Infokrisis.- La revista Año Cero, nos pidió este artículo cuando se cumplía el 50º aniversario del final de la segunda guerra mundial, esto es, en 1995. El artículo en cuestión tiene, pues, 19 años. La idea era realizar un análisis simbólico de las fuerzas en conflicto durante aquel malhadado período de la historia moderna y así lo hicimos. El resultado fue este artículo del que no estamos particularmente orgullosos, pero que encierra algunas claves simbóicas de aquel conflicto. Lo traemos a colación para completar la colección de artículos que hemos ido publicando en los últimos años en revistas convencionales.

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No existen fronteras bien definidas entre historia y mito; en el fondo no son más que dos calzadas de un mismo camino. Ahora, cuando se cumple el 50 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial y se han escrito miles de libros basados en documentos históricos objetivos, es lícito ir más allá y preguntarse que representó en el terreno mítico y cuales fueron sus claves simbólicas. Una vez más, los hechos históricos hablan el lenguaje de los símbolos.

OPTIMISMO E ILUMINISMO

Desde una interpretación que podemos llamar con propiedad "optimista" o "iluminista", la conclusión victoriosa de la guerra para las armas aliadas abrió la "era de la luz". El hecho capital con el que se cerró el conflicto fue la creación de la ONU que debía asegurar el mantenimiento de la paz y la fraternidad mundiales y constituir el embrión de un gobierno mundial.

No es por casualidad que el color azul celeste de la bandera de la ONU, correspondiera al de la masonería universal, ni tampoco que sus primeros secretarios generales -Dag Hammarsjold y U'Than- fueran prominentes miembros de esta orden. En el fondo los ideales de "libertad, igualdad y fraternidad" fueron los que vencieron en la contienda, los mismos que la masonería había elevado a la categoría de dogmas a partir de la revolución americana y que por primera vez triunfaron en Europa en 1789 con la Revolución Francesa. Pues bien, esos mismos ideales irradiaron a nivel universal en 1945 y ahí está el edificio de la ONU en Manhattan para demostrarlo.

La "era de la luz" debía suponer una nueva edad de oro para la Humanidad que, en ocasiones, tiende a confundirse con la "Era de Acuario" y la "New Age"; ahora bien, a 50 años del final de la guerra, hace falta preguntarse si, buenas intenciones aparte, podemos seguir sosteniendo que hoy vivamos un período de paz, hermandad e iluminación.

PESIMISMO Y REALISMO


La otra actitud posible es la de quienes piensan que en 1945 no se inicia nada nuevo, sino que más bien se acelera un proceso de decadencia generalizada y desintegración que 50 años después prosigue de manera vertiginosa. Para esta tesis la victoria de 1945, si inicio algo, fue solo la fase terminal y crepuscular de la civilización. Lo que hasta 1939 se presentía como proceso de decadencia se acelera de manera espectacular en el curso de la guerra y especialmente a partir de 1945, hasta alcanzar un tinte pre-apocalíptico en 1999 (fecha establecida por Nostradamus como final de presente ciclo).

En la primera tesis se alinean los Estados democráticos, instituciones como la franc-masonería en sus distintas obediencias, movimientos ocultistas contemporáneos y partidarios de la "New Age". En la segunda aparecen representantes de las religiones tradicionales (fundamentalmente del hinduismo, budismo, islam y de algunos sectores católicos y esotéricos que tienen referencia a René Guénon como inspirador).

SITUAR LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Las religiones y doctrinas tradicionales tienen todas en común la concepción cíclica de la historia: a un período áureo suceden distintos ciclos de decadencia, hasta que finalmente, se produce un reverdecer del Cosmos; es así como de las mayores situaciones de putrefacción, surgen luego nuevos períodos de expansión; a la muerte sigue la resurrección.

En 1945 se tenía el derecho a pensar que, con la paz, esto es, en el límite de las desintegraciones traídas por la guerra, se hacía la luz: ya nada sería tan duro como antes, se acabaron los bombardeos, los genocidios, las masacres, el terror sobre las poblaciones civiles, el universo concentracionario, las dictaduras y los totalitarismos. Daba la sensación de que bajo el azul celeste de la ONU un nuevo amanecer dorado iba a enseñorearse del planeta. Hoy, todo esto parece tan lejano que solo podemos considerarlo como un mito ingenuo sugerido para tranquilizar los espíritus de quienes habían atravesado entre 1936 y 45 la dura experiencia de la guerra.

Desde 1945 un rosario de guerras limitadas y conflictos locales han causado más de 30 millones de muertos: ¿era esta la "era de la luz" anunciada en 1945? La respuesta no puede ser sino negativa.

La tradición hindú sitúa en nuestro tiempo lo que llama el "Kali-Yuga", el período de la diosa Kalí, diosa de la destrucción y de la muerte; contrapartida terrible de Brhama, el dios creador. La mitología nórdica, por su parte, alude a este mismo tiempo, como la Edad del Lobo, aquella en la que sobreviene el "ocaso de los dioses"; los latinos decían que con la muerte de Roma, el mundo entraba en la Edad del Hierro, edad de guerras y conflictos, edad de muerte y desolación.

Hay algo en todas estas descripciones que nos evoca necesariamente los tiempos modernos: anomia (ausencia de normas éticas y morales), choques de padres con hijos (ruptura generacional), de Estados contra Estados (nacionalismos), de hombres contra hombres (individualismo), contradicción entre el hombre y las estructuras (dimensión inhumana del sistema), entre el hombre y la Tierra (desastres ecológicos), entre el hombre y su realidad interior (materialismo), entre el hombre y la mujer (lucha de sexos), etc. Es la crisis la que se enseñorea de todo cada vez a mayor velocidad. Así pues no estamos al principio de un ciclo, sino al final de otro. Y esa fase terminal se inauguró con la Segunda Guerra Mundial acelerándose hasta nuestros días.

DOS MITOS ENFRENTADOS DE 1936 A 1945

En la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Civil Española, no chocaron solo países e ideologías y se desangraron bandos opuestos en lo político, sino que sobre todo, se enfrentaron mitos; entendemos por mitos, los valores dominantes en cada momento capaces de crear sensaciones, sugestiones y estímulos en la sociedad y que nacen, no tanto de análisis ideológicos objetivos, como de arquetipos universales.

En el bando aliado ya hemos aludido a los mitos dominantes, los derivados de la "igualdad" que han dado nacimiento a las ideologías demo-liberales de un lado y de otro al socialismo marxista, ambos reconocibles tras las etiquetas de "libertad, igualdad y fraternidad".

Estos valores pueden reconocerse en el bando republicano en España y en la ideología democrática de Roosevelt y Churchill así como en el comunismo de Stalin.

El otro bando se guiaba por un sistema de arquetipos completamente diversos que pueden sintetizarse en el tríptico que dió origen a los Estados totalitarios y a los movimientos fascistas: "orden, autoridad y jerarquía".

Fue a partir de estos valores como allí donde triunfó este lema arquetípico se militarizó la sociedad, se hizo de la jerarquización (y, por consiguiente, de la autoridad; jerarquía = distintos niveles de autoridad) una norma y vieron la luz los Estados totalitarios. Se objetará que el stalinismo participa tanto de uno como de otro paquete mítico; puede que desembocara en una de las más feroces dictaduras de nuestro tiempo, pero no hay que olvidar que el ideal del comunismo en su base, deriva de los mitos fraternos e igualitarios. La dictadura en el comunismo no era un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar el ansiado objetivo igualitario. Si derivó hacia horizontes distintos de los planteados inicialmente esto compete solo a la historiografía, no a nuestro análisis de contenidos simbólicos y míticos.

LOS SIMBOLOS EN COMBATE

Pocos guerras como la que terminó hace 50 años vieron un enfrentamiento tan decisivo susceptible de ser resumido en unos pocos símbolos: la hoz y el martillo contra la svástica, el fascio litorio contra la "V" de victoria, el dólar contra el Sol Naciente...

A un lado se alinearon los que hicieron de la svástica su distintivo. Este símbolo, como se sabe, es uno de los más antiguos del mundo indo-europeo, indica devenir y rotación en torno a un centro inmóvil. La svástica tradicional marca un sentido de giro dextrógiro (de derecha a izquierda); la empleada por los nazis era sinistrógira (de izquierda a derecha). Para algunos esoteristas la inversión de la svástica, más que cualquier actuación concreta de los dirigentes nazis, sería el síntoma inequívoco que indicaría un carácter satánico y maléfico en el nazismo.

Igualmente solar era el distintivo del Imperio Nipón, el Sol Naciente. Fue quizás Japón el que sufrió transformaciones más duras tras la contienda; el Emperador renunció a ser "dios vivo", pasó a la categoría de monarca a la Occidental, un representante de su pueblo; la sociedad shintoista fue perdiendo terreno en beneficio de estándares de producción y consumo a la occidental. Esta transformación no podía hacerse sin una gran conflictividad interna de la que el atentado en el metropolitano de Tokio con gas Sarín no es sino uno de los múltiples signos externos de la crisis derivada del final de la guerra mundial que aun afecta a Japón.

La Italia fascista recuperó el águila romana y el líctor de 12 varas unidas en torno a un hacha. Los primitivos pueblos itálicos construían sus armas sagradas con piedras siderales: el hacha sagrada que figuraba en el centro del fascio estaba hecha precisamente con piedras procedentes de aerolitos. El "fascio litorio", unida al águila era, por este hecho, un emblema tan solar como la svástica o la bandera de combate japonesa.

Frente a ellos se alineó el símbolo del dólar: dos columnas unidas por una serpiente, animal telúrico como igualmente telúrico era el emblema de la hoz y el martillo, instrumentos utilizados para cortas los frutos de la tierra y moldear los minerales que de ella nacen. Y en cuanto a la "V" de Victoria, su vértice descendente señala precisamente a la madre tierra.

Los mitos de jerarquía que encarnaron los nazis, el fascismo y los imperialistas japoneses, se identificaban perfectamente con los emblemas de naturaleza solar. Por su parte, el mito de la igualdad, encarnado por los aliados, lo hacía en los símbolos telúricos. No hay jerarquía sin elevación, no hay igualdad sin horizontalidad.

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL A LA LUZ DE LA ASTROLOGIA

Desde el punto de vista astrológico toda concentración de planetas lentos, de Júpiter a Plutón, en una franja del Zodiaco, indica conflictividad. Tomando como ejemplo este siglo, siempre que ha existido una menor distancia en grados entre estos planetas, se ha producido algún tipo de guerra singularmente sangrienta: ocurrió en 1914 con la conjunción Júpiter-Urano en Acuario, justo en el momento de inicio de la Primera Guerra Mundial y volvió a ocurrir en 1941 con la conjunción Júpiter-Urano en Tauro.

Teniendo Júpiter el significado histórico del "poder", su relación con Urano (históricamente referido a los "imperialismos"), nos dará como resultado un conflicto entre poderes imperialistas cntrapuestos; ya hemos visto que esta antítesis ya era visible a partir de los símbolos: los que hacen referencia a la naturaleza uránica y solar (svástica, sol naciente, fascio), no podían sino terminar chocando por este determinismo astrológico, con los que arraigan en la naturaleza telúrica y lunar (hoz y martillo, dólar y "V"). El hecho de que la conjunción se dé sobre el signo de Tauro, signo telúrico, hace que la victoria necesariamente se decantara por los aliados, cuya naturaleza simbólica era coincidente con este símbolo.

Hitler, estaba convencido de que iba a morir en torno a los 50 años; de ahí la prisa que evidenció, tanto en llegar al poder, como en desencadenar algunas de sus más precipitadas aventuras que durante cierto tiempo se saldaron con resultados positivos (pacto de Munich, ocupación de Bohemia y Moravia, anexión de Austria), y luego generaron el conflicto (reivindicación del corredor de Danzig y luego ataque a la URSS).

A este respecto es significativo que el principio del fin del hitlerismo no se inicia con la derrota de su ejército por otro ejército aliado, sino por las mismas fuerzas cósmicas: en efecto, los tanques alemanes fueron detenidos en los arrabales de Moscú, a un paso de la victoria, por el frío y el hielo más duros del presente siglo.

CONCLUSION


La Segunda Guerra Mundial supuso un efecto traumático para la humanidad. Cincuenta millones de personas perdieron la vida en cinco años. Hoy, para las nuevas generaciones resulta aterrador y absurdo pensar que tantos seres fueran inmolados por la sugestión de unos símbolos, el mesianismo de unos cuantos y las influencias planetarias. La defensa de la democracia en los aliados, el orden nuevo de los nazis, no eran sino superestructuras que respondían a la influencia de causas más profundas (simbólicas y cósmicas, fundamentalmente), a través de las que se manifestaban.

Pero los astros solo inclinan, no condicionan, es la locura de los hombres la única capaz de generar episodios destructivos como la Segunda Guerra Mundial. Platón lo sabía y por eso recomendaba que quienes dirigían los destinos de los hombres no estuvieran sometidos a la influencia de los planetas; pedía que fueran hombres sabios en los que se manifestara el espíritu de los dioses. Hoy, estos gobernantes siguen sin aparecer, mientras que en los cielos vuelven a presentarse conjunciones planetarias que sugieren malos augurios y en la Tierra se oyen otra vez el eco de profecías apocalípticas y milenarismos destructores. Decididamente no hay nada nuevo bajo el sol.

© Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@blogia.com - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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