Silencio bajo la nieve...

Publicado: Sábado, 25 de Febrero de 2012 21:07 por Ernesto Milá en CINE
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Infokrisis.- Silencio en la nieve Película anómala dentro de la filmografía española (no es frecuente que en España se rueden películas ambientadas durante la Segunda Guerra Mundial) esta película estrenada el 20 de enero de 2012 tiene algo de decepcionante y, al mismo tiempo, de atractivo. De hecho, en España el cine que se realiza con más habilidad desde los años de la postguerra es el género policíaco y esta película no es más que una muestra de género negro ubicada en el marco de la División Azul. Lo cual hay que considerarlo como una experiencia audaz y original.

El guión no está suficientemente trabajado y faltan los golpes de efecto propios de una cinta de este tipo, hasta el punto de que da la sensación hacia mediados de la cinta de que la ambientación “divisionaria” es completamente gratuita y podría haberse desarrollado la trama en cualquier otro marco histórico en el que habría dado el mismo juego y donde habría demostrado las mismas carencias. No es, desde luego, una gran película, ni una película que pasará a la historia del cine español salvo por haber servido para recordar la gesta divisionaria a los 70 años de la partida de la División Española de Voluntarios al frente.

En cuanto a la novela que da origen al guión fue escrita por Ignacio del Valle y lleva un título completamente diferente: El tiempo de los emperadores extraños (Alfaguara, 2006) que pasó por los anaqueles de las librerías sin pena ni gloria, de hecho, cuando la película se estrenaba, la edición del libro se saldaba. La novela forma parte de una triología de la que están escritas las dos primeras partes y que arranca en los últimos días de la guerra civil y debería terminar en el Berlín destruido por las bombas en mayo de 1945. Esta trilogía tiene como protagonista central a “Antonio Andrade” un policía que ha cometido un asesinato pasional y está condenado a ser fusilado pero resulta amnistiado y recibe un pasaporte para integrarse en la División Española de Voluntarios.

El rodaje de la película empezó el 14 de febrero en Lituania y el material bélico fue traído desde Polonia. El rodaje se realizó a una media de 20º bajo cero, recreando un escenario que en rigor fue el mismo que conocieron los combatientes de la División Azul.

Los papeles principales están encarnados por Juan Diego Botto (“Arturo Andrade”) y por Carmelo Gómez (“sargento Espinosa”). No es una buena elección. Ambos protagonistas parecen no creer en sus personajes (los taconazos e inclinaciones de cabeza que da Juan Diego ante sus superiores son teatrales y poco realistas, por ejemplo), y las expresiones de “hombre duro” de Carmelo Gómez, parecen frecuentemente muecas de un rostro poco expresivo. Es evidente que la productora impuso a estos dos actores en cuyo trabajo cifraban buena parte del éxito buscado por la película. Paradójicamente, el casting de los actores secundarios es francamente brillante y en sus papeles respectivos son, sin duda, lo mejor de la película, en algunos casos, incluso geniales.

En la película la fiabilidad histórica de los datos que aparecen es mínima. Se dice, por ejemplo, en los titulares que preceden al inicio de a trama que en diciembre de 1943 la División seguía en línea, cuando en realidad había sido repatriada a partir del 10 de octubre. Esta pequeña omisión se debe a la necesidad de situar la trama “entre la nieve”, resultando un misterio el porque no se ha elegido el invierno de 1942 como escenario. En la novela, los hechos ocurren entre los combates del II del 269 y finaliza el día de la batalla de Krasny Bor. Resulta, así mismo, misterioso el porqué durante unas escenas se considera que el asesinato de tres soldados es considerado un “ritual masónico”... cuando, en realidad, no aparecen signos masónicos ni nada por el estilo en ninguna imagen.

La película, dirigida por Gerardo Herrero, no ha sido excesivamente trabajada a nivel de guionización y en lo que se refiere a la ambientación es aceptable para un público poco exigente (si bien, a partir de la filmación de Salvad al soldado Ryan, cualquier película de guerra no puede caer en los anacronismos o errores que esta cae, explosiones sin metralla, escenas de combates casi napoleónicos –véase la última escena- con desconocimiento total de las tácticas de ambos bancos, deficiencias en la uniformidad, etc.).

El autor se prodigó en declaraciones poco antes del estreno de la película en elogios hacia el director aun reconociendo que había variado algunos términos de la novela (“La historia demuestra que una buena película no puede ser literal, sino una interpretación del texto original, y en ese sentido el director ha hecho su lectura particular de la novela, igual que cada lector monta una película diferente en su mente durante la lectura”). El autor rechaza los clichés dados en torno a la guerra civil y a la División Azul (“Había demasiados clichés sobre republicanos angelicales y falangistas de bigotito malos malísimos, y la División Azul en Rusia era una hazaña oculta que incomodaba tanto a un bando como al otro, fue una proeza al margen de ideologías que aquellos hombres aguantasen en aquellas temperaturas inhumanas y ante un enemigo tan desproporcionado”).

La ideología no es precisamente lo que más interesa a Ignacio del Valle, sin embargo, desde su posición de apoliticismo distante, sus juicios no carecen de conocimiento sobre lo que se dirimía en la aventura divisionaria (escribe, por ejemplo: “En la División Azul hubo un 60% de falangistas, que era la columna vertebral y un montón de intelectuales; y después un montón de elementos heterogéneos: gente de izquierdas que iban a lavar culpas tras la guerra civil, aventureros, despistados, es decir gente de toda laya y condición”) y el autor realmente “trabajo” el contexto histórico de la noveda (“fue una aventura militar en la que 5.000 españoles se enfrentaron a 44.000 rusos y cedieron 3 kilómetros de terreno nada más. Eso es una hazaña, al margen de que la protagonizasen gente de derechas o de izquierdas. Y eso a mí, me interesa contarlo”).

Es posible que el autor contactara con algún miembro de la izquierda falangista o de la falange actual para redondear un poco más sus conocimientos sobre la materia (responde a una entrevista sobre este tema, con cierta exageración: “Me documenté y la Falange no tiene nada que ver con el franquismo, de hecho quería la cabeza de Franco y si hubieran ganado en Leningrado, hubieran dado un golpe de estado y seguramente lo hubieran fusilado. Y todas esas luchas intestinas que hubo dentro del régimen se trasladan a la División Azul. Las fricciones entre falangistas y militares se ven en la novela y en la película”). Del Valle siempre ha eludido responder a preguntas de contenido remotamente político, incluso sobre la memoria histórica (preguntado por un medio asturiano sobre el Valle de los Caídos explicaba: “Desde luego no se puede volar como querían algunos. Eso hay que mantenerlo como está; contextualizándolo, explicando lo que pasó y lo que representó durante cuarenta años. A los muertos hay que dejarlos donde están. Los restos están todos mezclados y es imposible sacarlos de allí. Respecto a lo de Franco, habrá que verlo”). Finalmente, el autor vería con buenos ojos una segunda parte de la película titulada Los demonios de Berlín publicada por Alfaguara en 2009 (en esta novela el autor recrea el ambiente del Berlín de los últimos días de la Segunda Guerra Mundial cuando los soviéticos avanzaban, imparables entre calles llenas de escombros y en medio de un ambiente infernal donde aparece de nuevo Arturo Andrade con la misión de hallar a Ewald von Kleist, un científico alemán, a quien encuentra muerto en la cancillería del Reich con un misterioso diagrama en los bolsillos).

En la película la investigación sobre la muerte de tres soldados que tienen en su pecho inscrita una oración infantil (Mira que te mira Dios, mira que de está mirando, mira que que te has de morir. Mira que no sabes cuando) lleva a un variopinto ambiente de oficiales y soldados alemanes, españoles y de otras nacionalidades que practican “la violeta” un juego similar a la ruleta rusa en la que los jugadores se dan disparos de revolver en la sien, añadiéndose a cada ronda una bala más en el tambor. Inicialmente la trama parece centrada en torno a un crimen masónico, pero luego se descubre que antes de partir de España, un oficial de la División Azul ordenó a cuatro de sus hombres que allanaran el domicilio de un republicano, acción en el curso de la cual resultó violada su esposa. El marido se incorpora a la División para ejecutar su venganza. Tal es el sentido global de la trama.

La película está completamente amputada de cualquier carga política (como se sabe el dominio “progresista” en la industria del cine supondría que cualquier director que no presentara a los divisionarios como mercenarios asesinos sería censurado por las “vacas sagradas” de la Academia del Cine) pero tiene algunos guiños que han resistido el tránsito de la novela al guión de la película (la distinción entre falangistas y militares).

Tanto la película como la novela son, en este sentido “honestas”, pero se echa en falta el nervio narrativo que tienen otras recientes producciones de género negro (No hay paz para los malvados, por ejemplo). Vale la pena ver esta película, quizás no para reconciliarnos completamente con el cine español, pero sí para aproximarnos a la aventura divisionaria.

Esperamos que otras producciones posteriores que mantengan más tensión narrativa y reflejen el contexto político y las historias personales de los divisionarios. Dicho de otra manera, a la División Azul todavía le falta su gran película.

(c) Ernesto Milà - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

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