Infokrisis.- Ahora lo que importa es el fútbol y si no es el fútbol, los días que no hay fútbol, es el tenis. Y en la mañana de los domingos, cuando no hay partido, es la fórmula 1, y luego nos reímos de países como Brasil en donde cada día es una final, sino de fútbol de vóley-playa y si no es de la liga estatal, lo será de la liga nacional y si no será una final de fútbol femenino y si no de juveniles, qué más da: entre samba y samba cualquier cosa es buena para engañar el hambre. Por eso hoy la idea de España ha vivido cierta revalorización en estos últimos años: no porque los españoles valgamos algo más que ayer, sino porque nuestra selección de fútbol ha ganado un mundial como lo ganó la de baloncesto, y porque Nadal rivaliza con Alonso en traer “nuevas glorias a España”. Es así que estamos más orgullosos de nosotros mismos justo en el momento en que nuestras tasas de paro duplican a las de cualquier otro país europeo. Damos más vivas a España en los estadios que nunca antes en nuestra historia, justo cuando nuestra economía está descarrilada para los próximos diez años que se avecinan y cuando aquí nadie espera, ni que el partido del poder, ni el de la oposición nos vayan a sacar antes del estado de ruina y de derribo que anuncia el cartelito a la entrada en España. Aquí no se mueve ni Dios sino es para coger al mando a distancia o para aplaudir al campeón de turno. Al menos ellos nos recuerdan que somos los mejores y nos confirman en esa soberbia nacional de la que hablara Ortega.

¿Y la política? La política no le ha interesado a nadie desde los tiempos de Antonio Pérez. Incluso cuando en la universidad bramaba contra el franquismo, la inmensa mayoría de estudiantes eran pasivos: les daba igual declararse en huelga o asistir a clase, si iban a la huelga poco importaba los motivos que les llevaran a ella y si todo era, a fin de cuentas, una tarea de meneurs y de apparatchiks del PCE. Cuando la militancia de los partidos declinó a principios de los 80, aparecieron las tribus urbanas y entonces entendimos que nosotros, cuando éramos jóvenes, si militábamos era porque los partidos encarnaban y cristalizaban los impulsos juveniles de clan: los había maoístas, trotskistas, anarquista, comunistas, falangistas y de defensas universitarias, como hoy hay skinetes, punkarras, mods, heavys, góticos y rockeros. Había entonces tantas variedades de trotskistas como hoy las hay de góticos…

El inmovilismo de nuestro pueblo se completa con el apoliticismo consuetudinario de “esto no va conmigo”, “la política no me interesa”, “todos son iguales”, “yo a lo mío” y así sucesivamente. Uno por otro, la casa sin barrer. Los principales promotores del apoliticismo, paradójicamente, han sido las clases que históricamente han gobernado este país: “contra más alejado esté el grueso de la población de las tareas de gobierno, mejor, no sea acaso que se aproximen demasiado y quieran, esos jodidos, opinar”. Ese razonamiento que es hoy el del zapaterismo, tanto como fue ayer el del aznarismo, y que ha sellado una brecha insalvable entre los partidos políticos y el grueso de la población, no es nuevo ni de hoy, es de siempre: cuando la iglesia y el clericalismo detentó el poder, el apoliticismo ya era un signo de los tiempos: “los pastores deben dirigir al rebaño”, decían. Y solamente un rebaño suficientemente inconsciente de sí mismo y de su condición de rebaño se deja llevar al matadero. Bajo el franquismo, por paradójico que pueda parecer, quienes más fomentaban el apoliticismo eran los profesores de Formación del Espíritu Nacional que nunca, absolutamente, recomendaban ni afiliarse a la OJE, ni mucho menos leer las Obras Completas de José Antonio, no fuera a ser que se percibiera el desfase. El mismo Franco recomendaba a Salgado Araujo aquello de “haga como yo, no se dedique a la política”. Y la oposición democrática nos quería convencer de que el partido de fútbol emitido cada 1º de mayo después de la “demostración sindical” no era sino un intenta de “despolitizar a las masas” y hacer la puñeta a los trabajadores. Cuando tuvieron el poder, no solo un partido al año, sino uno al día, ha sido la ración con la que nos alimentan. No puede extrañar que nadie se alarme porque los niveles de abstención en algunas elecciones estén ya en torno al 50%. A los que mandan, la abstención nunca les viene mal, peor sería que los jodidos estos fueran y votaran a un partidos que no es del stablishment

El apoliticismo de nuestro país, no es una derivada de la incapacidad de la clase política por interesar a la población en la gestión de la cosa pública, sino un subproducto amoral del “macizo de la raza”, de su pasividad y de su indiferencia hacia todo lo que no sea estrictamente individual y del día a día. En tanto que inmovilistas, las masas españolas –pero también el capitalismo español- ha tendido a buscar solamente la seguridad por encima de cualquier otro valor. Y ya se sabe que fuera del corral de seguridades está la innovación, por eso España ha ido atrasada en relación a Europa y por eso contra más conservador ha sido un sector político, más alejado ha estado de lo que se cuece en Europa. El primitivismo del que siempre ha hecho gala la extrema-derecha española solamente es un reflejo radical de lo que decimos, pero no por ello es menos significativo. Cuando Zapatero inició su política de “ingeniería social” para convertir nuestro país en la ilustración de los paraísos perdidos descritos en El Correo de la UNESCO, la propia izquierda se asustó: una cosa es el aborto libre y otra muy diferente el aborto sin avisar a papá; así mismo, cuando la CNT en los años 90 empezó a tomar partido por los “movimientos sociales” (gays, feministas, okupas, etc.) los primeros en abandonar la organización fueron los obreros, “una cosa es la anarquía y otra el mariconeo”, me decía un antiguo secretario general de actividades diversas de la CNT.

Incluso los progres en España, lo son por pereza mental y pusilanimidad y basta ver los pobres argumentos de los gays del PSOE y de sus ínclitas feminitudas para ver que ni siquiera saben de lo que están hablando, pero la pereza mentales les induce a que lo progre es lo bueno, sin más consideraciones. Incluso saber de qué va lo progre implica cierto esfuerzo intelectual que la pusilanimidad del ala izquierda del “macizo de la raza” ya no alcanza. De hecho, personalmente creo que la izquierda española solamente leía en el tardofranquismo cuando existía la creencia de que la mejor forma de ligar en determinados partidos era dando muestra de que se dominaban determinados temas. De la Organización Comunista de España Bandera Roja, se decía que se “reproducía por vía vaginal” y los había entonces que solamente han ligado con alguna militante gracias a haber leído el último libro de Nikos Poulantzas o de Louis Althuser. Pero cuando la mujer de izquierdas simplificó su exigencia cultural y fue a confluir con la de derechas en que nada cómo un revolcón, las editoriales marxistas fueron cerrando una tras otra. En las próximas elecciones Zapatero se presentará no como el hombre de la “ingeniería social” que quiso crear una nueva sociedad, sino como el hombre que nos devolverá a las etapas de progreso anteriores a la crisis. Su único mensaje no será de “novedad” sino de “seguridad” como haría cualquier conservador.

El apoliticismo reforzó como pocos el “macizo de la raza”, incluso hizo que el Estado quedara reducido a una cúpula administrativa y burocrática, sin orientación ni sentido. Víctor Alba dice: “El Estado quedó reducido a una administración, una burocracia, es decir, un sistema de trámites y reglas por el cual se trata de mantener la inmovilidad y de administrar la pasividad”. Lo que no dice es que la ambición de las oligarquías regionales era reproducir ese esquema burocrático en su jardín. Si la administración del Estado es una burocracia pesada, la administración autonómica es un paquidermo arteriosclerótico y de trompa hipertrófica: absorbe un plus de energías que podrían dedicarse a cambiar la región. Pero dado que en España, hasta los independentistas han asumido tanto o más los peores valores del ser español, no es raro que las burocracias regionales sean una pesada e insoportable losa.

En Catalunya esto es más claro que nunca. La santa alianza entre las 300 familias de la alta burguesía catalana y los medios de comunicación regionales, ha garantizado en los últimos 100 años el que todos los problemas que afectaban a Catalunya serían responsabilidad de Madrid y que las autoridades catalanas, nunca tendrían parte de culpa en nada. Y así se llegó a partir de los años 90 a que los catalanes ignoraran que su autonomía era una de las más corruptas –qué diablos: la más corrupta- sólo porque los medios de comunicación catalanes no les informaban de algo que en cualquier otra zona de España sería material de primera página. Hoy, en Catalunya, cuando se aproxima una competición electoral, a nadie parece importarle que la abstención pueda rondar el 50%. De hecho, lo que aspiran los partidos catalanes es a que “les dejen hacer”, esto es, que la población no se inmiscuya en la tarea de gobierno, ni en la administración: eso implicaría reducirla y asumir un compromiso de eficacia incompatible con el clientelismo y con el enchufismo instaurado por los partidos. A decir verdad, según la doctrina del “macizo de la raza”, es en Catalunya, a juzgar por la increíble inhibición de la población en la cosa pública, en donde aquella región se perfila como más española incluso que los campos de Ciudad Real, los altos valles del norte, los páramos aragoneses o la áspera meseta de pertinaz sequía…

El funcionariado y su pasividad y sumisión han sido frecuentemente uno de los más notorios refugios del “macizo de la raza”. Tradicionalmente, los hijos de las zonas más pobres del país tenían como ambición opositar para prosperar económicamente. Los jueces, notarios, agentes de cambio y bolsa, abogados del Estado de más de 60 años proceden en gran medida de la “España pobre”. Hay entre ellos pocos vascos y catalanes. Para los hijos segundos de las familias, la vía de la milicia o la vía del clero, eran una salida para quien no había sido bendecido por el mayorazgo. Hoy, todo eso ha cambiado extraordinariamente: España se ha empobrecido, España se ha desertizado industrialmente y cualquier hijo recibe la recomendación de su padre de no ser autónomo, de no intentar aventuras económicas propias y de confiar su futuro a la modestia de un sueldo público. Los catalanes y los vascos han entrado en las oposiciones en igualdad con cualquier otra región de España. Razón de más para considerar que catalanes y vascos forman hoy parte del “macizo de la raza” como cualquier otra región.

Llama la atención como algunos de los valores que siempre han acompañado a la definición de “españoles” sea el sentido del honor. El honor calderoniano parece inherente a los mejores momentos de nuestra historia. Acaso solamente en la Prusia de los caballeros teutónicos y en el Japón del crisantemo y la katana, ha existido un sentido del honor tan estricto. Lamentablemente para nosotros, a lo largo del Siglo de Oro, ya empezó a experimentarse la decadencia de este valor, cuando el honor quedó relacionado especialmente con asuntos de cama: no es raro que uno de los mitos de nuestra literatura sea el de Don Juan Tenorio, capaz de matar a quien le disputaba un casquete o difería en número de conquistas. España inventó el doble lenguaje antes que cualquier otro país: cuando unos decían “honor” en realidad querían decir “aquí, uno libre de cuernos”; y en ocasiones incluso se inventó el triple lenguaje añadiendo lo de “para cuernos los tuyos”.

De aquellos tiempos remotos también tiene su gracia el que el misticismo español tuviera como eje central el “quietismo”. Así como en otras latitudes el impulso hacia la trascendencia supone casi un tomar el cielo por asalto, nuestros místicos del Siglo de Oro –a los que tras leerlos y leer su época y sus escritos me da la sensación de que siguieron lo que Evola ha llamado una “vía autónoma hacia las trascendencia” y, les sonó la flauta por casualidad. Mientras en todo el mundo el misticismo era una vía dura que había que seguir hasta el final, la gran aportación de España para la realización del ser fue una especia tancredismo espiritual: aquí me las den todas y aquí me quedo ajeno a todo, esperando solo que venga Dios y me cubra con su manto. A eso se le llamó “quietismo” y fue el no va más espiritual a finales del XVII, cuando Miguel de Molinos fue conducido ante la Inquisición y recluido a perpetuidad. Hasta las herejías en España tienen el inequívoco aroma del “macizo de la raza”…

Puede haber un equívoco en todo esto. Pienso en un Julius Evola que nos habla de la “tradición” y pienso que quizás alguno entienda que el “macizo de la raza” se refiere a la persistencia y al respeto a la Tradición. Nosotros somos de los que opinan como D’Ors que “todo lo que no es tradición, es plagio”. La Tradición es algo vivo, algo que una generación recibe de la anterior, la perpetúa, pero también la actualiza y la engrandece. El ciclo de Roma duró casi 1000 años desde la fundación de Roma la Grande hasta que Odoacro rey de los hérulos depuso a Rómulo Augústulo: y Roma fue grande mientras los romanos supieron actualizar su Tradición. Cuando ésta se negó a sí misma y sobre esa negación el cristianismo primitivo arraigó en el siglo II, la pendiente para su decadencia ya estaba trazada. La antigua Roma concebía el mundo como algo dinámico en cuyo centro se encontraba la idea imperial: ésta debía adaptarse a los riesgos, a los desafíos, a nuevos proyectos, incluso a aventuras, cuando todo esto fue sustituido por el dogma inamovible, Roma cayó. Allí donde hay dogmas, allí hay inmovilismo, es inevitable.

Ser “conservador” quiere decir preservar una forma de ser en cada momento histórico. Thomas Molnar, en La Contrarrevolución (6), explica que todo régimen experimenta un momento en el que la reforma es necesaria pero ese régimen, anclado en sus seguridades se niega a hacerla porque todavía se siente fuerte y soberbio despreciando a quienes ejercen el papel de Casandra. Pero, el tiempo que lo mata todo, sigue corriendo y ese mismo régimen, poco después de encuentra con un momento en el que ya no puede aguantar más el peso de las crisis, pero ya no es posible realizar una reforma, porque cualquier alteración entrañaría automáticamente evidenciar un signo de debilidad y entregar ese régimen a los chacales. Luis XIV y Luis XV pudieron hacer la “reforma necesaria”, pero no así Luis XVI. Luis XV lo entendió perfectamente incluso en el momento de explicar cuando pronunció aquella frase de “después de mí, el diluvio”.

La Tradición, o se renueva o muere. Y cuando está muerta, lo único que queda es certificar su defunción en la forma que se ha conocido y tratar de reconstruirla. En la medida en que la Tradición española decae desde los últimos Austrias, progresivamente, esa Tradición deja de serlo y pasa a ser “inercia”. Esa inercia duró en España, desde antes de la paz de Westfalia hasta mediados del siglo XX, cuando una serie de infelices circunstancias dieron como resultado la apertura de nuestro país al consumismo. Justo en los momentos en los que hubiera sido preciso contar con una “base espiritual” para mantener los niveles de consumo en el lugar que le son propios (como auxiliares de la vida y no como centros de la existencia) la Iglesia Católica que precisaba desde hacía dos siglos un “aggiornamento”, finalmente lo intentó en el Vaticano II. Pero la modificación de las liturgias supuso solamente una caída en picado de la influencia de la Iglesia española que por lo demás, en los últimos siglos siempre había sido un elemento auxiliar del “macizo de la raza”. Con Franco muerto, con la Iglesia en fase de desmantelamiento, con la eclosión democrática, estos fenómenos se superponen a la gran transformación que sobreviene en el Primer Mundo a partir de la fabricación del microchip de silicio. Pocos años después, en 1989, la globalización financiera ya es posible. Cuando se vivían los últimos años del régimen, Berzynsky ya ideaba sus teorías sobre la complejidad de las democracias modernas y la imposibilidad de dejarlas al albur de los caprichos de las masas. Ya en 1973 había aludido a la necesidad del entertaintment como forma de narcosis para las masas. Todo esto reforzó y se superpuso a nuestra tendencia natural como pueblo a la apatía y la pusilanimidad y todo esto, por sí mismo explica porqué el pueblo español vive lo más apáticamente la crisis económica a pesar de que es sobre su suelo –el nuestro- en donde está alcanzando y alcanzará gran virulencia.

Anteayer mismo pude oír por Onda Cero al economista Niño Becerra explicar que la crisis empieza ahora, que todo lo que hemos conocido hasta ahora era una filfa de crisis, un verdadero pastelazo porque existían esperanzas, pero que, a partir de que el Banco Central Europeo mantuviera la “barra libre” por todo el tiempo que hiciera falta (lo que demuestra que el sistema bancario dista mucho de estar saneado), a partir de que los EEUU pusieran en marca un segundo plan de recuperación (lo que implica que las medidas del primero no surtieron efecto) y a partir del reconocimiento que los tests de stress realizados a la banca intentaran con poca fortuna restablecer la confianza de los inversores en que las cosas iban bien… todo esto, junto, demostraba que no, que las cosas distan mucho de ir bien y que vamos a tener crisis, como mínimo hasta el 2020.

La reacción de los contertulios de Carlos Herrera y del propio gran timonel mediático fue elocuente: acongojante sentimiento de que Niño tenía razón, pero que la vida sigue; el avestruz ocultará siempre la cabeza ante un peligro, y finalmente el programa derivó hacia las virtudes de la patata y las formas de cocinarla (gracias a lo cual hoy he podido comer unas mayestáticas patatas con sobreasada).

El “macizo de la raza” sigue vivo. Aquí lo importante es el jamar continuo y el buen folgar. Y maldito sea si algún agorero viene a decirnos que esto no tiene remedio y que nos hemos habituado ya a las pendientes y que nuestro sistema sensorial se ha adaptado a esta constante de nuestra historia, restando dramatismo a algo que debería de sembrar de desesperanza y desasosiego a unos, pero sobre todo a otros, armarlos de la inquebrantable voluntad de que este no puede ser un pueblo en el que el fracaso histórico sea nuestro compañero más habitual.

Notas

(1)    Dionisio Ridruejo, Escrito en España, Buenos Aires, 1962, pág. 57.

(2)    Antonio Machado, Campos de Castilla, Alianza Ed., Madrid 2006.

(3)    Víctor Alba, Los Conservadores en España, Ed. Planeta, Barcelona 1981, pag. 341.

(4)    Ramiro Ledesma, ¿Fascismo en España? – Discurso a las Juventudes de España, Ed. Ariel, Barcelona 1968.

(5)    José Ortega y Gasset, España invertebrada, Alianza Editorial, Madrid 1981, pág. 45.

(6)    Thomas Molnar, La Contrarrevolución, Unión Editorial, Madrid 1976, pág. 89.

© Ernest Milà – Infokrisis – iInfokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

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