Los Gays vistos por un Hétero: habla el autor

Publicado: Martes, 15 de Marzo de 2005 13:38 por en CULTURA
Mundo-Gay.jpgRedacción.- Acaba de aparecer la segunda edición de “Los Gays vistos por un hétero”, subtitulado “pros y [RE]contras” de Rafael Pi. Aprovechamos esta segunda edición para entrevistar al autor y que nos explique las líneas centrales de este libro polémico, así como sus próximos proyectos literarios. Realmente, hemos reído con la lectura de "Los Gays vistos por un hétero".

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P.- Después de tu libro “¿Fumas porros, gilipollas?”, abordas ahora la cuestión de los gays… ¿es que te satisface particularmente apuntar a la línea de flotación del progresismo más acrisolado?

R.- Hay que estar allí en donde se producen los despuntes más extremos de la filosofía “progresista”. Uno de ellos es, indudablemente, el “antiprohibicionismo”, esto es la doctrina de la manga ancha en materia de estupefacientes. El progresismo, experimenta una particular tendencia a aceptar el uso de haschisch y, deliberadamente, confunde el uso terapéutico con el uso lúdico-festivo.

P.- ¿…y no es lo mismo?

R.- En absoluto. Un petardo de cannabis contiene en torno a 60 productos diferentes, solo uno de los cuáles puede contribuir a paliar los efectos de algunas enfermedades. Es un sedante que suele utilizarse en dolencias con una alta componente de dolor. Ahora bien, el resto de componentes químicos del cannabis son tan peligrosos o más que los que contiene el tabaco. Resulta grotesco ver como los progresistas protagonizan las más radicales campañas contra el uso del tabaco, mientras que, por otra parte, incitan a fumar… porros. Pero es inútil plantearse el por qué de tanta inconsistencia: simplemente son así.

P.- Ahora afrontas el segundo caballo de batalla del progresismo: los derechos de los homosexuales…

R.- Si, creo que vale la pena abordar el tema, desde el mismo punto de vista que utilicé en “¿Fumas porros, gilipollas?”, es decir, cogiendo el toro por los cuernos y utilizando una perspectiva racional y razonable, alejada de criterios religiosos y, no por qué no tengan importancia, sino por que vivimos una sociedad progresivamente más laicizada, y enfocar la cuestión desde un punto de vista que pueda entender toda la sociedad y no sólo los fieles de una determinada confesión religiosa que, por lo demás, ya ha hecho pública su oposición a la escalada gay.

P.- ¿No compartes las críticas de la jerarquía católica hacia el mundo gay?

R.- Digamos simplemente que examino la cuestión desde otra perspectiva.

P.- ¿Cuál?

R.-El libro “Los Gays, vistos por un hétero” es, en realidad, la búsqueda de un paradigma de normalidad. Repito: de n-o-r-m-a-l-i-d-a-d. La transformación de nuestra sociedad a partir de los años 60 ha hecho que se pierda todo criterio de normalidad. Si se pierde la perspectiva, como hacen los progresistas, es posible caer en cualquier exceso e incoherencia.

P.- ¿Y cuál es el fundamento del paradigma de normalidad?

R.- Se basa en algo tan sencillo como la naturaleza humana. Somos animales racionales y como toda especie animal estamos sometidos a una serie de leyes definidas por la biología, el primero de las cuales es el principio de la supervivencia de la especie. Y eso, querido amigo, solamente puede realizarse a través de algo tan simple y elemental como es el coito. Está claro que la investigación científica ha hecho posible la fecundación in vitro y demás medidas para paliar problemas de infertilidad… pero se trata de un recurso límite, una especie de “ultima ratio” a la que se recurre cuando no existe una situación “normal”. Así pues, para cumplir el instinto de reproducción de la especie y de supervivencia de la misma, lo “normal” es aceptar la heterosexualidad como norma.

P.- Y el resto de opciones sexuales, son… ¿anormales?

R.- La palabra “anormalidad” es quizás inadecuada. Habría que hablar, más bien, de” distintos niveles de alejamiento del centro de normalidad”. Está claro, que determinadas prácticas sexuales o parafilias, se sitúan en posiciones tan extremas que podemos hablar, sin riesgo a ser malentendidos, de “anormalidad” pura y simple.

P.- ¿Dónde sitúas el amor en todo este tema? En el fondo, los gays se aman…

R.- Mal asunto esto del amor. Es un invento relativamente reciente que procede de la revolución sentimental del siglo XIX. Hasta entonces el amor entraba poco en la formación de las parejas. La gente se casaba para perpetuar el linaje, forjar alianzas familiares, ampliar el patrimonio o, simplemente, para tener una descendencia. Si, una vez casados, aparecía el “amor”, mejor que mejor. El amor es un nexo débil y quebradizo. Primero aparece como pasión, luego la pasión se atenúa y, finalmente, aparece otra pasión… pero fijada en otro cuerpo. Antes no ocurría eso: se distinguía perfectamente entre la “madre” y la “amante”, entre Venus, diosa del amor, y Démeter, diosa de la familia.

P.- Pero esta moral sexual fue condenada por el cristianismo…

R.- Si, pero en la posición cristiana hay un elemento interesante: formula a las claras el principio de que es necesario dominar el sexo y no ser dominado por él. El cristianismo lo hace exaltando los valores de la familia y de la fidelidad conyugal y, para los que han elegido la vía sacerdotal, la castidad pura y simple. Ahora bien, detrás de todo esto, no hay que ver un régimen de represiones o de hábitos pacatos, sino más bien un intento de ser dueños de la propia sexualidad, tener una capacidad de control sobre ella y gobernarla… en lugar de ser gobernados por el sexo. Julius Evola la explicó que hay que distinguir entre la “libertad sexual” y la “lidertad del sexo”. En este sentido, la Iglesia tiende a lo segundo.

P.- Pero, al mismo tiempo, limita el principio del placer.

R.- En cierto sentido, pero hay que matizar. El principio del placer está presente en la naturaleza humana, así que negarlo es un puro sinsentido. Está ligado al principio de la supervivencia de la especie. Lo he dicho antes: somos animales racionales, tenemos conciencia de nosotros mismos, esto es lo que nos difiere de otras especies animales; y, por lo mismo, tenemos la noción de gozo y placer; en este sentido, el principio de la supervivencia de la especie está, inevitablemente, ligado al del placer, al de un placer físico y orgiástico. La doctrina de la Iglesia, en aras de un gobierno sobre lo instintivo, limita el principio del placer a la procreación. Aquí reside el punto central de la discusión: habitualmente, el uso de la sexualidad excede, incluso en las familias más católicas, el número de hijos tenidos. Por otra parte, controlar y gobernar la sexualidad, no implica reducir al máximo su utilización, sino simplemente, no dejarse arrastrar por el sexo hasta hacer de él el centro de la existencia y la única preocupación. No te olvides que vivimos lo que puede definirse como un proceso de pansexualización en donde hasta para vender un coche o una chocolatina los publicistas recurren a estímulos sexuales.

P.- Me ha llamado la atención tu repaso a la mitología gay

R.- Si, a mi también me ha gustado escribir sobre este tema. El universo gay se ha creado una mitología a su medida en donde los símbolos evidencian estados de ánimo. Luego, los propios gays reconducen esos símbolos, los intelectualizan y les dan simbolismos sociales que… nada tienen que ver con la realidad. Por ejemplo, el símbolo del marino que ejerce una fascinación particular sobre los gays. Ya se sabe lo de aquella cancioncilla: “... el vino en un barco, de nombre extranjero”. Los iconos gays muestran a marinos musculosos y de formas abultadas, penes amorcillados. Para ellos, el marino es el gay quintaesenciado. Es un extranjero que llega a un país, a menudo hostil, en busca del amor… del amor gay, por supuesto. Los gays explican que el mito del marino evidencia el ostracismo sexual al que han sido sometidos. Ese simbolismo queda reforzado por el ambiente de barrio chino en el que transcurren estas historias y se sitúan tales iconos: su sordidez sería el producto de la marginación que ha pesado sobre el mundo gay.

P.- Hay un concepto que tratas ampliamente: el de “espacios situacionales homófilos”…

R.- Efectivamente, un espacio situacional homófilo es, presuntamente, aquel que favocere “de suyo”, la homosexualidad. Un barco, por ejemplo: los marinos, jóvenes y bellos, sin mujeres a bordo, sintiendo la presión de sus hormonas, tenderían a aproximarse unos a otros y fraguarían relaciones amorosas y eróticas. La cárcel sería otro espacio situacional homófilo… Bien, yo he conocido ambos espacios, como tu sabes, y no he visto ni en la cárcel –en la que he estado, como tú, por motivos políticos- ni en los barcos, más homosexualidad que en cualquier otro lugar de la sociedad. Se trata de un mito: no existen los espacios situacionales homófilos, más allá de los creados en el propio ambiente gay. Esto es más evidente en la transformación producida de los guetos en zonas gays. Para mí, no existe más “espacio situacional homófilo” que las zonas gays de moda en las grandes ciudades.

P.- En lo personal, ¿tienes alguna reserva u hostilidad hacia el medio gay?

R.- Pues no. En realidad, en la empresa privada he tenido como colaboradores a distintos gays la relación ha sido correcta. No hay ningún tipo de animosidad personal, pero si un compromiso social: en efecto, si no se afirma una situación de “normalidad” –que, en el fondo, es lo que he intentado- nuestra sociedad corre el riesgo de salir triturada. Ese proceso está en marcha desde la “revolución sexual” de los años 60 y en el último año de gobierno de ZPlus ha tomado una velocidad asindótica.

P.- ¿Por qué crees que Zapatero tiene una tendencia a beneficiar al mundo gay?

R.- Vamos a ver, los gays hoy tienen una situación social mejor a otros períodos, no gracias a sus “reivindicaciones y luchas”, sino gracias a que se han convertido en un segmento del mercado. A partir de que, a finales de los años 70, Calvin Klein, una marca de calzoncillos entre otras muchas, descubriera que entre un 3 y un 5% de la población respondían a estímulos gays, pasaron a realizar unas políticas de marketing y publicidad enfocadas hacia ellos. El PSOE, descubrió tempranamente, que apoyándose en distintas minorías podría alcanzar… la mayoría. En 1982, el PSOE centró su campaña en conquistar el voto de dos millones de porreros. A partir de ese momento, el problema de las drogas se desmadró. Actualmente, el gobierno de ZPlus se apoya en una pequeña ventaja y en el soporte de partidos de escasa credibilidad. Le interesa a ZPlus ampliar esa ínfima ventaja apuntando hacia colectivos gays y feministas y para ello ha puesto un énfasis prioritario en seducirlos.

P.- En algún punto tocas las prácticas sexuales gays, pero no pareces darle mucha importancia…

R.- No se trata de eso, se trata de que es un tema demasiado evidente como para extenderse. Te lo resumo. Eso del amor entre gays está muy bien y es muy legítimo y, etc, etc… todo lo cual no quita que la forma en la que se expresa ese amor, sea una guarrada. Lo lamento, pero nadie me va a convencer de que la penetración anal es tan “normal”, como las prácticas sexuales heterosexuales. El ano no es particularmente un lugar adaptado para la penetración, ni tiene un lubrificación particular. Digamos que no es un “entorno amigable” para la sexualidad… ahora bien, es la forma en la que cristaliza una relación erótica homófila. No es raro que en la literatura y los ensayos sobre los gays realizados por gays, eludan este sórdido tema. En lugar de eso prefieren grandes alegatos a favor de la hemofilia y la cultura gay.

P.- Por cierto, ¿estás de acuerdo en la existencia de una “cultura gay”?

R.- No, es otra broma. Hacen gracia los historiadores gays cuando rastrean en la historia a intelectuales y artistas solteros o de los que no se conocen relaciones con el otro sexo… los señalan y dicen: “son gays”. Y, por tanto, deducción abusiva, toda su producción forma parte de la “cultura gay”. En realidad, todo es mucho más pobre. No hay más cultura gay que unas cuantas novelitas, frecuentemente intrascendentes, en las que el tema gay aparece como tal. ¿Y el resto? Cuando a la cultura se le colocan adjetivos –“cultura gay”, “cultura feminista”, etc.- mal asunto. La cultura es cultura a secar. O no lo es: cuando se habla de “contracultura”, por ejemplo, en realidad de lo que se está hablando es de “subcultura” o “infracultura”. No existe cultura gay, acabemos, como tampoco existe una “cultura sadomasoquista”, o una “cultura pedófila”, o una “cultura exhibicionista”…

P.- Por último, ¿por qué crees que en este momento hay más gays que en cualquier otro momento de la historia?

R.- No creo que haya que exagerar, hay sólo algo más homosexualidad que antes, y tu me preguntarás ¿a qué puede deberse? Los gays responden: “gracias a que cada vez vivimos un mayor régimen de libertad y un mayor nivel cultural”. Es discutible. En mi opinión somos química y la ingestión de determinados productos y hormonas a través de algo tan habitual como el agua que bebemos, o algunos conservantes, afectan a nuestra sexualidad: hoy se sabe que se están produciendo cambios en la conformación de la sexualidad humana a causa de los aditivos que ingerimos: a las niñas les crecen antes los pechos y tienen antes las primeras menstruaciones, a los niños, los espermatozoides, desde muy pequeños, van perdiendo movilidad. Hay aditivos que desvirilizan y feminizan. Desde este punto de vista, el aumento de la homosexualidad sería una derivada de los aspectos más problemáticos de la vida moderna. Nada, desde luego, de lo que alegrarse. Cualquier desequilibrio hormonal es considerado como una enfermedad… cualquiera, salvo la homosexualidad. Bueno, creo que sería cuestión de abordar el tema, nuevamente, desde el punto de vista clínico, aunque sea políticamente incorrecto afirmarlo y rubricarlo.

P.- ¿Cuál va a ser tu próximo libro? ¿irá en la misma dirección que los dos últimos?

R.- Hay un tema que me interesa particularmente, las fuerzas armadas, la defensa y el servicio militar. Creo que este es otro frente en el que el progresismo ha hecho desmanes que han terminado por liquidar cualquier posibilidad de que exista una defensa nacional digna de tal nombre. Y, no lo olvidemos, la paz y la armonía universal no existe, es un invento de las doctrinas humanitaristas del siglo XIX, lo que existe es la competencia entre las naciones y entre los bloques geopolíticos. Solamente un cretino puede pensar en el “diálogo de civilizaciones” (¿te sueno, no?). Las civilizaciones no dialogan: se enfrentan. Hoy hay un choque de civilizaciones, innegable. Y lo peor es que no se produce entre dos bloques sino que está ocurriendo, aquí y ahora, en el corazón mismo de la vieja Europa. Mi próximo libro va a ser un ensayo, como los dos anteriores, con concesiones a lo hilarante, destinado a desmitificar el pacifismo y la objeción de conciencia y sostener la necesidad de una defensa nacional digna de tal nombre.

P.- Lo leeremos con cariño…


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© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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