En Navidad y Reyes: ¿Regalos sexistas y violentos? ¡Por supuesto!

Publicado: Domingo, 19 de Diciembre de 2004 22:10 por en CULTURA
00001.jpgRedacción.- Lo políticamente correcto es hacer campaña contra los juguetes bélicos y rechazar regalos que tengan que ver con el rol sexual. Quiero explicar por que me gustaría regalarle a mi hijo mayor un rifle del 22, a mi hijo pequeño un laser desintegrador matamarcianos y a mi hija pequeña una muñeca, más o menos, chochona. [en la foto, uno de los modelos de sofisticadas pistolas intergalácticas matamarcianos. Justo lo que necesitaríamos todos]

Se aproxima la navidad. La estupidez de los estúpidos se nota más en algunos períodos del año. Navidades, por ejemplo. Ya desde mediados de noviembre, los medios de comunicación han ido esparciendo mensajes contra los juguetes violentos y sexistas. Al parecer sería de buen tono regalar a un niño una muñeca y a una niña un camión volquete. Así evitaríamos que la niña cuidando a su muñeca se identificase con el rol de mujer-madre y al niño se le desvincularía de cualquier tendencia agresiva. Al menos en teoría.

Por que en la práctica, lo que obtendríamos –y lo que frecuentemente obtenemos- son niños neuróticos. Si una niña se identifica con una muñeca y un niño con una pistola es por que está escrito en sus predisposiciones genéticas, comunes a todos los mamíferos superiores, que la hembra tiene a su cargo el cuidado de la prole y al macho que se encarga de su defensa. A una comunidad no se la defiende chochona en mano, ni a una prole se la cuida con un camión-volquete. El progre, que piensa así y razona en tanto que progre, es el estúpido por excelencia.

El origen del problema: el buen salvaje de Rousseau

El progre intenta diseñar un mundo a su gusto, aunque contravenga la ley de la naturaleza que ha permitido la evolución de la especie desde el australopiteco al homo sapiens. No es raro que contra más fundamentalista es una utopía progre, tienda a niveles más inhumanos. En efecto, al no conocerse a sí mismo, el progre, desconoce su propia naturaleza y la de la sociedad que le rodea. Vive en el mundo de las esencias románticas creadas a partir de Rousseau (infame entre los infames y obtuso entre los obtusos) en su Discurso sobre la Desigualdad. Allí establece la fuente de la que han mamado los progres de todos los tiempos: de Darwin a Marx, de Freud a … ZP, a saber, la bondad intrínseca del ser humano al que la sociedad ha pervertido. Y no.

Los antropólogos progres actuales siguen sosteniendo esta tesis a partir del estudio de algunos pueblos primitivos actualmente existentes (bosquimanos, lapones, pigmeos e indígenas australianos). Y ciertamente parecen pueblos tímidos, totalmente faltos de agresividad… a los que la falta de competitividad ha llevado al aislamiento en territorios extremadamente hostiles en donde nadie más ha deseado vivir. Es, precisamente por eso y no por su bondad natural, por lo que estos pueblos han configurado un estilo de vida pacífico y tímido en tanto que su hábitat natural no seducía a ningún otro pueblo y, por tanto, nadie se lo disputaba. Por que, sépanlo nuestros progres, los pueblos “pacíficos” siempre han vivido en territorios extremadamente inhóspitos. La bondad natural, entendida como la “política de bambi” (remember ZP), jamás ha existido.

El problema era que Rousseau tenía una visión limitada del mundo. Apenas había visto otra cosa que las laderas verdes y disciplinadamente cultivadas próximas a Ginebra. Para él un “hombre primitivo” era un “campesino”. Uno de los fundadores de los EEUU llegó más lejos. Jefferson, en efecto, llegó a decir que el “hombre natural”, el campesino, posee más "pureza de alma que el hombre de la ciudad" (algo en lo que, hasta cierto punto, podemos estar de acuerdo) para afirmar luego que una nación incorruptible debe basar su fortaleza en la sociedad rural antes que en la urbana. De ahí que los granjeros en los EEUU sean la quintaesencia de “América”. Si esto es así ¿de dónde diablos ha salido Bush, los telepredicadores, los gansters, Hollywood, la comida basura, los marines de Abu Ghraib o, hablando de granjeros, Leatherface, el protagonista de la “masacre de Texas” que realmente existió…?

Por lo demás, los campesinos y granjeros norteamericanos -si es eso lo que preocupa- lograron asegurar la independencia de las colonias con las armas en la mano y, aún hoy, el derecho a disponer de armas de fuego es considerado como uno de los principales derechos del pueblo norteamericano. De Rousseau lo que ha surgido, no es un mundo feliz, sino la "Sociedad Norteamericana del Rifle"...

Mundo real y mundo imaginario

Como siempre, una vez más, el sueño de la razón ha producido monstruos. Absurdo pues pensar que impidiendo que un niño juegue con una pistola, se va a hacer de él un ciudadano pacífico. Para ejercer la violencia, de hecho, no hacen falta armas: nunca como hoy existe tanta violencia en la sociedad y nunca como hoy se ha impedido tanto a los niños jugar con armas simuladas. Intento vano por que los niños juegan con pistolas aún sin tener ni siquiera una pistola de juguete ¿o es que no habéis observado a los niños extendiendo los dedos medio e índice como si se tratara del cañón de un Colt y el pulgar como si fuera el martillo percutor, “disparándose” unos a otros?

El progre da por supuesto que la infancia es tan estúpida como lo es él. Y nuevamente, no. El niño siempre ha distinguido perfectamente entre el mundo de la fantasía y el mundo real. El progre no. El hecho de que la pedagogía progre se base en el “aprender jugando” indica ya el grado de confusionismo que inserta en las mentes infantiles: a base de aprender jugando, el niño termina por no aprender ni siquiera a jugar. Hasta que apareció la pegadogía progre, el niño distinguía perfectamente lo que era el mundo de ficción creado en sus juegos al mundo de la realidad en la que vivía cuando no jugaba. ¿Quién no ha hecho una tienda de campaña con unas sábanas y unas escobas? Seguramente la mayor parte de varones, ahora bien, acabado el juego, la sábana servía como equipamiento de la cama y las escobas y mochos para mantener la limpieza en el hogar. De la misma forma que una niña que juegue a “las cocinitas”, jamás se le ocurriría degustar uno de sus “pasteles” hecho con barro, plastilina y guijarros. A un niño le regalan una pistola laser desintegradota matamarcianos… es perfectamente consciente de que le va a acompañar en sus juegos, pero que él vive en el planeta tierra y su amiguimito del alma que vive en el 4º 2ª, no es un marciano o un tenebroso klinkorn.

El mundo del juego, como el mundo de los cuentos infantiles, es considerado por los niños como imaginario. Pero el niño, como el actor que sigue el método Stanislawsky, intenta asumir al máximo la fantasía... mientras dura el juego.

La confusión no se produce con este tipo de juegos, sino con aquellos otros de naturaleza alienante. Mucho más peligroso que un niño juegue con una videoconsola que con una escopeta de aire comprimido. La capacidad adictiva y alienante de la videocónsola es superior a cualquier juego clásico, aunque el soft no sea particularmente violento. De hecho, los videojuegos, incluso los más simples y pacíficos, se diseñan para que el jugador quede, literalmente, "enganchado" a la videocónsola. A esto se le llama "capacidad adictiva" y todos los programadores de videojuegos procuran acentuarla.

Con la escopeta, el niño aprenderá a apuntar, a templar la respiración, se entrenará su capacidad de observación, le ayudará a conocer el nexo de unión entre respiración y quietud, y cuando se canse de haber horadado la diana o la pared, abandonará el juego y pasará a hacer cualquier otra cosa. Por el contrario, un niño con una videoconsola jugará interminablemente, horas y horas, un juego alienante, hecho de luces, sincopadas, sonidos y situaciones virtuales desconectadas completamente del mundo real, con una componente altamente adictivia.

La adicción deriva de la posibilidad de mejorar el fallo cometido en la jugada siguiente. El adolescente con la escopeta de aire comprimido aprenderá pronto que cada disparo es algo único, que una vez apretado el gatillo no puede volver atrás; sus fallos quedarán reflejados en la diana taladrada. Eso le llevará a algunas conclusiones, pero no al lavado de cerebro generado por la videoconsola a partir de sonidos, luces, explosiones, muertos virtuales, vidas regeneradas, etc.

De todas formas, tal como afirma el viejo principio de la medicina homeopática, la dosis es lo que hace al veneno. Ingerir dos docenas de algo tan alimenticio como el plátano pueden causar trastornos graves en el estómago. Análogamente, tres días seguidos de videoconsola generan daños en el cerebro y en la visión del mundo que se hace el adolescente. Ahora bien, en sí mismo, incluso en las videoconsolas, el usuario normal, distingue entre mundo real y mundo virtual.

Está claro que si entre los adultos existe un 2% de psicópatas, existen unos mínimos de violencia social asumibles. Esto explica el por qué en las sociedades “normales” existe un remanente, desagradable pero aceptable de violencia juvenil generada por tribus urbanas. El problema es cuando –como en este momento- estos mínimos de “disparan” asindóticamente (aparición de bandas de “latin-kings” en las grande ciudades españolas, delincuencia infantil de origen magrebí, etc.), pero no es, desde luego por que los niños jueguen con armas, sino por la aparición de patología sociales muy concretas.

El rifle del 22 para mi hijo mayor

Es más, regalar un arma a un joven es una forma de iniciarlo en el mundo de los adultos y darle una lección de alto valor ético y moral: recordarle quien es, cuál es su obligación para con su comunidad. Es un hombre. Debe defender a su comunidad cuando ésta precise ser defendida. No es un moco vil y cobarde que huye cuando le atacan y que espera que venga el primo de Zumosol para hacer lo que él no es capaz de hacer. La vida es dura, contra antes se enseñe a los más jóvenes mejor.

Existe un maravilloso libro del antropólogo Kenneth Oakley, “El hombre, constructor de instrumentos”, que muy bien podría haberse llamado “El hombre constructor de armas”. La tesis de Oakley es que la construcción de “instrumentos” es lo que ha facilitado la selección natural y ha podido asegurar la evolución del austrolopiteco al homo sapiens. Pero el primer instrumento no fue otra cosa que un húmero de antílope y el primer cuchillo de sierra, hace un millón de años, media mandíbula de gacela. Gracias a las armas, los australopitecus lograron vencer a otras especies de primates competidoras y afirmarse hace un millón de años como antecesor del homo sapiens. Eran "seres naturales" y, precisamente por eso, contrariamente a lo que suponía Rousseau, estaban habituados a utilizar y fabricar armas.

En otras palabras: son las armas las que han facilitado la selección natural y han hecho que llegáramos a donde estamos, situados en la cúspide de la evolución. Desde el húmero de antílope en una mano y la media mandíbula inferior de gacela en otra, hasta lo tasers y las modernas tecnologías, la historia de nuestra especie y de nuestras antepasados ha sido un perfeccionamiento de armas que nos han permitido afirmar los dos intentos básicos presentes en toda especie biológica: el instinto territorial y el instinto de jerarquía.

Es fácil utilizar a Freud como arma arrojadiza. Una pistola para el viejo psiquiatra era un símbolo fálico y no incluye a las armas en ningún momento en su libro “El malestar en la civilización”. Freud creía –como buena parte de los científicos en su época y a partir de Darwin- que la selección natural genera la búsqueda de hembra y, por tanto, situaba a la sexualidad en el centro de su sistema. Ahora sabemos, gracias a la etología, que el instinto territorial y el instinto jerárquico preceden en importancia al instinto sexual, es más, gracias al primero se conciben las nociones de “amigo-enemigo” o “amor-odio” que permiten, a la postre, elegir pareja. Hoy se sabe sin sombra de duda que el control del territorio y el establecimiento de una cadena jerárquica, proporciona en las especies animales, automáticamente, compañía sexual y no al revés. Los machos pelean por el territorio y por su posición jerárquica, antes que por la hembra. De hecho, es la hembra la que decide, finalmente, a que macho se entrega.

Para luchar y defender a la propia comunidad (la familia, la tribu, la ciudad, la nación) frente a agresiones exteriores es preciso estar preparado, mental y físicamente. Y dotado de armas. Difícilmente puede estar preparado para defender algo aquel que desconoce lo que es el instrumento de toda defensa: el arma. Y mucho menos preparado puede estar alguien que niega incluso la posibilidad de que la comunidad corra riesgos y se vea sometida a amenazas constantes. El progre, evidentemente, con su afirmación rousoniana de bondad universal, y el buenismo implícito en su estupidez mental, sostiene eso precisamente. Sería bueno que, si ese es su ideal, se fuera a compartir su vida y sus tonterías con los pigmeos del Kalahari que, sin duda, piensan como él.

La pistola desintegradora matamarcianos para mi hijo pequeño

Una educación sana no ahoga los instintos que viajan con los genes, todo lo contrario, los potencia o, simplemente, los satisface. La peor de todas las educaciones posibles es aquella que tiende a confundir los deseos quiméricos con posibilidades reales e intenta torcer y quebrar el desarrollo de los instintos naturales. Haciendo que un niño juegue con muñecas, lo que se logra no es inhibir su agresividad y transmitirle valores de tolerancia e igualdad sexual, lo que se fabrica es un perfecto neurótico que arrastrará las consecuencias de su falta de adaptación a su naturaleza genética de varón desde su infancia hasta su senectud.

No es que yo le regale a mi hijo una pistola desintegradora matamarcianos para hacer de él un ser intolerante y cruel, es que en su naturaleza infantil y en sus circuitos genéticos está implícita la obligación de defender a la comunidad mediante el uso de los mismos instrumentos cuya utiliza ya entendió el australopiteco pero no el progre beatífico y rousoniano. No soy yo el que le tengo que elegir el juguete… es él el que quiere ese juguete y no la muñeca o la cocinita o el estuche de peluquería. No es que la elección de una pistola sea un elemento imitativo de su padre –de hecho, lo habitual es que los niños no vean a sus mayores con armas- ni mucho menos que la falacia freudiana del complejo de castración emerja del subconsciente y le imponga esa elección. Es que, al nacer varón, dotado de determinadas glándulas productoras de hormonas masculinas, la naturaleza ya hace la elección.

Está claro que de tanto en tanto aparecen “anormalidades”, a título de excepciones. No es ayer, en el pasado "primitivo" y "salvaje" en donde proliferaban tales anormalidades, sino en la modernidad. El caso de los dos adolescentes en torno a los que giró el documental de Michael Moore, “Bowning for Colombine”, pertenecen a este tipo de casos, como muchos otros casos de brutalidad juvenil (no olvidar que el psicópata está determinado genéticamente y que el asesino en seria, habitualmente psicópata, suele tener un cromosoma de más, el XYY). Como también es cierto que el complejo de castración existe… en gente interiormente desestructurada y con profundos problemas psicológicos, pero no para el ciudadano medio que no siente una especial atracción sexual por un arma. De hecho, el instinto señala perfectamente con quién tenemos que satisfacer el instinto sexual y reproductivo y con qué órgano podemos hacerlo. El primer orgasmo nos confirma en que la importancia del falo. El freudismo lo que hace es tomar la parte por el todo y extender de manera abusiva, “casos perfectos” protagonizados por perfectos tarados, a la totalidad de la sociedad.

Yo prefiero que mi hijo juegue con una pistola desintegradora matamarcianos para que esté preparado para el día, no en el que vengan los marcianos, sino en que le toque defender a su comunidad, para que no juegue con muñequitas como seguramente hacía ZP de pequeñín y luego adopte la política de la “renuncia preventiva”, para que cumpla la misma función, implícita en su estructura genética, que ha permitido la evolución de la humanidad a partir de los vertebrados.

Dice Robert Ardrey en “Génesis en África»: la evolución de cualquier especie social, incluyendo la humana, la selección natural castiga con igual rigor el fracaso en la paz como el fracaso en la guerra. El instinto territorial, de origen tan antiguo que no podemos señalar sus inicios, exige a todos los animales sociales, con igual intensidad, la capacidad de cooperación tanto como la de lucha”. Y unos años antes, el el doctor Carpenter escribió en su informe a la Academia de ciencias de Nueva Cork: “Aquellas actividades que se aceptan como éticas –tales como el altruismo, afectos fuertemente emotivos y cooperación- se atribuyen a los procesos intelectuales más elevados del hombre o bien a orígenes superhumanos. El enfoque natturalista relativo al estudio del comportamiento humano, competitivo y cooperativo, egoísta y altruista, admite raíces a nivel prehumano… Las acciones defensivas pueden implicar la estrecha coordinación de todos los miembros del grupo en un ataque concertado. En estos ataques hay individuos que hallan la muerte, pero esto es incidental ante el hecho de que el grupo sobrevive y se perpetúe la especie”. Lo esencial en cualquier especie es su pervivencia. Lo inevitable, la muerte de algunos de sus miembros. Lo imprescindible, lo imprescindible, no negar ni destruir el fondo territorial y jerárquico de la naturaleza humana.

Hoy, el problema no ha variado, solamente se ha introducido un elemento nuevo: el progresismo desarrollado a partir de Rousseau ha intentado modificar la naturaleza humana, torcerla y retorcerla. Cuando la realidad no ha encajado con su esquema intelectual artificioso y abstracto, ha intentado encajar la realidad a martillazos. El resultado ha sido que allí en donde el progresismo ha triunfado (de hecho, solo en “Occidente”), se ha atenuado el instinto natural de la especie humana. Precisamente por eso, mi hijo pequeño, que todavía tiene el instinto vivo, pide para Reyes una pistola desintegradora laser matamarcianos. Y la tendrá.

Y la muñeca chochona para mi hija...

Una hembra con un pico y una pala, o el casco de minero, indica que ha alcanzado la igualdad con el varón. Ahora sólo le falta todo lo demás. Y en cuanto a la sociedad, ha demostrado haber vencido cualquier reserva sexista. Ahora solo le falta quien le asegure su subsistencia. ZP está orgulloso de su gran logro en la materia, el 50% de ministras, ahora solo le queda evitar que en 2050 la sociedad española sea la que tenga más ancianos de toda la humanidad… Hay más ancianos por que faltan nuevos nacimientos. Claro está que ZP tiene solo una parte de culpa (en el fondo no es más que un progre, solo un progre y no da más de sí) como también el estilo de vida de la sociedad española que a partir de 1975 pasó a aceptar acríticamente cualquier sugerencia progre. La primera de todas, la integración de la mujer en el mercado de trabajo. Esto, acompañado de cierto hedonismo y de un culto al cuerpo que, inevitablemente, queda alterado después de la maternidad que, por lo demás, ocasiona problemas, prejuicios y esfuerzos suplementarios a ambos cónyuges, todo esto, decimos, ha generado el hundimiento de las tasas de natalidad y el que hoy más del 40% de los nacimientos sobre territorio español sean de parejas de origen extranjero.

La maternidad es otro instinto, un instinto fundamentalmente femenino, en la medida en que solo la mujer y nada más que la mujer puede procrear. La economía de esfuerzos y la división de funciones hacía que el hombre protegiera a su comunidad y la mujer cuidara de su prole. Ambos, cada uno en su especialidad, lo que hacían era perpetuar la especie (y el linaje). Pues bien, el instinto de la maternidad se ha perdido, algo de lo que están muy orgullosos los progres. Ahora se trata de dar el paso siguiente: abolir la división sexual. ZP va en camino: la equiparación de la pareja homosexual al matrimonio heterosexual es, sin duda, una de las excentricidades mayores que vamos a ver en los años de segunda “pasada por la izquierda”, al igual que facilitar el divorcio y el aborto, en lugar de crear las condiciones económico-sociales para atenuar los divorcios y recuperar la natalidad. Pero los objetivos de los progres, ya lo hemos dicho, son tan estúpidos como ellos.

Cuando una niña se siente a gusto con una muñeca y a su hermano lo único que se le ocurre es destripar a esa misma muñeca… eso es que las cosas van por buen camino, nacen niños y niñas conscientes de cuál va a ser su papel en la sociedad. Ahora bien, cuando el niño juego con muñecas y la niña no se aparta del último videojuego ultraviolento, entonces lo que se está preparando es el advenimiento de una sociedad neurótica que reprima la agresividad de unos y atenúe el instinto de reproducción de otras. Ya hemos llegado a ese tipo de sociedad: un cuerpo que ha rebajado sus sistema inmunológico, esto es, sus defensas. Por eso decimos que la sociedad moderna está aquejada de una serie de patologías que comprometen su existencia futura

Por que, en definitiva, no son los padres los que eligen los juguetes a sus hijos; ni siquiera los que eligen según sus gustos y la publicidad. Son sus genes. Es su instinto lo que hace que los niños busquen las armas por que su naturaleza más profunda, heredada de los cazadores-recolectores del neolítico y, si nos retrotraemos mucho más atrás en la prehistoria, por que los australopitecos ya experimentaban esa necesidad y las armas aseguraron su supervivencia, y por que las niñas llevan en su carga genética la potestad de dar la vida y el deber de cuidar de la prole. Esos son los "modelos naturales" y no el campesino bucólico de la antropología romántica generada a partir de Rousseau y de la que mamaron los tres grandes popes del siglo XX: Darwin, Marx y Freud.

Por mucho que las idioteces progresistas lo intenten, castrando a los niños y masculinizando a las niñas, creando un “tercer sexo” ambiguo que solo satisface a los ambiguos, por mucho que se cierren las puertas a los determinismos naturales, los determinismos naturales entran por la ventana.

Personalmente prefiero conocer y reconocer lo que tenemos en nuestro interior. Por eso regalo a mis hijos un rifle del 22, una pistola desintegradora laser matamarcianos y una muñeca chochona. Quiero hacer de ellos hombres y mujeres libres en condiciones de asegurar la supervivencia del linaje y de la especie, no seres neuróticos y frágiles, con el cerebro confuso por jugar con la Barbie desdiciendo su naturaleza de hombres y por jugar con todo aquello que niega su feminidad convirtiéndolas en hombres desprovistos de falo. Neuróticos todos y con todos los problemas de identificación posibles. Eso es para los progres, no para los Hombres.

© Ernesto Milá infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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