El remedio: bisturí

Publicado: Viernes, 07 de Octubre de 2011 13:52 por Ernesto Milá en ECONOMIA
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No somos ni de derechas ni de izquierdas, somos los de abajo y vamos a por los de arriba

La pregunta inicial es apenas un eufemismo: claro que hay que regular los mercados y claro que hay que volver al proteccionismo con ciertas matizaciones. Desde que tras la caída del muro de Berlín y tras el desenlace de la Segunda Guerra del Golfo (la de Kuwait), se inició la enloquecida carrera globalizadora, la “desregulación de los mercados” se ha convertido en uno de los dogmas intocables de la modernidad, junto a aquel otro de la “igualdad universal”, o aquel tan traído y llevado de “un hombre, un voto”. Los dogmas son malos simplemente porque desactivan la discusión sobre ellos: simplemente se presentan como inapelables. Y los dogmas relativos al mercado son en la ortodoxia ultraliberal más inapelables que cualquier otro.

Hace falta empezar diciendo que el liberalismo económico aparece con Adam Smith, éste en sus “Investigaciones sobre la naturaleza y la causa de la riqueza de las naciones” ya aludía a la necesidad de que el mercado estuviera regulado. No todo era válido, no todo era admisible y no todo consistía en que cada cual hiciera lo que le diera la gana. Y esto por una sencilla razón que no se le escapaba al antiguo economista: el pez grande se come al chico y en los mercados, los mejor preparados para quedarse con la parte del león son quienes lo poseen todo, mientras que los pequeños están destinados simplemente a arruinarse en beneficio de los grandes. Adam Smith, el primer y gran teórico del liberalismo quería evitar que el dominio de los grandes se eternizara sobre los pequeños. Y Adam Smith sabía bien que esta era la tendencia, precisamente porque su obra cumbre había sido publicada pocos años después y a la sombra de la gran crisis económica que unos pocos años antes había llevado a la quiebra a 27 de los 30 bancos de Edimburgo.

Pero hoy no solamente tenemos a economistas de baratillo que no llegan a la altura de los padres fundadores del liberalismo económico, sino que no hay estadistas, sino “gestores temporales de la cosa pública” que comen de la mano del poder económico. Hoy, el principio rector, especialmente en economía financiera, es que el capital no debe estar sometido a limitaciones de circulación planetaria. Quien limita la entrada y salida de capitales, por este mismo hecho, es simplemente un “canalla” o un “terrorista”.

Está claro que la actual crisis se ha generado por la falta de regulación de los mercados especialmente en lo relativo al capital financiero y a su circulación. Algunos países (y la unión Europea) al comprobar que sus poblaciones son cada vez más hostiles y particularmente sensibles a este problema han decidido proponer una tasa para gravar la circulación de capitales… Esta propuesta se encuentra también en el programa del PSOE. Veamos lo que representa.

Una tasa de este tipo debe ser lo suficientemente potente como para disuadir al capital de circular de un país a otro a velocidad de vértigo, lo que tarda en apretarse la tecla Enter del ordenador. No basta con tasas del 0’5%, cuando ese mismo capital está obteniendo beneficios por cada operación de entre el 5 al 15%. Se trata de disuadir al capital que deserta de unos países o de otros y penalizar esa deserción, reinvirtiendo en paliar el déficit… en buena medida generado por esas mismas deserciones. Y de lo que se trata es que la autoridad monetaria internacional aplique esa tasa (y no un país concreto) hasta absorber como mínimo el 75% de los beneficios de cada operación. No olvidemos que se trata de dinero especulativo, no generado por el trabajo: por tanto, si de lo que se trata es de volver a una economía productiva, todo lo que es especulativo debe ser penalizado.

Por otra parte, la alta finanza internacional aceptará de buen grado una tasa de entre el 0’1 y el 0’5% sobre sus beneficios, en la medida en que esa cantidad representa justo lo que el Estado insuflará en las entidades de crédito en los próximos años para salvarlas de la quiebra. Porque, por curioso que pueda parecer, los ultraliberales, partidarios de cualquier desregularización y de que el Estado no intervenga en los asuntos económicos, son los mismos que exigen a ese mismo Estado intervenir si de lo que se trata es de salvar a la banca o a las entidades financieras. La banca y las instituciones de crédito pertenecen a ese tipo de estructuras de derecho privado que no pueden recibir subvenciones públicas.

Hace falta, pues, REGULAR y PROTEGER. Regular los mercados para disuadir a los grandes consorcios financieros de torpedear a las economías nacionales. Eliminar productos bursátiles inexistentes y basados solamente en la especulación sobre futuros. El capital es una ayuda para permitir, favorecer y generar trabajo, no para multiplicarse mediante la especulación. Hoy más que nunca, repito, hoy más que nunca, mucho más incluso que cuando Gottfried Feder enunció la consigna, mucha más que entonces, es preciso decir bien alto que LA NORMALIZACIÓN DE LA ECONOMÍA MUNDIAL SOLAMENTE SE ALCANZARÁ CUANDO SE ELIMINE TODA RENTA NO PROCUDENTE O DERIVADA DEL TRABAJO.

Fijaros lo que ha ocurrido: con un capital cada vez más concentrado en menos manos, un capital financiero más rapaz, cada vez tenemos a unos políticos con menos talla, a unos Estados más débiles y a unos gobiernos más ignorantes y timoratos. No es seguramente por casualidad que se produce este fenómeno que deriva del DOMINIO ABSOLUTO QUE LA ECONOMÍA TIENE HOY SOBRE LA POLÍTICA. Y esto no es de recibo: el Estado debe ser recolocado encima de la pirámide de las instituciones humanas, muy por encima de la economía y, por supuesto, con la posibilidad de DICTAR SUS LEYES EN DEFENSA DE LA COMUNIDAD. Porque de lo que se trata es de que la economía sea un instrumento al servicio de la comunidad, no únicamente al servicio de una casta privilegiada y de unas dinastías financieras, voraces y enfermas de egoísmo.

¿Qué hace falta hoy? Lo voy a expresar con guante de seda: hace falta disciplinar a los mercados, regularlos, generar bloques políticos con suficiente fuerza y empuje como para emanciparse de los mercados internacionales (si Europa debe ser algo, debe ser, desde luego eso, no una sucursal del mundo globalizado), hace falta disminuir los rendimientos del capital especulativo, penalizarlo hasta disuadirlo y situar la política por encima de la economía, es decir, a los intereses de la población por encima de los intereses del capital. Hace falta una nueva forma de organización política que garantice la existencia de un ESTADO FUERTE y que no tenga miedo de asumir con puño de hierro y bisturí filoso la reforma de la sociedad. Los sit-ins, las protestas pacíficas no son lo que necesitamos. Y esto permite enunciar lo que necesitamos con menos diplomacia: necesitamos el restablecimiento de la guillotina. Nadie llorará por la ejecución de las 300 familias que acaparan la riqueza mundial, gestionan la ruina de países, la muerte y el empobrecimiento de miles de millones de personas, simplemente porque levan generaciones haciéndolo. Nadie llorará por sus cabezas ni por la esterilización de sus mujeres, salvo algún humanista-universalista que todavía no se ha enterado que hoy estamos ante el nosotros o ellos.

La consigna del día es clara: NO SOMOS NI DE DERECHAS, NI DE IZQUIERDAS, SOMOS LOS DE ABAJO Y VAMOS A POR LOS DE ARRIBA.

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