“La Gloria del Olivo” y el misterio del último Papa“

Publicado: Martes, 26 de Abril de 2005 16:26 por en CULTURA
Inq050422a.jpgRedacción.- San Malaquías -o quien sea que escribiera las profecías firmadas con su nombre- no se equivocó con el Papa 111 de sus Profecías. El escudo de la Inquisición, antecedente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el Cardel Ratzinger hasta el momento de convertirse en Benedicto XVI, era, precisamente, una cruz verde, con una espada a un lado y un ramo de olivo en el otro. Vale la pena reflexionar, siquiera, brevemente sobre el universo profético y sobre Benedicto XVI.

El universo profético

Sería inútil intentar encontrar explicaciones racionales al fenómeno profético, pero lo cierto es que difícilmente puede negarse que en determinados momentos de la historia aparecen extraños personajes que parecen describir el futuro con cierta precisión. San Malaquías, o el seudo-San Malaquías, es uno de ellos.

El fenómeno profético, siempre ha ejercido una atracción particular sobre todos nosotros. Siempre buscamos seguridades; quien dice ver el futuro, en definitiva, nos las ofrece. Pero ¿qué hay tras el fenómeno profético? Probablemente, elementos de muy distinta naturaleza.

No hay que olvidar que buen número de profecías fallan. Pero otras no. Cuando Nostradamus explica que el Rey de Francia y su familia serán detenidos en Varennes, doscientos años antes de que se produzca, efectivamente, el episodio, difícilmente podríamos hablar de casualidad. Y, en cuanto a los lemas que el seudo-Malaquías, atribuye a los últimos 111 Papas, su precisión es, igualmente, encomiable, como veremos.

El “profeta”, es alguien que, situado en un determinado estado de conciencia, percibe algunos rasgos del futuro. No es que “vea” el futuro, es que ante su mente aparecen imágenes, flashes, sugestiones, que recoge, pero que es incapaz de fijar en el tiempo. Los profetas “ven” algunos detalles del futuro, de la misma forma que el viajero de un tren que circula por la noche, podrá ver algunos detalles del paisaje, pero no su totalidad. El profeta ve el futuro, pero no percibe el tiempo, es decir, no puede asegurar qué acontecimiento ocurrirá antes o después, ni, por supuesto, en que momento exacto. Nostradamus, por ejemplo, sólo cita una fecha: 1999. El seudo-Malaquías, por su parte, cita los lemas de los 111 Papas, pero no aporta ni una sola fecha.

¿Hay que creer en los profetas?

Existen, desde luego, fenómenos poco explicados por la psicología de las profundidades. El estudio de la mente humana está muy retrasado en relación a otras ramas del saber científico. Conocemos, gracias al Hubble, como se forma y se destruye una galaxia lejana, pero difícilmente conocemos los procesos que sigue nuestra mente. Fenómenos como la intuición, son absolutamente inexplicables para la psicología moderna. En el fondo, el don de la profecía, no consiste más que en una intuición excepcionalmente agudizada.

Algunas de las descripciones de Nostradamos o del seudo-Malaquías, dan la sensación de que han visto fugaces luces del futuro de las que han retenido aquello que más les ha llamado la atención. En el caso de Nostradamus, se trata solamente de tragedias. Por algún motivo, Nostradamus, no percibió jamás –como los profetas de Israel- ningún momento feliz en la historia de la humanidad. Se dice que el sufrimiento causa más impacto que la alegría, así pues, no es raro que concentraciones de excepcional sufrimiento, sean percibidas con más facilidad por los profetas.

El seudo-Malaquías, por el contrario, es extraordinariamente preciso en el terreno de los lemas que acompañan a los últimos 111 Papas. Aquí no puede hablarse de tragedias, sino de un rasgo cualquiera que intuyó su misterioso compilador y con el que adjetivó al Papa de turno. Se trata de un caso único en la historia de las profecías; en la totalidad de los casos restantes, estaremos hablando solo de intuir tragedias.

El donde la profecía deriva de tres situaciones diferentes: un traumatismo (una operación, un accidente, un tratamiento de choque) pueden “abrir” una luz que se proyecta hacia el futuro; lo mismo puede adquirirse mediante un adiestramiento de la mente (en estado de máxima relajación y arrobamiento, con la mente serena y vacía, aparecen imágenes e intuiciones, en ocasiones, extremadamente precisas); o, mediante, la obsesión (en efecto, obsesionarse con un tema y conseguir que esté presente en cualquier momento de nuestra vida, hace que, finalmente, nos podamos anticipar a su desencadenamiento).

Todo esto es extremadamente problemático. Nadie puede asegurar, ni el propio profeta, que sus “visiones” sean correctas, ni que haya sabido interpretarlas acertadamente. Si un hombre que vivió en el siglo XVI “viera” una explosión nuclear, difícilmente podría describirla sino como “una explosión de mil soles” y, la cuestión, ¿cómo interpretaríamos nosotros esa frase? Por que, a fin de cuentas, el problema de toda profecía es… su interpretación.

Benedicto XVI y los últimos Papas

Juan Pablo I, el Papa 109 de la lista escrita por el seudo-Malaquías, era llamado “De Meditate Lunae”, la media luna. Antiguo arzobispo de Venecia, ciudad en cuyo escudo se encuentra la Luna, llamado, además, Albino Luciani, literalmente, luz blanca, como la de la luna, su pontificado, para colmo, duró apenas una lunación. A su sucesor Karol Wojtyla, le correspondió el lema “De labori solis”, los trabajos del sol; Juan Pablo II nació el 18 de mayo de 1920, el mismo día del eclipse solar. El Pontífice fue enterrado el 8 de abril del 2005, el mismo que un eclipse parcial que fue visto en América. Se alude también a su nacimiento en el Este, donde sale el sol. Y otros recuerdan que en su pontificado realizó viajes a todo el mundo, como el sol ilumina todos los rincones del planeta.

Sería inútil remontarnos atrás en el tiempo, el nivel de aciertos es completo: cada Papa tiene un lema y a cada lema corresponde un rasgo personal o de su pontificado, que resulta extremadamente llamativo. Llegamos entonces a Benedicto XVI.

Si realizáramos una encuesta sobre el nuevo Papa y sobre su pasado, sin duda, la mayoría de los entrevistados nos dirían, como hecho relevante, el que presidió hasta la muerte de Juan Pablo II, la Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir, la heredera de la Santa Inquisición. Cuando se redactaron las profecías del seudo-Malaquías, la Inquisición era un prestigioso tribunal sobre el que recaía el peso del mantenimiento de la ortodoxia. Hoy sigue siendo lo mismo, sólo que con otro nombre.

Llama la atención ver el escudo tradicional de la Inquisición: un árbol verde en forma de cruz, teniendo a un lado una espada y al otro, una rama de olivo. No es raro, pues, que al nuevo Papa le corresponda el lema “De Gloria Olivae” (la Gloria del Olivo). Esto, sin olvidar, por supuesto, que San Benito (o San Benedicto) fue el fundador de la Orden Olivetana, es decir, los benedictinos.

¿Y el Papa 112?

El misterioso redactor de las profecías firmadas por “Malaquías”, por algún motivo, no “vio” más allá del papa 112. En una escalofriante culminación a su repertorio de lemas, concluye: “Papa 112: Pedro el Romano. Lema: IN PERSECUTIONE EXTREMA SACRAE ROMANAE ECCLESIAE, SEDEBIT PETRUS ROMANUS QUI PASCET OVES IN MULTIS TRIBULATIONIBUS; QUIBUS TRANSACTIS, CIVITAS SEPTICOLLIS DIRUETUR, ET JUDEX TREMENDUS JUDICABIT POPULUM ("En la última persecución de la Santa Iglesia Romana tendrá su sede Pedro el Romano, que hará pacer sus ovejas entre muchas tribulaciones; tras las cuales, la ciudad de las siete colinas será derruida, y el juez tremendo juzgará al pueblo").

Habría que añadir, el lenguaje profético es un lenguaje simbólico y aproximativo, no una descripción realista a modo de una película. Pero, se mire como se mire, desde luego, la profecía no tiene un “happy end”, sino todo lo contrario. ¿Hay que tomarlo al pie de la letra?

Roma es el centro de la cristiandad, la profecía parece aludir, no tanto a la ciudad eterna como al cristianismo que hace de ella, su centro universal. La destrucción de la ciudad puede aludir a la crisis de la Iglesia que, probablemente fuera un producto de circunstancias muy diversas: desde un clima general completamente hostil a la espiritualidad, hasta una situación de deterioro interior. En cuanto a la alusión a la “persecución” y a la “tribulación”, suele repetirse en todos los compendios proféticos, pero puede aludir solamente a una situación general en donde el mensaje evangélico y el dogma de la Iglesia sea incomprendido y, por tanto, rechazado. En cualquier caso, no es optimismo lo que destila el último lema.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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