Estatutos palaleros 32-79

Publicado: Martes, 28 de Julio de 2015 09:58 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES
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Info|krisis.- Algo de razón tiene el soberanismo cuando dice que Cataluña es diferente. Si Marx estableció que la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia, podría ser que en Cataluña este orden se invirtiera y lo que el 6 de febrero de 1934 fue una simple comedia irrelevante, se convierta en tragedia a partir del 27 de septiembre de 2015. Sea como fuere, vale la pena realizar algunos apuntes sobre las vicisitudes de ambos estatutos de autonomía e intentar extraer algunas sorprendentes conclusiones de ambas enseñanzas históricas... si de lo que se trata es de no repetir la tragedia, aunque, a fin de cuentas, esto parezca más una comedia.

1. La perspectiva del tiempo demostró que, al margen de las buenas palabras conciliadoras de sus propulsores, tanto el Estatuto de Nuria de 1932, como el Estatuto de Sau de 1979, no eran más que pasos intermedios y provisionales en la gradual marcha del nacionalismo hacia su objetivo final, la independencia. Es cierto que los nacionalistas en1979 no han engañado a nadie salvo revistiéndose con pieles de cordero, cuando eran perfectamente conscientes de que estaban repitiendo la misma jugada que hicieron en 1932 y que concluyó dos años después en los sucesos del 6 de febrero de 1934 con la proclamación durante unas pocas horas el “Estado Catalán dentro de la República Federal Española”. Más sutiles que Companys, los soberanistas catalanes actuaron a partir de 1979 en tres tiempos: 1) reivindicación del Estatuto argumentando el estado de postración de Cataluña, 2) consecución de un Estatuto con un sistema electoral que garantizada al nacionalismo ser inamovible y, utilizar la estructura autonómica como base para constituir un Estado independiente, 3) avanzar posiciones aprovechando la ambigüedad socialista (“nou Estatut” impulsado por Maragall bajo la presión de Carod Rovira en 2006). Todo este les lleva a pensar que es posible la independencia con facilidad y sin necesidad de grandes traumas, con una simple declaración formal.

2. La derecha catalanista ha tenido el corazón en Cataluña y la cartera en Madrid. Aunque con muchas más categoría, estatura moral y calidad humana, la Lliga de Cambó ejerció un papel similar al del sector moderado de la extinta CiU. El catalanismo siempre ha estado dividido en tres sectores: catalanismo moderado de derechas, catalanismo radical y catalanismo militarista. Durante la República estas tendencias estaban representadas por la Lliga, ERC y la galaxia formada en torno a Josep Dencàs (Estat Catalá, JEREC, Palestra, Nosaltres Sols!, Partit Nacionalista Catalá). Desde la transición el reparto fue similar: la sigla CiU ocupaba el sector moderado, ERC el sector radical y los grupos vinculados Terra Lliure, MDT, y luego CUP, eran el sector que no desdeñaba la lucha armada. En ambos casos, regionalistas y catalanistas moderados, soberanistas radicales y militaristas, insistían en que en Cataluña no debía estar presente ningún partido “estatal” con las mismas siglas. Incluso los socialistas debían de ser “otros” y la sigla PSOE no debía aparecer en Cataluña (USC antes de la guerra civil y PSC desde la transición). Cuando Gil Robles intentó impulsar la Acción Popular Catalana, como rama catalana de la CEDA, incluso la Lliga amenazó con romper cualquier relación con él. En 1986, cuando Aznar llegó al poder con el PP y este partido contó con una cómoda posición en Cataluña de la mano de Vidal Quadras, Pujol exigió (y obtuvo) que se le enviara fuera del territorio catalán. Para toda forma de catalanismo, moderado, radical o extremista, ningún representante de una sigla “española” puede estar presente en la política catalana.

3. Cataluña ya no es, el eje económico imprescindible en torno al que gravita lo esencial de la economía española. En los años 30, Cataluña era una de las pocas zonas industrializadas del país; allí se había gestado una próspera burguesía a partir de la cual se generó el nacionalismo, especialmente con el retorno a los capitales, catalanes que retornaron  de Macaibo primero y luego de Cuba. La Cataluña industrial era imprescindible económicamente para un Estado Español, buena parte de cuyo territorio se dedicaba a actividades del sector primario. Cuando se negoció el Estatuto de 1979 Cataluña seguía siendo el pulmón industrial del Estado (gracias a la prosperidad económica que sobrevino durante el franquismo, especialmente a partir de 1959 con la nueva ley de inversiones extranjeras). Pero al iniciarse las negociaciones sobre el “nou Estatut” en 2006, la importancia económica de Cataluña ya estaba descendiendo aceleradamente. Desde la crisis económica de 2007, Cataluña ha perdido un 20% de su capacidad y en los diez años anteriores, perdió un 15% más. La Cataluña soberanista que reivindica ahora la independencia ya no es esa parte imprescindible del Estado en torno a la cual gravita la actividad económica española; ese papel radica ahora en Madrid (entre otras cosas por la desconfianza y la inseguridad que ha ido  generando la Generalitat en los últimos 30 años).  Lo preocupante para el nacionalismo catalán es que algunos de los rasgos que ha ido adquiriendo esa región tienen mucho más que ver con Andalucía que con cualquier otra zona del Estado: similares tasas de paro juvenil (por encima del 50%), similares tasas de inmigración, inamovilidad de los partidos que ostentan el poder, tasas similares de abandono escolar. Paradójicamente, esa Cataluña cada vez más parecida a Andalucía, no ha sido generada por la derecha estatalista, sino por el nacionalismo soberanista. 

4. Los “fueros” eran una recompensa por actos de lealtad. Los Estatutos de Autonomía tienen el techo más o menos alto según sea mayor o menor la presión que ejercen sus impulsores. Los Estatutos de Autonomía son una modulación en la modernidad de la antigua legislación foral. Los reyes otorgaban fueros (privilegios) a aquellos que querían recompensar por algún gesto de valor o de lealtad. Sin embargo, los Estatutos de Autonomía se otorgan en función de las presiones recibidas por el Estado. En el fondo de la razón de ser de un Estatuto de Autonomía lo que existe es un chantaje: en ocasiones el chantaje tiene que ver con el terrorismo (caso Vasco, con la acción de ETA que “pega los palos” y del PNV que “recoge las nueces”) o con el peso económico de una región (caso catalán en 1932 y 1979). No es raro que luego, la fase autonómica sea un “estado intermedio” entre la vinculación al Estado y el proceso de independencia. El nacionalismo siempre considera que Estado al aprobar el Estatuto de autonomía demostrase su debilidad. Ni, por lo mismo, tampoco es extraño que las regiones que han recibido regímenes autonómicos más amplios sean aquellos que más interés tienen en la independencia. El Estatuto de 1932 llevó directamente a la proclamación del “Estado Catalán dentro de la República Federal Española” y el Estatuto de 1978 (reformado en el 2006 sin que existiera la más mínima demanda social) conducirá a la crisis soberanista que ya se prolonga durante cuatro años (en su actual configuración) y que debería llevar a la independencia en un máximo de seis meses.

5. Las dos situaciones de máxima tensión que se han dado en 1932 y en 2015 solamente fueron posibles gracias a la acción combinada de dos elementos: el soberanismo y la acción de los socialistas. Companys pactó con el PSOE la proclamación del “Estado Catalán” en el mismo momento en el que estallase el golpe de octubre de 1934. El elemento desencadenante fue la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno de Alejandro Lerroux, que seguía a la tensión soberanista generada con la discusión sobre la Ley de Cultivos promulgada por la Generalitat. El elemento desencadenante de la revuelta que se inició en 2011, fue la sentencia del Tribunal Constitucional que recortó algunas de las atribuciones que se arrogó el “nou Estatut” de 2006 y que demostraba que, legalmente, ya no podía irse más allá por la “vía estatutaria”. En ambos casos, la acción de los socialistas fue equívoca. En 1932, conspiraron contra la legalidad republicana, simplemente por oponerse a la formación de un nuevo gobierno legal. A partir de 2006 se complicó extraordinariamente la cuestión catalana gracias a la pasividad condescendiente de Zapatero y a un presidente de la Generalitat socialista con las primeras fases de su grave enfermedad (que eran evidentes desde 1998 como mínimo), arrastrado por un aventurero inconsciente, Carod–Rovira. El papel “centrista” y equidistante de los socialistas en el actual proceso es lo que ha permitido a la minoría soberanista poner sobre el tapete la independencia.

6. Tanto el proceso soberanista de 1934 como el de 2015 tienen como protagonistas a dirigentes políticos nacionalistas de bajo perfil. Contrariamente a lo que ERC ha convertido en dogma, lo cierto es que de no haber sido fusilado por Franco, Lluis Companys sería considerado como un “mal dirigente político”, exaltado a destiempo y que ni siquiera iba acompañado de un historial previo como soberanista, sino más bien como “federalista”, incluso proclive a acuerdos con la CNT… a pesar de que su Conseller de Gobernación, Josep Dencàs, vio a la CNT como el primer enemigo de la independencia de Cataluña y los reprimiera sin piedad en las semanas previas a la insurrección de octubre del 34. Companys sucedía a Macià, mucho más carismático y experimentado, mientras que Artur Mas, igualmente de bajo perfil, sin ningún carisma, un segundón de CDC durante muchos años, mal negociador y pésimo gestor, sucedía a Pujol que con el tiempo había aprendido a mantenerse en la cresta de la ola sin comprometerse a viajes sin retorno. Este “bajo perfil” es lo que hace que ambos tomaran iniciativas a remolque de los acontecimientos y arrastrados por ellos, olvidando lo esencial: que una nueva Nación–Estado no puede constituirse con apenas un tercio de apoyo de la población (que es, más o menos el apoyo que hoy tiene el proyecto secesionista antes de la aplicación del prisma deformante de la Ley d’Hondt).

7. La excusa inicial para llegar a la crisis fue en los años 30 el recurso presentado ante el Tribunal de Garantías contra la Ley de Cultivos. La excusa inicial para romper con la “vía estatutaria” y echarse al monte, fue la sentencia del Tribunal Constitucional que tumbaba algunos artículos de “nou Estatut”. En ambos casos, la Generalitat hiperideologizada ha contribuido a romper la sociedad catalana, fracturarla interiormente, desplazar todo el eje de su actividad en la “construcción de un Estado”, eludiendo la tarea cotidiana de gobierno y olvidando lo esencial: la pérdida de peso de Catalunya en el Estado Español. La Generalitat ha pasado en ambos casos, de ser un ente para gestionar políticas de proximidad, a ser el embrión de un “nuevo Estado”, despreocupado completamente por cualquier cosa que no sea el “procés” y el cobro de comisiones. Una opción ideológica, el soberanismo, ha utilizado durante décadas la estructura de la Generalitat para difundir su mensaje, reforzar las fortunas de sus dirigentes y utilizarla para un fin que no era el confesado ni implícito en el texto del Estatut.

8. Tanto en 1934 como en 2015, los catalanistas radicales fueron situados en puestos de máxima responsabilidad en el aparato de la Generalitat para servir como punta de lanza del proceso soberanista. Utilizaron sus cargos para venganzas personales, compensar sus neurosis, comportarse dictatorialmente con sus rivales, además de utilizar dinero público para fines partidistas encubiertos con el eufemismo de “construcción nacional”. La presencia de Dencàs al frente de Gobernació en 1934 contribuía a que los Escamots de Estat Català se convirtieran en auxiliares de la Generalitat. Hoy, si asociaciones como Omnium Cultural, la ANC, etc, han podido alcanzar cierto protagonismo, se ha debido a los fondos entregados por la Generalitat, mucho más que a la participación popular (que fuera de las convocatorias del 11–S, ha brillado por su ausencia). La monopolización de los medios de comunicación catalanes, empezando por TV3 y CatRadio, pagados con los impuestos de todos, no tiene que envidiar nada a la peor de las dictaduras.

9. Lo que suceda después del 27–S será muy importante para Cataluña y para España. Pocos dudan que el bloque soberanista será la lista más votada, pero distará mucho de la mayoría absoluta en votos, aunque posiblemente la roce en escaños. ¿Y al día siguiente? La lista se ha comprometido a alcanzar la independencia en seis meses. Eso implica que todo dependerá de quien venza en las elecciones generales que tendrán lugar a finales de año. Si Podemos y PSOE alcanzan la mayoría, la secesión está servida con cierta facilidad. Si vence el PP y C’s, lo que está servido es la tensión que puede pasar del rojo al rojo vivo. En este último caso, el soberanismo no remitirá, pero casi parece inevitable que se suspenda el Estatut como se suspendió después del 6 de febrero de 1934. Cualquiera de las dos actitudes parecen incompletas y ciegas: la independencia es imposible (pero no tanto por un formalismo legal, sino porque Cataluña quedaría fuera de Europa, y en una situación de extrema fragilidad económica, con bolsas de inmigración omnipresentes y con unas fuerzas de orden público limitadas), pero basar la lucha contra el soberanismo en repetir una y otra vez que hay que “atenerse a la legalidad vigente”, es una mala defensa en especial cuando la legalidad vigente está debilitada, disminuida y desprestigiada. La legalidad vigente, sigue vigente… hasta que se crea otra.

10. El Estatuto de 1932 y el de 1979 tienen un eslabón común: el corazón de Macià. Uno de los más extraños episodios del soberanismo catalán tiene que ver con el cadáver de Macià. Al fallecer (cristianamente y rodeado de su familia), la masonería catalana (de la que había sido miembro), realizó un “funeral masónico”. Al igual que los faraones egipcios, un grupo de médicos extrajeron el corazón del cadáver y lo introdujeron en una urna (equivalente a los “vasos canópicos” egipcios. Al entrar las tropas de Franco en Barcelona, la urna quedó en manos de Josep Tarradellas que lo fue paseando por toda Europa durante su exilio. Al volver a Barcelona en 1978, Tarradellas y el ayuntamiento de Barcelona manifestaron su intención de restituir el corazón al féretro del dirigente nacionalista. Después de buscar dramática e infructuosamente el féretro, éste apareció… en donde la familia había indicado desde el principio. Lo sorprendente fue que al introducir la urna en el féretro, los forenses advirtieron que nadie había extraído el corazón al cadáver de Macià… Queda por explicar a quién pertenecía el corazón que acompañó a Tarradellas durante su exilio. La historia –rigurosamente cierta por mucho que evoque una mala novela de intriga– demuestra que aquel Estatuto que logró Macià y que no pudo disfrutar por su fallecimiento casi inmediato y el otro Estatuto de 1979 cuya negociación protagonizó Tarradellas, tienen en común la astracanada en torno a un corazón del que nadie sabe de dónde llegó y a quién pertenece en realidad. Una historia siniestra y grotesca demasiado sórdida y desagradable (como lo fue el “nou Estatut” promovido por Maragall cuando ya era víctima de su dolorosa enfermedad) como para generar las más serias dudas sobre la seriedad de los protagonistas y el fondo de la cuestión: generar una continuidad histórica entre el Estatut de Nuria de 1932 y el de Vic de 1979… algo que, desde luego, nadie pone en duda…

© Ernesto Milà.

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