El Veredicto y Borgman

Publicado: Sábado, 18 de Octubre de 2014 15:09 por Ernesto Milá en CINE
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Info|krisis.- Los tiempos no están como para muchas alegrías y los analistas políticos correríamos el riesgo de ingresar en urgencias psiquiátricas si no desconectáramos con cierta frecuencia de la triste cotidianeidad político-económica que nos rodea. Siempre, claro está, nos queda ver la tele. Pero uno de los directivos de Tele 5 lo dijo hace unos años: “Yo vendo publicidad, pero entre anuncios pongo programación para que la gente vea mi publicidad”. No, no nos queda ni la tele, ni la de pago, ni el TDT, a menos que queramos intoxicarnos con 40 minutos de programación por 20 de publicidad. Además, la publicidad aparece en los momentos más críticos de las películas, hacia el final, en los momentos-clímax. Así pues a nadie le extrañará que sea un fanático del peer to peer para series y películas. Todo antes que aguantar que Jack el destripador fragmente una película interesante en seis partes entre inserciones publicitarias masivas. Una película al día parece una dosis razonable, sin interrupciones, en la calma del hogar, en la serenidad de la noche.

En los dos últimas días he visto dos películas que quizás valga la pena comentar y que, en cualquier caso, figuran entre las que se pueden recomendar para cinéfilos medianamente exigentes. El Veredicto y Borgman.

Dos películas tan diferentes, tan iguales..

Vaya por delante que ambas son películas europeas y filmadas en países muy próximos: Bélgica y Holanda. Ambas son recientes (se filmaron en la segunda mitad de 2013) y ambas han pasado discretamente por las salas de exhibición españolas. No es que uno sea un fanático de las versiones originales subtituladas, pero quizás en este caso los subtítulos concentran lo esencial de los diálogos. Ambas cintas han recibido galardones internacionales. Borgman, sin ir más lejos, fue premiada en el Festival de Cannes (Sección oficial de largometrajes a concurso) y en el Festival de Sitges de Cine Fantástico como la mejor película. En cuanto a El Veredicto recibió en Montreal el premio a la mejor dirección. Se trata, pues, de un cine que ha recibido reconocimientos de las altas instancias cinematográficas europeas o que, desde Canadá, miran a Europa. En cierto sentido se trata de películas complementarias. Nos explicamos.

El Veredicto es hiperrealismo; Borgman, en cambio, surrealismo. La primera tiene que ver con el cambio de percepción que se está produciendo en Europa en relación a la delincuencia y a la justicia garantista. La segunda es la descripción de una pesadilla. Siempre, ayer y hoy, el sueño de la razón, provoca monstruos. En la primera película, el “monstruo” es jurídico. En la segunda, onírico. Ninguna de las dos películas podían haberse filmado –y mucho menos, entendido- hace 10 ó 15 años-, sin embargo, ahora son mucho más comprensibles cuando se están produciendo vuelcos en muchos países europeos y los partidos (y filosofías) que han dominado el escenario europeo después de 1945 y mucho más especialmente tras 1968, son reconocidas como indigencias ideológicas.

El Veredicto y el problema de la justicia garantista

El Veredicto plantea un sencillo problema del que no faltan casos en Europa (y particularmente en nuestra desgraciada España). Un padre de familia, con esposa e hija, brillante profesional, hombre popular en su círculo, un tipo normal como a ninguno nos molestaría ser, es decir, como usted y yo aspiramos a ser, bruscamente ve como mujer a hija son asesinadas, cae en una lógica depresión, no recibe el ascenso laboral que merecía y, para colmo, el asesino, gracias a un subterfugio jurídico y de procedimiento, es puesto en libertad y la causa sobreseído. A la vista de que en Europa todavía queda gente con sangre en las venas. El padre, marido, empleado ejemplar, un buen día compra una pistola, y pura y simplemente, hace lo que la justicia no ha sido capaz de hacer. Vaciarle un cargador entre frente y testículos. Se deja detener y la película no es sino la crónica de un proceso que suscita más expectación en la sociedad que un strip-tease de Sor Citröen.

Para el aparato estatal de justicia está claro: a pesar de que la opinión pública esté volcada en favor del padre, marido, empleado ejemplar, jueces, fiscales, ministerio de justicia, no puede tolerar que alguien usurpe las funciones que ellos se arrogan, repartir justicia, a pesar de que lo hagan con la habilidad de un elefante en una cacharrería. La posición del abogado defensor alinea a los que creemos que si el aparato de justicia no está a la altura de su misión, el ciudadano tiene el derecho a asumir esa carencia del Estado. La posición de la acusación y la del propio tribunal es que si el ciudadano se toma la justicia por su mano, se acaba el “Estado de Derecho” y viene la selva. No hay –no puede haber– término medio. Tal es el argumento de una película sobria, difícil y extraordinariamente bien llevada desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico.

Es, por ejemplo, significativo que el protagonista apenas habla (ni siquiera declara en el tribunal), pero utiliza en todo momento un lenguaje gestual intenso y más descriptivo que cualquier frase. Puesto ante la tesitura de declarar “trastorno mental transitorio” y recibir una condena simbólica, o de no mostrar arrepentimiento, asumiendo su responsabilidad ante el fallo judicial que ha puesto en libertad, exento de cualquier responsabilidad al asesino de su familia, con la posibilidad de recibir una pesada condena, nuestro padre, marido, empleado ejemplar, opta por la segunda opción: desafiar a un aparato de justicia ineficiente. Y vence.

Por eso decimos que si la película se hubiera filmado hace una década el final habría sido otro y el planteamiento muy diferente: entonces el progresismo dominaba el Europa, el humanismo-universalista, que parecía hablar por boca de la fiscalía, consideraba que alguien que se orinaba en la cama de pequeño, cuyo padre le había propinado media docena de capones y que había terminado en un reformatoria, estaba eximido de comportarse normalmente y tenía el derecho no solo de asesinar y adoptar comportamientos asociales, sino que tal comportamiento sería “entendido” por la “justicia” y considerado como atenuante para cualquier actividad posterior. La justicia “garantista” llevaba a estas percepciones ridículas. Lo hemos visto en casos patéticos como el de Sandra Palo, sin olvidar a Marta del Castillo y a tantas otras víctimas cuyos han  asesinos, en lugar de subir al patíbulo, se han visto favorecidos por la Ley del Menor, uno de los subproductos más infames del período aznariano, madre de todos los problemas y de las más infames injusticias.

La sociedad no debe temer –de hecho, no teme- al ciudadano, honesto, justo, al padre, marido, empleado ejemplar, cuando sustituye a un aparato de justicia injusto y se toma la justicia por su mano, ya que no hay mano del Estado capaz de hacer justicia. La sociedad lo que debe temer es al salvaje psicópata al que los psicólogos humanistas justifican cualquier crimen… porque en su infancia sufría de incontinencia urinaria. Hasta no hace mucho, el “Estado de Derecho” era el tótem sobre el que se mantenía un aparato de justicia a medio gas. Ahora, el ciudadano está harto. Pide medidas urgentes y radicales. Hace unos años solamente la cadena perpetua era algo que muy pocos defendían y, no digamos, la pena de muerte. Ahora, en toda Europa la cadena perpetua es algo que la inmensa mayoría considera justo, necesario y conveniente y la exigencia de pena de muerte se está convirtiendo en clamor unánime ante determinados delitos. La concepción progresista y humanista-universalista pierde fuelle y le exigencia de mano dura sube como la espuma. Es un signo de los tiempos.  

Resultaría difícil encontrar una película que sintetizara en apenas hora y media esta temática, de manera más austera, clara e incluso didáctica. Y sin términos medios: porque el acusado es absuelto. Sí, vale la pena contar el final: hace diez años, esta misma película hubiera terminado con una condena. Ahora resultaba imposible otro final que sacar al acusado en hombros, darle la vuelta al palacio de justicia, y concederle las orejas y el rabo del asesino. Hiperrealismo en estado puro. Hiperrealismo flamenco. Así que tres hurras para el director, Jan Verheyen.

Borgman o la realidad convertida en pesadilla

Y luego está Borgman, hasta cierto punto antítesis de la anterior. Lo que en El Veredicto es realismo sin concesiones en esta otra película se diría que uno revive las escenas de Un perro andaluz y La edad de Oro, de Dalí y Buñuel, verdaderos manifiestos de cine surrealista. Lo onírico hecho cinta. Hacía tiempo que no se filmaba nada en este tono. Borgman, como todo el cine surrealista, es imposible de interpretar fuera de la psicología de su autor (en este caso Alex van Warderdam, su director). Cada uno de nosotros podemos intuir o analizar nuestros sueños y los símbolos que contiene, pero resulta imposible analizar los de otros. Resulta ocioso, por tanto, recurrir a la simbología para entender Borgman, y absurdo plantearse si se trata de una película anti-religiosa, anti-burguesa, satánica o un híbrido de drama y comedia. El cine surrealista es lo que es su autor. Imposible entender la escena del “obispo podrido” en La Edad de Oro sin conocer la obsesión de Dalí por el cuadro de Valdés Leal “Finis Gloriae Mundi”, imposible entender la presencia de un asno putrefacto sin saber que fue uno de los hallazgos más macabros del Dalí infante en la apacible Figueras de los primeros años del siglo XX. Por tanto, tampoco tiene mucho sentido tratar de desentrañar todas las estructuras simbólicas de Borgman, incomprensible para quien no las ha experimentado en su propia interioridad.

Así pues, el cine surrealista es algo personal e íntimo. ¿Dónde está el interés para el espectador? Borgman es una película poliédrica en la medida en que puede ser examinada desde distintos puntos de vista. Todo lo que podamos decir de ella, según el punto de vista que se adopte, puede ser real y cierto, pero la película es algo más que lo que se desprende de cada una de sus caras. Es una “película social” que refleja las distancias crecientes entre ricos y pobres, pero no es sólo eso. Es una “película de terror” porque el protagonista tiene algo de satánico y manipulador; pero nos equivocaríamos si sólo viéramos eso. Es una película de intriga porque el director sabe mantener el interés del espectador hasta el final; pero es mucho más que eso. Es una película de humor porque hay escenas desternillantes que hacen más digeribles algunos asesinatos; pero no es un humor judío al que nos tienen acostumbrados desde los Hermanos Marx hasta Krusty el payaso. La película es todo eso y mucho más. Como una pesadilla nos asalta, inquieta y conmueve, carece de lógica y de sentido. No hay en ella nada racional, ni siquiera razonable. Nada de lo que vemos tiene explicación y las categorías lógicas han quedado deshechas desde la primera escena.

Una frase de resonancias apocalípticas precede a la primera escena: "Y descendieron sobre la tierra para fortalecer sus filas". No la busquen en el Apocalipsis del Águila de Patmos ni en lugar alguno. Es producto del guionista. Aparentemente un mendigo aparece en un hogar holandés privilegiado. Otra familia feliz que como la que arranca en El Veredicto, tiene todo lo que nos podría gustar. El mendigo –Borgman- simplemente llama a la puerta y pide poder bañarse. El padre de familia, no solamente se lo niega sino que ante la insistencia insensata, le da una paliza. La mujer lo recoge, sin embargo, en la caseta de las herramientas y desde allí se hace con el control de la familia, asesinando al jardinero, a su mujer, al padre y a la madre que tan piadosamente le había acogido. No hay perdón para los débiles parece querernos decir en ciertas escenas el director. Nuevamente, retornamos a un cine actual imposible de filmar hace 10 años cuando nadie discutía que los menesterosos eran, por el hecho de serlo, dignos de cualquier favor.

Dos películas, dos estilos, para una sola denuncia 

Borgman, como El Veredicto, sugieren que el miedo de la sociedad europea ante los peligros que la acechan, van creciendo. La diferencia entre ambas estriba en que mientras en la segunda se realiza una crítica específica al sistema judicial, en la primera no se alude a ningún plano en concreto, pero todos están presentes. Es una crítica al sistema, realizada bajo la máscara de una pesadilla onírica incomprensible. En una sociedad en la que la racionalidad se va alejando y el salvajismo se entroniza no hace falta buscar explicaciones, ni contrastar opiniones en favor y en contra, simplemente basta con describir un estado de hecho al que se ha llegado.

No se sabe quién es Borgman, quienes son sus aliados, ni porqué asesinan a los padres para llevarse a los hijos. No se sabe a dónde los llevan en la escena final, como tampoco se sabe de dónde procede Borgman y sus aliados en la inicial. Angustia es quizás la sensación que invade al espectador a partir de la segunda mitad de la película cuando se percibe que lo que parecía haberse iniciado como una broma banal del director, lleva camino de convertirse en tragedia.

El cine surrealista clásico, a lo Buñuel, es difícil de seguir. A fin de cuentas, no es más que una sucesión de escenas que han llamado la atención de guionistas y directores, pero que no suelen decir nada al público ajeno a su psicología. Sin embargo esta película es extraordinariamente amena y llevadera, mantiene el interés hasta el final y genera preguntas en el paciente espectador: el final, decepciona, pero contribuye a que el espectador se plantee interrogantes. "Y descendieron sobre la tierra para fortalecer sus filas"… la brutalidad, el sinsentido, lo absurdo está cada vez más presente en nuestro mundo. Se fortalecen de día en día. Es bueno recordarlo y todo induce a pensar que cada vez hay más gente consciente y dispuesta a ofrecer resistencia en esta Europa que está llegando antes al límite extremo de la decadencia, que ha tocado fondo y que, a partir de ahora, solamente le queda remontar…

Hay algo en Europa que no está presente en el resto del mundo. El espíritu de las Termópilas y de Lepanto, de Zama y de la llanura de Salamina, es el espíritu de resistencia que se manifiesta en nuestro continente en momentos de crisis. Tengo fe en el renacimiento de Europa porque conozco su historia. Solamente hace falta que Europa se desembarace de este espíritu humanista y universalista que anula su poder y su fuerza, diga basta y eche a andar de nuevo. Películas como estas me confirman en que algo está cambiando en Europa y que las fuerzas de disgregación cada vez chocan con mayores obstáculos.

(c) Ernesto Milà - info|krisis - infokrisis@yahoo.es - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

 

 

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