Por una educación de la dureza, la austeridad y el estoicismo

Publicado: Lunes, 25 de Abril de 2005 19:02 por en CULTURA
breker.jpgRedacción.- Por algún motivo, los “progres” hacen de la “reforma educativa” una cuestión de principios. Y en tanto que “progres”, lo que consiguen es en cada vuelta de tuerca de la reforma, hundir más la enseñanza. Y lo que es peor: el Estado está promoviendo un tipo de educación que resta competitividad a la juventud española ante la avalancha de inmigrantes.

Hoy no existe ya enseñanza pública digna de tal nombre y el Estado aspira a controlar la enseñanza privada para que alcance el mismo nivel de indigencia. No tenemos la menor duda de que la piqueta de demolición la manejan bien estos progres.

Hacia el modelo americano

Desde hace 25 años, la enseñanza en Norteamérica es una selva infernal. Ya en el lejano 1980, tuvieron que instalarse en los centros académicos, arcos detectores de metales a la vista de que un número no desdeñable de estudiantes acudían armados a clase. Sirvió de algo, pero no pudo evitar la matanza de “Colombine” y unos cuantos cientos de asesinatos. Desde España, mirábamos con cierto aire de suficiencia, la quiebra del sistema educativo norteamericano. Pues bien, esas ínfulas se han cambiado en sorpresa. El sistema español sufre los mismos males que el norteamericano y, acaso la única diferencia, sea que en España, al menos, los alumnos TODAVIA no van con armas de fuego a clase.

Si los incidentes y las peleas estudiantiles son el pan de cada día en las escuelas norteamericanas, es imposible olvidar su absoluta ineficacia para transmitir el saber. La sociedad americana está a la cola, entre las sociedades desarrolladas en alfabetización. Si unimos los analfabetos totales a los estructurales, nos dará la increíble cifra del 17%. Estas tasas son la prueba más evidente de que, como máximo, la escuela norteamericana cumple una función de “parking” de los jóvenes mientras sus padres trabajan. La administración norteamericana ha renunciado completamente a formar jóvenes a través de la escuela pública: el que quiera aprender que acuda a un centro privado. Y lo pague.

Sería imposible olvidar que la escuela pública española está siguiendo un camino análogo. Cada reforma supone una degradación más acusada del sistema de enseñanza español. También aquí, el que quiera que sus hijos se formen y aprendan, debe llevarlos a una escuela privada.

Falla la escuela y falla la familia

Cabría suponer que un retorno al concepto de la familia como célula básica de la sociedad y, por tanto, el núcleo en donde el joven recibe una esmerada educación por parte de sus madres, facilitaría aquello que la escuela pública no puede dar. Pero no nos engañemos. Si la escuela está hundida, la familia, en general, está así mismo, vaporizada.
Las tasas de natalidad en España están bajo mínimos. Uno de cada cuatro nacidos, es hijo de inmigrantes. El repunte de la natalidad, solamente ha sido posible, incluyendo las cifras de inmigrantes. España sigue siendo el país del mundo con una tasa de natalidad más baja. Y, a esto se une que, cuando decidimos tener hijos, los protegemos demasiado, los colocamos en una urna de cristal y hacemos de ellos unas figuritas de porcelana que centran nuestros cuidados y atenciones…

El resultado es una generación de débiles, acobardados y poco competitivos españoles, que jamás han tenido que sufrir ningún tipo de privación y que, por tanto, da la sensación de que pueden derrumbarse a la mínima dificultad. La abolición del servicio militar obligatorio, el repliegue a lo personal, el cambio de costumbres y hábitos, el rechazo a abandonar el hogar paterno, la precariedad laboral y la especulación inmobiliaria, han sido fenómenos que han contribuido a encerrar, por motivos muy distintos, a los jóvenes en una burbuja protectora en la que permanecen contra más tiempo mejor. Cuando salen, no son competitivos: han perdido dureza, capacidad de decisión, espíritu de sacrificio, voluntad, fuerza, vigor.

Educar para endurecer, endurecer para triunfar

Si la escuela pública, no está en condiciones de educar a los jóvenes, la mayor parte de familias, son, así mismo, incapaces para asumir este rol. El problema es que los padres no pueden compensar las carencias de la enseñanza (por que existe crisis de la autoridad en el núcleo familiar), pero tampoco la enseñanza puede suplir la tarea que corresponde a la familia.

No se trata solo de aprender, sino de forjar el carácter. Y eso solamente puede hacerlo, una enseñanza renovada y una familia reconstruida. El objetivo que debe inspirar este proceso es forjar una generación dura como el acero, capaz de sobreponerse al incierto futuro que anuncian los oscuros nubarrones que se ciernen sobre Europa.

© Ernesto Milá – Infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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