Infokrisis.- Dado el bajísimo nivel doctrinal de la extrema-derecha española en la transición, este texto puede parecer como el más innovador que publiqué para el FNJ. Estaba influido por las tesis de Thiriart sobre Joven Europa. Thiriart en aquella época era uno de mis maestros y a pesar de que hacía 9 años que no se sabía gran cosa de él, ni de lo que hacía o si seguía redactando tesis sobre Europa, lo cierto es que para mí en aquella época su obra "¡Arriba Europa!" constiuía un libro de cabecera. A decir verdad, nunca he abandonado esa influencia. Hoy, por supuesto, no comparto lo esencial de estas tesis. La diferenciación entre "patriotismo" y "nacionalismo" es importante y no está reflejada en este escrito que también adolece de un talante excesivamente juvenil y simplista. Con este texto cerramos la publicación de documentos que redacté en el período 1977-78 para el FNJ.

 

 

UNA NUEVA DIMENSIÓN DEL NACIONALISMO
(Barcelona, 12 XII 1978)

 

1ª PARTE

Cuando hablemos de la necesidad de revisar nuestros esquemas doctrinales es indudable que uno de los puntos que hay que hacer mayor hincapié es en la cuestión de la dimensión nacional. Lo que en otras palabras quiere decir contestar a la pregunta:

• ¿Cuál es la dimensión nacional adecuada para la existencia de un nacionalismo viable?

• ¿Son antitéticos los conceptos de España y Europa?

• ¿Hacia dónde va nuestro continente del que, como españoles, formamos parte?

Después de la segunda guerra mundial se produce un fenómeno sin precedentes hasta entonces: el boom de las comunicaciones. El mundo, hasta entonces dividido en pequeños Estados nacionales, se hace más pequeño, cualquier descubrimiento y avance vital para la vida realizado por una determinada nación, repercute, tarde o temprano, en todas las demás; las comunicaciones unen en el tiempo más breve posible, puntos antípodas del globo. El mundo, de resultas de éstos se ha empequeñecido.

Y este empequeñecimiento coincide con otro fenómeno vital: la aparición de los imperialismos. El "telón de acero" divide el mundo en dos áreas de influencia que luchan por la hegemonía mundial. Dos naciones polarizan la atención mundial y hacen que el resto se arrodillen ante ellas: la URSS y los EEUU, compiten todavía hoy como naciones imperialistas por excelencia.

Para el imperialismo los Estados naciones no son un obstáculo para su influencia: en el interior de cada nación, especialmente en cada Estado democrático estas superpotencias cuentan con peones amaestrados sobre el terreno político y procuran situarse en una posición económica de dominio que liquida la hipotética independencia de tales "Estados nacionales".

Durante los años cincuenta y sesenta, la ONU impulsa una curiosa política, consecuencia directa de la "Declaración Universal de los Derechos del Hombre" (que la masonería considera como el documento que abre paso a la "Era de la Luz"...) que es impulsada directamente por las superpotencias. Tiene un nombre que ha llegado a ser una dolorosa irrisión: la descolonización.

En síntesis la descolonización no tuvo otra función más que desposeer a Europa de sus colonias para formar en el Tercer Mundo unos minúsculos Estados nacionales apenas capaces de mantener una mínima infraestructura elemental para sobrevivir. Y como era de esperar, a la descolonización sucedió otro período quizás más siniestro: la neo colonización.

El neo colonialismo debe entenderse de la siguiente forma: expoliada Europa por una larga guerra de años y más tarde por la liquidación de sus colonias éstas pasan a depender directa y descaradamente de los Estados imperialistas, los cuales, mediante el envío de técnicos y expertos, gracias a la ayuda económica y al apoyo a tal o cual facción tribal, no tardarán en hacerse con el control absoluto de estos microestados.

En Hispanoamérica, la situación es sensiblemente diferente. La política exterior americana durante estos años, se inauguró con la doctrina Monroe: "América para los Americanos... del Norte". La proximidad geográfica de los Estados iberoamericanos con el coloso imperialista yanqui contribuyó a facilitar la dominación que fue ante todo económica, gracias a la traición de las oligarquías locales.

Un tercer fenómeno, tras el boom de las comunicaciones y la aparición del imperialismo, debe ser estudiado a fin de poder extremar nuestro análisis. La "guerra fría" fue algo así como un combate con tongo en el que ambos boxeadores, las superpotencias, jugaban a golpearse pero sin hacerse excesivo daño. Y no se hacían daño en la medida en que la lucha tenía lugar sobre un marco que se había convertido en auténtico ring de sus disputas: Europa.

La lucha por la hegemonía mundial polarizó a Europa en dos tendencias: hacia un lado los defensores de las democracias pluralistas encuadradas en el contexto defensivo de la OTAN de la que España, sin ser miembro de pleno derecho, sí lo era gracias a los acuerdos defensivos suscritos con los norteamericanos; de otro lado las democracias populares, las dictaduras comunistas, agrupadas en el "Pacto, de Varsovia". Alemania dividida, era el símbolo de la dramática situación del continente y el muro de Berlín la más indignante prueba de la locura imperialista.

Veinte años después de la edificación del muro y de los momentos culminantes de la "guerra fría" vemos que la situación no ha variado más que muy sensiblemente. Europa sigue igual de dividida, los bloques apenas ha experimentado cambios, especialmente en Europa. Más bien se podría hablar de que el "Tratado de Yalta" firmado por los líderes de las superpotencias y en el que Churchill, Roosevelt y Stalin, cuyos nombres serán malditos por las generaciones venideras, firmaron y sellaron la división de Europa, se ha reforzado: de un lado, España, Grecia y Portugal se han "democratizado", es decir, han adoptado la forma política más cara al imperialismo yanqui, de otro lado, Yugoslavia ha vuelto prácticamente al redil soviético, por lo menos en lo que a sus orientaciones políticas se refiere, mientras que las veleidades independistas de checos, húngaros, polacos y rumanos se han visto decepcionadas.

Pero aún queda un último elemento por estudiar: las características de la dominación imperialista. En primer lugar esa dominación se pone de manifiesto en su aspecto más brutal y ofensivo: el poderío militar e intervencionista. En momentos de gran tensión política las fuerzas de la OTAN realizan espectaculares maniobras de desembarco aéreo en las zonas fronterizas con los países del Este. Intentan de este modo demostrar que en caso de agresión están en condiciones de responder contundentemente y recuperar la iniciativa en pocas horas. El "Pacto de Varsovia" suele dar a estas maniobras un carácter aún "más realista". Así, por ejemplo, las intervenciones en Hungría y Checoslovaquia fueron muestras de la efectividad de esa alianza militar. No hay que olvidar  y es un breve inciso  que quienes ordenaron la marcha de los blindados sobre Checoslovaquia siguen aún hoy en el poder...

A este potencial convencional habría que añadir el incomparable potencial atómico que, ni siquiera las potencias de tamaño medio  Francia, Inglaterra, China  han conseguido mínimamente igualar y que es capaz de destruir varias veces el globo y de destruir a su vez, a sucesivas olas de misiles y contramisiles.

Pero no es sólo gracias a la fuerza bruta y al aparato ofensivo como los dos Estados imperialistas amenazan a Occidente, y por extensión, al mundo. La penetración económica es otra de sus armas favoritas, al igual que la penetración política y cultural.

Decir penetración económica es, en última instancia decir penetración política. El intrusismo en los asuntos políticos de cada nación gracias a la acción conjugada de las empresas multinacionales, al soborno vil y descarado de las oligarquías nacionales y el apoyo a tal o cual sector político, son las tácticas más generales de dominación y control. Hasta tal punto llega ese control que cabe decir que la actividad económica española depende mayoritariamente de las exportaciones a EEUU, que una gran parte de nuestra industria está en manos de capital americano y los llamados partidos liberales, UCI) el primero y el PSOE en su versión socialdemócrata luego, no representaron ni representan más que la traducción política de los intereses económicos multinacionales.

Los métodos soviéticos son similares en todo. España está situada en una zona geopolítica de primera necesidad y magnitud y ni el PCUS, ni los militares y estrategas rusos iban a dejar a nuestra Patria a merced de los vaivenes y veleidades de los políticos al uso. El caso de las decenas de espías soviéticos expulsados casi clandestinamente de España, o el del conocido aristócrata y financiero Ramón Mendoza, tras cuya "piadosa" actividad económica se esconden las redes del KGB en España, han contribuido a poner de manifiesto la constante implicación de las redes soviéticas en la política española. No sólo Mendoza operaba con los dineros del PCE, sino que además su red comercial servía de cobertura a los agentes comunistas.

Aparte de esta red habría que hablar del partido comunista propiamente dicho y de su relativa independencia respecto a Moscú. Hoy el "eurocomunismo" se ha disuelto: el PCF, ha vuelto al redil demostrando ser el más estalinista de los partidos comunistas occidentales. En general la política exterior de los eurocomunistas coincide exactamente con la política exterior del Krem1in de "coexistencia pacífica". Tal política ante "la imposibilidad de construir sistemas socialistas en las naciones de capitalismo avanzado, pretende edificar democracias avanzadas que mejoren las posiciones de las fuerzas del proletariado dando entrada en los gobiernos a miembros de los partidos comunistas".

La política eurocomunista no varía ni siquiera sensiblemente de este planteamiento. El "eurocomunismo" de los años 80 dirigido a una clase obrera aburguesada a unos partidos socialistas excepcionalmente moderados con los cuales siempre se puede suscitar la tentación del ’Trente popular", camuflado mediante la inclusión de fuerzas políticas de carácter socialdemócrata o liberal.

Pero también en el terreno de la cultura, la acción del imperialismo se pone de manifiesto: naciones que carecen de cultura y tradición como EEUU, naciones que han renunciado a su cultura y a su tradición en nombre de Ia dictadura del proletariado" y de la "edificación del socialismo", como la URSS, no pueden, para completar su dominación más que tender a la destrucción de la cultura y de la tradición. De ahí la subversión en el arte y en las costumbres, de ahí que sea desde los partidos más sometidos a los imperialistas donde se sufren más ataques contra el verdadero arte, desde donde se pretende la valorización de todo aquello que hasta ahora ha sido marginal, pervertido y depravado.

Con estos puntos críticos de análisis que indudablemente pueden ampliar, discutir, completar, estamos en condiciones de edificar un conjunto de tesis de auténtica importancia política:

1.- Los actuales Estados nacionales europeos son demasiado pequeños y están en condiciones de inferioridad para enfrentarse a las superpotencias imperialistas.

2.- Europa vive hoy una situación neo colonial y sigue siendo el campo de batalla por la hegemonía mundial entre rusos y americanos.

3.- Los elementos culturales nuevos surgidos tras la segunda guerra mundial han empequeñecido al mundo y limado diferencias entre las naciones.

La primera tesis nos lleva a buscar nuevas dimensiones para los Estados nacionales a la hora de luchar contra las superpotencia. No hace falta demostrar que un "Orden Nuevo" tal como lo concebimos no puede implantarse sólo y exclusivamente en España. Un Estado de tales características quedaría inmediatamente aislado del conjunto intemacional, y sería sofocado a corto plazo. Puesto que la autarquía es inviable, no queda más remedio que buscar un salto cualitativo y cuantitativo: lo que nosotros llamamos una nueva dimensión del nacionalismo.

Por la segunda tesis llegamos a la conclusión de que Europa vive en la actualidad una situación común: desde Brest a Bucarest, desde Narvick a Gibraltar la problemática es siempre la misma. Pero aún hay más. Sobre el terreno geográfico es lógico que así ocurra. No en vano Europa es una unidad geográfica y continental. Los problemas de liberación nacional, no son ya problemas de España o Francia, de Portugal o Polonia, son problemas europeos en su conjunto ya que están íntimamente relacionados. De la misma forma que nuestro anterior generación de nacionalistas revolucionarios gritó: "Europa se defiende en Argel”, "Europa se defiende en el Congo", cuando se libraban batallas históricas para la defensa de los europeos de estas zonas, hoy nosotros podemos afirmar también: "La lucha por la libertad de España pasa por la lucha por libertad de Europa".

Por la tercera tesis comprobamos que cada vez los pueblos europeos tienden más a parecerse en lo esencial. El ciudadano alemán pide las mismas bebidas que el español o el francés, consume los mismos productos manufacturados y utiliza coches similares a los ciudadanos noruegos o calabreses. Pero esto es, en realidad poco importante. Lo verdaderamente digno de tenerse en cuenta, es que Europa ha sido una comunidad cultural relativamente unitaria y homogénea hasta hace poco tiempo (hasta la formación de los Estados Nacionales).

Es precisamente esa identidad cultural, esa identidad étnica, lo que hace que el europeo viva de unos valores e ideales similares en las distintas zonas geográficas. La historia de España se confunde frecuentemente con la de Portugal e incluso con la de Alemania, la historia de los Países Nórdicos está conectada con la germana y la Italiana y esta, a su vez entronca con la de toda Europa. No en vano Roma unificó a todo el continente mediante su Pax y en la Edad Media la ausencia de la noción de "Estado nacional" era suplida por la fidelidad a unos principios éticos comunes y la idea del Imperio.

Por eso cuando hablamos de "nueva dimensión del nacionalismo", nosotros hablamos de Europa.

2ª PARTE

Los lingüistas, comparando atentamente idiomas aparentemente tan diversos como el griego, el albanés, el báltico, el céltico, el romano, el germano o las lenguas hoy desaparecidas (macedonio, ¡lirio, etc.) o muy lejanas (tales como el sánscrito, el persa antiguo) han constatado importantes analogías que la casualidad no puede explicar.

Así nació la hipótesis de un origen común de todos estos pueblos. La población ancestral fue llamada "indo-europea". Numerosas teorías luchan por localizar el lugar de origen de este pueblo. La tesis mejor documentada en la hora actual es aquella que sitúa este lugar primitivo en Europa, y más concretamente, en una zona comprendida entre el Elba en el Oeste, el Vístula al Este, Jutlandia en el Norte y los Cárpatos al Sur. A partir de este lugar, en olas sucesivas, los indoeuropeos partieron a la conquista del mundo.

Toda la Historia antigua de Europa se articula en tomo a dos grandes olas migratorias: una hacia el -2200/-2000, la otra hacia el -1250 antes de nuestra era. De ahí proceden las sociedades irania y védica, el imperio hitita y los reinos de Anatolia, las civilizaciones históricas de los griegos y latinos, de los celtas y los germanos. Al Oeste los indo europeos poblaron la Galia, la Península Ibérica, Inglaterra, Escandinavia. Al Sur, según la cronología tradicional la ciudad de roma fue fundada en abril del  753. En el Este los pueblos indoeuropeos avanzaron hasta China e hicieron sentir su influencia en los reinos del norte del país.
Nos detendremos un momento en los celtas cuyo emblema hoy algunos de nuestros camaradas ostentan: la cruz solar o céltica, como símbolo de nuestro ideal. Los celtas (o gaélicos) dejaron por toda Europa un rastro de su paso: en el país de Gales, en Galia, en las tres Galicias (la española, la ruso polaca y la turca), incluso en Valonia (el "val" derivado de "gal" refleja esta alteración en la traducción inglesa de Gales: Wales).

Contrariamente al Mediterráneo, hombre de ciudad, el celta fue un hombre de campo, en comunión directa con las fuerzas que emanaban de la naturaleza. Su religión fue una religión solar. Sus características: un arraigo profundo, irreductible a los valores vitales como la fuerza, el valor, el heroísmo... el régimen político, aristocrático (el mando de los mejores, el papel dirigente de la nobleza, etc.)

Más allá de una comunidad lingüística, revelada por el estudio de las lenguas), los indo europeos son una comunidad ideológica, que se pone de manifiesto en una teología, unas concepciones religiosas, una poesía y una épica comunes, e incluso una organización social particular representada por tres funciones esenciales (sacerdocio, función guerrera situada en el plano cósmico la primera y humano la segunda, y la fecundidad y productividad colocados en el plano social).

La estructura social de las poblaciones indo europeas es un fiel reflejo de esta tríada. En efecto, la función política y religiosa es asumida por un solo hombre: el monarca, designado por un sistema aristocrático. Estas tres funciones enunciadas así jerárquicamente, siguen un Orden evidente. La crisis actual de la civilización occidental resulta precisamente de la ruptura con la tradición indo europea. Nuestra época de decadencia se manifiesta precisamente en otorgar la función dominante a la productiva en la escala de valores. A la Europa de los sacerdotes y de los guerreros ha sucedido la Europa de los mercaderes.

El pensamiento occidental como tal noción en la antigua Grecia


Verdadero microcosmos político e intelectual, es en ese fragmento de Europa ocupado por los Helenos donde han nacido todas las ideas, todas las teorías sociales y políticas que luchan hoy en el mundo contemporáneo.

Se sabe, por ejemplo que una sociedad "comunista" existía en el siglo VII a. de J.C. en la isla de Lipara. Platón, por su parte, se hacía eco de las más antiguas tradiciones que formulaba nuevamente de forma inteligible y pragmática, aunque sus teorías como las de otros muchos filósofos, nacidas en los medios intelectuales quedaron en el terreno del sueño y la utopía.

Aquello que podríamos llamar de forma anacrónica la "derecha" griega era mucho más representativa a nivel de ideología que de realizaciones prácticas.

Puede verse, sin gran dificultad, en el movimiento popular que, en casi toda Grecia, lucha contra las oligarquías para remplazarlas por las "tiranías" (en el sentido griego de la palabra), una manifestación de lo que en nuestros días sería calificado de nacionalismo radical...

Grecia fue la inspiradora de nuestra civilización.

Su pensamiento ha modelado los esquemas que han dado lugar al nacimiento del mundo moderno. Sin embargo no es gracias a su acción que debería nacer Occidente en tanto que su pensamiento no fue difundido más que de forma superficial por las riberas del Mediterráneo.

Los romanos, herederos de la cultura griega, consiguieron en algunos siglos fundar, gracias a su genio político y militar, un formidable imperio que comprendía todos los territorios que se extendían del Rhin a Marruecos y de Inglaterra a Siria. Gracias a esta dominación, la cultura helénica pudo implantarse en todas las tierras del Imperio. Roma no se contentó con recuperar las ideas filosóficas de Grecia, sino que añadió a esta herencia su amor por el Orden y la ciencia política. En esta época tuvo su origen la mayor parte de nuestro Derecho, numerosas instituciones y un cierto arte de gobierno.

El gobierno de Roma sobre las tierras conocidas tuvo en épocas ulteriores consecuencias importantes.

Después de haber mantenido durante siglos la pax romana el Imperio inició su declive. Como consecuencia de su debilitamiento el Imperio Romano fue dividido en el 359 y a la muerte de Teodosio perdió para siempre su unidad. Las dos partes del Imperio conocieron suertes muy distintas. La unidad política de Occidente desapareció pronto: el último emperador romano, Rómulo Augusto, fue depuesto en el 476. Esta deposición fue perfectamente lógica: desde hacía algunas décadas los emperadores no tenían sino una sombra de autoridad. El Imperio de Oriente, generalmente conocido con el nombre de Bizantino, logró sobrevivir todavía un milenio más. Es curioso constatar que la desaparición rápida del primero de estos Estados no borró la marca de la civilización Romana.

Esta situación se explica perfectamente. Es preciso admitir que el cristianismo jugó un cierto papel en la disolución de las instituciones romanas. Pero, a partir de Constantino y Teodosio, los cristianos, integrados en primer lugar y luego dueños de la situación, recuperaron una parte importante de la antigua herencia. Por otra parte los dos imperios tuvieron enemigos muy distintos. Oriente en lucha contra los persas se encuentra con enemigos muy bien organizados: persas primero, luego árabes y, por fin, turcos, provistos de un innegable fanatismo religioso, fueron carcomiendo poco a poco, el territorio de Bizancio. Las poblaciones conquistadas fueron forzadas a someterse a la ley coránica y absorbidas por una cultura exterior al espíritu occidental y al latino. Por el contrario, en Occidente las invasiones vinieron de los pueblos bárbaros, mal organizados, sin ideología, deseosos de destrozar una cultura y unas instituciones de prestigio. Y si bien estos bárbaros destrozaron el sistema romano como tal, convirtiéndose al cristianismo e imitando a los vencidos, por medio de la Iglesia, se consiguió la salvaguarda de la cultura clásica, atrofiada pero salvada. Algunos territorios fueron perdidos para siempre (África del norte) y temporalmente otros (España y Portugal).

A partir del siglo VIII, en el período de Carlomagno y sus sucesores, la civilización va a expandirse hacia el Este y en España se iniciará la reconquista del territorio. Es interesante hacer constar que durante la Edad Media no se conoce la idea de Patria.

El europeo de esta época es ante todo cristiano. El papel unificador de la Iglesia en este período es evidente. Junto a la Iglesia  poder espiritual  aparecen, también con carácter super estatal, las órdenes guerreras  poder de la espada ; entre ambas la Edad Media encuentra el Orden perdido con la caída de Roma.

La fragmentación política del continente europeo permite en contrapartida la existencia de un espíritu occidental. Al fin de la Edad Media, a pesar de la reaparición del pensamiento griego, esta unidad ecuménica desaparecerá definitivamente.

Nos encontramos en el Renacimiento

A partir del siglo XV, los italianos primero y luego los habitantes de otros países de Europa van a redescubrir la cultura antigua. Esta cultura renaciente se expande a través de toda Europa y estudiada a partir de un ángulo no exclusivamente religioso, acelera el debilitamiento de la Iglesia y la fragmentación del Imperio.

La división de la Cristiandad se concretó a mediados del siglo XVI con la Reforma protestante y corresponde a una época de ascenso muy fuerte del sentimiento nacional. Se forman los Estados modernos, los nacionalismos reemplazan al sentimiento mediante la universalidad. Los protestantes abandonan el latín como lengua de culto, el edicto de Villers Cotteret, impone el uso del francés en los tribunales, es el año 1539. Medidas similares se sucederán por toda Europa en las próximas décadas. Guerras feroces de carácter religioso van a enfrentar a los europeos cada vez menos conscientes de su unidad. Pero aunque se atenúa el sentimiento de pertenecer a una cierta "comunidad de civilización7, éste no logra desaparecer. La prueba reside en las expediciones comunes impulsadas por distintos países europeos: a pesar de las rivalidades nacionales una flota compuesta por naves de distintas naciones detienen la expansión de los turcos en Lepanto; es también un ejército mixto mayoritariamente compuesto por polacos quien detienen la expansión turca ante los muros de Viena, en nombre de la cristiandad. Es aún mas significativo constatar que Luis XIV, a pesar de la rivalidad que le opone a los Habsburgo austríacos, no niega a su emperador el socorro cuando se trata de combatir los turcos del gran visir Yiuperli, el último de los generales otomanos que amenazó a Occidente.

El golpe más rudo contra la civilización occidental fue asestado por la Revolución Francesa. Las utopías engendradas por un sentimiento irreal debían traer consigo catástrofes innumerables imposibles de detallar. Baste saber que la Revolución Francesa es responsable del nacionalismo chauvinista y pequeño burgués del s. XIX. A pesar de una cultura común, a pesar de unos principios idénticos, a pesar del sentimiento de superioridad de la civilización Occidental, nacido de la colonización y del período de los grandes descubrimientos geográficos, las oposiciones entre naciones se vuelven más fuertes que nunca. Ingleses, franceses, alemanes, italianos, españoles, se odian y desprecian, se enfrentan en el marco de una concurrencia cada vez más violenta. Una serie de guerras prolongadas, encarnizadas y sangrientas iban salpicar a Europa desde mediados del siglo XVII.

El nacionalismo jacobino entronizado por la Revolución francesa hizo posibles los constitucionalismos que, a partir de entonces, nacieron por toda Europa. El "tercer estado" realizó la revolución industrial, engendrando a una nueva clase, el "cuarto estado" o proletariado. Los abusos del liberalismo y la explotación inmisericorde a que sometió a las masas hizo posible advenimiento del socialismo utópico primero, y del marxismo posteriormente. El ciclo se cerraba.

Durante el segundo cuarto del siglo XX diversas fuerzas políticas alzaron nuevamente la bandera de Occidente. Y no sólo en teoría, sino también en la práctica. A la llamada a la cruzada anti comunista acudieron jóvenes de todas las naciones europeas que unieron su sangre en el Frente del Este entre 1941 y 1945. Desde entonces hasta ahora la llamada de Europa ha suscitado un entusiasmo siempre creciente entre los jóvenes.

Incluso la casta del "tercer estado" y sus derivaciones han visto en la idea europea, enfocada desde un prisma comercial y mercantilista, una salvaguardia y promoción de sus intereses. El Mercado Común Europeo no es otra cosa, como se ha dicho hasta la saciedad, que la "Europa de los tenderos".

Sin embargo, a pesar de sus vicisitudes y problemas una cosa se ha mostrado evidente a lo largo de nuestro breve repaso histórico: Occidente, Europa, tiene una historia común que muchas veces se ha entrecruzado y confundido en múltiples periodos. Desde la "pax romana" hasta las legiones inter europeas de voluntarios que combatieron en defensa de la libertad de Europa y contra el comunismo, existe un sustrato común que se da a todos los niveles. No sólo en el terreno histo-ricista, sino también en el psicológico y cultural, ahí también aparece ese patrimonio común.

¿Existe una contradicción entre España y Europa? Recalcitrantes chauvinistas siguen pensando que Europa termina en los Pirineos, para hacer hincapié acto seguido en que la misión planetaria de España debe centrarse en la comunidad hispánica de naciones. ¿Cómo conciliar estos puntos de vista aparentemente contradictorios?

Nuestra tesis es: que España es Europa, es un problema que puede reducirse a la mera geografía. Mirando el mapa de Europa, España ocupa la parte más avanzada hacia el Oeste. Que España forma parte desde toda la Historia de la Cultura Occidental y que se ha nutrido de todas las ideas que han nacido en el continente nos parece otra afirmación indiscutible. Que la historia de España está tan ligada a la de Europa como pueda estarlo la de Francia, Polonia o Italia es otra afirmación que no precisa demostración por evidente. Y, por último, que la supervivencia de España este hoy como ayer, indiscutiblemente ligada a la de Europa, es otra verdad indiscutible.

En cuanto a Iberoamérica cabe decir que la naciones sudamericanas, en buena parte, son un producto de España y existen unos nexos culturales, idiomáticos, raciales, innegables, de la misma forma que habría que realizar un análisis geopolítico para comprender que varios miles de millas marinas separan a España de las islas más Occidentales de Sudamérica, lo cual es indudablemente un handicap marcado por la geografía.La misión de España hoy no es otra más que servir como nexo de unión entre Europa e Iberoamérica. Y para ello debemos enunciar otra tesis: la de los tres círculos.

En efecto, existen tres círculos de carácter, respectivamente, patriótico, político y cultural: España, Europa y Occidente (ocupando en la noción de Occidente Iberoamérica un lugar preponderante). Una aguda política de futuro debe contemplar estas tres realidades:

1.- España como realidad inmediata y actual.

2.- Europa como nueva dimensión del nacionalismo.

3.- Occidente como concepto y como realidad cultural.

Para España y para Europa tiene tanta importancia consolidar lazos de amistad y cooperación con Iberoamérica como con los Países Árabes o China. Apoyar las luchas de liberación Iberoamericanas debe ser tarea primordial para las vanguardias europeas.

Por otra parte, la construcción de un nacionalismo revolucionario europeo para por la consolidación de aquellos valores que durante milenios han sido connaturales a la historia europea. Sólo desde este punto de vista la idea europea encuentra una justificación moral e ideológica y un sentido superior.

Hoy Europa se encuentra hundida por los vicios importados  no en vano la colonización a que nos vemos aquejados no es sólo política, sino cultural y social  de tal forma que la llamada a arrebato sólo puede realizarse mediante una consigna: recuperar nuestra identidad de europeos.

Resulta curioso constatar cómo los grupos patrióticos de los diferentes Estados y Naciones europeas apenas tienen problemas y diferenciaciones: superadas las diferencias impuestas por dos siglos de liberalismo y nacionalismo jacobino, posicionados en referencia a unos principios y unas nociones ideológicas comunes, estos militantes hablan el mismo lenguaje. Una vez más, como en la Edad Media, el papel unificador de Occidente queda objetivamente encomendado a las órdenes combatientes...

Nuestra tesis final en consecuencia es: en la actualidad las grandes luchas y confrontaciones de la humanidad revisten caracteres ideológicos: se tiende a la formación de grandes bloques ideológicos que caminan hacia una lucha final del tipo Armagedon; dentro de este contexto nuestra suprema referencia es un racimo, de principios y conceptos que entran inmediatamente en contradicción con el liberalismo individualista y el marxismo colectivista. También estos dos bloques ideológicos no se circunscriben a una sola nación, sino que, en su ambición proselitista, pretenden ser "internacionalistas". La lucha final contra el liberalismo y el marxismo no se librará solo en España sino que será una lucha común a todo Occidente: en lo que lo único que contará será, en última instancia, la fidelidad o traición a esa historia común de más de cuatro mil años iniciada con el helenismo.


© Ernest Milà – infoKrisis – infoKrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen


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