Lo que nos traerá 2012...

Publicado: Domingo, 19 de Febrero de 2012 21:37 por Ernesto Milá en INTERNACIONAL
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Infokrisis.- Habitualmente, en los primeros días del año realizábamos un artículo previendo lo que iban a ser los 12 meses que seguirían. Este año no lo hemos hecho, acaso porque lo que se nos venía encima era demasiado evidente y no valía la pena elaborar un catálogo de obviedades. Sin embargo, ahora, en pleno febrero rectificamos esta opinión. A veces, en efecto, no se trata de enumerar sino de denunciar. Estamos en un momento en el que resulta obvio para el observador que tiene ojos y ve y entendimiento y entiende (es decir, no para políticos ni para empresas periodísticas que no tienen ni entendimiento, sino intereses) que nos estamos precipitando hacia una guerra localizada en Oriente Medio que costará millones de muertos, dolor sin fin y destrozos generalizados. Esa será la guerra para salvar al capitalismo. No está claro, como algunos hubiéramos deseado (puestos a reconducir lo inevitable), que esos vayan a ser dolores del parto de un mundo nuevo. Difícilmente porque esas mismas clases políticas y esos mismos holdings periodísticos que permanecen de espaldas a lo que se está preparando, previamente han realizado una labor narcotizante sobre las poblaciones europeas. Es precisamente de ese letargo del que tenemos la obligación de ayudar a salir a nuestros compatriotas y a todos los europeos. Tal es la intención de este artículo.

1939, 3 de agosto

En 1929 estalló la gran crisis del capitalismo. Contrariamente a lo que han propagado periodistas poco exigentes, el “new deal” de Roosevelt (que, fundamentalmente, consistió en inyectar dinero público en la creación de infraestructuras y programas sociales, unidos a algo de proteccionismo). Sin embargo, en 1937, se volvió a producir una recesión. Hay que decir que la crisis del 29 afectó a todos los países desarrollados… salvo a la URSS que estaba regida por otro sistema económico. Y, por supuesto, Alemania que había llevado a cabo una política muy agresiva a partir de 1933 de lucha contra la economía liberal. Hjalmar Schacht, ministro de economía de Hitler, negoció con los acreedores de Alemania el cobrar inmediatamente las cantidades adeudadas a condición de invertir ese mismo dinero en la reconstrucción del Reich. Aceptaron. En pocos meses, el régimen empezó a absorber el paro. No así en EEUU en donde el “new deal” no pudo evitar la irrupción de un 25% de parados…

Pronto, el capitalismo llegó a la conclusión de que sin una guerra que volviera a poner en marcha los mecanismos de producción y de consumo, no quedaría atrás la crisis. Alemania marcaba el camino: se estaba impulsando la industria armamentística y esta “tiraba” del resto de sectores económicos. Pero el problema en EEUU y en el Reino Unido es que –a diferencia de Alemania- el ejército ya existía. En Alemania, como se sabe, había sido prácticamente disuelto después del tratado de Versalles y reducido a su mínima expresión hasta el punto de que oficiales alemanes debían entrenarse en la URSS para eludir las condiciones impuestas.

Era preciso que estallara una guerra lo más lejos del territorio metropolitano de los EEUU. En Europa, por ejemplo. Para eso, EEUU contaba con un aliado preferencial, cerca del teatro de operaciones europeo: el Reino Unido. De hecho, ya en aquella época Londres era la primera plaza bursátil mundial y el nexo entre las finanzas anglosajonas de uno y otro lado del Atlántico estaba sellado desde principios del siglo XIX cuando ya se habían disipado los efectos de la guerra de independencia de las colonias. Fue a través de este aliado providencial que Francia se vio envuelta en una guerra que se saldaría con la peor humillación de su historia y que el Reich tuvo una guerra que Hitler no deseaba. La excusa fue banal: el corredor de Danzig.

El territorio nacional alemán había quedado partido a raíz de las condiciones del Tratado de Versalles. Prusia oriental estaba completamente descolgada del resto del territorio a raíz de la formación del Estado Polaco. Una parte de Pomerania, que siempre había sido alemana, bruscamente se convertía en territorio polaco. El 24 de octubre de 1938, el gobierno alemán solicitó a Varsovia la devolución de la “ciudad libre” de Danzig, unida aduaneramente a Polonia y permiso para tender una línea férrea y una carrera a través del corredor, con estatuto de extraterritorialidad. Varsovia apoyada, por supuesto, por el Reino Unido, rechazó la propuesta que no atentaba ni contra su integridad territorial, ni contra su seguridad. En lugar de eso, firmó un tratado de ayuda mutua con Londres. El camino para la guerra estaba preparado.

Se puede reprochar a Hitler que, desde la anexión de Austria, había jugado a la ruleta rusa y que,  era inevitable que antes o después, estallase la guerra. Pero la excusa de Danzig era excesivamente banal y, por lo demás, a nadie se le escapa que era de justicia que un territorio que había sido colonizado por la Orden de los Caballeros Teutónicos desde el siglo XII, y que siempre había sido germano, no era de recibo que por una decisión puntual internacional pasara a ser… polaca. No era raro que en París, el 3 de septiembre de 1939, cuando Londres declaró la guerra a Alemania seguida por Francia, muchos periodistas se preguntaran “¿Morir por Danzig?”… en efecto, nadie hasta ahora, ha logrado convencer a ningún analista serio, ni a ningún observador imparcial, de que Danzig valía los 51 millones de muertos (12 por el Eje y 49 por los “aliados”)… Es más, si se produjeron 51 millones de muertos fue solamente y nada más que para salvar al capitalismo y terminar con la crisis iniciada en 1929.

Aquella guerra sirvió solamente para destruir Europa, generar un duopolio internacional USA-URSS que duró 45 años, en el curso del cual, no solamente Alemania, sino especialmente Francia e incluso el Reino Unido resultaron anuladas como grandes potencias. Y, eso sí, el capitalismo resultó salvado y respiró profundamente desde los rascacielos de Manhattan.

Vale la pena no olvidar que aquella guerra no fue ni el blitzkrieg, ni el holocausto, ni la guerra en el Mediterráneo o en Asia: fue sólo y únicamente, pro encima de todo, la guerra para salvar al capitalismo. No lo olvidemos, porque ahora tenemos encima una nueva guerra de consecuencias imprevisibles de la que nuestro país y toda Europa debe de mantenerse por encima de todo al margen.

Cuando Ormuz es Danzig

Casi tres cuartos de siglos después del gran error de Danzig, las piezas del ajedrez vuelven a estar como entonces. El escenario ha cambiado. El Islam y no el Reich es el “enemigo”. El teatro no es Europa sino Oriente Medio. Pero el instigador es el mismo: la alta finanza internacional, los grandes consorcios financieros y mediáticos. Y el objetivo, por supuesto, es el mismo: salvar al capitalismo, preservar los beneficios, rentabilizar el rendimiento del capital y devolver la alegría del crecimiento a los poseedores del capital.

Es relativamente fácil establecer dónde tomó cuerpo la decisión de desatar un conflicto de dimensiones internacionales: en la reunión del Club Bildelberg en Sitges en el año 2010 en el Hotel Dolce del 3 al 6 de junio. Allí se constató especialmente que el capital financiero norteamericano, mayoritariamente judío, se desentendía del destino del Estado de Israel. El mantenimiento de ese Estado es caro, especialmente cuando Alemania ya ha agotado las indemnizaciones de guerra y cuando la demografía interior del Estado judío ha ido variando (disminuyen los askenazíes y aumentan los judíos etíopes, rusos y sudamericanos). Por otra parte, es bueno recordar, que el judaísmo norteamericano no es, ni ha sido nunca, mayoritariamente sionista y, por tanto, la creación de un “hogar nacional judío” le trae, literalmente, al fresco. A partir de ese momento, otros escenarios que podían haber sido tomados como ubicaciones para un conflicto generalizado quedaron descartadas (especialmente Beluchistán, ver artículo: http://infokrisis.blogia.com/2010/040602-la-guerra-para-salir-de-la-crisis-se-va-concretando.-morir-por-beluchistan-.php)

Llevamos más de un año asistiendo al movimiento de las piezas. Las “revoluciones árabes” distan mucho de ser movimientos providenciales. Si lo hubieran sido, ni la OTAN, ni EEUU hubieran puesto tanto cuidado en derribar al régimen de Gadaffi, ni en haber permanecido ajenos a las peticiones de apoyo que formularon los dictadores tunecino y egipcio que tantas veces habían apoyado las políticas norteamericanas en la zona. Era evidente y hasta un ciego podía intuirlo que cualquier movimiento en el mundo árabe generaría desequilibrios interiores que facilitarían el ascenso de fuerzas políticas islámicas radicalizadas. Pero era necesario que desaparecieran dictaduras laicas para abrir el paso a dictaduras religiosas fanatizadas y que estas hicieran causa común con el gobierno iraní para lograr que una vez iniciado el conflicto entre Irán e Israel, el teatro de operaciones se extendiera desde el Atlas hasta Filipinas.

Sí, porque ese será el escenario y la excusa el ataque que en estos mismos momentos está preparando Israel contra las instalaciones nucleares iraníes. Los halcones de Tel Aviv piensan que el tiempo juega contra ellos y que contra antes ataquen antes se verán libres del peligro de que Teherán cuente con ingenios nucleares. El hecho de que Irán tenga armas atómicas es importante, simplemente, porque rompe los equilibrios que se han dado hasta ahora en la zona (Israel tiene ese tipo de armas, no firmó el Tratado de no Proliferación Nuclear y dispone de un número de megatones no cuantificado pero superior a los que posee cualquier otro país árabe… hasta ahora). En un escenario en el que los árabes tengan bombas nucleares, Israel deberá negociar la paz a la baja. Y los cultivos del desierto del Negev (pulmón alimentario de Israel) estarían siempre bajo amenaza de que los árabes condescendieran a que las aguas de los acuíferos de Gaza y de las fuentes del Jordán llegaran a los kibutz.

En este escenario se entiende perfectamente lo que en estos mismos momentos está ocurriendo en Siria. Se está fomentando artificialmente un conflicto (ver artículo de Thierry Meysan en http://www.voltairenet.org/Se-termina-la-partida-en-el-Medio) en ese país y se está engañando a la opinión pública europea mediante un bombardeo diario de reportajes, filmaciones, noticias y declaraciones construidas por los laboratorios de operaciones psicológicas de los EEUU hasta el punto de que ya resulta imposible saber qué informaciones tienen un poso de verdad y cuáles son completamente falsas en un esquema similar al que hizo que la opinión pública europea permaneciera callada ante la intervención de nuestros ejércitos en Libia.

Si hoy Siria está en el ojo del huracán se debe especial y únicamente a que es el aliado preferencial de Irán en Oriente Medio y que es a través de este país como los tanques y los aviones iraníes pueden llegar hasta la vertical de Haifa y de Tel-Aviv e incluso colocar sus baterías convencionales y hacer llegar en pocos años ingenios nucleares lanzados desde los altos del Golán. Mientras, los agentes del Mosad están realizando operaciones secretas en Irán y en Siria. Científicos iraníes han sido asesinados (cinco en apenas dos años).

EEUU es el primer interesado en el estallido de este conflicto. No solamente porque ahí es donde está situado el nudo del capitalismo mundial sino porque quiere también sacarse el mal sabor de boca del fracaso de sus últimas intervenciones en la zona: Afganistán en donde no han podido vencer a unos miles de cabreros armados toscamente, en Irak en donde lo único que han logrado ha sido derribar un régimen laico y sustituirlo por un régimen chiíta próximo a Irán (con un país que previsiblemente se partirá en dos: parte chiita y parte sunnita, optando la primera por aliarse con Irán). Washington sabe que en esta guerra sus tropas estarán en casa (salvo que la amenaza de liquidación del Estado de Israel y la subida al poder de los neoconservadores en las elecciones de noviembre de este año animaran a la opinión pública de aquel país a intervenir en defensa del aliado hebreo… cosa harto improbable a la vista del tradicional aislacionismo de la población norteamericana que, sin embargo, a veces se ve basculado por extraños episodios, desde Pearl Harbour hasta el 11-S y desde el Maine hasta el hundimiento del Lusitania) pero que servirá armas y municiones a los contendientes, directa o indirectamente.

El escenario, repetimos, será éste: ataque preventivo de Israel a las instalaciones nucleares iraníes y respuesta de este país que, por mínima que sea, desencadenará el conflicto. Aunque Irán no se creyera en condiciones militares de atacar, es evidente que tomaría algún tipo de represalia (hoy mismo, en el momento en que escribimos estas líneas, Irán ha suspendido el suministro de petróleo al Reino Unido y a Francia como represalia por haber instigado las sanciones económicas). Y esa represalia solamente puede ser el cierre del estrecho de Ormuz que constituye el verdadero cerrojo del Golfo Pérsico e impediría que ni una sola gota de petróleo saliera de la zona con destino a los mercados mundiales. Cada día 17 millones de barriles de petróleo, un tercio del crudo mundial, pasa por Ormuz así que podemos intuir lo que significaría el cierre del estrecho. Recientemente Ignacio Ramonet recordaba que el Estado Mayor Iraní afirma que “nada es más fácil de cerrar que ese Estrecho”. Y Washington ya ha recordado que el cierre de Ormuz sería considerado como “casus belli”. Ormuz es Danzig.

Pero hay otro contendiente inevitable en el conflicto: Turquía. Este país está demasiado cerca del conflicto como para que pudiera salir indemne. Tiene fronteras con Irak, Irán y Siria y su territorio es imprescindible para hacer llegar suministros a las distintas partes en conflicto. Ankara será presionado por todos los contendientes para que se sume a sus filas: los EEUU le recordarán su condición de miembro de la OTAN y los países árabes de su carácter religioso mayoritario. Y, para colmo, Turquía, a causa de la cuestión del Kurdistán no se puede permitir adoptar una posición contraria a Siria, Irak e Irán. Tiene que contar con ellos o a ellos les costará poco crear un conflicto interior en el territorio turco. Sin olvidar que los islamistas moderados gobiernan en Ankara.

¿Es el tiempo de la diplomacia?

Ramonet en el editorial del número de Febrero de Le Monde Diplomatique afirma con una ingenuidad que dice muy poco de la experiencia que ha aquilatado a lo largo de los años, que “la hora de la diplomacia todavía no ha pasado” ¿sirvió algo la diplomacia para resolver el contencioso de Danzig? ¿Sirvió algo la diplomacia para evitar el miserable ataque a Irak con las miserables excusas que se dieron? ¿Sirvió la diplomacia para que Sarkozy no se lanzara como un buitre sobre Libia? No, bueno pues aquí tampoco servirá de nada. Y no servirá por la sencilla razón de que los dados hace tiempo que están tirados y el futuro está marcado: en Sitges en 2010, por un grupo de oligarcas, financieros y políticos que comen de la mano de ellos, de todo el mundo. En Bildelberg. Después de entonces ya no hay lugar para la diplomacia porque la diplomacia es solamente un auxiliar de la política y esta hoy no es más que algo subordinado a la alta finanza y a los intereses del capitalismo mundial.

Ahora bien, si la suerte de los contendientes (Israel y los países árabes) ya está decidida, lo único que a nosotros debe preocuparnos es preservar nuestra seguridad y nuestra extrañeidad al conflicto. No podemos, la Unión Europea, no puede tomar partido una vez más por los vencedores de 1945: el capitalismo anglosajón. Ni por los agresores de 2003 que nos juraron y perjuraron que había armas de destrucción masiva. Esta no es, ni será nuestra guerra. Esta no debe ser la “Tercera Guerra Mundial” sino la “Cuarta Guerra Árabe Israelí” y quedar así, no nos puede afectar. Debemos necesariamente permanecer al margen de una guerra que puede revestir caracteres de destrucción masiva como pocas antes.

Por tanto, la única opción admisible en Europa y desde Europa es el neutralismo. No es que Europa sea un “enano político” (que lo es), es que en las actuales circunstancias la única garantía de supervivencia de la Unión Europea es permanecer de espaldas al conflicto, ofreciendo ayuda humanitaria como máximo, pero nunca armas, ni municiones, ni apoyo diplomático a ninguna de las dos partes. EN ESTA GUERRA QUE SE AVECINA, PARTICIPAR ES PERDER. Solamente el capitalismo cree que saldrá beneficiado…

Hay que permanecer, pues, vigilantes ante las mentiras con las que nos van a obsequiar nuestros ministros de exteriores y nuestros políticos, incluso los que parece que saben algo de política internacional y apenas saben otra cosa que leer los dossiers de agitación belicista que les llegan de la CIA. Por no hablar de los halcones de la prensa que hace menos de 10 años pontificaban sobre las “armas de destrucción masiva” con un cinismo tan solo equiparable al belicismo más odioso que ha visto este país. Están a la derecha, claro, pero no solamente en la derecha. Y hoy están en el gobierno como lo estuvieron en 2003 cuando la agresión innoble a Irak o como lo estaban en 2001 cuando se produjo la invasión de Afganistán.

¿Salvará al capitalismo esta guerra?

La diferencia entre la crisis del 29 y la iniciada en 2007 es que en la primera el capitalismo tenía entonces áreas por las que expandirse. Hoy, sin embargo, el capitalismo ya está extendido a todo el mundo. Ha generado la madre de todas las desgracias: la globalización. Lo hemos dicho en otras ocasiones: la globalización que se inició como un libre tránsito de capitales (que era, en el fondo lo que interesaba únicamente al capitalismo financiero internacional) ha terminado siendo una globalización de la producción industrial y de las exportaciones e importaciones. Y el mundo es demasiado desigual como para que esto se impusiera impunemente. Es cierto que un trabajador chino cobra 133 euros/mes, pero es que uno vietnamita cobra 75 euros/mes y uno africano 33 euros/mes… así pues, ya sabemos a donde van a ir migrando las industrias. O bien aceptamos la desertización industrial de tres cuartas partes del mundo o bien rompemos con la globalización.

Los ciclos económicos se agotan. Y el ciclo del capitalismo está agotado: el capitalismo muere por la rapacidad incontenible e irrefrenable de los propios capitalistas así como por la propia ley interior del capitalismo, mayor beneficio en menos tiempo. Un sistema así es insoportable a medio plazo. Y ese plazo ya se está agotando. Lo que ha producido riqueza en un período histórico, no tiene porqué seguir produciéndola a medida que va llegando a sus consecuencias últimas: cada vez más dinero está en menos manos y, por tanto, la “libertad de mercado” es sustituida automáticamente por el monopolio y el oligopolio.

Así pues, a diferencia de la crisis de los tulipanes en la Holanda del XVIII o de la crisis del 29, ésta es una crisis sistemática que ha aparecido de la mano de la globalización y de la mano de la concentración del capital. Y no hay remedio. En las actuales circunstancias el capitalismo ya no toleraría nada parecido al “new deal” rooseveltiano o el que los economistas keynesianos tomaran la iniciativa. Todos estos aspectos del capitalismo han quedado atrás. Dicho de otra manera: tras la globalización no hay una fase siguiente de evolución del capitalismo, sólo queda su desintegración.

Lo hemos dicho varias veces: Europa debe aislarse y convertirse en una fortaleza. Europa tiene la dimensión adecuada para desarrollar un modelo económico autónomo y mucho más si en lugar de cultivar la amistad con el mundo anglosajón, lo hace con el mundo ruso. Europa tiene tecnología y, a pesar del proceso iniciado desde los años 70 por los maestros del “entertaintment”, Europa posee todavía cultura y sentido común. Europa tiene territorio, tiene campos enormes de cultivo, tiene científicos y técnicos y, sobre todo, Europa tiene alma que se desprende de su pasado y de su tradición. Europa debe tener pues el valor de romper con la globalización.

Es una magna tarea histórica que no se hará hasta que Europa no se sacuda de encima a la casta de politicastros mediocres o simplemente nulos, carentes de escrúpulos y de ideas, huérfanos de proyectos y milmillonarios en intereses. Son los que persisten en recordarnos que la partidocracia es democracia, que la libertad consiste en elegir cada día entre dos o tres partidos de fútbol en decenas de TVs que compiten en mediocridad, son los que nos dicen que mañana todo irá bien y que para tener un futuro esplendoroso tenemos que apretarnos en cinturón, acceder al desmantelamiento del Estado del Bienestar y seguir confiando en ellos. ¡A la picota con ellos! Europa debe vivir y lo hará si aprovecha este conflicto para mantenerse al margen y renovar su clase política.

© Ernesto Milà – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 

 

 

 

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