Antropología de la Vieja España (III): Contacto Prenupcial

Publicado: Sábado, 13 de Noviembre de 2004 20:52 por en CULTURA
t_noviazgo.gifRedacción.- La tercera parte de esta serie está dedicado a los primeros contactos amorosos entre los amantes. Las costumbres y tradiciones españolas disponen de un amplio repertorio de cómo se producían estos primeros escarceos amorosos en la Vieja España. Resulta sorprendente, tras el análisis de todo este material, constatar que la Vieja España toleraba bastante bien las relaciones prematrimoniales aun a pesar de la condena eclesiástica.

3. Contacto y cohabitación prenupcial

Tras la vista, tras el lenguaje gestual, tras el intercambio de mensajes furtivos, tras las conversaciones a uno y otro lado de la reja, viene el período de la relación física. El sentido dominante en esta fase es el tacto: las caricias, el roce de las manos, la proximidad de rostro a rostro, de labio a labio, de cuerpo a cuerpo. Aquí se evidencia, como en ningún otro tiempo del noviazgo, la tendencia natural de los amantes a unir sus cuerpos. Los padres de la novia lo sabían y temían que todo se desarrollara a una velocidad más rápida que lo previsto y deseado y hacían todo lo posible por hurtar el máximo intimidad a la pareja. Pero estos siempre encontraban la estrategia oportuna para vencer los controles de seguridad. Se diría que el amor agudiza nuestros sentidos y espabila la imaginación. El baile era una de esas actividades en las que resultaba inevitable el contacto físico por mucho que las carabinas extremaran su vigilancia. Pero había otras ocasiones.

En la noche todos los gatos y los amantes resultaban ser pardos. A fuerza de dar la murga por las noches, cantar bajo el balcón de la amada, rondar por su verja, antes o después ésta debía ceder a la tentación y a los requerimientos y terminaba entreabriéndole el quicio de su corazón y de su ventana. Estaba ofreciendo al amante ágil y habilidoso en la escalada, la posibilidad de ascender hasta el lecho de la amada en lo que se ha dado en llamar eufemísticamente, «el cortejo de cama».

La conversación de la verja, una vez terminada, proseguía en la noche más profunda en la cama de la moza amada. Ahora bien, no se piense que había en ello penetración, ni sexualidad prematrimonial; ella lo recibía protegida por sus ropas de día, refajos, corpiños, tela y mas tela, blindajes de la virtud de la dama. Lo más sorprendente es que, en muchos casos, esto se realizaba con el conocimiento de los padres de la novia. Así ocurrió hace muchas décadas en Asturias y Galicia y así ocurría hasta no hace mucho en casi toda Europa. En España en el primer tercio del siglo XX esta costumbre tenía sorprendentes variaciones.

En León la tradición ancestral accedía a que la muchacha cortejada abriera al novio el acceso a su cama. Debe hacerlo, eso sí, en la clandestinidad. Ella se acuesta en la cama y él se sienta sobre la misma. Debe de adoptar una posición ritual: con las manos bien visibles apoyadas en la cama y envuelto en una manta. Hubo un tiempo en que en Asturias, en el verano, las muchachas subían a las brañas y esperaban allí la llegada de los mocetones en la cama. Los padres de unos y otros están al corriente de donde están sus vástagos, pero la virtud de las chicas no peligraba en absoluto. En Mondoñedo y Caso, siempre en el Norte, existieron análogas costumbres. En Caso, los mozos vestidos penetran en la cama de las mozas, también vestidas y además envueltas en la sábana superior. Se cubren ambos con la colcha y allí se cortejan. Es evidente que, el rito, tiene una doble función: acentúa el deseo y la pasión e intensifica la intensidad del encuentro. Pero todos tenían claro que para satisfacer el deseo era preciso pasar por el altar.

También Casas menciona algunas costumbres brutales de emparejamiento como la que se desarrollaba en las comarcas leonesas del sur el 1º de mayo. Tras el baile de los jóvenes, los mozos luchan salvajemente por cada una de las mozas. Imitaban a los toros más bravos, ajustándose unos cuernos sobre la frente y cubriéndose con pieles, se atacaban unos a otros. Luego, elegidas las parejas, subían a los pajares para dormir juntos hasta el Día de Todos los Santos; entonces volvían a bailar juntos para separarse luego. Y cuentan las crónicas antropológicas que, a pesar de hacer en ese tiempo vida de casados, la castidad presidía la relación. Se trataba verdaderamente de relaciones prematrimoniales en las que la pareja experimentaba la convivencia y descubría si era oro todo lo que relucía o si la bondad y comprensión mostrada en la relación previa terminaba descomponiéndose en el día a día. Pero sin sexo, lo que, de paso, servía para intensificar hasta más allá de lo imaginable el deseo y la pasión. Análoga costumbre se practicó también hasta finales del XIX y principios del XX en otras zonas de la cornisa cantábrica y hay rastros también en los Pirineos.

La tradición de la «frazada» discurre por idénticos derroteros. La noche antes de la boda, el novio del concejo de Trives, acudía a casa de la novia donde ésta era envuelta en una sábana y vendada por la madrina en la cama. El novio penetra en la estancia y provisto de candil y sidra, permanece allí sobre la cama en presencia de la madrina durante toda la noche. Federico Carbonell cuenta que en zonas rurales de León existió un ritual parecido, de amplio simbolismo freudiano. Durante la noche anterior a la boda, el novio entregaba a su futura esposa una porra a través de la ventana. Ella debía de dormir toda la noche acompañada de la porra y devolvérsela al día siguiente adornada con cintas. Imaginen lo que diría Freud.

Los curas rurales no se veían con coraje para prohibir las costumbres de cohabitación prenupcial. Por lo demás, no había penetración ni sexo explícito (o no debería de haberlo) que era lo que hubiera horrorizado al cura y a la sociedad. Tales costumbres debieron estar en otro tiempo muy extendidas por la geografía patria. Da la sensación de que solamente sobrevivieron en el norte de la Península, allí donde los territorios se recuperaron más rápidamente durante la Reconquista. Esto induce a pensar si no serían costumbres ligadas a los visigodos o a los celtas. Pero incluso dentro de la cornisa cantábrica, estas tradiciones seculares desaparecieron pronto de las grandes ciudades y se refugiaron en núcleos rurales frecuentemente aislados. En Portugal donde la costumbre estaba más extendida que en España, el clero tomó medidas cautelares sin conseguir erradicar la cohabitación prenupcial.

(c) Ernesto Milá - infoKrisis - infokrisis@yahoo.es

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