20060815170117-brujula8.jpg

Infokrisis.- En esta segunda entrega insistimos en el fin de la era del petróleo barato y en la crisis energética que se inició hace dos años. A diferencia de las anteriores crisis, esta no es coyuntural, sino mucho más profunda. En este contexto, el eje eurosiberiano se presenta como una urgencia y una garantía para el destino de Europa.

 

I. Las cifras del consumo petrolero y las reservas

Hoy nos enfrentamos a un doble problema en materia energética: las cifras del consumo han subido mucho más de lo esperado, especialmente a partir de la incorporación de China el pelotón de países desarrollados y, por otra parte, desde hace décadas algunos estados productores de petróleo nos han ido mintiendo sobre la verdadera cuantía de sus reservas. Desde el año 2000 los precios del petróleo han experimentado un constante aumento.

Si hasta el año 2000 se tenía la seguridad de que por cada barril de petróleo consumido se encontraban nuevos yacimientos, a partir de esa fecha la desaparición del petróleo por el consumo ya no se ha repuesto a través de nuevas prospecciones. En los próximos 20 años, la demanda mundial de energía aumentará un 50%, 60% la de petróleo y 67% la de gas natural. No hay ninguna duda: en la actualidad, las necesidades energéticas del planeta están por encima del umbral de explotación de los recursos naturales.

Los países productores de petróleo, en buena medida, son “unidimensionales”: sus economías dependen, sobre todo, de la extracción de crudo. El crudo es un recurso finito: la prosperidad les durará tanto como puedan seguir bombeando petróleo. Así pues, el precio del crudo, hoy, no es tanto el producto del “mercado” sino del chantaje de los países productores.

El paradigma de estos países es Arabia Saudí y, por extensión, los países árabes. Gracias al petróleo, no ha sido tan evidente para los países árabes su fracaso absoluto al penetrar en la modernidad y su incapacidad para adaptarse a los nuevos ritmos culturales y sociales. El crudo ha hecho entrar en esos países riadas de petrodólares y les ha permitido actuar con un aire de suficiencia y superioridad ante el mundo. Pero, ni aún así, es posible negar el fracaso del mundo árabe. Arabia Saudí, como la mayoría de países árabes, tiene una media de edad de 25 años pero, en 1995, la renta per cápita era de 17.000 dólares… hoy es de 7.000. Es imposible olvidar el hecho, sociológicamente cierto, de que cuando existe una población mayoritariamente joven y sin recursos se está a las puertas de un levantamiento social. En los países árabes el motor ideológico de ese levantamiento es el fundamentalismo religioso.

Ni las reservas del Cáucaso (que durante un tiempo se creyeron superiores), ni las de Arabia Saudí (extremadamente exageradas), ni las de Alaska (que apenas satisfarán la demanda norteamericana), ni las de África Occidental (en buena medida situadas bajo plataformas petroleras y a gran profundidad), pueden paliar el choque con la realidad: nos enfrentamos a la escasez de petróleo, la era del petróleo barato ha concluido; a partir de ahora, el petróleo no estará al alcance de todos, sino solamente de los que tengan dinero suficiente para pagarlo.

II. El fin de la era del “petróleo barato”

En marzo de 2001, el presidente Bush anunció: “EEUU padece una crisis energética”. A partir de esa constatación, la política mundial pareció acelerarse: se produjeron los extraños ataques del 11-S, los no menos extraños atentados de Casablanca, la irrupción de Al Qaeda en Arabia Saudí, etc. Lo que está claro es que los EEUU han hecho en solitario lo que otros países no están dispuestos a hacer o se niegan a hacer: estar allí, presentes, donde haya un solo pozo de petróleo bombeando crudo.

Podemos establecer, sin lugar a dudas, que las grandes crisis políticas del momento presente son CRISIS DEL PETRÓLEO y están promovidas por la estrategia norteamericana de considerar el suministro energético como materia de seguridad nacional, tal como estableció la “doctrina Carter”. Las guerras actuales, incluidas la de Irak y Afganistán, son guerras del petróleo. Cualquiera que diga otra cosa miente y pretende engañar.

III. El petróleo y el gas ruso. ¿Joint-venture o alianza estratégica?

Europa es deficitaria en petróleo y en gas natural. Es precisamente en el ámbito europeo (junto al japonés), en el que más énfasis se ha puesto en la búsqueda de energías alternativas. Pero la energía solar y la energía eólica no pueden ser utilizadas en automoción, y las esperanzas puestas en que así fuera, están hoy completamente disipadas. La producción de etanol y de biodiesel, que tan buenos resultados ha dado en Brasil, está hoy muy retrasada en Europa y apenas alcanza el 1%. Los esfuerzos para que se sitúe en el 5% en los próximos años parecen débiles y, por lo demás, con esto ni siquiera bastaría para abastecer al mercado europeo, ni mucho menos haría que el precio del combustible descendiese, sino solamente tendería a asegurar el suministro, pero a alto coste.

Así pues, Europa no solamente no es autosuficiente en materia de energía, sino que el suministro en los próximos años parece problemático. El gas natural que se bombea de Argelia hacia la Europa Mediterránea es apenas un hilo débil y quebradizo que cualquier grupo terrorista puede interrumpir. El petróleo del mar del Norte está disminuyendo. Solamente la explotación de pizarras bituminosas en algunas zonas de Polonia puede compensar el descenso de reservas, a condición, naturalmente, de deshacerse de los prejuicios ecologistas y asumir que su obtención es altamente contaminante. Y si Europa logra liberarse de este prejuicio, por supuesto, no habrá obstáculo para resolver parte del problema mediante la energía nuclear.

El calentamiento global del planeta, asumido en las cumbres de Río (1992) y de Kyoto (1997), parece haber sido el resultado de 150 años de industrialización y desarrollo. Existen pocas dudas sobre la responsabilidad de las emisiones de dióxido de carbono en el cambio climático. Pero el drama actual de la Humanidad estriba en que, en las actuales circunstancias, desde todo punto de vista, no puede producirse un “parón energético” a riesgo de generar un caos mundial. Si los ecologistas tienen razón, las emisiones de CO2 a la atmósfera están generando un efecto invernadero del que derivará, casi inevitablemente, un calentamiento global del planeta que, finalmente, precipitará una nueva era glaciar en algunas zonas. Parece lógico “hacer alto”. Pero el problema radica en que, con el nivel de conocimientos actuales, las soluciones son pocas y limitadas: las energías no contaminantes no pueden aplicarse en todos los casos, y tienen tendencia a ser caras. Ciertamente, la energía solar es “gratis”, pero no su obtención. Y lo mismo cabe decir de la eólica. En cuanto a la de fisión, es relativamente peligrosa; y la de fusión todavía está lejos. Llamar a evitar el despilfarro energético es una posibilidad, pero no excesivamente segura. Y en cuanto al parón, puede suponer el fin de la Humanidad o poco menos. Así pues, hay pocas salidas.

La triste realidad es que la actual crisis energética es “la de verdad”. Comparada con las anteriores, éstas han sido un juego de niños. Es ahora cuando tiene verdadera importancia, en tanto que es irreversible.

Pero vale la pena plantearse algunas medidas de carácter político. La primera de todas tiene que ver con la toma de conciencia del problema: estamos hablando de crisis energética, no de una bagatela; y vale la pena que Europa Occidental se la tome en serio porque de ello depende el futuro de los europeos. Hasta ahora, este problema ha estado ausente como elemento central del programa de los grandes partidos políticos europeos, sin duda para no alarmar a la opinión pública, pero también porque la clase política europea cuida más su imagen que de su preparación intelectual y técnica.

Si hemos tomado conciencia del problema, la segunda medida es buscar alianzas. Las alianzas preferenciales son mucho más aconsejables que las guerras abiertas de conquista, algo que en Washington no han terminado de asumir, quizás por el infantilismo y el primitivismo de la sociedad norteamericana. Las alianzas internacionales no son gratuitas, son, inevitablemente, un “do ut des” (yo te doy, tú me das). No puede ser de otra forma. Las alianzas internacionales no pueden estar soportadas en el vacío o en principios “ideológicos”, sino en realidades operativas.

En este sentido, existe una complementariedad de intereses entre Rusia y la UE. Rusia tiene el petróleo que a la UE le falta y, por el contrario, la UE tiene el capital para modernizar las explotaciones. En la anterior entrega de este estudio aludíamos a conceptos geopolíticos, ahora estamos aludiendo a algo mucho más prosaico: una “joint-venture” entre Rusia y Europa.

Ahora bien, esa “joint-venture” puede basarse en un mero pragmatismo comercial, o bien en una línea estratégica de mucho mayor calado. Por eso iniciábamos este estudio definiendo el “espacio euroasiático” y la necesidad de un “eje eurosiberiano”. Si se tratara sólo de un mero pragmatismo comercial habría que reconocer que el gas natural argelino está más próximo que el siberiano y que, probablemente, las economías europeas estén a medio plazo en mejor disposición que los EEUU para pujar por el petróleo, incluso venezolano o africano. Pero ésta no es la cuestión: la cuestión es que dada la interrelación entre petróleo y política internacional, solamente el establecimiento de alianzas políticas duraderas y de gran calado puede evitar la esporádica aparición de fricciones y conflictos en amplias zonas del planeta.

El eje eurosiberiano puede ser autosuficiente en materia energética, tecnológica, cultural y militar. Es, por tanto, un centro de poder internacional de primera magnitud.

Próxima entrega: IV. De Europa a Rusia. El eje eurosiberiano.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 14.08.06 

 

Comentarios  Ir a formulario