El joven Gaudí, la restauración de Poblet y la masonería

Publicado: Miércoles, 02 de Febrero de 2005 21:26 por en CULTURA
gaudi.jpgRedacción.- Traemos un nuevo artículo sobre Antonio Gaudí. Alude a su juventud en Reus y a su ambiente. El clima de laicismo masónico que compartió con sus amigos y que les llevó a programar la reconstrucción del monasterio de Poblet… pero no a la restauración del culto. Así mismo, en el curso de aquella restauración Gaudí y sus amigos se topó con una tumba providencial.

Capítulo I.

La restauración de Poblet y los amigos del Gaudí Joven

Nuestra historia empieza cuando tres adolescentes acaban de saltar la tapia de la abadía de Poblet, abandonada primero, destruida y saqueada después, y se pasean por la Iglesia en la que no queda de valor, más que las piedras talladas con maestría, para realzar la grandiosidad del lugar. Uno de los adolescentes es un modesto hijo de caldereros con unos ojos azules, penetrantes e hipnóticos. Se llama Antonio Gaudí. Junto a sus dos amigos, recorren, una tras otra, las capillas desmanteladas. En la del Santo Sepulcro, en el lado del Evangelio, les llama la atención los altorrelieves de una de las tres sepulturas cuyas losas tapizan el suelo; no es desde luego la del abad Juan de Guimerá que ganó el derecho a estar enterrado allí al haber costeado los gastos de la capilla, ni la de un doctor que yace a su lado, cuyo oficio puede comprobarse por los instrumentos de la ciencia médica que muestra la losa, sino la tercera, que pertenecía a un caballero de nombra extranjero. De retorno a su casa, debieron preguntar quién era el desconocido que figuraba sin relieve alguno. En el cenobio derruido de Poblet, Gaudí inicia su portentosa aventura.

* * *

Estamos ahora en el Londres de principios del siglo XVIII. Una ciudad de calles abigarradas que vivía uno de los períodos más libertinos de la historia de Inglaterra; fue entonces cuando los londinenses bebieron más pintas de buena cerveza y se entregaron al hedonismo más absoluto. De hecho, las tabernas eran los lugares de reunión de las más variadas asociaciones y círculos intelectuales. Algún crítico ha dicho que las tabernas no son el lugar más adecuado para la espiritualidad y la cultura, sin embargo, en uno de esos centros nació la masonería moderna (1). Pero había otras tabernas, donde acudía gente con menos preocupaciones filosóficas.

Cuando Christopher Wren (2)[i] dimitía de su cargo al frente de las hermandades de constructores y los protestantes realizaban su sigiloso entrismo en esas logias, en algunas tabernas de alta alcurnia se reunían jóvenes libertinos con ganas de alternar orgías con bromas pesadas. Se llamó a estos centros "Hell Fire Clubs", Clubs del Fuego del Infierno. Para hacer gala a su nombre, blasfemar era una obligación a la que se comprometían sus miembros; ateos impenitentes, se daban a sí mismos “nombres iniciáticos" relacionados con sus presuntas o reales cualidades amatorias ("Jhonny pijo largo", "Lady Vagina", "Mary Orgasmos", “Edwards Treshuevos”, etc) e imponían a sus miembros un brindis al diablo en noche de luna llena y en el interior de un cementerio, como rito de admisión. A partir de 1720, los Clubs del Fuego del Infierno experimentaron un crecimiento espectacular en un tiempo que la masonería seguía casi con sus mismos efectivos que en 1717, cuando se creó la Gran Logia Unida de Londres en la Taberna del Ganso y la Parrilla.

El ídolo de todos estos clubs, no era otro que el joven Duque Philip de Wharton, un personaje, oportunista, provocador, alcohólico, libertino y, globalmente, depravado. Sus vaivenes políticos le llevaron a jurar fidelidad a Jacobo III en Avignon, cuando apenas tenía 18 años, aprovechando la ocasión para sacarle 2000 libras a la viuda de Jacobo II (2), cuando ésta residía en Saint Germain en Laye; la cantidad fue suficiente para convertirlo, en poco tiempo, en el mejor conocedor de los burdeles de París. Pero nada le impidió, de regreso a Inglaterra, tomar partido por la causa contraria. Su comportamiento fue progresivamente más escandaloso, sin duda, trastornado por el alcoholismo que le pasaría factura en la segunda parte de su vida. Tan escandalosas maneras, conocidas de todos, no fueron óbice para que se le admitiera en la masonería (a pesar de exigir a sus miembros que fueran “hombres libres y de buenas costumbres”). No tardaría en crear problemas a la recién creada institución en la que logró escalar, muy pronto, hasta la cúpula.

El 25 de marzo de 1722, la Gran Logia de Londres sostuvo la candidatura del Duque de Montagu para ocupar el cargo de Gran Maestre. Montagu no era santo de la devoción del Duque de Wharton, así que éste decidió impedir la elección. Clavel, historiador masónico por excelencia, cuenta la significativa anécdota que ocurrió: "El 21 de junio [Wharton] convocó una gran asamblea, para la cual había hecho preparar un suntuoso banquete. Estando ya en los postres, y por consiguiente, cuando ya las cabezas estaban algo acaloradas con los vapores del vino, que se había servido con profusión, los partidarios de Wharton, tomando a un tiempo la palabra, atacaron vivamente la reelección del Duque de Montagu, que reputaron como un acto impolítico y suficiente para desalentar a los hermanos, cuyo acto e influencia social podían ser empleados en beneficio de la masonería (...) Los partidarios de Wharton obtuvieron un triunfo completo, resultando aquél elegido por unanimidad" (3).

Todo volvió a la normalidad cuando la Gran Logia declaró nulo e irregular un procedimiento tan expeditivo para nombrar Grandes Maestres. Montagu se comportó moderadamente y, en la asamblea convocada para resolver el contencioso, renunció a su cargo en beneficio de Wharton. Clavel explica que "su administración fue sumamente favorable para la sociedad. El número de logias se aumentó considerablemente en Londres y en los demás condados y la Gran Logia se vio obligada a crear el oficio de Gran Secretario, a fin de poder despachar la correspondencia" (4).

Su recuerdo se mantiene aun en la masonería española cuya Logia de Investigación (en un tiempo financiada por Mario Conde), dependiente de la Gran Logia de España, lleva su nombre. A pesar de esta tarea misional en España, el Duque de Wharton pasará a la historia de Inglaterra por ser el representante mejor conocido y más representativo de los "Clubs del Fuego del Infierno". Puede entenderse entonces el interés que puso el pastor Anderson y Teófilo Desaguliers en denunciar a los "estúpidos ateos" en sus "Constituciones". Efectivamente, el Artículo I del reglamento establecido en 1723 obligaba al masón "a obedecer a la ley moral; y si comprende bien el Arte, nunca será un estúpido ateo ni un religioso libertino". Estas frases han hecho verter ríos de tinta, pero, conociendo el dato de los “Clubs del Fuego del Infierno”, más parecen dardos dirigidos contra el Duque de Wharton que principios dictados por la tradición ancestral de los maestros masones.

El 20 de abril de 1721, el dean de Windsor, presentó un proyecto de ley contra estos clubs blasfemos, pero la iniciativa era excesivamente radical y permitía perseguir incluso a cualquier indiferentista religioso o disidente de la iglesia anglicana. Wharton fue el principal opositor a dicho proyecto. En esa ocasión actuó como un cínico redomado. Extrajo una Biblia del bolsillo y leyó distintos fragmentos de los Hechos de los Apóstoles, adoptando las poses propias de un predicador. El proyecto fue rechazado y el propio duque blasfemó a gusto esa misma noche en su taberna habitual.

En junio de 1725, Wharton, viajó al continente y tomó contacto con los medios jacobitas romanos y españoles. Al año siguiente se convirtió al catolicismo para casarse con la irlandesa Maria Teresa O’Neill O’Brian. En 1728, llegó a España y, junto con otros ingleses residentes en Madrid, fundaría la logia "Las Tres Flores de Lis", situada en la fonda del mismo nombre, en la calle San Bernardo, esquina con la calle de la Garduña. La logia es conocida como "Logia Matritense" e, históricamente, puede ser considerada como la primera en España y, también, la primera establecida fuera de Inglaterra (6). A fines de 1728, Wharton volvió a Francia y permaneció en París, entre septiembre de 1728 y abril de 1729, federando varias logias existentes en la capital del Sena.

A los 31 años tenía el hígado deshecho por los excesos. En 1729 regresó a España, muriendo fortuitamente en el Monasterio de Poblet cuando lo visitaba. Allí fueron depositados los restos del Duque de Wharton y Marqués de Malbury, bajo una losa en la capilla del Santo Sepulcro (7).

Esos mismos restos fueron los que, casi ciento cuarenta años después, debieron llamar la atención de Antonio Gaudí y sus dos amigos.

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“La mejor prueba de su precoz audacia fue el proyecto que, en unión de toda y del que, andando el tiempo, fue doctor José Ribera, imaginó desde el 1868 al 1870, para restaurar Poble y que se conserva como un reliquia en el castillo de Escornalbout” (8).

Aquellos tres jóvenes de apenas 15 años, “escribían poesías y hablaban de caballeros, de historia de Catalunya y de la restauración de los modelos nacionales” (9); tras haber inspeccionado hasta la saciedad el monasterio de Poblet, impresionados por su decadencia y enfebrecidos por el clima de romanticismo de la época, entre ruinas y arrebatos del espíritu, Antonio Gaudí, Eduardo Toda y José Ribera, se reunieron en casa de la hermana de éste último, en Espluga de Francolí, para tratar la restauración del lugar. Era el año 1870. El proyecto juvenil, fue pergeñado a mano en el dorso de varios panfletos jacobino-republicanos (10) firmados por el “Comité Democrático Republicano Federal de Reus” y rubricado, entre otros, por José Güell Mercader, pariente de Toda. El monasterio había sido abandonado en 1835 y sus restos fueron incendiados y saqueados, encontrándose en un estado lamentable.

José Ribera Sans (1852-1912), que luego sería un reputado médico, Gaudí y Toda refrendaron las líneas escritas por éste último: “Poblet debe ser restaurado, si, y no debe volver a pesar en él este ominoso poder de buitres negros, que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades” (11). La alusión a los “buitres negros” parece, bastante evidentemente, dirigida contra el clero. Joan Bassegoda (por cierto, vicepresidente de la Hermandad de Benefactores del Monasterio de Santa María de Poblet) ha explicado que alude a los “profanadores del monasterio” y, sería imposible negarse a aceptarlo, de no ser por que el resto de la frase no parece guardar relación con la profanación y sí con la temática anticlerical de la época (la frase “devoraron la conciencia del pueblo”, se repite en muchos textos de librepensadores y francmasones de la época y es característica de los ataques que, los jesuitas particularmente, recibían desde las logias masónicas y los medios librepensadores; por otra parte, si utilizando la misma retórica, se aludiera a los saqueadores del templo, la frase hubiera dicho: “devoraron el recuerdo del pueblo” (o la “memoria del pueblo”, en alusión a los bienes históricos depredados). Sin olvidar que el tiempo verbal en el que aparece –“devoraron”- es el pretérito y el saqueo continuado se estaba realizando en presente.

Pero es que, además, hay que insertar la frase de los “buitres negros” en el contexto en que fue escrita. Vanamente buscaríamos en todo el proyecto de restauración de Poblet elaborado por los tres jóvenes, alguna referencia a la restauración del culto y a la vuelta de los monjes. Bassegoda realiza una trascripción completa del documento y sorprende hasta que punto los tres lo tenían todo pensado: “Podría establecerse un café para así hacer contraer hábitos de amor al naciente pueblo e incitar a los vecinos de los inmediatos a reunirse en el monasterio en los días festivos”. “Podrían tenerse criaderos de animales como gallinas, cerdos, conejos, etc. (…) Podrían venderse legumbres, hortalizas, etc. Imprimiéndose y vendiéndose la historia de Jaime I. (…) Hacer vinagre. (…) Hacer jabón. (…) Una caja de ahorros para los trabajadores…”, y así hasta una veintena de proyectos económicos. Pero de restauración del culto, nada y de reintegración de la comunidad cisterciense al lugar, tampoco hay una sola línea. Así pues, no vale la pena recordar, como suelen hacer los “gaudianianos de estricta observancia”, una y otra vez, que Gaudí estudiaba en los Escolapios… En ningún punto, los tres jóvenes demuestran el más mínimo celo religioso. Les importa la restauración del lugar y su conversión en una especie de “mix” de hotel, balneario, red cooperativa, museo o falansterio… cualquier cosa, menos la restauración de la vida monástica. Digámoslo claramente: aquellos adolescentes, podían ser alumnos de los Escolapios, pero la religión les resultaba completa y visiblemente indiferente.

Hay una serie de frases incluidas en el documento que indican el entorno cultural del que se habían nutrido: “Poblet merece –escriben- y debe ser arrancado de las garras del tiempo, que amenaza sepultarlo en el abismo del olvido; las glorias que entraña, los héroes que lo eligieron para última morada, el arte escarnecido, la ciencia vilipendiada, nos lo demandan a gritos”. Y, tras la famosa frase de los “buitres negros”, siguen: “[Poblet] debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad, donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias”… A nadie que esté mínimamente familiarizado con la literatura masónica y utopista del siglo XIX, se le escapa que esta alusión al “sublime templo de la humanidad” es propia de ese ambiente y no de la enseñanza escolapia. Los tres jóvenes lo consideran un “templo de la humanidad”, no un “templo de Dios”, como había sido hasta antes de la catastrófica desamortización de Mendizábal.

Con estos comentarios, creemos suficientemente demostrado que en esa época, tanto Gaudí como sus dos amigos, se situaban en el mismo (o similar) campo que los redactores del manifiesto jacobino en cuyo dorso escribieron el proyecto, y no en el campo católico. También, en algunas partes, el manuscrito evidencia cierto romanticismo catalanista, por ejemplo: “Azotado por los vendavales que aventan las desparramadas cenizas de los héroes catalanes (…) álzase Poblet”. Pero luego, se alude al “pueblo hispano” (referencia que algunas transcripciones del texto eluden por aquello de resaltar el catalanismo gaudiniano que estaría inherente desde su primera juventud y que sería incompatible con cualquier reconocimiento a “lo hispano”). En aquella época, da la sensación de que los tres adolescentes valoraban el que allí estuvieran enterradas “las cenizas de los héroes”… pero, en realidad, no son “héroes” quienes allí yacen, sino los monarcas de la Corona de Aragón. Lo cual refuerza el que se trataba de adolescentes impregnados del jacobinismo masónico y republicano que en ese momento era extremadamente influyente en Reus. Sólo desde el punto de vista jacobino podía eludirse mencionar la figura del “rey” (no en vano, los jacobinos franceses habían guillotinado a Luis XVI y arrojado al Delfín de Francia –un niño de apenas siete años- a la Torre del Temple, donde moriría).

Allí, en aquel cenobio fundado en 1150, se encontraban enterrados buena parte de los monarcas de la Corona de Aragón, desde Jaime I hasta Juan II. Los tres jóvenes habían viajado a Poblet en un momento en el que el catalanismo político apenas tenía influencia, aún cuando los Juegos Florales habían sido restaurados en 1857 y Buenaventura Carlos Aribau había escrito su Oda a la Patria en 1833. Jove Catalunya (12) sólo será fundada en 1870, promovida por Eusebio Güell y el Centre Català, primer partido catalanista, inspirado también por Güell y por el francmasón Valentí Almirall, nacería en 1882. Así pues, el año en que los tres jóvenes abordan precozmente la restauración de Poblet, no puede concluirse en que el cenobio les inspirara, solamente, un sano sentimiento identitario… la frase que hemos destacado de Ribera, así como la trayectoria posterior de Toda dentro de la francmasonería, inducen a pensar sino ejerció también sobre ellos un particular atractivo el hecho de que allí estuviera la tumba del Duque de Wharton, fundador de la masonería española y del que, en esa época, no se conocían todavía –al menos en España- su aspecto frívolo y desordenado. De hecho, aún hoy, la figura del Duque de Wharton es emblemática y señera en la masonería española, no es un masón más entre otros muchos, es, como hemos visto, el fundador de la masonería española que fue, además, la primera logia establecida fuera de Inglaterra. Y su tumba está en Poblet.

De Eduard Toda i Güell, Josep Pla dice que era “de poca estatura, aspecto triste, que hablaba poco, pero a veces se lanzaba” (13); y sobre su evolución –por que Toda también evolucionó en su larga vida- la resume diciendo “fue un hombre de su tiempo. Primero anarquistoide, después liberaloide y después europeizante” (14); tras separarse de sus otros dos compañeros, estudió la carrera diplomática y ejerció como embajador de España en distintos destinos hasta su jubilación. A lo largo de toda su vida no pudo olvidar el entusiasmo de aquel proyecto juvenil y, en cuando se jubiló, dedicó sus últimos años a promover la restauración del monasterio. En 1940, un año antes de su muerte, pudo ver como los monjes restablecían en aquel lugar la vida monástica, algo que Toda no había previsto en su juventud. De los tres amigos, fue el único que pudo ver realizado el proyecto.

La trayectoria de Toda es significativa. Había nacido en Reus en 1855. Era algo más joven que Gaudí. Estudió derecho en Madrid y estableció una gran amistad con Víctor Balaguer (francmasón de amplio historial y cuyo nombre han llevado varias logias masónicas de Vilanova i la Geltrú hasta nuestros días (15) ) y, utilizando la influencia de Emilio Castelar (asimismo francmasón), en 1873, Toda ingresó en el Ministerio de Estado como diplomático. Fue vicecónsul en Macao, Hong-Kong y Shangai. A partir de 1871 colaboró con distintos medios de prensa, en especial, con revistas de la “Renaixença” (La Ilustració Catalana y La Renaixença). En 1884 fue destacado como cónsul en Egipto y participó en excavaciones arqueológicas en Tebas, donde obtuvo el núcleo de su valiosa colección de antigüedades egipcias que, en la actualidad, pueden visitarse en el Museo Arqueológico de Madrid y en el Museo Víctor Balaguer de Vilanova. No cabe duda de su pertenencia a la masonería. Son también los años en los que Helena Petrovna Blavatsky acaba de fundar la “Sociedad Teosófica”, dedicada oficialmente al “estudio de las religiones”, pero, realmente, se trató de un grupo ocultista convencional, especialmente interesado por el antiguo Egipto. Existe una famosa foto suya tomada en un almacén de sarcófagos de El Cairo, en el que Eduard Toda se ha ataviado de Faraón egipcio con todos los atributos y, por la seriedad de su rostro, resulta evidente que no se trata de ninguna broma. Mientras estaba en El Cairo envió varios artículos a la prensa española firmados con el seudónimo de “Alí Bey”, el aventurero nacido en Barcelona de verdadero nombre Domingo Badía Leblich, así mismo, francmasón, primer europeo que viajó a la Meca. En 1888 se convirtió en el redescubridor de la cultura catalana en la ciudad de l’Alguer (Cerdeña). Al producirse la crisis del 98, Toda fue secretario de la Comisión Española encargada de negociar la paz con los EEUU. Poco después, abandonó la carrera diplomática y se estableció en Londres dedicándose a los negocios particulares. Allí pasó los años de la Primera Guerra Mundial, a cuyo fin regresó a Cataluña provisto de una considerable fortuna personal que le permitió la reconstrucción del antiguo monasterio de Escornalbou (próximo a Reus) donde se estableció, convirtiéndolo en una residencia señorial. En 1930, fue nombrado presidente del recién constituido Patronato de Poblet que llevaría a cabo la restauración del monasterio. En 1926 cedió el castillo de Escornalbou al obispado de Tarragona con la condición de que pudiera seguir viviendo allí hasta su muerte y ser enterrado en el lugar. Pero la donación, aceptada demasiado fácilmente, no tenía en cuenta lo deficitario de la propiedad. El cardenal Vidal i Barraquer intentó vender la propiedad para aludir las cargas, sin conseguirlo; a todo esto, la Guerra Civil y los vaivenes económicos, entrañaron la ruina de Eduard Toda que murió en Poblet en 1941.

Gracias a Pla sabemos que en el curso de su vida Toda atemperó sus opiniones juveniles. De “anarcoide” en sus tiempos de amistad con Gaudí y Ribera, pasó a liberaloide (cuando Víctor Balaguer le adornó con su amistad) y, finalmente, “europeizante” cuando se convirtió en gerente de una compañía vasca de navegación. Pla lo llegó a apreciar. Dijo de él: “El señor Toda contribuyó a desprovincianizar el país”. Él mismo le explicó que jamás le atrajeron ni los Juegos Florales, ni la poesía, “ni todas aquellas nimiedades”. Recordó a Pla un poema de su amigo Joaquín Bartrina (“Todo lo sé / del mundo los arcanos / ya no son para mí misterios sobrehumanos”), manifestándole que jamás hubiera sido capaz de escribir cursiladas como esa. Así mismo le confesó también sus “pecadillos” de juventud: “Un día, de muy joven, fui partidario del General Prim y del Rey Amadeo y del liberalismo que la situación creó. A Prim lo asesinaron; el Rey Amadeo dimitió del cargo por el asco que le producía el país: la única cosa que me quedó fue el liberalismo que entonces mamé” (16). Con Bartrina, precisamente, Toda había fundado una revista de la que apenas aparecieron dos números, “El Sorbete”, el 25 de junio de 1868 y el 2 de agosto del mismo año. Gaudí, necesariamente, conocía esa revista, que elaboraban sus amigos de juventud pues ese verano estuvo en Reus y, por lo demás, se sabe que siguió manteniendo correspondencia con Toda.

A Toda, el clero nunca terminó de agradarle, ni siquiera en su vejez, a pesar de que la edad y la vida le hicieran un hombre ecuánime y moderado. Cuando explicaba cómo se destrozó la arquitectura religiosa de Reus en las bullangas de 1835, decía a Pla: “La confusión entre la Iglesia y el Estado ha llegado a extremos inconcebibles… Cuando pienso en las salvajadas cometidas en el año 1835 pienso en estos casos. Las revoluciones no las hace el pueblo espontáneamente. Siempre hay unos “meneurs” [en francés en el texto, agitadores], que ordenan lo que se ha de hacer. A veces la cosa parece clara. La Iglesia ha tenido una manera de hacer prepotente, excesiva, literalmente desaforada. Antes las cosas desaforadas, el contragolpe es siempre violento, excesivo, anormal” (17). En relación a Poblet había en su criterio cierto cinismo e ironía, voluntarias y estudiadas. Decía que “cuando sea posible, hay que llevar allí a cuatro monjes para mantener lo pintoresco del monasterio” (18). La restauración de la vida monacal en el cenobio no era, pues, para él, asunto de religión, sino de pintoresquismo…

El episodio juvenil de la restauración de Poblet (1870), supone la primera vez en la que probablemente se cruza la masonería con Antonio Gaudí. No solamente un texto, incuestionablemente anticlerical, escrito de común acuerdo por los tres, ha podido llegar hasta nosotros, sino que el tercer amigo, se convierte en los años siguientes en un diplomático de éxito, miembro, de la masonería que, sin embargo… es enterrano en un cementerio católico, aun manteniendo hasta el final de sus días, la trayectoria anticlerical (atemperada, eso sí) que adoptó desde su juventud.

Se ha olvidado demasiado rápidamente que para la masonería española –aún hoy, pero, sin duda, mucho más en el siglo XIX- el monasterio de Poblet (19) es un centro importantísimo a causa de que allí fue enterrado el fundador histórico de esta sociedad en nuestro país. A fuerza de ver cuál fue la trayectoria posterior de Gaudí y la evolución de sus ideas, se ha concluido –acaso demasiado rápidamente- en que él y los otros dos jóvenes, solamente se sentían atraídos por el cenobio, entendido como mausoleo de buena parte de los Reyes de la Corona de Aragón. Además, no puede eludirse el hecho de que el proyecto de restauración fuera escrito en el dorso de un manifiesto jacobino. Como también el tono de la redacción indica una innegable sintonía con los ideales jacobinos y masónicos. Ni tampoco, finalmente, puede eludirse el hecho de que Toda, durante buena parte de su vida, militase en la masonería y se interesase extraordinariamente por la vida de otro francmasón catalán, “Alí Bey”.

Precisamente con Toda ocurre como con “Alí Bey” o el propio Ildefonso Cerdá… no se tiene ningún documento objetivo, emanado de fuentes masónicas, que confirme su pertenencia a la Orden, sin embargo, lo cierto es que Cerdá “llevaba el mandil prácticamente colgado” o que, incluso, -como insistiremos más adelante- “Alí Bey” estuvo relacionado con los medios ocultistas franceses de finales del siglo XVIII y principios del XIX, en especial con el entorno de Fabre d’Olivet y el grupo neopitagórico de París, que tenía como inspirador a Delisle de Sales (20). En cuanto a Toda, la militancia masónica está confirmada por tradición oral, así como por la amistad y colaboración que deparó hacia Víctor Balaguer, de quien sí se conoce con seguridad su filiación masónica. No en vano, Toda legó al Museo Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú, una momia y otros bienes egipcios que aún pueden contemplarse. El Museo, por cierto, tiene un trazado y una arquitectura de la que difícilmente puede negarse su inspiración masónica.

Se ha dicho que la colaboración de Gaudí en el proyecto juvenil de restauración de Poblet fue mínima o, incluso, que no participó. Se acepta que la memoria fue redactada en 1870 y que su transcripción se debe a Toda, del cual es también el plano de la abadía, pero se admite también que Gaudí colaboró dibujando el sello del abad Cuyàs, “magnum sigillum populatanum” (21). La fecha de 1870 da mayor credibilidad a la presencia de Gaudí. Sus biógrafos reconocen que volvió a Reus en noviembre a causa de la epidemia de fiebre amarilla que azotó Barcelona. El sello lo copia de un grabado al cobre del libro del padre Jaime Finestres, pero suprime el capelo abacial y las correspondientes ínfulas trenzadas y colgantes a los lados del blasón populetano. El dibujo es importante por que es el más antiguo conocido del arquitecto. Las carencias son, así mismo significativas: tienden a eludir su carácter religioso. Eufemià Fort en un artículo publicado en “El Correo Catalán” del 2 de octubre de 1926, tras dar cuenta de las significativas carencias del escudo, comenta: “… los noveles argonautas, los jovenzuelos patricios, tratan de restaurar Poblet dejando en deliberado olvido su esencial significación eclesiástica y su carácter monacal, van a restaurar sencillamente una obra de arte, un monumento de la patria”. El documento y el mapa, por cierto, están escritos y rotulados en castellano.

¿Todo esto a dónde nos lleva? Bastante más lejos de donde han querido llegar los biógrafos gaudinianos ¿Por qué nos hemos extendido en todos estos extremos? Nos lleva a fijar la fecha de 1870 como el primer momento en el que el nombre de Gaudí aparece relacionado con un “entorno” masónico o para-masónico. A raíz de la minuciosidad con la que los tres jóvenes examinaron las ruinas del monasterio, es muy presumible que, a partir de 1870, la masonería ya no fuera un enigma para el futuro arquitecto.

La tumba del Duque de Wharton en Poblet puso en la pista a aquellos tres jóvenes de los atributos simbólicos de la masonería… Herramientas que simbolizan altos valores éticos y morales: la escuadra simboliza la equidad; el compas, el equilibrio; el nivel es símbolo de igualdad; la ploma de rectitud; el mallete o mazo, la voluntad de crear; el cincel, la atención y la concentración… (22) que no son otros, precisamente, que herramientas propias del noble arte de la Arquitectura. La carrera por la que Antoni Gaudí i Cornet, finalmente, optaría.



1) Como textos accesibles sobre la masonería pueden consultarse: “Historia de la Francmasonería” de F.T.B. Clavel, Edicomunicación, Barcelona 1988; “El Secreto masónico” de Robert Ambelain, Martínez Roca, Barcelona 1985 e “Historia General de la Masonería”, de Oscar Rodrigo Albert, Editorial Mitre, Barcelona 1985.

2) Gaudí no ignoraba la existencia de Christopher Wren: “El Palacio Güell, cuya cúpula, como ya se dijo, parece inspirada en los modelos renacentistas, tiene también relación con la de San Pablo de Londres, de sir Christopher Wren. La de Londres es triple, aunque la exterior es solamente decorativa, mientras que la intermedia es un tronco de cono. Gaudí suprimió la cúpula inútil del exterior y dejó visto el cono entero, coronado por la veleta, como si fuera la cabeza de un proyectil” [“El Gran Gaudí”, J. Bassegoda, pág. 282]. Christopher Wren (1632-1723), arquitecto inglés de tendencia marcadamente clasicista, proyectó, entre otras la construcción del Sheldonian Theatre en Oxford en 1663 y de la capilla del Penbroke College en Hampton Court (Greenwich). Pero fue tras el incendió que destruyó buena parte de Londres en 1666, cuando realizó sus obras más importante. Encargado de la reconstrucción de la ciudad, restaura 50 iglesias de las 87 que el fuego había destruido y establece los planos de la Catedral de San Pablo (1675-1702). Según el manuscrito de Aubrey, “Historia Natural del Wiltshire”, habría sido “Hermano adoptado” de una logia de constructores, en 1691. Anderson indique que fue Gran Maestre de la Franmasonería operativa, algo que jamás ha sido confirmado y que parece inverosímil. Su hijo, sir Christopher Wren (1678-1747) fue arquitecto, escritor y miembro del Parlamento. Fue Venerable de la Logia Antiquity nº 1 en 1729 [“Dictionire de la Fran-Maçonnerie”, Op.cit., pág. 1256].

3) Los datos biográficos sobre el Duque de Wharton han sido extraídos de “Francmasonería”, Alec Mellor, Editorial AHR, Barcelona 1977-

4) “Historia de la Francmasonería”, Op.cit., pág. 30.

5) “Historia de la Francmasonería”, Op.cit., pág. 46.

6) El “Dictionnaire de la franc-maçonnerie”, PUF, París, reconoce la existencia de esta logia y da abundantes datos: fue constituida el 25 de febrero de 1728, por el Duque de Wharton y otros cinco ingleses residentes en Madrid, con el nombre de «Frenh’s Arms in St. Berdanard’s Street y The Flower of Luces”, abierta con patente de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Hasta 1734 recibió el nº 50, para luego convertirse en la nº 44 hasta 1756 y la nº 22 a partir de esa fecha y hasta 1768 en la que fue “rayada” (dada de baja) ante la falta de signos de vida. Así mismo, entre 1748 y 1756 se sabe de la presencia masónica en Barcelona. Se tiene la convicción de que se trató de franmasones vinculados al estamento militar que dejaron en el Cuartel de Artillería de la calle del Comercio (hasta hace poco Caja de Reclutas) los símbolos de su credo en forma de grabados sobre el dintel de las puertas laterales, que aun pueden verse. Así mismo existió una Gran Logia Independiente fundada por el Conde de Aranda.

7) “En el centro del pavimento, junto a los peldaños del altar se encuentra “lápida sepulcral, sin relieves, con texto en latín, conteniendo los restos el caballero inflés, fallecido en 1731, Felipe de Wharton. Esta sepultura se encuentra emplazada actualmente en el antiguo cementario de monjes y nobles”. Felío A. Villarrubias, “El altar del Santo Sepulcro del Real Monasterio de Poblet”, Abadía de Poblet, 1960, pág. 16.

8) “Antonio Gaudí”, José F. Ráfils, Canosa Editorial, Barcelona 1929, pág. 12.

9) Gijs van Hensbergen, “Antoni Gaudí”, Plaza & Janés, Barcelona 2001, pág. 42.

10) Citado entre otros por Ana María Ferrín en “Gaudí, de Piedra y Fuego”, Jaraquemada Editores, Barcelona 2001, pág. 70.

11) “El Gran Gaudí”, Joan Bassegoda, pág. 39.

12) Eusebio Güell no figura entre los fundadores, pero sí su hombre de confianza, el poeta Pico i Campanar que, de paso, era su administrador. Picó hacía nacido en 1848 en Mallocar y a los 11 años se desplazó con su familia a Barcelona. A partir de 1889 se convierte en apoderado de Eusebio Güell. El propio Picó presidió Jove Catalunya en 1873. Así mismo fue cofundador de otra asociación promovida por Güell, la Asociació de la Llengua Catalana (1881). Fue Mestre en Gai Saber y resultó premiado en los Juegos Florales de 1867, 1868, 1871, 1873, 1884 y 1885. De 1900 a 1902 es presidente del Centro Excursionista de Catalunya y en 1902 del Ateneo de Barcelona. En 1894 conpuso el libreto de la ópera “Garraf”. Falleció en 1916.

13) “Guía fundamental y popular del Monasterio de Poblet”, Joseph Pla, Publicaciones de la Abadía de Poblet, 1980, pág. 148.

14) “Guía fundamental y popular del Monasterio de Poblet”, Joseph Pla, Publicaciones de la Abadía de Poblet, 1980, pág. 150.

15) “La Masonería a Catalunya”, Pere Sánchez i Farré, Ajuntament de Barcelona – Ediciones 62, Barcelona, 1990, pág. 339

16) “Homenots – 4ª Serie”, Obras Completas, Vol 29, Josep Pla, Barcelona 1975, pág. 53 y sigs.

17) “Homenots – 4ª Serie”, Obras Completas, Vol 29, Josep Pla, Barcelona 1975, pág. 87.

18) “Guía fundamental y popular del Monasterio de Poblet”, Op.cit., pág. 148.

19) No es el único edificio religioso que ha atraído el interés de la masonería. Otro edificio particularmente apreciado por los masones en la Ciudad Condal, es la Iglesia de Santa María del Mar, considerada como la “catedral de los constructores”. Allí fue velado el cadáver del Gran Maestre de la Gran Logia de España, Luís Salat Gusils. Salat fue el reorganizador de la masonería tras los años de prohibición del franquismo. La primera residencia de Gaudí en Barcelona, estaba situada en la placeta de Montcada, anexa al ábside de Santa María del Mar.

20) “Misterios de Barcelona”, Ernesto Milà, Editorial PYRE, Barcelona 2001, pág. 33 y sigs.

21) Las informaciones sobre el sello de Poblet han sido extraídas de “El Gran Gaudí”, Op.cit., pág. 34 y 35.

22) El simbolismos constructivo de la masonería está expuesto con particular brillantez en “Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada” de René Guénon, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires 1969, especialmente en la parte titulada “Simbolismo Constructivo”, págs. 221-275

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