realidad.

 

No podemos afirmar que ni “El asesinato de Richard Nixon”, ni “Factotum”, sean dos grandes películas, pero sí entran dentro de lo que desde hace unas décadas en Francia se llama el “cine verita”, esto es, un tipo de películas que demuestran la realidad social de un momento concreto de civilización. Si queremos conocer algo de los EEUU debemos necesariamente ver con detenimiento estos dos filmes.

Ambos tienen como denominador común que su éxito se basa en dos actores famosos –Sean Penn y Matt Dillon- que actúan a modo de clave de bóveda de toda la película. Se trata en ambos casos de dos actores experimentados y brillantes, sin los cuales estas dos películas hubieran tenido un resultado mucho más modesto.

Los inevitables referentes

Tras las primeras escenas de “El asesinato de Richard Nixon”, resulta inevitable compararla con “Un día de furia” y, en menor medida, con “Taxi Driver”. Y en cuanto a “Factotum”, también podríamos encontrar referencias anteriores en el cine americano de los setenta. Ahora bien, los tiempos han cambiado y las situaciones ya no son las mismas.

El vendedor de neumáticos judío, travestido de vendedor de mobiliario de oficina, está muy lejos del diseñador de misiles balísticos que era el protagonista de “Un día de furia”. Similar es su situación familiar (ambos son divorciados y con hijos), similar su falta de autocontrol (ambos sienten una presión del entorno que no están en condiciones de digerir) y, finalmente, su destino es muy parecido (ambos, en el fondo, se ven con armas en las manos y emprenden una aventura destinada, inevitablemente, al fracaso.

“Un día de furia” se estrenaba en 1992 y reflejaba la situación de una parte de la clase media blanca norteamericana arrojada al paro a causa del fin de la Guerra Fría. Ya no había tensión internacional, Fukuyama había sentenciado que la historia estaba por concluir y nadie precisaba de un diseñador de mísiles intercontinentales. El protagonista de aquella memorable película solamente tenía por delante el seguro de paro y luego la asistencia social en una América cambiante que ya estaba en manos de bandas de delincuentes, inmigrantes que eran incapaces de pronunciar unas cuantas frases en inglés, o criminales recorriendo las calles armados hasta los dientes. El tránsito del protagonista por la ciudad evocaba, quizás deliberadamente, al ascenso del Mekong realizado por el protagonista de “Apocalipse Now”. En ambas películas el paisaje va cambiando, se va haciendo progresivamente más hostil hasta que, finalmente, ocurre, en el límite, la tragedia. En cambio, en “El asesinato de Richard Nixon”, el paisaje no cambia, es monocorde y gris: una tienda de mobiliario de oficina, un par de apartamentos modestos, el destartalado taller de un mecánico negro…, poco más.

El sentido de la justicia de Saul Vik le convierte en un hombre inaprovechable para el sistema. Mal asunto, porque cuando evidencia que no hay lugar en el sistema para él, inicia un viaje interior hacia la locura, similar al de los protagonistas de “Apocalipse” y “Un día de furia”.

En cuanto a Matt Dillon y a su personaje, “Richard Chinaski”, la situación no es muy diferente. Escritor bohemio y alcoholizado, su peripecia por distintos trabajos, cada vez más miserables y grotescos, termina acentuando su proceso de desintegración interior.

El vendedor de muebles de oficina (antes de neumáticos) y el escritor alcoholizado se ven implicados en un mundo que cada vez comprenden menos y que les hurta un lugar en el sueño americano. En un momento dado de “El asesinato de Richard Nixon”, el protagonista escribe a Leonard Bernstein y se lamenta: “Solamente quiero un pedazo del sueño americano”. Y al iniciar su loca peripecia de atentar contra Nixon había iniciado su reflexión con estas palabras: “Me llamo Saul Vik y soy un grano de arena”… El Richard Chinaski de “Factotum” repite frases de análogo dramatismo y simplicidad.

Saul Vik es, en el fondo, un remedo del protagonista de “Taxi Driver”: ambos, en su desesperación e inadaptación, están dispuestos a hacer algo traumático. Matar a unos macarras que explotan a una prostituta adolescente o bien asesinar al político que retienen como responsable de sus desgracias: Nixon.

La América de los perdedores

Los EEUU están en crisis. Solamente de tiempos de crisis pueden surgir dos películas como éstas. Hace solo veinte años, cuando los yuppies de Wallstreet compraban y vendían empresas, hacían y deshacían consorcios, realizaban operaciones de bolsa incomprensibles bajos los efectos de la cocaína, era posible filmar películas que giraran en torno a blancos anglosajones triunfadores. Pero esa euforia de los años 80 se disipó a lo largo de los 90. Los yuppies tuvieron que vender sus espectaculares lofts en Greenwich Village o en Manhattan, se encontraron bruscamente arrojados al paro y, finalmente, debieron vivir junto con miles y miles de sin techo. Luego volvieron a alzar la cabeza, pero nunca más fueron los de antes. Muchas de las películas de aquella época describían su vida: en el fondo “Pretty Woman” no era más que un cuento de hadas protagonizado por un yuppie y una zorrilla remilgada; quince años después irrumpieron películas mucho menos condescendientes con los yuppies, la última de las cuales, “American Psicho”, demuestra sin duda hasta qué punto la podredumbre y las psicopatías habitan en el interior de los rascacielos de oficinas. Los tiempos han cambiado.

El protagonista de “Un día de furia” era un técnico en paro, el de “Factotum” y “El asesinato de Richard Nixon” son dos blancos pobres. En América (y ya también en nuestro país) no hay nada peor que ser blanco y pobre. Sea usted negro pobre y encontrará decenas de asociaciones humanitarias capaces de ayudarle en sus necesidades. Los programas gubernamentales norteamericanos están elaborados para minorías sociales, no para blancos. La asistencia social se ha diseñado para prestar ayuda a afroamericanos, chicanos o nativos de las reservas, no para anglosajones ni, mucho menos, para descendientes de europeos. Es el drama de nuestros dos protagonistas.

Sean Penn, alias “Saul Vik”, no pide otra cosa que un pedazo del sueño americano y Matt Dillon, alias “Richard Chinasky”, solo quiere llegar a las últimas conclusiones de la “ideología americana”: soy libre para hacer lo que quiera, incluso para ahogarme en un vaso de whisky y, ni el Estado ni el patrón, pueden impedirme hacer lo que me dé la gana. La diferencia entre ambos personajes radica en que, mientras el alcohol ha desbaratado completamente el cerebro de Chinasky, ese mismo efecto ha sido causado por las frustraciones de Saul Vik: su divorcio y su miserable trabajo en una mezquina empresa de mobiliario de oficina. El primero cada vez ahoga más sus penas en el alcohol, mientras que el segundo metaboliza sus frustraciones en una loca lucha “contra el sistema”.

Ambos personajes –como el protagonista de “Taxi Driver” o el de “El día de furia”- son fracasados en una América excepcionalmente hostil hacia quienes no han logrado el reconocimiento social y el millón de dólares antes de cumplir los 30 años. La industria del cine no hace películas para minorías, ni muestra modelos minoritarios: el modelo del fracasado es el mayoritario en la América del siglo XXI, como lo fue el yuppie sofisticado en los años ochenta.

Las dos películas, “Factotum” y “El asesinato de Richard Nixon”, son, en definitiva, el reflejo de la América globalizada: unos pocos lo acaparan todo, los más no tienen nada. Un sistema así es absolutamente inviable y tiene como perspectiva final la guerra social. Esa guerra la desatan los dos protagonistas por su cuenta: Chinasky pasando completamente de los empresarios que le contratan y haciéndose despedir después de haber sido el peor empleado que, sin duda, han tenido; Saul Vik adopta una tosca “conciencia política”: el “mal” es el “sistema” y el “sistema” es Richard Nixon.

En su estupidez se le ocurre visitar el cuartel general de los “Black Panthers” para unirse a su lucha y proponerles un plan “genial”: dado que él es blanco, la opresión de los negros es solamente una parte del problema; también los blancos resultan oprimidos, por tanto, propone crear un nuevo movimiento “Los Cebras”: blancos y negros juntos defendiendo sus derechos civiles. Luego se le ocurre secuestrar un avión y estrellarlo contra la Casa Blanca, prefigurando los autoatentados del 11-S.

Por distintos motivos la película está desubicada de la actualidad y la acción se sitúa en 1974. No es por casualidad. En esa época los EEUU vivían su gran crisis nacional: la retirada de Vietnam estaba estancada y en su peor momento, había estallado el Caso Watergate, la tercera guerra árabe-israelí había provocado la primera gran crisis del petróleo y los EEUU vivían un momento de paro y desaceleración industrial. Pues bien, toda aquella situación es poco, comparada con la actual. Algunos, entonces, mantenían las esperanzas de poder encontrar trabajo en breve (la famosa movilidad laboral americana). Hoy eso ya no existe. La globalización es el elemento nuevo que se ha sumado a los otros (la redoblada crisis del petróleo, el empantanamiento en Irak, la deslocalización empresarial, las oleadas de chicanos, etc.).

El americano blanco pobre se siente como un grano de arena, un átomo invisible perdido entre otros doscientos millones de átomos similares. Solamente una acción espectacular –matar a Nixon, por ejemplo- puede contribuir a dar un brusco salto a la fama y, consiguientemente, reivindicarse ante el jefe, ante la ex-esposa o ante el banco que acaba de negarte un crédito.

Pero el perdedor siempre es perdedor. El hábil maquillador ha dado a Dillon las tonalidades de un alcoholizado, el atrezzo de la habitación en la que vive con su amante es de un desorden absoluto propio del alcoholizado; por su parte, un maduro Sean Penn con bigotillo asume el papel de pobre diablo al que ni los cursos de autoayuda de Dale Carnagie pueden ayudar a salir de su absoluta mediocridad. Dillon-Chinasky logra que, finalmente, la revista “Black Sparrow” publique uno de sus relatos… pero cuando esto ocurre, él ya ha cambiado de domicilio y jamás recibirá la carta en la que se lo comunican. Penn-Vik morirá en el curso de su loco e irracional atentado.

Esto es América…

Hubo un tiempo en el que América era la tierra de las oportunidades. Ya desde que se compuso “West Side Store” quedaba claro que para algunos inmigrantes, portorriqueños en aquel caso, América no era la tierra de las oportunidades sino del subempleo, la marginación y las peleas entre bandas étnicas. Esos portorriqueños tenían delante suyo a otras bandas que tenían los mismos problemas. Sólo que estos eran blancos, anglosajones y europeos. Desde entonces (años cincuenta) ha llovido mucho. La América que nos muestra el buen cine americano es una América en crisis.

Está claro que existe otro cine americano que nos muestra universidades y colegios en los que la única preocupación es como tirarse a la chata de turno o de qué manera huir de las novatadas o realizarlas sin piedad. Esa es la América fatua, inconsciente, infantiloide y analfabestia. La otra es la América en crisis que se evidencia, tanto con estas dos películas que hemos visionado ayer y anteayer, como en otras películas de tipo “X-men III”. A este respecto, es saludable que América se vea a sí misma como poblada por mutantes. Hay algo de cierto en todo ello. Lo que ocurre es que esos fabulosos mutantes –como Superman, por cierto- tienen unos poderes “sobrehumanos” que apenas son otra cosa que las fantasías onanistas de pobres diablos. Los “superhéroes” no son otra cosa que la sublimación de todas las impotencias; creación de modelos artificiosos y artificiales para gentes que sueñan con poder arrojar fuego con las manos, tener visión de rayos X o volar, cuando en realidad ni conocen el calor humano, ni ven más allá de sus narices, ni siquiera son capaces de dejar volar su espíritu, entre otras cosas, porque ni siquiera saben que tienen un espíritu.

Las tres últimas películas norteamericanas que hemos visto (“X-men III” el martes, “Factotum” el miércoles y “El asesinato de Richard Nixon” el jueves), son distintos productos elaborados por una civilización en crisis y sin esperanzas. Es significativo que los mutantes sean mayoritariamente anglosajones y sólo un par sean negros o amarillos. Tres productos orientados hacia el blanco pobre, nueva clase social desfavorecida en un mundo globalizado, clase para la que el sueño americano está cerrado a cal y canto.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 18.08.06

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