Necesidad de una teoría sobre la organización

Publicado: Jueves, 23 de Junio de 2005 01:29 por en ORIENTACIONES
010101.gifRedacción.- En los años 1981-82 la extrema-derecha entró en crisis y desapareció del panorama político. A partir de entonces se abrió un período de reflexión y reconstrucción que todavía dura. Desde entonces, el único hecho verdaderamente nuevo, es la reconversión de un sector de la extrema-derecha en “otra cosa”, no por mero pragmatismo, sino como resultado de la aplicación de la teoría de la “autonomía histórica”. Proponemos unas reflexiones sobre este tema.


Un sector huérfano de éxitos y de ideas

Si 1978-80 fueron los “grandes años” de la extrema-derecha española, ello se debió a un hecho objetivo: las dificultades de asentamiento que estaba encontrando la democracia española y la proximidad al franquismo que se veía como un período de orden y prosperidad. A eso se unión el que algunos sectores del franquismo, no aceptaron la profunda transformación que imprimieron en este sector el tandem Fraga-Suárez (hermanos separados y rivales) e intentaron mantener con vida los ideales del franquismo. Ese fue el factor subjetivo que se añadió al factor objetivo (las dificultades de la transición) y al factor voluntarista (miles de personas que deseaban “hacer algo”), y dio como resultado loa “años dorados” de Fuerza Nueva.

Pero eso, era evidente que se iba a acabar y que, a partir de la victoria socialista y del golpe del 23-F, la transición quedaba concluida y con ella las esperanzas de los que lo fiaban todo al golpe militar y a que las dificultades de adaptación democrática proseguirían in aeternum. En ese punto se disuelve Fuerza Nueva. A partir de entonces, ningún partido logra reconstruir una situación de iniciativa estratégica y, poco a poco, se van perdiendo todos los peones utilizados por la extrema-derecha de la época: El Alcázar, La Nación, distintas editoriales, personajes públicos, etc.

Nuestra tesis es que desde entonces la extrema-derecha no ha logrado levantar cabeza porque no han existido ideas nuevas para dinamizarla. Todos los líderes y lidercillos que se creían llamados a presidir los distintos partidos, seguían sin tener una idea exacta de lo que era la lucha de partidos en un marco democrático y lo han ignorado todo sobre la técnica política. Eso y que no se ha producido una renovación de ideas, en general, porque, previamente, tampoco la extrema-derecha se había caracterizado (salvo sectores muy minoritarios, casi diría marginales), por sostener “ideas”, sino más bien por enrocarse en principios visceralmente defendidos. Con posteriores, al no aparecer ideas nuevas, difícilmente se podía trasladar a la sociedad, un mensaje que estaba mal perfilado, peor matizado y desastrosamente ausente. Pero hubo una excepción.

De Juntas Españolas a Democracia Nacional

Cuando en 1983 se empieza a trabajar por la creación de Juntas Españolas (en un doloroso y agónico parto en el que menudearon irregularidades de todo tipo por parte del mentor, el fallecido exdirector de El Alcazar, Antonio Izquierdo), algunos de los participantes, ya tienen muy claro que se trata de crear un modelo nuevo de partido. La idea era percibida todavía de manera confusa, pero en síntesis, esos sectores tendían a pensar que la forma de organización (paramilitar), el encuadramiento (pre-democrático) y la imagen (directamente extraída de los años 30), habían terminado. La disolución de Fuerza Nueva, así parecía demostrarlo.

A lo largo de los 80, JJEE, en lugar de ampliar su radio de acción, se fue encerrando progresivamente en sí misma, entre otras cosas porque en su interior permanecían aún muchos resabios del pasado en materia organizativa. A decir verdad, el problema real era que se habían perdido los argumentos que justificaban la existencia de un partido: España no se estaba rompiendo en 1985, el terrorismo a partir de 1987 empezó a tener sonoros fracasos y un aislamiento social creciente, la democracia no había traído la perdición nacional, sino que los primeros 7 años socialistas vieron cierta prosperidad y estabilidad económica, se entró en la OTAN y en Europa, etc. La extrema-derecha, no logró identificar temas nuevos, caballos de batalla sobre los que desarrollar su acción y, finalmente, se produjo una desmovilización masiva de sus cuadros y de su militancia.

En ese período, el ambiente estaba dividido en dos grandes sectores: los querían seguir haciendo lo que siempre habían hecho (sectores falangistas) y los que se planteaban de manera confusa formas nuevas de trabajo (un sector de JJEE, sectores surgidos de CEDADE y grupos juveniles como Bases Autónomas). Fue en este contexto en donde Laureano Luna elabora las tesis de “autonomía histórica”, las formula de manera correcta, comprensible y rigurosa y, este hecho, en treinta años supone la ÚNICA IDEA NUEVA EMANADA DEL AMBIENTE.

A partir de las tesis de “autonomía histórica” ya no hay un ambiente, sino dos: el fiel al modelo histórico y el renovado. Y entre ambos se abre una brecha que impide toda colaboración: porque, para que la “autonomía histórica” sea creíble, debe ser tal, es decir, debe evitarse todo contacto con grupos que evoquen por su estética o por sus principios al sector histórico.

En este sentido, no es raro que en los últimos diez años, especialmente a partir de 2002, el grupo por el que, sin lugar a dudas, ha pasado más militancia y que a logrado hacerse un pequeño hueco electoral, es DN. Pero, sin embargo, DN no ha logrado consolidarse y vale la pena preguntarse porqué.

Las ideas y la práctica

La idea de la “autonomía histórica” era correcta para establecer unos lindes entre un ambiente político nuevo y aquel otro del que había emanado. Pero, para tener éxito, la tesis de “autonomía histórica” debía de ser correctamente aplicada. Y aquí estuvo el problema: inicialmente, no faltaron medios, pero si faltó una correcta aplicación de esos medios. Por lo demás en los cinco primeros años de vida de DN, no existía todavía “razón suficiente” para su lanzamiento. La inmigración todavía no era un problema en España. Fue a partir de 2000 cuando los sucesos de El Ejido saltaron todas las alarmas. Pero, justamente, en ese momento, parte de los fundadores, dirigentes y financiadotes de DN se retiraron por distintos motivos.

En los cinco años siguiente, DN ha vivido un tiempo de crisis constantes que ha hecho que con una inusitada frecuencia estallaran problemas interiores, crisis de crecimiento, diferentes enfoques organizativos y finalmente, todo esto no se tradujera en avances políticos reales y mucho menos en una irrupción en el terreno de la “política real”.

Es cierto que, ninguno de los disidentes de DN, de los escisionistas o de los que han resultado expulsados, ha asumido otra teoría, con posterioridad a su militancia en DN, que la de la “autonomía histórica”. De hecho, esa teoría ha avanzado fuera de DN y hoy, solo los falangistas, dudan de su eficacia y exactitud.

El hecho de que una idea formulada correctamente y en función de premisas y razonamientos lógicos perfectamente concatenados, no dé de sí todo lo que se esperaba de ella, no desdice el valor de esa teoría, sino la ineficacia de quienes la han –la hemos- intentado poner en práctica. La teoría sigue siendo válida y, aquí y ahora, en futuras andaduras políticas NO PUEDE PARTIRSE DE OTRO PRINCIPIO MÁS QUE EL DE LA AUTONOMIA HISTORICA. Seamos más precisos: PODEMOS IR MÁS ALLA DE LA AUTONOMÍA HISTÓRICA Y COMPLETARLA CON OTRAS TESIS, PERO NUNCA RENUNCIAR A ELLA, NI SITUARNOS MÁS ACA DE LA MISMA.

Renovar el criterio organizativo

La formulación de la teoría de la “autonomía histórica” hace diez años, tenía un hueco que todavía no ha sido cubierto: una teoría sobre la organización. La pregunta a responder es ¿A TRAVÉS DE QUÉ CANALES ORGANIZATIVOS DEBE CRISTALIZAR LA DOCTRINA DE LA AUTONOMIA HISTORICA?

DN no atravesó tres etapas: la primera fue la de un presidente único (Francisco Pérez Corrales), la segunda etapa fue la de una Mesa Nacional sin liderazgo claro, la tercera, aprobada de forma exigua e insuficiente en el Vº Congreso, volvía a la primera solución pero con unos poderes excepcionalmente concentrados.

La primera etapa no dio de sí todo lo que podía haber dado, a causa de que hasta 2000, todavía era discutible que en España existiera el problema de la inmigración como tal y, por tanto, no existía un tema estrella con capacidad de atracción. Así, todo lo hecho en aquel período no tuvo excesivo eco mediático y, por tanto, quedó empequeñecido. Ni siquiera la visita de Le Pen a España aquel año logró que los medios se interesaran por DN.

En la segunda etapa se entró en una fase de crisis sostenidas que tienen como centro la polémica Luna-Canduela y que llevan a la expulsión del primero, tras haber proclamado la ilegalidad del Vº Congreso. Entre el verano de 2002 y el otoño de 2004, el partido experimenta un crecimiento real, aun a pesar de que los órganos de dirección no funcionen bien y que en Madrid, área fundamental, la organización atraviese dificultades y no logre despegar. A partir de finales del 2003, la organización de Alcalá y la de Madrid inician una polémica interior que concluirá tras el Vº Congreso con 40 bajas de la delegación de Alcalá. En las últimas semanas, distintos problemas de enfoque y orientación, llevarán primero a mi dimisión y segundo a una nueva situación de crisis del partido. Pero, en ese momento, ya se ha adoptado (de forma ilegal a nuestro entender) el modelo organizativo que se impuso por unos pocos votos en el Vº Congreso: Manuel Canduela presidente que nombra a Secretario General y de Organización y en donde todo el partido depende directamente de él. Ese modelo, por lo que sea, ha fracasado. Hay buenos motivos.

El liderazgo para ser tal, debe ser indiscutible, esto es, debe ir apoyado en éxitos políticos, si estos éxitos políticos no existen, es inútil que un líder intenta apoyar su control sobre el partido en una votación. El liderazgo refrenda en un congreso, éxitos obtenidos previamente, no es un cheque en blanco.

Paradójicamente, hemos regresado a un modelo organizativo (el presidido por el “Führerprinzip”, el “principio del jefe”) que contrasta con el modelo de autonomía histórica y que, evidentemente, es incompatible con él. Para colmo, ese “Führerprinzip”, mal asumido y peor llevado tiende a confundir la fidelidad a la persona con la fidelidad a la idea y a superponer la primera a la segunda: basta que un delegado recientemente normado haya votado contra una propuesta de la presidencia, para que dos días después ese delegado sea sustituido drásticamente.

Ese modelo organizativo, basado en una cúpula unipersonal de la que emanan todas las orientaciones, iniciativas y órdenes, y que exige lealtad extrema sino servilismo a la persona y no a la idea o al programa, es inviable y va unido a los grupúsculos políticos afectos al “modelo histórico”.

Es significativo que el III, IV y V Congreso del partido tuvieran como elemento polémico central, la renovación de la dirección, mucho más que la elaboración de estrategias perfectamente definidas. La discusión se tenía no sobre lo que se mandaba sino sobre quien mandaba no importa qué.

En ocasiones, no basta con aprobar una tesis avanzada, si la mente y el recuerdo, el modelo organizativo, están anclados en formas organizativas tan inoportunas e inviables como las de los años 30: uno manda y el resto obedece, especialmente, cuando el liderazgo no está consagrado por ningún éxito político.

La realidad dice que hay que ir hacia formas participativas de la militancia, formas con capacidad para integrar a las nuevas afiliaciones, para fortalecer estructuras locales (mucho menos costosas que una estructura nacional) lo más autónomas posibles, con capacidad para estructurar campañas según la situación político-social de su entorno. La realidad dice que los congresos deben ser DEFINITORIOS de estrategias y sólo cuando éstas están definidas se trata de ver qué líderes pueden mejor ponerlas en práctica. El líder, elevado a tal, no por su prestigio ni los éxitos que ha reportado a la organización, sino por un margen exiguo de votos, no puede creer que su liderazgo se ha consolidado al cierre del congreso, especialmente cuando la discusión estratégica ha sido superficial y mal asumida por la organización.

El recurso continuado a la expulsión, contribuye a depurar filas, efectivamente, y a hacer que, solamente los más fieles (o los más colegas), los más aines al presidente, ocupen los cargos de mando, independientemente de su preparación, capacidad, actitudes o experiencia. Ante esta situación se producen, siempre, dos posturas: la de quienes se van directamente y sin hacer ruido, o simplemente permanecen inactivos y desinteresados; y la de quienes protestan por la marcha de los acontecimientos. Pero la lógica del “führerprinzip” impide toda vuelta atrás: el ejercicio de esa forma de mando, exige con una lógica absolutamente suicida, la expulsión de cualquier disidente. Y en eso estamos.

En unas notas realizadas hace varios años, me sorprendía de que la doctrina leninista sobre la revolución y el proceso revolucionario, está muy por detrás de la teoría leninista sobre la organización. En muchas ocasiones los análisis de Lenin sobre el desarrollo y la previsión de un proceso revolucionario llaman la atención por su subjetivismo y, en ocasiones, por su estupidez intrínseca (en 1915, llegó a considerar a Suiza como el país en el que antes se desencadenaría la “revolución bolchevique” por que el proletariado suizo tenía armas…). Sin embargo, el gran mérito de Lenin es haber elaborado una teoría sobre la organización que, por sí misma, en gran medida, desencadenó el proceso revolucionario.

La conclusión a extraer de todo esto es que, si bien la doctrina de la “autonomía histórica” fue un brillante desarrollo teórico, debía de haberse completado con una “teoría sobre la organización” y una “teoría sobre el proceso alternativo”, es decir, una reflexión organizativa y estratégica, coherentes. Pero, lamentablemente, esa teorización no tuvo continuidad y quizás sea la hora de recuperarla en estos momentos en donde se ha visto su necesidad.

A estas alturas, resulta obvio decir que el “führerprinzip” consagrado por estrecho margen en la ponencia de organización, no es compatible ni es acorde con la tesis de la “autonomía histórica”. Se coló por debajo de la puerta, como un tranchete. Y para los aficionados al buen queso (francés y/o español) cualquier cosa parecida a un tranchete es un insulto al paladar.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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