El principio del mando y la organización política

Publicado: Sábado, 25 de Junio de 2005 15:04 por en ORIENTACIONES
foto2.jpgRedacción.- El mando puede definirse como el ejercicio autoritario de una función jerárquica. El “principio del mando” es el principio de organización y conducción políticas según el cual el titular del mando, en cada nivel, tiene plena libertad de aplicación, y por tanto de adaptación de las órdenes recibidas, plena libertad de iniciativa y, como contrapartida, una responsabilidad total en su esfera de acción. El principio del mando es esencial para la conducción política, ahora bien…


Liderazgo en condiciones democráticas

En las actuales circunstancias, aparece como evidente que el liderazgo de una organización identitaria debe ser un liderazgo enfocado hacia la competición electoral. Es evidente que la imagen del líder, proyectada sobre sectores sociales concretos, es la que debe de atraer votos hacia un cartel electoral, pues, para bien o para mal, nunca como ahora, el destino de una opción ha estado ligado a un rostro concreto.

Harina de otro costal es, si la organización política adopta el mismo principio que regía en las antiguas sociedades indo-europeas. Al “rey” (esto es, a lo que hoy sería el rostro del cartel electoral), se le añadía un “dux bellorum” o el “heretigo”, que asumía la dirección del ejército en momentos excepcionales (lo que hoy sería la conducción de la organización política).

Este viejo principio de las sociedades tradicionales europeas, tiene hoy su traslación a los modernos partidos democráticos: una cosa es la cabeza de lista electoral, el candidato, imagen y rostro público del partido; y, otra muy distinta, el motor de la organización política que lo promueve. Habitualmente, esta doble función se representa mediante las figuras del “secretario general” y del “secretario de organización” o bien del “Presidente” y del “Secretario General”, uno se vuelca hacia la proyección exterior, intentando ganar votos y el otro, mueve el aparato interior; uno se proyecta sobre la sociedad y el otro dinamiza al partido. Tres mil años no han sido suficientes para borrar de nuestra herencia genética el recuerdo del estilo de organización de nuestros ancestros…

Pero esto tiene algunas implicaciones: la imagen que se proyecta públicamente debe tener determinadas características (edad, perfil profesional, patrimonio personal, capacidad oratoria, ingenio, carisma, capacidad de seducción, sutilidad personal, etc.) que no todo el mundo tiene y, aún teniéndolas, debe de tener también una mezcla de idealismo y ambición, por que el ejercicio del liderazgo le va a robar parcelas de intimidad personal y le va a obligar a un ritmo de vida que no es el habitual. En este sentido, es bueno que el líder sea ambicioso: cualquier persona que carezca de ambición está inhabilitado para el liderazgo… ahora bien, no basta solo con la ambición, a ésta debe precederle las condiciones requeridas que acabamos de enunciar. Cuando la ambición es la única cualidad, frecuentemente el liderazgo frustrado desemboca en paranoia y espíritu de secta.

La figura del motor de la organización es distinta. En las organizaciones políticas suelen confluir cuatro tipos de personas: el líder, el funcionario, el intelectual y el activista. Sea cual sea, el tipo de asociación, desde un club de ajedrez a una maquinaria política de primer orden, siempre encontraremos estos cuatro tipos de militantes. Estos cuatro tipos deben estar equilibrados en una dirección política: si están presentes en peso decisivo los activistas, la organización tendrá un perfil excesivamente militante y su imagen será poco electoral; si los intelectuales pesan demasiado, estaremos ante un círculo cultural, más que ante un partido que busca sobre todo ocupar parcelas de poder; si estamos ante militantes con mentalidad funcionarial, lo que saldrá de ahí será una pequeña maquinaria de relojería sin capacidad de proyectarse sobre las masas; y si el partido tiene demasiados “tribunos”, las escisiones se sucederán una tras otra.

En un partido democrático, los congresos bienales constituyen la DIRECCION ESTRATÉGICA DEL PARTIDO. No son otra cosa: en ellos, representantes de la militancia, deliberan y votan ponencias que orientan la trayectoria del partido en los dos años siguientes. Y eligen una dirección. Esa dirección debe ser equilibrada: debe de contener a activistas (por que el partido deberá realizar una tarea militante y expansiva), debe contener a funcionarios (por que hará falta una gestión administrativa y unos protocolos de afiliación, y encuadramiento), debe contener a intelectuales (por que el día a día hará que el partido deba definirse en relación a la actualidad siempre cambiante) y, finalmente, debe contener líderes (que sean indiscutibles dentro del partido y que, como mínimo, sean respetados en el entorno de simpatizantes). La política democrática tiene una LEY DE ORO: EL EQUILIBRIO. Cuando en el interior de un partido, se rompe el equilibrio de tendencias, y un estilo quiere imponerse sobe los demás, ese partido está condenado a la esterilidad.


Autoestima y objetividad

De lo anterior se deduce que NO TODOS SERVIMOS PARA TODO. En las dos columnas de acceso al santuario de Delfos, estaban escritas dos filacterias con sendas leyendas: “Nada de más” y “conócete a ti mismo” que resumían el pensamiento dórico, con su cortante simplicidad: nada de superfluo y un perfecto conocimiento de las propias posibilidades, eran las leyes de oro de la cultura clásica. Hoy, por supuesto, siguen vigentes.

Habitualmente, el sistema de enseñanza que padecemos no tiene como finalidad, el que el sujeto tienda a conocer sus posibilidades, aquello para lo que está adaptado, y siga su vía: frecuentemente hemos visto como el fracaso estudiantil en algunas carreras supera el 50% y como a una edad avanzada muy pocos conocen su verdadera vocación. Eso implica un déficit de conocimientos sobre uno mismo.

Así mismo, ese déficit de conocimiento, unido a una autoestima sobrevalorada, lleva a peligrosas confusiones sobre las propias capacidades. También aquí debe existir un equilibrio entre “autoestima” (la valoración del propio yo) y “conocimiento de uno mismo” (el realismo en relación a las propias posibilidades personales). Es bueno que la autoestima sea alta en las personas… pero mucho mejor que venga acompañada por una valoración objetiva sobre el propio yo y sobre las posibilidades reales que lo adornan.

El líder nato es aquella persona que una alta autoestima a un alto nivel de posibilidades personales. Contra más se reducen estas posibilidades personales, más debe autolimitarse el “líder” en la escala jerárquica. Es evidente, por ejemplo, que el presidente de gobierno carece de carisma, preparación, incluso inteligencia suficiente para ocupar un cargo que verosímilmente le viene grande, y esto genera una situación de deterioro político en España, desde el 14-M. Por su discurso plano, ingenuo rayano en lo infantil, tópicamente progre, ZP no pasaría de ser un concejal mediocre de su ciudad, León, y poco más. Su ego, propio de un iluminado, le ha servido para encaramarse sobre otros competidores, pero una vez en el cargo… no ha dado la talla y, poco a poco, se irá redimensionando como un concejalillo de provincias sin más historia.

¿Por qué alguien que no tienen condiciones suficientes alcanza el liderazgo? Por tres motivos el primero, por falta de competencia (es el caso de ZP cuando en el congreso de 2001 del PSOE, nadie creía que podrían batir al PP y, por tanto, candidatos de reconocida valía se retiraron para dar paso al ambicioso recién llegado de que nadie dudaba que se rompería los dientes en la primera elección), el segundo por un manejo de los resortes burocráticos (es el caso de Stalin, cuya preparación política era muy inferior a su ambición personal y que supo colocar a sus peones en lugares clave y en momentos clave para resultar elegido secretario general del PCUS y luego, ejerció un poder omnívoro y totalitario para desembarazarse de sus rivales, basado en la purga y la represión) y, finalmente, por ambigüedad (alguien que ha sido eficaz en un determinado nivel jerárquico, cuando ambiciona otro escalón superior que ya no corresponde a su capacidad, suele ser apoyado por quienes todavía no han advertido que lo que hasta ese momento era preparación, a partir de ese momento va a ser inadaptación para el cargo).

El problema, a fin de cuentas, no es que el líder logre ser reconocido como tal, sino que, una vez en el pedestal… dé la talla y haga avanzar a la formación política. En realidad, el liderazgo se confirma con la “prueba del nueve”: el éxito.

No todos servimos para el liderazgo, en ocasiones el sujeto prudente se coloca en la fila que le corresponde, ni más adelante, con el riesgo de evidenciar falta de esas cualidades que no posee, ni más atrás, haciendo gala de falta de responsabilidad y eludiendo compromisos.

El liderazgo y la eficacia

El 2% de individuos en las sociedades occidentales, son psicópatas integrados. Muchos de ellos ejercen posiciones de mando en empresas, asociaciones y colectivos. En este mismo dominio, en su momento, ya hablamos de los psicópatas integrados Psícopatas entre nosotros: el riesgo de los psicópatas integrados. Es un tema peligroso, porque frecuentemente, tienden a sobrevalorar su ego, y actuar a despecho del daño que puedan causar, a terceros, a colectivos enteros o a otras personas. Su falta de empatía con el medio en el que se mueven, unido a la sobrevaloración de su propio ego (algo muy diferente a la autoestima), hace que utilicen a terceros como arietes, les importa más mantener sus posiciones personales que las de la organización en la que están encuadrados y, se atrincheran, identificando sus intereses personales con los de su organización. Durante el felipismo vimos como en distintos niveles de la administración aparecieron personajes con todos los rasgos del psicópata integrado: con una capacidad para mentir absolutamente desmesurada, capaces de negar la evidencia y lo obvio, utilizando a sus subordinados como peones sacrificables, absolutamente desaprensivos con el manejo de fondos reservados, etc. De todo este período derivó el hundimiento final del felipismo, etapa oscura y corrupta de la historia de España.

Por qué se produjo esta degeneración final del felipismo: por la sencilla razón de que para ocupar un cargo público se exigía una lealtad más allá de toda medida a quien lo había dado, a cambio podía saquear su área de influencia: la dirección de la Guardia Civil, los fondos reservados de Interior, las arcas del BOE, lo expropiado (RUMASA) o, simplemente, entrar en formas de chantaje puro y simple (Caso Hacienda).

Existe un problema ético: ¿qué está por encima? ¿la legalidad o la eficacia? ¿Qué es mejor: un gobierno legal pero incapaz o un gobierno de facto pero eficaz? A nivel de principios, parece claro que la legalidad es lo único a considerar… pero, solo en principio. En una situación de degradación política, social y económica, si se vuelve a preguntar que está antes la legalidad o la eficacia… los menesterosos contestarán sin duda que la eficacia. En realidad, es preciso trasladar los términos de la pregunta: la eficacia legitima aquello que ha entrado en crisis por muy legal que sea.

Es en estos términos precisos que hay que situar, por ejemplo, el análisis histórico del franquismo: gobierno de facto (es decir, ilegal) que llevó a España de la carreta y la alpargata al desarrollo industrial (es decir a la eficacia), concentrando poderes y anteponiendo el derecho a comer a las libertades políticas. O el caso del gobierno de la República Popular China: “un Estado, dos sistemas”, es decir, máxima rigidez política, planificación del desarrollo, para lograr la hegemonía económica en la zona. Nadie pasa de la alpargata, al ordenador portátil, sin etapas intermedias caracterizadas por la planificación rígida del desarrollo: esto fue lo que ocurrió en la España franquista. El hecho de que la transición se realizara mediante el consenso de los sectores del franquismo y de la oposición democrática, implicó que, en la práctica, la ilegalidad franquista del 18 de julio, había conquistado una mayoría social que imposibilitó la ruptura democrática y, por tanto, obtuvo carta de legitimidad.

No digamos, lo que ocurre cuando a la ilegalidad se une la ineficacia… Obiang Nguema es, sin duda, el paradigma de la ilegalidad (conquista el poder hace 25 años con un golpe de Estado, exorcizando a sus fantasmas tribales mediante el juicio, expulsión y fusilamiento de su tío, Macías, no logra sacar al país de la miseria y, para colmo, el hallazgo de petróleo –producto estrella- sirve solo para aumentar las rentas personales del tiranuelo: ilegalidad e ineficacia, catástrofe al cuadrado…

Liderazgo y conducción política

¿Qué hacer cuando no existe un liderazgo claro en una organización política? Es posible, por ejemplo, que en una organización no exista un cabeza para el cartel electoral y, sin embargo, exista un aparato militante aceptable. En ese caso, hay que ser extremadamente realistas: esa opción no avanzará mucho más allá de un cierto límite. Así pues, debe preocuparse por encontrar a la persona que pueda encabezar el cartel electoral. Si no lo tiene dentro, deberá buscarlo fuera, especialmente en este momento, en el que la política democrática y electoralista se basa solamente en la proyección de rostros y personalidades sobre el cuerpo electoral.

En las actuales circunstancias, cuando insistimos en abordar procesos de FUSION COHERENTES Y EN FUNCION DE PROGRAMA, IMAGEN Y ESTRATEGIA, lo estamos proponiendo precisamente por esto, por que no hay un liderazgo completo y, por tanto, no hay posibilidades de estructurar un cartel electoral con garantías suficientes de éxito. Repetimos: “procesos de fusión coherentes”, lo que quiere decir, basados en un programa común, en una imagen aceptable para la sociedad y en una estrategia lúcida y perfectamente establecida… no en el acuerdo apresurado y sin elaboración de documentos, de dos personas a espaldas de sus respectivas organizaciones. Eso, históricamente, siempre ha llevado a situaciones de fractura interior.

La eficacia del liderazgo se demuestra de cara al exterior, en un avance real de la opción (mayores porcentajes electorales, concejales, diputados, aumento de la afiliación y del peso político, etc.), y se mantiene o se diluye si la conducción política es correcta o no lo es. Una conducción política correcta tiene que estar pendiente de los cambios políticos, sociales y económicos que se operan en la sociedad, debe de tener una alta capacidad de análisis y adaptación y debe, sobre todo, de estar bien dotado para la táctica diaria. De lo contrario, lo que se tiene hoy, puede perderse mañana, lo avanzado un día, se convierte en fracaso al siguiente porque las condiciones han cambiado.

Está claro que el liderazgo en la sociedad debe basarse también en lo que podríamos llamar una superioridad ética y moral del candidato: no se trata solo de que “dé” una imagen aceptable, sino de que “tenga” esa imagen. En otras palabras: se trata de predicar con el ejemplo, o mejor dicho, de ser ejemplo de lo que se predica. Solo siendo ejemplo se puede hablar a un auditorio, al electorado, interpretando aquello que necesita oír, aquello que está pensando, sólo así se logra identificarse con los problemas populares y dar respuestas sencillas a problemas complejos. No se puede predicar moralidad, siendo un depravado o un obseso (la alusión a Clinton es paladina), no se puede hacer de la defensa de la familia un reclamo y de paso ser un maltratador o un cliente habitual al putiferio de la esquina (casos no han faltado en los partidos mayoritarios), no se puede exigir moralidad a la clase política y saquear los fondos del propio partido o de las instituciones que se administran (algo muy habitual en la Catalunya de Maragall y en la UDC del período anterior). El lider, además de tener ambición, autoestima y capacidad, debe de ser el ejemplo de lo que predica.

Está claro que, eso sigue sin bastar: un líder no podrá ejercer su liderazgo, sin un programa político que encaje objetivadamente con un sector de la sociedad de su momento. De ahí la necesidad de realizar un análisis sociológico del cuerpo electoral y elegir aquellos sectores, como “target” electoral, a los que mejor pueda llegar el mensaje identitario SIN COMPETENCIA ALGUNA. Esos son los “sectores sociales preferenciales” en los que debe concentrarse la publicidad y las iniciativas del partido. Las necesidades de un partido que aspira a la mayoría absoluta, son muy distintas de las necesidades de un partido que aspira solamente a ser el contrapeso a los partidos nacionalistas e independentistas. Así pues, la sociopolítica, en tanto que ciencia auxiliar de la política, no puede estar ausente de un proceso de conducción política.

¿Fidelidad a la persona o al programa?

Toda sociedad, partido, corporación, tiene unas reglas del juego definidas en sus estatutos y en el caso de un partido político, definidas en sus documentos fundacionales, en su programa, en su línea estratégica y en su imagen. Así pues, cuando alguien se afilia a una organización política, se afilia por identificación con todos estos elementos. En tanto que, direcciones estratégicas de la organización, los congresos son esenciales porque en ellos se renueva la línea política, la dirección y el programa, básicamente. Tras cada congreso, resulta evidente que los afiliados deben volver a plantearse si los ideales de la organización, que a partir de ahí, se han readaptado y/o renovado, siguen siendo los propios y actuar en consecuencia: si creen que la organización ha cambiado tanto que se ha alejado de lo aquello con lo que ellos se habían identificado, está claro que deben abandonarlo o bien, resignarse a estar en minoría. De ahí la necesidad de que los fundadores de un partido, aseguren el que, por muchos cambios que se produzcan en ese partido, la formación no se alejará mucho de los ideales originarios. Por eso, en los estatutos se suelen introducir cláusulas que limitan los cambios: por ejemplo, para alterar los estatutos debe alcanzarse 2/3 partes de los votos (algo que también y, con mucho fundamento, está contenido en la constitución española).

Esta claro que en los partidos democráticos lo que los afiliados deben es una fidelidad a los estatutos, los ideales, los documentos y el programa del partido, que pueden ser representados públicamente por uno u otro rostro. En un partido lo importante y esencial, es lo que pretende, el modelo de sociedad que aspira a construir y el programa mínimo, todo lo demás es aleatorio y mutable. En el momento en que un líder exige una fidelidad desmesurada y fuera de toda medida y una confianza ciega a sus subordinados, concentrando y acumulando todos los poderes habidos y por haber… en ese momento, no hace falta ser un técnico para saber que esa organización está condenada a desaparecer o a transformarse en una pequeña secta de acólitos.

Está claro que, en toda agrupación política, debe de existir un mínimo de cohesión vincular entre sus miembros y, por tanto, un mínimo de sentido de la lealtad hacia el mando. El problema consiste en no confundir lealtad con servilismo, ni hablar franco y leal, con fidelidad perruna. El militante tiene la obligación ética y moral de participar en la línea política y en la marcha de su organización y tiene también la obligación de advertir cuando la línea emanada desde la dirección se aparta de los motivos que dieron vida a su formación política. Callar no es remarcar la fidelidad al mando, sino actuar irresponsable y acríticamente; hablar por aquellos canales abiertos supone testimoniar fidelidad a la organización en la que se milita.

Mas claro, agua.

© Ernesto Milá infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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