Elección de alcaldes y PP

Publicado: Martes, 26 de Agosto de 2014 16:47 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES
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Info|krisis.- Elección directa de alcaldes, última esperanza del PP. Las reformas se imponen en el sistema político español que desde hace años parece no dar más de sí. Sin embargo, el PP ha empezado por reformas que demuestran lo que ya dijo Platón en el siglo VI antes de JC, que los políticos nunca adoptan medidas que les puedan perjudicar. Cuando el PP insiste como única idea en que los alcaldes deben ser elegidos directamente, lo que está intentando desesperadamente es no perder alcaldías (especialmente en las grandes ciudades) en las próximas elecciones de mayo de 2015. Esperanza vana porque nada salvará al PP de las nuevas simetrías políticas que aparecerán en ese momento.

El PP ve, horrorizado, que puede perder la mayoría absoluta en algunos ayuntamientos importantes (entre ellos Valencia y Madrid) en las elecciones de mayo de 2015. Su gestión municipal no ha sido precisamente un modelo de eficacia. Cuando el sector inmobiliario ya no es el motor de los recursos municipales, los ayuntamientos gobernados por la derecha, dan una sensación de abandono y de falta de proyectos. No es que a los ayuntamientos gobernados por la izquierda les vaya mejor, ocurre simplemente, que mientras los votos de derecha pueden ir circulando por distintas opciones (PSOE, IU, Podemos, Compromís) a partir de las cuales es posible articular nuevas mayorías, la derecha se ha encontrado con que no tiene con quien pactar.

“Sin enemigos a la derecha…” (Manuel Fraga)

Esta situación dramática es la contrapartida a la exigencia de Fraga Iribarne en 1978 cuando impuso su criterio de que en el sistema político español que en esos momentos nacía, todo lo que se situara a la derecha de la entonces llamada “Alianza Popular”, fuera arrojado al foso de los leones, considerado como franquismo y situado extramuros del sistema. La frase que Fraga utilizó en aquellos momentos fue “sin enemigos a mi derecha”, afirmando con ello que el sistema político español terminaba con él en ese ángulo. Lo que se situaba más allá era, pues, extremismo, actitudes ultramontanas y radicalismo franquista.

Desde entonces, con la nueva constitución hoy agónica, el sistema político  español se orientó hacia el centro: en los treinta y seis años siguientes gobernarían opciones de centro (UCD), centro–izquierda (PSOE) y centro–derecha (PP), por mayoría absoluta o, cuando no disponían de ella, apoyados por partidos centristas autonómicos (CiU y PNV). Estas simetrías han dado lugar un sistema políticamente estable, pero cuyos resultados en lo que se refiere a la gobernabilidad del Estado y a la eficacia en la gestión, han sido discretos y en ocasiones catastróficos.

En su fase terminal, el régimen de 1978 se muestra excepcionalmente cruel con el centro–derecha: si bien la izquierda está fragmentada en distintas opciones con capacidad para dialogar y negociar, la derecha se agota en sí misma. Tal como Fraga exigía no hay un plus ultra más allá de su sigla, de tal manera que el PP es incapaz de encontrar aliados y solamente puede gobernar –en ayuntamientos y en comunidades autónomas– a través de una propia mayoría absoluta, o bien resignarse a perder el poder.

De los distintos intentos de crear una derecha–derecha…

El proceso de formación de la derecha durante la transición fue duro y difícil. Cuando los “siete magníficos” procedentes de distintas familias franquistas (Reforma Democrática de Fraga, Unión del Pueblo Español de Martínez Esteruelas, Acción Democrática Española de Silva Muñoz, Democracia Social de Licinio de la Fuente, Acción Regional de López Rodó, Unión Nacional Española de Fernández de la Mora y Unión Social Popular de Thomas de Carranza) unieron sus siglas el 9 de octubre de 1976, la coalición distó mucho de ser homogénea y operativa. ADE y UNE actuaron por su cuenta y se desvincularon del proyecto pasando a fundar Derecha Democrática Española, primer intento de organizar una formación a la derecha del partido capitaneado por Fraga.

La UNE, fundada en 1975 cuando el asociacionismo político promovido por el tardofranquismo parecía inevitable, agrupó a antiguos tradicionalistas que reconocieron a la monarquía instaurada por Franco en la persona de Juan Carlos I. Entre sus promotores figuraron personajes del mundo de los negocios, antiguos ministros franquistas y un buen número de “procuradores en Cortes”: Antonio María de Oriol y Urquijo, Juan María Araluce Villar, José Luis Zamanillo, José María Valiente, Manuel Fagoaga, Ricardo Larrainzar Yoldi, Carlos Arauz, José María Velo de Antelo y Fernández de la Mora. Durante un tiempo, intentando rivalizar con las juventudes de Fuerza Nueva llevaron como uniforme camisas grises.

El partido se aproximó a Alianza Popular pero en los momentos previos al referéndum constitucional y a la vista de que el proyecto presentado a consulta suponía una verdadera “ruptura” con el orden franquista con el que los miembros de la UNE y de ADE se sentían comprometidos, en lugar de una evolución del mismo, se situaron fuera de la disciplina de Fraga. Ocupó la presidencia del partido Fernández de la Mora que intentó paliar su debilidad numérica aproximándose al grupo de Federico Silva, Acción Democrática. Sin embargo, a diferencia de la UNE, AD carecía completamente de base militante, siendo apenas un grupo de personalidades en torno al ex ministro de obras públicas de Franco. A pesar de que en diciembre de 1979 ambas formaciones, UNE y ADE formaron Derecha Democrática Española, en aquel momento Fuerza Nueva era demasiado potente como para que pudieran hacerse un hueco a la derecha de Fraga.

Cuentan las crónicas que Loyola de Palacio o el mismo Mariano Rajoy ingresaron en política desde la filas de la UNE. Otros eran antiguos falangistas vinculados a El Alcázar, como Ismael Medina, secretario regional andaluz de esta formación. El intento de acomodo en la Unión Nacional, junto a Fuerza Nueva y Falange Española, no prosperó y en 1983, cuando se convocaron las elecciones que dieron la victoria a los socialistas, ni la UNE, ni ADE, ni DDE existían ya. Protagonismos aparte, la mayor discrepancia se dio a nivel de política de alianzas: DDE proponía un frente desde UCD hasta la Unión Nacional (Fuerza Nueva + FE–JONS), algo que ni era viable, ni suscitaba muchos entusiasmos en esta última formación. Creyéndose respaldados por su mayor prestigio político, de la Mora y Silva, no entendieron que Blas Piñar tenía mayor capacidad de movilización y un proyecto político nacional–católico muy diferente de la concepción evolucionista del franquista que representaban ellos.

En noviembre de 1983, Fuerza Nueva se auto–disolvió y la DDE, simplemente, desapareció. Si le cuadraba alguna calificación política sería sin duda la de “derecha nacional”. No sería el último intento de crear una formación que ocupara ese espacio político.

En 1997, después de trece años de dura lucha por apartar al PSOE del gobierno, Alianza Popular, reconvertida ya en Partido Popular, llevaba casi un año gobernando. Un sector del partido, su ala derecha, se vio fuera de los repartos de poder y reaccionó por la vía de la escisión. Su dirigente indiscutible fue el diputado murciano Juan Ramón Calero Rodríguez. Sin embargo, sería aventurado calificar al Partido Demócrata Español –más conocido por su sigla PADE– como de “derecha nacional” a la vista de la definición que él mismo dio: “humanista–cristiano, liberal–reformista y moderado”… es decir, los mismos rasgos con los que la antigua AP venía defendiendo desde su fundación. En este sentido, el PADE podría ser llamado una “AP–auténtica” en el sentido de que el PP para Calero habría supuesto una modificación de los ideales originarios.

Si el PADE fue considerado como partido “de extrema–derecha” se debió, no tanto a su orientación como a la presencia de cierto número de antiguos miembros de Fuerza Nueva que ingresaron en AP al dejarlos huérfanos Blas Piñar tras disolver el partido en 1983. Tales elementos eran precisamente los que habían quedado completamente marginados del reparto de poder.

La historia del PADE fue, sobre todo, la historia de una larga agonía. En las elecciones generales de 2000 apenas obtuvo 10.000 votos que se transformaron en la mitad cuatro años después. Al convocarse las elecciones municipales de 2003 apenas obtuvieron 32 concejales en toda España, descendiendo a 20 en 2007. Resultados a la vista de los cuales el PADE decidió no presentarse a las elecciones generales de 2008, desapareciendo por completo sin dejar señas. Así concluyó el segundo intento de crear una “derecha de la derecha”. Sin pena ni gloria. Justo como DDE quince años antes.

El tercer intento ha sido protagonizado por Vox y en estos momentos es pronto para decir hacia dónde evolucionará y si las elecciones municipales de mayo de 2015 le darán alguna presencia o bien esta será similar a la que logren los distintos partidos de carácter identitario (PxC, PxL o E2000). A pesar de que la Fundación para la Defensa de la Nación Española, creada en 2006, es el origen de esta formación, Vox se fundó oficialmente en noviembre de 2013 cuando Santiago Abascal, presidente de DENAES, abandonó el Partido Popular en desacuerdo con la oleada de corrupción que se venía arrastrando desde la irrupción del Caso Gürtel y por la política antiterrorista. Si Ramón Calero había acusado a Aznar quince años antes de traicionar los ideales de AP, ahora Abascal acusaba a Rajoy de “traicionar las ideas del PP”. Se trataba, pues, de reconstruir un “PP-auténtico”.

Los ejes de la propaganda de Vox eran, pues, los propios de la derecha: defensa de la unidad de España, regeneración política del país, política de victoria sobre el terrorismo, antiabortismo. Los resultados obtenidos por Vox en las elecciones europeas estuvieron por encima de lo esperado, pero por debajo de sus expectativas. Con un cuarto de millón de votos y el 1’57%, Vidal Quadras no pudo entrar en el Parlamento Europeo, desvinculándose del partido posteriormente. Las críticas realizadas por Cristina Seguí a la dirección parecen ser un nuevo obstáculo cuyas repercusiones todavía no pueden valorarse.

Al igual que el PADE, Vox es un partido conservador pero no de “derecha nacional”, sino más bien de “derecha liberal” en la medida en que se acepta una economía no regulada, a pesar de que el resto de posiciones conservadoras (y especialmente, la actitud antiabortista) chocan con los pocos liberales que todavía siguen aceptando esta definición y detentan la patente.

… El PP víctima de su aislamiento

La esperanza del PP a partir de 2004 era que aparecieran grupos de carácter centrista que, fundamentalmente, recogieran los votos de electores que hasta ese momento habían apoyado al PSOE o al PP atraídos por su “centrismo”, pero que, decepcionados por unos u otros motivos, no se resignaran a abandonar esa área. De ahí el interés del PP (y de los medios de comunicación vinculados a la derecha) en promover la opción de Rosa Díez y, posteriormente, la de Albert Rivera.

A pesar de que Rosa Díez había sido consejera durante varios años en gobiernos de coalición con el PNV y a pesar de que solamente abandonó el PSOE cuando jugó y perdió contra Zapatero y no vio acomodo dentro de este partido, la irrupción de una nueva formación política que parecía restar votos centristas al PSOE podía paliar el aislamiento del PP. Tal aislamiento se había puesto dramáticamente de relieve a partir de la segunda legislatura de Aznar y especialmente durante los primeros años del zapaterismo impuesta por el tripartito catalán. Sin embargo, las estadísticas demostraron que, inicialmente, Rosa Díez, atraía más votos procedentes del PP que del PSOE. En las siguientes elecciones se demostró que UPyD era solamente el “partido de Rosa Díez”, dirigido de una manera autocrática y personalizada que causó ya problemas con otros fundadores del partido que se retiraron tempranamente. En la actualidad dicho espíritu autocrático ha ocasionado una primera crisis grave con las declaraciones (muy razonables, por otra parte) del diputado europeo Sosa Wagner, proponiendo una fusión con la formación de Albert Rivera, Ciudadanos. En cuanto a esta última formación, su ámbito de aplicación parece reducido a Cataluña y solamente por su crítica a la política lingüística de la Generalitat. Ambos partidos, UPyD y Ciudadanos, se definen como “de centro–izquierda”, pero Rosa Díez ya ha declarado en múltiples ocasiones que “son diferentes” y que cada cual tiene su propio camino.

Hasta las elecciones europeas de 2014, el PP tenía la esperanza de que ambas formaciones, Ciudadanos y UPyD, aumentasen sus bolsas de votos y se convertirían en una especie de sustitutos de los partidos nacionalistas, CiU y PNV, con los que cada vez resultaba más difícil (y costoso) pactar. Sin embargo, los resultados de las europeas demostraron que ambos partidos se habían estancado en su crecimiento y que, bruscamente, Podemos, les había quitado el espacio de la protesta. Y eso alteraba gravemente la situación para el PP.

Si bien, hasta ahora, los votos desencantados con el PSOE y con el PP iban a parar a UPyD o a Ciudadanos, partidos con los que el PP se entiende bien (a pesar de su más que ilusoria ubicación en el “centro–izquierda”…), con Podemos cualquier entendimiento es imposible. Y así se llega de nuevo a la dramática situación de aislamiento por parte del PP: su política de “sin enemigos a la derecha” ha hecho el que no existan formaciones de alcance nacional que ocupen ese espacio político y los votos que el PP pierde por la derecha vayan “a donde más duele”, a la abstención, o incluso a Podemos a la vista de que la sensación generalizada, que va incluso ganando peso en la derecha es de que el régimen se encuentra completamente corrupto y dominado por una “casta” de la que el propio PP forma parte.

Alcaldes elegidos directamente…

Todo este aislamiento es lo que ha inducido a Rajoy a plantear el proyecto de elección directa de los alcaldes. Fuera del PP este proyecto ha generado un rechazo unánime y parece difícil que Rajoy se atreva a imponerlo. De hecho, no se entiende cómo podría gobernar un alcalde elegido por la lista más votada –el PP, por ejemplo– en un consistorio en el que los concejales de la oposición sumaran mayoría. ¿Qué margen de maniobra podría tener un alcalde en esas condiciones? ¿Qué proyectos y gastos estaría en condiciones de ser aprobados por el pleno municipal? Todo empezaría y terminaría otorgando a los alcaldes del PP solamente unos años de margen en los que la inestabilidad municipal y la parálisis en las decisiones estratégicas serían la dominante. Por otra parte no se entiende el por qué los alcaldes deberían ser elegidos por la población, pero no así los presidentes autonómicos o el mismo presidente del gobierno.

Así pues se trata de una medida partidista que tiene como objeto preservar el mayor número de ayuntamientos del PP del riesgo que puede suponer el que gobierne una coalición de izquierdas. Se trata de un reforma que no palía las consecuencias más nefastas del régimen creado en 1978 (la partidocracia que conduce directamente a la generalización de la corrupción), sino que abunda en la misma dirección, como una forma de descender un poco más por la sima. No es una “reforma”, sino más bien una “persistencia” en los factores negativos ya experimentados traídos por la constitución del 78.

Ya hemos dicho que en caso de aplicarse, tal reforma acarreará inestabilidad (entre otras cosas porque en las comunidades catalana y vasca, muchos ayuntamientos quedarían en virtud de esa reforma en manos de radicales de ERC o de Amaiur) de los municipios en donde el alcalde electo tenga que trabajar con un consistorio en el que no dispone de la mayoría. Pero es que esa inestabilidad se va a convertir en la característica más acusada de esta fase de desintegración del sistema político español. Concebido inicialmente como “bipartidismo imperfecto”, una de cuyas “patas”, el PSOE, se encuentra en una crisis estructural profunda (tal como demuestra el hecho de que mes y medio después de la elección de un nuevo secretario general, éste no haya destacado ni un solo momento, ni haya generado polémicas, ni siquiera creado expectativas…). En los próximos años se verá cómo un sistema con tal arquitectura es incompatible con la proliferación de siglas, la erosión de la “banda de los cuatro” (PP+PSOE+CiU+PNV) y los partidos nuevos que están apareciendo en todos los niveles del Estado.

El problema para el PP es cómo quedará en las elecciones de mayo de 2015: qué gobiernos autonómicos perderá, en qué grandes ciudades dejará de tener mayoría absoluta y cómo podrá afrontar a una izquierda que se recompondrá mediante coaliciones entre sus distintas piezas. Y todo esto en el supuesto de que las “cifras macroeconómicas” que pueda presentar le sean favorables hasta ese momento (algo muy discutible, por lo demás). En caso contrario, en caso de que la ralentización de la economía europea y la crisis de las economías argentino–brasileñas haya supuesto una disminución de las exportaciones y un repunte del paro, el PP podría entrar también en una crisis, inicialmente coyuntural, pero cuyo alcance estaría en razón directa a los resultados obtenidos y a la pérdida de fuerza social del gobierno Rajoy.

Tal es el resultado del “sin enemigos a la derecha”… sin enemigos, pero también sin “amigos”, sin interlocutores, sin posibles aliados, sin esperanzas. A la prepotencia de Fraga le llega ahora el tiempo de la expiación.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

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