La lucha por la identidad

Publicado: Viernes, 05 de Septiembre de 2014 22:47 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES
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Info|krisis.- Después de casi un año de no haberlo perdido encuentro en una carpeta el texto de la charla que debía haber leído en Sintra en el acto de presentación de la traducción portuguesa de mi libro Identidad, patriotismo y arraigo en el siglo XXI. Se trató de un acto muy emotivo para mí porque me permitió entrar en contacto con Portugal y con los amigos portugueses. El archivo que contenía la charla había estado perdido durante meses y finalmente tuve que improvisar la disertación. Ahora que lo encuentro, lo reproduzco tal como lo escribí hace casi un año.

 

Señoras y señores, queridos amigos:

Gracias en primer lugar por asistir y gracias especialmente a los amigos que han tenido a bien tomarse la molestia de traducir y publicar mi libro e invitarme a estar entre ustedes. El tema del libro gira sobre la Identidad y lo identitario. Voy a intentar explicarles la idea que me hago personalmente de este concepto, su alcance y su importancia.

Se trata, ante todo, de un problema semántico. En estas últimas décadas y desde que tengo uso de razón político, el problema de dar una adjetivación a nuestra lucha política ha constituido un punto central de nuestras preocupaciones: en las largas conversaciones que he mantenido con camaradas españoles y extranjeros, incluso en los lugares más alejados del planeta, siempre este tema ha sido esencial: ¿cómo debemos llamar a la doctrina que sustenta nuestra lucha política? A esta pregunta intenta responder esta pequeña obra.

Los rasgos del fascismo histórico

Era evidente que en 1945 se había iniciado en todo el mundo un nuevo ciclo histórico en el que todavía hoy estamos inmersos. Las definiciones que se habían tenido hasta ese momento ya no servían y las que habían sobrevivido –caso español con el nacionalsindicalismo- a medida que avanzaba la flecha del tiempo, cada vez mostraban más una inadecuación creciente al tiempo nuevo.

Este tiempo nos había traído muchas cosas inexistentes antes: el mundo se había empequeñecido, el boom de las comunicaciones y de los transportes, las nuevas tecnologías que entonces empezaban cambiarían en los siguientes 40 años nuestro mundo. Era evidente que las doctrinas que habían aparecido antes de la guerra carecían de respuestas concretas para los problemas nuevos que iban apareciendo. Estas doctrinas a las que podemos llamar genéricamente, “los fascismos”, a pesar de sus diferencias y del hecho de que se trató siempre de “movimientos nacionales”, tenían como constantes presentes en todos ellos:

- El cesarismo

- Un sistema jerarquizado de concebir el Estado como integrador de toda la sociedad

- La crítica a la democracia y al parlamentarismo

- El culto a la juventud y los mitos románticos propios de cada formación

- La militarización de las masas

- El nacionalismo

- Las políticas sociales de superación del capitalismo

- El Antimarxismo

En 1945 lo que quedó fue una Europa derrotada y dividida con dos ideología dominantes que, a fin de cuentas, no eran más que las dos caras de una misma moneda: el materialismo que resultaba opresivo para la persona aplastada por el poder de las corporaciones multinacionales en el Oeste y por el poder de una ideología que trataba de interpretarlo todo científicamente pero ignoraba la realidad de lo humano. Ambos eran profundamente reduccionistas y apenas consideraban al ser humano como productor y consumidor.

El fascismo, en el fondo, históricamente no fue nada más que un intento de encontrar una solución al fracaso del parlamentarismo (a lo que opuso el cesarismo y el totalitarismo), a la masificación (a lo que opuso la militarización de las masas y el sistema jerarquizado), a las injusticias sociales (para lo que aplicó correcciones más o menos grandes al capitalismo, limitando sus efectos devastadores sobre las masas) y al cosmopolitismo del capital o del internacionalismo proletario (al que opuso el nacionalismo), oponiendo al mito del consumo y al mito del proletariado, otros mitos de carácter nacional y especialmente el culto a la juventud.

Lo que supuso 1945

Eso y no otra cosa fue el fascismo. En 1945, la época del cesarismo ya había pasado. Se había creado un nuevo derecho: el derecho de Nuremberg y organismos internacionales derivados del mismo, la ONU, especialmente, que limitaban la soberanía nacional y la relegaban a un segundo plano. Para colmo se había entrado en la época del gigantismo y de la política de “bloques”. Cada vez les era más difícil a las naciones mantener su soberanía y sobrevivir. A pesar de no haber resuelto la crítica al parlamentarismo, ni haber introducido correcciones, los regímenes que se impusieron a partir de 1945 fueron en Europa Occidental democracias parlamentarias articuladas en función de un centro-derecha y de un centro-izquierda que se alternaban en el poder ayudados por una tercera fuerza menor. Eran los regímenes de bipartidismo imperfecto que, poco a poco, se han ido estableciendo en toda Europa.

Fue a partir de entonces cuando, quienes aspiraban a reaccionar contra el capitalismo y el comunismo experimentaron la sensación de que habían perdido terreno y aun repitiendo un discurso doctrinal justo, se encontraban con que tal discurso era inaplicable en la práctica. Y luego quedaba el espinoso problema del nombre para definir su doctrina: ¿nacionalismo en una época en la que los Estados Nacionales eran insuficientes para resolver los problemas de las comunidades y en la que carecían de soberanía plena? ¿cesarismo cuando ya no había líderes capaces de arrastrar a masas? ¿militarización en tiempos de pacifismo a ultranza? ¿mitos románticos en un tiempo en el que el único mito aceptable era el consumo? ¿jerarquía en unos momentos en los que la igualdad y la homogeneización se imponían por todas partes? Estaba claro que un movimiento de respuesta a la modernidad debía nadar contra la corriente, pero, poco a poco, se percibía que la corriente era demasiado fuerte para sobrevivir.

La necesidad de una nueva definición

¿Se podía seguir utilizando los viejos calificativos y las nuevas ideas en un mundo que había cambiado radicalmente? Era evidente que había que introducir correcciones y lo que era mucho más interesante: crear un nuevo marco doctrinal que integrara tradición (lo irrenunciable) y modernidad (aportar enfoques y respuestas nuevos). Hubo distintos intentos: algunos utilizaron términos nuevos para tratar de definir lo que querían construir: hubo quien asumió el nombre de nacional-revolucionario, otros en el ámbito francés optaron por “solidarismo”, los hubo que se dedicaron a la lucha cultural, “nueva derecha”, algunos creyeron en vías armadas y/o terroristas (en Iberoamérica, en Italia), los más moderados optaron por mimetizarse como partido político moderado y de ellos surgió la “derecha nacional” que sería un intento de diferenciación de la “derecha liberal” y de la “derecha conservadora”; también hubo quienes optaron por la “derecha radical” frente al “centro-derecha” e incluso quienes vieron en la “Europa de las etnias” y en el etnicismo una salida sustituyendo el marco nacional por el de las nacionalidades y regiones. Sería largo y arduo realizar una crítica y una exposición sobre la evolución de todas estas corrientes que tenían como denominador común el desconocer la realidad del tiempo nuevo y el colocar como primer punto de referencia el nacionalismo, lo que les impedía el considerar la posibilidad de colaboraciones extranacionales. Los que optaron por la vía europea (Thiriart concretamente, los nacional-europeistas) nunca alcanzaron fuerza suficiente para pasar del estado de grupúsculo.

Las limitaciones del planteamiento “nacional”

La gran contradicción que apareció en los años 50-60 fue que el nacionalismo era el principal atractivo de todos estos grupos contestatarios, pero, así mismo, su principal limitación: en efecto, el nacionalismo impedía elaborar estrategias más amplias para las que había que tener en cuenta lo que estaba ocurriendo en naciones vecinas. Todos los intentos de postguerra (Movimiento Social Europeo, Partido Nacional Europeo) que intentaron crear una sinergia europea, fracasaron, entre otras cosas, porque ni siquiera sus mismas direcciones creían en ellos. Cuando se creó el parlamento europeo se percibió aún más este problema: al no existir una estrategia común para todos estos grupos, era frecuente que se produjeran contradicciones y conflictos entre lo que hacía y decía un partido en un país y las repercusiones negativas que esto podía tener en otro. Nunca fue posible ni siquiera crear un grupo unificado en el parlamento europeo que defendiera en aquel foro (cada vez dotado de más poder) los valores de quienes rechazaban la herencia de 1945 y querían otro modelo de sociedad, de política, y de economía.

No había unicidad por que cada nacionalismo afrontaba sus problemas nacionales desde una perspectiva propia que hacía muy difícil las cooperaciones e incluso las aproximaciones: la “mala imagen” de Le Pen fuera de Francia parecía contaminar a otros partidos de Europa Central, pero, igualmente, el etnicismo de formaciones flamencas constituía un menoscabo para los partidos que defendían la existencia de los Estados Nación. En el Este Europeo se producían desajustes en sus sistemas políticos muy diferentes a los que tenían lugar en Europa Occidental. Era imposible crear estrategias comunes con estas perspectivas que introducían elementos muy distintos en la ecuación: necesidades de imagen, intereses nacionales, afinidades ideológicas, multiplicidad de fuerzas en una misma nación, incluso intervención de servicios de seguridad y de intereses foráneos (como el caso de la corriente “Eurabia” que hace de la admiración por el Estado de Israel el elemento central de su planteamiento).

En los años 90 empezó a percibirse en la mayoría de los países europeos, de manera desigual, el impacto que estaba generando la inmigración masiva y los riesgos que implicaba de desfiguración del perfil cultural, antropológico y cultural del continente. A partir de ese momento, la mayoría de formaciones insistieron en la idea de que era necesario contener esta riada de inmigrantes, idea negativa y que, por tanto, podía ser utilizada como propuesta, pero que no tenía nada que ver con aspectos doctrinales. Ya a partir de 1977 el Front National francés había insistido en que “un millón de inmigrantes es un millón de parados de más”. Reflexionando sobre el tema de la inmigración, pronto se vio que tendría importancia desde el punto de vista antropológico y cultural y que contribuiría a desfigurar el perfil de los estados europeos: y a eso se le llamó “identidad”. Así pues, no fue por una reflexión doctrinal, sino por una mera necesidad política como cobró forma una idea afortunada, la de “identidad nacional”.

Las fuentes doctrinales, a partir de ese momento fueron, las que había aportado en los primeros años 70 la Nouvel Droite francesa desarrollando el concepto de “arraigo”, adaptando la idea que ya había utilizado el “primer Maurras” y añadiéndole la idea de que el “instinto territorial” de los mamíferos superiores, obligaba al ser humano a sentir una relación de dependencia y atracción hacia su tierra natal. En aquel momento, Benoist y su equipo intentaban realizar una crítica a las pretensiones “científicas” del marxismo y eso les llevaba a preocuparse por la biología, la genética y la etología. Más tarde, uno de los disidentes de la Nouvel Droite, Guillaume Faye, fue un poco más lejos, aporto los elementos antropológicos y la crítica política. Eso hizo que, especialmente en Francia, grupos que hasta ese momento habían utilizado el nombre de “nacional-revolucionarios” (una doctrina que jamás pudo disponer de un corpus homogéneo y que cada cual entendía a su manera) pasaran a llamarse “identitarios”. Pronto adoptaron, como tributo al pasado ancestral de Europa, la lambda que históricamente estaba insertada en los escudos espartanos, como signo distintivo de una fidelidad histórica a los orígenes mismos de la cultura europea. Estos grupos hicieron algo más: inauguraron una nueva forma de trabajar políticamente. No aspiraron a configurarse como grupúsculos extremistas que, a modo de vanguardia revolucionaria, hacían la guerra al partido moderado, al Front National, sino que se configuraron como redes que convocaban actos propios para luego, en momentos electorales, apoyar las candidaturas del Front National.

El nuevo paradigma identitario

“Identitarios” constituía, pues, un nuevo paradigma. Palabra griega que significa “patrón”, un paradigma es un modelo que contiene las bases a desarrollar de un sistema y es utilizado como marco teórico para un conjunto de ideas y teorías que se desarrollarán a partir suyo e inspirarán el desarrollo científico o cultural de manera uniforme durante toda la época en la que esté vigente. El término después de siglos de olvido volvió a ser utilizado en ciencia por Thomas Kuhn en su libro La estructura de las revoluciones científicas (1962) y fue recuperado por Fritjof Capra en El Teo de la física. Hoy se aplica también a los modelos culturales y políticos. Así pues, toda “identidad” o todo sistema “identitario” deriva a la postre de un paradigma.

¿Cuál es ese “paradigma”? Mientras las ideologías que han dado vida a la modernidad y que fueron hegemónicas a partir de 1945, derivaban todas del viejo paradigma mecanicista e inorgánico para el cual la idea de totalidad y de unidad era inexistente y se trataba de dividir cualquier objeto de estudio en sus partes constitutivas, tratando de encontrar las leyes propias a cada una de ellas, el paradigma identitario, si se quiere afirmar, debe ser holístico, es decir integrador y totalista, ofrecer una visión completa de los problemas de la sociedad considerando a los problemas como derivados de una misma fuente y que por tanto no pueden tener soluciones parciales unos separados de los otros, sino que a la coherencia del paradigma mecanicista que tiende a la dispersión se trata de aplicar otra coherencia, la del paradigma holístico que tiende a la integración de las partes.

Lo que se pretende en el texto que hoy presentamos es precisamente dar algunos pasos en la elaboración del paradigma identitario.

Lo primero a definir es cómo viajar al fondo de nuestra identidad. Y lo que nosotros respondemos es: en primer lugar hay que tener en cuenta la naturaleza biológica del ser humano, por tanto hay en nosotros algo que responde a los comportamientos que son habituales en especies próximas. Lo que en la etología es el instinto territorial, en la persona humana se modula como “arraigo” en la tierra natal. Eso explica el por qué el apego a la “patria chica”, “al terruño”, “a la patria carnal”, es tan fuerte y está tan a flor de piel. Es un producto de nuestra naturaleza biológica.

Pero la persona humana es algo más. Dispone de un cerebro que le confiere unos rasgos completamente distintos al resto de las especies biológicas. Piensa, razona, tiene conciencia de sí mismo, tiene una vida intelectual, que le hace concebir dimensiones de organización social y política más amplias que la “tierra natal” en donde no se manifiesta el arraigo pero sí están presentes otras facultades. La herencia y la evolución histórica ha hecho que nuestros pueblos se organicen y deriven a partir del siglo XVIII en Estados-Nación con una estructura jurídico-administrativa particular, un principio de soberanía que es una realidad incuestionable en nuestros días: existe Portugal, porque existe detrás una historia de Portugal, porque existe un pueblo portugués y porque existe un Estado Portugués. El devenir histórico nos ha llevado justo a donde nos encontramos hoy. Así pues, a la identidad derivada de la tierra natal, de la patria carnal, se añade esta otra, derivada de la historia, de la política y de la antropología, de la que surge la identidad nacional, el perfil de nuestros Estados-Nación y de los pueblos que el Estado engloba a modo de encarnación jurídica de la Nación.

La nación puede englobar a un conjunto de etnias bien ser homogénea en lengua y en RH. Lo que interesa es que la nación es el resultado de una historia común, un legado, una herencia, una tradición, un proyecto de vida en común.

Creo que es importante, llegado a este punto, rechazar el nacionalismo surgido de la Revolución Francesa y del sonido de la guillotina. Cristalizado en forma de jacobinismo, la revolución francesa abolió las identidades regionales en las que se manifestaban las “patrias carnales”, en su igualitarismo homogeneizó el territorio nacional hasta extremos insensatos y finalmente, a pesar de que la guillotina evidenció la ruptura con el antiguo régimen, el jacobinismo no fue nada más que una extensión del absolutismo a la nación: en ambos, en efecto, están presentes las tendencias igualitarias, uniformizadoras y niveladoras incompatibles con las personalidades regionales y con los méritos de las personas.

Pero si nos quedáramos ahí, lo que estaríamos sería defendiendo meros nacionalismos de hecho, históricamente, el nacionalismo como culto a la nación aparece con la revolución francesa y está ligado a la hegemonía de la burguesía mercantil. La Nación es un intermedio entre las “patrias carnales”, las regiones, y un concepto que habitualmente se tiende a eludir en política: los orígenes culturales. No podemos eludir el hecho de que somos hijos de una misma cultura, la cultura europea y que esta ha tenido distintas manifestaciones: somos hijos de la cultura clásica, somos hijos de las distintas convulsiones que tuvieron lugar en los siglos VI-VII, con las invasiones germánicas. La combinación entre cultura clásica y germanismo es lo que rectificó los aspectos problemáticos del cristianismo primitivo y los convirtió en catolicidad. Somos hijos también de la catolicidad.

Aceptar esto supone aceptar que por encima del Estado-Nación existe otra forma de identidad, la identidad espiritual que, de una forma u otra, nos une o al menos hace que sea posible plantearnos un destino común. A fin de cuentas lo espiritual es superior a lo humano (la historia) y lo humano es superior a lo biológico (la patria carnal). Y es así como llegamos a una concepción holística y totalista de la identidad.

Y la primera conclusión a establecer: un programa identitario, debe incluir la defensa de la patria carnal, esto es, de las regiones, la defensa del Estado Nación y asumir una dimensión europea.

Tengo especial interés, en tanto que español y catalán, en desmontar un mito que recorre transversalmente el ambiente en el que me he movido: es el mito de la “Europa de las Etnias”. Esta idea fue formulada inicialmente en 1943 en el marco de las SS a efectos de reclutamiento de jóvenes de distintas regiones europeas para la lucha contra el bolchevismo. Se conoce el mapa que las SS elaboraron y publicaron en la revista Signal diseñando esa Europa.  No creemos en ese planteamiento porque hemos visto los extremos a los que puede conducir y la España actual o el proceso de descomposición de Yugoslavia son sus reflejos más problemáticos. Cuando se dice que “todo lo identitario es nuestro”, remedando a Maurras, frecuentemente lo que se está diciendo es que un nacionalismo regionalista constituido en torno a una burguesía mercantil que quiere ser hegemónica e independizarse del Estado al que ha pertenecido hasta entonces tiene el derecho a construir una identidad prefabricada artificialmente, exaltarla y hacerla indiscutible apelando los factores emotivos y sentimentales. Sin olvidar que la potencia nacional, único factor que garantiza la fortaleza de las naciones, deriva de su unidad y de su extensión y una Europa confederal formada por 150 regiones autónomas sería apenas la traslación a nivel continental del caos de una España compuesta por 17 autonomías.

No creemos que valga mucho la pena seguir aludiendo a la “Europa de las etnias” que intenta prescindir y negar la historia y el camino que ha llevado a la formación de los Estados Nación. Habitualmente, los partidarios de la “Europa de las etnias” se ven forzados a colaborar con regionalistas, nacionalistas e independentistas, simplemente porque existe ese factor común, olvidando que la inmensa mayoría de estas corrientes no son sino reproducciones a escala reducida de las instituciones y las taras de los Estados-Nacional actuales.

La lucha contra la globalización y el mundialismo

Y es importante destacar esto porque debe de quedar claro que la lucha de los identitarios es fundamentalmente una lucha por la renovación de las estructuras sociales, económicas y políticas actualmente existentes. Eso implica anti-liberalismo y anti-parlamentarismo. Ni la economía puede ser el escenario en el que las grandes acumulaciones de capital dictan los destinos de las naciones y de los pueblos, ni el parlamento puede ser el foro de expresión de la partidocracia, el sumidero de todas las impotencias y el caldo de cultivo de todas las corruptelas. Una economía sometida a la política y un parlamento integrado por representantes de los grupos sociales de la nación.

Desde el punto de vista económico social, es evidente que hay que poner coto a las grandes acumulaciones de capital y a las extraordinarias desigualdades sociales. Es evidente que se trata de defender las conquistas del Estado del Bienestar y que para ello hace falta una reforma radical de la economía y para ello es preciso realizar un diagnóstico preciso de los males de la modernidad. Es aquí donde nos acercamos al punto cero de la problemática: porque el caos económico actual tiene un responsable. Y ese responsable es la globalización y su matriz doctrinal, el mundialismo.

Un programa identitario debe ser fundamentalmente antiglobalizador y antimundialista. La globalización es el gran enemigo histórico:

- La globalización es el límite del extremo de la acumulación de capital y el último estadio de la evolución capitalista. Su objetivo no es otro que la optimización de los beneficios del capital, el mismo que el de cualquier otro estadio de desarrollo del capitalismo, sin embargo los instrumentos para lograrlo son nuevos: de un lado la deslocalización industrial, de otro la inmigración masiva. Se trata de dos movimientos realizados en direcciones opuestas: de este a oeste el primero y de sur a norte el segundo. Bajo fórmulas como “ganar competitividad”, “abolir fronteras arancelarias”, “lograr un mercado global”, “libre comercio internacional”, etc, lo que se tiende es a que la producción industrial se aleje de Europa y se asiente en los países con menos coberturas sociales y niveles salariales más bajos. Así mismo, la inmigración masiva tiene como objetivo, el aumentar la fuerza de trabajo en Europa, disminuyendo, por tanto, los salarios. La globalización se desencadenó después de la Guerra Fría como un proceso de libre tránsito de capitales, pero inmediatamente se convirtió en libre tránsito de personas y mercancías.

- El mundialismo es la matriz ideológica de la globalización y es el plan general diseñado para homogeneizar el planeta a nivel cultural – étnico – político – económico – religioso. La idea es un “humanitarismo” extremo en el que a una “humanidad” corresponda una sola cultura, una sola raza, una sola religión, un solo gobierno. El principal laboratorio ideológico de la globalización nació después de 1945, es la UNESCO. El embrión de gobierno mundial es la ONU. En la actualidad, el motor económico de la globalización es el Acuerdo General de Aranceles y el Banco Mundial. En torno a estos organismos nacieron otros muchos que insistían en algo tan banal y lógico como la “cooperación internacional”, pero que en realidad no eran más que organismos especializados en difundir las tesis mundialistas en distintos frentes (FAO, OIT) o en convertirse en thinks-tanks doctrinales (Club de Roma), operativos (Club de Bildelberg) o militantes (movimiento de la New Age)

Ambos elementos, globalización y mundialismo tienen un mismo y único objetivo a alcanzar mediante la aplicación de distintas tácticas: el gobierno mundial que cristalizará en un programa humanista-universalista, homogeneizador, nivelados y despersonalizador para llegar al cual será preciso abolir todo régimen de identidad. Mientras exista algún nivel de identidad, la globalización seguirá batallando para eliminarlo: porque frente a la Globalización y al mundialismo no hay más consigna que Identidad. El día que se pierda la última seña de identidad de todos nosotros, estaremos antes distopías al estilo de 1984 de Orwell o al mundo feliz de Huxley. Cuando la persona fue sustituida por el individuo en el proceso histórico que se prolongó desde el siglo XVIII a finales del XIX, cuando se proclamó que la “igualdad” era el valor más deseado, se estaba abriendo las puertas para la destrucción de todas las identidades y la primera de todas, la de cada uno de nosotros: la persona era el ser humano con un rostro concreto, con una tarea a realizar, insertado dentro de un sistema orgánico y articulado de señas de identidad familiares, regionales, nacionales. El individuo que lo sustituyó fue el grano de arena anónimo, exactamente igual a otros granos de arena, carente de rasgos diferenciales,  y en el peor de los casos, ese individuo ególatra con ego sobrevalorado que utiliza el “look” para diferenciarse. Pero el “look” no es la personalidad: sino un reflejo de la misma impuesto por una moda, es decir, la antítesis de la personalidad.

La aplicación del paradigma holístico

De ahí la importancia de la lucha identitaria que es, como decía al principio, HOLÍSTICA y debe manifestarse en todos los terrenos de la actividad humana porque es en todos estos terrenos en los que se percibe claramente la ofensiva globalizadora y mundializadora.

- Se trata de recuperar para el individuo un rostro propio: y esto pasa por darle una educación y por reformar de arriba a bajo tanto los sistemas de enseñanza como los principios por los que se mueven los medios de comunicación social. Es preciso realizar un esfuerzo por elevar el nivel cultural de las poblaciones, por darles a conocer una cultura orgánica dotada de valores instrumentales que sustituya a los valores finalistas que se imparten hoy. Se trata de estimular especialmente el espíritu crítico que ha desaparecido completamente de las nuevas generaciones.

- Se trata de recuperar espacios de soberanía perdidos por los pueblos y las naciones: y esto pasa por denunciar el unilateralismo norteamericano, los principios del “derecho de Nuremberg” y las instituciones mundialistas creadas a partir de 1945. Es evidente que la flecha de la historia implica una nueva forma de articular la vida de los Estados y de las Naciones y que la complejidad de la modernidad implica una cooperación de las Naciones entre sí, pero, de la misma forma que no existe “la humanidad”, tampoco existe la posibilidad de una “cooperación internacional” ilimitada y feliz: no todos los pueblos ni los estados tienen “contigüidad antropológica y cultural”, solamente es posible establecer cooperaciones entre bloques lo más homogéneos posibles. Europa es uno de ellos. Iberoamérica es otro. El mundo islámico otro. Y las relaciones entre todos ellos no deben ser necesariamente de hostilidad a pesar de que exista una “brecha antropológica” entre, por ejemplo, Europa y el Islam. La misma existencia de un “mundo multipolar”, implica necesariamente que cada uno de estos polos tiene acentuados sus rasgos diferenciales.

- Se trata de rechazar el humanismo-universalista promovido en los laboratorios de la  globalización y que cristaliza en opciones “progresistas” y de centro-izquierda e izquierda, que todavía es víctima del viejo esquema marxista elaborado en el siglo XIX del “progreso indefinido” y está persuadido de que cualquier cosa que rompa la Tradición de nuestros pueblos es, por ello mismo, aceptable. Es innegable que la Tradición y la Identidad son dos conceptos muy parecidos y casi superponibles: de ahí que defender una Identidad implica casi necesariamente defender la Tradición. Ahora bien, es importante no confundir Tradición con “ochocentismo” o con “burguesismo”. De hecho, lo que está muriendo en nuestra época son estos conceptos que no implicaban nada más que la universalización de los valores de la burguesía triunfante en 1789, en el período de la Revolución Francesa. Es eso lo que está en crisis, lo que se muestra inviable y lo que nos ha llevado, a través de mutaciones sucesivas, hasta la globalización y el mundialismo.

- Se trata de difundir un mensaje político extremadamente claro: no basta solamente con cambiar un gobierno, es preciso cambiar todo un sistema de arriba a bajo. Es preciso constatar sin miedo el fracaso del parlamentarismo y de la partidocracia, mucho más evidente aún en estos tiempos de desaparición de las ideologías. Con los principios del siglo XVIII no se podrá gestionar el mundo del siglo XXI y en el fondo esto es lo que nos propone la globalización: un sistema mundial regido por un parlamento mundial en el que la economía dirija a la política. Es evidente que en todas las democracias han desaparecido la figura de los grandes estadistas y apenas existen los gestores oportunistas de la cosa pública. Es evidente que las grandes ideologías han desaparecido y que donde estaban la corrupción, el nepotismo, el oportunismo y la ausencia de principios se han instalado. A eso se ha llegado desde que la política ha aceptado su subordinación absoluta a la economía en un proceso que ha durado más de dos siglos. Ahora se trata de restaurar la primacía de la política sobre la economía en tanto que la política es lucha, creación, destino y de ella depende la vida y la trayectoria de los pueblos. Mientras que la economía no es más que el terreno de la optimización de los beneficios financieros. Pero para poder hablar de restaurar la primacía de la política… hacen falta políticos y estos están hoy completamente ausentes del panorama.

El techo para la acción identitaria

Reconocer esto implica reconocer que existe un “techo” para la acción de los movimientos identitarios. Hace falta darse cuenta de lo que está ocurriendo con las fuerzas que en la actualidad, en Europa, contestan al actual sistema globalizador y mundialista: allí donde tienen algo de fuerza (caso de Francia) se les permite alcanzar un cierto nivel de crecimiento, pero bruscamente, éste es obstaculizado por reformas legislativas o por la creación de fuerzas políticas artificiales destinadas a bloquearlos (Austria) y allí en donde han crecido peligrosamente y afrontan una próxima competición electoral (Gracia) simplemente son objeto de una obvia provocación. En España, por ejemplo, no existe un movimiento alternativo fuerte, sino una casi una docena de grupos de los que apenas 2 disponen de concejales en ayuntamientos importantes, gracias a que en la transición los partidos y los medios de comunicación pactaron que no “habría nada” a la derecha del centro-derecha.

¿Qué conclusión puede sacarse de todo esto? Que en la actualidad los enemigos son demasiado fuertes como para pensar en victorias totales inmediatas. Haría falta que en un país europeo, con un fuerte peso político (Francia, sin duda), los partidos que han alterado el equilibrio de fuerzas nacido en 1945, llegaran al poder y difundieran un mensaje antiglobalizador que se tradujera en una rectificación de las orientaciones de la Unión Europea y en una ruptura con la OTAN. Que, desde uno de los motores de la UE empezara a hablarse de que Europa no tiene lugar dentro de la globalización y que la globalización es a medio plazo inviable tal como ha demostrado la actual crisis económica que puede ser definida como la primera y gran convulsión de la globalización que ha instalado la crisis y la inestabilidad en todo el mundo, siendo los instantes de estabilidad, paréntesis entre dos crisis. A partir de ahí podría pensarse en que en todo el continente sería imparable una marea que redujera a cenizas y en pocos años a los partidos y a las fórmulas que llegaron en 1945. La pregunta es:

¿Existirá la posibilidad de que gestionen el poder las fuerzas alternativas en alguna de las “locomotoras” de la UE? Una vez en el poder, estas fuerzas ¿Estarán en condiciones de aplicar programas radicales de rectificación de las líneas maestras del nuevo orden mundial? No hay duda que, de hacerlo así, disminuirá la presión sobre otras fuerzas similares en el resto de Europa y aumentará, igualmente, su peso político. Mientras los movimientos más o menos identitarios en toda Europa no actúen en función de una estrategia común y sigan haciéndolo con estrategias autónomas, va a ser muy difícil que consigan estabilizarse y afrontar la desproporción de fuerzas que deben afrontar dentro de cada nación. El caso griego está ahí para demostrarlo. Una victoria identitaria sería una victoria a nivel europea y procedería de un “país faro” que lograra suscitar una corriente de simpatía y desarmara a los adversarios en otros países europeos.

No podemos responder a estas preguntas porque no dirigimos ningún movimiento político, sino que nos limitamos a ser observadores ajenos al mundo de la política activa. Repetimos, en cualquier caso, que la primera impresión que tenemos es que los enemigos son demasiado fuertes como para poder pensar en victorias totales y definitivas y lo más que puede aspirarse es a retrasar lo más posible los últimos efectos de la globalización, generando una masa crítica suficientemente fuerte como para que pueda asumir el control de la situación en cuanto se produzca el desplome interior del sistema globalizado: desplome que inevitablemente se producirá siendo las actuales convulsiones económicas, las que preceden a la agonía final y al colapso del sistema globalizado.

Dos vías:

Quizás sea el momento de recordar la propuesta que realizaba Julius Evola hace medio siglo:

- Para restaurar los valores tradicionales que, aun no siendo exactamente lo mismo, coinciden globalmente con los valores identitarios, existe la vía de la acción: que es fundamentalmente, la vía de la participación y el militantismo político. Para ello se precisa una doctrina, unos objetivos, una estrategia, una táctica, una organización y un programa. Siempre que se sea consciente de que es preciso articular la propia estrategia nacional a un estrategia europea (o, como mínimo, estar pendiente de su evolución), la vía de la acción es adecuada para determinados caracteres y vocaciones personales.

- O bien para asumir la lucha por la identidad en estos tiempos extremadamente difícil la vía del “cabalgar el tigre” es la más adecuada para otros caracteres. Tal vía consiste simplemente en prepararse para el hundimiento de la modernidad globalizada y estar preparado para poder influir en lo que la sustituirá. Se trata de tratar de establecer, fuera del marco de la política, o no especialmente en el terreno político, aquellos frentes en los que mejor se puede operar, en donde se puede formular una crítica más demoledora a la modernidad, se trata de identificar los puntos críticos por donde el sistema quebrará, se trata de evitar el encuentro frontal con las fuerzas del sistema en el terreno político, preparando otros frentes de acción: la educación, el trabajo, la familia, la ciencia, el ocio, frentes en los que no existe tanta presión como en el frente político y en donde es fácil ampliar la influencia y difundir ideas contra-corriente. La lucha cultural es quizás uno de estos frentes adecuados hoy para “cabalgar el tigre”, siempre y cuando hablemos de “lucha” y no de mero intelectualismo.

Para terminar, insisto en que hay que esperar un desplome interior de la globalización. Ésta ha dejado de ser un programa de optimización de beneficios del capital, para convertirse en un monstruo con vida propia, que se mueve inexorablemente hacia sus objetivos finales, sin ningún tipo de control, como una locomotora que se dirige por una pendiente hacia un muro de hormigón. No hay salida para la globalización, ni para los que la promueven, ni para sus más humildes servidores. El problema es que, después del hundimiento de la globalización no se produzca un caos absoluto que haga retroceder la civilización varios siglos, sino que en ese momento exista una masa crítica con entidad suficiente como para instalar el paradigma identitario e inaugurar un nuevo ciclo histórico.

Con la intención de sumarse a esta aventura que es a la vez doctrinal, política y vivencial, se ha escrito este libro que no tiene más ambición que estimular debates, clarificar posiciones, definir objetivos y lanzar ideas sobre el tapete.

Muchas gracias.

© Ernesto Mila – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

 

 

 

 

 

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