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Inforisis.- Ayer comentábamos una película argentina, hoy le toca a otra neozelandesa cuyo argumento se basa en la biografía de una gloria local: el motorista Burt Munro que batió el record de velocidad para motos en 1967 en el Cirtuido de Boneville, record que todavía permanece imbatido. Pero este biopic difunde algo pmás preciso: valores. Valores, por lo demás, arqueofuturistas. Un biopic llegado de la tierra del kiwi.

Infokrisis.- Ayer comentábamos una película argentina, hoy toca a otra neozelandesa, la biografía de una gloria local: el motorista Burt Munro que batió el record de velocidad para motos en 1967 en el Circuito de Boneville, record aún imbatido. Pero este biopic difunde algo precioso: valores. Valores, por lo demás, arqueofuturistas. Un biopic que llega de la tierra del kiwi.

Del país de los kiwis a las pantallas

Nueva Zelanda es el país de los kiwis, pero no sabíamos que allí se hace buen cine. De hecho, lo más aproximado que solemos recordar es el cine australiano que, a partir de “Cocodrilo Dundee”, se ha podido hacer con una pequeña cuota del mercado cinematográfico mundial. De Nueva Zelanda se sabe que exporta kiwis y poco más. Hasta ahora ignorábamos la existencia de una digna industria cinematográfica local, pero así es.

Esta película “Burt Munro: un sueño, una leyenda”, va a ser, sin duda, la película que catapulte al cine neozelandés a los mercados mundiales. De Burt Munro solamente se acuerdan los neozelandeses y los motoristas empedernidos como el que suscribe. La película nos cuenta la historia de una gloria local, un abuelo de más de 70 años que batió el récord mundial de velocidad para motos de menos de 1000 cc. en 1967, alcanzando los 334 km/hora en el circuito de Boneville. El récord permanece aún imbatible.

Lo más sorprendente es que Munro no estaba esponsorizado por ninguna multinacional, ni se benefició de subvenciones gubernamentales, más allá de su salario de jubilado. Munro disponía del chasis de una vieja moto Indian de los años veinte que modificó y convirtió en un verdadero cohete. Ese “cohete” casi voló sobre la superficie de sal del circuito de Boneville. Aparentemente, esta película solamente debía satisfacer a neozelandeses y amantes de las motos, pero ha conseguido entretener a todos los que han comprado la entrada. Algo, casi sorprendente.

Seguramente, el valor de la película no se concentra solamente en la presencia de Anthony Hopkins asumiendo el papel de protagonista. Incluso el éxito de la película trasciende a la propia biografía de Munro, bastante sorprendente por lo demás. La fotografía es buena y, en ocasiones, brillante; los paisajes recorridos por Munro, desde su Nueva Zelanda natal hasta Boneville, suponen un contacto con la América profunda: una granjera otoñal, un indio piel roja, unos amantes de la velocidad… El éxito de la película se debe, fundamentalmente, al mensaje que transmite.

Un mensaje arqueofuturista

Munro se atreve a correr con los Ángeles del Infierno neozelandeses, no tiene inconveniente en vivir amores adolescentes con otras abuelas de su edad, carece de prejuicios y, sobre todo, es un hábil artesano de las dos ruedas y del motor. Parece que su tiempo haya pasado pues, no en vano, sus canas caen sobre su frente y a sus setenta años parece que haya dado de sí todo lo que se esperaba de él. Sin embargo, Munro es un adolescente, para él la vida sigue teniendo sentido hasta el último suspiro, sabe que antes o después va a morir –su próstata estaba hinchada y sus arterias coronarias averiadas- pero no se resignaba a la decadencia física. Era un joven con aspecto de anciano venerable.

Su pasión era la velocidad. Solamente la velocidad y nada más que la velocidad. En la moto la velocidad se experimenta a cara o cruz: cara, experimentas un placer único; cruz, mueres. Sobre la moto ocurren sensaciones extrañas cuando se superan determinados límites de velocidad, muy por encima de los prohibidos por la ley. A partir de los 130 el cerebro ya no puede dirigir la moto. Entre los 130 y 150 se experimenta una mezcla de necesidad y prudencia. Necesidad de ir hasta el límite de las posibilidades del motor, prudencia porque se tiene todavía la conciencia de que cualquier error puede causar un accidente que a esa velocidad es, inevitablemente, mortal. Si se tiene el valor de apretar el gas hasta el fondo, esas sensaciones se eclipsan. A más de 150 por hora la conciencia ordinaria ya no guía la moto –ya no puede guiarla- el motorista aparca su consciente y deja que algo mucho más profundo, instinto auténtico, dirija el bólido. Es como si un acto reflejo, situado más allá del pensamiento, estuviera al mando. En ese momento experimenta la sensación lúcida del “despertar”, una especie de embriaguez y de vacío, un “estado de alerta” en el cual nos sentimos plenamente “despiertos”. Burt Munro experimentó esta sensación y fue ella la que hizo de él un eterno adolescente.

El proceso que hemos descrito es muy simple: se puede experimentar tras años de meditación y concentración siguiendo técnicas tradicionales (desde el Zen hasta los sistemas cristianos de meditación), la mayoría de las cuales están en la órbita de lo que Evola y Guenon han llamado la “Vía de la Mano Derecha”, esto es, seguir una vía progresiva de ascesis y paulatina toma de control de la propia existencia. Pero Munro –y los que nos sentimos como él- preferimos la otra vía, la de la “Mano Izquierda”, en la cual todo consiste en convertir el veneno en remedio, aquello que puede matar se convierte en un camino de liberación.

Muchos hemos experimentado el éxtasis sobre la motocicleta, lanzados a endiabladas carreras de velocidad. Aún hoy, el que suscribe estas líneas ni siquiera se ha tomado la molestia de sacar el carnet de conducir vehículos de cuatro ruedas, juzgando que la verdadera experiencia de la velocidad solamente puede vivirse sobre dos ruedas y siempre a más de 150 por hora: 30 kilómetros más del límite permitido… En lo que a nosotros respecta, esperamos reventar sobre nuestra Suzuki 750 cuando toque. Al colocar unos cuantos cientos de caballos entre las piernas, no solamente se va más rápido. También es posible ir más arriba.

Todo esto pertenece al “archeos”. A lo antiguo y eterno: es la búsqueda de la dimensión más profunda del ser que puede alcanzarse a través de un rito religioso, de un sistema de meditación o de la embriaguez de la velocidad. Pero este tema también tiene su dimensión “futurista”.

El futurismo nace con el motor, dedica loas, glosas y alabanzas al motor, y ve en el motor el símbolo de la más extrema modernidad. Munro había nacido con el siglo. Munro vivió la época del futurismo; no es que fuera futurista, probablemente desde la lejana Nueva Zelanda nunca había oído hablar del futurismo. Pero las verdaderas teorías que valen la pena ser tomadas en consideración, o son las que han nacido con el sol y con la gravedad, que siempre han sido y siempre serán eternas por definición, o bien aquellas otras que surgen de lo más profundo del ser, casi como instintos que siempre han estado allí y que un día se descubren: el ser humano ama la velocidad desde que Mercurio, el “de los pies ligeros”, apareció en la mitología clásica. No en vano Mercurio es el dios de la sabiduría y de la tradición hermética.

Uno de los temas que esta encantadora película toca es, precisamente, el de la velocidad. La velocidad, tema futurista por excelencia. La velocidad nos ayuda a recordar que cada día puede ser nuestro último día y vivirlo con la intensidad con la que un condenado a muerte -¿somos otra cosa más que condenados inevitablemente a muerte?- apura su último cigarrillo.

Otro de los temas de fondo de la película es el de la aventura. ¿Qué somos si antes o después no hemos logrado vivir “nuestra” aventura? La “aventura” puede ser muy distinta para unos o para otros. La misma paternidad –dadas las circunstancias de nuestro momento de civilización- es, ya de por sí, una aventura. No importa cuándo la vivamos, lo que importa es que, verdaderamente, la deseemos. El sueño de Burt Munro fue, durante toda su vida, batir el record de velocidad, ¿por qué? Porque amaba la velocidad y estaba convencido de que debía vivir esa aventura. La aventura da sentido a la vida. Una vida sin aventura es una vida limitada, empequeñecida, coja. Hay muchas aventuras: la aventura intelectual también es una forma, o la aventura de los creadores del primer microchip, obsesionados por lograr la miniaturización de circuitos. ¿Qué es la aventura? Aquello que permite vivir intensamente, sin trabas, sin tiempos muertos, permanentemente dedicado a ella. En el fondo, este concepto de “aventura” no está tan alejado de la caballería medieval: la vida del caballero no era sino una permanente entrega a su “dama”. La aventura es, en definitiva, la renuncia a uno mismo, y la entrega a un ideal.

¿Cabe otro mensaje más nítidamente arqueofuturista que el transmitido por a lo largo de los 126 minutos de la película “Burt Munro: un sueño, una leyenda”? Su director y guionista, Roger Donaldson, merecen todos los parabienes, tanto como su protagonista, Hopkins y, por supuesto, Munro, allí donde se encuentre, seguramente durmiendo el sueño de los justos.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 14.08.06

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