El verdadero liderazgo político. Cómo reconocerlo (I)

Publicado: Viernes, 22 de Julio de 2005 12:02 por en VARIOS
sta.gifRedacción.- En los últimos tiempos hemos debido repetirlo en demasiadas ocasiones: el líderazgo se demuestra en la eficacia; no hay eficacia, luego no existe liderazgo que valga. El liderazgo se evidencia cuando la organización política avanza: nuevos , afiliados, nuevas delegaciones, nuevas campañas, nuevas cotas de poder político para la organización, flujo de recursos económicos, etc, Vale la pena, pues, definir el concepto de liderazgo y establecer los parámetros por los que debe discurrir.

La tarea del liderazgo

El líder es el que se sitúa al frente. Pero no es el único, ni todo puede depender de él. El líder no es más que el motor de la organización. Pero, como todo motor, quema “carburante” y genera un movimiento hacia delante; ese “carburante” es la doctrina-programa y los objetivos-estrategia. Si el líder cree que el “carburante” de su gestión, es la militancia, se equivoca. La militancia sigue al líder, avanza con él, a su mismo paso y, cuando el líder es tal, avanza a su ritmo. Cuando el líder “quema” a la militancia (y, por tanto, la considera objetivamente, como carburante) lo que está haciendo es inevitablemente alejarse de su doctrina y de la línea fijada por el congreso del partido.

El liderazgo tiene una tarea interior (de cara a la organización) y otra tarea exterior (su proyección sobre la sociedad). De cara al interior, el líder es el movilizador de la organización, el guía y el perfecto coordinador de la militancia a la que dirige en el cumplimiento de los objetivos fijados en los congresos del partido. De cara al exterior, el líder es, un faro para la sociedad y, junto con sus camaradas, la levadura de las masas. En ambos frentes, debe de alumbrar aquello que otros no ven, iluminar lo que está oscuro para la población o para la militancia.

Estos dos frentes se manifiestan en toda su actividad: el líder debe “tirar” de la organización, pero también de la sociedad. El “populismo”, nos fue definido hace años por alguien que se declaraba “populista”, como “dar la razón al pueblo y seguir al pueblo”… En absoluto, concebido así, el populismo, implica que la organización siga al “pueblo” como la vaca al toro. El líder debe tener envergadura suficiente como para rectificar y orientar las reacciones populares cuando haga falta, no basta con que intente decir justo mismo de lo que dicen las masas siempre y en todo lugar, sino que debe llevar a la población hacia las posiciones defendidas por el partido. Así mismo, el líder debe cuidar de no aceptar acríticamente las tendencia que vayan apareciendo en el interior de su organización, frecuentemente protagonizadas por militantes exaltados, con poca formación política, que, en su entusiasmo inconsciente, dan la espalda a las decisiones de los congresos.

Por una parte, el líder debe mantener equilibrios interior, por otra, debe asegurar avances exteriores. Una organización política, no es una formación militar en donde la obediencia es ciega y la disciplina absoluta. Una organización política, inevitablemente, alberga en su interior distintas tendencias y “sensibilidades”. La habilidad del líder consiste en equilibrarlas, intentar extraer de ellas lo más positivo, evitar los enfrentamientos internos y las luchas fraccionales y preocuparse, de que todas ellas respeten, acepten y trabajen para hacer viables las resoluciones de los congresos. Solamente, cuando alguna fracción se aparta de las resoluciones tomadas, en la estricta observación de la legalidad estatutaria, el líder debe intentar resolver el conflicto exterior (no ser el primero en excitarlo) y, si esta resolución es imposible, yugular la tendencia mediante la sanción que estatutariamente corresponda o la expulsión como ultima ratio, cuando cualquier otra solución es inevitable.

Cómo emerge el líder

El líder emerge de la sociedad por su voluntad de poder, evidenciada en cualquier situación. Tiene la necesidad vital de ponerse al frente de cualquier situación que entrañe la resolución de un conflicto, una protesta, una reivindicación, o simplemente la acción de un grupo de militantes.

Pero la sola voluntad de poder no sirve. Con demasiada frecuencia, la voluntad de poder enmascara solamente ambición, oportunismo, egocentrismo y megalomanía. Además de la voluntad de poder, el líder debe de demostrar que en el ejercicio de la misma es capaz de obtener éxitos, o como mínimo, salidas razonables. Existen situaciones en las que un jefe no puede llevar a sus hombres a la victoria porque no existen condiciones objetivas para ella, pero, sí al menos, puede evitar que la derrota sea total y definitiva y que el repliegue sea ordenado.

El líder es aquel que es capaz de llevar a los que están con él hacia el éxito. Y el éxito supone obtener avances reales, efectivos, indiscutibles y objetivos. Para un partido político, la única forma de evidenciar los avances es mediante la conquista de mayores espacios de poder político. Contra más se avanza, más poder político se gestiona. No basta, simplemente, un crecimiento numérico de una formación política, sino que es preciso que ésta aumente su poder político, su influencia sobre la sociedad, y que ésta se traduzca mediante la obtención de diputados, concejales, senadores, etc.

El líder y sus cualidades

Habilidad para el mando que es la cualidad mediante la cual:

1. Se encuentra a los militantes más capaces para ocupar tareas concretas. No a los más fieles, ni a los más amigos, sino a los más capaces. Así pues, el líder tiene una habilidad especial para valorar a los seres humanos. Es capaz de saber hasta dónde pueden llegar, y cuál es la función más concreta que pueden desarrollar. El mando no trata de concentrar funciones (eso sólo ocurre con los mandos inseguros e inestables), sino de situar a cada cuadro político al frente de la función ante la cual pueden rendir mejor.

2. Se realizan los análisis políticos más lúcidos y que suponen las más exactas proyecciones de futuro. El líder prevé y se adelanta a lo que puede ocurrir mañana, lo anuncia con anticipación a sus militantes y sabe que camino tomar para extraer la mayor rentabilidad política a las situaciones que van a producirse. El líder que no ve más allá de sus narices, que no analiza las coyunturas o que las analiza erróneamente, evidencia así su incapacidad para el liderazgo. Sus cualidades como estratega están siempre presentes.

3. Tiene siempre una respuesta ante cualquier situación. Allí donde otros no saben como responder a situaciones nuevas, el líder siempre tiene respuestas, dispone de salidas que resultan invisibles para otros. No hace falta que otros se la dicten, él las ve antes que nadie. El líder une a su capacidad de mando, sus cualidades como táctico.

4. Entiende, asume y asimila los sanos reflejos populares. Un líder alejado de las masas, que no vive o no entiende los problemas de estas, no es un líder. El líder, emana del corazón de la sociedad, entiende las cuestiones que preocupan a la población, las asume y es capaz de dar respuestas simples a problemas complejos. Aquello a lo que la población aspira, es lo que el líder dice espontáneamente en sus discursos; aquello que quiere oír es lo que el líder demuestra que conoce; el líder vive los problemas de la población y propone soluciones.

5. Es honesto con su organización. El líder es austero. Para él, no existe ni el lujo, ni el exceso, sino solamente una adecuada administración de los recursos, es capaz de justificar el gasto del último céntimo y señala los objetivos a alcanzar: ninguna de ellas tiene que ver con su lujo o bienestar económico, sino con el avance de su organización. Frecuentemente, el líder tiene medios económicos propios que le permiten un razonable nivel de vida y dedicar su tiempo a la organización. Eso es aceptable. Otros líderes han surgido de una modesta condición social. También es aceptable. Lo que es absolutamente inaceptable es que el líder haga suyos los recursos del partido, se acostumbre a vivir de estos y ni siquiera pueda presentar un balance de resultados y unos avances indiscutibles.

6. Tiene una convicción y una fe inquebrantable en la causa de la organización que defiende con tanta lucidez como tenacidad. El líder cree en lo que hace y es capaz de transmitir esta convicción en la justeza de sus ideales a todos los militantes. El líder cree que vale la pena empeñar su vida en la defensa y promoción de su causa. No alberga la menor duda en que vale la pena luchar por ella. Pero no es un fanático incapaz de razonar, argumentar y convencer, sino todo lo contrario. Su convicción es racional, se asienta sobre argumentos y datos objetivos.

7. Sabe reconocer sus errores, cuando los tiene. Un líder no tiene inconveniente en reconocer sus errores, cuando estos se han producido. Se esfuerza en la práctica de la objetividad (ver las cosas tal cual son), pero cuando se equivoca tiene la fuerza y la dignidad suficiente como para practicar la autocrítica (capacidad para reconocer y explicar sus errores a fin de evitar que vuelvan a producirse). El líder tiene, como todo ser humano, la capacidad de errar. Sólo que en él, sus aciertos son muy superiores a sus errores. El error es una excepción inesperada en la actividad del líder, muy por debajo de lo que, porcentualmente, aparece en cada uno de los que no somos líderes. Pero, aun así, cuando el error aparece en la gestión del líder, reconocerlo es una buena muestra de su alta talla ética y moral.

8. Dispone de una fuerza interior superior a la normal. Allí donde otros no llegan, donde se agotan, donde no están en condiciones de llegar, ni mucho menos de arrastrar a otros, el líder evidencia una fuerza interior indomable, de naturaleza vital y psicológica, que parece inagotable y que nunca parece agotarse. Deriva de la voluntad de poder de la que habló Nietzsche y es el rasgo más impresionante del líderazgo: “algo” le permite estar siempre en pie y en vanguardia, no tiene inconveniente en prolongar reuniones y jornadas de trabajo hasta altas horas de la noche, para perfilar el trabajo de días sucesivos, o para convencer a alguien –una persona o una masa- a que le sigan a él y a su proyecto político. La conducción política es su primera tarea y nunca parece renunciar a ella, ni por su familia, ni por ninguna otra actividad alguna.

9. Sabe mandar y someterse a principios superiores a su mando. El mando no es algo gratuito, se acepta –y consiguiente, se acepta la subordinación- por que trae avances objetivos y mesurables y, sobre todo, por que, en el fondo, el líder es, paradójicamente, el primer subordinado, ¿a qué? Al programa, a los objetivos fijados por la organización, a las decisiones de los congresos, a los principios doctrinales de la organización. Por encima del líder, el programa. Por encima del líder, los intereses de la organización. Por encima del líder, los principios. Cuando el líder no respeta nada de todo esto, deja de ser líder y se convierte en un mero ambicioso (u oportunista aprovechado) sin escrúpulos.

10. Tiene magnetismo personal, carisma y una capacidad de atracción y seducción de propios y ajenos. El carisma es la capacidad innata de atracción que anima a otros a adherirse a las posiciones del líder. Se trata de un elemento irracional, pero no por ello menos real. Un líder no puede basarlo todo en la explotación de su “carisma” personal, sino que éste debe asentarse sobre los elementos objetivos que antes hemos enunciado: capacidad crítica, capacidad de análisis, fortaleza interior, capacidad de respuesta estratégica y táctica, etc. El carisma es una fuerza interior, irresistible, con una capacidad magnética de irradiación y atracción que, por sí misma, ya genera entusiasmos y que, avalada por estos elementos objetivos, termina por perfilar la esencia del liderazgo.

Lo que no es y no puede ser nunca un líder

Un manejo zafio y artero de los estatutos, puede dar una falsa apariencia de liderazgo. Es relativamente fácil, falsear el número de compromisarios que deben asistir a un congreso. Es, así mismo fácil, una vez se dispone del control de la organización, autopromocionarse en el seno de la misma. Todo esto pertenece a lo que podemos llamar, el “falso liderazgo”. Una fauna que, desgraciadamente, abunda.

El falso líder, ocupa la presidencia de una organización, no porque la haya llevado hasta avances importantes, sino porque ha obtenido una frágil ventaja sobre sus oponentes, frecuentemente, utilizando trucos y artimañas. Una vez en la presidencia, comote el error de considerar que, al estar al frente, es el “dueño” de la organización y ejerce sobre ella un poder “patrimonial”: oíganlo bien, este tipo de líderes (más bien de “listos”), la organización no ES patrimonio del líder, sino que, más bien, el líder ES patrimonio de la organización. Y en tanto que tal, el líder es el primero en respetar los estatutos y las resoluciones congresuales. El líder puede imponer su personalidad y su forma de hacer las cosas en la organización, pero no de manera universal e indefinida, sino a través con los límites trazados en los estatutos y en las resoluciones aprobadas en los congresos. Cuando el líder se sale de estos límites, se deslegitimiza. Deja de ser líder para convertirse en un perturbador. Un líder nunca puede ser un perturbador.

Otra tendencia habitual es al aventurerismo. El líder no puede ser jamás un aventurero que embarque a su organización en las más dudosas iniciativas. El líder coordina, no dirige omnívora y autocráticamente. Cuando el líder adopta una resolución que puede suponer el riesgo de un salto al vacío no contemplado ni en los estatutos ni en la tradición de esa organización, se arriesga a destruirla. A partir de ese momento, los cuadros de la organización están legitimados para contestar su liderazgo. Si el líder piensa que por encima de él no hay nada, se equivoca, por encima de él están los estatutos y el programa, y por encima de todo esto, la tradición de la organización y la misma organización.

La última tendencia es propia de aquella odiosa gama de oportunistas sin escrúpulos que, por una parte, hablan constantemente de entrega, sacrificio, disciplina, esfuerzo y piden a la militancia hacerlo todo contando con nada, con un voluntarismo extremo y un espíritu de sacrificio absoluto… mientras dilapidan los medios económicos del partido en beneficio propio. Mal asunto si un líder no tiene propios medios de vida, o si no es capaz de reconocer que “el que sirve al altar, debe vivir del altar”. Mal asunto cuando se exige un sacrificio que uno no está dispuesto a dar. Mal asunto cuando el líder no respeta el principio de austeridad y echa mano a la caja del partido para alcanzar un standing de vida que, de otra forma, jamás podría alcanzar. Mal asunto, en definitiva, si el líder no tiene oficio ni beneficio reconocidos, si carece completamente de ingresos, pero es incapaz de exigir a sus pares una retribución por su trabajo.

A la pregunta de si el líder debe o no estar retribuido por lo que hace, la respuesta es: si, sin ninguna duda, debe estar retribuido con un salario medio… pero también, quienes le dan ese salario medio están en condiciones de pedirle responsabilidades. Resultados. Una vez más, volvemos a los resultados. Un sueldo de 2000 euros, puede ser alto o bajo… depende de los resultados obtenidos. Cuando el líder rechaza un salario… pero emplea en “gastos de representación” una cifra parecida a lo que supondría un salario medio, lo que está haciendo es burlarse de sus militantes, especialmente si, al mismo tiempo, repite una y otra vez la cantinela del “esfuerzo, el sacrificio, la austeridad y el voluntarismo”. Y es que un líder nunca puede ser una máquina de dilapidar dinero.

De hecho, el líder debe traer dinero al partido mediante el cual, éste estará en condiciones de realizar campañas de agitación y propaganda. Si sale más dinero del que entra, si no hay ni un euro para hacer una campaña… el líder está fallando.

De ahí, que en todas las organizaciones políticas la figura del TESORERO sea imprescindible. El tesorero no es “el que lleva las cuentas”, el que contabiliza las entradas y las salidas. El tesorero es mucho más. Es la persona que dice: “podemos gastar en gastos de representación, tal cantidad, a partir de ahí, resulta excesivo”, o bien, cuando se le plantea una campaña y la reserva de fondos para ella, debe ser la persona que esté en condiciones de decir: “si hacemos está campaña que nos costará X, vendrá un número Y de militantes que con el pago de cuotas y con su actividad nos ayudará a recuperar el dinero invertido en un tiempo Z… de lo contrario, estaremos tirando el dinero” O bien: “Si el líder se desplaza a la provincia X para inaugurar una nueva delegación, el aparato central del partido debe estar en condiciones de saber si el aparato del partido es capaz de “alimentar” a esa nueva delegación, si es capaz de enviarle materiales político, y también de saber lo que recibirá a cambio en forma de cuotas. Es posible que la creación de una nueva delegación no sea “rentable” desde ningún punto de vista. El tesorero debe advertirlo. Además, entre las funciones del tesorero existe la de planificar la obtención de fondos y responder a la pregunta de “¿cómo podemos aumentar los ingresos del partido?”. Cómo se ve, las tareas de tesorería exceden con mucho las de la contabilidad. Así pues no se trata de tener un contable, más o menos eficaz y riguroso, que lleve las cuentas, sino alguien con iniciativa para proponer nuevos medios de financiación y con carácter suficiente para advertir al mando si los gastos son razonables o exceden las posibilidades del partido. Cuando en un partido no existe tesorero, mal asunto: eso quiere decir, no sólo que se dilapidan fondos, sino que esta dilapidación se realiza en beneficio del seudoliderazgo. Seamos claros, si el líder no puede ser algo, es sin duda, un desaprensivo económico…

El liderazgo en el siglo XXI

Estamos en el siglo XXI, las formas de liderazgo son diferentes de las del siglo XX. Es líder moderno, debe dominar las modernas técnicas de comunicación. Debe preocuparle, especialmente, como exprimirlas en beneficio de la proyección del partido sobre la sociedad. Si conoce las modernas técnicas informáticas y está al cabo de la calle sobre cómo utilizarlas, mejor que mejor. No se trata de que él sepa programar una web o retocar una foto y armar un cartel en jpg, se trata de que debe conocer cómo exprimir las modernas tecnologías y como alcanzar con ellas los máximos objetivos. Y si lo ignora, debe ser capaz de elegir técnicos con capacidad suficiente como para dominar al máximo estas técnicas. No olvidar lo que es la “guerra en red” (forma de confrontación en el ciberespacio) que irá acentuándose en los próximos años y ante el cual, el partido debe estar preparado.

El líder debe tener todas las virtudes y cualidades del líder clásico, si, pero también debe conocer las modernas técnicas de expresión, las técnica psicológicas y, en especial, la psicología de las multitudes. Debe ser consciente del auditorio que tiene ante sí y del tipo de lenguaje que pueden entender. En este sentido debe tener un lenguaje polimorfo: fácilmente comprensible por técnicos y cuadros, pero también por trabajadores y gentes sencillas. Su discurso debe ser intelectual con los intelectuales, pero sencillo con los sencillos y, en cualquier caso, esclarecedor para unos y otros.

El líder debe mantener una estabilidad psíquica absoluta en cualquier momento. Las dificultades no pueden alterarlo. No perderá el control ante ninguna circunstancia, ni tampoco será excesivamente exaltado ante las situaciones favorables, ni pesimista ante los conflictos. Julios Evola, haciéndose eco de la tradición indo-europea, propone algo esencial para el líder: mantener siempre un alto sentido de la objetividad –la nueva objetividad, tal como la llava Evola. Ver las cosas tal cual son: esa cualidad es vital para saber escoger a los subordinados y para elegir a los más capaces ante para cada tarea. El líder que es tal no debe ver su ánimo turbado por un problema personal con tal o cual militante. En tanto que líder debe estar alejado de toda visceralidad y de reacciones emotivas y sentimentales. El líder es estable en su genio, es estable en su talante, es firme en sus resoluciones, pero estas están dictadas por la objetividad, no por sus vísceras. Un líder visceral es, cualquier cosa menos un líder.

Además, ya hemos dicho, y es bueno recordarlo en el final de la primera parte de este estudio, el líder debe comprender su tiempo: debe ser capaz de establecer el porqué nuestro tiempo tiene los rasgos que le caracterizan, de dónde han surgido, por qué se traducen en la centrifugación nacional, la pérdida de la identidad como pueblo, la inmigración masiva, la falta de una política social… Todo esto existe porque existe la “globalización” o “mundialización”. Debe ser capaz de explicar a las buenas gentes como estos fenómenos influyen en la cesta de la compra y en su vida cotidiana. Y debe hacerlo con claridad y convicción. A un líder puede exigírsele que intuya como será el tiempo nuevo, pero sobre todo debe exigírsele que entienda el tiempo presente. Esto forma parte de la “nueva objetividad” de la que hablaba Evola.

Por que, en definitiva, el líder debe ser una síntesis de teoría y práctica, de pensamiento y acción, de programa estratégico y aplicación táctica. Si no llega a serlo, si carece de nivel… la organización entera se resentirá. El liderazgo es una pesada carga que se lleva en solitario. Uno de los innombrables decía: “El fuerte es más fuerte cuando está solo” y así es, en efecto. La fortaleza del líder se muestra por que está siempre en vanguardia, abriendo caminos hasta entonces inéditos, incrustando brechas en la sociedad moderna. Inicialmente solo, el líder va construyendo el partido, agrupando en torno suyo a los que han visto el nuevo amanecer, organizándolos y reproduciendo sus propias cualidades en cada uno de sus cuadros políticos.

El alto concepto que tenemos del liderazgo político entra en contraste con la talla mediocre de muchos líderes que se consideran llamados para altas tareas ya sea por la convicción que da las sobredosis de cocaína o por una megalomanía implícita acompañada por paranoicas, manías persecutorias y excusas para justificar magros resultados. Al líder le corresponde en su persona la mayor concentración de poder y de mando y, en consecuencia, también recae sobre él la mayor de todas las responsabilidades. El ejercicio del liderazgo no es una tarea fácil: muchos oportunistas que sölo pensaban en saquear las arcas de un partido o en cristalizar su anómala voluntad de poder, han quedado abrumados por la tarea. Y es que no son lideres, son, como máximo, falsos líderes o líderes de pacotilla.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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