Turismo: lasciate omnia spes

Publicado: Martes, 19 de Agosto de 2014 10:59 por Ernesto Milá en NACIONAL
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Estamos en crisis, la economía mundial se ha ralentizado de nuevo… pero España, este año alcanzará un récord en pernoctaciones turísticas. Sesenta millones de extranjeros visitarán nuestro país. La oleada empezó con los años 60, pero ahora se ha convertido en una verdadera pandemia. No somos un “país turístico”: nos hemos convertido en una reserva turística frecuentada por turismo basura y que genera trabajo basura. Esa ha sido el “modelo económico” que prevale en España de manera indiscutible desde nuestra adhesión a las Comunidades Europeas (hoy Unión Europea). Un verdadero suicidio económico.

Los vecinos de Magaluf (Mallorca) se quejan del salvajismo reiterado de los visitantes. En Lloret de Mar las batallas con turistas borrachos y drogados durante días, son frecuentes a todas horas pero especialmente a partir de altas horas de la madrugada. Las playas de Benidorm, la segunda ciudad española que recibe más turismo, parecen un verdadero universo concentracionario. En Salou, los turistas adolescentes llegados de todo el mundo se tiran desde los balcones de los hoteles a las piscinas con más frecuencia que los banqueros de Nueva York lo hicieron durante la crisis del 29. No es posible pasear por ninguna calle de Barcelona sin chocar con miles de turistas que cámara en ristre fotografían los lugares más absurdos e intrascendentes; y si el barcelonés baja a las Ramblas, encontrará, sin duda, alguno de los 200 clubs del cannabis abiertos para atraer el turismo “fumeta”, especialmente alemán. España se ha convertido en un “parque temático” para turistas a los que puede aplicársele el calificativo que les dio Pérez Reverte en 2010: son, efectivamente, “turismo basura”.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

A principios del siglo XX, el pintor, poeta y bohemio, Santiago Rusiñol popularizó Sitges como destino turístico de la burguesía catalana. Era un lugar inigualable. Fue allí, tras la iglesia y sobre el acantilado que va dar al mar, donde construyó su casa, el Cau Ferrat que aún hoy puede visitarse convertida en museo. Los sitetanos (gentilicio de Sitges; por cierto, pronúnciese “Siches”, para no complicarse la vida, o ˈsidʒəs, si prefiere seguir los preciosismos de Wikipedia…) estaban orgullosos de que su pueblo de pescadores, fuera visitado por intelectuales, artistas, industriales y visitantes selectos. Hoy, Sitges es meca del turismo gay de ciertos vuelos, de ahí que haya conservado todavía un buen volumen de ingresos por visitante. No ocurre así en la mayoría de zonas turísticas de España.

Era normal que el turismo penetrara por Cataluña y por el País Vasco. A fin de cuentas, en ambas zonas eran fronterizas y la propia pujanza de las burguesías locales generaba los elementos desencadenantes del fenómeno en un tiempo en el que era difícil desplazarse más allá de 100 km del lugar de residencia. En una segunda fase, determinados exponentes de esa burguesía –especialmente, procedentes de su franja media– optaron, no solamente por visitar algunas zonas de España, sino por hacer de su afición un medio de vida. Optaron por destinar sus capitales a la promoción de tales zonas y así comenzaron los imperios turísticos que ya existieron durante el reinado de Alfonso XIII y en los años de la República. El Grupo Barceló, por ejemplo se fundó a principios de los años 30, aunque solo a partir de 1962 se convirtió en un imperio hotelero. El diplomático austríaco que creó la denominación “Costa del Sol”, Rudolf Lussnigg y el eslogan “Almería, la ciudad donde el sol pasa en invierno”, se dedicaba ya a la hostelería y a la promoción turística en España desde 1907 y a partir de 1934 fue factótum de Hoteles Unidos HUSA, hoy con participación mayoritaria de miembros de la alta burguesía catalana.

A partir de los años 50, cuando algunos exponentes del bando derrotado en la Segunda Guerra Mundial recalaron en España, se convirtieron pronto en promotores turísticos e inmobiliarios en el Levante Español, Baleares y Canarias. Algo que enlazó con las necesidades de las clases medias europeas una vez Europa empezó su reconstrucción. No es raro que uno de los países que se habían situado al margen del conflicto, Suecia, se convirtiera en uno de los principales exportadores de turismo en los años 50. Con media Europa destruida, y el envidiable clima español, el turismo sueco buscaba en el tipismo aún subdesarrollado de España, lo que ellos habían dejado atrás desde hacía mucho, o simplemente lo que no tuvieron nunca hasta que el clima empezó a cambiar en los años 70 (si hoy apenas vienen turistas suecos a España es porque el clima en el sur de Suecia se ha vuelto más benigno y se han abierto centros turísticos a orillas del Báltico…).

En 1959, el turismo era una de las posibilidades económicas que se abrían al franquismo, posibilidad doblemente interesante: de un lado, permitía demostrar a los países europeos que en España no existía una dictadura inmisericorde, ni el pueblo estaba oprimido o era infeliz; de otro, porque los turistas dejaban divisas y eso permitía, en la época de la autarquía, adquirir al contado bienes de equipo en el extranjero. Era frecuente en los años 60 que el Ministro de Información… y Turismo obsequiara a pie de escalerilla del avión con algún regalo al turista 1.000.000 o 2.000.000. Debió ser hacia 1964 cuando la canción del verano que hizo furor decía: “El turista 1.999.999 | cuando llegó | se lamentó | por bajar tan deprisa del avión | con su minipantalón | se ha perdido la ocasión | e tener las atenciones | que por suerte le brindaron | al turista 2.000.000”… macarrónicas rimas que acompañaban a la imagen de Manuel Fraga en el NO|DO entregando un ramo de flores a la turista que llegaba, al decir de la propaganda oficialista, a ese número récord de la época.

Desde entonces, ha llovido mucho. Andamos por el turista 60.000.000 (que ya no es una sueca despampanante y fotogénica, sino un adolescente rubicundo con cara abotargada, sobrepeso,  lata de cerveza de marca blanca y parado, llegado de los arrabales de Londres junto a otras decenas exactamente iguales). La diferencia estriba en que mientras que para el franquismo, el turismo era una posibilidad entre otras de explotar las condiciones climáticas del país en aras de obtener divisas, en la actualidad es la última esperanza para la economía española.

A lo largo de los años 60 el turismo fue creciendo y transformándose cada vez más en una industria que convivía con los altos hornos, el sector metalúrgico, la minería, los astilleros, la producción industrial, etc. Lo mismo ocurrió durante la transición especialmente en las zonas costeras del Mediterráneo. Sin embargo a partir de 1983 cuando los socialistas asumieron la dirección del gobierno y empezaron la recta final para negociar la entrada de nuestro país en las Comunidades Europeas, algo se torció. La negociación fue mal llevada desde el principio: “había que entrar en Europa y no importaba como”. Además, la socialdemocracia alemana –que, en realidad era quien había instalado a Felipe González en La Moncloa subsidiándole generosamente desde 1973 y creando de la nada el “PSOE” – exigía rapidez y que se le pagara lo adeudado. El resultado fue la reconversión industrial criminal y suicida y un tratado de adhesión que confirmaba a España como “país de servicios” y periferia de Europa. A partir de entonces, nos quedaría el turismo como premio de consolación. Felipe González firmó el acuerdo sin pestañear.

Los riesgos del turismo

Cualquier industria registra un alto grado de inseguridad sobre el futuro, pero el turismo, sin duda es una de las que más están expuestas a los cambiantes gustos de la clientela. Habitualmente, los primeros visitantes de un país son… los vecinos. Pero en el caso español, especialmente a partir de los años 80 ya no bastaba con que los franceses fueron los visitantes mayoritarios. Había que traer turismo de donde fuera: ingleses y alemanes, especialmente. Cuanto mayor fue la apertura en número, más se fue produciendo una caída en la calidad de los visitantes. Los italianos, por su parte, descubrieron España (concretamente Cataluña) a partir de los mundiales de 1983. Aún habría que esperar treinta años para que se iniciara la riada rusa y china hasta nuestro país. Pero había sombras.

En especial, a partir de la caída del Muro de Berlín (1989) Centroeuropa y el Adriático se convirtieron en zonas abiertas para el turismo. Todavía no disponían de infraestructuras en condiciones de atender riadas turísticas y, por lo demás, hasta principios del milenio, los países de la antigua Yugoslavia, se encontraban enzarzados en guerras destructivas. Por tanto, aún tardaría en convertirse en destinos para masas de visitantes. En cuanto a los países árabes y Turquía, habían desarrollado unas infraestructuras turísticas mínimamente aceptables lo que, junto al precio de los servicios, los hacía extremadamente competitivos… de no ser porque sus peculiaridades antropológicas y culturales (islam, prohibición de alcohol, misoginia, idioma) atraían solamente a determinadas capas turísticas que desaparecieron en cuanto aumentó la inestabilidad política y el terrorismo islámico. España siguió en la cresta de la ola del turismo en los últimos años, pero ya no como durante el franquismo –en donde el turismo era una pieza más de la economía– sino como forma de monocultivo económico.

El riesgo estriba en que los gustos del turismo pueden cambiar en cualquier momento. Hasta ahora, ningún episodio de terrorismo ha afectado a la clientela extranjera que visita nuestro país, a pesar de que ETA lo intentara en varias ocasiones como forma de presión económica sobre el régimen (maletas–bomba en consignas de aeropuertos, “campañas de verano” de ETA en zonas turísticas, etc). Ahora mismo, bastaría una bomba en una zona turística de Barcelona o de Cataluña, generada por el proceso soberanista y que afectara a un visitante, para que esta región perdiera lo que constituye hoy su único pulmón económico.

En cuanto a los gustos del turismo son completamente inestables. Si cualquier pequeño país balcánico modificara su modelo económico y lo adaptara al turismo de clase trabajadora, España vería mermados sus ingresos y se produciría una caída en picado de las visitas. Países como Malta o Chipre, zonas como Cerdeña, Sicilia, Creta, pueden asestar en el futuro dentelladas para nuestra industria turística. No hay que descartar tampoco que en diez años, el precio del transporte aéreo haya experimentado una variación al alza a raíz del encarecimiento del precio del carburante.

Las previsiones de la Organización Mundial del Turismo

A despecho de una realidad siempre cambiante y que impide predecir cómo será el futuro, la Organización Mundial del Turismo, desde antes de la crisis económica de 2008, preveía para España un aumento del 5% anual en el número de visitas turísticas que se mantendría constante hasta… el 2050. Después de la crisis, este organismo internacional ha modificado sus previsiones: el turismo, nos dice, seguirá creciendo un 5%... hasta 2020 cuando llegarán a España 75 millones de turista extranjeros, veinte más de los que se recibía en 2012 y casi el doble de los que llegaban aquí en el no tan lejano 1986.

La primera pregunta que subyace a estas triunfalistas cifras es: ¿cuándo estará completo el aforo de nuestro país? ¿Cuándo se pondrá el cartel de ya no hay plazas libres? Porque hay fenómenos que distan mucho de ser “sostenibles” y el turismo es uno de ellos. De la misma forma que hay un momento en el que una economía no puede basarse en el ladrillo (simplemente porque si lo hace habrá un momento en el que ya no habrá ni dónde construir ni quien compre lo construido), igualmente llega un momento en el que la capacidad turística de un país llega al límite y ya no pueden entrar más visitantes.

Barcelona es un ejemplo. Los intereses hosteleros de la alta burguesía catalana (el único sector en el que el capital catalán todavía se invierte en Cataluña, si bien una parte de ese capital –incluido el del gang Pujol, va a parar al Caribe) han transformado la ciudad en un parque temático para turistas desde que CiU ocupó la alcaldía de Barcelona. Hoy, la ciudad está completamente desfigurada por la avalancha turística y resulta extremadamente hostil para los ciudadanos barceloneses cuyo número va descendiendo año tras año. Por lo demás, el hecho de que el poder ejecutivo autonómico y municipal sean extremadamente débiles hace que ni siquiera sean capaces de ordenar los flujos turísticos, regularlos o eliminar los problemas que puedan aparecer. El ferrocarril metropolitano, las Ramblas, la zona de Sagrada Familia, las playas de Barcelona son el teatro de operaciones de miles de delincuentes llegados de todas partes del mundo ante la permisividad, la falta de autoridad y la relación policial de la ciudad. Los mismos delincuentes operan en las mismas zonas desde hace una década sin que hayan entrado en la cárcel ni una sola vez, detenidos una y otra vez, pero nunca expulsados, encarcelados o sancionados de alguna forma. Es evidente que, a la larga, estos robos y molestias continuas repercutirán negativamente en el turismo hacia Barcelona… lejos de pensar en solucionarlo por la vía radical, el Ayuntamiento busca sectores turísticos alternativos, el último de los cuales es el “turismo cannábico” en un intento de rivalizar con Amsterdam…

Así pues, las previsiones de la Organización Mundial del Turismo pueden cumplirse… o no. Si se cumple, la superación del “aforo” razonable hará de nuestro país algo inhabitable. Dejando aparte de que para lograr un aumento anual del 5% habrá que bajar cada año un poco más el listón y admitir cada vez más a “turismo basura”. Pero, en caso de que el turismo varíe sus gustos y aficiones y abandone a nuestro país por otros destinos más agradables y baratos, el monocultivo turístico arrojará al paro hará que ingresen en el paro un 30% más de ciudadanos: de los contratos firmados desde enero, de los que alardea el gobierno Rajoy como muestras de su increíble habilidad para crear empleo, el 80% tienen relación con el sector turístico y la inmensa mayoría forman parte de lo que se conoce como “trabajo basura”: estacional, mal pagado, sin valor añadido, sin cualificación. Cada vez somos más un “país de camareros” que ni siquiera han pasado por escuelas de hostelería…

Turismo basura: diez millones más

El Confidencial cuenta que en la actualidad están llegando a España diez millones de “turistas basura”, localizados especialmente en Cataluña y Baleares. Parecen pocos a tenor de lo que se ve en las calles, pero en cualquier caso tal es el tipo de turismo que se está atrayendo en la actualidad. Hoy ya es imposible pensar que, dadas las circunstancias, España pueda atraer a un “turismo de calidad”. Los servicios son mediocres, en ocasiones incluso infames. España es un paraíso para la delincuencia internacional. Atrae más turismo la posibilidad de comprar cervezas a 20 céntimos de euros en los supermercados DIA que la catedral de Cuenca o la iglesia de Sant Pere de Rodas. Además, este país no podría atraer a más de 5.000.000 de turistas de calidad, en el mejor de los casos.

En Francia, hasta en el más pequeño pueblo pirenaico, la iglesia románica más pequeña está abierta en horarios de visita y allí en la entrada encontraréis una mesa con los prospectos turísticos necesarios para conocer lo esencial de su historia y de sus méritos arquitectónicos. El “Sindicat d’Iniciative” (equivalente a nuestras oficinas de turismo) está presente por todas partes. Es evidente que en zonas como París existe masificación turística, pero aun así se mantiene un cierto nivel de turismo de calidad. Nada de eso es posible ya en España. Nuestra economía está presa de una trampa mortal: no podemos admitir a más turismo, pero tampoco podemos prescindir del turismo. No podemos atraer a turismo de calidad, así que solamente podemos ir rebajando el listón abriendo más y más las puertas al turismo de chancletas y botellón, de balconing y porro, de bakalao y trifulca etílica.

Hubo un tiempo en el que tener un bonito paisaje y un clima benévolo era una bendición. Hoy, esos lugares parecen cada vez más malditos. No es que, como se temía en los años 50, el turismo haya alterado “los valores y el estilo” de los españoles, es que los intereses de la industria hotelera española, los errores y debilidades en la negociación con la UE, han convertido a España en la meca del turismo de baratillo. Probablemente no son solamente 10.000.000 de turistas–basura los que llegan a nuestro país, sino más del 50% que generan más problemas de los que ayudan a resolver. Y no, el problema no tiene remedio. Aquí cabe decir aquello que Dante puso en la puerta de su Infierno particular: “abandonad toda esperanza”   o si lo preferís en la lengua del gibelino: lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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