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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

365 QUEJÍOS (2).sindicatos

365 QUEJÍOS (2).sindicatos

365 QUEJÍOS (2): ¿SINDICATOS VERTICALES? ¿SINDICATOS HORIZONTALES? ¡NO! ¡SINDICATOS INCLINADOS!

¿De qué se puede quejar uno el 1º de mayo? ¿De que no hay sindicatos? Los hay. Están ahí y los pagamos usted y yo a través de un gobierno que desde mediados de los 80 entendió que la carne de sindicalista sale barata. Desde entonces, los sindicatos “horizontales” (CCOO y UGT) han ido firmando “en nombre de los trabajadores” (“agentes sociales”) leyes y medias contrarias a los trabajadores. Se representan a sí mismo, en absoluto a ti y a mí, ni a los que son como tú o como yo. El sindicalismo es hijo del siglo XIX. Sirvió para moderar la ansiedad de rentabilidad de los capitalistas. De no existir los sindicatos, el capitalismo se habría hundido antes víctima de sus propias crisis de crecimiento. Los sindicatos hicieron que los patronos redujeron beneficios, aumentaran el nivel de vida de la clase obrera y convirtieran a los “trabajadores alienados” de los que hablara Marx, en “productores integrados” a los que aludió Umberto Eco. Pronto, los sindicatos se convirtieron en parte del engranaje del capitalismo, una especie de freno de zapata.

Hoy no son ni eso. Son arcaísmos vivos, productos de otro tiempo. Residuos de la época del capitalismo industrial, innecesarios e inadaptados a la época del capitalismo globalizador. Lenin entendió perfectamente que el “sindicalismo” jamás sería revolucionario… salvo que fuera un apéndice –una estructura horizontal- del “partido revolucionario”.

¿No conocéis el himno de UGT-CCOO? Sí, hombre, es aquella canción de Miguel de Molina, La bien pagá. Os la pongo para que la ensayéis.

Me quejo de unos sindicatos que hablan en mi nombre, cuando no tienen nada que ver ni conmigo ni con los míos. Si hablan de alguien que lo hagan de sus afiliados (si es que les queda todavía tontorrones que paguen la cuota), que lo hagan en nombre de sus cargos sindicales (los bienpagaos), que lo hagan en nombre de su patrimonio (que nos pertenece a usted y a mí), que hablen en nombre de sus “logros”: cero sobre cero en las últimas décadas; que se recuerde sus traiciones a los trabajadores, su venta al neocapitalismo. Sobre todo, hablan por sí mismos cuando:

1) Piden más inmigración y más libre… cuando los trabajadores españoles, sus afiliados, son los primeros afectados y

2) Piden la libertad de los “presos políticos” y se despreocupan de los jubilados teniendo como resultado su abandono del terreno sindical y su instalación en la vitrina del independentismo, como meros figurones a precio de ganga.

DE AHÍ QUE ME QUEJE DE QUE EN ESPAÑA  LOS “INTERESES DE LOS TRABAJADORES” NO ESTÁN DEFENDIDOS POR LOS “INTERLOCUTORES SOCIALES” QUE SE SIENTAN CON SUS AMIGOTES DEL GOBIERNO DE TURNO Y CAMBALACHEAN UNOS EURACOS DE AQUÍ Y DE ALLÍ A CAMBIO DE FIRMAR LO QUE SE LES PONGA BAJO LAS BABAS.

De eso me quejo. ¿Queda alguien con carné sindical? No seáis canelos y romperlo.  No más sindicatos inclinados.

365 QUEJÍOS (1)

365 QUEJÍOS (1)

No estoy en contra de los porros, simplemente, porque agilipollen. A mí, en realidad, me da igual que un colgado en unos años abra la puerta de la esquizofrenía (como está demostrado) a fuerza de colocarse. Preferiría, obviamente, que ese tipo de enfermedades no fueran cubiertas por la seguridad social: todos somos dueños de jugar con nuestra salud, pero no de que el "sistema" nos mantenga. soy libertario... pero, a condición de que cada cual asuma la responsabilidad de sus actos.

Así pues, dejando claro que el porro agilipolla y, abusar de él, supone un primer paso hacia la psicosis cannábica y sea una de las puertas para la esquizofrenía, de lo que me quejo no es de esto. Ni siquiera me quejo de la permisividad actual que ¡el gobierno de derechas! mantiene en relación al libre uso del cannabis. Por que el cannabis, entérense ESTA LEGALIZADO DE FACTO (como lo está la eutanasia, sin ir más lejos). DE LO QUE ME QUEJO ES DE QUE MI NIETO DE DOS AÑOS ESTÉ JUGANDO EN UN PARQUE PÚBLICO Y UN PAR DE METROS, UN PAR DE COLGADOS DE APENAS 14 AÑOS ESTÉN FUMANDO A LAS 11:00 DE LA MAÑANA. 

Entiendo perfectamente, porqué el gobierno se resiste a reconocer el hecho de facto: ZAPATERO ABRIÓ LAS PUERTAS A LA LEGALIZACIÓN DEL PERRO Y RAJOY NO HA HECHO NADA PARA CERRARLAS. Todo lo contrario. Era lo que exigía la crisis económica iniciada en 2007-8: tener a una juventud empanada, porro va y porro viene, por mucho que se comprometiera su futuro (¡que político piensa hoy en un horizonte superior a los cuatro años que dura una legislatura?). Rajoy, además, tiene un buen ejemplo en la política de Trump en relación al cannabis: LEGALIZARLO y PERMITIR SU CULTIVO en donde antes, los EEUU cultivaban cereales...


No me quejo de que el porro cambie el carácter (que lo cambia), ni estoy dispuesto a reconocer que aceptar las virtudes medicinales del cannabis (como de miles de vegetales) implique necesariamente reconocer su legalización para determinadas dolencias. Me quejo de que las variedades de cannabis que se venden actualmente tienen 10 e incluso 40 veces más "principio activo" que las que se fumaban hace 50 años... Ese cannabis es fumado hoy por gentes de poco carácter, sin vocaciones definidas, sin capacidad crítica, psíquicamente "soft", blandos y frágiles. 

El resultado de la legalización del cannabis, va a ser:

1) Un aumento de determinadas enfermedades, especialmente de las psicosis y de la esquizofrenia.

2) Pérdida de capacidad de estudio y de concentración de jóvenes en edad escolar que jamás terminarán sus estudios: Ni-nis para toda la eternidad.

3) El aumento de accidente laborales y de tráfico (a la vista de que nadie avisa que esto de empanarse a base de porros sume en somnolencia... algo de lo que nadie alerta.

4) Aparición de franjas de porreros que jamás tendrán acomodo en el espacio laboral (¿ofrecería usted un trabajo a un empanado que además llega a la oficina de recursos humanos oliendo a cannabis?)

5) Merma de la coherencia y fortaleza de una sociedad por disolución de la personalidad de amplias franjas de la juventud.

Y, francamente, todo esto me parece muy bien: ES LO QUE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA QUIERE Y LO QUE HA CONSEGUIDO VOTANDO 40 AÑOS SEGUIDOS AL PP Y AL PSOE. Insisto, lo único que me molesta es que el gobierno se niegue a legislar la cuestión para evitar poner alguna limitación (por ejemplo, prohibir empanarse en determinados lugares, prohibicón de emporrarse a menores de tal edad, etc.) y, lo peor de todo, QUE SIGAN HABIENDO CAMPAÑAS CONTRA EL TABACO Y PARA IMPEDIR FUMAR AQUÍ Y ALLÍ Y NO HAYA NINGUNA SOBRE LOS RIESGOS DE EMPORRARSE.

Pero esto es lo que hay: una sociedad que camina hacia su desintegración, es una sociedad que, necdesariamente, tiende a considerar cualquier droga como "tabla de salvación".


Desgracia de indepes...

Desgracia de indepes...

REFLEXIONES SOBRE LAS ÚLTIMAS DETENCIONES DE INDEPENDENTISTAS

No voy a ser de los que se alegra que algún ciudadano vaya a prisión, habida cuenta de que en tanto que antiguo “preso político” (condenado en 1983 a dos años de prisión por organizar una manifestación contra UCD…) sé lo que es una cárcel. Ahora bien, reconozco que, ayer, cuando me enteré de la detención de Puigdemont en Alemania, la primera idea que se me pasó por la cabeza fue: “otra anécdota que se acaba”.

Creo que va siendo hora de la situación puede parecer cambiante y fluida en algunos momentos (siempre relacionados con alguna detención) pero que, en su fondo, las cosas son como son: el proceso está finiquitado, los independentistas queda claro que no gobiernan para toda Cataluña sino sólo para la Cataluña independentista, que dentro de poco se convocarán nuevas elecciones autonómicas (lo más probable es que las convoque de nuevo el gobierno del Estado) y que, la justicia seguirá su curso. De todas formas vale la pena realizar algunas observaciones parciales y desperdigadas sobre determinados aspectos de la larga agonía del “procés”.

LOS CINCO AXIOMAS QUE EL NACIONALISMO CATALÁN DEBERÍA RECONOCER

Con su detención, Puigdemont pasa a la categoría de “mártir” y también pasa a otra casilla en su particular via crucis. Pero Puigdemont y los restos de CDC-PDCat no van a poder evitar que ERC se convierta en partido hegemónico del nacionalismo en las elecciones que vendrán. El problema para este partido es cómo encontrar un nuevo discurso político, tras haber comprobado que el independentismo era una vía muerta. Porque, Junqueras, o quien lo sustituya, debe tener el valor de reconocer algunos axiomas incontrovertibles. A saber:

1) La aventura independentista ha fracasado: está muerta y enterrada

2) Esta aventura se había emprendido de manera aventurera y a lo loco, sin medir las posibilidades, ni los riesgos.

3) La aventura no ha contado con ningún apoyo sólido en Europa, ni en el mundo.

4) El tiempo de los micronacionalismos ha pasado: es cosa del siglo XX, no del XXI.

5) Ahora se trata de “pensar en Cataluña” y no de pensar en “la independencia de Cataluña”, es decir, de gobernar el día a día, gobernar para “todos los catalanes” y no sólo para la “Cataluña independentista”.

Todo lo que no sea reconocer estos cinco elementos supone partir de bases falsas y prolongar el atasco político que sufre Cataluña.

De entre todos los mascarones y figurones del proceso independentista, si alguno tiene capacidad, valor, preparación y honestidad suficiente para conocer estos axiomas, me temo que es Oriol Junqueras. De hecho, si comparamos el curriculum de Junqueras con el de Puigdemont, vemos a alguien con preparación intelectual y técnica, frente a quien no ha dado un palo al agua en su vida, tras ser aprendiz en la pastelería de sus tíos.

JUNQUERAS Y SUS TRES LIBERACIONES

Porque lo más triste del “procés” es que, finalmente, Puigdemont, era un perfecto mediocre, un absoluto donnadie, un completo indigente intelectual. Y ya se sabe lo que implica el “principio de Peter” sobre los distintos niveles de incompetencia: cuando un incompetente ocupa un cargo que no le corresponde por su capacidad, tiende a que todos los que estén bajo suyo, sean aún más incompetentes, no sea que le hagan sombra y amenacen su posición. Puigdemont ha sido la anécdota más lamentable de un proceso lamentable en sí mismo.

En las elecciones de 2015, Junqueras cometió su gran error político: habiendo podido ganarlas para la sigla ERC, aceptó formar una candidatura unitaria con los desahuciados de CDC. Si lo hizo fue por algo tan lógico como demostrar la fuerza unitaria del independentismo. Permitió sobrevivir al “procés” un par de años más, pero para ERC fue “la catastrophe”. Junqueras, terminó dándose cuenta del error y no ha querido volver a repetir en las elecciones prenavideñas de 2017. Pero ahora su problema es mayor y para resolverlo tiene que liberarse de una triple presión:

1) La presión de su propia emotividad: un hombre que derrama públicamente alguna lágrima por la independencia de Cataluña es alguien que, sobre todo, tiene una muy fuerte emotividad. Lo contrario de la emotividad, es la objetividad: ver las cosas como son. No hay “una Cataluña nacionalista”, sino la Cataluña de los “cuatro cuartos” (la nacionalista, la unionista, la inmigrante y la pasota) y hoy ya no puede gobernarse la Generalitat sólo para la primera y pensar que la inmigración va a “catalanizarse”. Dicho de otra manera: Junqueras tiene que liberarse de su propia subjetividad, de sus lastres independentistas y de sus propios condicionamientos emotivos y sentimentales.

2) La presión de sus aliados: dentro de la esfera nacionalista, se siguen manteniendo posiciones independendistas, no por convicción de que la independencia es posible, sino temiendo que si alguna candidatura renunciase a ellas, las otras se beneficiarán de la sangría de todos que eso, posiblemente, acarrearía. Nadie quiere reconocer públicamente que el proceso independentista ha muerto y que no es viable. Quién lo haga, se dará un baño de realismo… pero posiblemente se vea abandonad

3) La presión en el interior de su propio partido en donde, la corriente mayoritaria sigue creyendo en la estrategia independentista (que es hoy como creer en los extraterrestres o en el chupacabras). El problema es que ERC es un partido que se está ruralizando progresivamente, cuyos enclaves están en la periferia catalana y entre grupos sociales con razonamientos muy primarios. De hecho, éste era el origen del partido a principios de los años 30 cuando era casi una emanación de la Unió de Rabassaires. Pero estamos en el siglo XXI y en una situación completamente diferente, en la que la Cataluña rural ya ha perdido el ritmo de la historia.

No parece muy claro que Junqueras vaya a tener el valor, la decisión y el temple suficientes como para conseguir imponerse a los que en el interior de su propio partido no son capaces de concebir otro proyecto más que la independencia, ni de imponerse en el sector nacionalista si reconociera el desenfoque del ideario nacionalista, ni siquiera para superar su propia emotividad… pero es que fuera de Junqueras, ya no quedan personajes con el más mínimo carisma, ni prestigio político. El hecho de que los últimos candidatos a presidir la Generalitat fueran Turull, Sánchez o la Rovira, indican el nivelazo en el que se mueve hoy ese ambiente.

RECONOCER LAS REALIDADES PARA INICIAR UN NUEVO RUMBO

Si en ERC, Junqueras sería el único con honestidad suficiente como para decir “nos hemos equivocado desde el principio, la independencia es imposible, la vida continúa”, en otros partidos esto ni siquiera existe. En el PDCat, los contrario al “procés” hace tiempo que se fueron a su casa certificando la evaporación del “nacionalismo moderado”. En la CUP, ocurre tres cuartos de lo mismo y la deserción de algunos dirigentes (incluso su cambio de look y la trasnformación de alguna de sus “luchadoras antipatriarcales” en “pubillas casaderas” cambiando el corte de pelo estilo “hachazo aizkolari”, por el de “nena de molt bona casa”) lo único que permite comprobar es la incapacidad intelectual de este partido para analizar correctamente (y desde su nacimiento) la situación política catalana y sus propias posibilidades: llamar a la “huelga general” en octubre indicaba el clímax de ese desfase, afirmar ahora una “primavera republicana” es dar un paso al frente hacia el precipicio de la política ficción al fondo del cual se encuentran los verdes prados del realismo.

Así pues, la tarea que le aguarda a Junqueras va a ser portentosa y, por supuesto, le va a ser imposible realizarla dentro de la cárcel. Y este es el problema: por que el “procés” solamente ha dejado detrás dos “logros”. El primero lo hemos mencionado (exteriorizar de una vez por todas la existencia, no de “una” sino de “cuatro” Cataluñas) mientras que el segundo atañe a los procesados: es el haber comprometido la libertad de las cúpulas promotoras del proceso después de años de recibir avisos por parte del gobierno de que sus acciones tendrían consecuencias jurídicas. Está claro que ahora ya no estamos en el tiempo en que el destino de estos barandas del independentismo se resuelva por la vía política: si en España hay “división de poderes” (y la hay hasta cierto punto), una vez incoados los procesos, la justicia seguirá inexorable su curso. Está claro que, como máximo, es posible que la situación de estos procesado se resolverá con indultos personalizados, rebaja en las peticiones fiscales y beneficios penitenciarios posteriores a las condena, pero, nada, absolutamente nada impedirá que su patrimonio personal quede mermado y que los sueldazos de expresident y exconsellers queden embargados, amén que alguna que otra propiedad procedente de las herencias de papá y mamá…

¿Querrá o podrá ejercer Junqueras la tarea de pastorear al independentismo hacia aquellos verdes prados del realismo político? Ignoro si tiene el valor suficiente y la mano izquierda necesaria para hacerlo. Pero tengo la sensación de que, incluso antes de las detenciones de octubre, era el único que advertía los riesgos de la operación. Y, finalmente, ese no es mi problema, sino el suyo. Por mí el nacionalismo se lo puede llevar el diablo en persona. Vayamos a Puigdemont.

Es significativo de que un individuo como éste se haya convertido desde hace casi tres años en líder de todo este embrollo. Hace falta ver su “historial” en Wikipedia para advertir las limitaciones de su currículo: sin estudios (“realizó estudios de filología y de periodismo”… lo que traducido quiere decir que no concluyó nada de lo que empezó), segundón de provincias cuya carrera en CDC se inicia cuando el partido declina y las bajas de la Operación Pretoria han descabezado a varias promociones de cuadros del nacionalismo, por no mencionar su “circunstancia” familiar de origen incierto (su esposa, rumana, que en su biografia aparece como “actriz y periodista” y que, en tanto que tal, debería tener miles de entradas en Google con su historial y sus trabajos, apenas está presente en lo que nadie puede dejar de juzgar como un barrado sistemático e interesado de su pasado… y que alguien explique por qué). ¿A quién tiene detrás Puigdemont para haberse encaramado hasta donde ha llegado?

Hace dos años se decía que George Soros estaba interesado en convertir a España en una nueva Yugoslavia… ¿Fue Puigdemont un “ejecutor” de los designios de Soros? Es hora de poner los puntos sobre las íes y aclarar definitivamente si hubo responsabilidad exterior o Artur Mas y Carles Puigdemont fueron los únicos responsables de la aventura independentista

GEORGES SOROS Y EL “PROCESO SOBERANISTA”

A fin de cuentas, Soros es uno de los nombres más conocidos de la cúspide del poder económico mundial. Nacido Schwartz György en Hungría en 1930, durante la Segunda Guerra Mundial su padre cambió el apellido familiar por el de “Soros” para eludir la persecución de la que eran objeto los judíos. Todos los miembros de la familia eran conocidos esperantistas y compartían la aspiración del Doctor Zamenhof (fundador de este idioma artificial) de unir mediante una lengua común a todos los pueblos del mundo. Tal es el origen de sus ideales “universalistas”. El joven Soros, aprovechó un congreso esperantista en Suiza para dar esquinazo a las autoridades comunistas de su país.

Se matriculó en la London School of Economics (LSE), centro fundado por miembros de la Sociedad Fabiana (una de cuyas impulsoras era Annie Bessant, la presidenta de la Asociación Teosófica y sucesora de Helena Petrovna Blavatsky).  La LSE, desde su fundación en 1895, ha formado a las élites mundialistas que luego se han integrado en las distintas asociaciones internacionales (Club de Bildelberg, Comisión Trilateral, Club de Roma, Pilgrims Society, etc) que constituyen círculos concéntricos del “nuevo orden mundial”.

Con el paso de los años, Soros desarrolló un fino olfato político que le llevó a interesarse por los países del Este de Europa. Su orientación política corresponde a lo que se conoce en EEUU como “ultraliberal” o “radical progresista” (que en Europa viene a ser, más o menos, equivalente a socialista), propia de la LSE donde estudió. Una vez convertido en multimillonario, financió el sindicato Solidarnosc durante los últimos años del gobierno comunista en Polonia, impulsó la Carta de los 77 que precipitó la caída del gobierno comunista Checoslovaco, aportó fondos para la “revolución de las rosas” en Georgia y fue el principal inductor del desmembramiento de Yugoslavia y de la independencia de Kosovo. Se calcula que su fortuna, hoy, asciende a 7.000 millones de dólares. Su influencia es mayor aún.

Soros es miembro del Council Foreing Relations, sin duda el grupo de presión más poderoso (y más antiguo) de los EEUU y utiliza como medio “amable” de penetración en los países en los que mantiene intereses, la Open Society Institute. Pues bien, esta fundación mantiene una antena en Cataluña con el nombre de Iniciativa Sociedad Abierta para Europa (calle Elisabets, 24, Barcelona) dirigida por Jordi Vaquer del que apenas existen datos en Internet y es una de esas personas que visiblemente buscan proteger sus actividades con el anonimato. 

La aportación de Soros al independentismo catalán, hasta ahora se ha reducido a una casi simbólica aportación de 27.049 dólares donados a Diplocat (un embrión de “ministerio de asuntos exteriores” de la Generalitat de Cataluña), para financiar unas “jornadas sobre xenofobia y euroescepticismo” celebradas en 2014. En la misma dirección fue otra aportación de 24.973 dólares transferidos por Soros al CIDOB para otro seminario sobre el mismo tema. El CIDOB (Centro de Información y Documentación Internacionales en Barcelona) fue fundado por grupos vinculados al cristianismo progresista de 1973, pasando a ser una fundación privada en 1979. Se le considera un think–tanks especializado en política internacional, obviamente relacionado con la Generalitat (que lo subvenciona) y vinculado internacionalmente al Real Instituto de Estudios Internacionales con sede en Chathan House (Londres).

La fundación dirigida por Vaquer no parece desarrollar una actividad particular y el conjunto de 50.000 dólares entregados por Soros a entidades catalanas son apenas una gota de agua comparado con lo que ha invertido la Generalitat en el proyecto secesionista. Así pues, no es Soros quien está detrás, ni siquiera quien aporta seguridades al grupo dirigente del proyecto.

Luego estaban los “centros del poder mundial”, la Trilateral, el Club de Bildelberg, los únicos que hubieran podido prestar al “procés” peso, medios e influencia decisiva para romper la unidad del Estado Español. ¿Qué pensaban estos “centros de poder” de Puigdemont?

PUIGDEMONT EN CHATHAN HOUSE…

Como hemos dicho, Soros es miembro del Council Foreing Relations (CFR), el poderoso grupo de presión norteamericano que trabaja permanentemente en contacto con el Real Instituto de Asuntos Internacionales (RIIA) de Londres, más conocido por la dirección de su sede en “Chathan House”. Las élites mundialistas, que capitanean la marcha hacia un “nuevo orden mundial” en el mundo anglosajón se reúnen en estos dos foros (de los que la Comisión Trilateral o el Club de Bildelberg son “círculos concéntricos” exteriores). “Chathan House” fue el escenario de una conferencia del presidente de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont cuyos rastros han sido borrados: en efecto, en la web de este instituto no existe ningún dato que permita pensar que Puigdemont fue allí, sin embargo, existen fotos de su conferencia y una web vinculada a la Generalitat (VilaWeb) ofreció el texto íntegro del discurso. Su lectura resulta sorprendente: se trata del mismo discurso pronunciado por Carles Puigdemont el pasado 11 de octubre ante el Parlamento de Cataluña, un verdadero “refrito” del que pronunció originariamente en Chathan House, cuando fue invitado para ser examinado y valorado por los representantes de lo que se ha dado en llamar “los amos del mundo”.

En su discurso alardeó de estar apoyado por “millones de personas en las calles”, pero no convenció sobre las garantías jurídicas, ni sobre la legalidad del proceso secesionista, únicos argumentos que interesaban al mundo del dinero que se mueve en el RIIA–CFR. Los datos que ofreció no coincidieron con los que ellos disponían de fuentes directas (estudios del Banco Central Europeo y del FMI, especialmente). El discurso de Puigdemont en aquel foro fue el típico “discurso electoral”, una mera enumeración publicitaria y voluntarista sobre la inédita “República Catalana independiente”. Su falta de realismo provocó ironías entre los dueños del RIIA–CFR que conocen mucho mejor que él la situación de la economía mundial y las implicaciones de la propuesta independentista. En la parte final del discurso procuró tranquilizar a los asistentes garantizando que el proceso independentista sería “tranquilo y pacífico” (lo que alejaba, incluso, la posibilidad de que el “complejo militar–industrial” también representado en esa institución tuviera oportunidad de lucrarse…). A partir de ahí cometió errores en cadena.

Mostrando una ignorancia suicida sobre la naturaleza y fines del RIIA–CFR, se empeñó en demostrar que Cataluña quería ser miembro de la UE (cuando la institución es un foro de influencia del ámbito anglo–sajón para el que la UE es completamente secundaria), cometió la torpeza de decir, textualmente, que “si Europa se ha reformado para evitar que el Reino Unido abandone la UE, también sabrá adaptarse para que Cataluña continúe en la UE cuando sea un Estado independiente”, demostrando además que ignoraba las condiciones de pertenencia a la UE, su arquitectura interior y el hecho de que no estaba ante crédulos electores a los que podía convencer argumentando que la potencia económica de Cataluña es “imprescindible” en la UE.

El tono del discurso de Puigdemont en Chathan House les pareció poco convincente, sin equipo político–económico solvente detrás y manejando datos cuestionables. Para colmo, una de las presentes, catalana, la editora Miriam Tey, le formuló una pregunta que terminó por agriar la intervención: “Soy catalana y no os puedo llamar presidente porque estáis aquí buscando el apoyo internacional para vulnerar la ley española y romper la instituciones”. Luego le recordó que su proyecto apenas tenía el apoyo del 37% del censo electoral. Puigdemont quedó descompuesto.

Ningún medio londinense se hizo eco de la conferencia y los propios organizadores borraron los rastros de su presencia en la institución. Los conspiranoicos atribuyen este secretismo al apoyo secreto prestado por el RIIA-CFR al proyecto independentista. En realidad, demuestra que Puigdemont no superó el “examen de acceso” en el club mundialista; y eso explica, al mismo tiempo, el porqué la prensa vinculada a estos sectores, o bien no ha informado o se ha mostrado hostil (o incluso muy hostil) al “procés”. Explica, también, la tranquilidad de Rajoy y el que tardara tanto en reaccionar: simplemente no había nada importante detrás de la intentona independentista: apenas un fuego de paja.

Salvo para los que han creído la absurda historia de que tras el independentismo catalán está la Santa Rusia, lo cierto es que para todos aquellos que tienen entendimiento, Puigdemont no ha tenido a nadie detrás: su ascenso se produjo en realidad por los huecos dejados por las anteriores promociones de CiU, masacradas por sus propias corruptelas y puestos en el banquillo por la Operación Pretoria. Después, al igual que le ocurrió a Artur Mas en sus dos últimos años, Puigdemot no lideró ningún proceso, simplemente, lo fueron empujando ¿quiénes? Borrokas, funcionarios de la Gencat, sectores de la Cataluña profunda encuadrados en ERC y poco más, amén de su propio analfabetismo político, claro está.

¿QUÉ HACEMOS CON LOS PROCESADOS?

Uno de los elementos más absurdos del sistema jurídico español es ese garantismo que sirve como excusa para retrasar los procesos años y años. No puede repetirse en este caso: la opinión pública y el electorado catalán exigen saber si los detenidos son, jurídicamente, culpables o inocentes, si son elegibles en próximas elecciones, o si se les inhabilita en función de la sentencia… Y, no solamente, exigen saberlo, sino que DEBEN SABERLO lo antes posible, so pena de seguir con este juego de equívocos que hemos visto en los últimos tres meses en Cataluña: que si tal sujeto en el autoexilio podía realizar el discurso de investidura por Skype, que si tal otro precisaba de un permiso penitenciario para presentar su candidatura en el parlament, que si el candidato siguiente tenía sobre su calva la espada de Damocles de un encarcelamiento… Ya se han hecho demasiadas memeces como para dar que prosiga la misma tónica.

¿Son culpables o inocentes? En democracia, quien lo dice es el sistema judicial, no los trapos que cuelgan de las ventanas, ni los berridos de unos manifestantes. Sí son culpables siempre tendrán derecho a elegir centro penitenciario de cumplimiento y saber, aproximadamente, el día en que saldrán de prisión. Y los electores conocerán si se les han privado de sus derechos políticos o no y, en caso afirmativo, por cuanto tiempo. Y, lo que es más importante, el electorado podrá conocer a dónde han ido a parar los cientos de millones invertidos alegremente en el “procés” y de dónde han salido. Porque la acusación de “malversación de fondos” es la que, moralmente, va a ser más grave para los acusados (incluido Junqueras).

Cataluña vive una larga agonía: está atascada políticamente desde 2003-2004 cuando empezó por la gracieta del pobre Maragall sobre un “nou Estatut” (sobre el que no existía la más mínima demanda social), siguió con el Pacto del Tinell, la meliflua etapa zapateriana iniciada con las bombas del 11-M, el “Estatut” rechazado por el Tribunal Constitucional en medio de la crisis económica que mutó en España en crisis política y, entre otros efectos secundarios, alejó a CiU de la posibilidad de actuar como factor clave del bipartidismo imperfecto, a causa de la irrumpió de Ciudadanos y de Podemos, luego vino el “procés” 2010-2017… Ahora, esto no termina de morir. Pero tampoco vive. Así pues, el independentismo es un no-muerto, casi el protagonista de una película de zombis.

EUROPA EN PERSPECTIVA

Y ya se sabe que para que nazca nueva vida, algo antes debe morir. Para los independentistas lo que debía morir era el Estado Español; pero esta esperanza se ha mostrado vana: el Estado Español goza, sino de buena salud, sí al menos del respaldo de la UE, así que cualquier proceso independentista en cualquier Estado-Nación de la UE está muerto por anticipado.

Para los unionistas lo que debe morir es ese nacionalismo nacido en el XIX, desarrollado en el primer tercio del siglo XX, ausente en la Guerra Civil y hasta 1975 (presente solo en los palcos del Liceo y en la platea del Palau) y depredador desde entonces, asaeteado por anti-corrupción y que dio origen al “procés”… Yo estoy en esta posición, con todos los matices que podría sacar a colación.

Y es que aquí no hay término medio: o se está con el independentismo, o se está con el unionismo. Los que se encuentren en medio tan solo sirven como apoyos de uno o de otro al carecer de fuerza suficiente para imponer en el Estado un “proyecto federalista” que sería como un triple salto mortal al vacío y sin red.

Quedaría por hacer una precisión. La flecha de la historia va en dirección contraria al nacionalismo: a todo nacionalismo:

- al nacionalismo catalán porque la Cataluña de hoy no se parece en nada a la Cataluña del siglo XIX, cuando nació;

- y al nacionalismo unionista porque el Estado-Nación española ya no tiene tampoco la dimensión suficiente como para afrontar solo los retos de la modernidad.

Así pues, parece claro que hay que pensar en términos de “federaciones de Naciones-Estado”. La UE sería un buen instrumento si no fuera porque, hoy por hoy, es una pieza más del proceso globalizador. Emancipen a la UE de este proceso, denle como denominar común una historia y una cultura concretas (en lugar del mestizaje de civilizaciones y la inmigración masiva), denle un objetivo y una Identidad (Europa, factor de civilización, cultura, ciencia y conciencia de la humanidad) y Europa volverá a ser un proyecto político en lugar de una zona de la globalización.

Hay que pensar en términos europeos (a fin de cuentas, ha sido la UE la que ha salvado a España de la aventura independentista de Puigdemont…).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parecidos .CAT (6)

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PARECIDOS HISTÓRICOS RAZONABLES (6): UNA PALABRA DOS SIGNIFICADOS

Una de las constantes más curiosas que estuvieron presentes en la tramitación del Estatuto de Nuria (1932) y en el “nou estatut” que se empezó a gestar en 2003 y que está en el origen de la “crisis independentista” de 2010-2017, es que las mismas palabras implican contenidos diferentes para quienes las utilizan. Por ejemplo, cuando se alude a “estatuto de autonomía”, el gobierno del Estado entiende que se trata de “descentralizar” la administración, mientras que los nacionalistas e independentistas entienden que de lo que se trata es de crear un Estado “autónomo” que hable de tú a tú con el Estado Español…

¿Y EL ESTATUTO DE SAU O ESTATUTO DE 1979?

¿Y qué ocurre con el Estatuto de Sau, el que restableció la Generalitat en 1979? Bueno… aquí hubo una sensible diferencia: fue el producto de la negociación entre el Estado y las “fuerzas políticas catalanas” en las que el primero ofreció a las segundas el poder tener el peso decisivo en el momento en el que no existieran mayorías absolutas a nivel nacional. Los nacionalistas de entonces –que seguían siendo una minoría dentro del conjunto de fuerzas políticas catalanas, todavía bajo hegemonía de la izquierda (que había protagonizado lo esencial de la lucha contra el franquismo) y del centro-derecha (que incluía a lo esencial del franquismo reconvertido)- se vieron obligados a aceptar esto, previendo que tenían por delante un largo recorrido para lo que ellos llamaban “fer país” (hacer país: esto es, dedicarse a reforzar la cultura nacionalista, extenderla a todos y crear una sociedad civil nacionalista que, en décadas venideras pudiera imponer sus condiciones al Estado).

De ahí la ecléctico del Estatuto de 1979. Pero aún así, lo importante no era el texto en sí, sino cómo se aplicara. Los nacionalistas entendían que la “cooficialidad” lingüística aludía al resto del Estado, mientras que el Estado pretendía que se produjera en Cataluña. Al menos, inicialmente… porque cuando, Felipe González o Aznar precisaron el concurso de los votos de CiU para seguir gobernando el Estado, realizaron todas las concesiones que exigió Pujol.

Una vez más, la ignorancia histórica de la generación que realizó la transición, acarreó el gran equívoco que benefició a los nacionalistas. En efecto, de haber sabido lo que el nacionalismo entendía por “estatuto de autonomía”, probablemente el texto que se aprobó en 1978 hubiera sido mucho más concreto y específico.

UNA PALABRA Y DOS SIGNIFICADOS: “ESTATUTO DE AUTONOMÍA”

Cuando Macià proclamó la “República Catalana como Estado dentro de la Federación Ibérica” en la mañana del 14 de abril de 1931 desde el “antic Palau de la Generalitat”, el gesto no gustó a los republicanos que habían firmado el Pacto de San Sebastián unos meses antes: eso no era lo acordado (y lo sabían perfectamente porque allí estuvieron Aiguarder (luego alcalde de Barcelona y notorio masón), Carrasco i Formiguera y Macià Mallol que actuaron en nombre, respectivamente de Estat Catalá, Acción Catalana y Acción Republicana de Catalunya.  Firmaron el acuerdo y Alcalá Zamora, se comprometió, a cambio, a “resolver el problema catalán”. A partir de ese momento, “República” e “independentismo” quedaron unidos. Y lo más sorprendente: a pesar de la catalanidad de la Lliga Regionalista, la recién constituida ERC (surgida de la fusión de Estat Catalá, Partido Republicano Catalán (Macià) y el grupo L’Opinió (de Lluhí i Vallescá), basó su éxito electoral en el eslogan: “Macià Si, Cambó no” (que en la calle se tradujo como “Visca Macià, que mori Cambó”…).

En las elecciones municipales de abril se produjo el “surpasso” de la Lliga por parte de la recién constituida ERC que en Barcelona obtuvo el doble de concejales que el catalanismo conservador.

DE LA REPÚBLICA DE LOS 3 DÍAS, A LA DE LOS 5 SEGUNDOS, PASANDO POR LA DE LAS 10 HORAS.

Amparado en estos resultados (más o menos sin confirmar en el marasmo de aquellas primeras horas posteriores a las elecciones), Companys proclamó a primera hora del 14 de abril la República… y Macià, unas horas después, el “Estado Catalán dentro de la Repúblico Federal Ibérica”, lo cual es aun más curioso, teniendo en cuenta que ambos militaban en ERC… Al día siguiente, Macià formó su “gobierno de la República Catalana”. Hubo que esperar al 18 de abril para que llegaran de Madrid, Marcelino Domingo, Nicolau d’Olwer y Fernando de los Ríos (los tres, prominentes masones) logrando que Macià renunciara a la “república catalana y al Estado Federal”. En compensación redactaron el Estatut d’Autonomía.

La gracia estriba en que Macià, en nombre de “todos los catalanes” proclamó la “República Catalana” ¡que nadie había votado!, olvidando que era solamente el presidente de un partido recién constituido que, si bien fue mayoritario en los primeros meses de la República, se debió a que la nueva ley electoral ¡concedía el 75% de los escaños al partido que quedara en primer lugar! En aquel momento, Macià salvó la cara afirmando que aquella primera declaración había sido una “simbólica afirmación de soberanía nacional y del ideario federalista”.

Aquella segunda “República Catalana” (la primera había sido la proclamada por Clarís en el siglo XVII, antes de arrojarse en brazos de Francia y pasar a formar parte del Reino galo) duró tres días. Mucho más, desde luego, que el Estado Catalán nacido en la mañana del 6 de octubre de 1934 y fenecida en la noche del mismo día, por no hablar de la proclama también “simbólica” de la tercera “República Catalana” en octubre de 2017 cuya duración fueron, poco más o menos, diez segundos, batiendo –también en esto- un record.

ESTATUTOS NACIONALISTAS = CONSTITUCIONES DE LA NUEVA REPÚBLICA

Otro detalle sobre el que pueden formularse paralelismos es en el hecho de que el Estatuto de Nuria, al menos el texto redactado por una ponencia constituida por Pere Corominas, Jaume Carner, Rafael Campalans y Josep Dencàs (los cuatro, dicho sea de paso y sin prejuzgar nada, masones en algún momento de sus vidas) no era un “estatuto de autonomía” propiamente dicho, sino más bien una constitución propia de un Estado independiente de tomo y lomo. La intención de los ponentes era clara: lo que no habían conseguido materializar entre el 14 y el 18 de abril de 1931, lo conseguirían mediante la propuesta realizada por D’Olwer, Domingo y de los Ríos (los tres, igualmente masones… si lo resaltamos es, simplemente para hacer valer el hecho de que en sus primeros momentos, la Segunda República fue, de manera indiscutible, la “obra de la masonería”, lo que permite entender la obsesión que se puso en una legislación anti-religiosa que dominó sus dos primeros años de vida) en nombre del gobierno de la República.

En el preámbulo de aquel anteproyecto ya se declaraba textualmente que Cataluña era un “Estado autónomo dentro de la República Española”. El catalán sería la única lengua oficial y el castellano se podría utilizar sobre para tratos con el Estado. Se preveía la agregación de nuevos territorios al Estado Autónomo y, por supuesto, el control sobre la enseñanza y sobre la cultura… Lo que los nacionalistas no pudieron hacer en 1979 porque la correlación de fuerzas les era adversa, lo intentaron en el anteproyecto que, obviamente, sería tumbado por las Cortes de la República en el debate que siguió.

Los ponentes querían proclamar “legalmente” la creación de un Estado Autónomo que naciera “legalmente de espaldas” a la legislación constitucional republicana que definía al Estado Español como “integral” (eufemismo para no utilizar la palabra “unitario” vinculada a la monarquía). Se añadía, eso sí, que ese “Estado integral era compatible con la autonomía de los municipios y de las regiones”. Esa misma constitución prohibía la creación de “federaciones regionales” como la que proponían los nacionalistas. Así pues, en 1931 ya estuvo presente la contradicción flagrantes entre un anteproyecto de Estatuto que la legislación republicana no podía aceptar.

Lo más significativo es que se logró en 1931 un Estatuto recortado que fue finalmente aprobado el 4 de septiembre de 1932, después de que se produjera en aquel verano una campaña antinacionalista en toda España y la propia “sanjurjada” fuera generada a partes iguales por la legislación anticatólica republicana y por la lectura del texto de Nuria. Éste resultaría recortado, finalmente (como ocurrió con el “nou Estatut” de Maragall). Entonces se decía que “solo existía una Nación-Estado como fuente de poder”, ahora se dijo que “la soberanía nacional reside en el pueblo español”, como principales argumentos constitucionales contra el independentismo.

De todas formas, el Estatuto de 1932 fue mucho más limitado que el de 1979. El Estado se reservaba el control de la minería, la explotación forestal, la agricultura, el agua, la caza, la pesca fluvial, las obras públicas, la aviación, la radio, la prensa, la seguridad nacional y los seguros. Respecto a la enseñanza  se establecieron dos redes paralelas de centros públicos: la del Estado (que era la existente hasta ese momento) y la que la Generalitat podía crear a partir de entonces por iniciativa propia y bajo su financiación)…

¿POR QUÉ “ESTATUTOS DE AUTONOMÍA” CUANDO BASTA UNA SIMPLE “DESCENTRALIZACIÓN”?

El Estatuto no solamente había quedado lejos de las expectativas independentistas iniciales, sino mucho más bajas de lo que luego establecería el Estatuto de Sau en 1979. ¿Lo más lacerante para los independentistas? ¡que estos recortes fueron bien acogidos en Cataluña en 1932 y satisfizo ampliamente a la población! Solamente los nacionalistas pedían “más”. Y los nacionalistas distaban mucho de ser mayoría como demostraron las elecciones siguientes en las que ERC empezó a perder votos y la Lliga recuperó su papel hegemónico.

La tranquilidad y aceptación que tuvo aquel Estatuto recortado y encarrilado por la constitución republicana como una simple “descentralización” indica que, salvo para los nacionalistas (y para sus aliados ingenuos o simplemente analfabetos políticos) todo se resolvía creando un poder inmediato y de proximidad. El problema es que no era eso lo que exigían los nacionalistas e independentistas que aspiraban, simplemente, a crear un Estado independiente… y no tenían el valor de confesarlo abiertamente, jugando con las ambigüedades, las políticas de máximos y fingiendo aceptar normativas que, interiormente, solamente consideraban como pasos previos para la independencia en cuanto las condiciones mejorasen… ¿Quién ha hablado de “lealtad” en el nacionalismo?

¿Otro paralelismo? Sí, que fue la actitud de la izquierda socialista y marxista en aquel momento, lo que permitió que el nacionalismo independentista siguiera gobernando y marcando la agenda del gobierno autonómico. Como durante los tripartitos de Maragall y Montilla.

ALGUNAS CONCLUSIONES

¿Qué puede deducirse de todo esto? Especialmente que bajo el nombre de “estatuto de autonomía” existen dos concepciones opuestas defendidas por los “unitaristas” y por los “independentistas” :

- para unos es un texto para la descentralización del Estado.

- para los otros es el documento constitucional que alumbra un “nuevo Estado”. 

Luego, se demuestra que el “estatuto de autonomía” ha sido solamente para el nacionalismo independentista (no hay otro nacionalismo, más que el independentista, el nacionalismo “moderado” que no busca la independencia de la “nación” no es nacionalismo sino regionalismo) un paso previo para la independencia y para preparar el camino a la independencia (el Estatuto de 1933 llevó a la revuelta de 1934 y el de 1979 y el de 2006, llevaron a la infausta “flamarada” puigdemoniaca.

En tercer lugar que el nacionalismo-independentista es incapaz (¡y lo ha sido siempre!) de comprender la realidad catalana: NO TODOS LOS CATALANES SON INDEPENDENTISTAS, NI SIQUIERA TODOS LOS QUE VIVEN EN CATALUÑA TIENE COMO LENGUA HABITUAL EL CATALÁN, NI TIENEN SU ORIGEN EN CATALUÑA… en cualquier caso, ellos solamente gobiernan, piensan y actúen en nombre del independentismo, incluso en sus actuaciones como cargos públicos institucionales (y por tanto representantes de todo el cuerpo electoral).

 

PARALELISMOS .CAT (5)

PARALELISMOS .CAT (5)

PARECIDOS RAZONABLES (5): “MIRA QUE OS LO DIJE…”

El independentismo lleva desde septiembre recibiendo collejas que, hasta ahora no han sido particularmente duras, sino que casi han revestido el carácter de reprimendas propias de un padre amantísimo, harto de advertir a su hijo bienamado que “eso no se hace”. Así puede entenderse que la aplicación del Artículo 155 no haya sido particularmente sangrante, ni bochornosa para la autonomía catalana, comparado como podía haber sido. A fin de cuentas, en 1934, la cosa terminó mucho peor, con el nombramiento de un Gobernador General de Cataluña y la suspensión del Estatuto, juicios rápidos y condenas de prisión elevadas (si bien, Companys, el protagonista de aquella “flamarada”, era perfectamente consciente de que la próxima subida al poder de las izquierdas supondría una amnistía general).

En ambos casos, en 1934 y en 2017, unos y otros se habían preocupado por advertir al Gobierno de la Generalitat lo que podía ocurrir si vulneraba la legalidad vigente. El problema fue que los independentistas no dieron por enterados y no creyeron que el Estado estaría en condiciones ni que se atrevería a aplicar las medidas constitucionales previstas ante la eventualidad de una rebeldía.

1934: GENERAL BATET, “MIRA QUE OS LO DIJE”

El caso de 1934 es sorprendente porque son los mismos historiadores nacionalistas los que comentan que Companys en persona había advertido de sus proyectos al gobernador militar de la IV división Orgánica (Cataluña), el General Batet, nacido en Tarragona y de notorias convicciones republicanas.

En aquella ocasión, la sublevación se justificó porque en las elecciones de noviembre de 1933, el centro-derecha se había impuesto. El partido mayoritario, con 117 diputados, fue la Confederación Española de Derechas Autónomas. Sin embargo, gobernaron los radicales, con el apoyo exterior de la CEDA. Era la primera fase de Gil Robles para aproximarse al poder: condicionar al gobierno; la segunda fase sería introducir ministros cedistas en el gobierno, y el tercero, convocar nuevas elecciones y obtener él mismo la presidencia. Todo esto produjo una extraordinaria desazón en la izquierda española que consideraba SUYA a la República. Y tal fue el origen de la guerra civil: la fractura de la sociedad española en dos bloques, republicano y de izquierda a un lado y monárquico y de derechas, a otro, con un centrismo radical a modo de centrismo condicionado por unos o por otros. Los republicanos nunca consideraron que la República era DE TODOS los españoles y, por tanto, cualquier medida legislativa que no fuera en dirección a lo que las izquierdas consideraban como propio, era considerado como una “desnaturalización de la República” y, por tanto, se creían en el derecho de no aceptarlo. Companys compartía esta doctrina.

Las izquierdas estaban convencidas:

1) De que la subida al poder de las derechas entrañaría la abolición del Estatuto de Autonomía,

2) Que supondría una abrogación de la legislación anticlerical aprobada en los dos primeros años de la República y

3) Que la CEDA era el “fascismo y el nazismo” traídos a España…

Así pues, el PSOE y los independentistas catalanes, por una parte:

1) quería preservar la autonomía catalana como paso, bien a un Estado Catalán dentro de una República Federal Española o bien hacia una República Catalana independiente.

2) querían mantener la legislación anticlerical de fuerte matiz masónico y

3) querían batir a los que consideraban como “fascistas catalanes” (La Lliga), su principal escollo para orientar el conjunto del catalanismo hacia el independentismo.

Por eso PSOE e independentistas hicieron causa común en las jornadas del 6 de octubre y por eso mismo, el movimiento, tal como lo concibió Companys fue ambiguo: una mezcla de nacionalismo independentismo y de acto de defensa de la concepción republicana de izquierdas y del federalismo que siempre había mantenido Companys como objetivo.

Dentro de esta óptica parecía evidente que un general como Domingo Batet, notoriamente republicano, se decantara a favor de los que se declaraban republicanos… Antes de la sublevación del 6 de octubre, no una sino varias veces, Companys se había entrevistado con Batet anunciándole sus proyectos. Siempre, sin excepción, absolutamente siempre, el militar republicano había sido claro y sin sombra de dudas al explicar cuál sería su actitud ante esa eventualidad: CUMPLIRÍA LA LEGISLACIÓN VIGENTE (la misma actitud le costaría la vida cuando se opuso a la sublevación del 18 de julio de 1936 en la Capitanía General de Burgos).

Pues bien, aún así, Companys siguió adelante con sus proyectos, sin querer enterarse de que sublevarse contra el gobierno republicano legítimamente constituido, se encontraría pocas horas después con una batería situada frente al Palau de la Generalitat. Es más, cuando ya había proclamado el “Estado Catalán”, Companys telefoneó a Batet pidiéndole ¡que se pusiera a sus órdenes! Y apeló a sus sentimientos republicanos. El general le pidió una hora para meditar… Unas horas antes ya había recibido instrucciones del gobierno del Estado, así que esa hora la utilizó para sacar las unidades militares a la calle… Antes, Batet había pedido a los militares que estaban a las órdenes de la Generalitat (concretamente a Pérez Farrás), miembro de la masonería, que se pusieran a sus órdenes. Éste respondió que seguía a las órdenes de Companys y que estaba organizando la defensa del Palau de la Generalitat.

Sería el propio general tarraconense quien pidió unas horas después que lanzara una proclama de rendición. Companys la redactó y un oficial la leyó por la radio. Por cierto, concluía con un “Viva España” y una “Viva la República Española”, escritos por Companys de su puño y letra…

Si no fuera porque el resultado de tanta estupidez fueron no menos de 30 muertos, cabría decir que la astracanada fue digna de un sainete de los hermanos Álvarez-Quintero.

2010-2017: MARIANO RAJOY, “MIRA QUE OS LO DIJE”

Exactamente lo mismo, pero todavía más grotesco, se repetiría entre 2010 y 2017. Quienes acusan de debilidad a Rajoy, no deben olvidar que en innumerables ocasiones repitió, tanto a Artur Mas como a su desgraciado sucesor, Puigdemont, que la convocatoria de un referéndum declarado ilegal por el Tribunal Constitucional tendría graves consecuencias jurídicas. El recordatorio se hizo por activa y por pasiva. Claro está que los independentistas nunca se lo terminaron de creer: su análisis sostenía que el Estado Español era débil (en 2010 lo era, pero la economía había sido intervenida por la UE, con lo que cabría decir que, aunque el Estado fuera débil, la UE actuaba como aval y apoyo internacional compensatorio) y que no tendría fuerzas para reaccionar contra “Cataluña”. Luego resultó que, como Companys en 1934, lo que ellos concebían como “Cataluña”, solamente era una parte, en absoluto la totalidad de la región.

Cuando se produjeron las primeras detenciones en septiembre de 2017, los independentistas se vieron sorprendidos. Cuando la Guardia Civil entraba en las consejerías afectadas por la puerta principal, las secretarias trataban de triturar los papeles comprometedores y sacaban otros por las puertas traseras… Puro vodevil. El mismo Artur Mas, alias “el astuto”, uno de los capitales araña del proceso, nunca creyó que iba a salir perjudicado judicialmente: cuando debió afrontar fianza y multa multimillonaria y comprobó que el “seguro de responsabilidad civil” contratado por la Generalitat no cubría “actos contra la ilegalidad” y fracasó estrepitosamente su campaña de recogida de fondos para cubrir las fianzas, entendió que aquello había terminado. Dimitió de cualquier cargo político y anunció su retirada de la política, entre el llanto y el crujir de dientes.

Los dirigentes de la Generalitat nunca podrán decir que el gobierno del Estado –y cualquier persona con dos dedos de frente y unos mínimos conocimientos jurídicos- no les hubiera advertido de los resultados de su irresponsabilidad. Alegar ignorancia en el siglo XXI, cuando en las fonotecas y videotecas se guardan cientos de bytes sobre todas estas declaraciones resulta ingenuo y propio del niño que ha sabido que ha cometido una travesura y baja la cabeza cuando su tutor le amonesta…

¿Qué pretendieron los independentistas en 1934 y en 2017? ¡JUSTO LO MISMO QUE MACIÀ EN 1926! En efecto, en aquel año, el “Avi” intentó un movimiento insurreccional absurdo en Prats de Molló. Ciertamente, en aquel momento, España vivía un gobierno de facto, dirigido por el General Primo de Rivera y había sólidas razones para pensar que las democracias europeas le apoyarían (ninguno lo hizo, por cierto, sí en cambio las logias masónicas francesas que lo absolvieron a él y a sus colegas, la mayoría italianos, pues en efecto, el ministro del interior francés y el presidente de la república eran masones, e incluso lo era Ricciotti Garibaldi que se sentó con él en el banquillo).

En aquella ocasión, Macià, antes de comenzar la enloquecida aventura dijo a sus colaboradores: “Si ganamos, ganamos, y si perdemos nos espera la gloria y el martirio”… Esa segunda posibilidad hubiera sido el eslogan más adecuado para cualquier gabinete sadomasoquista, pero indicaba una línea de tendencia. Macià fue, simplemente, santificado por el independentismo, que a su derecha sentó a Pau Clarís y a su izquierda a Companys. Resulta más improbable que Mas o Puigdemont alcancen ese trono de “gloria y martirio”.

 

 

Duprat desde España

Duprat desde España

Reproducción del artículo publicado en la obra "François Duprat - le prophète du nacionalisme-révolutionnaire", Ediciones Ars Magna - Colección Le devoir de la mémoire.

François Duprat, visto desde España (E. Milà)

No conocí personalmente a Français Duprat, sin embargo, estuve en contacto con él desde 1972 ó quizás 1973. Me fue enviando periódicamente las revistas que iba publicando y leía los artículos que firmaba con su nombre y con varios seudónimos (“François Solchaga”, entre otros) en La Défense de l’Occidente y en alguna otra revista menor. Cuando empezó a publicar unas hojas semanales cyclostiladas (Les Cahiers Nationalistes Revolucionaires) me suscribí y las estuve recibiendo durante dos años seguidos hasta que se interrumpió su publicación al ser asesinado.

Así mismo, me interesé particularmente por los estudios que había publicado en dos números especiales de la revista de Maurice Bardéche, sobre las “jornadas de mayo de 1968” y sobre la revuelta estudiantil, así como los dos libros que publicó en las Ediciones NEL sobre el mismo tema. Leí, igualmente, las distintas obras que publicó en torno a la historia del fascismo y, de hecho, debo reconocer que ellas están en el origen de que en septiembre de 2010 yo mismo iniciara la publicación de la Revista de Historia del Fascismo que va por su número 53. Su historia sobre el MSI, publicada por Les Septs Couleurs, fue el primer esbozo sobre la evolución de este movimiento que me resultó accesible.

Recuerdo también que la imagen inicial que me hice de Ordre Nouveau fue a partir de la lectura del libro publicado con motivo del congreso de este partido, con las tesis que él mismo elaboró y presentó, con el manifiesto que incluía y sobre el que me extenderé más adelante. Ignoro si Duprat tenía relaciones con algún otro militante español de la época (no lo creo), pero estoy convencido de que yo fui uno de los que leyó, al sur de los Pirineos, con más interés sus publicaciones en esa época y, por tanto, si bien nunca nos conocimos personalmente, sí conocía su obra y estaba familiarizado con ella.

En la distancia física que existía en los años 70, y en la distancia temporal que existe entre aquella época y nuestros días, puedo distinguir tres vertientes en François Duprat: la política, la histórica y la doctrinaria.

EL DUPRAT “POLÍTICO”

Por azares de la vida, fue dos meses después de su asesinato cuando empecé a viajar regularmente a París y tuve ocasión de conocer a gentes que había militado con él en Ordre Nouveau y, anteriormente, en Occident. A partir de ese momento, empecé a reordenar mis ideas. En efecto, una cosa era la versión que Duprat quería dar de los movimientos en los que militaba y otra muy diferente la tendencia mayoritaria que mostraban.

Cuando tuve ocasión de conocer al antiguo equipo de dirección de Ordre Nouveau, advertí pronto que el movimiento no había sido en ningún momento “nacional–revolucionario”, sino un simple partido de la “derecha nacional”. Lo mismo podía decir de Occident y, por supuesto, del Parti des Forces Nouvelles que siguió. Así mismo, el Front National de Jean Marie Le Pen, aunque contuviera en su interior una pequeña tendencia nacional–revolucionaria, fue desde el principio un partido de “derecha nacional”. Así pues, existe en todo esto una confusión: una cosa es la tendencia que quiso imprimir Duprat a estos movimientos y otra muy diferente, la que tuvieron en realidad.

Hay que reconocer que el asesinato de Duprat impidió saber qué hubiera ocurrido en el futuro y cómo hubieran influido los Groupes Nacionalistes Révolutionnaires de Base, especialmente, cuando Le Pen dejó de ser “monsieur 1%” y se convirtió en un fenómeno político. A nadie se le escapa que era una difícil convivencia: habitualmente Jean Marie Le Pen se mostraba como un nacionalista de la vieja escuela, atlantista y especialmente anticomunista; era evidente que Duprat y sus GNRB iban mucho más lejos y que, solamente la convivencia fue posible dada la situación de extrema debilidad en la que había quedado Le Pen tras disolución gubernativa de Ordre Nouveau, cuando el Front National que auspiciaba esta organización quedó privado de su elemento motor.

Los problemas que hubieran podido aparecer en los años 80 en el interior del FN de haber sobrevivido François Duprat al atentado que le costó la vida, hubieran sido muy similares a los que ya se habían generado en el interior de Ordre Nouveau: una tendencia radical y “revolucionaria”, difícilmente puede convivir de manera estable y durante mucho tiempo con una tendencia exclusivamente nacionalista de vieja escuela.

Es peligroso fiarse de lo que queda en las publicaciones. Si leemos el libro sobre el Congreso de Ordre Nouveau, nos llevaremos la impresión de que se trataba de una organización “nacional–revolucionaria” y activista, en consonancia con la imagen que Duprat dio de ella. Cuando en 1978–81 me pude relacionar con el núcleo que había estado presente tanto en Occident como en Ordre Nouveau, lo que me sorprendió fue el carácter extremadamente moderado de sus posiciones políticas que, en el fondo, se podían reducir a dos: anticomunismo y nacionalismo. Nada más.

Es fácil adivinar que, si Duprat hubiera sobrevivido, el enfrentamiento con Jean Marie Le Pen hubiera tardado poco en llegar. De lo que no me cabe la menor duda es que el equívoco entre nacional–revolucionarios y moderados no se hubiera prolongado hasta el infinito. A diferencia de Jean Pierre Stirbois (que debió integrarse en el FN a partir de grupos solidaristas hacia 1977 o, en los primeros meses de 1978), Duprat era más doctrinario y activista, y mucho menos “político” en el sentido convencional de la palabra. Duprat ocupó el cargo de Secretario General del FN en los tiempos de la “travesía del desierto”, en los que el partido apenas podía aspirar a otra cosa que a sobrevivir y a tratar de ser “hegemónico” entre los grupos de extrema–derecha. Mientras que el PFN parecía disponer de más efectivos, especialmente juveniles, el FN obtuvo mejores resultados electorales y pudo presentar más candidatos (aunque con un promedio que no ascendió del 0’2%...).

A pesar de que el PFN había conseguido trenzar una alianza con Fuerza Nueva en España y con el Movimiento Social Italia, en el marco de la “euroderecha”, lo cierto es que este partido nunca llegó muy lejos, ni logró estabilizarse y prácticamente desapareció a principios de los años 80, dejando el campo libre al FN ya sin Duprat y sin su adjunto, Alain Renault, pero con Stirbois en la Secretaria General. Desaparecido Duprat, los GNRB ya no tenían acomodo dentro del FN y se perdieron en pocos meses. Cuando se celebró el primer aniversario del asesinato de Duprat, su “obra política” ya se había desdibujado completamente.

EL DUPRAT “HISTORIADOR”

Mayor eco ha tenido su obra como historiador del fascismo y, no solamente del fascismo, sino de los aspectos más relevantes de su tiempo. En efecto, Duprat escribió varios libros de carácter histórico a finales de los años 60 y en los 70. Ciertamente, con posterioridad sus estudios históricos se han visto superados, pero hay que reconocer que en 1968 no disponíamos de ninguna historia sobre el Movimiento Social Italiano, lo ignorábamos todo sobre los orígenes de aquel partido y Duprat nos facilitó un esbozo de apenas 200 páginas, en pequeño formato, que aclaró nuestras dudas.

Otro capítulo de su obra trató sobre los sucesos de mayo de 1968: dos libros, L’International Étudiante Révolutionnaire y Les journés de mai 68, publicados poco después de que sucedieran los hechos y dos números especiales de La Défense de l’Occident, escritos junto a Maurice Bardèche, consagrados al mismo tema, dieron una perspectiva muy amplia, ilustrativa y de urgencia sobre aquel movimiento. Duprat, efectivamente, sabía de lo que hablaba y aportaba datos extraordinariamente precisos que solamente había podido salir de evaluaciones y seguimientos de estos grupos elaborados en medios de algún servicio de la “defensa nacional”. En Les journés de mai 68, Duprat alude a un tema que ha estado completamente ausente en los estudios sobre aquellos incidentes: las relaciones que tuvieron los servicios especiales del régimen gaullista, la extrema–derecha y los ambientes militares. Resultaba evidente que, Duprat en persona, había participado en aquellas conversaciones o que, al menos, conocía de primera mano los contactos.

Buena parte de su producción estuvo destinada a reconstruir la historia de los fascismos. En la actualidad existen estudios históricos, tesis doctorales y trabajos muy bien documentados elaborados en distintas universidades sobre, prácticamente, todos los movimientos de extrema–derecha y sobre los fascismos en cualquier país del mundo. Pero en los años 60 y durante la primera mitad de los años 70, era muy frecuente que los propios militantes ignoraran las vicisitudes del fascismo histórico en su propio país (y puedo confirmar que en España, los propios falangistas entonces ignoraban casi por completo cómo había sido la historia del partido entre 1933 y 1936 y jamás dispusieron de una “historia canónica”). Duprat realizó un esfuerzo en esa dirección: supimos así de la existencia de un partido “baasista” y panarabista extendido en varios países de Oriente Medio, nos ilustró sobre la extrema–derecha chilena que floreció durante el período de Salvador Allende y de la Unidad Popular, escribió sobre los fascismos centro–europeos y sobre la Alianza Popular Revolucionaria Americana del Ecuador…

En este sentido, debo agradecer a Duprat el que me indicara un camino a seguir: el del testimonio histórico y el del conocimiento de la trayectoria de los fascismos en muchos países. Es cierto que Duprat era rápido al escribir, no se entretenía mucho en profundizar o redondear tesis históricas y que sus libros no solían estar escritos con rigor académico y con las referencias que se exigen en los trabajos y tesis universitarias, pero sus artículos y el material que elaboró sobre el tema eran fuentes preciosísimas de información que nos abrieron a muchos la posibilidad de entender, trabajar y profundizar los temas de los que él mismo nos abrió la puerta.

Particular interés para mí tuvo su libro sobre la extrema–derecha francesa desde la postguerra hasta la fundación de Ordre Nouveau, publicado por las Editions Albatros. Por fin pude disponer de un conjunto de informaciones y datos que me indicaran en qué condiciones se había producido la depuración, cómo surgieron los primeros grupos nacionalistas en la postguerra, qué fue Jeune Nation, la OAS, Europe–Action, etc, etc, organizaciones de los que habíamos oído hablar, incluso de las que disponíamos de algunas revistas pero cuya trayectoria ignorábamos en una época en la que Internet no existía y los correos eran lentos y caros…

Duprat en la última etapa de su vida, tocó también el tema revisionista y es considerado como una de los máximos difusores de esa corriente en Francia. Posteriormente, otros tomarían el relevo y cada vez más, en un ambiente progresivamente más hostil e, incluso, peligroso, el revisionismo fue avanzando. Si hemos mencionado en último lugar esta componente, se debe a que enlaza con la última vertiente de Duprat, la “doctrinaria”. En efecto, para Duprat el “revisionismo” no tenía sólo un aspecto histórico, sino que albergaba un interés doctrinario en la medida en que suponía oponerse al sionismo, posición que no era una simple toma de posición política, sino especialmente una definición amplia de un enemigo que era a la vez geopolítico, ideológico y económico.

EL DUPRAT “DOCTRINARIO”

Valorar la obra de Duprat desde el punto de vista doctrinal es complicado, especialmente desde España. Él mismo se definía como “nacional–revolucionario”, pero en cada país esta palabra tenía una connotación diferente. En España, el “nacionalismo–revolucionario” era utilizado por la organización neo–nazi Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE) como un eufemismo para aludir al nacional–socialismo. Así pues, en España, un nacional–revolucionario era, simplemente, un neo–nazi. En Italia, sin embargo, sectores del MSI y de la extrema–derecha activista y neo–fascista, se consideraban “nacional–revolucionarios”; frecuentemente, los nacional–revolucionarios italianos eran también “evolianos” y “tradicionalistas”. Luego estaba Jean Thiriart que había tratado de definir el “nacionalismo revolucionario” con unos términos muy diferentes y en una dimensión europea. La visión que dio Duprat de esta doctrina tenía mucho de “peronista”: era un nacionalismo de carácter social sin concesiones ni al comunismo ni al capitalismo.

El nacionalismo–revolucionario nunca fue unánime a la hora de establecer las bases de su doctrina, ni mucho menos a la hora de enunciar una estrategia viable. Eran los tiempos de la Guerra Fría, Europa estaba en el ojo del huracán, dividida y ocupada por las dos superpotencias que se disputaban la hegemonía mundial. Era frecuente que algunos nacional–revolucionarios italianos (Evola incluido) fueran “más anticomunistas” que “anticapitalistas” alegando que un régimen comunista en Europa Occidental supondría trabajar en unas condiciones políticas de persecución y clandestinidad mucho más duros de las que se daban en los años 60 y 70. Otros, por el contrario –el Thiriart posterior a la disolución de Joven Europa– tendió cada vez más había considerar a Rusia como aliada en la liberación de Europa. Ni siquiera en este punto, existió unanimidad en los medios nacional–revolucionarios.

Duprat fue quizás uno de los doctrinarios que intentaron por todos los medios encontrar equilibrio y ponderación a su “nacionalismo–revolucionario” e incluso expresarlo a través de unas propuestas estratégicas que difundió hasta su muerte. Pero había algo que no estuvo en condiciones de superar: la ambigüedad entre las distintas corrientes que se reclamaban del nacionalismo–revolucionario y lo limitado de su alternativa estratégica (que le llevó a militar, casi forzosamente, en organizaciones no específicamente nacional–revolucionarias, sino ancladas en la derecha–nacional).

Tenemos presente las tesis de Duprat expuestas en el Congreso de Ordre Nouveau que incluía un “Manifiesto Nacional Revolucionario”. Hoy las podemos calificar de “idealistas” en el sentido en que enunciaban ideas y tesis de manera rotunda pero que no iban a acompañadas de propuestas estratégicas capaces de hacerlas triunfar. Por otra parte, la lectura de las obras de Duprat no nos dejó claro algo que, al menos en España, ha costado el desgaste y la pérdida de generaciones de activistas: el reconocimiento de que en 1945 concluyó una época y los fascismos murieron de muerte violenta. Lo que debía seguir luego (lo que se llamó neo–fascismo y que se extinguió en los años 90) debía haber reconocido la derrota y reconocer que los fascismos habían entrado en la historia.

Para Duprat y para muchos de nosotros, el nacionalismo–revolucionario era, de una forma u otra, la continuación de los fascismos históricos, el sector que podía considerarse heredero de aquellas formaciones políticas de los años 20 y 30, derrotadas en 1945. Yo creo que éste fue el principal problema de esta corriente: el tener entre sus filas a muchos de los “derrotados” que se negaban a admitir la derrota y querían continuar el combate por sus ideales de juventud con honor y lealtad. Y lo hicieron.

Duprat heredó esta vocación, intentó actualizarla y redefinirla en los movimientos en los que militó, pero sin éxito, hay que reconocerlo. No existe un terreno intermedio entre el testimonialismo y el pragmatismo: o se hace testimonialismo o se hace política. El triple aspecto de Duprat en su faceta de doctrinario, político e historiador, es muestra de que intentó ambos caminos y que el intento se saldó con el fracaso.

DUPRAT Y LOS “SERVICIOS SECRETOS”

Se ha escrito y se ha dicho mucho sobre el trabajo realizado por Duprat para determinados servicios secretos. Incluso se ha aportado su nombre en código: “Hudson”… He de decir que, en lo personal, todos estos rumores me han parecido malintencionados. Todo tiene su explicación. Un viejo refrán español dice “el que quiere nadar tiene que mojarse”… Todo aquel que ha recorrido el mundo, que ha intentado hacer política, que ha jugado algún papel político mayor o menor en los años 60 y 70, siempre, antes o después, ha terminado conociendo a “alguien” vinculado a los servicios de inteligencia. Eso, era lo normal…

Lo importante no es eso, sino si esa persona ha traicionado a su ambiente político, si ha causado daños al ambiente en el que militaba, si algunos de sus compañeros de partido se han visto dañados por “delaciones”. Entonces, mantener contactos con servicios de inteligencia es, obviamente, algo reprobable y que entra de lleno en la “traición”. No he oído a ningún militante francés decir que se vio perjudicado en ningún sentido por la acción o los contactos de François Duprat. Quienes lanzan esas acusaciones se califican a sí mismos.

En cuanto al misterio sobre su muerte tampoco creo que se pueda olvidar que dado lo prolífico de sus escritos y el cargo político que desempeñaba en el FN en el momento de morir, es normal que la extrema–izquierda lo viera como una puntal de la extrema–derecha y, por tanto, como objetivo preferencial de la obsesión antifascista. En los años 70, determinados ambientes trotskistas creían que la revolución estaba a la vuelta de la esquina y practicaban una “gimnasia revolucionaria”: asaltos contra la extrema–derecha, creación de grupos de carácter terrorista que golpeaban al enemigo… o a quienes ellos creían que tenía un papel político muy superior a su papel efectivo en este sector, como era el caso de Duprat.

AGRADECIMIENTO A FRANÇOIS DUPRAT

A cuarenta años de distancia de su asesinato, la imagen de Duprat se encuentra extremadamente desdibujada. Es un icono. Pero a los iconos hay que darles contenidos o, de lo contrario, aparecen como cáscaras sin vida. En lo personal, el “icono Duprat” tiene un carácter muy concreto.

Los problemas de Francia y de Europa en los años 70, no tienen prácticamente ninguna relación con los que se viven en nuestros días. En estos últimos 40 años han cambiado muchas cosas: la Guerra Fría ha terminado, el equilibrio de partidos que se daba en los años 70 y que resultaba inamovible desde 1945, está cada vez más sometido a una erosión, el nacionalismo cada vez tiene menos sentido, salvo en el marco europeo, estamos en la época de la globalización y del ultraliberalismo, los problemas económicos y de identidad tienen hoy una incidencia extrema en la vida de las poblaciones europeas, así pues, los escritos políticos que dejó Duprat en el momento de su asesinato ya no pueden alumbrar esta nueva época.

Así mismo, los temas que tocó en sus libros de historia, han sido ampliados, recuperados y sistematizados. Duprat nos marcó el camino a seguir, un camino que han recorrido muchos historiadores dentro y fuera de nuestro ambiente político. Hoy se sabe mucho más sobre la historia de los fascismos de lo que se sabía en 1977. Ahora bien, para algunos de nosotros, la figura de François Duprat siempre estará presente en tanto que fue uno de los instigadores para interesarnos en el conocimiento del pasado y de la historia de nuestro ambiente político. La deuda que tenemos contraída con él es impagable y siempre la reconoceremos.

Finalmente, podemos aludir a la actitud vital de Duprat: tratar de encontrar en cualquier momento un camino para llevar adelante las ideas. Por difícil que sea para un nacional–revolucionario actuar en un medio que no es el propio, Duprat nos enseñó cierto realismo y pragmatismo. Ser revolucionario no es repetir más veces en menos tiempo las intenciones revolucionarias, sino encontrar caminos realistas para hacer posible la revolución.

Este es el Duprat con el que me quedo y esto es lo que me enseñó en la distancia François Duprat.

PARALELISMOS 1926-2017 (4)

PARALELISMOS 1926-2017 (4)

PARECIDOS HISTÓRICOS RAZONABLES (4): EL BUCLE SOCIALISTA

Lo más sorprendente del proceso soberanista es que la sociedad de 2017 está extremadamente alejada de la de 1926-1934, como la noche del día, y, sin embargo, el proceso soberanista se ha dado en las mismas circunstancias y reproduciendo los mismos esquemas. Y esto a despecho de que lo que no “funcionó” durante la Dictadura y durante la República, difícilmente podría funcionar en democracia. Y esto vale, no solamente para las fuerzas que se han mostrado favorables al independentismo, sino también para aquellas que se han ido por la tangente, complicando extraordinariamente, lo que, en principio, era bastante simple: a favor o en contra de la independencia. Tal es el caso del socialismo.

AYER Y HOY, LA IZQUIERDA CATALANA FRAGMENTADA

Socialismo ha habido y hay muchos. En realidad, deberíamos hablar de “izquierda” (dando por sentado que el partido conocido como “Esquerra Republicana de Cataluña”, es un simple partido de centro-izquierda en el cual los elementos nacionalistas son mucho más acusados que los “sociales” y, por tanto, se ubican en un espacio diferente al del socialismo catalán) y dividir esta en dos: la izquierda unionista y la izquierda independentista, encontrándonos en los dos bloques a elementos socialistas y comunistas y en la segunda, a elementos de extrema-izquierda. Lo sorprendente es que los “socialistas” se encuentran en ambos bloques y hay que distinguirlos por sus organizaciones:

- la Federación Catalana del PSOE ayer, hoy el Partido Socialista de Cataluña,

- la Unión Socialista de Cataluña y el Bloque Obrero y Campesino en los años 20 y 30, e Iniciativa per Catalunya – Verds, primero, y hoy los Comunes, Podemos, y finalmente

- El Partido Comunista de Cataluña, Estado Catalán Proletario, Partido Catalán Proletario, ayer y hoy, la CUP.

Existen eso sí, dos grandes diferencias entre la situación en el primer tercio del siglo XX y en la actualidad:

- En aquel momento existía una gran fuerza anarcosindicalista que no se alineaba con ninguno de estos sectores (a pesar de que, especialmente, el BOC, y el propio Macià, trataran de arrastrarlo hacia su terreno) y en la actualidad tiene una presencia residual.

- La otra diferencia sería que en aquellos momentos existía un catalanismo moderado formado en torno a la Lliga y en el período situado entre 2010 y 2017, este sector se ha evaporado completamente (por mucho que seguramente emergerá de nuevo cuando Puigdemont sea descabalgado del PDCat o éste se reconstituya bajo otras siglas y logre atraer a sectores desengañados con el aventurerismo de ERC).

LA GÉNESIS DEL PARTIDO SOCIALISTA DE CATALUÑA: LA MADRE DEL PROBLEMA

La posición del PSOE ha sido siempre oscilante y dubitativa, aunque los motivos que tenía en los años 20 y 30 eran muy diferentes a los que tuvo a partir de los años 70. En el primer tercio del siglo XX, la Federación Catalana del PSOE estaba más ligada a este partido de lo que lo ha estado a partir de la segunda mitad de los 70. No olvidemos que el llamado “Partido Socialista de Cataluña” nació de la fusión de la Federación Catalana del PSOE, con Convergencia Socialista de Cataluña (formada por “niños bien” de la alta burguesía que antes habían militado en el Frente Obrero Catalán) y por el Reagrupament Socialista de Catalunya constituido con un origen en el exilio entre ex cenetistas, ex poumistas, ex PSUC y ex ERC. Sobre la “cuestión catalana”, todos estos grupos tenían una posición diferenciada que oscilaba desde anteponer la “cuestión social” a la “cuestión nacional” (en el caso de la Federación Catalana del PSOE), a unificar “nacionalismo” y “socialismo” (caso del Reagrupament), hasta mantener una posición oportunista, tratando de ser “más catalanistas” que los catalanistas moderados…

Al crearse el PSC, la corriente que se impuso, la de los “niños bien” (Raventós, Obiols, Maragall, Narcís Serra…). La Federación Catalana del PSOE, prácticamente desapareció embebida en ese ambiente y otro tanto le ocurrió a los ex Reagrupament. Eso fue lo que en determinados sectores de izquierdas no catalanistas se considerase que la alta burguesía controlaba a las clases medias mediante CDC y había colocado al frente de los socialistas a sus hijos para que controlaran al proletariado…

Ya hemos dicho que la responsabilidad del actual “proceso soberanista” se debe, por completo a Pasqual Maragall y a su propuesta de un “nou estatut”, en donde seguía presente la vieja intención del PSC de “superar en nacionalismo a los nacionalistas”. Desde entonces, el PSC se ha visto envuelto en un mar de ambigüedades que estuvieron a punto de hacerlo desaparecer tras la tocata y fuga de Montilla. En realidad, el PSC no es “separatista”, ni lo ha sido nunca, pero siempre ha oscilado entre una tendencia a pactar con los separatistas de ERC (tendencia que, como veremos, es clásica en el socialismo catalán y se remonta a la Unió Socialista de Catalunya de los años 30) y distanciarse de ellos, enarbolando –ayer y hoy- la bandera del “federalismo” que básicamente se resumiría así: “para evitar que Cataluña sea independiente… hasta que independizarla para luego integrarla en una unión federal de los pueblos ibéricos”. Es decir, en lugar de afrontar el problema del independentismo, se afrontan dos: por un lado la independencia de Cataluña y por otra la construcción de una “federación ibérica”.

En realidad, la historia nunca ha visto que una nación se rompiera en varios trozos para luego formar con ellos una “federación”. Las federaciones siempre se han constituido históricamente partiendo de entidades concretas y unitarias que se integraban en otras similares. De ahí que la propuesta de Maragall pueda ser considerada como un doble salto mortal sin red y así haya sido entendida por buena parte del electorado que, mientras el PSC siguió con esta obsesión, le fue dando cada vez más la espalda. Debió de llegar Iceta para dar marcha atrás y, sin renunciar explícitamente al “federalismo” en las últimas elecciones autonómicas, retirarlo al baúl de los recuerdos del que tardará en salir.

ANDREU NIN Y EL CATALANISMO IZQUIERDAS

Históricamente, nada ha cambiado en casi cien años. En los años 1903-1915, ya hubo intentos de poner en marcha un catalanismo de izquierdas, proletario y socialista, en oposición al catalanismo de derechas encarnado por la Lliga. Estos intentos se realizarán dentro de la Unió Catalanista. Algunos de sus miembros (Antoni Rovira i Virgili, Pla i Armengol, Serra y Moret, Martí i Juliá) intentarán que la Unió adopte un programa socialista. Fracasarán. Volverán a la carga cuando empiece a hablar de la creación de la Mancomunitat. Josep Comaposada, miembro del Centro Socialista de Barcelona apoyará el proyecto, así como su secretario, Andreu Nin, un hombre que recorrió todas las estaciones del via crucis de la izquierda desde el nacionalismo republicano hasta el filotrotskysmo. Esta actitud constituyó la primera ocasión en la que un grupo de izquierdas se posicionada en el área nacionalista. Era 1013.

Al año siguiente, Nin que, entonces militaba en la Federación Catalana del PSOE, consiguió durante su IV Congreso que se aprobase un “programa de mínimos” sobre “las nacionalidades” y pidió “la organización confederal” del partido, en base a partidos regionales. Señaló en ese mismo congreso celebrado en Reus que los socialistas europeos eran favorables a la “sensibilización nacionalista” y señaló al  “socialismo bundista judío austríaco”, a los mencheviques caucásicos, combatidos por Lenin.

Poco a poco, aquellos miembros de la Unió Catalanista que habían fracasado en hacer de esta liga un partido socialista y nacionalista, fueron ingresando en el PSOE (Serra i Moret, Pla i Armengol). Para ellos se trataba de evitar que la Lliga pasara a la historia como representante de Cataluña. En el VI Congreso de la Federación Socialista (Tarragona, 1914) se pidió la creación de una “Confederación de Repúblicas Socialistas Ibéricas”. El tema fue incorporado en 1918 en el Congreso del PSOE. Y fue en ese instante en el que se inició el ciclo de buenas relaciones entre el catalanismo nacionalista y el socialismo internacionalista. ¿La excusa? “Había que llegar al internacionalismo desde casa…”. El PSOE pasó a apoyar las reivindicaciones de Bohemia, Alsacia-Lorena, Irlanda e Israel.

LA UNIÓN SOCIALISTA DE CATALUÑA, O LOS FABIANOS CATALANISTAS

Pero, como era de esperar, la victoria de Nin en el interior del socialismo español fue momentánea. Indalecio Prieto y Antonio Fabra se opusieron a los catalanistas lo que forzó a algunos miembros de la Federación Catalana a distanciarse del PSOE y fundar la Unión Socialista de Cataluña (USC) el 8 de julio de 1923. Eran los fabianos catalanes, mayoritariamente laboristas y/o socialdemócratas. Entre ellos se encontraba un antiguo colaborador de Prat de la Riba (Lliga), Rafael Campalans, director de la Escuela del Trabajo. La aportación de Campalans consistió en distinguir el “nacionalismo xenófobo e imperialista”, del “nacionalismo que reivindica los derechos de las nacionalidades”.

Inicialmente, la USC no será una realidad separada de la Federación Catalana del PSOE, sino una especie de extensión. De hecho, la fundación misma del grupo se realizó dentro de la sede de este partido integrando a “socialismo y catalanismo” y defendiendo un “catalanismo universalista” (una obsesión que ha acompañado desde entonces al socialismo catalán y ha jalonado sus fracasos como la de todos aquellos que han querido encontrar la cuadratura del círculo). Para todos ellos el “nacionalismo” era un concepto “político” y no nacional y eso, decían, les separaba de los fascismos. Campalans, además, sostenía la curiosa tesis de la “evolución ascendente” del catalanismo que habría pasado por una primera etapa romántica (Renaixança y Noucentisme), una segunda fase de toma de conciencia nacional (fase de afirmación) y ahora le faltaba alcanzar el último grado (de emulación para constituir una nacionalidad autónoma). Cuando Einstein visitó Barcelona en 1923 le recomendó a Campalans que no aludiera mucho al “nacionalismo” para evitar la proximidad con los nacientes fascismos (que ese año habían llegado al poder en Roma y en noviembre habían intentado un golpe en Munich).

En los primeros años, la USC siguió siendo una extensión del PSOE, pero en 1918 ingresó en el partido Joan Comorera que procedía del Partido Reformista (como Companys) y que luego militó en el Partido Catalán Republicado de Layret. De todas formas, Comorera se fue pronto a la Argentina y no volvió hasta 1931, cuando su papel político creció como la espuma especialmente bajo la sombra de Companys (fue Conseller de Agricultura con él). Comorera nunca fue separatista, pero “entendía” al separatismo como “reacción al centralismo”. Tal es otro de los tópicos que el socialismo catalán siempre ha mantenido, incluso hasta hace poco.

A lo largo de los años 20, la USC fue adquiriendo distancias del PSOE (Gabriel Alomar fue su Presidente y Serra i Moret su vice). Sin embargo, otros catalanistas prefirieron permanecer en el interior del PSOE para tratar de influir en este partido. Finalmente, la USC terminaría haciendo causa común con ERC (con la que se presentó en coalición en varias elecciones ya en el período republicano), mientras que el PSOE seguía manteniéndose ambiguo y “comprensivo” en relación a la “cuestión catalana”.

El Partido Socialista, nunca superará sus contradicciones internar, ni en los años 30, ni durante la transición (en el proceso de formación del PSC con los fragmentos que hemos enumerado), ni en los años del felipismo o de la catástrofe zapateriana. Su posición “centrista” entre “unionistas” e “independentistas” será lo que le haga oscilar de unos a otros, demostrando en todo esto falta de personalidad política. Su fórmula para justificar esa posición intermedia, el “federalismo”, no ha dejado de ser un artificio intelectual para justificar el verse arrastrado por unos o por otros.

De la misma forma que en el primer gobierno de Macià estaban presentes Serra i Moret y Rafael Campalans de la USC y Vidal i Rosell por la UGT, Maragall no tendría inconveniente en pactar con ERC en el Tinell en 2003 y, a partir de ahí, inaugurar el período actual que ha conducido a la “crisis independentista”. El sucesor de Macià, Companys haría otro tanto, incluyendo a Comorera (USC) en su gobierno como Conseller de Agricultura, mientras que la Consejería de Gobernación se la entregaría a los separatistas de Estat Català (Dencàs y los hermanos Badía), tratando de pactar con el PSOE de nuevo una “República Federal”…

CONCLUSIÓN: 100 AÑOS DE “FEDERALISMO”

Son ya casi 100 años en los que el PSOE está “atascado” literalmente en un proyecto “federal” que, por supuesto no tiene ningún viso de realizarse, ni está presidido por una lógica política, ni mucho menos por ejemplos históricos (la separación entre Chequia y Eslovenia, posterior a la caída del Muro de Berlín, no ha hecho que ambos países se reaproximaran o hablaran de “federarse”… como tampoco ha ocurrido entre las distintas partes en las que fue descoyuntada Yugoslavia). En política se trata de elegir entre “amigo” y “enemigo” como decía Carl Schmidt. El problema del PSOE y del PSC ha sido ignorar este axioma y pensar que se puede estar en misa y repicando. Ciertamente, su papel histórico objetivo durante la transición y en los treinta años siguientes fue catalanizar al proletariado en Cataluña, masivamente llegado de fuera de Cataluña. El PSC desempeñó brillantemente esta tarea… en la medida de lo posible y a costa de haber perdido casi todas las elecciones autonómicas en las que se presentó (al PSUC, esta posición “comorerista” le costó incluso su existencia misma). Es evidente que el eslogan federalista hay que dejarlo en el desván.

Algo parecido le ocurre a la izquierda del PSC. Sólo que aquí la excusa no es el “federalismo” sino el “derecho de autodeterminación”. Pero esta, claro, es otra historia, igualmente paralela por lo demás, que demuestra que no hay nada nuevo bajo el sol que luce en Cataluña.

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PARALELISMOS 1926-2017 (3)

PARALELISMOS 1926-2017 (3)

PARALELISMOS HISTÓRICOS RAZONABLES (3)

TODO EMPEZÓ CON UNA RESOLUCIÓN JUDICIAL NO ACEPTADA

Si nos remontamos a cómo empezó el llamado “proceso soberanista”, caeremos en la cuenta de que se inicia cuando el Tribunal Constitucional rechaza cierto número de modificaciones del “nou Estatut” (el “invento maragallano” que aparece cuando no existe ninguna demanda social y cuando el electorado había dado la mayoría el PSC, harto del largo pujolato y de la constante obsesión nacionalista. De no haber tenido Maragall (que obtuvo el poder, no se olvide, cuando ya sus compañeros de partido sabían perfectamente que estaba siendo asaltado por los primeros achaques de la grave enfermedad que solamente reconocieron seis años después), nunca se hubiera producido el “procés”, al menos en las condiciones en las que se ha dado.

LA MADRE DE TODOS LOS ERRORES DEL INDEPENDENTISMO

Vale la pena, así mismo, recordar también que si éste fue el primer paso hacia la salida a la superficie del independentismo que estaba ya implícito en el ADN del nacionalismo “moderado”, éste no se hubiera decidido a dar el paso al frente de no ser por la crisis económica iniciada en 2007 y gestionada de manera desastrosa por el zapaterismo. Éste, además, desde el primer momento dio muestras de una increíble debilidad y de adolecer de una ausencia completa de concepción del Estado, lo que llevó a los independentistas a una percepción errónea de la situación: considerar que la debilidad del Estado Español era tal que carecería de fuerzas para oponerse a cualquier intento secesionista.

Así pues, los tres paralelismos entre el “proceso soberanista” de 2010-2017 (hoy convertido en una caricatura y embarrancado definitivamente) y la “flamarada” de 1934 son claros:

1) La no aceptación de una sentencia emanada del supremo organismo jurídico del momento.

2) Una crisis económica de naturaleza particularmente intensa y

3) Un error en la percepción de la situación política nacional.

Los paralelismos son tan absolutamente sorprendentes que resulta extraordinario que los nacionalistas no los hayan reconocido y recordado que la política tiende a ser como una ley física, que cuando se dan las mismas condiciones de presión y temperatura, se produce el efecto esperado. La absoluta falta de autocrítica y la tendencia enfermiza a mitificar la propia historia (la de la “Cataluña nacionalista” y la del propio nacionalismo) tiene estos efectos secundarios: a decir verdad, los esfuerzos de los independentistas por saber qué ocurrió en 1926 y por qué fracasaron las grotescas intentonas de Macià en Prats de Molló o de Companys el 6 de febrero de 1934, les ha garantizado el descalabro sufrido en 2017.

A pesar de que hubieran transcurrido apenas ocho años entre el “show” de Prats de Molló y el de Companys en octubre del 34, la mitificación que ellos mismos realizaron de la figura del “Avi”, especialmente a partir de 1930 fue tal que les dio una percepción errónea de lo que había ocurrido algo más de un lustro antes. De haber sido conscientes los independentistas de lo ocurrido en Prats de Molló, hubieran caído en la cuenta de que las aventuras en política suelen saldarse con los fracasos más estrepitosos y que los excesos de optimismo, se pagan siempre.

LA GÉNESIS DEL PATINAZO DE 2010-2017

En 2010, el Tribunal Constitucional se negó a aceptar varios artículos del Estatut que, en sí mismos, no eran más que la fase previa para la escisión. Hay que recordar que las actitudes ante esa reforma eran diferentes para sus tres promotores: el PSC quería que la reforma fuera el primer paso hacia un “Estado Federal”; CiU, simplemente quería mejorar sus posiciones para seguir chantajeando al partido que necesitara de su concurso en Madrid, para gobernar España; y ERC no ocultaba que se trataba simplemente de avanzar otro paso hacia la independencia.

Puestas así las cosas, el PSC se dio cuenta pronto de que cada partido tenía una intención muy diferente de la reforma estatutaria y de hacia dónde se dirigía y dio marcha atrás. Nada hubiera cambiado de no ser porque CiU se enfrentó a dos problemas derivados de la crisis económica: está se convirtió en una crisis política que afectó especialmente al electorado del PP y del PSOE generando la aparición de dos nuevas opciones, Ciudadanos y Podemos, que pronto tuvieron un grupo parlamentario en Madrid. Esto hacía que CiU ya no pudiera negociar en exclusiva el apoyo a tal o cual gobierno a cambio de transferencias de fondos y, lo que era mucho mejor para ellos: impunidad jurídica ante las estafas escandalosas que venían realizando sus distintas cúpulas desde hacia veinte años.

Por otra parte, la magnitud de la crisis y la intervención virtual de la economía española por parte de la UE, hizo que el Estado ya no tuviera (ni pudiera) enviar fondos a Cataluña (que inevitablemente aumentaban el 3-5% de racket ejercido por CiU). Así pues, estos elementos hicieron que en el interior del “nacionalismo moderado” ganara peso la opción independentista.

Tal fue la génesis del “procés” (y, por cierto, de la desintegración de CiU que no resistió las tensiones internas entre “nacionalistas moderados” e “independentistas”).

COMPANYS Y SU LLEI DE CONREUS

Casi 80 años antes había ocurrido exactamente lo mismo. Todo empezó con la Ley de Contratos de Cultivos que Companys había prometido a la Unió de Rabasaires (UR), uno de los grupos sociales que le apoyaron. Esta organización se había creado en 1922 y rivalizaba con el Instituto Agrícola Catalán de San Isidro (IACSI), creado por grandes cultivadores próximos a la Lliga. Ambas organizaciones –pero especialmente la UR-  fueron el resultado de la crisis de la agricultura europea en el período posterior a la Primera Guerra Mundial que generó el relanzamiento del sindicalismo agrario. Un segundo impulso lo consiguió en 1929 cuando el sector vinícola (muy fuerte en Cataluña) entró en crisis.

La dictadura detuvo el proceso de crecimiento de la UR que apenas contaba con 5.000 afiliados. Pero en 1932, un año después de la implantación de la República ya eran 20.000, especialmente en la provincia de Barcelona. Si la UR estaba próxima a ERC, otras organizaciones campesinas (la Unión Provincial Agraria y la Acción Social Agraria (en Lérida y Gerona respectivamente) estaban impulsadas por el Bloque Obrero y Campesino (marxistas revolucionarios).

Durante el escaso año que Macià estuvo al frente de la Generalitat, procuró que la UR y el IACSI llegaran a entendimientos. Básicamente, el problema eran las discrepancias entre grandes propietarios de terrenos y aparceros, la duración de los contratos y la cuantificación de las retribuciones. ERC (un partido con especial implantación en zonas agrícolas) quería una “ley catalana agraria” que, finalmente, impulso el 21 de marzo de 1934, con la oposición de la Lliga (que abandonó la cámara). Fue la Lliga (no la derecha españolista o los unionistas) quien instó al gobierno a que presentara un recurso de inconstitucionalidad (el 5 de mayo de 1933) que fue fallado por el Tribunal de Garantías el 8 de junio del mismo año, por 13 votos contra 10. Ahora fueron los diputados de ERC los que abandonaron el parlamento de Madrid, alegando que “la República se había desnaturalizado”.

Cuatro días después, se produjo la habitual manifestación de masas independentistas, esta vez en el parque de la Ciudadela. El presidente Companys dijo textualmente: “Si vosotros lo aprobáis, mi gobierno lo hará cumplir pase lo que pase y sea como sea”, aludiendo a la ley de cultivos. No era la primera vez que los independentistas se habían expresado en estos términos: democracia es lo que se decide en Cataluña, el resto es “fascismo”. De hecho, el 18 de julio de 1931, cuando se estaba debatiendo el texto del Estatuto de Autonomía, el diario L’Hora había escrito: “El nostre Estatut. Artículo único. Cataluña tiene el derecho a organizarse tal como le dé la gana” (extraído de La Catalanitat Obrera, Josep Termes, Ef. Afers, BCN, 2007, pág. 7). Así que el tono ya estaba marcado desde entonces y ayuda a entender porqué cuando Zapatero dijo aquello de que “aceptaré todo lo que llegué del parlamento de Cataluña”, el independentismo pensara que tenía la batalla del Nou Estatut ganada. A fin de cuentas, se trataba, solamente de que el nacionalismo independentista hiciera “lo que le diera la gana”, en la absurda creencia de que, en lugar de representarse a sí mismo, representaba a “toda Cataluña”…

Hay que recordar que cuando se debatía la Ley de Contratos de Cultivo, gobernaba en España el Partido Radical tutelado por la CEDA. En las elecciones de noviembre de 1933, los partidos republicanos de centro-izquierda, incluido el PSOE, habían salido mal parados. La CEDA obtuvo el grupo mayoritario en la cámara, pero había permitido la formación de un gobierno de centro que apoyaba con sus votos, esperando, antes o después, entrar en él, o simplemente, derribarlo y convocar nuevas elecciones.

La presión de la CEDA en materia de agricultura forzó un cambio en el titular del ministerio y la exigencia de que se modificara la formación de los jurados mixtos que dirimían las disputas entre propietarios de la tierra y campesinos. Hasta ese momento, los jurados tendían a ponerse automáticamente del lado de los rabasaires. Se amenazaba también con recurrir las decisiones de los jurados mixtos que no se hubieran tomado por unanimidad y, finalmente, a revisar la Ley de Términos Municipales que impedía la contratación de campesinos fuera del término municipal y hasta que no existiera pleno empleo en ese término. La ley había sido una simple excusa para reforzar la burocracia de la UGT y a su Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (que había llegado a prohibir el uso de recolectores).

Mas tarde Martínez Barrio dimitió de su cargo como Ministro de Gobernación y el nombramiento de Salazar Alonso dio la impresión a la izquierda de que la CEDA avanzaba (había exigido al gobierno que reforzara el orden público). Esto enlazó con la crisis agrícola porque la UGT amenazó con una huelga en la agricultura, mientras que el gobierno consideró que la agricultura era un “servicio nacional” y, por tanto, la huelga sería “ilegal y revolucionaria”. A pesar de todo, la UGT convocó la huelga que resultó la más importante de la agricultura española… y un fracaso. Careció de apoyo incluso en el seno de la izquierda urbana y ni siquiera fue apoyada por la UGT de oficio y profesiones industriales.

Pero dio la sensación de que la CEDA estaba a punto de hacerse con el poder, y deshacer toda la legislación creada por los partidos de izquierda en los dos años inmediatamente posteriores a la proclamación de la República. En la izquierda dominaba la idea de que la CEDA era el “fascismo” y el “nazismo” y que intentaban hacer algo parecido a lo que habían hecho en Austria con Dollfuss, en Hungría con Gömbös o en Portugal con Salazar: un gobierno católico-conservador dotado de amplios poderes dictatoriales y apoyado por el ejército o por milicias armadas…

La cuestión era que, mientras en España gobernaba el centro-derecha, Cataluña era la única zona del Estado en la que el poder autonómico estaba controlado por la izquierda. Esto hizo que Companys pretendiera “ganarse” a la izquierda española para sacar adelante la Ley de Contratos de Cultivos. Proclamó, con la ambigüedad que le caracterizó siempre, que la sentencia del Tribunal de Garantías era un “ataque absurdo y peligrosos a nuestra autonomía”… y a la República (Puigdemont aludió siempre, ochenta años después, a que impedir el 1-O era una muestra de la regresión en la que había caído la democracia en España. Es más, para Companys, los catalanes que se habían declarado contrarios a dicha ley debían ser “declarados traidores por el Parlament”… la misma tesis que hoy sostienen los independentistas: ellos son los verdaderos, únicos y genuinos representantes de Cataluña… sin competencia posible y al margen de su peso real en la sociedad).

Sin embargo, Puigdemont no es Companys. El primero siempre ha sido independentista, mientras que el segundo lo fue sólo muy tibiamente. Su figura puede ser comparada, más bien a la de Artur Mas, que en el fondo estaba allí en donde estuvieran sus intereses personales. Puede dudarse seriamente de que Mas fuera independentista en 2010, como Companys no lo fue sino muy tardíamente y sólo de manera relativa (más bien era un federalista que creía en el “Estado Catalán dentro de la República Federal Española” y al que los independentistas de soca i arrels siempre desconsideraron por sus relaciones con la CNT-FAI y por su poca determinación en esa dirección (algo que sus mitificadores hoy parecen haber olvidado).

De hecho, en el 6 de octubre de 1934, Companys pretendió dar salida a intenciones muy diferentes: de un lado a los independentistas.

De ahí que nombrara en el puesto clave de su gobierno a Josep Dencás como Consejero de Gobernación el 6 de junio de 1933: representante del ala más radical de ERC, las Juventudes (JEREC) el cual, a poco de verse en el cargo, organizó un “comité revolucionario” formado por Acción Catalana, la Unión Socialista de Cataluña (vinculada a la USC), Nosaltres Sols!, Palestra,  el Partit Nacionalista Catalá y la Unión Democrática de Cataluña, para “preparar la resistencia armada de Cataluña”… Dencás, a su vez, nombró a Miquel Badía, como Comisario de Orden Público. Badía era miembro de la misma tendencia y aumentó la represión contra la CNT (de ahí que en la insurrección de octubre de 1934, los anarcosindicalistas abandonaran a su suerte a Companys y a los suyos).

De otro lado, Companys pretendía erigirse como defensor de la República y, por tanto, sus intenciones no eran “separatistas”, sino “federalistas”. Dejaba, simplemente, que el dúo Dencás-Badia, actuara por su cuenta en esa dirección.

Paralelamente, la Ley de Contratos de Cultivos seguía siendo el leit-motiv de la política de Companys. Tras haber aprobado nuevamente en el parlamento el mismo texto que había sido rechazado por el Tribunal de Garantías. ERC rebajó sus exigencias y se declaró dispuesta a negociar el reglamento para aplicar la ley. Pactó con la Lliga (que volvió al Parlament el 1 de octubre), lo que hizo aumentar la presión independentista (por parte de Nosaltres Sols! y de Palestra, especialmente). Por la derecha, la oposición seguía llegando del IACSI que se desmarcó en esto de la Lliga, manifestando su intención de ir a Madrid a manifestarse. En la fecha del evento, la UGT convocó una huelga general en la capital que produjo 6 muertos.

Todo esto hizo que el gobierno de Samper (que había sucedido a Lerroux) cayera al dejar de ser apoyado por la CEDA el 1 de octubre de 1934. Con sus 117 diputados, la CEDA tenía la clave de la situación: o se convocaban nuevas elecciones o entraban en el gobierno. El 4 de octubre entraron 3 ministros de la CEDA en el gobierno del Estado.

Dos días después se producía la insurrección de Companys en Cataluña.

Todo había empezado por la discusión en torno a una ley y por no aceptar el nacionalismo, ni en 1934, ni en 2010-2017, que la Generalitat es un organismo subsidiario del Estado para la gobernabilidad en Cataluña y no una especie de fotocopia reducida del Estado a dimensiones regional situado a ambos en el mismo nivel jerárquico.